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edgard chavez
 
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  ROMA 22/Febrero/2007 - 17:49

Roma

El 22 de febrero de 1198, una generación después del cónclave cátaro de

Saint-Félix, los dirigentes de la Iglesia se congregaron en Roma cuando Lotario

dei Conti di Segni fue elegido Papa con el nombre de Inocencio III. El solemne

cortejo partió de su lugar de reunión en la colina del Vaticano y pasó frente a las

iglesias y los palacios fortificados de la ciudad. El serpenteante ceremonial salió

de las sombras del mausoleo de Adriano y recorrió el abitato, el laberinto de

calles que había en el meandro de la orilla izquierda del Tíber. Hombres con túnica

tiraban de las cuerdas de docenas de campanarios para desgarrar el aire

con un ensordecedor estrépito de celebración; miles de personas se alineaban a

lo largo del recorrido del desfile. Todas las miradas estaban fijas en el Papa de

treinta y siete años, que iba montado en un corcel blanco y lucía los atributos de

su cargo. Llevaba el palio, una tela de piel de cordero que le cubría los hombros,

y la tiara, una corona llena de joyas sujeta a un solideo de seda.

Un milenio antes, en la Ciudad Eterna, un hombre de su calibre podría haber

sido emperador del mundo conocido. Para Lotario había poca diferencia entre

las dos posiciones, salvo que el Sumo Pontífice de la cristiandad latina era con

mucho superior. El Papa era el único custodio terrenal de la verdad absoluta e

incontestable. Estar en desacuerdo con él no era disidencia sino traición.

Ni siquiera antes de su elección en segunda votación había tenido Lotario

dudas sobre la santidad de su nuevo papel. En sus propias palabras, llegó a ser

«superior al hombre, aunque inferior a Dios». «Como Inocencio III —declaró en

un sermón dirigido a todo el mundo—, soy el sucesor del Príncipe de los

apóstoles, pero no su vicario, no el vicario de ningún hombre ni apóstol, sino el

del propio Jesucristo.» Por la mañana había mirado hacia abajo, mientras los

cardenales se apiñaban en San Pedro ante él y realizaban la proskynesis, o acto

de besarle los pies. Cuanto más abyecta la postura, más correcto el gesto.

Lotario anduvo el camino teocrático abierto en el siglo XI por Hildebrando,

quien, como papa Gregorio VII, había afirmado la superioridad papal sobre

todas las testas coronadas de la cristiandad.1 Antes se creía que la realeza

1 El caradura de Gregorio VII aún hoy nos deja pasmados. En un volumen de su correspondencia, los

historiadores hallaron una lista con las siguientes declaraciones: «Nadie puede juzgar al Papa; la Iglesia

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resultaba de un designio divino; Hildebrando y sus sucesores habían informado

a un mundo medieval descaminado que correspondía al Papa, y sólo al Papa,

decidir quién podía gobernar. El hombre que lucía la mitra de obispo en Roma

era más poderoso que cualquier canalla barbudo con un árbol familiar

frondoso.

Con todo, Lotario, muy viajado y bien informado, era consciente de que lo

que parecía magnífico tras sellarlo con una bulla de plomo (de ahí la «bula»

papal) a menudo acababa siendo una carta superflua en las cancillerías reales

del norte. Estaba a punto de iniciarse un nuevo siglo, y Lotario quería

asegurarse de que los siguientes cien años serían más satisfactorios que los

últimos. La primera década del siglo XII no había sido buena para los vicarios

de Cristo. Antes de Inocencio, en once de los dieciséis pontificados el Papa tuvo

que abandonar Roma expulsado por alborotadores, republicanos o agentes de

monarcas lejanos. El municipio de Roma, gobernado por Amoldo de Brescia,

vivió a mediados de siglo un episodio especialmente intenso de una reiterada

pesadilla. En 1145, el papa Lucio II murió debido a las heridas recibidas en una

batalla por el control del Capitolio; treinta años antes, un débil y anciano

Gelasio II, montado de espaldas en una mula, era obligado a soportar las burlas

de sus enemigos. Había «antipapas» elegidos regularmente por clanes romanos

y clérigos rivales sometidos al emperador germano, la mayor amenaza

individual a la independencia del papado.

A principios de los años noventa del siglo XII, el ocupante del trono

germano, Enrique VI, hijo de Barbarroja, parecía estar listo para ocupar toda la

Europa central y la península italiana. Joven ambicioso y arrogante, cabalgó por

todo el continente como un César moderno; Celestino III, anciano Papa en una

asediada Roma, poco podía hacer salvo intentar que asesinaran al rey germano.

Se descubrió la conspiración, y Enrique devolvió al asesino papal con una

corona al rojo vivo clavada en el cráneo. Después, en septiembre de 1197,

Enrique cayó enfermo, seguramente de malaria, y murió en Mesina, Sicilia.

Bendito mosquito al servicio del papado. Cinco meses más tarde, el hijo pequeño

de Enrique, Federico, se había convertido en el pupilo nada más y nada

menos que de Lotario dei Conti, el nuevo Papa que pronto urdió hábilmente

artificiosas intrigas para ocultar los derechos de primogenitura del niño. El

futuro se anunciaba prometedor para la teocracia.

Sin embargo, mientras Lotario cabalgaba por las calles cubiertas de paja y

pasaba ante viviendas orgullosas y humildes, tenía que saber que los cielos

romanos sobre su pontificado no estaban despejados. Cientos de imponentes

torres de piedra, construidas por las familias poderosas de la ciudad, surgían

romana nunca se ha equivocado y nunca se equivocará hasta el fin de los tiempos; la Iglesia romana fue

fundada sólo por Cristo; sólo el Papa puede destituir y restituir a obispos en su cargo; sólo él puede

elaborar nuevas leyes, establecer nuevos obispados y dividir los antiguos; sólo él puede trasladar obispos;

sólo él puede convocar concilios generales y sancionar derecho canónico; sólo él puede revisar sus

propios juicios; sólo él puede llevar las insignias imperiales; puede deponer emperadores; puede liberar a

individuos de su vasallaje; todos los príncipes deben besarle los pies» (R. W. Southern, Western Society

and the Church in the Middle Ages, p. 102).

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frente a él a modo de bosque amenazante. Como un Conti, Lotario debía luchar

contra clanes como los Frangipani, los Colonna, los Annibaldi y los Caetani,

quienes contaban en sus filas con cardenales y ricos potentados. Los Vassaletti

habían acaparado el mercado de estatuas romanas clásicas para convertirlas en

trozos de mármol que vendían en toda Europa. Los Frangipani habían obligado

a Gelasio a hacer su vergonzoso paseo en mula. Y eran ellos y sus aliados los

que veían con recelo a ese advenedizo papa Conti.

Para las narices patricias romanas, Lotario y sus parientes todavía

conservaban un persistente olor a establo. Los Conti eran de la Campania, la

ondulada región interior que se extendía hacia el sureste de la ciudad. Su

rústico castillo, que todavía corona el pueblo de Gavignano, en la cima de una

colina, daba a un acolchado valle que había conocido la mano del hombre desde

la época de los etruscos. A unos kilómetros al oeste, tras empinadas y verdes

laderas, estaba la importante ciudad de Segni. Entre ésta y Gavignano las fincas

de los Conti di Segni producían la riqueza que abastecía su competencia social.

Hacia mediados de siglo, el padre de Lotario, Trasimondo, había hecho la

corte y conquistado a Claricia, heredera romana de la influyente familia de los

Scotti. Al concedérsele un elevado puesto en la sociedad gracias a la alta cuna

de su madre, al final el joven Lotario abandonó las colinas y los valles de

Gavignano y viajó a Roma para dejar su impronta en este mundo. Lo más

probable es que para entrar en la ciudad tomara la Vía Apia y pasara ante las

grandes y pesadas ruinas de la Antigüedad protegidas por hileras de cipreses

delgados como lápices. El destino le sonrió en 1187, cuando el hermano de su

madre se convirtió en el papa Clemente III y aseguró el ascenso a la fama de su

inteligente sobrino. Lotario estudió teología en París, aprendió leyes en Bolonia,

y escribió varios tratados razonados con gran precisión. Con uno de ellos, De

miseria condicionis humanae (El destino desdichado del hombre), obtuvo un gran

reconocimiento entre pesimistas cultos de toda Europa. Su feroz y nunca

infundado intelecto legalista, unido a la astucia diplomática de un aristócrata

italiano, harían de Lotario un adversario temible para cualquiera que osara

interponerse en su camino.

Como los peregrinos que acuden en tropel a los monumentos descritos en

Mirabilis Urbis Romae (Las maravillas de la ciudad de Roma), una conocida guía

del siglo XII, el recorrido de Lotario pasaría por el barrio construido sobre el

Foro romano. La tradición mandaba que los desfiles de la coronación papal

hicieran pausas para recibir la aclamación de la multitud y repartir limosnas.

Sin duda la comitiva de Lotario se detuvo en el arco de Septimio Severo, que

entonces tenía 995 años de antigüedad. De las dos altas torres que los romanos

medievales habían considerado adecuado construir en el antiguo arco, la que

quedaba más al sur sirvió de campanario de la iglesia de los Santos Sergio y

Bacco, donde Lotario había desempeñado su cardenalato. El área del Foro

romano había sido el hogar del joven en la ciudad, donde llegó a ser un experto

en las complejidades de sus turbulentos episodios políticos. A unos centenares

de metros de la iglesia de los Santos Sergio y Bacco, a mitad de camino entre la

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columna de Trajano y el Coliseo,2 el nuevo Papa encargó la construcción de una

torre, la torre de los Conti, como símbolo inequívoco de las ambiciones de su

familia. El hermano de Lotario, Ricardo, levantó la torre para proteger el nuevo

territorio de Conti, en las cuestas que conducían a la colina Viminal. El monolito

de ladrillo obscuro, calificado de «único en el mundo» por un asombrado

Petrarca, dominaba entonces el Capitolio y el Quirinal, y aún lo haría si en 1348

un terremoto no hubiera reducido su altura a la mitad. Actualmente sigue

perfilándose sobre el Foro de Nerva como un recordatorio de que Lotario no

sólo elevó a su familia desde la obscuridad a la grandeza sino que también dio a

Roma la efímera impresión de ser de nuevo la capital del mundo.

Más allá del Coliseo, frente a la ladera de la colina Celiana, el cortejo se

dirigió a su destino final entre los bien cuidados campos de los dominios

privados del pontífice. La basílica de San Juan de Letrán, la más grandiosa y

antigua de Roma, había sido construida unos 850 años antes por el emperador

Constantino, que donó a la Iglesia la tierra y el palacio contiguo de la finca

privada de su esposa, Fausta. Fue Constantino quien decidió que el cristianismo

era un culto romano legítimo. Su madre, Helena, había hecho traer la escalera

de la residencia de Poncio Pilato de Jerusalén al palacio de Letrán. El Papa

podía subir los veintiocho escalones de la Scala Santa a imitación de Jesús cada

vez que la responsabilidad de sus funciones le pesara demasiado.

El desfile terminó; Lotario desmontó y entró en San Juan de Letrán, su

catedral como obispo de Roma. La iglesia era un tesoro de reliquias,3 recuerdos

de celebridades de una época en que la fe eclipsaba a la fama. Sin duda Lotario

había visto la colección de Letrán: las cabezas de san Pedro y san Pablo; el Arca

de la Alianza; las Tablas de Moisés; el cetro de Aarón; una urna de maná; el

manto de la Virgen; cinco panes y dos peces de la comida de los cinco mil; y la

mesa de la Última Cena. En la capilla privada del Papa había el prepucio y el

cordón umbilical de Jesús. Las creencias de Lotario, como las de los millones a

quienes ahora dirigía, estaban fuertemente enraizadas en lo material.

El palacio de Letrán, donde un banquete esperaba a los participantes en el

desfile, había sido la principal residencia papal desde que, ocho siglos antes,

Fausta, esposa de Constantino, se viera obligada a trasladarse a otro

alojamiento. No obstante, Lotario era consciente de que el palacio se hallaba

aislado en un archipiélago de baluartes de los Frangipani esparcidos por la

colina Celiana. Estaba decidido a no acobardarse ni a permanecer allí cautivo;

de modo que fue él quien empujó poco a poco a la corte papal hasta el lugar

donde había iniciado su era triunfante, cerca de la tumba de san Pedro, en

2 La iglesia del cardenalato de Lotario ya no existe. Tampoco la torre que se erigió en lo alto del arco de

Septimio Severo.

3 En algunas de las reliquias que se hallaban en el Concilio de Letrán de 1198 puede haber un

anacronismo de seis o siete años. Un montón de ellas se pusieron a la venta tras el saqueo de

Constantinopla por los cruzados en 1204; así, algunos de los objetos enumerados tal vez no llegaron a

Roma hasta después de aquel hecho. Por ejemplo, Enrico Dándolo, el taimado viejo dogo de Venecia,

trajo de Constantinopla los leones que hay frente a la plaza de San Marcos, así como un trozo de la Cruz

Verdadera, el brazo de san Jorge, un frasco con sangre de Cristo, y un trozo de la cabeza de Juan el

Bautista (Marc Kaplan, «Le sac de Constantinople», en Les Croisades, ed. R. Delort).

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terrenos del Vaticano. 4

Desde los veranos de su infancia en la Campania hasta ese prodigioso día del

invierno de 1198, la vida había modelado a Lotario hasta convertirlo en un líder

de convicciones inquebrantables. Era aún un muchacho cuando, en 1173, un

Papa que residía temporalmente en su ciudad natal de Segni había proclamado

santo al asesinado Thomas Becket. Con sólo trece años, viviendo con su familia

en lo alto de Gavignano, seguramente Lotario captó la lección que había tras

aquella beatificación: nadie debe jugar con la Iglesia.5 Becket pasó a ser la

supernova del firmamento clerical medieval; cuando en el siglo XVI el apóstata

rey Enrique VIII saqueó su tumba, se apoderó de más de 140 kilos de oro.6 El

destino de Lotario estaba entre los cálculos mezquinos de los monarcas y las

exaltadas cumbres de la santidad.

Como papa Inocencio III, se le había encargado el gobierno, en sus propias

palabras, «no sólo de la Iglesia universal sino del mundo entero». En muchas

4 No obstante, al final Inocencio terminaría otra vez en San Juan de Letrán, cuando un contrariado

pontificado del siglo XIX trasladó su cuerpo a esa iglesia como simbólica respuesta al liberalismo

constitucional. Ahora descansa en el crucero su estatua yacente en piedra, en calma altiva y custodiada

por un par de efigies que representan mujeres. Una sostiene la luz de la sabiduría; la otra, la bandera de la

cruzada. Se rumoreó que esos restos habían sido trasladados desde Perugia a Roma en la maleta de un

seminarista que viajaba en tren, en un compartimiento de segunda clase.

5 No hay pruebas documentales que demuestren que el joven Lotario quedara impresionado por la

canonización de Thomas Becket en la vecina Segni. No obstante, es una suposición bastante razonable

que han repetido varios de los biógrafos de Inocencio. Jane Sayers, en su Innocent III, afirma que Lotario

visitó la capilla del santo en Canterbury en un viaje a Gran Bretaña como estudiante (p. 19). En «Lotario

dei Conti di Segni becomes Pope Innocent III» (de Pope Innocent III and his World, ed. J. C. Moore), el

historiador Edward Peters data la visita en 1185 o 1186 (p. 10).

6 En A History of Christianity [Historia del Cristianismo, Vergara, 1999] (p- 267), de Paul Johnson, se

evoca la visita que en 1511 hizo el erudito holandés Erasmo a la capilla de St. Thomas en Canterbury: «El

relato de Erasmo deja claro que quedaron fuertemente impresionados por lo que vieron. Las riquezas que

adornaban la capilla eran asombrosas. Erasmo las consideró incongruentes, desproporcionadas, tesoros

“ante los que Midas o Creso habrían parecido mendigos”; treinta años después, agentes de Enrique VIII

sacaron de allí 141,5 kilos de oro, 125,4 de plata dorada, 149,8 de plata pura y 26 carretadas de otros

tesoros.»

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regiones de Europa, su amada Iglesia, zarandeada por los cambios del siglo XII,

había acabado desorganizada, desacreditada o, peor aún, corrompida. Si miraba

al este, veía Jerusalén todavía en manos de los musulmanes. En la península

Itálica, años de desorden habían privado al papado de las tierras de las que en

otro tiempo sacó rédito y prestigio temporal. Y al oeste se hallaba el Languedoc,

donde se había dejado que la herida de la herejía se infectara. Había sido elegido

un nuevo Papa para un nuevo siglo.


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