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¡ Rídiculo ahorcado, tus dolores son los míos!
Yo sentí a la vista de tus miembros flotantes,
como un vómito subir hasta mis dientes
el largo río de hiel de mis antiguos dolores.
Ante tí, pobre diablo, tan caro de recordar,
sentí todos los picos y los mordiscos
de los cuervos fieros y de las panteras negras,
que antaño tanto gozaban en machacar mi carne.
El cielo estaba embrujado, la mar en calma;
para mí todo era negro y sangriento para siempre,
¡ay!, y tenía, como un espeso sudario,
el corazón amortajado en esta alegoría.
En tu isla, oh demonio, no en contré en mi viaje
más que un patíbulo simbólico donde colgaba mi imágen...
-¡Oh Señor! Dadme la fuerza y el coraje
¡de contemplar mi cuerpo y mi alma sin asco!
Las Flores del Mal, Charles Baudelaire
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