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LA INQUISICION
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edgard chavez
 
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  LA INQUISICION 23/Febrero/2007 - 13:03

La Inquisición

El 5 de agosto de 1234, una anciana y acaudalada señora de Tolosa dijo en su

lecho de muerte que quería tener un buen final.1

Sus sirvientes corrieron escaleras abajo hasta la calle. Tenían que encontrar

un perfecto, oculto en algún sótano o buhardilla de la ciudad. Con suerte, acaso

el venerado Guilhabert de Castres, el obispo cátaro de Tolosa, habría bajado

desde la seguridad de Montségur a hacer una discreta visita a algún creyente.

Los criados hicieron cautas indagaciones en las casas de los que compartían en

silencio la fe de su señora. Regresaron a tiempo con lo que habían estado

buscando: un perfecto que administró el consolamentum a la enferma y acto

seguido se marchó tan furtivamente como había llegado.

Un miembro de la casa no regresó. Se había apresurado a través de la ciudad

hasta el monasterio dominico y entrado en su capilla. Recorrió el deambulatorio

y llamó a la puerta de la sacristía.

Guillaume Pelhisson, inquisidor dominico cuyas memorias del Languedoc

inmediatamente después de acabar la cruzada de los albigenses nos ofrecen un

retrato vivo de las alteradas circunstancias de la vida en Tolosa, seguramente

ese día se hallaba en la sacristía. Con Pelhisson y sus compañeros frailes estaba

Raymond du Fauga, obispo de Tolosa, también dominico. Éste se estaba

cambiando las vestiduras con las que había acabado de decir misa en honor del

recién canonizado Domingo. El 5 de agosto de 1234 fue la primera vez que se

celebró la festividad del santo.

Raymond, Guillaume y los otros frailes de la sacristía escucharon el relato del

visitante: una creyente cátara, en el delirio de la agonía, yacía en su cama sólo a

unas cuantas puertas de la catedral. El obispo envió a un criado en busca del

prior de los dominicos, que estaría tomando su comida de mediodía. El obispo

Raymond siempre había sido propenso a los gestos grandiosos; su acto

inaugural al suceder al fallecido Fulko en 1232 había consistido en intimidar a

Raimundo VII de Tolosa para que persiguiera y ejecutara a noventa perfectos en

1 Esta historia la cuenta Guillaume Pelhisson en su Chronica, traducida al inglés por Walter L. Wakefield

como The Chronicle of William Pelhisson en Heresy, Crusade and Inquisition in Southern Frunce, 1100-

1250 (pp. 207-236).

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la montaña Negra. Cabía la posibilidad de representar un espectáculo igual de

instructivo para el populacho de Tolosa.

Según Pelhisson, el sirviente traidor condujo al obispo, al prior y a los otros

dominicos a la casa de la mujer. Subieron las estrechas escaleras y entraron en

su dormitorio. Al ver llegar a los frailes, sus parientes se retiraron tras las

sombras. Hacía tiempo que los integrantes de la familia política de la

moribunda, los Borsier, eran sospechosos de herejía. Uno de ellos susurró un

aviso dirigido al lecho de la mujer: había llegado el «señor obispo».

Al parecer, ella no entendió bien, pues se dirigió a Raymond du Fauga, el

obispo católico, como si fuera Guilhabert de Castres, el cátaro perfecto.

El obispo Raymond no la sacó de su error. En lugar de ello, fingió ser el

hombre sagrado cátaro para que la mujer se condenara aún más. Mientras los

demás presentes miraban, Raymond la interrogó con todo detalle, obteniendo

de ella una plena confesión de su fe herética. El hombre se quedó de pie frente a

la cama y, según Pelhisson, exhortó a la moribunda a permanecer fiel a sus

creencias. «El miedo a la muerte no debe haceros confesar nada distinto de

aquello en que creéis firmemente y de corazón», le advirtió el obispo con fingida

preocupación por su alma. Cuando la mujer asintió, él reveló su verdadera

identidad y la declaró hereje impenitente que debía ser ejecutada de inmediato.

Dado que estaba demasiado débil para moverse por su propio pie, ataron a la

mujer a la cama, que después bajaron por la escalera a la calle. Raymond

encabezó la curiosa procesión frente a su catedral y hasta un campo que había

detrás de las puertas de la ciudad. A la espera de su llegada, se había encendido

una hoguera. La noticia del espectáculo se difundió por todo Tolosa. Se juntó

una gran multitud que vio, boquiabierta, cómo una mujer apenas consciente, a

unas horas de fallecer de muerte natural, era arrojada a las llamas.

«Una vez hecho esto —señaló el testigo dominico—, el obispo, junto con los

monjes y sus sirvientes, regresaron al refectorio y, tras dar gracias al Señor y

santo Domingo, dieron buena cuenta de la comida con talante animoso.»

El pontificado de Gregorio IX, iniciado en 1227, marcó una enardecida nueva

salida en la carrera por acallar a los disidentes. Empezó a ganar terreno la idea

de un tribunal permanente papal, no episcopal, para la herejía. Antes de la

ascensión de Gregorio al poder de Roma, el cometido de descubrir

librepensadores correspondía a los obispos. Durante los cincuenta años

precedentes, sucesivos papas habían exhortado una y otra vez a sus virreyes a

que detuvieran y juzgaran herejes en tribunales especiales. Tras la declaración

de culpabilidad, el condenado, tal como expresaba un eufemismo clerical, «se

relajaría en el brazo secular», es decir, sería entregado a la nobleza local para su

pronta incineración. El único problema que había con estos tribunales

diocesanos era su carácter excepcional. La mayoría de los obispos carecían del

vigor intelectual, y acaso del ánimo, para emprender una matanza

ininterrumpida de las ovejas descarriadas de su rebaño. Pese a la importante

elaboración de doctrina que se llevó a cabo en Letrán en 1215, muchos obispos

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aún no estaban muy seguros de lo que constituía exactamente herejía; otros

transigían o eran complacientes debido a los lazos de parentesco con las

familias más destacadas de su diócesis, y otros, simplemente, eran corruptos.

En el sermón de apertura del cuarto Concilio de Letrán Inocencio había

expresado sus frustraciones: «Sucede a menudo que los obispos, debido a sus

múltiples preocupaciones, placeres de la carne o inclinaciones belicosas, así

como por otras causas, en especial la pobreza de su formación espiritual y la

falta de celo pastoral, son incapaces de proclamar la palabra de Dios y de dominar

a su gente.»22 No habría vigilancia efectiva de las almas mientras se

encargaran de ello los obispos.

Al igual que su fallecido pariente Inocencio, Gregorio IX quería resultados a

una escala continental. Se concedió un amplio poder judicial a los legados

papales especiales, a quienes se envió por toda Europa para reprimir la herejía.

Por desgracia, algunos de los hombres elegidos para esas funciones pronto

demostraron ser enfermos sociales con exceso de celo. Robert le Bougre, el

Sodomita (epíteto que sugiere que era un converso del catarismo), sembró el

terror en el hasta entonces pacífico norte de Francia. En Renania, se encargó la

tarea al siniestro Conrado de Marburgo.3 Al parecer, allá donde iba Conrado

permanecían ocultas multitudes de insospechados herejes: en iglesias y

castillos, pueblos y feudos, conventos y ciudades. Cientos, acaso miles, fueron

enviados a la hoguera, a menudo el mismo día en que habían sido acusados.

Como si desempeñara conscientemente el papel de loco malvado, Conrado

cabalgó a lomos de su mula por Renania con un séquito de dos personas: un

austero fanático llamado Dorso, y un laico manco y tuerto de nombre Juan. El

aspecto del feroz trío realzaba aún más el espanto que provocaban. El 30 de

julio de 1233, un exasperado fraile franciscano los interceptó y dio muerte a

Conrado de Marburgo. En vez de provocar una cruzada, como había sucedido

con Pierre de Castelnau en 1208, ese asesinato de un hombre del Papa sólo

originó una hipócrita carta de Gregorio a los arzobispos de Trier y Colonia

sobre los excesos de su enviado especial: «Nos preguntamos por qué habéis

permitido que procedimientos legales de esta inaudita naturaleza se hayan

producido tanto tiempo entre vosotros sin ponernos al corriente de los mismos.

Es nuestro deseo que estas cosas dejen de tolerarse y declaramos estos procesos

nulos y sin valor. No podemos permitir el sufrimiento que habéis descrito.»4

2 Se cita el severo sermón de Inocencio en The Medieval World [El mundo medieval (Europa 1100-

1350)] de Friedrich Heer (p. 220). Heer también halla un pasaje en De contemptu mundi de Inocencio,

escrito antes de ser Papa, en el que se queja de los obispos que «por la noche abrazan a Venus y a la

mañana siguiente honran a la Virgen María».

3 Entre los historiadores parece haber consenso sobre el hecho de que Conrado era un peligroso ser

antisocial que arrojó a la hoguera a muchos inocentes. Heer, historiador de lengua alemana que escribió

en la década de los cincuenta, hace una comparación implícita entre Conrado y Hitler. Las pruebas contra

Robert le Bougre, instigador de una enorme hoguera en Mont Aimé, en la Champaña, son algo más

ambiguas. Como señala Malcolm Lambert en The Cathars [La otra historia de los cátaros], «la

exculpación de Robert como inquisidor arbitrario e intencionado no está aún justificada: un veredicto de

no probado es lo que mejor se ajusta a las pruebas existentes» (p. 125).

4 La poco sincera carta del papa Gregorio aparece citada en Heer, The Medieval World [El mundo

medieval (Europa 1100-1350)} (p. 217).

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En el Languedoc, donde había efectivamente cientos de herejes, Gregorio

demostró tener menos escrúpulos. El y el cardenal Romano habían tenido

mucho esmero en proveer a los palacios episcopales del sur de prelados

despiadados como el obispo Raymond du Fauga. Quien delatara a un hereje

recibiría una recompensa que haría efectiva la ya exigua tesorería del conde

Raimundo. Las propiedades confiscadas se dividían entre el informador, la

Iglesia y la corona. El señuelo del dinero manchado de sangre pudo haber

inducido a los criados de la moribunda de Tolosa a entregar a su señora al que

fue su desdichado final.

No obstante, para terminar el trabajo iniciado por la cruzada, la Iglesia no

podía contar sólo con la vileza espontánea de la naturaleza humana. Gregorio

no esperaba que un goteo de traiciones se transformara en un torrente. Sólo

imaginaba una administración bien organizada responsable únicamente ante el

Papa y rigurosa en la ejecución de sus misiones investigadoras. Para ello se

precisaban hombres de una probidad y una devoción irreprochables. Una

generación antes, Inocencio había dirigido su atención al Languedoc y recurrido

a los cistercienses. Su sobrino, considerando que los monjes de Cíteaux eran una

fuerza debilitada, pensó en los dominicos. Los hombres de Inocencio fueron a

debatir y a convertir; los de Gregorio, a perseguir y castigar. En la primavera de

1233, se nombraron inquisidores papales en Tolosa, Albi y Carcasona. Tendrían

sucesores en distintas partes de Europa y Latinoamérica durante más de

seiscientos años.

Se preguntará al acusado si en algún lugar ha visto o conocido a uno o

más herejes, sabiendo o creyendo que eran tales por su nombre o reputación:

dónde los ha visto, cuántas veces, con quién y cuándo [...] si ha tenido algún

trato familiar con ellos, cuándo y cómo, y quién los presentó [...] si ha

recibido en su propia casa a uno o más herejes y, en ese caso, quiénes y qué

eran; quién los llevó allí; cuántas veces se quedaron en casa del acusado; qué

visitas recibieron; con quién se marcharon, y dónde fueron [...] si hizo

adoración ante ellos, o vio que otras personas los adoraran o les hicieran

reverencia al modo hereje [...] si les dio la bienvenida, o vio que alguna otra

persona lo hiciera, a la manera de los herejes [...] si estuvo presente en la

iniciación de alguno de ellos y, en ese caso, cuál fue la forma de iniciación;

cuál era el nombre del hereje o los herejes; quién estaba presente en la

ceremonia y dónde estaba la casa en que yacía la persona enferma [...] si la

persona iniciada hizo algún legado a los herejes, en cuyo caso qué y cuánto, y

quién redactó el documento; si se hizo adoración ante el hereje que realizó la

iniciación; si la persona sucumbió a su enfermedad y, en ese caso, dónde la

enterraron; quién llevó allá al hereje o los herejes y quién los acompañó al

salir.5

5 De Practica Inquisitionis, de Bernard Gui, citado en Massacre at Montségur, de Zoé Oldenbourg (pp.

307-308).

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El anterior extracto, entresacado de un interrogatorio mucho más extenso, da

fe de la paralizante minuciosidad de la Inquisición, constituida expresamente

para destruir a los cátaros. A continuación se citó a cientos, miles de personas

para que testificaran ante los inquisidores y sus escribanos. Las preguntas eran

reiterativas, concebidas para crear en la persona interrogada dudas sobre qué

sabía exactamente el inquisidor y quién se lo había contado. A una persona

sospechosa de simpatizar con los cátaros no siempre se le informaba de las

acusaciones que pendían sobre su cabeza; si se le avisaba del peligro, no tenia

derecho a saber quiénes eran sus acusadores, y si osaba buscar ayuda legal

exterior, también se acusaba a su desafortunado abogado de ser cómplice de

herejía. Fuera cual fuese el veredicto del inquisidor —que ejercía las funciones

de fiscal, juez y jurado—, no cabía recurso alguno. Además, antes de que se

dictara la sentencia, se podía prolongar indefinidamente, sin explicaciones, la

detención de cualquier persona para seguir interrogándola. No era tanto un

sistema judicial como una máquina de crear inquietud.

El inquisitor hereticae pravitatis (inquisidor de depravación herética) rompió

los lazos de confianza que mantenían unida la sociedad civil. Informar sobre el

vecino de uno llegó a ser no sólo un deber sino también una estrategia de

supervivencia. Durante cien años, desde 1233, el inquisidor fue un elemento

espantoso de la vida en el Languedoc, y su llegada a ciudades y pueblos, la

ocasión para contemplar exhibiciones degradantes de hundimiento moral. En

teoría no se podía castigar a nadie si no hablaba; el inquisidor no podía actuar si

no mediaba una denuncia. En la práctica, ninguna comunidad, en especial las

ciudades medievales tiranizadas por rivalidades, poseía la necesaria cohesión

sin fisuras para combatir el poder de un tribunal sigiloso.

El inquisidor llegaba a la ciudad y consultaba a los clérigos. Se requería a

todos los hombres de más de catorce años y a las mujeres de más de doce que

hicieran profesión de fe ortodoxa; los que no lo hacían eran los primeros en ser

interrogados. En su sermón inaugural, el inquisidor invitaba a las personas de

la zona a pensar bien en sus actividades pasadas y presentes y a que se

presentaran a la semana siguiente para hacer declaraciones confidenciales. Tras

su período de gracia de siete días, los pecadores que no se hubieran denunciado

a sí mismos recibirían una citación judicial. Los renuentes corrían peligro de

recibir un castigo severo, desde la pérdida de propiedades hasta la pérdida de

la vida. Aparte del crimen de ser un perfecto, merecedor de la pena capital,

entre los delitos se incluían dar cobijo a los perfectos, «adorarlos» (realizar el

saludo del melioramentum) o, simplemente, no denunciar a la Iglesia casos de

herejía. Las pruebas de verdadera abjuración del error se hallaban en el número

de personas a las que los pecadores arrepentidos estaban dispuestos a

traicionar. La Inquisición quería nombres... elaborar un inventario de la red del

catarismo que había sobrevivido a la cruzada.

Naturalmente, los poco escrupulosos comparecieron enseguida para

informar contra sus enemigos personales, tanto si eran crecientes como si no lo

eran. Esta lista inicial al menos le sirvió al inquisidor como base para crear un

clima de miedo. Después se citaba a los denunciados, que a veces eran

154

encarcelados y siempre intimidados para que dieran más nombres. La

investigación se ampliaba, se detenía a cátaros y católicos por igual... y sólo el

inquisidor sabía qué acusaciones habían sido corroboradas. Para condenar a un

individuo que negara cualquier relación con la herejía el inquisidor precisaba el

testimonio de al menos dos testigos.

A menudo la gente se abandonaba a la merced del tribunal admitiendo

transgresiones de poca importancia —por ejemplo, haber dado un trozo de pan

a un perfecto— en un pasado lejano, con la esperanza de que acciones herejes

más recientes quedarían así en cierto modo disimuladas. Cuando se les

presionaba, como de costumbre, para que dieran nombres, los astutos crecientes

recitaban una larga lista de fallecidos, con lo que cumplían con su obligación de

señalar a tantas personas como fuera posible al tiempo que salvaban a los vivos

del castigo.

Los inquisidores tenían una respuesta a esa táctica. Desenterraban y

quemaban a los muertos. Ante la estupefacción de familiares y amigos, los

cementerios quedaron patas arriba, y se acarrearon cadáveres en

descomposición por las calles mientras los sacerdotes gritaban: «Qui aytal fara,

aytal pendra» (El que haga lo mismo sufrirá el mismo destino).6 Esas hogueras

macabras eran sólo el principio. Si el cadáver en llamas era muy conocido por

haber albergado a un perfecto, destruían su casa, con independencia de quién

estuviera ocupándola. Según fuera la gravedad de la sentencia post mortem, el

inquisidor desheredaba a algunos descendientes del condenado y les

embargaba sus propiedades y castillos para financiar las investigaciones. A

otros los encarcelaban, los obligaban a que se cosieran grandes cruces amarillas

en la ropa como signo de su infamia familiar o les imponían duras penitencias.

Y algunos hablaban, pese a estar todavía afligidos por las indignidades cometidas

en los cuerpos y almas de sus parientes difuntos. Los archivos de la

Inquisición empezaron a llenarse de nombres de vivos.

Se odiaba a los dominicos. En Albi, casi mataron a palos al inquisidor

Amoldo Catalán cuando se puso a desenterrar cadáveres. Los hombres armados

del obispo tuvieron que intervenir para impedir que los ciudadanos lo

arrojaran, inconsciente, al río Tarn. En la cercana Cordes, población fortificada

fundada por Raimundo VII en 1222, los enfurecidos aldeanos mataron a dos

agentes del inquisidor tirándolos a un pozo. En Moissac, un centro de

peregrinación junto al Garona donde los inquisidores Pierre Seila y Guillaume

Arnold lograron quemar en la hoguera a doscientas diez personas vivas, monjes

cistercienses compasivos ocultaron a algunos herejes. Aunque esos tribunales

papales se atenían a las costumbres legales inmisericordes de la época, eran

considerados algo nuevo y malévolo, algo cuya finalidad era transformar un

agotado Languedoc en una tierra de renegados y colaboracionistas. Nadie

estaba seguro a menos que hiciera daño a sus vecinos.


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