|
Como ya habia dicho antes esta historia NO ES MIA!!! jeje tal vez alguien ya la haya leido en un libro :D... que la vdd esta bien cool!! claro a mi criterio :D bueno como ya puse la primera parte y estaba muy corta >_< aki les dejo la historia completa :D qe la difruten!!! :D
La Madre!
El día de su boda, Samantha Mansom no podía dejar de llorar. No era la emoción de los festejos sino el siniestro recuerdo que la venia atormentando desde hace onece años: entonce ella tenía diez y su madre había intentado estrangularla.
La imagen le venia a la cabeza con todo detalle: se veía a si misma con un pantalón negro, un suéter azul un poco estirado y uno zapatos cafés su cabello negro recogido en una trenza. En ese momento aparecía su madre, llorando a gritos, y se le tiraba encima y la agarraba del cuello y le murmuraba "te vas, te vas, te vas" mientras seguía apretando. Desde abajo, ella veía el cuerpo de su madre, inmenso, brutal con un camisón rosado de tela suave como para bebes.
Siempre, el resto de su vida, recordaría a su madre vestida con ese camisón rosado. Pero su madre no estaba en la boda. Pocos meses después de haber tratado de estrangularla, se suicido colgándose de un árbol. La encontró su marido, con un cinturón anudado al cuello.
Sam escucho que la llamaban había que cortar el pastel, y tomarse fotos con los invitados, bailar y cumplir paso a paso con las ceremonias de la boda que no prometía nada bueno. Ella lo presentía. Se sentía triste, fea y merecedora de aquel apretón de cuello que estuvo apunto de matarla. Danny, en cambio era perfecto: era alto, fuerte, pelo negro azulado, con uno ojos azules como el cielo. Ella estaba segura que algún día el se iría con otra. No iba a poder evitarlo. Lo miro, le acomodo la corbata y lo abrazo para la foto. "Estas Hermosa" le dijo el, era cierto el vestido comprado en Paris le quedaba perfecto. El cabello destacaba la armonía de su cara "Danny, no me dejes nunca, por favor" le dijo al oído mientras iban caminando de la mano al centro del salón para bailar el vals.
Más tarde, cuando tomaban champagne y comían una insípida torta nupcial, ella tuvo otro flash de su pasado. Hacía tiempo que no recordaba esa parte de su vida, y odiaba tener que volver a esa agonía justo el día de su boda. Pero cada vez que miraba hacia el rincón donde estaba la abuela de Danny, le aparecía el fantasma de la suya, la madre de su madre.
Odiaba a su abuela con una intensidad que le dolía físicamente. La odiaba desde que tuvo que ir a vivir con ella, porque su padre se había declarado incapaz de criar solo a su hija única. "Te dejo acá. Vas a estar mejor que conmigo", le comunicó un domingo de invierno. Y junto a toda su ropa incluyó la de la esposa muerta. "Te llevas también la ropa de mamá, porque yo no puedo verla, además ati te vendrá bien… ". Cuando creció lo suficiente como para que le quedara la ropa de su madre trato de que su abuela le comprara otro tipo de ropa pero siempre escuchaba decir lo mismo de su abuela “estas loca, esta ropa esta casi nueva no te comprare mas ropa solo por caprichos tuyos” así tubo que soportar usar la ropa que uso su madre muerta –cuando aun vivía- ella era una niña disfrazada de señora, las demás chicas se burlaban de ella por eso y ella lo savia…
Sam fue al baño a retocarse el maquillaje. Y volvió a verse a sí misma, con el pelo más corto, una pollera recta, gris, y una camisa azul, en el cumpleaños de una amiga, con la demás chicas burlándose de ella. En el baño, Sam volvió a la realidad de su boda. Tenía la cara ardida: cada vez que recordaba aquella escena, una vergüenza retrospectiva la hacía ponerse colorada. Se miró al espejo y se habló: "Basta, nena. Tu mamá se murió, y tu abuela también. Y tu papá está viviendo en Italia y no pudo venir. Tranquila. Está todo bien, está todo bien, está todo bien. Está-todo-bien. Por favor, tranquila, te estás casando, como quien tu querías. Tranquila, tranquila. Está todo bien". Durante los dos primeros años, el matrimonio fue medianamente feliz.
Sam seguía yendo a la facultad: como su marido, estudiaba Derecho. En realidad, Danny ya se había recibido, había puesto un estudio con un amigo y ganaba un poco más que lo suficiente. El matrimonio seguía una rutina: iban a comer y al cine –en ese orden los viernes y los sábados. Los domingos recibían amigos en la casa. Y los miércoles veían a los padres de Danny. Él estaba más concentrado en su carrera como abogado que en su pareja. Y ella seguía teniendo el presentimiento del abandono.
De todas formas, estaban bien. Pero las cosas cambiaron cuando Sam quedó embarazada: un terror indefinido empezó a torturarla. Su marido le explicaba que a todas las mujeres les pasa lo mismo cuando van a tener un bebé. Igual, ella sentía que lo suyo era desproporcionado: no podía ser que tuviera pesadillas constantes, y que viera aparecer, como flotando en el aire, a su madre muerta, vestida con su camisón rosa.
.Cuando el chico nació, empezaron las primeras peleas. Sam no dejaba que nadie se acercara al hijo, ni siquiera su marido. Una sola vez le permitió bañarlo pero le pareció que él lo hacía mal, que iba a lastimar al bebé. Se pasaba todo el día cuidándolo, mirándolo, vigilándolo. El socio de Danny le sugirió que llevara a su esposa a un psicólogo, pero él se negó. Se había acostumbrado al nuevo rol de su esposa, y no le importaba demasiado. Cuando el hijo cumplió dos años, Sam quedó embarazada otra vez. Volvieron las pesadillas y los fantasmas. Nació otro varón.
Ella se puso histérica. Se sentía incapaz de criar sola a sus dos bebés, pero al mismo tiempo nadie era lo suficientemente diestro como para ayudarla. Se mudó al cuarto que compartían los chicos, y se levantaba cada hora para ver si respiraban. Ese tema la obsesionaba: todo el tiempo necesitaba eso, estar segura de que seguían respirando. Cuando el segundo hijo cumplió cinco meses, Danny hizo realidad el presentimiento de su esposa: la abandonó…
Dejó todo y se fue a vivir a Wisconsin, donde instaló un nuevo estudio con otro amigo. Los primeros días, Sam no salía del cuarto de sus hijos, salvo para cocinar. Estaba en estado de shock. Había dejado de llevarlos a la plaza y se negaba a recibir a las pocas amigas que se ofrecían para ayudarla. Sintió, por primera vez, que se quería morir. Lo sintió con una nitidez alarmante. Pero sus hijos la necesitaban. Ella se confundía. Quería estar con los chicos, pero más quería estar con Danny. El abandono la quebró. Nunca, como en ese momento, había tenido tanta urgencia de estar con su esposo.
Empezó a llamarlo por teléfono. Él no hizo ningún esfuerzo por ocultarle la verdad: estaba harto de ella. De los hijos, ni siquiera habló. Desesperada, cambió de estrategia: se inscribió en un curso de control mental con el único objetivo de aprender a darle fuerza a sus pensamientos: se pasaba las horas repitiendo el nombre del marido y concentrándose para que él también tuviera ganas de llamarla. Como no lo conseguía, pidió una entrevista con sus profesores, que le recomendaron un psiquiatra. Arta de que todo le saliera mal, se dedicó por un tiempo a hamacarse en un sillón con sus dos hijos, uno en cada brazo, escuchando canciones de cuna.
Sam soportó la nueva situación durante tres meses. Su obsesión por los chicos aumentó. Su sueño se hizo tan ligero que creyó enloquecer de cansancio. Pero no podía dejar de controlar la respiración de los dos. Pasaba casi toda la noche acercándose a ellos y poniéndoles la mano cerca de la nariz y la boca, para ver si estaban vivos. Tenía una foto de Danny a la que le rezaba, como si su marido se hubiese convertido en una especie de santo. "Protégenos, Danny, protégenos por favor", le decía, antes de besarla y guardarla dentro de una Biblia. Dejó de hablar por teléfono por miedo a que él la llamara justo cuando el estaba hablando. Otra de sus obsesiones era el álbum de su boda. Se acordaba de esa noche como de algo místico, no merecido, como una bendición que alcanzó a llegarle una única vez. Imaginaba el resto de su vida como el pago por esa noche, cuyos detalles tétricos ya no recordaba: su memoria había alcanzado a anular cada minuto de llanto en el baño, cuando se le venían a la cabeza las imágenes de su madre y de su abuela.
Al fin, se decidió a ir a Wisconsin. Llegó una noche, con los dos hijos y una valija azul llena a reventar. Danny estaba viviendo con un primo. Cuando la vio llegar, sintió por el un desprecio profundo. Pero no dijo nada y los dejó entrar. Ella lo abrazó con desesperación de ahogado, pero él se liberó de el y le dijo que nunca volverían a vivir juntos. "¿Para qué quieres estar conmigo, si lo único que haces en la vida es controlar a tus hijos?", le recriminó. El no dijo nada pero íntimamente agradeció que él no la echara a patadas de la casa. Con la ingenuidad de los negadores, pensó que si él no la echaba, era porque todavía sentía algo por ella.
Danny les armó una cama en el living y se encerró en su cuarto para hablar por teléfono con su hermano. Le pidió las llaves de un departamento que el conservaba de su época de soltero y le explicó que por unos días necesitaba el lugar para instalar ahí a Sam y a los chicos. Después quiso dormir pero no pudo. Pasó la noche escuchando el llanto de su ex mujer, y sus pasos descalzos sobre el piso de madera. Al día siguiente, Danny ayudó a instalarse a Sam y a los chicos en el departamento de dos ambientes de su hermano. Hizo lo que pudo. Pero no pudo mucho. Ni explicarle la situación a Sam, ni prometer que volvería ni jurar que se estaba yendo para siempre. Dejó todo en una nebulosa y se fue a trabajar.
El pasó una semana de pesadilla. Danny ya no le atendía los llamados y había ido a verlos una sola vez. Fue un sábado tremendo. Él llegó con una docena de facturas y un par de autitos de plástico para los chicos. Llegó, prendió la radio para escuchar un partido de fútbol, y aceptó el café que le ofrecía su ex mujer, a quien no le dedicó siquiera una mirada compasiva. Sentó al lado suyo a su hijo mayor y lo trató como si fuera el hijo de un pariente lejano y no muy querido. Miró el reloj cientos de veces, se paseó por el departamento con cara de asco y evitó en todo momento estar cerca de su ex. Pero el lugar era demasiado chico como para no toparse con el todo el tiempo. Sam le dijo que haría cualquier cosa que él quisiera con tal de que estuvieran juntos de nuevo. Él le dijo que haría cualquier cosa en la vida menos volver con ella.
La saña contra Sam sólo se explicaba por el grado de sumisión que el mostraba con él. Una sumisión tan absoluta que generaba rechazo y hasta desprecio. El se daba cuenta, pero no lo podía evitar. Un lunes el entendió todo. Danny nunca volvería. Y ella sola no podría cuidar a los chicos. Los miró. El más grande, de tres años, jugaba con un autito de plástico amarillo. El más chico, de ocho meses, estaba en su corralito, tratando de llamar la atención de su hermano. Le dieron una pena inmensa, la misma pena que el ya sentía por sí misma. Siguió mirándolos. A medida que pasaban las horas, la pena se transformaba en rencor: eran ellos los que no la dejaban vivir con normalidad, ellos habían destruido su matrimonio. Al rato, el rencor se volvía miedo: ¿Podrían sus hijos llevar una vida normal, sabiendo que su madre pensaba más en su esposo que en ellos? Los recuerdos de su infancia la abrumaban. Su vida entera le pareció patética y tuvo la certeza de que sus hijos estaban condenados a sufrir, por lo menos, lo mismo que ella había sufrido. Volvió a mirarlos. La idea le resultó intolerable. Tenía que salvarlos. Por supuesto, había una única manera….
Al día siguiente, despertó al más chico y lo sacó en brazos de la cama. Lo bañó, lo vistió, le puso perfume. Mientras lo hacía, lo iba besando y le hablaba. "Mi bebé, ahora te vas a ir y va a estar todo bien. Va a estar todo bien". Lo llevó al living, lo acostó en un sillón y lo miró. El bebé le sonreía y con las manos le agarraba un dedo. Ella lo besó una vez más en la nariz y buscó un almohadón para ahogarlo. Nunca más tendría que preocuparse de si respiraba. Ya no volvería a respirar, y era lo mejor para todos. Cuando estuvo segura de que había muerto, dejó la almohada en un costado del sillón y se lo quedó viendo. Le pareció el bebé más hermoso del mundo.
Mientras lo miraba, entró corriendo su otro hijo. Frenó en seco al ver a su hermano tieso en el sillón. "Mama, ¿qué le pasa al bebé? ¿Está enfermo?". Ella le sonrió. "Nada, mi amor. Tu hermanito ya no está más. Se fue de viaje, ¿entiendes? Y tu, ahora, también te vas a ir de viaje". El chico se asustó. Veía a su madre totalmente distinta. "No, mama, yo no quiero hacer ese viaje". Sam lo miró con ternura. "Sí, bebé, tu también vas a ir. Pero primero nos vamos a dar un baño, y nos vamos a vestir, ¿sí?". Sam bañó a su hijo mayor, lo vistió y le puso perfume. Enseguida lo llevó a su cuarto y lo acostó en la cama. Tomó la almohada y lo asfixió, aunque esta vez no fue tan fácil: cuando se detuvo, tenía las muñecas cubiertas de arañazos. Una vez que Sam vio que el mayor estaba muerto, lo llevó al living, donde estaba el cadáver de su hermano. Por alguna razón inexplicable, abrió la puerta –que daba a un pasillo exterior y se sentó en el sillón, sosteniendo en brazos a sus dos hijos.
Se hamacaba, los hamacaba, les hablaba, les cantaba canciones de cuna. Un rato más tarde, el portero fue a limpiar el pasillo. Vio la puerta abierta y se asomó. "Señora, ¿le pasa algo a sus chicos?". El sonrió. "No. Lo que pasa es que no están más. Se fueron de viaje y ya no están. Se fueron". El diálogo con el portero y la descripción de las muertes fueron hechas por la misma Samantha Mansom pocos días después de que la detuvieran. Samantha Mansom fue declarada inimputable y terminó en uno de los pabellones del hospital psiquiátrico Moyano, donde inició un tratamiento de recuperación. Durante los primeros tiempos de su internación, ella sostuvo que el suyo fue un crimen altruista. Sus hijos tenían que dejar de sufrir, por eso el los había matado. A medida que su cuadro fue mejorando, empezó a tomar conciencia de lo que había hecho. Después de siete años, los médicos le dieron el alta. Estaba curada. Cuando salió del Moyano, ya entendía lo que había pasado. Dos días más tarde se pegó un tiro.
Waaaaa!!! espero qe les halla gustado!!! :D dejen comentarios no inporta qe sean ofencibos jejej
bye
Atte:
***Vampire Kailin***
|