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ALVARO RODEA GARCIA GRUPO: ab05
UNIDAD II: CONDICIONANTES DEL DISEÑO.
El ambiente más general en que están situados el hombre y los edificios que construye y en los cuales vive se define en geografía como "paisaje". paisaje es "una asociación de formas que se localizan en la superficie terrestre". Muchas son las formas que pueden presentarse sobre la superficie terrestre: un bosque, una casa, las vías del ferrocarril, un campo cultivado, una ciudad, un lago, un pantano, un puerto. En un caso se trata de formas naturales, en el otro de formas que representan la influencia de la cultura humana sobre las formas naturales preexistentes.
Tres elementos del paisaje natural interesan especialmente a la arquitectura: el terreno, la vegetación y el clima.
El terreno interesa por su constitución y por su forma. La constitución tiene importancia a los fines de la producción de los materiales que se utilizan en la construcción, También interesa mucho considerar los terrenos como asiento de los edificios y valorar su resistencia a las tensiones que se les transmiten, pues cualquier estructura resistente, por variadas que sean sus formas, tiene su punto de apoyo en el terreno y por ello debe ser proyectada para no cargarlo más de lo que éste admite, y de la manera más uniforme posible.
Mientras que el terreno impone al arquitecto ciertas obligaciones, le ofrece por otra parte un campo muy amplio de posibilidades favorables, tanto funcionales como expresivas.
El enriquecimiento de posibilidades funcionales y espaciales que puede darse en un edificio situado sobre un terreno variado y quebrado es muy grande; tanto que a veces se ha tratado de reproducir las mismas condiciones en terrenos llanos, creando en los edificios desniveles artificiales, o ambientes con zonas diferenciadas por distinta altura del piso.
En la relación entre edificio y terreno desempeña un papel importante la vegetación, otro elemento del paisaje natural y resultado de la acción combinada del terreno y del clima. La forma de la vegetación puede modificar visual mente la del terreno, puede componerse con la del edificio, acompañándolo, y, además, contribuir a la formación del microclima en que vive.
El arte de los jardines ha acompañado constantemente el destino de la arquitectura; en algunos momentos, como en el romanticismo, expresando las ideas artísticas de los arquitectos con mayor evidencia que los mismos edificios. En años recientes se ha manifestado una renovación del interés por el arte de los jardines -se lo llama a veces paisajística-, intentándose nuevas formas que respondan al gusto moderno y se conecten armoniosamente con los edificios actuales. Interesa notar que en los jardines se presentan las mismas tendencias que en la arquitectura a la cual se vinculan.
Tanto el terreno como la vegetación están muy influidos por el clima, que además constituye un elemento fundamental para el desarrollo de la vida humana. Hay elementos - como la presión atmosférica, la ionización del aire, las radiaciones cósmicas, etc.- sobre los cuales no ejerce ninguna influencia el arquitecto con su proyecto; en cambio, puede tener en cuenta la temperatura, la humedad, las precipitaciones atmosféricas, los vientos, y principalmente el asoleamiento, que influye sobre la mayor parte de los otros fenómenos. Además, el arquitecto está mucho más interesado en el microclima en que su edificio se sitúa, que en el clima de la región en general. Temperatura, humedad, precipitaciones atmosféricas influyen sobre todo en la técnica de la construcción -elección de los materiales, instalaciones, tipos de cerramiento-, pero un estudio cuidadoso del asoleamiento, que también contribuye a la solución de esos problemas, conduce en primer término a orientar oportunamente el edificio, y en segundo lugar a utilizar elementos especiales de regulación de la entrada del sol.
Los vientos cobran especial importancia en los edificios de mucha altura. Influyen sobre su estabilidad, y sus efectos deben ser calculados cuidadosamente de acuerdo a la forma de la construcción, para que ésta pueda resistirlos.
La humedad del terreno es un enemigo tradicional de la construcción, pero puede hoy combatirse con éxito utilizando los muchos productos hidrófugos producidos por la industria; si es atmosférica, también afecta a la construcción, afeando y destruyendo los revoques, oxidando los metales y carcomiendo las maderas. La protección de estos materiales es posible, pero resulta costosa y debe ser renovada constantemente.
La sociedad; bajo este nombre se reúne otro grupo de hechos que contribuyen a definir la situación en la cual actúa el arquitecto.
El estudio de cómo viven y prefieren vivir los hombres en un momento determinado, de las estructuras sociales activas y las relaciones de vida que las acompañan, de las posibilidades que nacen de la situación técnica y económica, es un dato de mucho valor para la elaboración de los programas de los edificios que el arquitecto proyecta.
El uso físico de un edificio requiere ante todo ambientes, espacios, en que se desarrollen las actividades físicas. Estos ambientes se diferenciarán de acuerdo a las distintas funciones y deberán tener la forma y las dimensiones necesarias para el buen desenvolvimiento de aquéllas, la iluminación, la ventilación y las condiciones térmicas y acústicas adecuadas, y estar equipados con los muebles, artefactos e instalaciones correspondientes, inclusive las que se necesitan para la regulación de los factores climáticos.
Se ha dicho que una casa debe dar una sensación de protección, pues en su habitante persiste esa necesidad de sentir la casa como abrigo y refugio, que le dio origen en épocas remotas. La protección que el edificio debe prestar es, evidentemente, un hecho físico. Por ejemplo, en un edificio no debe llover. Sin embargo, a esta protección real, física, debe agregarse una sensación psicológica de protección. Aunque el edificio pueda proporcionar una efectiva protección física, es de suponer que las personas que allí se guarecen se sentirán inseguras frente a la sensación de falta de barreras entre el medio físico y sus cuerpos. Se trata de una actitud psicológica que viene de edades ancestrales, y que obliga a la protección no solamente física, sino también psicológica y referida a dos causas de temor. La primera de ellas es el clima, y deben preverse recursos que permitan al mismo tiempo el goce de la naturaleza, visual o directo. Una pared vidriada, por ejemplo, responde al deseo de mantener un contacto con el paisaje natural, pero debe llevar por lo menos una cortina opaca que permita separar el ambiente interno del externo en momentos determinados, pues los hombres necesitan también de formas íntimas de vida, de concentración espiritual, que a veces están en contraste con una comunicación permanente con el exterior.
El segundo tipo de protección que puede necesitarse se refiere al medio social. Las comunidades humanas no están compuestas únicamente por personas honradas, y esto ha creado, desde tiempos antiguos, la necesidad de que la casa sea también un refugio en que el habitante pueda encerrarse para defenderse.
Una condición muy importante para la tranquilidad en una vivienda es la relación con el medio social en que está situada. Muchas personas hacen una especial consideración del barrio en que se encuentra la casa -y esto se refleja también en los precios de los terrenos y en el valor económico de los edificios- a veces por simple snobismo, pero en muchos casos con razón, puesto que esa situación contribuye, desde el punto de vista psicológico, tanto a la protección como a la tranquilidad.
Igualmente importante es la consideración del uso social. Al hablar de uso social, se quiere hacer referencia a algunos aspectos particulares de la vida que se desarrolla en un edificio, y especialmente en la vivienda. Estos aspectos, que integran los examinados en el uso físico y psicológico, interesan al trabajo, a la cultura, a la vida de relación e inclusive al descanso, que en el ritmo acelerado de la vida moderna cobra un verdadero valor social. Muchos edificios están destinados especialmente al trabajo y se construyen siguiendo programas dictados por la mejor ubicación de las máquinas y utensilios a los fines del proceso productivo; en otros, en que se realizan tareas de finalidad diferente –por ejemplo edificios para el transporte, como las estaciones; para el hospedaje, como los hoteles; para la salud como los hospitales-, el problema de un buen desenvolvimiento del trabajo adquiere importancia capital para lograr exitosamente estas distintas finalidades. De manera que el arquitecto se encuentra permanentemente ocupado con los temas del trabajo en los edificios que proyecta, y en una sociedad como la actual, que ensalza los valores económicos por encima de todos, el resultado práctico del proyecto dependerá en muchos casos de cómo consiga solucionarlos.
El arquitecto se encuentra constantemente urgido por dos aspectos de la situación del momento y del lugar, de los cuales no puede prescindir: la técnica y la economía. Técnica y economía van juntas, pues la elección de los elementos técnicos del proyecto -los materiales, los métodos constructivos, las instalaciones mecánicas- depende en buena parte de la economía, e inclusive razones económicas producen a menudo nuevos materiales y sistemas constructivos. Pero la economía influye también con otros medios sobre la actividad de la construcción, en cuanto concierne a la conducción de las obras, su administración y su financiación, y es un elemento importante ya desde los primeros pasos del proyecto, pues influye sobre la elección del terreno, la definición del programa y por tanto también sobre la adopción del partido.
Los esfuerzos principales en el campo de la construcción se dirigen actualmente hacia la producción industrial para lograr precios más bajos, y no buscan una mayor perfección.
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