Representación mediática y política
Bettina Andrea Martino
Muchas de las evaluaciones sobre los efectos de las tecnologías de la comunicación en el campo de lo político suelen pasar riesgosamente por alto algunos aspectos relativos a los problemas que amenazan el "buen funcionamiento" de la democracia.
Los efectos perversos de esta forma de gobierno devienen de transformaciones económicas y sociales que no son adjudicables a los medios de comunicación, al menos no directamente. Aunque esto sea obvio, no aparece como elemento central en los análisis: todo el problema parece concentrado en la cuestión exclusiva de la información y los medios, y la evidencia es la gran cantidad de denominaciones que sustituyen a la expresión "democracia representativa".
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Foto: Luis H. González/Silva
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Hoy se utilizan términos que definen como característica central de la democracia algún aspecto ligado a la mediatización de la política. El concepto democracia ha pasado a ser uno de esos "lugares comunes que se discuten cada vez menos" (Nun, 2001) y, por lo tanto, el peso ha comenzado a recaer sobre los calificativos que se le agregan, lo cual resulta en una sobrevaluación del poder de la tv, la radio y los periódicos en las transformaciones negativas de esta forma de gobierno. La prevalencia del epíteto ligado a la comunicación, aun cuando el uso de ciertas expresiones sea metafórico, evoca desmedidamente la cuestión de los medios y eclipsa la discusión obligada acerca de las condiciones económicas y sociales que hacen posible a los individuos ejercer de manera efectiva los derechos que la democracia asegura formal o idealmente.
Este vuelco hacia el problema de los medios se refleja en el surgimiento de dos órdenes en la denominación: por una parte, surgen conceptos que se refieren al uso de las tecnologías para superar la representación y ejercer una participación directa a través de foros de opinión o del voto electrónico. Caben aquí "cyberdemocracia", "democracia electrónica", "teledemocracia"; por otra, encontramos denominaciones que expresan un estado de la democracia en el cual la política se encuentra totalmente adecuada a la lógica de los medios de comunicación, reduciéndose a imágenes e informaciones superficiales para un público disperso y pasivo. Encontramos aquí "democracia mediática", "democracia de audiencias", "democracia espectáculo", "videocracia", "democracia televisiva".
Los dos órdenes remiten a aspectos diferentes y con diverso grado de precisión. El primer tipo no alude al funcionamiento actual de la democracia, sino a una tendencia futura que incluye, en su versión más acabada, el ideal de un hombre plenamente informado e interesado por los asuntos públicos. La discusión respecto de la viabilidad e incluso de la deseabilidad de un sistema de este tipo es profunda e involucra discusiones variadas: el fenómeno de la apatía ciudadana, la cuestión del acceso a la tecnología, las condiciones culturales y sociales que permitan la comprensión de los diversos problemas sobre los cuales se habría de participar, la conveniencia de que todos opinen sobre todos los temas. Las tecnologías de la comunicación, en especial Internet, pueden ofrecer nuevas y válidas formas de participación en los asuntos públicos e incluso en procesos de decisión a nivel local o comunitario. Pero la consideración de esta posibilidad se encuentra sujeta a la disponibilidad no sólo de las herramientas técnicas para cada uno de los ciudadanos, sino también de condiciones culturales y educativas equitativas. La existencia de la red y el acceso a ésta no da necesariamente como resultado un sujeto más informado, así como una mayor cantidad de información circulante no da como resultado automático una mejor calidad de la democracia. Por otra parte, los usuarios de Internet, elemento fundamental de las concepciones democráticas que propician la participación directa/electrónica, hacen de ella usos muy variados y los foros de discusión sobre cuestiones públicas o que afectan a un colectivo son apenas una porción del interés por el cual alguien ingresa a la red. Las denominaciones que enumeramos en segundo lugar aclaran el panorama cuando su uso está orientado a marcar algún aspecto sobresaliente de la relación entre los medios de comunicación y la política, pero confunden bastante cuando pretenden concentrar las dificultades de la democracia en una lista de "males mediáticos" (Gais, 1996-1997).1
Crisis de representación
Estas expresiones evocan el declive de la representación. La crisis de los grandes relatos, como hecho central de la crisis de la modernidad, permitió el paso de una concepción de la política como emancipación (idea redentorista vinculada al concepto de sujeto histórico), a la política como gestión, como elección de quien cumple con más eficacia con los servicios que se demandan y no como militancia, programa abarcador o gesta emancipadora (García Delgado, 1998). La crisis de la política nos enfrenta a la proliferación de la prescindencia de la mediación,2 al abandono de la representación, al aumento del directismo.
Esta idea ha sido reforzada, además, por la ideología neoliberal que al individuo hedonista de los años 60 le suma en los 80 la variante del individuo conquistador: guiado por el modelo empresarial, el hombre está destinado a triunfar en el mercado, bajo la creencia de que cada uno según su capacidad puede competir en igualdad de oportunidades, e incluso que el éxito de algunos puede "derramar" prosperidad sobre otros (evocando una vieja fórmula liberal). Montado sobre la crisis de la política, funciona bajo el lema: "de lo que la política no se encarga, lo económico se ocupa". La conjugación de ambas formas del individualismo desemboca en el estado individual "ideal" para rechazar los relevos colectivos y hacerse cargo de la propia existencia en todos los aspectos de la vida.
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Hoy, pasadas dos décadas nos encontramos con que el culto del performance no genera prosperidad sino excluidos de la cultura del éxito (Ehrenberg, 1995). El individualismo dominante es un individualismo negativo, caracterizado por la incertidumbre, la inseguridad, la vulnerabilidad y la desprotección. La representación tradicional no encuentra todavía un sustituto estable y los individuos han quedado a la deriva, sin referencias colectivas. Por tanto, no es extraño que el individuo esté pendiente de las representaciones varias que le ofrece el espacio público en el cual conviven los partidos con los medios de comunicación, los movimientos sociales y otras organizaciones (Cheresky, 1997).
La reflexión sobre las nuevas denominaciones no resulta vana. Si coincidimos en la posibilidad de un nuevo formato representativo deberíamos mirar más allá de los medios. En Argentina, por ejemplo, existe un extenso tejido asociativo que consta de aproximadamente 50 mil ONGs en funcionamiento, que actúan como sustitución provisoria de aspectos que están "desinstitucionalizados".
La complejización de la sociedad en las últimas décadas nos enfrenta al fenómeno de su opacidad. Surgen allí algunas preguntas: ¿cómo representará la política a quien no puede conocer? ¿Cómo contribuirá a dar forma a la sociedad si no puede captarla con claridad? La opacidad social se configura como parte de la crisis de lo político. "Una de las grandes funciones de la representación política consiste en producir legibilidad. Hoy en día, esta producción de legibilidad común a las ciencias sociales y la política sufre un desperfecto. Esta crisis de la representación que experimentamos no remite únicamente al mal funcionamiento del sistema político..." (Fitoussi-Rosanvallon, 1997), sino también a la forma como progresivamente la sociedad se va haciendo ininteligible y a la ausencia de herramientas pertinentes en el campo de las ciencias sociales para realizar una lectura apropiada.
El análisis de la relación entre medios de comunicación y democracia no puede tomar sólo los aspectos ligados a lo primero sin hacer una evaluación crítica de aquellos que van de la mano con lo segundo. Esto implica considerar desde una perspectiva de conjunto, además de la influencia de los medios, otros factores como la corrupción, la impunidad, la falta de justicia, la situación declinante de vastos sectores sociales (la formación de nuevos pobres y la profundización de la pobreza), las políticas de ajuste neoliberales en América Latina, la formación de élites políticas cada vez más separadas de los gobernados, el incumplimiento de las promesas de los programas propuestos por los partidos en las elecciones, entre otros.
La construcción de la democracia que queremos no viene dada sólo por quienes actúan en el ejercicio de la política o por la participación de los ciudadanos, sino también por la elaboración de categorías de análisis que expresen con la mayor claridad posible nuestra situación actual.
Notas
1 Omar Gais recoge los principales "males" aparecidos en la literatura sobre medios de comunicación y política: el tiempo mediático, la sustitución de roles, la dramatización de los conflictos, normalización de los mensajes, el rumor contra la información, el directo televisivo, las imposturas del mercado, el modelo de la disputa, la miseria de la decisión.
2 Encarnada en Argentina por el "síganme, no los voy a defraudar" del ex presidente Carlos Menem, político que inaugura relaciones inéditas con los medios de comunicación.
Bibliografía
Isidoro Cheresky, "El futuro de las nuevas democracias", XVIII Asamblea General de CLACSO, Buenos Aires, 1997.
Alain Ehrenberg, L'individu incertain, París, Calmann-Lévy, 1995.
J. P. Fitoussi y P. Rosanvallon, La nueva era de las desigualdades, Argentina, Manantial, 1997.
Omar Gais, "Espacio público, ciudadanía, democracias mediáticas", en Cuaderno del Centro de Graduados, núm. 4, Centro de Graduados de Filosofía y Letras, UNC, Mendoza, Argentina, 1996-1997.
José Nun, Democracia. ¿Gobierno del pueblo o gobierno de los políticos?, Buenos Aires, FCE, 2da. ed., 2001.
Daniel García Delgado, Crisis de representación en la Argentina de fin de siglo, Buenos Aires, UNICEF-FLACSO-Norma, 1998.
Bettina Andrea Martino es licenciada en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Cuyo en Mendoza, Argentina. Becaria de Investigación de CONICET y docente de Teoría de la Comunicación.
Correo: bamartino@terra.com