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LA SONRISA DE SOFÍA
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Toribio Alayza Rospigliosi
 
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  A T E N E A 01/Diciembre/2011 - 17:50

A T E N E A

 (Juguete escénico)

 * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * *

(OCURRIÓ EL AÑO 1957)

 

LA  SECRETARIA ENTRA A MI DESPACHO

 

 

SECRETARIA– Lo busca una muchacha.

YO– ¿De quién se trata?

SECRETARIA–  De Atenea.

YO– ¿Cómo dice? Debe ser una loca. Dígale que estoy ocupado. Si quiere verme que espere.

SECRETARIA– Yo le advertí que tiene que pedir cita para ser recibida, pero es una jovencita muy insistente 

YO–  (IMPACIENTE) Bien… Entonces, hágala pasar

 

ATENEA INGRESA MUY DECIDIDA  

 

ATENEA– Muy buenas tardes, querido amigo ¿qué tal?

YO– ¿Qué tal? Pues, muy bien, ¿y usted? ¿Con quien tengo el gusto de hablar?  

ATENEA– ¿Cómo? ¿Acaso no se acuerda de Atenea?

YO– ¿La diosa griega de la sabiduría?

ATENEA– Y también de las artes

YO–  (BURLÓN) Caramba, nunca imaginé que Atenea fuera una chica tan joven y bonita.

ATENEA– No, amigo. Soy yo, la Atenea que el mes pasado le envió unos poemas, que usted nunca los publicó. Solo me contestó dos veces en la sección  “Correspondencia”.

YO– Ah… bueno, ya lo voy recordando…

ATENEA– ¿No le extrañó mi seudónimo.

YO–  Sí, claro. Es bastante… original.

ATENEA– ¿Puedo sentarme?

YO– Por supuesto.

ATENEA– (TOMANDO ASIENTO) ¿Le parece interesante mi seudónimo?

YO– Creo que es sugerente.

(PAUSA INCÓMODA)

ATENEA– Bien, le recordaré que en su primera respuesta usted escribió: »Su poema avergonzaría hasta a un camionero ignorante« Los lectores deben haberse reído mucho… ¿no cree?

YO­–  Y por lo visto usted viene a pedirme explicaciones.

ATENEA–  Qué ocurrencia. Lo que me ha motivado a visitarlo  fue la segunda respuesta. De esa sí se acordará ¿no?

YO– Vagamente… solo algo…

ATENEA– Le refrescaré la memoria, usted escribió: »Renuncie de una vez por todas, abandone la poesía. Le aconsejamos que se dedique a otra ocupación«        

YO– ¿Y qué? ¿Usted esta conforme con ese consejo?

ATENEA–  Sí, muy conforme. Pero a lo que vengo ahora es para que me diga a qué ocupación debo dedicarme.

YO–  ¿Y cómo voy a saberlo?

ATENEA– (CON INDIGNADO ASOMBRO)

¡Cómo! ¡Ah, no! Si me ha dicho que cambie de oficio ahora tiene la obligación moral de orientarme ¿comprende usted?

YO– La verdad es que no del todo.

 

(ATENEA COGE UN CIGARRILLO EGIPCIO DE LA CIGARRERA DE MI ESCRITORIO)

ATENEA– ¿Me da fuego?

 

(LE ENTREGO MI ENCENDEDOR DE ORO)

 

ATENEA– Me ha cerrado, por decirlo así, las puertas del Parnaso, entonces usted ha contraído la responsabilidad de decirme cual será mi porvenir.

YO– Para eso necesitaría saber en qué se siente eficiente.

ATENEA– Para todo.

YO– Eso es demasiado. Señorita, usted debe elegir algo concreto. ¿Cuál es su actividad preferida?

ATENEA–  (CON APLOMO) La literaria.

YO– Sí… pero como le dije…

 ATENEA– Si no puedo ser una gran poeta… aceptaría, por ejemplo, ser secretaria de su revista.

YO– Ya tengo una.

ATENEA– No importa, la despide.

YO–  ¡Qué fácil! ¿Y con qué pretexto?

ATENEA–  Simple. Por ejemplo, la acusa de haber perdido algún documento importante y asunto concluido.

YO– (CON HUMILDAD) Su idea es genial  Déjeme pensarlo.  

 

 

II

 

INGRESA EL EDITOR RESPONSABLE   

 

YO– ¿Cómo le fue en la gestión?

EDITOR–  La censura no permite la publicación de la poesía

YO– ¿Cómo? Cada día recortan más la libertad

EDITOR– Así es la dictadura, ya lo sabe

ATENEA–  (PONIENDOSE DE PIE) No se preocupe… Deje eso por mi cuenta ese asunto, yo lo resuelvo

YO– ¿Está diciendo que usted puede obtener un permiso?

ATENEA– Por supuesto. Me basta hablar con Reyna, ese general maneja a su antojo los permisos de prensa. El me debe muchos favores, no se atreverá a negármelo, ni se preocupe.

EDITOR– ¿Se puede saber quién es usted, jovencita?

ATENEA– La persona indicada para resolver este y otros problemas. Por ejemplo, tengo entendido que los impuestos han subido el precio del papel ¿no? ¿A qué precio lo compran ustedes?

EDITOR–  Esa es una información privada, señorita…

YO–  Haremos una excepción. La resma de cuché está a 150

 

EL EDITOR MALHUMORADO SE RETIRA DE ESCENA.

 

ATENEA– ¡Ah, no! Eso es una barbaridad. Tengo un amigo que hará un importante descuento. Permítame su teléfono…

YO–  (TRATO DE IMPEDIR SU LLAMADA, PERO ELLA NO ME DA TIEMPO Y MARCA EL NÚMERO)

 

ATENEA– (POR TEÉFONO)  Hola Coco, soy yo. Mira, aquí estoy con el director de la revista Primicias Literarias y te llamo para que le hagas una buena rebaja. El paga 150 por resma de cuché… ¿Qué? ¿Cinco por ciento? No, el quince… Nada, nada, no seas tacaño. Tengo un gran interés en esto porque es más que posible que me den un puesto en esta revista… El quince por ciento y ni una palabra más. ¡Eso es! (TAPANDO LA BOCINA)  Listo, arreglado, ¡el quince! (A  MÍ)-

 

(DE INMEDIATO CONTINÚA SU DIÁLOGO CON SU AMIGO COCO)

ATENEA– Perfecto, Coquito. Oye, anoche te estuvimos esperando en el pub… ¡Ah…cuándo no, lo que pasa es que eres un gran mujeriego. Bueno, ya nos vemos.

(CUELGA EL FONO. NOS MIRA  ESPERANDO NUESTRA REACCIÓN)

YO– ¿Qué puedo decirle? Veo que usted tiene muy buenos contactos. Voy a sacar el block de pedidos para enviarlo a la empresa de su amigo 

(ME VOY A TRAER EL TALONARIO) ATENEA SE APODERA DE MI SILLÓN Y PONE SUS LINDAS PIERNAS SOBRE MI ESCRITORIO)

 

III

 

ATENEA–  Otro detalle… amigo mío, he notado que su revista no tiene avisos de bancos.

YO– A los bancos no les interesa las pequeñas revistas. Y menos si son literarias.

ATENEA–  Ahora todos los bancos están expropiados. Entonces solo es cuestión de apelar al ministro de economía.

YO– Eso es imposible… ¿usted cree que me va a escuchar? ¡Difícil!

ATENEA–  ¡Ja! Facilito, es mi tío. ¿Me permite?

 (VUELVE A REALIZAR OTRA LLAMADA)   

ATENEA– Hola Anita, soy yo. Comunícame con mi tío… ¿en una reunión?... No importa, dile que es urgente… Bien, espero.

YO–  Creo que su tío se va a enojar. ¿Por qué no lo llama más tarde?

ATENEA– ¿Enojarse conmigo? Eso nunca… (SE INTERRUMPE) ¿Tío? Oye te estoy llamando desde la redacción de la revista Primicias Literarias. Le he prometido a su director que cualquiera de los bancos del estado pueden favorecer a esta revista con algún aviso pagado… Sí, ya sé que los bancos no anuncian en revistas literarias, pero si tú lo ordenas no pueden negarse… ¿El precio de una página? (ME INTERROGA CON LA MIRADA)

 YO–   100 dólares, pero podemos transar en 80…

ATENEA– (CONTINÚA EL DIALOGO CON SU TÍO) Solo cuesta 300 dólares, una bicoca…

YO– Hágale una rebajita…

ATENEA ME DICE “NO” CON LA CABEZA  

ATENEA– ¿Seis aviso de una página? ¡Perfecto tío! Eres un amorsote.

CUELGA EL AURICULAR

ATENEA–  Listo y frito. Ya tiene medio año de avisaje garantizado. Qué le parece…

YO– ¡Un milagro!

ATENEA–  Ni tanto. Si hago unas cuantas llamadas más podría multiplicar el número de avisos. ¿Qué dice?

YO–  No sé qué decir, usted es fantástica.  Veo que usted tiene muy buenas relaciones…

ATENEA­– (SONRIE HALAGADA) Sí. No son malas. Ya sabe, en lo que pueda serle útil, estoy a su entera disposición. Ahora dígame con la mano en el corazón ¿le convengo como secretaria de Primicias Literarias?

YO– Sería un gran honor para nosotros…

ATENEA– Pues bien; no hay más que hablar

YO– ¡Usted es admirable! Entonces, ya sabe, ya tiene el puesto asegurado.

ATENEA– Usted dirá cuando comienzo, podrá llamarme por teléfono ¿eh?

YO–  Eso no será nada fácil.

ATENEA– ¿Por qué? Le dejo mi número, siempre estoy en casa.

YO– Porque… A propósito ¿conoce usted al director de la red telefónica?

ATENEA– ¿A don Ramiro Diaz del Arco?... Pero si es íntimo de mi papá.   

YO– ¿Sí? ¡Qué alivio! Hace tres días que han cortado mi línea telefónica y estoy incomunicado, aislado. Y como comprenderá, para el buen funcionamiento de una revista eso es fatal…

(ELLA ME MIRA  CON ASOMBRADA, DESPUES  CON UNA INCREDULIDAD QUE SE CONVIERTE EN INDIGNACIÓN)

ATENEA– (TARTAMUDEANDO) Luego… quiere decir que… que todas mis llamadas  por este teléfono…

 

 

IV

 

Yo no le digo nada. Ni siquiera puedo sostenerle la mirada. Ella se acerca al diván y acaricia el tapiz del respaldo. Después se dirige a la ventana, levanta el visillo, mira hacia un punto indefinido. Recorre con paso trémulo la oficina. Se detiene junto a mi escritorio, coge un fósforo del cenicero, lo somete a un minucioso examen  y lo tira a suelo. Vuelve a acariciar el diván. Toma su cartera, se arregla el pelo y sin abrir la boca se va.

No tuvimos que cambiar de secretaria.

 

 CIERRA TELÓN RÁPIDO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Toribio Alayza Rospigliosi
 
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  LA SONRISA DE SOFÍA 30/Noviembre/2011 - 17:42

LA SONRISA DE SOFIA 

(Le sourire de Sophie) 

 

Paris, 1962. Hoy el verde bulle a rabiar.

  • * * * * *

Los árboles del Barrio Latino reverdecen en toda su potencia con los primeros brotes y cogollos de la primavera en agraz. La gente marca festivas trancadas por la amplia acera del Bulevar Saint Michel. Todos parecen estrenar miradas brillantes con un no sé qué de regocijo vital. Parlantes ubicuos difunden «Cuando calienta el sol». Un éxito de los Hermanos Rigual.  

Estoy solitario en la terraza del bistró “La Favorite” de Saint Michel. Una esbelta criatura vestida de punta en blanco  (aquí entre nos, un dulce pimpollo) pasa a mi lado. Su cálido muslo roza ligeramente mi hombro. Me zambullo en la estela que deja su fragancia, la aspiro la hasta las heces y automáticamente entro en la región del virtual devaneo. Con cimbreante vaivén el angelito no parece caminar. No. Más bien desliza su estilizada figura, levita, flota hasta posarse, muy femenil toda ella, en una mesita adosada a la pared. Justo enfrente a la mía.

Son las seis con veinticinco del aún soleado atardecer. La cabellera chivilla de la damita de blanco  se derrama en dos vertientes que encuadran la perfección oval de su rostro.  Tez fresca y limpia como la lluvia. Sin esperar su pedido, el garçon  le sirve una taza de té acompañada con croissants. Cómo le asienta ese rayo de sol crepuscular que recorta en diagonal su clásico perfil. Cuando oprime la boquita con la taza, su labio se convierte en el botón reventón de un alhelí patinado por el rocío.           

Ha pasado media hora y no le he quitado el ojo. Ella no ha dejado de chequear su relojito. Y cada vez con mayor ansiedad. Sospecho, algún mequetrefe ha dejado plantada a esta maravilla de la naturaleza. Deseo fervientemente acercarme, jugarme un lance. Soy tímido por naturaleza y, por inferencia, tanto más con las mujeres. Además, mi paupérrimo francés es de lástima. Entonces, para darme brío, termino mi intrépida copa de beaujolais (la cuarta de la tarde). Nada. No me atrevo ni de caulas. Parece que este carburante vinícola es inicuo para el estimulo de cualquier arresto donjuanesco.

Ella, con extrema delicadeza, como para asir una mariposa por las alas, saca un pañuelito de su cartera y  enjuga una “furtiva lagrima” que aljofara su mejilla.  Sin pausa ni tregua, al advertir su congoja me embucho dos copas más. Ah, no. Ahora sí me aviento… ¡nadie ni nada me para!

–     Mademoiselle… ¿acaso está indispuesta?

–     Oh…oui, monsieur…estoy deshecha…

Caramba, me sorprendí, mi osada comparecencia ante esta ricurita fue más simple de lo que imaginé. Envalentonado, sin solicitar su venia, tomé asiento a su lado. En cuanto mi princesita hubo de serenarse un poco, solo un poquitín, me narró –entre balbuceos lacrimosos– su desencantado drama.  Claro, algo predecible por trillado. Cuitas de amor y sus adláteres. Era la tercera vez que había sido desdeñada por un galancete del cual, dijo, estaba enamorada hasta el tuétano. En fin, como no me las doy de Corín Tellado mejor me salto esta prosaica valla. Más bien intentaré resumir la ocurrencia posterior en esa misma noche.            

Mi estrategia persuasiva se desovilló sin palabreos ni esfuerzos, como nunca  hubiese soñado. El asunto es que, al cabo de poco tiempo la niña había cobrado total serenidad. Sin ambages, me confió, mi nombre es Sophie. Yo retruqué, nombre interesante… ¿sabes? “sophia”, en griego clásico  significa sabiduría. Y con estas palabras ejecuté el gambito de lujo que se requería, una jugada de gran maestro. En un santiamén, resplandeció con una y única sonrisa exquisita. Y mi dubitativo corazón se iluminó hasta el último resquicio.        

•••

Nos paseamos de noche por el Quartier Latin. Surgieron callecitas escondidas, silenciosas. Ahora la amo como nunca. Cuando habla. Cuando queda en silencio. Cuando gesticula enigmática. En esta zona de la noche puede ocurrir cualquier cosa, hasta un prodigio. ¿Quieres que te rapte? le pregunté en la Rue Monsieur Le Prince. ¡No!, me respondió, impávida, como si le hubiese preguntado, tienes calor. De improviso saltó en un pie, mientras gritaba jubilosa, quiero divertirme, quiero olvidar, quiero bailar hasta morir. Llévame a una fiesta de disfraces. Hoy se celebra una en el club La Grande Severin , aquí cerquita. ¿Fiesta de disfraces? ¿y los disfraces…? inquirí. En la Rue Soufflot los alquilan, me informó.

‘Polichinelle’, se llamaba el pequeño local. Olía a  pura naftalina y alcanfor. Nos recibió su dueño, un viejo rollizo, paticorto y cabezón, con gafas redondas de acero. Solícito y zalamero hasta la melosidad, nos atendió a conciencia. Fue extrayendo la mar de disfraces, bucaneros, Ulises y su Penélope, tiroleses, clowns, gitanos y payasos, María Antonieta y su Luis XVI, hawaianos, Napoleón y su Josefina, Quijote y su Dulcinea… en fin, todo un desfile de variopintos vestuarios. Empero, mi dulce Sophie los rechazaba sistemáticamente sin siquiera mirarlos.

¡Ya sé! exclamó de pronto Sophie. Pierrot y Colombina, eso es muy romántico ¿no?  Ah, por supuesto, sonrió el viejo, cómo no voy a tener eso. Colombina, Arlequín y Pierrot son los tres representantes de la Comedia Italiana. ¡mi bella tierra! Colombina, hija de Casandro, amante de Arlequín, personaje cómico, que lleva mascarilla negra, y traje hecho de retazos romboides multicolores. Casualmente, lo que son las cosas, acabo de alquilar un disfraz de Arlequín.

Sophie quedó preciosa, más bella imposible, con su ropaje blanquinegro. Y yo, al ver mi facha en el espejo, sentí escalofríos de vergüenza. Me sentí como un grotesco fantoche pero, con tal de no contrariar a mi Colombina, no me quedó otra que salir resignado del probador. Pero mírate, estás lindo, me dijo mi maravillosa Colombina. ¡Un momento! terció el viejo, a ambos les falta algo imprescindible. Soltando resoplidos, el gordo trepó por una escala  y bajó una caja debidamente etiquetada. Jovencitos, nos dijo, ustedes tienen suerte. Justamente, acabo de adquirir unas máscaras de un látex muy especial. Son extremadamente realistas, además se adhieren a la piel de tal manera, que reproducen a la perfección los gestos y las expresiones. Nadie diría que son máscaras, tienen una textura idéntica al cutis.

Dicho y hecho, nos embutió bajo la sutil epidermis del látex, que, en efecto, la sentí como mi propia piel. Al verme así, enmascarado, la Colombina se llevó la mano a la boca para evitar una risotada. Pero no pudo contener las lágrimas que, por ironía, también produce la risa desaforada. Me corroía la curiosidad para apreciar mi cara potiza. Regresé al probador para verme en el espejo.

Quedé congelado, tenía una fisonomía abstracta, si cabe la expresión. Un rostro impasible de facciones regulares, increíblemente realista, perfectamente diseñado, pero… no tenía nada de humano. No expresaba tristeza, ni alegría, ni asombro. No obstante, en insólita contraposición, parecía tener vida propia.  Algo indecible. El impacto recibido, sumado a la incontenible y ahora descarada risa de Sophie, casi me produce un shock desbastador. Caí en un estado de suspensión en el uso del pensamiento. Y tanto fue así, que no recuerdo como llegamos a fiesta de La Grande Severin.

El bullicio del salón del club y del revuelo que causó mi presencia, de sopetón me hizo salir del limbo en que me encontraba. Los muchachos y muchachas se mataban de la risa con solo verme. Luego, en grupos compactos me rodearon en una nube atronadora de crueles risotadas, me arrinconaron  como un ratón cercado por un grupo de gatos hambrientos. Comenzaron a darme vueltas y más vueltas hasta el vértigo, me empujaban, me pellizcaban, sin parar de burlarse y reírse a carcajada limpia. Y entre ese tumulto  avasallador, perdí por completo la orientación… pero también se refundió mi Colombina. Finalmente, cuando se cansaron de tanta burla y me dejaron tranquilo.

Me encontré terriblemente aislado, con gran indignación y a la vez con cierto miedo. Fue entonces que percibí a  Sophie entre la multitud de parejas que bailaban con frenesí. Ella, sí, ella misma. Mi Colombina,  rodeaba con sus brazos el cuello de un Arlequín. Enseguida, ambos se despojaron de sus máscaras y se confundieron en un larguísimo y apasionado beso.

En raciocinio instantáneo, caí en la cuenta de la comedia en la que yo había desempeñado el papel de víctima propiciatoria. Recordé lo que el dueño de ‘Polichinelle’ había dicho sobre el disfraz de arlequín. Y no cabía duda, ella sabía muy bien que su galancete era el que lo había alquilado. Todo había sido una argucia de Sophie. La muy intrigante, con su airecito angelical, me había manipulado a su antojo. Mi instinto primitivo de macho engañado me impulsó a acercarme a la traidora para ponerle las orejas coloradas. Sin embargo –felizmente–, el muro humano que los rodeaba, nuevamente comenzó a burlarse de mí. Esto me controló y paró en seco mis arrestos biliares.

 Me encerré en el baño de caballeros. Para mi suerte lo encontré vacío.  El espejo reflejó mi patética imagen. De una buena vez, resolví sacarme la maldita máscara pero me resultó imposible. Traté de arrancarla empleando todas las formas posibles. Ni con agua y jabón lo conseguí. Comprobé  que algo extraño había sucedido. Quizás, pensé aterrado, por una reacción química el  sudor de mi cara en contacto con el látex se había producido algún tipo de pegamento tremendamente fuerte. Fue tal mi desazón que no pude contener las lágrimas. Desesperado,  me cubrí la cara con las manos y salí del local huyendo como un delincuente.

A esa hora la calle estaba desierta. Corría llorando como un condenado. Exhausto y con una angustia que me ahogaba, desemboqué en el bulevar Saint Germain. Para llegar a mi hotelito de la Rue de la Harpe me faltaba un buen trecho. Transpirando a chorros y arrastrando con torpeza las babuchas del disfraz, caí sentado en un sardinel y, mientras lloraba amargamente rememoré una canción muy antigua. Mi familia ponía aquel primitivo disco de carbón de 78 rpm en uno de esos gramófonos de corneta RCA Víctor. Mis padres la escuchaban con tanta  frecuencia que, a pesar de mis cortos años, me la aprendí de paporreta:

«Una noche triste estaba Pierrot,
cantando a la luna sus quejas de amor,
todas las estrellas lloraba con él,
por la Colombina que fue tan infiel.

Y yo que escuchaba su triste canción,
le dije "tu pena...es mi pena de amor...
somos compañeros del mismo dolor...
por la Colombina que nos traicionó"...

Pierrot...Pierrot...
que cantas tu triste dolor,
también de amor,
canto la tristeza de mi corazón.

Por una mujer hermosa y divina
que cruel... como Colombina,,,
también destrozó mi amor.

Ya ves...Pierrot...
que daño nos causa el amor,
pero, sin él...
sin él nuestras Colombinas
morirían también.»

Ω

 

          

       

               

 

 

 


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