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VUELTA A LA TOLERANCIA
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edgard chavez
 
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  VUELTA A LA TOLERANCIA 23/Febrero/2007 - 13:01

Vuelta a la tolerancia

En el Languedoc no se acabó la guerra, aunque la victoria cambió de bando.

Los nobles occitanos, inspirados por la gran defensa de Tolosa, al fin se unieron

para hostigar a los franceses. Una gran expedición de castigo organizada en

1219 no pudo reprimir la revuelta. Sermoneada por el nuevo Papa —Honorio

III— y encabezada por el príncipe heredero de la corona de Francia, Luis, hijo

de Felipe Augusto, la cruzada fue víctima del puntilloso cumplimiento de la

cuarentena de sus integrantes. Luis y sus hombres regresaron a París tras cuarenta

días de campaña, siendo su único logro digno de mención una

despiadada matanza que dejó perplejos incluso a sus partidarios. Todos los

hombres, mujeres y niños de Marmande, una inofensiva población de unos

siete mil habitantes, fueron concienzudamente degollados.1 Habiendo rendido

así homenaje al precedente de Béziers, después el futuro rey pasó unas cuantas

semanas dilatorias frente a las murallas de Tolosa antes de pegar fuego a sus

artilugios para asedios y volver a casa. Amaury de Montfort, hijo de Simón, se

quedó para sofocar la revuelta lo mejor que pudo.

Sin embargo, Amaury no era como su padre. No heredó la inflexible firmeza

ni el talento de éste para la atrocidad táctica. En los seis años de batallas,

asedios y escaramuzas que siguieron a la muerte de Simón, Amaury fue

vencido una y otra vez por el joven Raimundo y por Roger Bernard de Foix. El

extenso territorio concedido a los Montfort en Letrán menguaba

constantemente a medida que se recuperaban los castillos y se obligaba a las

guarniciones a abandonarlos. Las principales ciudades se negaron a abrir las

puertas a los franceses... y a sus aliados de las filas superiores del clero. En el

Languedoc, los jefes de la Iglesia destituidos, incluido el obispo Fulko de

1 La matanza provocó casi tantos comentarios como la de Béziers y para muchos cronistas del norte se

convirtió en un elemento esencial. En la descripción de la Canso, el cronista anónimo despliega todos sus

recursos: «Pero crecieron el clamor y el griterío, los hombres entraban en la ciudad con el acero afilado;

empezó el terror y la matanza. Señores, damas con sus hijos, hombres y mujeres desnudados, todos

aquellos hombres acuchillados y hechos pedazos con espadas cortantes. Carne, sangre y sesos, torsos,

miembros y rostros partidos en dos, pulmones, hígados e intestinos arrancados y arrojados a un lado

yacían en campo abierto como si hubieran llovido del cielo. Pantanales y buenas tierras, todo era rojo

sangre. No quedó con vida ningún hombre ni mujer, ni viejos ni jóvenes, ninguna criatura viva, a menos

que hubieran logrado ocultarse. Marmande fue arrasada y pasto de las llamas.»

127

Tolosa, tuvieron que exiliarse en Montpellier.

El peor insulto dirigido a los obispos católicos no procedía del campo de

batalla, ni siquiera de lugares que volvieron al catarismo de forma visible, como

los castillos de Cabaret o los talleres de Fanjeaux. Las malas noticias para la

jerarquía venían de los creyentes católicos, muchos de los cuales consideraban a

los guías de la Iglesia un enemigo pernicioso, nacional, al que había que negar

las posesiones y los privilegios de donde había obtenido sus ingresos. Según la

mentalidad occitana, el razonamiento de Inocencio sobre los herejes era falso:

no eran los herejes sino los clérigos de alto rango quienes debían ser acusados

de traición. Se consideraba a los obispos cómplices de los odiados franceses. Los

trovadores, maldispuestos hacia los prelados aguafiestas y los legados papales,

compusieron mordaces sirventés sobre los señores de la guerra y sus báculos. El

trovador Guilhem Figueira comenzaba una canción así:

Roma trichairitz-cobeitat

vos engaña

C'a postras berbitz-tondetz

trop de la lana

Le Sainz Esperitz-que receup

carn humana

Entende mos precs

E franha tos bees

Roma, ses razon-avetz mainta

gen morta

E jes non-m sab bob-car tenetz

via torta

Qu'a salvacion-Roma, serratz

la porta

Per qu'a malgovern

D'estiu a d'invern

Si sec vbstre estern-car Diables

l'emporta

Int el fuoc d'infern2

Roma mentirosa, vuestra codicia

os lleva por mal camino,

esquiláis demasiado a vuestro

rebaño.

Que el Espíritu Santo tome forma

humana.

Oíd mi súplica

¡y romped vuestro pico!

Roma, habéis matado a muchas

personas sin motivo,

y yo detesto ver que seguís

ese mal camino,

pues de esta forma estáis

cerrando la puerta de la salvación

al hombre imprudente,

en verano e invierno,

que sigue vuestros pasos:

el Diablo se lo lleva al fuego

del infierno.

Un desanimado Fulko, a quien no se había permitido regresar a su ciudad

desde que había participado en el asedio de Lavaur en 1211, intentó en vano

que el Papa le relevara de su cargo de obispo de Tolosa. Si esos malos

sentimientos hubieran provocado una deserción masiva de la Iglesia, los

obispos habrían podido llevarse las manos a la cabeza y, como aún es

costumbre en algunos lugares, culpar al Anticristo. Pero no hubo muchos

abandonos. Como si se tratara de conciliar el insulto con la dignidad episcopal,

en el Languedoc la piedad católica siguió siendo fuerte. A lo largo de los años

veinte del siglo XIII, burgueses y caballeros continuaron legando bienes a los

2 La canción del trovador aparece traducida por Roger Depledge en Cathars, de Yves Rouquette, pp. 162-

163.

128

monasterios, sacerdotes seglares celebraron misas para congregaciones devotas,

y la nueva orden de los dominicos se encontró con un público dispuesto a escuchar

sus sermones. Los clérigos locales de las ciudades del Languedoc no

sufrieron maltrato por parte de los laicos ni siquiera durante la época más

tenebrosa de los asedios de los cruzados. Además, muchos miembros de las

órdenes inferiores de la Iglesia habían abrazado la causa occitana. A la muerte

de Simón de Montfort, por ejemplo, fueron los sacerdotes de Tolosa los que

hicieron repicar las campanas y encendieron las velas votivas. El rencor iba

dirigido de lleno a los obispos responsables de la ruina de una tierra que antes

había sido próspera. La gente les volvía la espalda a ellos, no a los perfectos.

El Languedoc estaba sumido en la pobreza. Sus bulliciosas ciudades habían

caído en la penuria debido al cobro de impuestos derivado de la interminable

guerra. Sus comerciantes no eran bien recibidos en las grandes ferias del

Ródano y la Champaña, pues los legados de Roma amenazaban con interdictos

y excomuniones a los que hicieran tratos con los proscritos de la cristiandad. E

incluso cuando el joven Raimundo venció en combate a los leales a Amaury y

muchos de los nobles desposeídos regresaron por fin a sus castillos usurpados,

la vida cortés en el Languedoc no recuperó el estilo alegre y derrochador que en

otro tiempo había mantenido a un gran número de músicos y poetas. Las

encantadoras sucesoras de la Loba no tenían quien les cantara mientras sus

compañeros luchaban por sobrevivir en una tierra desolada. El Languedoc

recién nacido a principios de los años veinte del siglo XIII era una criatura

frágil, aislada y sin amigos, una víctima fácil si los ejércitos del norte volvían en

masa.

Durante esa época, los cátaros se aventuraron nuevamente en la clara luz del

día. Los interrogatorios de la Inquisición llevados a cabo años después

revelaron que, tras la muerte de Simón, los perfectos supervivientes bajaron de

su nido de águilas de Montségur y buscaron a los crecientes de las tierras bajas.

Guilhabert de Castres, el «obispo» cátaro que quince años antes había

participado en los debates con los dominicos, reapareció en Lauragais en los

años veinte del siglo XIII, predicando el evangelio de la luz y la obscuridad y

administrando el consolamentum a una nueva generación de novicios. El y sus

compañeros heresiarcas anduvieron a pasos quedos ante las ruinas de una

década de guerra. Guilhabert recorrió Fanjeaux, Laurac, Castelnaudary,

Mirepoix y Tolosa, reuniéndose con diezmadas familias de la fe dualista y

comprobando el nivel de tolerancia entre la mayoría católica. Pese a los

infortunios sufridos —o quizá debido a ellos—, el Languedoc no se había vuelto

en contra de sus mujeres y hombres sagrados.

En 1226, en la pequeña ciudad de Pieusse, al sur de Carcasona, más de cien

perfectos se reunieron en consejo para crear una diócesis cátara. Para entonces

se habían abierto de nuevo numerosos hogares cátaros. En Fanjeaux, el pueblo

situado en lo alto de una colina donde Domingo y Simón se habían encontrado

con frecuencia para sentarse a la mesa y analizar los progresos de la obra de

129

Dios, las cosechas de lino y cáñamo otra vez acababan en los husos de las

mujeres cataras. Se estaba urdiendo una nueva red informal de mujeres disidentes,

las hijas y viudas de un pueblo herido que extraía fuerza y prestigio de

una vida de abnegación. Nadie llevó luto por los mártires de Lavaur, Minerve y

otras tierras abrasadas; los miles que habían perecido estaban ahora en brazos

del bien, ángeles para siempre jamás; había concluido su peregrinaje a través de

lo sórdido de la materia. Su destino no inspiraba piedad sino envidia. En cuanto

a los «no consolados» entre los mutilados y fallecidos, simples crecientes pecadores

víctimas de las llamas de Roma o muertos por el acero de Francia, en su

siguiente vida habían alcanzado la categoría de perfectos. Entretanto, la Iglesia

de los «buenos cristianos» trataba de recuperar su discreto lugar en la vida

occitana, el que había ocupado antes de los desastres de la cruzada.

En torno a 1220 también desaparecieron los hombres que habían

determinado el destino del Languedoc. A la muerte de Inocencio III en 1216 y

de Simón de Montfort dos años después, siguió la de Domingo de Guzmán en

1221, cuyo fallecimiento en Bolonia estuvo envuelto en relatos de milagros de

última hora. Al morir, el temible español contaba cincuenta y un años; todo

aquel tiempo de agotadora pobreza por los caminos había tenido su efecto en lo

que seguramente fue una constitución asombrosamente robusta. Domingo

había convertido a pocos cátaros —como es lógico, mientras la cruzada hacía estragos

la Iglesia carecía de autoridad moral—, e incluso aquellos a los que

engatusó para que volvieran al redil eran sospechosos. Era difícil castigar a esos

valedores del ascetismo, pues el régimen habitual de abnegación que se

imponía a los arrepentidos se parecía, en sus detalles, al estilo de vida de los

perfectos. Hay constancia de que a uno de los conversos de Domingo se le

ordenó que consumiera carne roja.

Por mucho que no consiguiera recuperar a los dualistas para el campo de la

ortodoxia, Domingo logró despertar en cambio la imaginación de algunas de las

mentes más agudas de su tiempo. Los dominicos —la orden de los frailes

predicadores— crecieron rápidamente pasando de tener sesenta casas en la

época de la muerte de Domingo a seiscientas sólo quince años más tarde. Junto

con los franciscanos, proveerían de personal a las nacientes universidades de

Europa y harían restallar el látigo teológico hasta la Reforma. En Tolosa, el

banco de pruebas de los dominicos, los primeros legados provisionales de alojamientos

se convirtieron en un gran imperio hasta que, a mediados de siglo, los

frailes mendicantes tuvieron fuerza y medios suficientes para empezar a

construir un altísimo santuario gótico de ladrillo rojo, más adelante conocido

como la iglesia de los Jacobinos. En la actualidad, en el centro de su nave se

halla la urna del más influyente de los dominicos del siglo XIII: Tomás de

Aquino.

Al año siguiente de morir Domingo le llegó el turno a Raimundo VI, el

admirado pero desatinado conde de Tolosa. Un día de principios de agosto de

1222, el viejo y eterno excomulgado de sesenta y seis años pasaba la mañana en

el umbral de una iglesia junto al Garona, escuchando a los compasivos

sacerdotes del interior, que alzaban la voz para que el noble anciano pudiera oír

130

el oficio de la misa. Aproximadamente al mediodía, Raimundo se desmayó a

causa del calor. Sus acompañantes lo condujeron al patio de la casa de un

mercader y lo tendieron a la sombra de una higuera. Acto seguido sufrió una

apoplejía que lo dejó sin habla. Los clérigos acudieron de inmediato. El prior de

Saint-Sernin, la iglesia románica más espléndida de Tolosa y cementerio de los

Saint-Gilíes desde principios del milenio, se negó a levantar la excomunión de

Raimundo aunque de todas formas intentó quedarse con el conde moribundo.

Sus amigos, sospechando que el prior estaba conchabado con el exiliado Fulko

y, por tanto, se apresuraría a arrojar a Raimundo a una hoguera, envolvieron a

su amo con una manta y lo llevaron a un lugar seguro. Raimundo murió ese

mismo día, más tarde, y pese a las repetidas solicitudes en las subsiguientes

décadas, se negó a su cadáver cristiana sepultura pública.33 A la muerte de su

padre, el joven Raimundo tomó el nombre de Raimundo VIL El imperdonable

pecado del viejo no había sido cobardía en el campo de batalla ni lujuria en la

cama; se había ganado el odio de la ortodoxia por su obstinada negativa a

perseguir a los cátaros.

Menos conmovedora fue la muerte, en marzo de 1223, de Raymond Roger de

Foix, aunque su figura encarnaba mejor los cambios de esa época. El viejo

hombre de la montaña estaba ocupado en uno de sus pasatiempos favoritos —

sitiar una fortaleza del clan Montfort— cuando pasó a mejor vida en su

campamento base. Había sido el modelo de una especie revoltosa de nobles

occitanos que pronto se extinguiría: había favorecido a trovadores, hecho la

corte y conquistado a la Loba de Cabaret, animado a su hermana Esclarmonde y

su esposa Philippa a que fueran cátaros perfectos, dicho al papa Inocencio que

lamentaba no haber matado a más cruzados, y luchado contra los Montfort

invasores hasta su último aliento. Desde el principio hasta el final mantuvo con

la Iglesia unas relaciones agitadas, aunque resultó ser un generoso benefactor

de los clérigos dispuestos a perdonar sus excesos. Paradojas del destino, fueron

3 Según una leyenda puesta hace tiempo en entredicho, se dejó que los restos de Raimundo VI se

pudrieran y fuesen comidos por las ratas fuera de las puertas del cementerio, pero su verdadero destino

final quizá resultara menos indecoroso. Justo antes de la Navidad de 1997, unos setecientos setenta y

cinco años después de la muerte del conde, unos trabajadores que restauraban un edificio medieval de la

ciudad vieja de Tolosa descubrieron un hasta entonces insospechado agujero en un muro que contenía un

sarcófago de un noble del siglo XIII. En el momento de escribir estas líneas, se están llevando a cabo

pruebas de ADN para determinar si su ocupante es el desaparecido Raimundo, y la siempre leal ciudad de

Tolosa ha hecho la petición formal al actual Papa de que deje sin efecto la excomunión que aún pesa sobre

su alma. Existe una leve esperanza de que los huesos hallados sean los de Raimundo VI. En la

espléndida iglesia de Saint-Sernin de Tolosa hay un portal denominado la Puerta de los Condes, donde

yacen miembros del clan Saint-Gilíes de los siglos X y XI. Se han abierto algunos de estos sarcófagos, y

se está analizando genéticamente el revoltijo de huesos de novecientos años de antigüedad. Si algunos de

ellos pudieran «emparejarse» familiarmente con el montón encontrado en 1977 en el sarcófago oculto en

el nicho de los antiguos cuarteles de Tolosa de los Caballeros Hospitalarios (más adelante, los Caballeros

de Malta), la metrópoli del Garona construiría sin duda un digno mausoleo dedicado a su querido conde.

El alcalde de Tolosa, Dominique Baudis, es en cierto modo un estusiasta cátaro. Su novela, Raimond «le

cathare», cuenta una historia de Raimundo VI en primera persona, y cuando se publicó en 1996 tuvo una

buena acogida en círculos neocátaros. Un grupo establecido en Tolosa, la Flamme Cathare (La Llama

Catara), divulgó una petición —Manifesté por la Réconciliation— en que se solicitaba al papa Juan Pablo

II que fuera a la iglesia de Saint-Sernin en el año 2000 y pidiera perdón al Languedoc por los actos de sus

antecesores. El primer signatario de la petición era el alcalde Baudis.

131

los cistercienses, la orden que había dirigido la cruzada, los que ofrecieron al

guerrero fallecido su última morada en su monasterio cercano a Foix.

En esos años también murió Arnaud Amaury, el monje cuyo nombre estaría

siempre empañado por la mancha de Béziers. En el crepúsculo de su vida, el

arzobispo de Narbona, que se había ablandado y era mucho más rico, se volvió

en contra de los Montfort y decidió reconciliar a Raimundo VII con la Iglesia y

la nobleza francesa. Pese a las convincentes declaraciones de ortodoxia y

obediencia del joven conde, sucesivos concilios de la Iglesia en Montpellier y

Bourges se negaron a escuchar a Raimundo en sus deliberaciones. El cambio de

parecer de Arnaud llegó demasiado tarde; falleció en 1225, sin poder convencer

a sus colegas eclesiásticos de que abandonaran el obstruccionismo que él mismo

había contribuido a perfeccionar.

No obstante, la muerte que, en ese período, tuvo consecuencias de mayor

alcance se produjo en Mantés, Francia. El 14 de julio de 1223, el rey Felipe

Augusto, de cincuenta y ocho años, falleció a causa de una fiebre. Había sido la

personificación del liderazgo sagaz, uno de los monarcas sumamente capaces

que la familia de los Capetos de Francia tendría la fortuna de producir cada

pocas generaciones, con lo que aseguraba la supervivencia de su dinastía y la

preeminencia de su reino en Europa. Al principio del reinado de Felipe, los

Capetos de Francia habían sido acosados por los Plantagenet de Inglaterra y los

Hohenstaufen de Alemania; mediante diplomacia, engaños y hechos de armas,

Felipe había sometido a sus enemigos y colocado sólidamente a Francia en el

pedestal del poder, que ocuparía, más o menos sin interrupción, durante cinco

siglos.4

Para hacer que su reino fuera seguro, Felipe Augusto había sido firme.

Cuando Inocencio le suplicó que conquistara el Languedoc, el rey francés le dijo

al Papa que, en realidad, tenía cosas más importantes que hacer. Dejó que

algunos de sus nobles acudieran en ayuda de los Montfort, en peregrinaciones

de violencia estrictamente personales, pero de ninguna manera comprometió

formalmente a la constelación de vasallos feudales del norte que habían hecho

de Francia la nación más temida de la época. Felipe permitió por dos veces que

su testarudo hijo Luis irrumpiera en el Languedoc, aunque sólo fuera para

exhibir las banderas: en 1219, de forma notoria, para ordenar la matanza de

Marmande, y cuatro años después, en el verano anterior al cuarto Concilio de

Letrán, para hacer un recorrido por las victorias de Simón tras Muret. (En esta

ocasión, Luis se marchó pronto; su única recompensa fue la mandíbula de san

Vicente, una reliquia sacada a la fuerza de un monasterio del sur.) Felipe

Augusto había muerto y con él la moderación que había gobernado el Leviatán

del norte.

Seis meses después de la muerte del rey, en enero de 1224, Amaury de

4 Mientras sus nobles ayudaban a Simón de Montfort, el rey Felipe Augusto había estado hostigando a sus

enemigos en campaña. En el año posterior a Muret, rechazó a una fuerza inglesa comandada por el rey

Juan, que había sacado provecho de la agitación cátara para intentar ampliar sus dominios en el noroeste

de Francia. En la decisiva batalla de Bouvines, el 27 de julio de 1214, derrotó a las tropas de Otto IV, el

Sacro Emperador romano. Los alemanes quedaron neutralizados; los ingleses huyeron en desbandada.

132

Montfort admitió que había sido derrotado. Desenterró la bolsa de cuero que

contenía los restos de su padre y dirigió su menguado séquito de regreso a la

pequeña finca boscosa de los Montfort en las afueras de París. Los rebeldes del

Languedoc habían convertido el decreto de Letrán en una ficción inofensiva.

Legalmente señor de los territorios que abarcaban desde el Ródano al Garona,

Amaury, en realidad, había perdido todo lo concedido a su familia nueve años

antes en Roma.5 Raymond Trencavel, hijo del hombre que Simón de Montfort

había arrojado a una mazmorra, volvió de Aragón, donde había sido criado y

educado, y recuperó su herencia como vizconde de Carcasona. En Tolosa,

Raimundo VII y sus cónsules trataban de juntar los fragmentos de una

prosperidad hecha pedazos. Y en la Île-de-France, un amargado Amaury y sus

parientes jugaban su última carta.

En febrero de 1224, Amaury de Montfort renunció a todos sus derechos en el

Languedoc en favor del rey de Francia. Ahora el sur pertenecía a la familia real

francesa; todo lo que había que hacer era reclamarlo.

5 En un bar de Montségur, varios clientes me aseguraron que amaury o maury es una palabra del dialecto

local que significa «perdedor». Por desgracia, fui incapaz de encontrar una entrada semejante en ningún

diccionario regional del Midi.


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