LOS JUEGOS QUE TE ENSEÑAN A VIVIR
Tan lejanos y tan presentes aun en mi pensamiento. Se podría decir que nos gustaba jugar con todo lo que conllevara una bronca adherida. No hay libertad sin riesgo. Y las zapatillas de nuestras madres, siempre estaban en ristre. Bien fuera, por que desobedecíamos una orden o por que limábamos sus enseñanzas para ser responsables y buenos niños.
Recuerdo con especial cariño a la chiquillería de la calle de los Granados, de la que yo formaba parte, una calle hecha con cantos redondos que daba su cauce a una reguera En invierno hacia las delicias de los hábiles e intrépidos "armeros" que en las tardes de lluvia, doblaban magistralmente las hojas de sus cuadernos cuadriculados, para construir barquitos que más tarde, botarían en las "aguas turbulentas" de una reguerita. Las competiciones eran titánicas, sobre todo cuando ganaba el barco del "Miguelín", el único niño "rico" de toda la calle, y ahí estaban entonces los piratas. Bucaneros, malandrines que, a pedradas, hundían el barco y lo llevaban a pique. Debo decir en su defensa, que era el único niño que hacia sus barcos con hojas nuevas y no llena de deberes, como las de los demás. Pero que envidiosos eran estos aprendices de corsarios... Nadie soportaba ser el último en alcanzar la meta... una alcantarilla que llevaría nuestro "gran barco" hasta el mar. Tan lejano... Hasta allí imaginábamos que llegaba nuestro frágil navío.
Continuará...