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PENITENCIA CRUZADA L5
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edgard chavez
 
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  PENITENCIA CRUZADA L5 22/Febrero/2007 - 17:53

Penitencia y cruzada

Un manojo de esquejes de abedul zumbó a través del silencio y cayó con un

crujido sobre la carne blanca. Las afiladas ramas golpearon una y otra vez. La

multitud, amontonada en las escaleras de la iglesia de Saint-Gilíes, miraba

fascinada cómo su señor era azotado como el más ruin de los villanos. En el

Medievo, época en que el prestigio social era tan importante, causaba siempre

gran placer ver a los poderosos humillados en público. Desnudo hasta la

cintura y con el cuello enrojecido por la áspera cuerda que lo rodeaba, el conde

Raimundo juraba sobre las sagradas reliquias su imperecedera obediencia al

Papa y sus legados. Igual que al cronista del norte que registró el suceso,

seguramente a la veintena de obispos que asistían les complació mucho ver a

Raimundo humillado hasta aquel punto.1

El conde Raimundo, que entonces contaba cincuenta y pocos años, había

dado su consentimiento a esa flagelación en su feudo solariego. Ese día —18 de

junio de 1209— acaso fue de un dolor mortificante, pero también la culminación

de dieciocho meses de diplomacia desesperada. Desde el asesinato de Pierre de

Castelnau, Raimundo había mantenido que era inocente. Según afirmaba, por

mucho que aquel fatídico enero del año anterior entre él y Pierre hubiera habido

palabras airadas, ordenar a uno de sus hombres que matara al legado habría

sido un patinazo de enormes proporciones. Durante toda su vida Raimundo

había evitado enfrentamientos y preferido postergar promesas y ahogar

discrepancias en un turbio estanque de diplomacia. Insistía en que si hubiera

querido asesinar a Pierre desde luego no lo habría hecho lanzando una piedra

desde su propia casa. Además, el nefasto monje se había granjeado muchos

enemigos en el Languedoc.

No obstante, Raimundo era el principal sospechoso de lo que seguía siendo

un misterioso asesinato sin resolver.2 No cargarle el crimen al conde habría

1 No hay duda de que Pierre de Vaux de Cernay, nuestra fuente, habría estado encantado con el apuro de

Raimundo. En algún lugar de su Hystoria albigensis, el cronista llama al conde de Tolosa «miembro de

Satán, hijo de la perdición, criminal empedernido, masa pecaminosa».

2 La cuestión de quién —si no fue Raimundo— ordenó el asesinato de Pierre de Castelnau puede aún

inflamar la imaginación, más o menos igual que le ocurriera a Oliver Stone en JFK. En la novela histórica

de Jean-Jacques Bedu Les Terres de feu, se esboza con claridad la teoría de la conspiración que circula en

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desbaratado los planes de demasiadas personas. Además, sus pretensiones de

habilidad diplomática se malograron cuando envió a Roma como abogado suyo

a Raymond de Rabastens. Había sido contraproducente que Rabastens, el

manirroto que había dejado la diócesis de Tolosa en la indigencia, se presentara

ante Inocencio III, el Papa que había dedicado cinco años de esfuerzo a

desbancarlo en favor de Fulko.

En cualquier caso, Rabastens tenía pocas posibilidades. Desde el instante en

que llegaron a Roma las noticias del asesinato de Pierre, la curia clamó por la

cabeza del conde Raimundo. El 10 de marzo de 1208, Inocencio llamó a una

cruzada cuyos predicadores tenían que ser el colérico Arnaud Amaury y el

elocuente Fulko.3 Las dos furias de hábito blanco recorrieron Europa pidiendo

apoyo armado para aplastar a los cátaros. Sin embargo, los reyes y emperadores

del norte dieron respuestas ambiguas. Estaban demasiado ocupados luchando

entre sí para aceptar la propuesta de contravenir la costumbre feudal. Ellos no

tenían disputas con sus vasallos del Languedoc; ¿por qué debían tomar las

armas contra ellos? Sin embargo, Inocencio, Arnaud y Fulko insistieron durante

todo el año 1208, acosando a los señores con cartas y exhortos. Por fin, el rey

Felipe Augusto de Francia cedió y permitió que sus nobles más poderosos

fueran a guerrear contra sus parientes del sur. Nobles cuyo nombre hoy no nos

suena de nada —Eudes, duque de Borgoña; Hervé, conde de Nevers; Pierre de

Courtenay, conde de Auxerre— suscitaban entonces respeto y temor debido a

sus extensas posesiones y al gran número de caballeros provistos de montura

que podían reunir. Esos nobles, acompañados de decenas de miles de infantes,

se dirigían al sur mientras Raimundo sufría su degradante penitencia.

El azote de Raimundo fue Milo, notario de la curia que había sido nombrado

nuevo legado papal. Fue tanta la aglomeración de mirones que a los dos

principales protagonistas, castigado y castigador, les fue harto difícil abandonar

la plaza y volver al santuario de la iglesia, para lo cual se abrieron paso a

codazos entre la gente y se metieron a duras penas por un portal de la fachada.

El emparejamiento de aquellos dos hombres no era fruto de la casualidad. Fue

Raimundo quien había contribuido al ascenso de Milo: con prisas por llegar a

un acuerdo, escribió a Inocencio que estaba dispuesto a negociar con cualquiera

menos con Arnaud Amaury. Pero incluso así, las condiciones que Raimundo

aceptó a sugerencia de Milo fueron extraordinariamente severas: tenía que

ceder todos sus derechos sobre cualquier fundación religiosa que hubiera en sus

dominios, entregar siete de sus castillos, no contratar mercenarios nunca más,

dejar que los legados pronunciaran sentencia sobre cualquier reclamación

ambientes neocátaros. El acusado no es otro que Arnaud Amaury, el colega de Pierre. Si ese día, Arnaud

estaba con Pierre —como algunos creen—, entonces ¿por qué el asesino sólo mató a un legado? ¿Y cómo

sabía el asesino a quién acuchillaba? ¿Y por qué no se deshizo de los testigos? ¿Quién tendió la trampa

del perjurio para que Raimundo no pudiera probar su inocencia? ¿Y por qué no acusaron a Raimundo?

Por fin, ¿quién sacó provecho del asesinato? Raimundo no, desde luego. ¿Quién, como consecuencia del

asesinato, acabó dirigiendo una cruzada, aplastando a los Trencavel y utilizando la fuerza para colocarse

en una posición muy lucrativa como arzobispo de Narbona? Arnaud Amaury. No es imposible, aunque

ningún jurado de fuera del Languedoc lo declararía culpable.

3 El clero no usaba el término «cruzada». Se la denominó negotium pacis et fidei (empresa de paz y fe).

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presentada contra él, pedir perdón a todos los obispos y abades a los que había

ofendido, destituir a todos los judíos de sus cargos, y tratar como herejes a

todos los que la Iglesia calificara como tales.

Y debía someterse a ese día de denigración, medio desnudo ante su gente,

azotado por los clérigos, por un crimen que él seguía negando haber ordenado

y por el que no había sido juzgado y menos condenado. De hecho, lo trataron

como si fuera un Enrique Plantagenet moderno que expiara el asesinato de

Thomas Becket, comparación que no se le escapó a nadie, y menos aún al papa

Inocencio, que recordaba su niñez en la Campania.

Cuando en la iglesia de Saint-Gilíes terminó el oficio, por fin Raimundo pudo

marcharse. Pero le era imposible; la apiñada multitud de curiosos que había en

la nave hacía que cualquier intento de salir por la puerta principal conllevara

los baquetazos de una vergüenza aún mayor. Así, el conde fue empujado por

una escalera de piedra que iba del altar a la cripta, en la que había una salida

subterránea. Los sacerdotes obligaron a Raimundo a detenerse por última vez,

ante la tumba de Pierre de Castelnau, definitiva reprensión al noble a quien al

fin habían forzado a obedecer. En palabras del cronista, Raimundo permaneció

de pie, «desnudo frente a la tumba del bienaventurado mártir... al que había

asesinado. Ése era el juicio justo de Dios. Se le conminó a que guardara respeto

al cadáver de aquél a quien había menospreciado en vida».4

Catorce días más tarde, el conde de Tolosa viajó al norte con sus caballeros

para unirse al ejército de cruzados que descendía por la orilla izquierda del

Ródano. Era un Saint-Gilíes, de la familia que en 1099 había tomado por asalto

Jerusalén. Tras su flagelación, Raimundo había anunciado que quería llevar la

cruz en alto, perseguir a los herejes, y castigar a todos los que protegieran a los

perfectos. No dijo que lo que realmente quería era asegurarse de que los

cruzados no entraran en sus tierras: no iban a atacar las posesiones de uno de

los suyos. Los hechos demostrarían que el conde de Tolosa no había cambiado

nada y que su aversión a perseguir era tan fuerte como antes. En realidad, Raimundo

el penitente era un pecador contumaz.

Catapulta, petraria, chatte, cota de mallas, caballo de batalla, estandarte,

alabarda, ballesta, pica, balista... las viejas palabras y armas de guerra

transmiten un inequívoco mensaje de trauma ancestral que ni la rareza ni su

origen extranjero pueden suavizar. El ejército a cuyo encuentro salió Raimundo,

en la ciudad de Valence, llevaba esos atroces artefactos en su equipaje, listo para

acallar las discusiones entre cátaros y dominicos con el irrefutable argumento

de la fuerza. Al marchar, el enorme ejército reunido en Lyon se extendía a lo

largo de más de seis kilómetros, acompañado por una flotilla de barcazas que

transportaban los suministros. En el siglo XIII habría pocas imágenes más

aterradoras.

Como todos los grandes ejércitos feudales, las fuerzas de cruzados de 1209

4 La fuente es Vaux de Cernay. Aún se puede ver la tumba.

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contaban con cientos de caballeros montados, con sus impresionantes

armaduras, que se hallaban en el vértice de la pirámide beligerante. Nobles

adiestrados desde la infancia para dar golpes y hachazos en colisiones a galope

tendido, los caballeros eran los jefes y, paradójicamente, los principales

participantes en cualquier batalla campal. Según fueran sus medios, cada uno

llevaba consigo su séquito de mozos de cuadra, preparadores, infantes y

arqueros, cuya lealtad a su señor estaba por encima de todo.

Menos ligadas al honor, estaban también las bandas de routiers (mercenarios)

que acompañaban a los ejércitos. Algunos de estos routiers eran bandoleros

montados a caballo, otros, soldados de infantería cuya causa era el pillaje.

Todos constituían las tropas de choque de la máquina de guerra feudal,

secundados por los indisciplinados ribauds, la harapienta chusma de buscadores

de aventuras sin nada que perder ni que respetar. En general se cree que la

sociedad medieval era una pastoral plácida, aunque grosera; de hecho, los que

no poseían tierra, los descontentos y los desesperados vagaban por el país en

gran número. En una tradición llena de ironía, al inicio de cada campaña los

ribauds elegían entre ellos a un «rey», encargado de negociar asuntos como

quién robaría a los cadáveres del enemigo o quién pagaría a las putas. En la

contratación de routiers y la aceptación de ribauds, la cruzada utilizó dos varas

de medir. Los mercenarios, que solían ir por libre haciendo estragos en los

monasterios, habían sido una de las principales quejas que la Iglesia había

dirigido a la nobleza del Languedoc.

El ejército de 1209 superaba en mucho la media medieval de fervor bélico.

Había millares de peregrinos, que llevaban una cruz cosida en el hombro del

basto hábito. Se había prometido a los cruzados un perdón total de los pecados,

una moratoria de sus deudas y una transferencia de dinero de la Iglesia a sus

bolsillos. La expedición tenía todas las ventajas de las que fueron a Palestina sin

ninguno de los inconvenientes de la distancia. Para los franceses del norte, la

proximidad del Languedoc era ideal para hacer la «cuarentena» —los cuarenta

días de servicio militar necesario para merecer una indulgencia de cruzado— y

después regresar a casa a tiempo para cosechar y cazar, contentos sabiendo que

su alma ya tenía abiertas de par en par las puertas del cielo. Los guerreros

consideraban que las futuras víctimas de su cruzada no eran cristianos. Los

herejes no eran cristianos, sólo herejes.

Muchos de los nobles que se abrían camino Ródano abajo habían cabalgado

juntos siete años antes en la extraña cuarta cruzada. Alentada por Inocencio III,

una tropa de caballeros se había puesto en camino para reparar el daño causado

por la reconquista de Jerusalén por Saladino en 1187. Tenían pensado triunfar

allá donde la tercera cruzada de Barbarroja y Ricardo Corazón de León había

fracasado. Pero, en lugar de ello, acabaron siendo mercenarios de los marinos

de Venecia, quienes habían pedido un precio tan exorbitante por el pasaje a

Palestina que los caballeros sólo pudieron pagar en especies. A tal fin,

dedicaron el invierno de 1202-1203 a sitiar y saquear la ciudad cristiana de

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Zara,5 puerto del Adriático que pertenecía a los rivales comerciales de los

venecianos en la región. Tras lo de Zara, los expedidores llevaron a los cruzados

a Constantinopla, que, no por casualidad, era el otro competidor marítimo

importante de Venecia. Los cruzados vieron la ocasión de salvar cierta

respetabilidad de sus lamentables vagabundeos destituyendo al emperador

griego ortodoxo y poniendo en su lugar a un títere latino. No obstante, primero

debían tomar la ciudad, lo que hicieron en 1204 al modo vandálico,

destruyendo en su acción más obras de arte y tesoros culturales que los

perdidos en cualquier otro período del milenio medieval. La orgía de robo y

rapiña duró tres días y tres noches.

Estas sangrientas diversiones habían llegado a ser características de las

cruzadas. Siempre que se juntaba un grupo de personas resueltas a la violencia

y con la salvación asegurada, los espectadores neutrales sabían que debían

quitarse de en medio. En especial el pueblo judío fue objeto de masacres a

manos de los exaltados que iban a combatir al infiel.6 Un ejército feudal era

siniestro; uno que tuviera a Dios de su lado era realmente diabólico. La cruzada

del Languedoc prometía ser parecida.

El 2 de julio de 1209, Raimundo llegó al campamento de Arnaud Amaury y

solicitó que le dejaran unirse a la santa causa. Arnaud accedió a la petición del

conde aunque, como cronista que registró el hecho, sospechó que éste no era

sincero en su piedad militante y que sólo deseaba preservar sus tierras de la

invasión. Arnaud había recibido instrucciones de Inocencio, que le había

nombrado para que dirigiera la cruzada. La carta del Papa consideraba el

asunto a largo plazo:

Nos preguntáis con urgencia qué medidas han de adoptar los cruzados

con respecto al conde de Tolosa. Seguid el consejo del apóstol que decía: «Fui

inteligente, os sorprendí al engañaros...» Sed prudente y ocultad vuestras

intenciones; al principio dejadle solo a fin de atacar a aquellos que sean

abiertamente rebeldes. No será fácil aplastar a los partidarios del Anticristo si

dejamos que se unan para defenderse en común. Por otra parte, nada será

más fácil que aniquilarlos si el conde no los ayuda. Quizá la visión del

desastre lo reformará de veras. No obstante, si persiste en sus planes

perversos, cuando esté aislado y respaldado sólo por sus propias fuerzas,

5 En la actualidad es el puerto croata de Zadar.

6 La primera cruzada inició lo que se convertiría en una triste tradición. Al marchar por Europa en 1096,

los cruzados asesinaron a doce judíos en Spier, veintidós en Metz, quinientos en Worms y mil en Mainz

(Paul Johnson, A History of Christianity [Historia del Cristianismo], p. 245).

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podemos derrotarlo sin demasiada dificultad.7

La cruzada de 1209 no desató su furia contra el conde de Tolosa. El no era el

único señor del Languedoc.

7 Este plan tramposo de Inocencio se ajustó a la carta. La correspondencia se cita en la mayoría de las

obras sobre los cátaros. He utilizado la versión de Joseph R. Strayer


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