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Penitencia y cruzada
Un manojo de esquejes de abedul zumbó a través del silencio y cayó con un
crujido sobre la carne blanca. Las afiladas ramas golpearon una y otra vez. La
multitud, amontonada en las escaleras de la iglesia de Saint-Gilíes, miraba
fascinada cómo su señor era azotado como el más ruin de los villanos. En el
Medievo, época en que el prestigio social era tan importante, causaba siempre
gran placer ver a los poderosos humillados en público. Desnudo hasta la
cintura y con el cuello enrojecido por la áspera cuerda que lo rodeaba, el conde
Raimundo juraba sobre las sagradas reliquias su imperecedera obediencia al
Papa y sus legados. Igual que al cronista del norte que registró el suceso,
seguramente a la veintena de obispos que asistían les complació mucho ver a
Raimundo humillado hasta aquel punto.1
El conde Raimundo, que entonces contaba cincuenta y pocos años, había
dado su consentimiento a esa flagelación en su feudo solariego. Ese día —18 de
junio de 1209— acaso fue de un dolor mortificante, pero también la culminación
de dieciocho meses de diplomacia desesperada. Desde el asesinato de Pierre de
Castelnau, Raimundo había mantenido que era inocente. Según afirmaba, por
mucho que aquel fatídico enero del año anterior entre él y Pierre hubiera habido
palabras airadas, ordenar a uno de sus hombres que matara al legado habría
sido un patinazo de enormes proporciones. Durante toda su vida Raimundo
había evitado enfrentamientos y preferido postergar promesas y ahogar
discrepancias en un turbio estanque de diplomacia. Insistía en que si hubiera
querido asesinar a Pierre desde luego no lo habría hecho lanzando una piedra
desde su propia casa. Además, el nefasto monje se había granjeado muchos
enemigos en el Languedoc.
No obstante, Raimundo era el principal sospechoso de lo que seguía siendo
un misterioso asesinato sin resolver.2 No cargarle el crimen al conde habría
1 No hay duda de que Pierre de Vaux de Cernay, nuestra fuente, habría estado encantado con el apuro de
Raimundo. En algún lugar de su Hystoria albigensis, el cronista llama al conde de Tolosa «miembro de
Satán, hijo de la perdición, criminal empedernido, masa pecaminosa».
2 La cuestión de quién —si no fue Raimundo— ordenó el asesinato de Pierre de Castelnau puede aún
inflamar la imaginación, más o menos igual que le ocurriera a Oliver Stone en JFK. En la novela histórica
de Jean-Jacques Bedu Les Terres de feu, se esboza con claridad la teoría de la conspiración que circula en
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desbaratado los planes de demasiadas personas. Además, sus pretensiones de
habilidad diplomática se malograron cuando envió a Roma como abogado suyo
a Raymond de Rabastens. Había sido contraproducente que Rabastens, el
manirroto que había dejado la diócesis de Tolosa en la indigencia, se presentara
ante Inocencio III, el Papa que había dedicado cinco años de esfuerzo a
desbancarlo en favor de Fulko.
En cualquier caso, Rabastens tenía pocas posibilidades. Desde el instante en
que llegaron a Roma las noticias del asesinato de Pierre, la curia clamó por la
cabeza del conde Raimundo. El 10 de marzo de 1208, Inocencio llamó a una
cruzada cuyos predicadores tenían que ser el colérico Arnaud Amaury y el
elocuente Fulko.3 Las dos furias de hábito blanco recorrieron Europa pidiendo
apoyo armado para aplastar a los cátaros. Sin embargo, los reyes y emperadores
del norte dieron respuestas ambiguas. Estaban demasiado ocupados luchando
entre sí para aceptar la propuesta de contravenir la costumbre feudal. Ellos no
tenían disputas con sus vasallos del Languedoc; ¿por qué debían tomar las
armas contra ellos? Sin embargo, Inocencio, Arnaud y Fulko insistieron durante
todo el año 1208, acosando a los señores con cartas y exhortos. Por fin, el rey
Felipe Augusto de Francia cedió y permitió que sus nobles más poderosos
fueran a guerrear contra sus parientes del sur. Nobles cuyo nombre hoy no nos
suena de nada —Eudes, duque de Borgoña; Hervé, conde de Nevers; Pierre de
Courtenay, conde de Auxerre— suscitaban entonces respeto y temor debido a
sus extensas posesiones y al gran número de caballeros provistos de montura
que podían reunir. Esos nobles, acompañados de decenas de miles de infantes,
se dirigían al sur mientras Raimundo sufría su degradante penitencia.
El azote de Raimundo fue Milo, notario de la curia que había sido nombrado
nuevo legado papal. Fue tanta la aglomeración de mirones que a los dos
principales protagonistas, castigado y castigador, les fue harto difícil abandonar
la plaza y volver al santuario de la iglesia, para lo cual se abrieron paso a
codazos entre la gente y se metieron a duras penas por un portal de la fachada.
El emparejamiento de aquellos dos hombres no era fruto de la casualidad. Fue
Raimundo quien había contribuido al ascenso de Milo: con prisas por llegar a
un acuerdo, escribió a Inocencio que estaba dispuesto a negociar con cualquiera
menos con Arnaud Amaury. Pero incluso así, las condiciones que Raimundo
aceptó a sugerencia de Milo fueron extraordinariamente severas: tenía que
ceder todos sus derechos sobre cualquier fundación religiosa que hubiera en sus
dominios, entregar siete de sus castillos, no contratar mercenarios nunca más,
dejar que los legados pronunciaran sentencia sobre cualquier reclamación
ambientes neocátaros. El acusado no es otro que Arnaud Amaury, el colega de Pierre. Si ese día, Arnaud
estaba con Pierre —como algunos creen—, entonces ¿por qué el asesino sólo mató a un legado? ¿Y cómo
sabía el asesino a quién acuchillaba? ¿Y por qué no se deshizo de los testigos? ¿Quién tendió la trampa
del perjurio para que Raimundo no pudiera probar su inocencia? ¿Y por qué no acusaron a Raimundo?
Por fin, ¿quién sacó provecho del asesinato? Raimundo no, desde luego. ¿Quién, como consecuencia del
asesinato, acabó dirigiendo una cruzada, aplastando a los Trencavel y utilizando la fuerza para colocarse
en una posición muy lucrativa como arzobispo de Narbona? Arnaud Amaury. No es imposible, aunque
ningún jurado de fuera del Languedoc lo declararía culpable.
3 El clero no usaba el término «cruzada». Se la denominó negotium pacis et fidei (empresa de paz y fe).
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presentada contra él, pedir perdón a todos los obispos y abades a los que había
ofendido, destituir a todos los judíos de sus cargos, y tratar como herejes a
todos los que la Iglesia calificara como tales.
Y debía someterse a ese día de denigración, medio desnudo ante su gente,
azotado por los clérigos, por un crimen que él seguía negando haber ordenado
y por el que no había sido juzgado y menos condenado. De hecho, lo trataron
como si fuera un Enrique Plantagenet moderno que expiara el asesinato de
Thomas Becket, comparación que no se le escapó a nadie, y menos aún al papa
Inocencio, que recordaba su niñez en la Campania.
Cuando en la iglesia de Saint-Gilíes terminó el oficio, por fin Raimundo pudo
marcharse. Pero le era imposible; la apiñada multitud de curiosos que había en
la nave hacía que cualquier intento de salir por la puerta principal conllevara
los baquetazos de una vergüenza aún mayor. Así, el conde fue empujado por
una escalera de piedra que iba del altar a la cripta, en la que había una salida
subterránea. Los sacerdotes obligaron a Raimundo a detenerse por última vez,
ante la tumba de Pierre de Castelnau, definitiva reprensión al noble a quien al
fin habían forzado a obedecer. En palabras del cronista, Raimundo permaneció
de pie, «desnudo frente a la tumba del bienaventurado mártir... al que había
asesinado. Ése era el juicio justo de Dios. Se le conminó a que guardara respeto
al cadáver de aquél a quien había menospreciado en vida».4
Catorce días más tarde, el conde de Tolosa viajó al norte con sus caballeros
para unirse al ejército de cruzados que descendía por la orilla izquierda del
Ródano. Era un Saint-Gilíes, de la familia que en 1099 había tomado por asalto
Jerusalén. Tras su flagelación, Raimundo había anunciado que quería llevar la
cruz en alto, perseguir a los herejes, y castigar a todos los que protegieran a los
perfectos. No dijo que lo que realmente quería era asegurarse de que los
cruzados no entraran en sus tierras: no iban a atacar las posesiones de uno de
los suyos. Los hechos demostrarían que el conde de Tolosa no había cambiado
nada y que su aversión a perseguir era tan fuerte como antes. En realidad, Raimundo
el penitente era un pecador contumaz.
Catapulta, petraria, chatte, cota de mallas, caballo de batalla, estandarte,
alabarda, ballesta, pica, balista... las viejas palabras y armas de guerra
transmiten un inequívoco mensaje de trauma ancestral que ni la rareza ni su
origen extranjero pueden suavizar. El ejército a cuyo encuentro salió Raimundo,
en la ciudad de Valence, llevaba esos atroces artefactos en su equipaje, listo para
acallar las discusiones entre cátaros y dominicos con el irrefutable argumento
de la fuerza. Al marchar, el enorme ejército reunido en Lyon se extendía a lo
largo de más de seis kilómetros, acompañado por una flotilla de barcazas que
transportaban los suministros. En el siglo XIII habría pocas imágenes más
aterradoras.
Como todos los grandes ejércitos feudales, las fuerzas de cruzados de 1209
4 La fuente es Vaux de Cernay. Aún se puede ver la tumba.
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contaban con cientos de caballeros montados, con sus impresionantes
armaduras, que se hallaban en el vértice de la pirámide beligerante. Nobles
adiestrados desde la infancia para dar golpes y hachazos en colisiones a galope
tendido, los caballeros eran los jefes y, paradójicamente, los principales
participantes en cualquier batalla campal. Según fueran sus medios, cada uno
llevaba consigo su séquito de mozos de cuadra, preparadores, infantes y
arqueros, cuya lealtad a su señor estaba por encima de todo.
Menos ligadas al honor, estaban también las bandas de routiers (mercenarios)
que acompañaban a los ejércitos. Algunos de estos routiers eran bandoleros
montados a caballo, otros, soldados de infantería cuya causa era el pillaje.
Todos constituían las tropas de choque de la máquina de guerra feudal,
secundados por los indisciplinados ribauds, la harapienta chusma de buscadores
de aventuras sin nada que perder ni que respetar. En general se cree que la
sociedad medieval era una pastoral plácida, aunque grosera; de hecho, los que
no poseían tierra, los descontentos y los desesperados vagaban por el país en
gran número. En una tradición llena de ironía, al inicio de cada campaña los
ribauds elegían entre ellos a un «rey», encargado de negociar asuntos como
quién robaría a los cadáveres del enemigo o quién pagaría a las putas. En la
contratación de routiers y la aceptación de ribauds, la cruzada utilizó dos varas
de medir. Los mercenarios, que solían ir por libre haciendo estragos en los
monasterios, habían sido una de las principales quejas que la Iglesia había
dirigido a la nobleza del Languedoc.
El ejército de 1209 superaba en mucho la media medieval de fervor bélico.
Había millares de peregrinos, que llevaban una cruz cosida en el hombro del
basto hábito. Se había prometido a los cruzados un perdón total de los pecados,
una moratoria de sus deudas y una transferencia de dinero de la Iglesia a sus
bolsillos. La expedición tenía todas las ventajas de las que fueron a Palestina sin
ninguno de los inconvenientes de la distancia. Para los franceses del norte, la
proximidad del Languedoc era ideal para hacer la «cuarentena» —los cuarenta
días de servicio militar necesario para merecer una indulgencia de cruzado— y
después regresar a casa a tiempo para cosechar y cazar, contentos sabiendo que
su alma ya tenía abiertas de par en par las puertas del cielo. Los guerreros
consideraban que las futuras víctimas de su cruzada no eran cristianos. Los
herejes no eran cristianos, sólo herejes.
Muchos de los nobles que se abrían camino Ródano abajo habían cabalgado
juntos siete años antes en la extraña cuarta cruzada. Alentada por Inocencio III,
una tropa de caballeros se había puesto en camino para reparar el daño causado
por la reconquista de Jerusalén por Saladino en 1187. Tenían pensado triunfar
allá donde la tercera cruzada de Barbarroja y Ricardo Corazón de León había
fracasado. Pero, en lugar de ello, acabaron siendo mercenarios de los marinos
de Venecia, quienes habían pedido un precio tan exorbitante por el pasaje a
Palestina que los caballeros sólo pudieron pagar en especies. A tal fin,
dedicaron el invierno de 1202-1203 a sitiar y saquear la ciudad cristiana de
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Zara,5 puerto del Adriático que pertenecía a los rivales comerciales de los
venecianos en la región. Tras lo de Zara, los expedidores llevaron a los cruzados
a Constantinopla, que, no por casualidad, era el otro competidor marítimo
importante de Venecia. Los cruzados vieron la ocasión de salvar cierta
respetabilidad de sus lamentables vagabundeos destituyendo al emperador
griego ortodoxo y poniendo en su lugar a un títere latino. No obstante, primero
debían tomar la ciudad, lo que hicieron en 1204 al modo vandálico,
destruyendo en su acción más obras de arte y tesoros culturales que los
perdidos en cualquier otro período del milenio medieval. La orgía de robo y
rapiña duró tres días y tres noches.
Estas sangrientas diversiones habían llegado a ser características de las
cruzadas. Siempre que se juntaba un grupo de personas resueltas a la violencia
y con la salvación asegurada, los espectadores neutrales sabían que debían
quitarse de en medio. En especial el pueblo judío fue objeto de masacres a
manos de los exaltados que iban a combatir al infiel.6 Un ejército feudal era
siniestro; uno que tuviera a Dios de su lado era realmente diabólico. La cruzada
del Languedoc prometía ser parecida.
El 2 de julio de 1209, Raimundo llegó al campamento de Arnaud Amaury y
solicitó que le dejaran unirse a la santa causa. Arnaud accedió a la petición del
conde aunque, como cronista que registró el hecho, sospechó que éste no era
sincero en su piedad militante y que sólo deseaba preservar sus tierras de la
invasión. Arnaud había recibido instrucciones de Inocencio, que le había
nombrado para que dirigiera la cruzada. La carta del Papa consideraba el
asunto a largo plazo:
Nos preguntáis con urgencia qué medidas han de adoptar los cruzados
con respecto al conde de Tolosa. Seguid el consejo del apóstol que decía: «Fui
inteligente, os sorprendí al engañaros...» Sed prudente y ocultad vuestras
intenciones; al principio dejadle solo a fin de atacar a aquellos que sean
abiertamente rebeldes. No será fácil aplastar a los partidarios del Anticristo si
dejamos que se unan para defenderse en común. Por otra parte, nada será
más fácil que aniquilarlos si el conde no los ayuda. Quizá la visión del
desastre lo reformará de veras. No obstante, si persiste en sus planes
perversos, cuando esté aislado y respaldado sólo por sus propias fuerzas,
5 En la actualidad es el puerto croata de Zadar.
6 La primera cruzada inició lo que se convertiría en una triste tradición. Al marchar por Europa en 1096,
los cruzados asesinaron a doce judíos en Spier, veintidós en Metz, quinientos en Worms y mil en Mainz
(Paul Johnson, A History of Christianity [Historia del Cristianismo], p. 245).
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podemos derrotarlo sin demasiada dificultad.7
La cruzada de 1209 no desató su furia contra el conde de Tolosa. El no era el
único señor del Languedoc.
7 Este plan tramposo de Inocencio se ajustó a la carta. La correspondencia se cita en la mayoría de las
obras sobre los cátaros. He utilizado la versión de Joseph R. Strayer
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