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CAPÍTULO SEGUNDO
Sam se quedó con la duda en cuanto a lo dicho por el viejo. No obstante, no podía hallar la entrada a ese sitio escondido de su memoria. De ser cierto lo de la situación de todos ellos, debía considerarse reiterado dicho fenómeno en los difuntos… De cara a esto y a todas las situaciones absurdas ¿qué podían hacer?, si estaban bajo el dominio de otras entidades cuya antigüedad en estos lugares los había hecho merecedores de semejantes cargos, llegando inclusive al punto de haber príncipes, reyes, capitanes y quién sabe cuántos más de estos personajes con títulos, todos de naturaleza extraña, se decía Sam frente a lo incomprensible.
Se apartó de Duncan con la intención de irse a hablar con otro. Este debía sacarlo de esta duda. Iban en fila india, subiendo por la ladera de una loma. Las jaulas las llevaban otros; se había dado el relevo una hora antes. El anciano iba dormido, y se creyó que podría estar enfermo. Al celícola se le escuchó algo relacionado con su cansancio, deseaba una salida de este guacal a efectos de mover las alas un rato. Por parte de algunos se creyó en un escape tramado por ellos, y los hombres habían avanzado mucho para cambiar de idea, pues la fuga de los celícolas les representaba pérdidas… Buscando no correr riesgos Amílcar propuso cortarle las plumas timoneras y les permitieran salir, siempre y cuando le amarraran una cuerda por el talle o por una pata. Sobre esta invitación no hubo acuerdo. Ya encontrarían otra salida.
Llegaron a la orilla del río cuando el sol estaba en lo alto; acordaron descansar por lo menos un par de horas, pensando en conseguir algo de comida por los alrededores o intentar coger algunos peces. “No debe ser difícil encontrar alimento por aquí cerca; he observado algunos micos y muchos cotorros”, dijo el Negro. Terminado de acomodar las jaulas, vieron aparecer un par de puercos salvajes gruñendo y olfateando como si tuvieran cerca la comida; pese a ser salvajes no atacaron al verlos; se mostraron recelosos. En un accionar nada comprensible después de voltearlo al derecho y al revés con el fin de encontrarse con el punto de lo evidente, Luis apareció detrás de un árbol mostrando una predisposición de combate a la ofensiva y de mucha vehemencia; por unos segundos se lo imaginaron destrozándolos a todos con el machete supuestamente contagiado del furor. Con solamente cortar el aire un par de veces, el arma cercenó las cabezas de los puercos. Su acción fue rápida, sin dar tiempo a los hombres a idearse una manera de ponerse a salvo en los segundos del embate; gritaron después; corrieron en busca de superar la parálisis. Todos le mentaron la madre a Luis, después lo felicitaron. Dónde había aprendido eso, le decían, y les contestaba que ellos no tenían ni idea de la clase de vida llevada por él en su tierra en esa época, una vez se iniciaron las matanzas por defender los colores políticos; a cuántos no les voló la cabeza como se las cercenó a estos puercos, y si dejó de hacerlo no fue por haber llegado la paz a su comarca; fue en razón de haber visto en varias oportunidades a los políticos de ambas pandillas o grupos conversando jocosamente en las reuniones programadas a escondidas de sus seguidores, les decía. Con todo, no fue por eso; simplemente en cierta ocasión descubrió a dos de estos enemigos políticos besándose en la boca y declarándose un amor eterno; en ese instante pudo, y después de muchos intentos en otras oportunidades, volar dos cabezas de un solo machetazo. No se lo iban a creer, les dijo, mirándolos seriamente mientras le arrancaba las vísceras a los dos animales; nadie se lo había creído, repitió, eso del rodar por el piso el par de cabezas pegadas de las bocas. Al ordenarles que armar un fogón donde calentar el agua para pelar estos puercos, Sam optó retirarse de allí, necesitaba continuar leyendo el Diario que encontró en la cueva del árbol.
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