|
¿Dónde cayó la mula?
Pulacayo, asentada a 15 kilómetros de Uyuni, fue una de las primeras ciudades mineras del mundo.
A comienzos del siglo XX, por ejemplo, en las enciclopedias europeas se consideraba a este campamento —conocido entonces como Huanchaca, debido a la fundidora del mismo nombre ubicada a 14 kilómetros de allí— como la segunda ciudad más importante de Bolivia, después de Sucre.
La tradición oral narra que fue un accidente el que dio origen a Pulacayo. La historia cuenta que en la Colonia una de las mulas que conformaba una caravana que retornaba a Huanchaca resbaló en una pendiente. En su caída el animal sacó a luz una roca de plata. Cuando preguntaron al responsable de la caravana dónde halló la preciada piedra, éste sólo respondió: “donde la mula cayó”, frase que habría dado origen a Pulacayo.
Desde entonces se inició la explotación de plata en el lugar. Pero a medida que el trabajo se extendió, la veta se introdujo de forma vertical en las profundidades del cerro. Esto obligó a los concesionarios a invertir mucho dinero.
Un consorcio de capitales chilenos, franceses y bolivianos asumió el reto de continuar el trabajo a mediados del 1800. Los inversionistas introdujeron tecnología minera de punta y construyeron en los alrededores de la mina la infraestructura necesaria para instalar un gran campamento minero.
Gran parte de ese trabajo se mantiene en la actualidad en pie, como la casa-gerencia —la más grande construida en el país—, los servicios de agua potable y electricidad, y las lujosas viviendas de estilo europeo que albergaron a los técnicos extranjeros, actualmente habitadas por algunos pobladores.
En 1888, la Compañía Huanchaca de Bolivia quedó en manos de uno de sus accionistas y presidente del país: Aniceto Arce Ruiz. El empresario impulsó la construcción del ferrocarril Antofagasta-Oruro y un ramal a Pulacayo.
Con el ferrocarril, la empresa creció exponencialmente. Sus acciones llegaron a cotizar en la Bolsa de Valores de Nueva York y fue codiciada por empresarios extranjeros y nacionales como Mauricio Hochschild, quien se hizo cargo de ella en 1920.
“Con el tren también llegaron las ideas comunistas”, explica el ex trabajador Antonio La Fuente (46), quien asegura que los primeros intentos de sindicalismo nacieron en Pulacayo. “En los años 30 los obreros se reunían clandestinamente y luego del cierre de la mina (1958), sus ideas se esparcieron al resto de los centros mineros del país”, señala La Fuente, quien atesora la llave que abre las puertas del inmueble donde el año 1946 se selló la famosa Tesis de Pulacayo.
Al igual que La Fuente, una decena de pobladores de la localidad resguarda las instalaciones más emblemáticas de Pulacayo, esto a través de un convenio de comodato firmado con Comibol, dueña de la gran mayoría de las instalaciones.
“Hace 10 años estamos luchando para que Comibol nos permita explotar el turismo en nuestro pueblo. Pero hasta ahora, nada”, se queja Ángel Rivera, quien recuerda que anualmente unos 80.000 turistas llegan a la vecina Uyuni. De ellos, y a pesar de la falta de información, unos 200 visitantes se aventuran hasta Pulacayo.
Perforando el infierno
Hasta 7.000 mineros llegaron a trabajar en la mina de plata de Pulacayo a comienzos del siglo XX. Según las investigaciones de Rivera, la ciudad se transformó en un hervidero de gente. “No se podía caminar por las calles estrechas que estaban llenas de comerciantes. Incluso llegaron decenas de indigentes de todo el país que buscaban atención de las monjas”.
En la mina, mientras tanto, los obreros e ingenieros europeos luchaban con la veta vertical que, desde la bocamina, llegó hasta cerca de los 1.000 metros de profundidad. El trabajo era extenuante.
“Los mineros desarrollaban la labor de perforación con el cuerpo desnudo y por tan sólo 15 minutos”. Al ser volcánica, “el área tenía agua hirviente en su interior y los obreros trabajaban a 45 grados centígrados”. Incluso, “un grupo de jóvenes se dedicaba a refrescar a los trabajadores con mangueras de agua fría”, narra el guía turístico.
Entonces, la mayoría de los obreros pertenecía al aledaño poblado de Yura. Ellos eran atraídos a los socavones a través de una extensa lista de productos —desconocidos para ellos— ofrecidos por la pulpería del campamento.
Conservas y vinos franceses, zapatos italianos, casimir inglés, carne argentina... “De todos los centros mineros, ésta era la pulpería más surtida de la región. En algunas fotos se ven a los indígenas a la moda europea. ¡Bien chistoso!”, exclama Apolinar Salvatierra Rivas (67), custodio de varios inmuebles y galpones del pueblo y uno de los dos últimos socios del Club Maestranza, fundado el año 1918.
“El otro socio es \'el Negro\', la mascota del club. Desde los años 20 este bandido camina todas las noches por el salón de baile. Extraña a sus amigos”, dice Salvatierra, mientras acomoda con las manos un cigarrillo en un hueco ubicado en los labios de la polvorienta escultura de un hombre negro.
Salvatierra trabajó 36 años en la fundición que fue instaurada junto a otras industrias en Pulacayo luego de la clausura de la mina. En sus manos se halla la llave para abrir el grueso candado de la antigua pulpería, un inmueble de más de 50 metros de largo que en los años 60 albergó, además, a la primera hilandería de lana de alpaca de Bolivia.
“Fue una pena. Tras la nacionalización de las minas (1952), Comibol se hizo cargo de la mina y los técnicos extranjeros se fueron. Seis años después la producción se hallaba por los suelos y los costos se elevaron. El presidente Hernán Siles Suazo decidió cerrarla y nadie se quejó. Entonces el estaño estaba en auge en las minas del norte de Potosí, hacia donde se dirigió el éxodo. Sólo 3.000 personas se quedaron”, narra el anciano.
De a poco se acalló el sonido de las ruidosas maquinarias que por décadas habían funcionado las 24 horas del día. Desmantelados, los modernos artefactos fueron instalados en distintos centros mineros de Potosí, Oruro y La Paz.
Sin embargo, en 1962, con la premisa de evitar la muerte de Pulacayo —uno de los bastiones mineros de la revolución del MNR en 1952—, el presidente Víctor Paz Estenssoro encomendó a su hijo, Ramiro, fundar una serie de industrias en la localidad potosina con el objetivo de reactivar la economía local.
Así, una serie de fábricas se instalaron en Pulacayo, las que abastecieron al resto de las minas del país de herramientas y repuestos.
Paradójicamente, durante los años 90, otro gobierno de la misma sigla, el de Gonzalo Sánchez de Lozada, cerró todas las fábricas de Pulacayo. La premisa entonces era la de terminar con el papel de productor del Estado y traspasar esta función al empresariado privado.
“La hilandería intentó mantenerse unos años más de la mano de sus trabajadores, pero sin el apoyo estatal; los 200 obreros quedaron sin trabajo. Se inició un nuevo éxodo, el que hasta hoy se mantiene”, lamenta Apolinar Salvatierra.
|