De todas las fronteras que he cruzado en mi vida la de ayer ha sido la más curiosa. Si para cruzar la frontera turca necesitas un manual de instrucciones, la georgiana te hace empequeñecer ante la ociosidad humana. Fuimos los monos de feria durante el rato que nos costó pasar por un hangar destartalado. Es la sección de customs (por supuesto sin ningún indicativo de que lo fuera).Para llegar a él nos tuvieron que indicar por donde seguir el periplo desde el garito de control de los pasaportes. Una vez allí tuvimos que pagar una insurance para el coche y las puertas de la furgo estuvieron abiertas durante un buen rato ante la perplejidad de unos 7aduaneros sin saber qué hacer ni adonde mirar ante todos nuestros bártulos. Simplemente miraron desde fuera sin entender el significado de nuestras pertenencias. No pidieron que les abriéramos cajones o armarios. Ante el semicírculo de funcionarios pasmados daban ganas de dedicarles una conferencia sobre las bellezas de viajar libremente por las geografías. Desistimos del intento porque no sabemos aún ni una palabra de georgiano y de los presentes tan solo el cambista de divisas sabía algo de inglés. Una vez fue satisfecha su curiosidad pasé al despachito de tamaño de casita de muñecas del encargado de la seguridad del tráfico de coches de extranjeros por el país y pagar 27ytl compré en el cuarto de al lado unos cuantos laris, ya que en principio no deseamos usar la tarjeta de crédito en este país como medida cautelar. Tras toda la operación y siendo los únicos transeúntes del momento tuvimos que preguntar por dónde salíamos de aquella explanada horrenda que mas se parece a unas instalaciones abandonadas que no a una frontera política. A unos cien metros del hangar, antes el control de personas en el garito fue más simpático. Los españoles no necesitamos visa para entrar al país y los encargados de la diligencia de apuntar datos fueron amables. La separación de barreras con Turquía es de película de vaqueros.
A la salida de tal desbaratado establecimiento hay dos pistas: una asfaltada y otra de tierra bacheada. Elegimos, por supuesto, la asfaltada (fe de ilusos no nos falta) creyendo que era la principal para entrar al país. Nos condujo a un lugar próximo sin salida con unas instalaciones con tuberías, tal vez de gas, y a un helipuerto lugar donde dimos la vuelta para retomar, operación sometida a la mirada de un guardián de la instalación que pensó lo burros que éramos. Volvimos al camino correcto: la vía de baches, un montón de kms hasta Vale Nunca he visto una carretera tan atrotinada como esta. Luego comprobaríamos que hay muchas carreteras en el país que no están asfaltadas.
Antes de cruzar una frontera por entrar por primera vez a un país me acompaña una cierta inquietud. Soporto mal las diligencias, los controles, la escena de tipos ociosos, superlentos y panzudos a los que no se puede dar ningún valor salvo el anecdótico de estar ahí matando el rato. Al primero que ves de un país lo mismo que de un edificio –si lo tiene- es su portero. Su facha es la representación del mandamás del territorio. No te puedes dejar influenciar por esta primera impresión porque luego te puede acompañar las primeras horas ya dentro del país y condicionarte para tener una disposición abierta al contacto humano. En realidad la gente de un país no suele tener nada que ver con sus policías de aduanas y sus policías en general, tampoco con el estado y el gobierno que les toca soportar. Aceptado este presupuesto el cruce de fronteras hay que tomárselo con filosofía de transitante. El viajero es siempre un transeúnte aunque pare temporadas discretas en lugares cautivadores. Lo peor de sus viajes son los que se refieren a gestiones para redocumentalizar su legalidad en el lugar al que vaya por el tiempo que esté. Si esta fuera de plaza o le falta el documento equis está perdido. Para Georgia afortunadamente no hemos necesitado demasiados requisitos, solo la deportividad y la apropiada cara de tontos que nos han detenido en el paso fronterizo. En total una hora, tampoco tanto, que sumada a la otra hora y pico de la media explanada anterior de los turcos son dos horas y algo. El dato del detalle horario tiene un interés extra: el de imaginar la misma situación con otra sola docena de viajeros en tránsito. El tiempo perdido se hubiera disparado. Opino que la gente ociosa además de ser un criadero de grasa enlentece de alguna manera su capacidad neuronal. Admitido esto a priori y sin tratar de aplicarlo a todos los aduaneros (los hay que el monumento más grande a su funcionalidad no les haría suficiente honor) solemos aprovechar los cruces fronterizos ralentizados para hacer otras actividades: desde leer dentro del coche en la fila de vehículos esperando pasar por la garita, a hablar con los centinelas sobre cualquier chorrada o preguntando por alguna información que nos pueda ser útil. Según los casos se pasa el rato con un par de sonrisas y un par de comentarios sin esencia alguna.
Lo que nos encontramos con la primera bifurcación no señalizada lo seguimos encontrando después. Nuestro destino hasta tomar la carretera hacia Borjomi, (la ciudad mundialmente conocida por las excelencias de su agua), la hemos ido preguntando y confirmando. Hemos entrado en el país con el depósito de gasoil en reserva. Un turco me había asegurado que el precio del combustible era mucho más bajo aquí como así ha sido. En el primer puesto de una gasolinera de las de antigua generación hemos cargado unos cuantos laris para seguir adelante hasta una gasolinera más moderna y digitalizada. En Borjomi hemos ido a un puesto de información turística para conseguir un mapa del país, algo que no teníamos (el que compramos en Tesalónica de Turquía coge una parte georgiana pero no todo el territorio). Todo apunta a una política de estado a favor de ser visitado. El país es verde y tiene atractivos, los mochileros –tal vez desplazados con una prolongación del inter-rail- que no hemos visto en Turquía los hemos empezado a ver aquí. En seguida advertimos que todo lo que vemos nos suena a europeo. Las chicas andan mas descocadas y las formas de las pandillas callejeras recuerdan la realidad de cualquier otro país occidental.