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Miré a lo lejos y... te vi.
Ignoraba tu nombre, tu contorno me era totalmente desconocido pues las sombras doradas de tu luz me habían cegado hasta aquel momento.
Y, sin embargo eras tú. Lo supe al instante.
¿No te acuerdas?
Temblé por un instante. Temblaste tú y recorriste con tu limpia mirada las hojas de las azaleas, los pétalos caídos del rosal amarillo, la sombra fugaz la gaviota que te obsequió con su melodía suave. Sentiste mi presencia y cerraste los labios por miedo a ser besada por la brisa.
Me estermecí y me acerqué en silencio. Giraste el rostro hacia mi y atravesé tu cuerpo con mi alma invisible hasta llenarte ce calor y fe en ti misma. Amé tu sonrisa y tu melancolía y regresé a mi tiempo, a mi tierra a mi mundo extraño y tan distante.
Sigo llorando aún por no haberme atrevido a ser y quedarme en sueño.
Me quedó la línea plateada de tu sonrisa solamente y con ella hago lazadas en las ilusiones perdidas y en las halladas para tenerte cerca.
Te escribo aquí, por si existieras.
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