Se va, en silencio, se fuga
en silencio
interminable.
Y callada
y sonora a la vez
como acordes del bolero raveliano
que se inicia y nunca termina.
Una reina se despide
entre los vítores de su corte
nos da el adiós definitivo
impermutable.
No hay gemido que le sea exacto
no hay terrones de consuelo
hay silencio salpicando la respiración
-la de Chayne-Stoks-
premonitoria
de la apnea final.
Se va la reina.
No hay forma de detenerla.
Levantemos ramos de palmas
lancemos rosas a su paso
proclamemos su heredad
satisfechos de la obra que nos deja.
Ella refulge
brilla la paz del camino bien andado
exuda las jornadas
en la piel lleva miles de soles soporosos
ya nada la perturba.
Es su marcha triunfal.
8 de Marzo de 2006