Todos los rostros estaban teñidos de gris por una capa de polvo.Hemos visto una capa de povo parecida en los muebles de las casa deshabitadas,y alguna vez hemos escrito en ella un pensamiento fugaz con el dedo. Recordé esto al ver las caras de algunas de las mujeres que llevaban niños cercanos a la muerte y la libertad; noté que llevaban algunas cosas de sus corazones escritas en el polvo de sus caras ,fácil de ver y más fácil aun de leer,pues era el rostro de las lágrimas. Una de estas jóvenes madres no era mas que una muchacha, y me partía el corazón leer aquel mensaje y darme cuenta de que surgía del corazón de una niña, un corazón que no debía conocer aún tales tribuciones, sino las alegrías de la mañana de la vida, y sin duda...(..)(..)Muy cerca se encontraba junto al camino el taller de un herrero; y en esto llegó un terrateniente que había comprado a una muchacha maltratada unas millas atrás,pues la entrega iba a tener lugar aquí,para que le quitaran las cadenas.Así se hizo y comenzó una discusión entre el caballero y el tratante sobre quién debería pagar al herrero.En cuanto libraron de sus grilletes a la muchacha,se lanzó,hecha un mar de lágrimas,en brazos del esclavo que había partado la vista mientras la azotaron.Él la estrechó contra su pecho y cubrió de besos su rostro y el del niño, y se los lavó con una lluvia de lágrimas.Tuve mis sospechas y pregunté...,efectivamente,tenían razón:eran marido y mujer.Tuvieron que separales a la fuerza.Hubo que llevar a la muchacha a rastras,mientras forcejeaba, luchaba y gritaba como una demente,hasta que una curva de la carretera la ocultó a la vista.E incluso después, oímos el débil lamento de sus gritos.¿ Y el marido y padre,despojado de esposa e hijo,a los que nunca más vería en su vida? Bien,verlo era un suplicio,por lo que aparté la mirada,pero sabía que nunca olvidaría su imagen,y de hecho me persigue hasta el día de hoy y se me encoge el corazón cada vez que lo recuerdo.
Mark Twain
—Da su permiso, mi sargento.
—¿Qué coño quieres tú ahora? ¿No ves que estoy ocupado?
El cabo entró en el despacho y vio a un lado a la chica que media hora antes había llegado con una cesta para su padre. Ahora se llevaba un pañuelo a la boca y recogía su cesta del suelo.
—¡A sus órdenes, mi sargento! Que ha llegado el hijo de Ricardo, el de la taberna del camino de Cantalobos. Que dice que han matado allí a un hombre y que tienen retenido al asesino.
—¡Otro asesinato! Ahora que iba a comer. Estos hijoputas sevillanos no hacen más que dar por culo. Ayer el carretero en la Macarena y hoy en las huertas. ¿Pero es que no me van a dejar tranquilos?
El sargento Perales encogió su gran barriga, se abrochó el pantalón y volvió a encogerla aún más para ver por dónde andaba la cremallera que le cerraría la bragueta. Después se remetió la camisa por la espalda y se colocó las trinchas.
—Dile a Ramírez que prepare las mulas. Tú te quedas al mando del cuartelillo. Que alguien le diga a mi mujer que no voy a comer.
Se dirigió hasta el armero. La chica estaba delante y la apartó de un empujón para coger el mosquetón sin mirarla siquiera. Sólo cuando salía por la puerta se volvió y le dijo a la muchacha:
—Tu padre ya no está aquí. Esta mañana lo llevamos al juzgado y no creo que vuelva al cuartelillo. Así que si quieres, cómete tú esa comida o haz lo que te dé la gana, pero largo de aquí.
— Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén. Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre…
Su tía María dirigía unos rezos cuando Felisa se levantó para correr la cortina que separaba el rincón donde yacía Rafael: al otro lado los hombres bebían el aguardiente y sus voces dejaron de guardar la compostura. A la luz de los velones, las inquietas sombras aumentaba el miedo que le provocaba el rostro de su marido. No pudo sostener su mirada vacía de muerto y corriendo fue a sentarse otra vez para seguir rezando. Tapó su rostro con las manos y lo vio doblado sobre la borrica, como costal, dando cabezazos en la barriga de la bestia. Las albardas rezumaban una sangre que parecía no tener fin. Los brazos extendidos se bamboleaban descompasadamente con el andar del animal. Ricardo llevaba las riendas y el primo Blas caminaba a su lado por una vereda que parecía llamar a los huertanos para que se acercaran a ver la triste comitiva. Cuando llegaron a la casa, lo echaron sobre la cama y Blas fue por el agua que le pidió Felisa. Repetidas veces intentó cerrarle la boca y los ojos de espanto que le dejara la muerte allá en la taberna: parecía como si en cualquier momento aquella boca fuera a escupir más agravios y maldades. Era inútil: una y otra vez las mandíbulas se separaban y dejaban ver la maldita negra sombra en el interior de su boca. Desnudó su cuerpo enjuto y frotó con miedo para eliminar las costras de sangre sobre las heridas. El olor a sangre, a vino y a orina hicieron que saliera corriendo de la casa para vomitar.
—Tranquila, chiquilla —le dijo el primo Blas cogiéndola por los hombros.—Ahora mismo le digo a mi mujer que venga a ayudarte.
—…el pan nuestro de cada día dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.
Felisa no podía seguir los rezos porque su cabeza era un hervidero de recuerdos y pensamientos. Sus niños, ¿qué estarían haciendo sus niños? ¿Lo sabrían ya? Un amor muy grande le subía desde muy adentro y le anudó la garganta hasta ahogarla casi. Tanto amor sintió que rompió a llorar y su llanto detuvo las oraciones.
—Consuélate, prima —le dijo la mujer de Blas pasándole la mano por los cabellos.
—¡Déjala llorar, Catalina! —replicó la sabia. —Que el dolor hay que echarlo fuera pronto. Que si no se te mete en el corazón, lo encoge y ya no sale. ¡Llora, niña, llora! ¡Llora y vive!
Felisa enjugó las lágrimas con el pañuelo y cerró los ojos fuertemente. Quería hacer lo mismo con sus oídos, quería que se acabara todo ya. Quería estar sola con sus hijos. Que se fueran todos. Que no estuviera el cuerpo de Rafael llenando para siempre con su muerte la casa de tristeza. Abrió los ojos y se asustó al ver en la pared una sombra a la que le faltaba un brazo. Era Evaristo.
—¿Y tú qué quieres?—le espetó Blas entrando tras él en el rincón del difunto.
—Felisa, que si quieres paso yo el pañuelo para el entierro —dijo la sombra sin atender al hombre que le hablaba desde atrás.
—¿Tú? —replicó Blas, cogiéndolo del único brazo que parecía tener y echándoselo a la cara.—¿Para que te quedes con el dinero de este desgraciao como has hecho siempre? Vete, que ya lo pasará Pepito mañana.
—Pepito no. Lo mandé con sus hermanos al barrio y no quiero que venga y vea todo esto. No quiero que mi niño lo vea.
—Deja que lo haga yo, Felisilla —insistió Evaristo. —Seguro que saco para dos caballos.
—Con que traigas para la caja me conformaría, buitre —dijo Blas—. Si no apareces por aquí con el dinero, juro por mis muertos que mañana paso yo el pañuelo para ti.
Ricardo se dirigió rápidamente a la casa de Blas. Por el camino iba pensando en las muchas veces que habían recogido a Rafael del suelo borracho y lo habían acompañado hasta cerca de su casa o habían mandado aviso a Felisa para que viniera a por él. Pero hoy era diferente, ¿qué le diría a esa pobre mujer?¿y a Dolores, la madre del mudo?
-Irá ya pa quince años que yo conozco a Rafael, ¡la mala sombra que siempre le acompañó!-pensó el tabernero.
Cuando Rafael empezó a visitar la taberna de Ricardo era diferente, tenía la vida por delante y ganas de aprovecharla. Solía venir con su primo Daniel, los dos trabajaban para D. Pablo como segadores en época de cosecha y el resto del tiempo no le faltaban trabajos pues los dos eran jóvenes y estaban sanos. A Rafael le gustaba ir a la taberna al acabar la jornada. Allí contaba sus aventuras en Portugal y las adornaba a su gusto, como un día hiciera Filigranas.
Por aquel entonces la cosa estaba empezando a ponerse fea y llegaban ya noticias de que la guerra era inminente. La gente se reunía en la taberna de Ricardo para escuchar la radio y así enterarse de las últimas novedades.
-Yo no quiero ir a la guerra, antes me escapo. O me caso y dejo preñada a la mujer-le decía Daniel a Rafael.-Tú lo tienes más fácil Rafalín, que tu eres hijo de viuda.
-Que no Daniel, que no, que el cabrón de mi padrastro no está muerto, que sólo está desaparecido.-
-Bueno pero si tu madre le pide a D. Pascual un papel y él le firma como que os abandonó, tú puedes…
-Que no Daniel que mi madre no querrá nada conmigo y menos pedirle un favor al cura, en todo caso lo hará para el León y dirá que de mí no sabe nada.-
Desde que Rafael se había juntado con su primo, allá por tierras de Plasencia, habían escrito varias cartas juntos a su familia. Rafael hasta le había mandado algo de dinero a su madre. Ella no sabía escribir ni leer pero Rafael iba sabiendo de ella por las cartas que recibía su primo.
-Se lo ponemos en una carta-insistía Daniel.
-Que dejes eso hombre , que no será pa tanto la guerra-
A pesar de que la situación se ponía cada vez más difícil, el trabajo en casa de D. Pablo no les faltaba porque éste, que siempre había sido un negociante y sabía bien a quién arrimarse, se las había arreglado para abastecer de harina a algunos cuarteles de Sevilla. La familia de D. Pablo tenía molinos de grano y con los encargos de los cuarteles los molinos no paraban de funcionar. A Rafael nunca le habían gustado los uniformes pero el nuevo trabajo le convenía. Por encargo de D. Pablo repartía la harina en varios de los cuarteles. Las primeras veces que se cruzaba con los militares y se dirigían a él le venían a la cabeza las muchas veces, que de niño, al cruzarse con la pareja de la guardia civil se había llevado una patada o un coscorrón
-¿por qué me darán a mí?-pensaba siempre.
Después supo, que por ser pobre debía de ser pues, a Manuelito, el hijo de D. Manuel el de la fábrica, cuando se lo encontraban le daban saludos para su padre en vez de endiñarle como hacían con él.
Poco a poco empezó Rafael a cogerle gusto a eso de los cuarteles y a no dejarse engañar por un uniforme. Podía observar y pasar desapercibido y pronto se dió cuenta cómo funcionaba la cuestión. Los mandos , cuanto más bajos más chulería demostraban con los inferiores y los soldados rasos no eran más que unos pobres desgraciados que se sometían a las órdenes de sus superiores, comían mal y por encima les esperaba en pocos meses el frente . Rafael, con su pillería natural, la que da el hambre, se la arreglaba para llevarse del cuartel unos cuantos chuscos y una tabernera de la que se había hecho amigo le rellenaba uno de los bollos a cambio de que él le entregara el resto. Así comía, sin gastar ni una perra, unos buenos bocadillos de sardina, chorizo, tortilla, o lo que la buena mujer pudiera aviarle ese día.
Fue por ese entonces cuando decidió que él tampoco quería ir a la guerra.
Y, también por ese entonces cuando decidió Rafael camelarse a Felisa. Ya se había fijado en ella hace tiempo y varias veces la había acompañado, pero fue con todo el lio de la guerra con el que decidió dar un paso más.
A Felisa le gustaba el habla fina de Rafael, su talante, su seguridad ,y a él de Felisa todo, como a cualquiera que la conociese. Era una muchacha buena, trabajadora y dócil. Las cosas se deciden rápido cuando una guerra amenaza con robarte el futuro y ellos se decidieron. Los padres de Felisa no querían que se casasen hasta que se acabara la contienda pero Rafael la convenció fácil.
-Lo mejor es que nos casemos y tengamos un niño, así yo podré seguir trabajando y os cuidaré a los dos sin tener que ir al frente.-
Felisa no hizo caso de su madre y al poco tiempo se quedó embarazada y tuvieron que casarse. La abuela Rosario se las ingenio como pudo para conseguirle a su hija una tela para un vestido. En ese momento ya no se podía comprar casi nada ni teniendo el dinero pero, ella, que siempre había cosido, y conocía muy bien a Dña María la de “Almacenes Casagrande” fue a verla y le dijo:
-Mire Doña María que se me casa la Felisa y necesito que me consiga un paño para un vestido, que yo se lo pagaré a usted con el trabajo de costura que necesite.-
-Ya sabe Rosario que no entran telas nuevas, que la situación está muy mal.-
-Ya mujer pero piense usted haber si tiene algo que…-
El caso fue que Rosario se llevó una tela con la que hizo una falda para Felisa y con otros restos que ella tenía también le hizo una blusa a su hija.
-Rafael te hemos echado en falta estos días- le dijo un teniente que solía pararse a hablar con él en el cuartel.-Me han dicho que te has casado-
-Sí mi teniente es que tenía la novia en estado.-
-No serás tú otro de esos que se casa para librarse, ya sabes tú que si la cosa va mal y hay necesidad hasta los casados irán a defender la patria del ataque de los rojos.-
-Yo sé mi teniente. Si yo no me casé por eso, es que yo quiero mucho a mi novia.-
-Anda coño y yo a mi mujer y, ¿qué tiene que ver eso?-
-Por cierto, y¿ de quién dices tú que es tu mujer?
-Mi mujer es hija de Pancho Andión un herrero del barrio de los carteros.-
-¿Herrero?, pues mira por dónde igual nos viene bien tu suegro, que últimamente anda la cosa regular, el viejo ha enfermado y su hijo no puede con todo el trabajo. Ya hablaré yo con D. Pablo haber si lo arreglamos.- dijo el teniente despidiéndose.
Nada más supo Rafael del tema hasta pasada una semana cuando le avisaron para que fuera a ver a D. Pablo.
-Rafael que desde hoy ya no vas más a Sevilla, que aquí tenemos mucho trabajo-
-¿y eso D. Pablo?-
-eso nada que lo digo yo y así está bien. Y ándate ligero que el Juan te necesita en las cuadras con los carros-
En la primera ocasión que tuvo Rafael pilló en la taberna de Ricardo a Manuel , un hombrecito que trabajaba de chófer para D. Pablo y que tenía fama de enterarse de todo. Tras pagarle un par de vasos de vino empezó Rafael a interrogarle. No le hizo falta insistir mucho pues a la primera Manuel le espetó:
-Eso te pasa por casarte con la hija de un rojo. Solo a ti se te ocurre. Y aún más, te vas a vivir a su casa y, trabajando en el cuartel, que pocas luces Rafael. Alguien le habrá ido con el cuento a D. Pablo y éste, lo que no quiere es problemas, y alégrate si no te echa.-
-¡Me cago en mi negra sombra! … que no había mujeres en Andalucía-
—La puerta estaba abierta, Rafalín, y todos estaban durmiendo. Tu madre se despertó cuando escuchó los cacareos de las gallinas. Las ovejas también estaban locas. Dice la tía que notó el frío de la noche dentro de la casa. Buscó el quinqué pero con las prisas lo dejó caer al suelo. Dice que oyó llorar a tu hermano León debajo de la manta. Cuando dio luz por fin, vio la puerta abierta y la tranca en el suelo. Miró hacia vuestra cama y estaba llena de sangre. Debajo de la manta sólo había un bulto encogido. Destapó y allí sólo estaba el León. Salió corriendo. “El lobo, el lobo”, gritó entonces. Nosotros llegamos después que el Santi. Había un reguero de sangre que salía de la casa. Mi padre amartilló la escopeta y me gritó que me pusiera detrás. El Santi nos adelantó corriendo y encontró a la niña junto al río toda destrozada por los lobos. Tu madre llegó después. Venía como loca, con un bote en la mano, maldiciendo a los lobos y a todos los hombres.
—¡Me cago en mi negra sombra! Mi Herminia.
Rafael dio un trago largo a la botella de vino. Tenía la mirada fija en la ventana sin cortinas: todavía quedaba bastante invierno más allá de los cristales. Había encontrado en Plasencia a su primo Daniel peleándose con una portuguesa que también merodeaba las mesas de la taberna para apropiarse de las sobras en cuanto se levantaran los comensales. Se dieron un fuerte abrazo y Rafael lo condujo hasta una mesa libre. Pidió al tabernero una botella de vino, cecina y un par de sardinas ahumadas. Al lado de Daniel, Rafael parecía un señorito, con americana negra y una fina corbata que Filigranas le comprara a un trapero. Daniel comía desesperadamente, pellizcaba la mesa para recoger las diminutas migas de sardina que habían escapado de su boca de animal hambriento.
—Cómete también la mía. Yo no tengo hambre.
—Gracias, Rafalín —y asomándole por la boca la cola de la sardina, le preguntó por su vida.
—No hay nada que contar. Yo estoy aquí y jamás volveré.
—¿Y qué piensas hacer? ¿Te quedarás en Plasencia? Yo voy a las huertas…
—No sé. También yo salí de casa con esa idea. Ahora no sé.
—Vámonos los dos, Rafalín. Allí estaremos bien. No pasaremos frío y trabajo seguro que hay.
Daniel pensaba que aquel dinero que le vio a su primo en la chaqueta le quitaría algunos días de hambre en el camino. Rafael dio otro trago largo a la botella y golpeó con fuerza la mesa cuando la hubo terminado.
—¡Pues venga, vayamos a las huertas! Tabernero, ponga otra sardina a mi primo y traiga otra botella.
En ese instante entró en la taberna un fotógrafo que venía para las fiestas de la Virgen del Puerto. Apoyó su bicicleta junto a la de Rafael y se descolgó la pesada cámara Murer & Duroni que traía a la espalda montada ya sobre un trípode. El fotógrafo era conocido en el pueblo. Verlo aparecer en su bicicleta era como ver la primera golondrina en la primavera: con él venían los días de fiesta. Un grupo de parroquianos se levantó y todos alzaron sus vasos de vino para saludarlo.
—¡Viva la Virgen del Puerto! —gritaron todos.
Uno de ellos, bajito y rechoncho, comenzó a cantar.
—A la Virgen del puerto cantemostodos llenos de amor y de fe,el honor eres Tú de Plasencia,noble pueblo que reza a tus pies.Placentinos, Placentinos,en el Puerto su trono fijóuna Madre, una Reinaque Plasencia leal coronó.
Desde niño su nombre benditode mi Madre en el seno aprendí.Ella alienta mi alma y mi vida, Nunca Madre mejor conocí.Placentinos, Placentinos….
Los vivas y las risas arreciaron en la taberna y pronto Rafael olvidó su negra sombra, los lobos y la imagen de su hermana cubierta de sangre junto al río. Arrimó su silla a la mesa del cantor y del fotógrafo y fue uno más. Mientras, Daniel dio buena cuenta de la cecina que había dejado su primo.
Cuando el vino los convirtió en los mejores amigos del mundo, Rafael le pidió al fotógrafo que le hiciera un retrato.
—Tiene que ser fuera.
—Pues fuera. Me la haces… me la haces… montado en la bicicleta… con…con… con mi primo Daniel. Venga, Daniel, Daniel, levanta. Y… y además te compro tu bicicleta para mi primo, que tenemos que irnos a las huertas.
En la puerta de la taberna, Rafael arrancó una rosa y se la colocó en el ojal de la americana.
—¡Quietos, quietos…!
—¡Quietos, quietos! No veis que no se resiste — gritaba Ricardo mientras empujaba a los hombres que se habían echado sobre el Mudo. Algún miserable aprovechó que el muchacho no se defendía para lanzar un puñetazo cobarde y mezquino. No era la primera vez que lo hacía. Había pasado el tiempo… —¡Dejadlo ya, coño!
Mientras, Rafael se desangraba ante los inútiles esfuerzos de Evaristo por taparle las heridas con sus manos. En el último estertor, le cogió el brazo con una fuerza impropia para un moribundo y le clavó el brillo malo de sus ojos en sus asustadas pupilas. Desde aquel día, Evaristo no volvió a pisar la taberna y se le veía pasear con una mano cogiéndose el brazo herido por la muerte.
—Hay que avisar a su mujer —decía uno.
—Antes a la guardia civil —respondió otro.
—¡Mierda, mierda, mierda!— gritó Ricardo —¡Amparo, Amparo! Manda ahora mismo al niño al cuartelillo. Que venga el cabo a hacerse cargo. Yo iré a casa de Blas a decírselo. Vosotros, retened aquí al Mudo, pero que nadie le pegue, ¿me habéis oído?, que nadie le pegue.
-Me cago en mi negra sombra- dijo Rafael golpeando con el puño en la mesa.
La frase la había copiado del camionero que lo había recogido en Sanabria cuatro años atrás. Filigranas se llamaba, y con él, había estado Rafael más de tres años hasta que al camionero le empezó a parecer que el muchacho estaba aprendiendo demasiado rápido y que de seguir llevándolo con él en sus asuntos cualquier día le daría un disgusto. Rafael resultó ser ambicioso y los negocios de Filigranas le estaban empezando a gustar demasiado. Ya no se contentaba con vivir la vida del zamorano, teniendo la comida y el techo resueltos y de vez en cuando alguna puta, quería cada vez más y Filigranas, que siempre había sido amigo de la soledad y nunca había compartido su dinero se estaba empezando a arrepentir de haberse quedado con el muchacho. Quizás fuese una de sus primeras debilidades de viejo, pero no estaba decidido a dejarse ganar por el joven.
Durante mucho tiempo los dos habían recorrido las carreteras que unen España y Portugal dedicándose entre otras cosas al contrabando.
- “Servicio público”- decía Filigranas cuando Rafael preguntaba.
Eso era al principio, porque pronto aprendió a no preguntar, a esconderse en determinadas situaciones y a mentir tan bien cómo lo hacia su jefe. Filigranas en sus muchas paradas para ver a sus amigas siempre llevaba consigo a Rafael que solía ser motivo de fiesta para las mujeres pero, como el camionero en los primeros tiempos no le daba dinero, pronto comprobó el chaval que sin dinero poco se dejaban hacer sus “amigas” y empezó a copiar de su jefe y a tratarlas con cierto desprecio. Cuando Filigranas creyó que el chaval ya estaba preparado y había aprendido la lección de casa de Nazario, un día, antes de parar el viejo Lancia en una casa a la que ya habían ido un par de veces, Filigranas le dio a Rafael un duro y le dijo:
-haber que consigues con esto chaval que con lo que llevas aguantado no te van a llegar ni tres coños-
Rafael cumplió con las expectativas de Filigranas, estuvo con varias mujeres y fue incluso generoso con el dinero y las palabras pero no con los sentimientos. Parecía que el ovejero iba aprendiendo.
La prueba de fuego fue volver al burdel donde Rafael había conocido a Inés pero aunque Filigranas lo había evitado durante algún tiempo sus negocios con el lisboeta lo llevaron hacia allí .Antes de cruzar la raya Filigranas le dijo a Rafael hacia dónde iban y le advirtió que si hacia otra tontería dejaría que lo matones del portugués lo moliesen a palos.
—Me cago en mi negra sombra que como metas la pata no me molesto ni en recoger tu pellejo de puto ovejero—
Al llegar el recibimiento fue como el de la otra vez. Cuando las mujeres reconocieron a Rafael rieron nerviosas y miraron a Filigranas. Este echándole el brazo al chaval por
encima del hombro dijo:
-Vamos dentro que mi amigo y yo queremos beber aguardiente y pasar un buen rato, ¿no es así Rafael?-
Rafael había cambiado desde la primera vez que pisó esa casa. Ahora con casi 20 años se afeitaba y se peinaba para atrás. Miraba con una mirada negra que lo acompañaría toda su vida y ya no quedaba del muchacho que había salido huyendo de Quintanilla de Yuso ni una mínima parte. Los recuerdos de su madre se mezclaban con los reproches y a su hermana, que siempre la había protegido tanto, empezaba a verla como un ser inferior y débil.
Al entrar en la taberna Rafael enseguida reconoció a Inés. El tiempo no la había tratado bien. La muchacha, con aspecto descuidado y trazas de haber bebido más de lo que su cuerpo podía aguantar se dejaba tocar por un hombre, que bien podía ser su padre. El brillo de sus ojos se había apagado, el pelo, que tanto le había gustado a Rafael aquella noche, estaba ahora descuidado, recogido con una trenza que parecía no haber sido peinada desde hace dos días. Rafael no perdió su tiempo en contemplarla más y siguiendo a Filigranas y a un par de mujeres se dirigió hacia un comedor interior.
-Me cago en mi negra sombra- golpeó de nuevo.
Todavía no había asimilado su nueva situación. Hacia un mes que Filigranas lo había dejado en Plasencia después de decirle que se iba a tomar un descanso y que tenía que visitar a unos familiares más para allá de Talavera. Que él supiera ni Filigranas descansaba nunca ni tenía familia, pero últimamente habían discutido un par de veces, el muchacho se había atrevido a cuestinarle al camionero un par de entregas y el dinero que le había dado a cambio y el zamorano no lo había encajado bien. De nada sirvieron los intentos de Rafael de convencerle de que lo llevase con él o que lo recogiese a la vuelta. El camionero sin explicar nada más se negó en rotundo y por todo pago le dio a Rafael una bicicleta y una vieja maleta de madera en la que Rafael guardó sus cosas. En último momento Filigranas estrechó la mano de su compañero de viaje y dejo dentro un rollito con unos pocos billetes que Rafael guardó en el bolsillo de su pantalón enseguida. En un principio pensó en seguir al camionero con la bicicleta pero pronto desistió de la idea y sin saber qué hacer empezó a caminar apoyado en la bici y cargando con la maleta hacia Plasencia.
Sin dejar de mirarlo, Inés se fue desabrochando los botones de su vestidito de flores carmesí moviendo su cabeza musitando una cancioncilla que recordaba de su padre, cuando la llevaba en su ravelo, allá en Gaia. —Pela ribeira do rio cantando ia la dona virgo d´amor… Cuando llegó al último botón, se sentó en la cama y ya Rafael no podía separar la vista de aquellos senos que asomaban por el escote del vestido. Inés sonreía. Cogió la mano del muchacho y se la llevó a su pecho. Jamás sus rudas manos se habían posado sobre algo tan suave, tan delicado. Inés sonreía y seguía moviendo lentamente su cabeza. —Meu meninho. Se puso de pie y el vestido resbaló hasta el suelo. Bajo aquellas suaves lunas, toda la noche se refugiaba en el abundante vello de su pubis. No debía de tener más de catorce años y su cuerpo era lo más bello que hubiesen visto los dieciséis de Rafael. Sin embargo, su pierna izquierda estaba toda llena de moratones y hematomas; ciertamente, esa era la razón por la que Inés cojeaba. Rafael se quedó mirando fijamente aquellas heridas, pero la chica tiró de los brazos del muchacho hasta ponerlo de pie. Cuando él fue a abrazarla, ella se echó sobre la cama y arqueó sus piernas. Rafael se arrancó dos botones de su vieja camisa al tratar de desabrocharla y sus dedos fueron torpes al desanudar la cuerda que hacía las veces de cinturón. Fuera no paraban las risas y los cantos. Desnudo ya, se echó sobre la muchacha, pero esta le hizo un gesto para que se pusiera boca arriba. Rafael obedeció. Sin parar de sonreír, Inés se sentó a horcajadas sobre el vientre del chico. Llevó sus manos hasta la cabeza, la inclinó coquetamente hacia atrás y se recogió el pelo con una goma que tenía en una de sus muñecas. Rafael llevó sus manos bruscamente a los pechos de Inés y por un momento desapareció la sonrisa de su boca. —Com lisura, meu meninho, com lisura. Inés se incorporó sobre sus rodillas y, con su mano, buscó bajo sí el miembro de Rafael. Lo alzó y fue bajando poco a poco hasta introducirlo en ella. Rafael abría los ojos, la boca, y, torpemente acariciaba sus senos. A las tres o cuatro acometidas de la muchacha él eyaculó. Inés se echó riendo a su lado y lo besó en la mejilla. —¡Meu meninho, meu pobre meninho! Le dio un abrazo muy fuerte y se levantó de la cama. Cogió su vestido y se lo puso rápidamente. —Eu retorno mais tarde. Descansa. Por la mañana Filigranas no tenía el mismo humor que la noche anterior. No le dijo nada al muchacho, pero sí le sorprendió verlo sentado tan pronto en el camión. —¡Vámonos ya, vámonos ya! —dijo Rafael. Filigranas miró extrañado al chico y arrancó el motor. Cuando se dispuso a meter la primera marcha, vio cómo salían de la casa Nazario y dos hombres más. Nazario era el dueño del burdel, un sucio lisboeta que había llevado todas sus miserias y maldades tierra adentro. Llevaba una barra de hierro en la mano y le dio un fuerte golpe al capó del camión. —¡Me cago en mi negra sombra! ¿Pero qué coño te pasa a ti? —dijo mientras saltaba fuera de la cabina. —Non é Ines, non é Inés. —Y a mí qué coño me… ¡Tú, tú! —gritó mirando a Rafael— ¡Baja ahora mismo del puto camión!
Lentamente, con una cara que a leguas hablaba por él, bajó el muchacho. Sin preguntar primero, Filigranas le dio un puñetazo en el rostro y Rafael cayó al suelo. —¿Dónde está, ovejero? ¿Dónde está la puta? Filigranas fue hasta la parte trasera de su camión seguido de Nazario y levantó la lona que cubría su carga. Allí, entre las cajas de aguardiente, un par de ojos aterrados miraban fuera de sí a Nazario y a su barra de hierro. El camionero subió de un brinco y cogió a la niña de los cabellos hasta levantarla y, acto seguido, la empujó para que cayera del camión. De bruces quedó a los pies de Nazario y de los otros dos hombres que habían corrido junto al lisboeta. —Puta dum raio. Já não você escapar-se-á mais. Y con la barra comenzó a golpear a la niña en las piernas y en los costados una y otra vez sin atender a las voces de su mujer que, desde el umbral de la puerta, le gritaba que la iba a desgraciar, que ya no la iba a querer nadie. Rafael quiso levantarse para socorrerla, pero Filigranas, que estaba atento a la reacción del muchacho, se fue para él y le pateó la cara. Después lo levantó por las axilas y lo empujó contra la puerta del camión. —¡Sube, que esto no es asunto nuestro! ¡Sube de una puta vez!
El camión se alejaba de la casa y por el roto retrovisor vio Rafael cómo Nazario seguía golpeando con la barra a Inés. —¡Yo la quiero! —gritó el muchacho con los ojos llenos de ira mirando a Filigranas. Filigranas estalló en carcajadas. —¿La quieres? ¿La quieres? ¿Serás desgraciado! Mira, puto ovejero, te voy a enseñar algo que no debes olvidar. A las mujeres no se las quiere. Cuanto más las quieras, peor para ti. Son ellas las que deben querer y temer al hombre. Y ¿sabes qué? Cuanto peor las trates, más te querrán. Insúltalas, llámalas perras, putas, podrías…, pégales y verás cómo harán todo lo que un hombre quiera con ellas. Si te pones tierno con ellas, estás perdido. La quieres, la quieres… Pero si sólo te la has follado.
Rafael cogió el pañuelo por miedo a la reacción de Filigranas si no lo hacía, pero no se limpió con él la sangre que le chorreaba de la nariz. Esa patada le había hecho recordar inmediatamente a su padrastro y le entristeció más que lastimarle.
No supo cuánto tiempo pasó hasta que Filigranas le dijo que se sentara ya en el asiento del viejo Lancia.
-Pronto llegaremos—El tono de voz de Filigranas había cambiado.
- ¿Tu habrás tenido alguna novia en ese pueblo tuyo, no?
-No –contestó Rafael.
-Pero,¿ habrás conocido alguna chica, no?
-…puede.
-¿cuántas?
-pues,… había una muchacha, se llamaba Teresa. Era la hija de un hombre de Truchas al que yo le guardaba las borregas.
—pero, os quedábais solos a veces ¿no?
—no.
-Me cago en mi negra sombra. Ya verás como este sitio te va a gustar, pero límpiate la cara si quieres parecer un hombre y no un mocoso.
El viejo Lancia bajaba por una cuesta toda llena de curvas y aunque ya estaba oscureciendo Rafael distinguió a la derecha de la carretera un pequeño río y al final un puente de piedra muy estrecho por el que Filigranas pasó sin apenas reducir. Al pasar el puente un desvío a la derecha llevaba por debajo de unas viñas hacia lo que parecía una casa o una taberna. Al llegar, Filigranas, con una alegría desconocida hasta el momento para Rafael, tocó la bocina dos o tres veces y saltó del camión. Antes de dirigirse a la puerta recogió debajo de la lona del camión un paquete grande que debía de llevar ahí todo el viaje y que se metió bajo el brazo. Por una puerta lateral aparecieron varias mujeres que saludaron a Filigranas muy efusivamente. Él, dejándose querer entregó el paquete a una de ellas, abrió los brazos y se dirigió hacia la casa rodeado como un gallo de corral. Rafael no sabía que hacer. Esperó un rato largo y al ver que el camionero no regresaba bajo del camión pues ya no podía aguantar más las ganas de orinar. Pensó en marcharse, pero al fin, de noche, en otro país, sin entender el idioma y sin dinero, mejor sería esperar a Filigranas y aguantar por lo menos hasta volver a España. En eso estaba pensando cuando vio aparecer a una de las muchachas que antes había salido a recibir a Filigranas. Se había fijado en ella porque parecía muy joven y cojeaba un poco como su hermana Herminia. La muchacha se dirigió a él y le dijo algo que él no comprendió. Como Rafael no se movía la muchacha gesticuló, señalo la boca y lo agarró por un brazo y le dijo ”Filigranas mandoume”. Rafael siguió a la muchacha hacia la casa. Al acercarse pudo oir dentro muchas voces, risas y gritos, parecía que alguien lo estaba pasando bien allí. Ellos entraron por una puerta como de un corral y de ahí pasaron a una bodega en el interior de la casa. Desde allí el sonido de la juerga era aún más claro, sí debía ser una taberna aquel lugar pensó Rafael. Al ir adentrándose en la casa los olores del vino se mezclaban con los de la cocina, los de las cuadras posiblemente cerca y con otros olores nuevos para el muchacho pero que le traían recuerdos de su casa. Desde que se había marchado Rafael no había vuelto a dormir bajo techo y la sensación que estaba teniendo esa noche le resultaba placentera. Era como adentrase en un sueño. Siguió a la muchacha por una escalera de madera que desembocaba en un pasillo en el que había varias puertas. La muchacha abrió una y entró en lo que parecía un cuarto y en verdad lo era, pero no el destino final de Rafael. En el fondo del cuarto había una trampilla en la pared que daba acceso a una especie de desván que estaba construido aprovechando el hueco de la escalera por la que antes habían subido. La muchacha le señaló a Rafael una cama en el fondo y le dijo “ o meu nome é Inés, deseguida volto, non fagas ruido”. Rafael sí entendió el nombre de Inés y lo del ruido pues ella había puesto el dedo delante de la boca y había hecho un gesto que no admitía duda pero no entendió que ella iba a volver. Cuando se cerró la pequeña puerta miró a su alrededor y empezó a curiosear. La cama estaba arrimada estratégicamente a la ventana por la que entraba la luz de la luna que iluminaba apenas el cuarto. Con esta luz Rafael podía hacerse una composición de cómo era el lugar que parecían haberle destinado para esa noche. Al lado de la trampilla de la entrada había unos bultos, como fardos, que supuso muebles viejos de la casa abandonados ahí a la espera de mejor destino. También podía distinguir una hucha grande que posiblemente contuviese ropa a salvo de los pequeños roedores. También había cajas de madera con botellas vacías y otras muchas cosas que Rafael no acertaba a distinguir con seguridad. ¿Habría algo de comida? El muchacho tenía un hambre que ya se estaba volviendo endémica en él. Últimamente se había acostumbrado a esa sensación . Como si los pensamientos tuvieran poderes en ese momento se abrió la puerta del sobrado y apareció Inés con un cesto en la mano. Apoyó el cesto en el suelo y dando un impulso se subió para entrar al cuarto. Con lo mismo separó el canasto y cerró la pequeña puerta y le puso un pasador de madera que tenía por dentro . Debían de ser ya más de las 11 de la noche y la luna apenas iluminaba la habitación. Dentro del cesto Inés traía comida y un candil de carburo. Puso las contras en la ventana, encendió el candil y se sentó al lado de Rafael en la cama. A estas alturas el muchacho ya se había puesto un poco nervioso, le preocupaba no entender el idioma de la joven “pensará que soy tonto” .
Inés sacó lentamente de la cesta un plato y se lo dio a Rafael, también le dio un trozo grande de pan y una botella con lo que parecía vino. Rafael sin poder contenerse destapó el plato y se lanzó a comer aquello que tan bien olía y que resultó ser bacalao con patatas y coliflor. En un momento se lo había acabado y rebañaba el plato con el pan, aprovechando hasta la última gota de la salsa de aceite, ajo y pimentón que tan bien le sabía. Al acabar le dio un trago a la botella y aunque no estaba acostumbrado a beber vino no le disgustó ese sabor a vino de Iglesia y tomó un poco más.
Durante toda esta escena Inés no le había sacado ojo de encima pero no había dicho ni una palabra. Rafael casi había conseguido olvidarse de ella. El muchacho recogió todo y se lo entregó pues pensaba que eso era lo que ella estaba esperando. Inés cogió el cesto y lo dejó a un lado de la cama, se puso de pie y empezó a quitarse la ropa mientras decía: “Filigranas dixome que durma con voce”.
—¿Y cómo dices que se llama tu madre?—le preguntó al muchacho sin apartar los ojos de la estrecha carretera. Lo había mirado mil veces y mil veces más que lo hiciera no le haría reconocer ningún rasgo como suyo.
—Carmela.
—¿Carmela? Carmela, ¿qué?
—Huerga.
—Huerga… Huerga… Tú eres de León, ¿no?
—Sí… De Astorga, señor.
—¿De Astorga? ¡Me cago en mi negra sombra! Tú no tienes ni facha ni habla de maragato —le dijo clavándole sus pequeños ojos de zorro en los de Rafael, mientras reducía una marcha para tomar una curva cerrada. Los pocos años y la falta de arrimo a gentes no le dieron al muchacho para mantener su mentira por más tiempo. Dos balbuceos y el temblor de sus manos dijeron a Filigranas que no contaba la verdad.
—Ya me estás soltando de dónde coño sales tú o te tiro del camión en marcha. ¡Venga, habla!
—Yo… yo… Yo soy pastor de La Cabrera , señor, pero… quiero ir al sur a trabajar a las huertas, como hacen otros. Estoy harto de pasar necesidades, de morirme de frío… y de que los lobos se me coman las ovejas.
—¡Me cago en mi negra sombra! Ya decía yo que olías a ganado.—Filigranas abatió la ventanilla de su viejo Lancia Tetrajota y escupió violentamente para que el aire no se lo devolviera.—Cuando volvamos de Portugal, te echas abajo en la primera parada que hagamos.
—¿Portugal? Yo… Yo no voy a Portugal. En Sanabria dijeron que usted iba a Salamanca.
—¡Disculpe el señor! ¿Quiere que le devuelva el precio del billete? Si no quieres ir a Portugal, ahí tienes la puerta, puto ovejero. Pero no pienses que voy a parar, que no está la vieja para muchos arranques.
—¿Y para qué vamos a Portugal?
—Eso no es cosa tuya —sentenció secamente Filigranas matando la conversación.
A media mañana paró para almorzar a un lado de la carretera pasado Ungilde. Filigranas sacó una navaja de su pantalón y un paquete aceitoso de debajo del asiento. Se apeó del camión sin decir una palabra y buscó asiento bajo un enorme castaño. Desenvolvió el paquete y apareció un buen trozo de cecina y un par de cebollas frescas. Apoyó la cecina sobre su pecho y cortó con la navaja una lasca. Rafael acababa de bajar y se sentó en el suelo frente a Filigranas. Debía estar mirando como la Lucera lo miraba a él mientras se comía aquel corderito. No había comido casi nada desde aquel día. Sólo le quedaba la corteza de aquel trozo de queso que robara en su casa. Viendo que aquel hombre no tenía intención de arrimarle bocado alguno, sacó el trozo de corteza y empezó a comerlo.
—¿No tienes qué comer más que esa mierda? Me estás levantando el estómago.
—Es lo único que me queda.
—¡Me cago en mi negra sombra! —Violentamente cortó otra lasca algo más delgada para el muchacho y se la extendió. —Ve al camión y coge una garrafa de aguardiente que hay bajo el asiento.
Rafael cogió rápidamente la cecina que le ofrecía en la navaja y se la metió en la boca antes de que se arrepintiera. Corriendo fue al camión y cogió la garrafa. Se la llevó a Filigranas, quien tras destaparla, echó un largo trago. Después, eructó sonoramente, se limpió la boca en la manga y pasó la botella al pastor.
—Puedes beber. Que he estado pensando que me vas a venir medio bien en Portugal.
—Yo no voy a Portugal.
—Cállate. Tú te vienes a Portugal, me ayudas a descargar el camión y a volverlo a cargar y yo te dejo después en Salamanca. Si quieres te puedes marchar ahora si lo prefieres, pero quedan muchas jornadas para Salamanca y no creo que esa porquería que comes te dure mucho. Haz lo que quieras, pero llegarás antes a Salamanca conmigo que andando.
Rafael miró avergonzado aquel trozo de corteza que aún tenía en la mano. Le dio tres o cuatro vueltas y acabó aceptando la realidad. Tiró el trozo de queso con furia más allá de la otra cuneta.
—Está bien. Vamos a Portugal.
Filigranas no volvió a abrir la boca más que para maldecir hasta que llegaron a Rihonor de Castilla, una aldea de solemne nombre pero de insignificante realidad, mitad española mitad portuguesa, en un valle perdido y sólo regido por el río Contensa.
—Ahora te tumbas en el suelo, ¿me oyes?, y no levantas la cabeza hasta que yo te lo diga. Si te meneas, te arreo una patada en los hocicos que vas a estar comiendo sopas hasta que te mueras.
Unas pocas casas de piedra y techumbre de pizarras protegían una plazoleta que se iba llenando con las sombras de la tarde y con los pocos aldeanos que recogían aquellas viviendas. Las mujeres, a las puertas de las casas o asomadas al balcón, recogidas ya las vacas en los establos, ven cómo sus hombres van en busca de Mariano, uno de los dos mayordomos o regidores de la aldea. Filigranas detuvo su viejo camión junto al horno comunal y preguntó a un hombre que calentaba la espalda en su pared.
—¿Y qué pasa hoy que no estáis trabajando?
—Hoy tenemos que nombrar a los nuevos mayordomos, Filigranas. El Mariano y el Dionís finen su vez.
Filigranas vio cómo aquel puñado de rihonoreses se acercaba a Mariano, le susurraban algo al oído y después éste hacía con su navaja un corte a la vara de álamo que llevaba en la mano. Cuando todos los hombres hubieron comunicado su parecer, Dionís toma la vara que le extiende Mariano y cuenta los cortes que hay en cada una de las diez secciones que representaban las casas.
—Los nuevos mayordomos son Francisco y Joao—gritó Dionís. Gira su cabeza para ver si alguno de los presentes tiene objeciones al resultado y arroja la vara al suelo. Nadie se adelanta a recoger la vara: todo es derecho y a razón.
—Pues te ha tocado, Joao —dijo Filigranas extendiendo un cigarrillo ya liado al hombre que seguía apoyado en el horno.
—Eso parece. Y hay faena este año en el prado. ¿Quieres un poco de aguardiente?
—No, gracias. Quiero llegar a Bragança antes de que se me eche la noche encima. Si paro la vieja ya no me arranca hasta mañana, la muy perezosa. ¿Cómo van las cosas por aquí?
—Pues… ¿cómo han de ir? —dijo con el cigarrillo entre los dientes mientras buscaba el yesquero palpándose los bolsillos del pantalón y de la sucia camisa. —Como siempre, Filigranas, como siempre. Ya sabes que Rihonor tiene la mejor tierra del mundo, —hizo una pausa para encender el cigarro —pero nos ha tocado el peor cielo. Este año nos pegaron fuerte las jodidas heladas. Los graneros están casi vacíos.
—¡Vaya, hombre! Dime, Joao, ¿hay alguien en el puesto?
—¿En el puesto? No creo. El carabinero estará en su casa borracho o dormido. No lo he visto en el puente desde la mañana.
—Venga, me voy, gracias, que se me hace tarde. Que paran bien las vacas.
—Eso espero, Filigranas, eso espero. Si no, malo.
El viejo Lancia enfiló con torpeza el puente de piedra que salvaba el río y Filigranas no perdía ojo de la caseta que al otro extremo lo esperaba. Llegando a ella, Rafael levantó un poco la cabeza, creyendo que el peligro ya había pasado. Filigranas no tuvo tiempo de empujarlo, sólo de mascullar su me cago en mi negra sombra acostumbrado, cuando del interior salía el carabinero dando camballadas, intentando ponerse la gorra que le daba autoridad en el paso.
—Pare, pare. Quem vai com você lá?
—Boa tarde, carabinero. No llevo a nadie.
— Há alguém, há alguém…
—Que no, de verdad. Sólo llevo un poco de aguardiente para vender en Bragança. —La rapidez de reflejos del zorro transformó la dureza de la cara del carabinero, de repente, en estulticia.
—¿Conhaque?
—Sí, eso, conhaque, conhaque. ¿Le gusta el conhaque, agente? Tome, tome una garrafa para usted.
El carabinero rajó su cara con una sonrisa de oreja a oreja y tropezó al bajar los dos escalones de la casa, cayendo estúpidamente por el suelo. Torpemente se levantó y extendió con una cara boba y babosa sus dos manos para recibir la garrafa de aguardiente que le sacaba Filigranas por la ventanilla.
—Debo irme antes de que anochezca, agente—pero ya el carabinero no le prestaba la menor atención, afanado como estaba en morder el corcho que cerraba la garrafa. Metió la primera y echó a andar la reumática camioneta por el camino, que no carretera, a Bragança.
—¡Serás desgraciado!—dijo Filigranas al tiempo que pateaba la cara del muchacho. —No te dije que no asomarás tu puta cara de oveja hasta que te avisara. ¡Me cago en mi negra sombra! Tenía que haberte echado a bajo en Ungilde.
El muchacho, con la cara bañada en sangre y lágrimas, le miró con miedo. Filigranas se sacó del pantalón un arrugado y mugriento pañuelo que alguna vez fue blanco y se lo arrojó a la cara.
A las tres horas de camino, Rafael ya había pasado por la cabeza toda su corta vida. Sus primeros recuerdos ya tenían al frío como protagonista; recuerda como se abrazaba a su padre y como su padre lo apretaba fuerte contra su pecho y le protegía la cara del viento con su chaqueta a la vez que entonaba una cancioncilla repetitiva que muchas veces había intentado recordar pero no había podido. Su padre había muerto joven y, en cierto modo, Rafael sentía que lo había abandonado. Ahora, emprendiendo su nueva vida, más que nunca le hubiera gustado que estuviese a su lado.
Recuerda también como su madre le apretaba fuerte la mano y tiraba de él para obligarle a caminar detrás del carro que llevaba la caja dónde iba su padre. Muchas mujeres de negro y con pañuelos en la cabeza habían llenado su casa la noche anterior. No paraban de rezar y en la oscuridad del cuarto las luces de las velas fabricaban sombras que danzaban al son de las plegarias de las mujeres. En medio de todo, la desesperación de su madre se hacía patente en un ay lastimero, que dejaba escapar a cada poco. Él, acurrucado cerca del fuego no se atrevía ni a respirar. Recuerda aquella noche larga, sin fin, y un despertar de hambre y frío. Un despertar a otra vida en la que su padre siempre protector ya no estaba, lo había dejado solo.
Cuando su padre cayó enfermo él le preguntaba a cada rato:
--¿padre cuándo se va a poner bueno?
-- pronto Rafael, esto no es nada, un poco de sebo de cordero caliente en el pecho y a sudar la camiseta. Esto me hace fuerte chaval. Esto no es nada.
Pero se murió.
La madre de Rafael era buena persona pero no tan cariñosa como su marido. Una vez volviendo de misa lo cogió en brazos para pasar un arroyo y él se abrazó fuerte como solía hacer con su padre.
-¡afloja Rafael que me vas a ahogar!, le dijo.
Llegando a las primeras casas se cruzaron con un vecino que al verlos, le gritó “Carmela no lleves el zagal en brazos que se te va a aniñar y tu lo que necesitas es un hombre en casa no una señorita”. Su madre le soltó rápidamente y masculló una disculpa explicando que si el río, que los zuecos,…Ya no recuerda Rafael que su madre volviera a cogerlo nunca más en brazos.
También recuerda Rafael a sus hermanos. Aunque siempre había habido mucha distancia entre ellos, le duele pensar que quizás no vuelva a verlos, sobre todo a su hermanita Herminia. La niña es para Rafael como una muñequita frágil. Tenía desde pequeña un defecto en una pierna que le obligaba a cojear y el animal de su padre siempre la había ridiculizado por eso. Menos mal que se había ido pronto y para siempre.
Su hermano León, sin embargo, tenía algo de su padrastro que a él no le gustaba. Nunca se habían llevado muy bien. Rafael recuerda cómo cuando faltaba a las clases de D. Anselmo su hermano enseguida se encargaba de delatarlo a su madre y al maestro…
Con estos y otros pensamientos caminaba Rafael intentando no topar con nadie para no tener que responder a las temidas preguntas “¿tu de quién eres?, ¿para dónde vas’…”
En dos días se plantó en Sanabria . Apenas había comido ni descansado y, aunque él se sentía casi un hombre, no dejaba de ser un niño que casi no había salido de su montaña y el rebullir del pueblo lo embobó en poco tiempo. Caminando sin rumbo fue a dar a un rincón de la plaza y allí se quedó mirando el ir y venir de las gentes, las compras en el mercado, los arreglos en una herrería cercana, los vendedores ambulantes ofreciendo su mercancía, los niños corriendo, la fuente de tres caños,…hacia allí se dirigió Rafael y allí también se enteró de que dentro de tres días salía para Salamanca un hombre pequeñito al que todos conocían por “filigranas” y que por lo que pudo deducir Rafael tenía un camión y daba portes por la zona.
“Tengo tres días para intentar convencerlo de que me lleve con él”, pensó.
“Filigranas” era un personaje en Sanabria, se dedicaba a dar portes y a otras muchas cosas. Siempre se le veía manchado de grasa porque su camión estaba constantemente con averías, cosa que a él no parecía incomodarle mucho. Transportaba todo tipo de mercancías “no vivas” como especificaba entre risas, “ni gente, ni plumas” y contaba como no le gustaba llevar nada vivo “ni siquiera un gallo”. La experiencia le había enseñado que lo mejor era viajar con objetos, que no podían quejarse, ni marearse, ni hablar…Tenía muchas anécdotas que iba contando a su manera, poniendo o quitando según la naturaleza del auditorio. Así el transportista se había ganado una fama de hombre solitario de la que Rafael se fue enterando poco a poco. También se enteró Rafael de que a Filigranas le gustaban mucho las mujeres y por lo que parecía, a las mujeres no les disgustaba él. Según decían tenía muchas amigas a las que visitaba en sus viajes y por eso, a pesar de haber hecho la misma ruta muchas veces, nunca sabía cuánto duraría el viaje. Todo dependía de la cantidad y calidad de las paradas. Con toda esta información reunida y, con el no en el bolsillo, esperó muy temprano Rafael a “filigranas” al lado del camión la mañana de la marcha. Cuando el camionero lo vio le dijo,
- ¿se puede saber de dónde coño te has escapado tú?, llevas tres días siguiéndome, preguntando cosas de mí y, que yo sepa, hijos no he dejado yo en ninguna parte.
Rafael recogió la pedrada con la pillería que da el hambre y espetó,
- “a mi otra cosa me dijo mi madre”.
Filigranas mantuvo un silencio grande y al rato le preguntó a Rafael,
-¿Cuántos días hace que no has comido caliente?
-varios, respondió Rafael.
-¿y qué no te mudas la ropa?
-Unos pocos.
-Coge vereda abajo hasta la fuente de tres caños, una vez allí métete por los sembrados y camina paralelo al camino sin que te vea nadie hasta la carretera y en la segunda curva después del puente te recogeré yo en quince minutos. Allí tengo que reducir para enfilar la cuesta, no pararé el camión, si no estás allí no te vienes. Ya me contarás tú a mí eso que dices de tu madre.
Claro que estuvo Rafael en el sitio y no en quince minutos sino en menos. Agazapado en la cuneta todavía le palpitaba el corazón cuando vio aproximarse a lo lejos al camionero. Al pasar junto a él Rafael se subió de un brinco a la cabina de madera del viejo camión azul que le saludó con un resoplido. En silencio recorrió Rafael sus primeros kilómetros junto a “filigranas”. Los primeros, que no los últimos.