Se atribuye a Zenón de Elea, filósofo y jurisconsulto griego del
sigo V antes de Cristo, enfrentado a la tiranía reinante en su época, la
siguiente sentencia:
«La condescendencia de los jueces frente a los malhechores,
sólo sirve para aumentar su número y la gravedad de sus fechorías,
hasta poner en sus manos, por amedrentamiento ciudadano, la
aprobación de las leyes y la generación de una judicatura infame y
vendida. Los electores que no alquilan sus votos y los contribuyentes
que pagan manos que les ahogan, son directamente dañados por el
juez no equitativo y, tanto más, si se retrasa en sus decisiones».
«Los ciudadanos deben exigir las mismas concesiones que se
les den a los delincuentes».
Trasladado el consejo a nuestras modernas democracias, si una
persona es atracada y se le da al atracador la presunción de inocencia,
siendo considerado como «presunto atracador», ella debe obtener la
misma presunción y ser considerada como «presunto atracado».
La extralimitación de la «presunción de inocencia» para la gente
peligrosa, hasta el punto de cargar sobre la gente sencilla una alternativa
«presunción de culpabilidad, es prepotencia antisocial.
Si al presunto atracador se le dota de un «abogado de oficio», el
presunto atracado debe ser dotado, a la vez, de un «fiscal de oficio»
y, si no se produce la inmediata resolución del asunto, evitando más
pérdidas de tiempo y más gastos, si se acumulan los asuntos, no sólo
en este, sino en todos los niveles del derecho y la justicia, las partes
deben ser dotadas de un seguro que las cubra de riesgos de que
desaparezcan las pruebas, se pierdan los documentos, se pudran diligencias
enteras empapadas en agua y otras ingeniosidades.
«Contemporizar con el culpable es traición para el inocente», dijo
Ayn Rand, seudónimo de Alissa Zinoviedna Rosenbaum, escritora
y filósofa rusa, nacida en San Petersburgo en 1905 y muerta en Nueva
York, en 1982. Fundadora de la Escuela Objetivista, llega a nuestras
manos un comentario suyo, hecho en 1950, que está cobrando una
indeseable actualidad y viene a decir:
«Cuando para producir necesites autorización de los que no
producen nada, cuando compruebes que el dinero fluye hacia quienes
trafican con favores y que surgen más ricos por el soborno y las
influencias que por el trabajo, cuando veas que las leyes no te protegen
contra los infames, sino que son ellos los que están protegidos
contra tí, cuando los corruptos sean recompensados y ser honrado
te resulte un autosacrificio inútil, podrás deducir, sin temor a equivocarte,
que te encuentras atrapado en una sociedad condenada».