|
Dos hombres llamados Jacinto López,
Es decir con el mismo nombre,
y residentes en el mismo pueblo andaluz,
pero con distintas profesiones,
uno sacerdote, el otro taxista,
son los protagonistas de esta historia que me contaron, que nos puede servir, desde el humor, para pensar sobre los propósitos que nos hacemos para el año 2008:
Resulta que, casualidades del destino,
ambos mueren el mismo día y cuando San
Pedro les recibe en el cielo, se produce la
siguiente situación.
– ¿Cómo te llamas, hijo?– dice San Pedro.
– Jacinto López.
– ¿El sacerdote?
– No, no, compadre. El taxista.
San Pedro consulta su planilla y dice:
– ¡Ah! Sí. Hijo, has ganado el Paraíso. Y
además te corresponde esta túnica de seda
con hilos de oro y esta vara de oro con
incrustaciones de rubíes. Puedes pasar.
– Dios es justo. Gracias– contesta el taxista.
Tras su entrada, le tocaba al otro Jacinto.
– ¿Tu nombre, hermano?
– Jacinto López.
– Ah, el hermano sacerdote, supongo.
– Así es.
– Muy bien, hijo mío. Te has ganado el Paraíso.
Te corresponde esta bata de poliéster y
esta vara de plástico.
Entonces, extrañado, el sacerdote dice:
– Perdón, no puede ser... No quiero presumir,
pero... ¡soy Jacinto, el sacerdote!
– Lo sé, hijo. Por eso, te has ganado el Paraíso
y te corresponde la bata de...
– ¡Pero es un error! Yo conozco al otro Jacinto.
Era taxista, vivía en mi pueblo, y ¡conducía
fatal! Se subía a las aceras, chocaba
todos los días, no respetaba los pasos de
cebra y varias veces se llevó a gente por
delante. Mientras, yo he pasado cincuenta
años de mi vida predicando en la parroquia.
¿Cómo puede ser que a él le toque una túnica
con hilos de oro y a mí esto?
– Lo siento, pero no hay error –dijo San
Pedro complacido–. Lo que pasa es que ha
llegado la globalización al cielo y ya no
hacemos las evaluaciones como antes. Tenemos
nuevos enfoques administrativos y nos
basamos en objetivos y resultados.
Mientras el sacerdote miraba con extrañeza,
San Pedro prosiguió:
– Mira, te explico tu caso y verás cómo lo
entiendes enseguida. Durante los últimos
cincuenta años, cada vez que predicabas, la
gente se dormía; pero cada vez que el taxista
conducía, la gente rezaba y se acordaba de
Dios. Entonces, ¿quién vendía más nuestros
servicios?
¡Ahora, nos interesan los resultados, hijo
mío! ¡ Re - sul - ta - dos!
|