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edgard chavez
 
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  MALVOSINIE 22/Febrero/2007 - 18:00

Malvoisine

Et ab joi li er mos treus

Entre gel e vent e neus.

La Loba ditz que seus so,

Et a.n be dreg e razo, y voto a

Que, per ma fe, melhs sui seus

Que no sui d'autrui ni meus1

Voy hacia ella con alegría

surcando el viento y la nieve.

La Loba dice que soy suyo

Dios que está en lo cierto:

le pertenezco más que

a nadie, más que a mí mismo.

Así cantaba el trovador Peire Vidal, mientras se dirigía al castillo de Cabaret,

sobre la mujer más hermosa de la época, Etiennette de Pennautier, la Loba. Entre

los que viajaban a los escondrijos de las tierras altas a hacerle la corte se

contaban hombres de las capas más altas de la sociedad: Bertrand de Saissac,

tutor del joven Trencavel; Aimery de Montréal, señor de la región rural central

de los cátaros, o Raymond Roger de Foix, el impulsivo conde pirenaico. En la

primera década del siglo XIII, Cabaret había llegado a ser el principal santuario

del Languedoc dedicado al amor cortés. En 1210, la cruzada lo convertiría en

sinónimo de dolor.

Cabaret era un accidentado territorio pegado a la falda delantera de la

montaña Negra, cuya riqueza se atribuía a sus minas de oro y cobre. En la

época de la cruzada, había allí tres fortalezas de piedra rojiza —Cabaret,

Surdespine y Quertinheux— agrupadas en una elevación desde la que podía

vislumbrarse la llanura de Carcasona, unos quince kilómetros al sur. La Loba

estaba casada con el hermano del señor, Pierre Roger, el hombre que había

estado al lado de Raymond Roger en la defensa de Carcasona y que había

suplicado al fogoso joven Trencavel que se abstuviera de salir precipitadamente

a atacar a los cruzados el día de su llegada. No hay constancia de si Pierre

Roger aconsejó la misma cautela antes de que el vizconde aceptara el

salvoconducto violado después por los cruzados. Los aliados del vizconde

encarcelado obtuvieron una cierta reparación cuando, unas semanas después de

la caída de Carcasona, Simón de Montfort y su ejército recibieron un buen

1 El texto occitano se ha sacado de Le Troubadour Peire Vidal, sa vie et son ocuvre (Les Belles Lettres,

París, 1961).

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correctivo frente a Cabaret. El irregular terreno no les proporcionaba ningún

punto de apoyo para mantener un asedio prolongado, y los atacantes

abandonaron toda esperanza de tomar el lugar.

Durante los meses que siguieron a esa victoria defensiva, Cabaret se

convirtió en el centro neurálgico de una revuelta de poca importancia. Los

franceses ocupantes perdieron el control de unos cuarenta de los centenares de

castillos que en un principio se habían sometido a la cruzada a raíz de la

masacre de Béziers. Desde Cabaret salían partidas que marchaban

sigilosamente por los matorrales a la luz de la luna para tender trampas a los

nuevos gobernantes de los dominios de los Trencavel. En una de esas

emboscadas, a Bouchard de Marly, miembro del círculo íntimo de Simón de

Montfort, lo desarmaron y arrastraron cautivo a Cabaret. No obstante, eran

escaramuzas intrascendentes, que se producían al final del invierno; la llegada

del buen tiempo traería consigo enfrentamientos más ambiciosos.

A principios de abril, llegó a las puertas de Cabaret un tambaleante cortejo

de unos cien hombres en fila india. Habían andado por el inhóspito territorio

desde Bram, a cuarenta kilómetros de distancia, una ciudad mal fortificada de

las tierras bajas que se había rendido a Simón de Montfort después de sólo tres

días de asedio. Los dolientes y exhaustos hombres eran los defensores

derrotados de Bram; caminaron a duras penas por el polvo del patio con el

rostro abatido, cada uno con un brazo extendido para tocar el hombro del que

lo precedía. La gente de Cabaret pronto entendió el motivo de aquella extraña

disciplina militar. Eran ciegos; los iracundos vencedores les habían arrancado

los ojos. Igual que les habían cortado la nariz y el labio superior: eran calaveras

andantes, y su mueca anormal e inmutable un horroroso espectáculo de

mutilación. Su jefe, al que habían dejado sólo tuerto para poder guiar a sus

compañeros desde Bram a Cabaret, detuvo la grotesca marcha frente a Pierre

Roger, sus caballeros y sus damas.2

Simón de Montfort, el nuevo amo de Carcasona, había iniciado la campaña

de 1210. Los soldados de Cristo estaban de nuevo en acción.

Durante las dos décadas siguientes, el destino de los cátaros estuvo ligado a

la lucha por el poder político entre señores feudales. No había vuelta atrás

posible de los intransigentes precedentes establecidos en 1209. El papa

Inocencio consideraba crimen no sólo ser hereje sino también tolerar la

presencia de herejes en la comunidad. Dado que las máximas autoridades

seculares del Languedoc seguían burlándose de esa idea, podían ser depuestas

con la bendición del Papa.

En la consiguiente confusión del Languedoc, lo que se precisaba para

presentar una reclamación era crueldad, piedad ortodoxa y una predisposición

2 Algunos de los defensores de Simón de Montfort —la más reciente, Dominique Paladilhe en Simón de

Montfort et le drame cathare (pp. 115-119)— señalan que no fue el norteño quien durante los años de la

cruzada inició esta horrible costumbre de mutilar. En el invierno de 1210, un noble occitano

singularmente violento, de nombre Gerald de Pépieux, cortó los rasgos faciales a un grupo de cruzados

que había capturado. Por lo general, los que tratan de excusar la conducta de Simón silencian la verdadera

dimensión de su respuesta en Bram, así como su presencia en el saqueo de Béziers.

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a las conquistas debida, por lo general, a una herencia exigua. Muchos de los

pobladores armados eran segundos o terceros hijos de gentes del norte cuyo

deseo era acabar con la mala suerte de sus tardíos nacimientos. Los habitantes

del sur a los que habían desposeído de bienes con la aprobación de la Iglesia se

convirtieron en nobles sin tierras, castillos ni ingresos. Se les conocía como

faidits —alborotadores—, un bandolerismo de hombres airados que buscaban

venganza. Fueron esos bandidos los que defendieron con fiereza a su pacifista

familia cátara.

Simón de Montfort fue el principal creador y aniquilador de faidits. El clan de

Simón, segundo hijo de una familia que poseía una finca cercana al bosque de

Rambouillet, bosque situado al suroeste de París, era ilustre pero no

especialmente acaudalado. Sus padres anglonormandos le legaron el condado

de Leicester, en Gran Bretaña. Fue una herencia hermosa e inútil como el cielo,

pues los Plantegenet del trono inglés eran reacios a reconocer los derechos de

nobles tan incómodamente próximos a sus enemigos de París. Correspondería

al cuarto hijo de Simón, otro Simón de Montfort,3 reclamar su patrimonio inglés

y, a lo largo de una ilustre carrera, defender la causa de las libertades de la

nobleza frente a la tiranía real. El padre defendió bulas papales; el hijo, la Carta

Magna.

El viejo Simón era un hombre profundamente devoto, respetado por su recta

conducta y por dar ejemplo a los hombres. Los admirados cronistas católicos de

la época hablan de su estilo vencedor y de su aspecto distinguido. Un texto se

extiende afectuosamente en la descripción de un aristócrata alto, apuesto, con

una larga melena y una constitución musculosa.4 Al decir de todos, Simón era

intrépido. En varias ocasiones, sus camaradas de armas tuvieron que disuadirle

de que se enfrentara sin ayuda a un ejército enemigo. En el inexpugnable

castillo de Foix, un furioso Simón cabalgó con un solo acompañante hasta la

puerta principal y gritó insultos a aquellos que desafiaban su voluntad de

conquista. Tras la lluvia de proyectiles con que respondieron los defensores,

sólo Simón conservó la vida.

En muchos aspectos, era lo contrario del conde Raimundo de Tolosa; la

liberalidad religiosa, la promiscuidad sexual y la palabra caprichosa de

Raimundo eran rasgos que Simón consideraba inmorales y nefastos. Curtido

guerrero con un primordial sentido del honor, la primera vez que Simón atrajo

la atención sobre sí mismo fue durante la cuarta cruzada. Acampado junto a los

3 El más joven Simón de Montfort es el mejor conocido por los estudiantes de historia británica. Cabecilla

del grupo de señores contrarios al espíritu aventurero exterior y al carácter derrochador del rey Enrique

III, Simón logró que su monarca aceptara las Disposiciones de Oxford (1258) y las Disposiciones de

Westminster (1259), en virtud de las cuales un consejo de nobles ejercería cierto control sobre el tesoro y

los nombramientos reales. El rey incumplió el acuerdo, y en 1264 se produjo una guerra civil. Antes de

caer muerto en la decisiva batalla de Evesham, en 1265, Simón había empezado a convocar a su

parlamento a caballeros y ciudadanos de menos categoría; así se inició la costumbre institucional que, tras

madurar, daría paso a la Cámara de los Comunes.

4 El adalid de la idolatría homoerótica a Simón de Montfort es, sin lugar a dudas, Fierre de Vaux de

Cernay. El autor de la Hystoria albigensis habla del «elegante rostro» de Simón, de sus «anchas

espaldas», «brazos musculosos», «torso agradable», «miembros ágiles y flexibles» (Paladilhe, Simón de

Montfort, p. 25).

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más importantes señores de Francia en el exterior del puerto dálmata de Zara,

rechazó por principio tomar parte en el sitio de una ciudad cristiana. Cuando

posteriormente los venecianos convencieron a los cruzados de embarcar para

proseguir sus atropellos en Bizancio, él salió de los Balcanes al frente de un

grupúsculo de caballeros descontentos en busca de otros marinos dispuestos a

llevarlos a Palestina. Tras una campaña poco convincente bajo las órdenes de

un rey cruzado, regresó a casa en 1205, con el honor intacto pero la bolsa vacía.

Otra de las características que distinguían a Simón era su manifiesta

monogamia, que lo diferenciaba de la mayoría de sus semejantes. Su esposa,

Alice de Montmorency, lo acompañó toda la vida, y con él tuvo seis hijos. Alice

participó de las victorias de Simón en el campo de batalla y de su vertiginosa

carrera como figura eminente. Por lo general se la podía ver junto a él incluso

en los campamentos más deprimentes. Alice, prima hermana del apresado

Bouchard de Marly, llegó al Languedoc en marzo de 1210, al frente de una

tropa de refuerzo para su marido, el nuevo vizconde.

Aunque ningún ejército de Simón llegaría a ser tan inmenso como el reunido

en 1209, cada temporada de marchas aumentaba el número de hombres bajo sus

órdenes, pues año tras año el Papa renovaba el llamamiento a una cruzada.

Simple puñado de aventureros que aguardaban nerviosos que acabara el

invierno, las fuerzas que estaban a disposición de Simón crecían

rapidísimamente con el buen tiempo para menguar de nuevo cuando cada

nueva provisión de peregrinos armados terminaba su cuarentena y regresaba al

norte. Entre los caballeros más vigorosos de más allá del Loira y el Rin, un viaje

al sur, al Languedoc, durante esos años era algo irresistible, incluso sin la indulgencia

de las cruzadas. Una ausencia de dos meses era demasiado corta para

que en su tierra se produjeran problemas graves y lo bastante larga para pulir

las destrezas en el asalto a castillos y el derramamiento de sangre. Astuto

estratega y consumado luchador, Simón de Montfort daba, en efecto,

permanentes clases prácticas sobre el arte de la guerra a la beligerante nobleza

del norte. Cuando no estaba empantanado en un asedio, Simón galopaba sin

parar a lo largo y ancho de sus dominios sofocando disidencias, exigiendo que

se le rindiera homenaje o luchando contra nobles desposeídos resueltos a

sublevarse. Sus aliados en la prosperidad tenían que seguir su ritmo en un

zigzag maratoniano de intimidaciones.

Los perfectos huyeron del contagio de la violencia. Espantos como los de

Béziers y Bram reforzaron su idea de que la Iglesia de Roma era ilegítima. La

institución violaba sus propias leyes. Las almas más sencillas podían sacar una

conclusión parecida muy evidente de lo que habían presenciado durante

aquellos años: las personas sagradas e inofensivas de los pueblos se veían

forzadas a huir de su ciudad y de los guerreros extranjeros. Los cruzados

destruyeron viñas, quemaron cosechas, se llevaron lo que no era suyo. Una de

las primeras medidas de Simón fue establecer un oneroso impuesto de

capitación, cuyos beneficios iban a parar a manos del Papa. Era como si

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alentaran a la gente a ponerse de parte de los cátaros.

Se generalizó la resistencia a su autoridad. En el territorio que había en torno

a Albi, Simón de Montfort cabalgaba triunfante por ciudades y pueblos que le

rendían exquisitos y cívicos homenajes —y después desobedecían a sus

representantes tan pronto él había regresado a Carcasona—. En la ciudad de

Lombers, donde en 1165 los pioneros del catarismo se habían enfrentado a una

asamblea de obispos, ni siquiera esperaron que Simón se marchara. Se

sometieron sólo tras un chapucero intento de asesinato.

Simón visitó otras poblaciones misteriosamente abandonadas. En Fanjeaux,

situada en lo alto de una colina y que había sido testigo tanto de animados

debates como de ataques con bolas incendiarias, se encontró con un pueblo

fantasma. Los hogares de las mujeres perfectas estaban vacíos, y el viento batía

sus telares y ruecas. En el valle de abajo, en Prouille, las jóvenes de Domingo

trabajaban duramente en su nuevo convento, pero su familia hereje había

desaparecido.

Algunos de los perfectos fueron a Montségur, un castillo de los Pirineos. En

1204, un acaudalado creyente cátaro vinculado a la familia dominante de la

región había reconstruido la fortaleza a petición de los clarividentes guías

dualistas. El nido de águila fue el último bastión de la herejía, un edificio

inexpugnable al que recurrían todos en caso de necesidad. El monte Saint-

Barthélemy, un verde Goliat que se perfilaba amenazante sobre Montségur,

podía divisarse en el horizonte sur desde casi cualquier punto del centro del

Languedoc, un permanente recordatorio del refugio de la cercana santidad.

Gran parte de los dirigentes cátaros, entre ellos Guilhabert de Castres y otros

participantes en las discusiones con los dominicos, se dirigieron a Montségur a

capear el temporal de la guerra.

Otros fueron a territorios que pertenecían a Raymond Roger, conde de Foix.

Sus parientas, Esclarmonde y Philippa, dirigieron hogares de perfectos, y su

tolerancia oficiosa del credo de los disidentes era un secreto a voces. Tras

muchas escaramuzas, él y Simón habían firmado una tregua de un año. El

acuerdo, en el que medió Pedro de Aragón, estaba concebido para proporcionar

a la causa occitana un respiro tras el desastre de los Trencavel. En Tolosa, otro

destino de los perfectos, el conde Raimundo siguió mostrando su acostumbrada

reticencia a perseguir a sus súbditos.

Muchos de los cátaros de las antiguas tierras de los Trencavel decidieron

depositar su confianza en los reductos de la nobleza de segunda fila. Centenares

de disidentes errantes se enteraron de la hospitalidad de Geralda, la señora de

Lavaur, ciudad situada entre Albi y Tolosa. Los perfectos se apresuraron por las

onduladas tierras de labrantío para hallar seguridad tras sus murallas. Aunque

en teoría era una viuda indefensa, Geralda tenía por hermano al belicoso

Aimery de Montréal. En 1210 se sometió tácticamente a Simón de Montfort,

pero en el Languedoc todo el mundo sabía de qué lado estaba su corazón.

Los otros destinos de los herejes desplazados estaban peligrosamente cerca

de Carcasona y Béziers, pero tranquilizaba su aspecto tan invulnerable como el

del remoto Montségur. En Cabaret, Pierre Roger y su gente cuidaron de los

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ciegos de Bram. Los cátaros eran bienvenidos en Cabaret, como lo era cualquier

caballero dispuesto a participar en arriesgadas expediciones guerrilleras en el

valle. Unos cuarenta kilómetros al este, se levantaba un escondite igualmente

formidable en la meseta conocida como el Minervois. La capital de esa región

poco accesible, Minerve, se convirtió en una ciudadela cátara. El señor local,

Guillaume de Minerve, era un declarado creyente en el dualismo, y los fugitivos

perfectos estimaban que su ciudad, si era atacada, les proporcionaría un refugio

donde estarían a salvo de la furia de los cruzados.

La geología confirmó las predicciones. Incluso hoy la Minerve de las alturas

vacila bajo el calor como si se sostuviera en lo alto sólo por la fe, con sus casas

solariegas de piedra apiñadas sobre una empinada pendiente. Por todos los

lados salvo uno hay grandes gargantas esculpidas en el lecho de roca por ríos

convergentes. Casi totalmente rodeada de precipicios, la ciudad parece estar

suspendida en el aire. En la época de la cruzada, su único acceso a nivel estaba

bloqueado por un castillo cuya imponente parte posterior sin ventanas daba a

una árida meseta.

El 15 de junio de 1210, las fuerzas de Simón de Montfort aparecieron en las

cumbres que había frente a Minerve, y el león rojo rampante de su banderín

personal se plantó de modo terminante en las alturas. Simón ordenó que las

fuerzas de la cruzada se separaran para triangular mejor sobre las defensas de

la ciudad. Se instalaron tres catapultas, y enseguida una andanada de

proyectiles silbó a través del abismo. Poco a poco, a medida que pasaban las

horas y los días, se fueron abriendo boquetes en las murallas. Los cruzados,

atascados en campo abierto en una inhóspita meseta, necesitaban una victoria

rápida antes de que el calor del verano se hiciera más insoportable.

El campamento de los cruzados parecía un bullicioso barrio de chabolas, en

que los hombres recogían leña y levantaban chozas y cobertizos provisionales a

fin de disfrutar de la preciada sombra. Sin embargo, la madera no había servido

toda para construir refugios; al cabo de unos días, una enorme catapulta, que

los cruzados apodaban la Malvoisine (mala vecina), fue colocada frente a

Minerve. Simón y sus nobles aliados se habían tenido que rascar bien los

bolsillos para conseguir que se construyera aquella gran Berta de las catapultas.

Hacia finales de junio, el enorme brazo de la Malvoisine trazaba su primera trayectoria

mortífera hacia Minerve. Cuando el brazo se detuvo con una sacudida,

un inmenso pedrusco atravesó en silencio la luz del sol unos breves instantes

antes de caer con un ruido telúrico... en algún lugar de la superficie del

precipicio que había debajo de la ciudad. A continuación, otro canto rodado se

estrelló con estruendo en el mismo sitio, y luego otro más. No era mala

puntería, sino una labor artillera hecha a conciencia.

La Malvoisine estaba machacando una escalera amurallada que iba desde la

ciudad al fondo de la garganta, donde otro muro resguardaba los pozos de

agua. Normalmente, el sistema fortificado era seguro y protegía de los arqueros

más certeros. Sin embargo, la amurallada escalera de piedra no podría soportar

el incesante bombardeo de la catapulta. Cuando el acceso al pozo hubo

desaparecido, lo mismo ocurrió con toda esperanza de resistir al asedio. Al cabo

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de unos días, en Minerve se tomó una decisión: había que destruirla.

Una noche de finales de junio, unos cuantos hombres de la ciudad se

deslizaron a hurtadillas por el fondo del desfiladero. Los saboteadores llevaban

trapos grasientos, cuerdas, cuchillos y algunas ascuas incandescentes. Treparon

amparados en la obscuridad y en silencio por la cara opuesta del precipicio,

avanzando palmo a palmo hacia la silueta de la catapulta grabada al aguafuerte

contra el fondo de estrellas. Al llegar junto a la Malvoisine, sorprendieron y

asesinaron a dos centinelas. Entonces los hombres de Minerve se dirigieron a su

gigantesco torturador de madera, le ataron los trapos y le untaron las patas con

aceite. La primera y tímida llama ascendió en espiral.

Otro centinela, que acababa de salir de los arbustos tras hacer sus

necesidades, gritó con fuerza antes de que un cuchillo se hundiera presto en su

corazón. No obstante, se había dado la alarma; y las llamas sólo habían

comenzado. El cronista Pierre de Vaux de Cernay no explicó si los saboteadores

tuvieron tiempo de escapar gateando precipicio abajo o si encontraron la

muerte a manos de los cruzados que se precipitaron a apagar el fuego. Los

hombres de Simón azotaron las llamas con camisas, capas y ropa de cama hasta

salvar la Malvoisine.

Ligeramente chamuscada, la catapulta reanudó su trabajo al alba. La escalera

enseguida quedó inutilizada. Después, conjuntamente con otras tres catapultas

más pequeñas, la Malvoisine empezó a lanzar su enorme carga al centro de

Minerve. Los muros se vinieron abajo matando a los que se habían acurrucado

tras ellos. La ciudad, ya sin agua, construida sobre una capa de granito

impenetrable, no podía dejar que los restos putrefactos de los desdichados

pusieran en peligro la salud de los vivos. Cada noche, arrojaban al precipicio a

los muertos durante el día. Pasó el mes de julio; prosiguió el despiadado

bombardeo. Cada noche traía consigo la misma horrorosa tarea; cada mañana,

una desesperación abrasada. Como sucedió en Carcasona, la ciudad sucumbiría

por la sed. Al fin, Guillaume de Minerve supo que tenía que rendirse.

Después de regatear mucho, Guillaume ofreció a Simón de Montfort todos

sus castillos y tierras. Los del norte, impresionados por la franqueza de su

adversario en la derrota, concedieron magnánimamente a Guillaume un feudo

más pequeño en el valle a cambio de Minerve y el territorio que la rodeaba. Con

gran alivio de Guillaume, Simón también accedió a perdonar la vida de los

insolentes habitantes de la ciudad. Un misterioso céfiro de clemencia bailó

brevemente en el desfiladero.

El acuerdo, digno de caballeros del siglo XIII, estaba a punto de rubricarse

cuando Arnaud Amaury pidió la palabra. Había llegado por casualidad a

Minerve la víspera de la rendición de Guillaume, justo a tiempo de influir en los

términos de la capitulación. Simón había llegado a ser un gran vizconde por

mediación de Arnaud, de modo que no podía rechazar los deseos del legado,

que, en apariencia, eran completamente razonables. Todos los que se hallaran

en la ciudad deberían jurar lealtad a la Iglesia y abjurar de cualquier otra fe.

Algunos de los peregrinos norteños más celosos se quejaron de que esas

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condiciones eran demasiado indulgentes.5 Ellos habían ido al Languedoc a

aniquilar herejes, pero Arnaud y Simón estaban dando a aquellas sabandijas

sodomizadoras de gatos la posibilidad de vivir tranquilos y fuera de peligro.

Según un cronista, Arnaud respondió con malicia: «No os preocupéis. Tengo la

impresión de que se convertirán pocos.»

Guillaume de Minerve regresó con su gente. Aunque los crecientes como él

harían gustosos el juramento, los perfectos eran inmunes a esos instintos

básicos de autoconservación. Es verdad que habían llegado a Minerve para

evitar una muerte cierta, pero sólo como medio para proseguir su labor como

ejemplos de pureza espiritual. El suicidio deliberado, si había otras opciones,

era una forma de vanidad material. Sin embargo, en ese momento debían elegir

entre morir y renunciar al consolamentum, lo que en realidad no era ninguna

elección.

En Minerve había aproximadamente ciento cuarenta perfectos distribuidos

en dos hogares, uno para hombres y otro para mujeres. Ninguno de los

barbudos perfectos de hábito negro consintió en hacer el juramento. Un cátaro

rechazó a un sacerdote con esas palabras: «Ni la vida ni la muerte podrán

arrancarnos de la fe que hemos abrazado.» No obstante, tres de las mujeres

abjuraron de la fe dualista y, por tanto, escogieron vivir.6 Según sus hermanas

perfectas, había que apiadarse de ellas, pues habían renunciado a la posibilidad

de estar en comunión con el bien por toda la eternidad.

Condujeron a los ciento cuarenta cátaros perfectos de Minerve por la escalera

en ruinas que llevaba al fondo del barranco y allí los ataron a postes hincados

en grandes montones de leña y astillas. Se encendieron las hogueras. Según

Pierre de Vaux de Cernay, cronista y cruzado cruel que odiaba la herejía, la fe

de los cátaros era tan perversa y renegaba tanto de la vida que aquéllos saltaban

alegremente entre las llamas. Los otros cronistas omitieron este detalle.

Guillermo de Tudela sólo añadió que «después arrojaron sus cuerpos al suelo y

echaron encima paladas de barro para que ningún hedor de aquellas almas

fétidas molestara a nuestras fuerzas extranjeras». En la cruzada de los

albigenses se había producido la primera ejecución masiva en la hoguera.

Era el 22 de julio de 1210, otra vez la festividad de santa María Magdalena.

5 En una bonita coincidencia léxica, el jefe de los gruñones que estaban preocupados de que los herejes

pudieran huir era un señor francés, Robert de Mauvoisin, nombre que recuerda el de la infame catapulta,

la Malvoisine. A menos que se indique en el texto, todos los incidentes y palabras textuales que siguieron

a la rendición de Minerve son atribuibles a la Hystoria.

6 Aunque parezca extraño, la persona responsable de su cambio de opinión fue Matilde de Garlande,

madre de Bouchard de Marly, el cruzado que estuvo cautivo en Cabaret. Al parecer, Matilde las sacó de la

hoguera de un tirón justo cuando las llamas empezaban a prender.


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