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LOS CÁTAROS
la herejía perfecta
STEPHEN O'SHEA
LOS CÁTAROS
la herejía perfecta
Javier Vergara Editor
GRUPO ZETA
Barcelona / Bogotá / Buenos Aires
Caracas / Madrid / México D. F.
Montevideo / Quito / Santiago de Chile
Título original: The Perfect Heresy
Traducción: Juan Soler
© 2000 by Stephen O'Shea
© Ediciones B Argentina, S.A., 2002
para el sello Javier Vergara Editor
Av. Paseo Colón 221 - Piso 6 - Buenos Aires, Argentina
www.edicionesb.com
Impreso en Argentina - Printed in Argentine
ISBN: 950-15-2240-7
Depositado de acuerdo a la ley 11.723
Impreso por Printing Books, Av. Gral. Díaz 1344, Avellaneda, Buenos Aires, en el mes
de Abril de 2003.
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rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la
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comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de
ejemplares mediante alquiler o préstamos públicos.
Scan: Urijenny
Corrección: Warlok72
Noviembre 2005
A Jill, Rachel y Eve
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ÍNDICE
PRINCIPALES PERSONAJES DE LA HISTORIA DE LOS CÁTAROS 9
INTRODUCCIÓN 12
CAPÍTULO UNO
El Languedoc y la gran herejía 24
CAPÍTULO DOS
Roma 36
CAPÍTULO TRES
El final del siglo 42
CAPÍTULO CUATRO
La conversación 52
CAPÍTULO CINCO
Penitencia y cruzada 60
CAPÍTULO SEIS
Béziers 66
CAPÍTULO SIETE
Carcasona 74
CAPÍTULO OCHO
Malvoisine 83
CAPÍTULO NUEVE
El conflicto se extiende 91
CAPÍTULO DIEZ
Época de sorpresas 101
CAPÍTULO ONCE
El veredicto 114
CAPÍTULO DOCE
Tolosa 119
CAPÍTULO TRECE
Vuelta a la tolerancia 127
CAPÍTULO CATORCE
Final de la cruzada 134
CAPÍTULO QUINCE
La Inquisición 150
CAPÍTULO DIECISÉIS
Reacción violenta 156
CAPÍTULO DIECISIETE
La sinagoga de Satán 163
CAPÍTULO DIECIOCHO
Crepúsculo en el jardín del diablo 170
CAPÍTULO DIECINUEVE
Bélibaste 181
EPÍLOGO
En el país cátaro 186
MANEJO Y FUENTES PRINCIPALES 198
BIBLIOGRAFÍA ESCOGIDA 200
AGRADECIMIENTOS 205
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Principales personajes
de la historia de los cátaros
ENEMIGOS ESPIRITUALES
Arnaud Amaury (fallecido en 1225): jefe de la orden de los monjes cistercienses.
Plenipotenciario papal en el Languedoc, posteriormente fue nombrado
arzobispo de Narbona. En 1209 Arnaud dirigió la cruzada de los albigenses en
el infame saqueo de Béziers.
Pierre Autier (aprox. 1245-1309): hombre sagrado cátaro. Hasta su edad madura
rico notario de la ciudad montañesa de Ax-Les-Thermes, Autier recibió
instrucción religiosa herética en Italia y regresó al Languedoc para difundir la
fe.
Guillaume Bélibaste (fallecido en 1321): el último perfecto del Languedoc.
Buscado por las autoridades acusado de asesinato y herejía, Bélibaste ejerció su
ministerio durante más de una década entre compañeros exiliados en Cataluña.
Bernardo de Clairvaux (1090-1153): monje cisterciense, fundador de la abadía
de Clairvaux en la Champaña en 1115, canonizado en 1174. Bernardo asesoró a
papas, promovió la segunda cruzada y dio la voz de alarma ante el auge del
catarismo.
Blanche de Laurac: la matriarca más importante del catarismo del Languedoc.
Dos de sus hijas contrajeron matrimonio con hombres relevantes y después
llegaron a ser perfectas; otra dirigió una comunidad cátara en Laurac. Su cuarta
hija y su único hijo varón encontraron la muerte en Lavaur, en 1211.
Domingo de Guzmán (1170-1221): fundador de la orden de los frailes
predicadores, o dominicos, canonizado como santo Domingo en 1234.
Oriundo de Castilla, Domingo predicó incansablemente en el Languedoc en los
años anteriores a la cruzada. Durante las guerras cataras llegó a ser confidente
de Simón de Montfort.
Esclarmonde de Foix: hermana de Raymond Roger, conde de Foix. Esclarmonde
abrazó el catarismo en 1204 en una ceremonia a la que asistieron las principales
familias del Languedoc. Dirigió un convento herético y, siglos después, se
convirtió en objeto de un culto erótico-religioso.
Jacques Fournier (aprox. 1280-1342): monje cisterciense de una estirpe de
campesinos del Languedoc. Fournier, inquisidor sin igual, dejó patente el
despertar cátaro de Montaillou. En 1334, fue elegido Papa con el nombre de
Benedicto XII.
9
Fulko de Marsella (1155-1231): obispo de Tolosa desde 1205 hasta su muerte.
Inmortalizado por Dante en el canto IX del Paraíso, Fulko exhibió una
elocuencia inhabitual y una actitud despiadada en su combate contra el
catarismo.
Gregorio IX (1170-1241): Ugolino dei Conti di Segni, elegido Papa en 1227. En
1233 designó a los dominicos para que encabezaran la lucha contra la herejía,
hecho que se considera generalmente el acto fundacional de la Inquisición.
Guilhabert de Castres (muerto aprox. en 1240): el perfecto varón más
importante del Languedoc. Aunque en peligro constante como obispo cátaro de
Tolosa, Guilhabert escapó de sus perseguidores y organizó la retirada
estratégica de la fe a los Pirineos.
Inocencio III (1160-1216): Lotario dei Conti di Segni, elegido Papa en 1198. En
1208 emprendió la cruzada de los albigenses y en 1215 convocó el cuarto
Concilio de Letrán. Uno de los pontífices medievales más temidos y admirados,
Inocencio murió en Perugia cuando se dirigía a mediar en un acuerdo de paz
entre Genova y Pisa.
Pierre de Castelnau (muerto en 1208): monje cisterciense y legado papal, cuyo
fallecimiento impulsó el llamamiento a aplastar a los cátaros.
RIVALES TEMPORALES
Amaury de Montfort (1192-1241): hijo mayor de Alice de Montmorency y
Simón de Montfort. Señor del Languedoc dispuesto a la batalla desde 1218
hasta la cesión de sus derechos al rey Luis VIII de Francia. Capturado por los
musulmanes en Gaza en 1239, cautivo en Babilonia durante dos años, Amaury
murió en Calabria en su viaje de regreso.
Blanca de Castilla (1185-1252): reina de Francia, entonces regente tras la muerte
de Luis VIII y mientras su hijo mayor, Luis IX (san Luis), era menor de edad, así
como durante sus prolongadas ausencias en las cruzadas de Palestina.
Probablemente el mejor gobernante de Francia del siglo XIII.
Bouchard de Marly (muerto en 1226): primo hermano de Alice de
Montmorency y camarada de armas de su marido, Simón de Montfort. Rehén
de los cátaros durante un tiempo en Cabaret, después Bouchard dirigió el
segundo cuerpo de caballería en la batalla de Muret.
Luis VIII (1187-1226): rey de Francia tras la muerte de su padre, Felipe Augusto,
en 1223. Luis ordenó la masacre de Marmande y en 1226 emprendió la cruzada
real decisiva.
Pedro II (1174-1213): monarca del reino unificado de Aragón y del condado de
Barcelona, vencedor de los moros en la batalla de las Navas de Tolosa. El rey
Pedro el Católico hizo suya la causa del Languedoc y encabezó el mayor ejército
jamás reunido para luchar contra los cruzados.
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Felipe Augusto (1165-1223): rey de Francia. Redujo poco a poco y con éxito la
presencia Plantagenet continental de Ricardo Corazón de León y Juan sin Tierra
a un pequeño rincón de Aquitania. Los barones de Felipe fueron los principales
jefes de la cruzada de los albigenses.
Raimundo VI (1156-1222): conde de Tolosa. Tres veces excomulgado y cinco
veces casado, el caudillo del Languedoc fue formalmente expulsado en el
Concilio de Letrán de 1215.
Raimundo VII (1197-1249): último conde de Tolosa del clan Saint-Gilles. Pese a
haber echado de sus tierras a los franceses, al final Raimundo se vio obligado a
aceptar una dura paz que le obligaba a subvencionar a la Inquisición.
Raymond Roger de Foix (muerto en 1223): el más beligerante de los nobles del
sur que lucharon contra la invasión francesa. Hermano y marido de mujeres
cataras, se distinguió por su ferocidad en el campo de batalla y por su firmeza
ante el Papa.
Simón de Montfort (1165-1218): adalid de la causa católica en el sur. Tras
exhibir una manifiesta valentía en la batalla, en 1209 fue nombrado vizconde de
Béziers y Carcasona. Sus años de estrategia militar brillante y cruel le
convirtieron en señor de todo el Languedoc.
Raymond Roger Trencavel (1188-1209): vizconde de Béziers y Carcasona,
sospechoso de simpatizar mucho con los cátaros. Durante el verano de 1209
estuvo solo contra el poder del norte.
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Introducción
Albi, de «albigense», la más célebre herejía de todos los tiempos. En una
luminosa tarde de verano de hace algunos años, me hallaba deambulando por
las silenciosas calles de Albi en compañía de mi hermano. Ambos estábamos
sorprendidos de habernos tropezado con una ciudad cuyo nombre nos
resultaba familiar. Habíamos llegado a Albi por casualidad, en un coche
alquilado en París una semana antes para ir al sur y recorrer el campo francés
sin rumbo fijo. Era nuestra versión de lo que los ingleses llaman una «excursión
misteriosa», un viaje con destino desconocido. Tan pronto los tejados de pizarra
y los muros blancuzcos del norte del Loira hubieron dejado paso al acogedor
ladrillo del Midi, empezamos a sentirnos agradablemente desorientados. En
Clermont Ferrand observamos las primeras boinas inveteradas; en Aurillac,
tuvimos un accidente al ir marcha atrás; en Rodez, vimos cómo nuestra
camarera se desprendía de su vestido. Habíamos llegado al Languedoc, el
suroeste mediterráneo de Francia.
Tras un largo almuerzo en un restaurante de carretera, recorrimos Albi, la
ciudad cuyo nombre conserva un aire de infamia. Sabíamos que la cruzada de
los albigenses había sido un cataclismo de la Edad Media, una violenta
campaña de sitios, batallas y hogueras durante la cual los seguidores de la
Iglesia católica intentaron eliminar a los herejes conocidos como albigenses, o
cátaros. A la cruzada del siglo XIII, dirigida no contra musulmanes de la lejana
Palestina sino contra disidentes cristianos del mismo corazón de Europa, siguió
la fundación de la Inquisición, una máquina implacable creada en concreto para
acabar con los cátaros supervivientes de la guerra. Debido a la convulsión, el
Languedoc, antaño orgulloso territorio independiente, quedó anexionado al
reino de Francia. Cruzada, Inquisición, conquista... Albi tenía asegurado su
lugar en la Historia, si no en el recuerdo afectuoso.
Aquel día de verano nos pareció como si la ciudad hubiera escogido una
apática amnesia sobre su pasado. Vagamos por un viejo barrio vacío, frente a
casas y tiendas cerradas por ser la hora de la siesta, mientras los ladrillos y
alféizares de color rojo vino nos bañaban de un fulgor rosado. Junto a una
puerta dormía un gato blanco, sin que ningún fantasma lo molestara. Era difícil
cuadrar la impresión de bienestar desmemoriado de Albi con su singular
legado. Yo sólo tenía que remontarme más o menos una década para recordar a
un profesor de la universidad que describía la cruzada de los albigenses como
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colonialismo naciente, y a un necio compañero de habitación divagando sin
parar, en un estilo más obsesivo, sobre cómo los herejes habían sido
perseguidos por la primera policía del pensamiento. En ese momento,
hallándome realmente en Albi, estos recuerdos parecían inadecuados, una
grosera intrusión en los dulces sueños de la ciudad.
En una elevación sobre el río Tarn, las estrechas calles se abrían para formar
una amplia plaza. Mi hermano y yo nos miramos. Eso ya estaba mejor.
Allí, perfilándose sobre un revoltijo de viviendas terraplenadas junto al río,
se alzaba una fortaleza roja, monolítica y amenazante, una magnífica montaña
de ladrillos amontonados de treinta metros de altura y cien de anchura.
Sombríamente rectangular, sus ventanas poco más que ranuras alargadas, el
edificio parecía indestructible, un yunque de mirada ceñuda arrojado desde los
cielos. Sus treinta y dos contrafuertes, como chimeneas cortadas a lo largo por la
mitad, circundaban ciclópeos muros en los cuatro costados y se elevaban lejos,
como la línea horizontal de un tejado remotísimo. La silueta semejaba una máquina
de cambio de monedas espantosamente grande, como las que en otro
tiempo llevaban los conductores y las cobradoras de autobús: un contrafuerte
para los peniques, otro para las monedas de cinco centavos, etcétera. Sin
embargo, esta comparación doméstica resultaba afeada por una estructura más
alta incluso, una torre, un cohete de ladrillo rojo que sobresalía más de treinta
metros por encima del tejado que había a lo largo del muro occidental.
La torre albergaba campanas que tañían los domingos. El edificio era una
iglesia.
Sobre la amnesia de Albi íbamos errados. La espantosa rareza que es la
catedral de Sainte-Cécile jamás permitirá que los habitantes de la ciudad
olviden su relación con los albigenses. Levantado entre 1282 y 1392, el edificio
es un imponente matón que empequeñece y domina a sus vecinos. No tiene
crucero, de modo que la iglesia ni siquiera posee la redentora forma de la cruz.
Durante siglos tuvo sólo una puerta pequeña. A diferencia de otras grandes
catedrales francesas, como las de París, Chartres, Reims, Bourges, Ruán y
Amiens, bajo la altísima bóveda de Sainte-Cécile no había desordenados
mercadillos, ni caminantes roncando tirados en el suelo, ni excrementos de
ganado por la mañana, ni grandes portales que dejaran entrar el aire que
respiran hombres corrientes. El exterior de la iglesia era —y todavía es— un
monumento al poder.
Bernard de Castanet era el obispo medieval que aprobó los planos, reunió el
dinero necesario y comenzó la construcción. Mientras lo hacía, en los años
ochenta del siglo XIII, Castanet también acusó de herejes a muchos ciudadanos
destacados, aunque la cruzada de los albigenses había terminado dos
generaciones antes y desde entonces los inquisidores habían estado
intimidando al pueblo sin cesar. Los adversarios del obispo, en concreto un
fraile franciscano sin pelos en la lengua llamado Bernard Délicieux, afirmaban
que Castanet se valía de las amenazas de la Inquisición para amordazar a
hombres libres y obtener dinero mediante la extorsión. Sea cual fuere la verdad,
la iglesia-fortaleza se elevaba implacable, ladrillo a ladrillo, hasta que quedaba
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claro su principal mensaje: someteos o seréis aplastados.
En el aspecto de Sainte-Cécile no había nada sutil;1 nada justificaba la
existencia de alguna monografía especializada que detallara gárgolas, motivos
ornamentales y cosas por el estilo. Caminamos alrededor del voluminoso
gigante, maravillados de que el silencio de media tarde de Albi hubiera sido tan
engañoso. Al final, la rojiza catedral era un bramido enfurecido del obispo
Castanet y sus sucesores. Habían creído que el credo subversivo de los cátaros
ponía en peligro su mundo —su poder, sus privilegios, sus creencias— y habían
vociferado su ira en aquella monstruosa montaña de ladrillos. Nos colmaba los
ojos y los oídos. Sólo un desacuerdo sobre algo tan insondable como el alma de
una civilización podía provocar un grito tan fuerte que todavía era audible a
través de un abismo de setecientos años.
No es extraño que aquella tarde resonara largo tiempo en mi memoria. En los
años siguientes, me acordé una y otra vez de Albi y los cátaros al aparecer
espontáneamente en libros y revistas y en las conversaciones de los parisinos
entre los que yo vivía. Mucha gente había oído el grito. Empecé a frecuentar los
puestos de libros junto al Sena. Mis amigos buscaban en sus estantes y siempre
encontraban otro estudio en francés sobre los cátaros nuevo para mí. Ciertas
bibliotecas especializadas tenían traducciones de crónicas difíciles de conseguir,
correspondencia y archivos de la Inquisición. En 1997, años después de mi
primera visión momentánea de Sainte-Cécile, me trasladé al suroeste de Francia
para mirar —y escuchar— con más atención los lugares donde habían vivido y
muerto los cátaros. El destino de mi excursión misteriosa resultó ser el origen
de este libro.
«Matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos.» El único lema del conflicto
cátaro que ha pasado a la posteridad se atribuye a Arnaud Amaury, el monje
que dirigió la cruzada de los albigenses. Un cronista refirió que Arnaud dio su
1 Por si algún admirador de esta singular iglesia me critica por desdeñar su interior, debo señalar que las
capillas laterales y el techo de la catedral son una exuberancia de descripciones pintorescas. En torno al
coro, ocupando completamente la mitad de la nave, una pálida celosía de piedra caliza labrada alberga
docenas de estatuas en nichos. Esta florida reja gótica que separa el coro de la nave se cuenta entre los
más primorosos tesoros eclesiásticos de Francia: testamento de la riqueza del episcopado de Albi. No
obstante, en la parte posterior de la iglesia hay un enorme fresco del Juicio Final, de cuatro pisos de altura
y tan ancho como el mismo edificio. Encargado por Louis d'Amboise, uno de los últimos obispos
medievales, es una obra maestra de lo macabro, rebosante de montones de personajes en distintas fases de
agonía mientras demonios en forma de reptil y asquerosos sapos los torturan para toda la eternidad.
Aunque ya hacía tiempo que los cátaros habían desaparecido cuando el obispo d'Amboise llamó a artistas
florentinos para que hicieran ese trabajo entre 1474 y 1480, la grotesca descripción que el fresco hace de
las consecuencias del pecado parece todo menos inocente en este bodrio de catedral construida en ladrillo
rojo. Otro accidente de la historia del arte produce aún más náuseas. Un obispo del período barroco,
Charles Le Goux de la Berchére, hizo un gran agujero en el centro del fresco para construir una capilla en
la base del campanario. En la mitad superior de la pintura —la dedicada a las almas que van al cielo—, la
modificación tuvo el desafortunado efecto de borrar a Dios, el juez del Juicio Final. De este modo, no hay
forma de ver el alivio de lo divino en este espectáculo del horror, como si la escena tratara de asustar y no
de elevar el alma. Nuevamente, teniendo en cuenta la historia de la región, el resultado encaja demasiado
para ser una coincidencia.
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orden fuera de la ciudad comercial mediterránea de Béziers, el 22 de julio de
1209, cuando sus guerreros cruzados, a punto de tomar la población por asalto
tras haber abierto brecha en sus defensas, se dirigieron a él en busca de consejo
sobre cómo distinguir al católico creyente del cátaro hereje. Las sencillas
instrucciones del monje fueron obedecidas, y todos sus habitantes —más o
menos veinte mil— asesinados indiscriminadamente. La destrucción y el
saqueo de Béziers convirtieron la población en la Guernica de la Edad Media.
Si Arnaud Amaury pronunció de veras esta orden despiadada es aún motivo
de controversia.2 Con todo, lo que nadie pone en duda es que la frase ilustra
primorosamente las pasiones homicidas presentes en la cruzada de los
albigenses. Incluso en una época considerada generalmente bárbara —«mil
años sin tomar un baño»3 transmite una benigna idea despectiva de la Edad
Media—, la campaña contra los cátaros y sus seguidores destaca por su
desnuda crueldad. Al principio, las historias de Béziers y otras atrocidades
apadrinadas por la Iglesia conmocionan, y después encajan en la idea de que el
milenio transcurrido entre la Antigüedad y el Renacimiento fue una atroz
pesadilla. Recurriendo a la imaginación gótica del siglo XIX, la cultura popular
ha sacado partido de esa idea; en Pulp Fiction, de Quentin Tarantino, por poner
un ejemplo conocido, un gángster colérico le susurra amenazante a un enemigo:
«Te voy a joder en “plan medieval”.»4 Sólo la palabra ya asusta.
En este sentido, la historia de los cátaros es el no va más de lo medieval. La
cruzada de los albigenses, que duró desde 1209 hasta 1229, debe su andadura al
papa más poderoso de la Edad Media, Inocencio III, y en un principio la llevó a
cabo un guerrero de talento, Simón de Montfort, bajo la mirada aprobadora de
Arnaud Amaury. Al asolar el Languedoc, el gran arco que se extiende desde los
Pirineos a la Provenza e incluye ciudades como Tolosa, Albi, Carcasona,
Narbona, Béziers y Montpellier, la cruzada, respuesta implacable a las
cuestiones planteadas por una herejía popular, sentó un funesto precedente en
cuanto al modo en que la cristiandad enfocaría la disidencia.
Las dos décadas de carnicería a cargo de la cruzada dieron paso a quince
2 Esta orden cruel apareció por primera vez en el Dialogas miraculorum del monje cisterciense Cesáreo
de Heisterbach, que escribió su admirativo relato de la cruzada unos treinta años después de finalizada.
Durante mucho tiempo había sido un reflejo de historiador minimizar la orden como apócrifa y absolver a
Arnaud Amaury de cualquier elocuencia brutal como aquélla. No obstante, modernos eruditos han
señalado que esas palabras se hacen eco de pasajes de Timoteo 2,2,19 y los Números 16,5- Como señala
el escrupuloso Malcolm Lambert en la p. 103 de The Cathars [La otra historia de los cátaros]: «Según
ello, es más probable que estas palabras salidas de la boca de un miembro culto de la jerarquía [es decir,
Arnaud Amaury] sean auténticas.» Sea cual fuere la verdad de su origen, la expresión sigue viva. En su
Lipstick Traces: A Secret History of the 20th century [Trazos de carmín, Anagrama, 1991], el crítico
cultural Greil Marcus afirma que la expresión «Matadlos a todos, Dios ya lo arreglará» era uno de los
eslóganes de camiseta preferidos de los fans del cantante punk Johnny Rotten y, en su versión española,
de los integrantes de los escuadrones de la muerte en Guatemala. Según informó el New York Times,
Karla Aye Tucker, una asesina ejecutada en Tejas en 1998, en su época de chica mala solía llevar
camisetas con el lema «Matadlos a todos».
3 La frase se atribuye a Jules Michelet.
4 La provocadora frase de Tarantino sobre la Edad Media compite con el memorable pareado inventado
en los años sesenta del siglo XX por el satírico Tom Lehrer acerca del segregacionista Dixie: «En la tierra
del gorgojo criminal/donde impera la ley medieval.»
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años de rebelión y represión irregular, que culminaron en 1244 en el sitio de
Montségur. Fortaleza solitaria situada en lo alto de un risco, al final Montségur
se rindió, y más de doscientos de sus defensores, líderes de la fe cátara alzada
en armas, fueron conducidos a un claro nevado y allí quemados vivos. Por
entonces, la Inquisición, guiada desde su fundación, en 1233, por los inflexibles
intelectos de la orden de los dominicos, había desarrollado las técnicas que
atormentarían a las católicas Europa y Latinoamérica durante los siglos
venideros y, andando el tiempo, proporcionarían el modelo del reciente control
totalitario de la conciencia individual. A mediados del siglo XIV, la Inquisición
había eliminado de la faz de la tierra cristiana toda traza residual de la herejía
albigense, y los cátaros del Languedoc habían desaparecido. El calvario de
aquellas gentes tuvo sus estaciones —quemarlas en masa, dejarlas ciegas,
colgarlas, catapultar partes de su cuerpo contra los muros de los castillos, la
rapiña, el saqueo, las melopeas de los monjes tras los arietes, los juicios secretos,
la exhumación de cadáveres, el potro de tortura—, que armonizan de sobra con
nuestra fantasmagoría de lo medieval.
Si el relato fuera sólo esto, una especie de historieta novelada, los cátaros
quedarían relegados a una nota a pie de página en los anales del terror. Sin
embargo, su ascenso y su caída evocan otras connotaciones de lo medieval: la
sublime, misteriosa y dinámica Edad Media que a menudo resulta eclipsada por
los destellos de las armaduras de los caballeros. La herejía cátara, una rama
pacifista de la cristiandad que abrazó la tolerancia y la pobreza, gozó del
máximo prestigio en mitad del llamado renacimiento del siglo XII, época en que
Europa se libró de la apatía intelectual en que había estado sumida durante
siglos. Era un período de cambio, de experimentación, de apertura de nuevos
horizontes. Después de 1095, el papa Urbano II había exhortado a la cristiandad
a recuperar Jerusalén, y decenas de miles marcharon hacia allí en busca de
aventuras y de la salvación... y regresaron como hombres y mujeres que habían
visto, si no comprendido, que en otras partes la vida estaba organizada de
manera distinta. En su patria, las ciudades comenzaron a crecer por primera vez
desde la caída del Imperio romano, y se inició la gran era de la construcción de
catedrales. Se fundaron escuelas, liberadas de los reparos de una jerarquía
vigilante. La difusión de nuevas ideas y el nacimiento de nuevas ambiciones
provocaba a menudo descontento hacia una Iglesia medieval primitiva, mejor
adaptada a una época ignorante de monjes acurrucados y campesinos
estremecidos de miedo. El gran despertar del siglo XII anunció un período de
anhelo espiritual que buscaba, y con frecuencia hallaba, lo sublime fuera de los
muros de la ortodoxia. A los cátaros se unieron otros grupos heréticos —en
especial los valdenses, u «hombres pobres de Lyon»— para fustigar con dureza
la religión oficial.
El catarismo prosperó en regiones alejadísimas desde la Edad de las
Tinieblas: las ciudades comerciales de Italia, los centros de la Champaña y las
tierras del Rin, y, sobre todo, el díscolo tablero de posesiones familiares y
poblaciones independientes que a finales del siglo XII constituía el Languedoc.
El destino de los cátaros estuvo unido al del Languedoc, pues fue allí donde los
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herejes crecieron más y captaron discípulos en todos los sectores de la sociedad,
desde pastores de la montaña y pequeños agricultores a nobles de las tierras
bajas y mercaderes urbanos. Cuando fueron atacados, la pequeña clase
sacerdotal del credo —es decir, los ascetas conocidos como los «perfectos»— se
encontraron con una multitud militante de protectores en su amplia red de
parientes, conversos y simpatizantes anticlericales. La herejía de los perfectos se
adaptaba de manera ideal, realmente perfecta, al feudalismo tolerante del
Languedoc, por lo que su pueblo pagaría un tributo atroz. La región introdujo
en el siglo XIII una locuaz anomalía en el coro de la cristiandad europea, y su
cultura fue impulsada por trovadores poetas y cátaros revolucionarios; cien
años después, los monarcas de Francia habían engullido el Languedoc, y sus
terribles ciudades se habían convertido en el banco de pruebas de inquisidores
ambiciosos y magistrados reales.
Sin los cátaros, los nobles comprometidos con la monarquía de los Capetos y
su pequeño territorio de bosques alrededor de la ciudad de París —la-Île-de-
France— jamás habrían tenido un pretexto para precipitarse hacia el
Mediterráneo y forzar la improbable anexión del Languedoc a la corona de
Francia. El Languedoc compartía cultura y lengua con sus parientes al sur de
los Pirineos, el reino de Aragón y el condado de Barcelona, uno de los feudos
cristianos que al final hizo retroceder a los moros musulmanes del resto de la
península Ibérica. Se podría decir que el Languedoc «se llevaba» mejor con
Aragón que con los francos del norte que algún día crearían la entidad conocida
como Francia.* Sin la convulsión de la cruzada de los albigenses, el mapa y la
composición de Europa podrían haber sido muy distintos.
Aunque firmemente enraizada en la política y la sociedad de su tiempo, la
historia de los cátaros también constituye un importante —y desgarrador—
capítulo de la historia de las ideas. La herejía giraba en torno a la cuestión del
bien y el mal. No es que uno de los bandos de la contienda del Languedoc fuera
bueno y el otro malo, aunque eso afirmaban los propagandistas de una y otra
parte. Lo que sucedía más bien es que el desacuerdo esencial entre la ortodoxia
católica y la heterodoxia cátara, su irreductible manzana de la discordia, estaba
ligado al papel del mal en la existencia.
Para los cátaros, el mundo no era obra de un Dios bueno, sino la creación de
una fuerza de las tinieblas, inherente a todas las cosas. La materia era corrupta,
por tanto no tenía nada que ver con la salvación. Había que hacer poco caso —o
ninguno— a los complejos sistemas ideados para intimidar a la gente y
obligarla a obedecer al hombre que tenía la espada más afilada, la bolsa más
llena de dinero o el mayor palo de incienso. La autoridad mundana era un
fraude, y si estaba basada en cierto decreto divino, como sostenía la Iglesia, era
también una rotunda hipocresía.
El dios que merecía la adoración cátara era un dios de luz, que gobernaba en
el mundo invisible, etéreo y espiritual; este dios, sin interés en lo material, no se
* En aras de la brevedad, este libro usará términos como Francia o Inglaterra para describir los conjuntos
de feudos de los siglos XII y XIII que no se transformarían en estados hasta mucho más adelante.
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preocupaba por si alguien hacía el amor antes de estar casado, tenía por amigos
a judíos o musulmanes, trataba a hombres y mujeres como iguales, o hacía
alguna otra cosa contraria a la doctrina de la Iglesia medieval. Correspondía a
cada individuo (hombre o mujer) decidir si estaba dispuesto a renunciar a lo
material y llevar una vida de abnegación. Si no era así, seguiría volviendo a este
mundo —esto es, se reencarnaría— hasta estar preparado para abrazar una vida
lo bastante inmaculada para permitirle el acceso, tras la muerte, al mismo
estado dichoso que hubiera experimentado como ángel antes de haber sido
tentado hasta perder el cielo al principio de los tiempos. Así, salvarse
significaba llegar a ser santo. Condenarse era vivir, una y otra vez, en este
mundo corrupto. El infierno estaba aquí, no en cierta vida futura inventada por
Roma para que la gente estuviera siempre aterrorizada.
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Creer en lo que se conoce como los Dos Principios de la creación (el Mal en el
mundo visible, el Bien en el invisible) es ser dualista, partidario de una idea que
ha sido compartida por otros credos en los esfuerzos por abordar lo
desconocido habidos durante la larga historia de la humanidad. No obstante, el
dualismo cristiano de los cátaros postulaba un lugar de confluencia entre el bien
y el mal: el corazón de cada ser humano. Allí, nuestro vacilante destello divino,
remanente de aquel estado angelical anterior, esperaba pacientemente verse
liberado del ciclo de reencarnaciones.
Incluso una descripción rápida de la fe cátara nos da una idea de lo sediciosa
que era la herejía. Si sus dogmas eran verdaderos, los sacramentos de la Iglesia
devenían forzosamente nulos y sin valor por el simple motivo de que la propia
Iglesia era un engaño. ¿Por qué, pues, se preguntaban los cátaros, hacer caso de
la Iglesia? Y más en concreto, ¿por qué pagarle impuestos y diezmos? Para los
cátaros, los atavíos eclesiásticos de riqueza y poder mundano servían sólo para
poner de manifiesto que la Iglesia pertenecía a la esfera de lo material. En el
mejor de los casos, el Papa y sus subalternos eran unos ignorantes; en el peor,
agentes activos del creador maligno.
Tampoco el resto de la sociedad eludía las consecuencias revolucionarias del
pensamiento cátaro. Esto fue especialmente cierto en el tratamiento a las
mujeres. El statu quo sexual medieval habría sido socavado si todos hubieran
creído, como creían los cátaros, que un hombre noble en una vida puede ser
una ordeñadora en la siguiente, o que las mujeres estaban capacitadas para ser
guías espirituales. Quizás incluso más subversiva que este protofeminismo era
la repugnancia que sentían los cátaros por la costumbre de hacer juramentos.
Aunque hoy nos parezca una idea fútil, el hombre medieval pensaba de otra
forma, pues el juramento era el reforzamiento contractual de la primitiva
sociedad feudal. Proporcionaba un valor sagrado al orden existente; no podía
crearse ni transferirse ningún reino, propiedad o vínculo de vasallaje sin
establecer un lazo en forma de juramento, sancionado por el clero, entre el
individuo y la divinidad. Como dualistas, los cátaros creían que intentar unir
los hechos del mundo material a la imparcialidad del buen Dios era un ejercicio
de ilusionismo. Con asombrosa facilidad, el predicador cátaro podía representar
la sociedad medieval como un imaginario e ilegítimo castillo de naipes.
En resumen, para los poderes existentes el catarismo era una herejía perfecta
y, por tanto, inspiró un odio que casi no conoció límites. Roma no podía
permitir que el éxito de los cátaros la humillara públicamente. Aunque a
menudo la doctrina cátara escapaba a la comprensión de sus adversarios, se
urdieron y repitieron —de buena fe— fantásticas calumnias sobre sus
costumbres. Su nombre, que en otro tiempo se creía que significaba «los puros»,
no fue invención suya; actualmente se considera que «cátaro» es un juego de
palabras alemán que significa «el adorador de los gatos». Durante mucho
tiempo se rumoreó que los cátaros realizaban el denominado «beso obsceno» en
19
el trasero de un gato.5 Y se decía que consumían las cenizas de niños pequeños
muertos y se entregaban a orgías incestuosas. También era habitual el epíteto
bougre, degradación de «búlgaro», referencia a una Iglesia hermana de dualistas
heréticos en el este de Europa. A la larga, bougre se convirtió en «bujarrón», que
pretendía señalar otra tendencia atribuida tiempo atrás a los entusiastas cátaros.
El término «albigense», rechazado por las convenciones históricas modernas
porque limita el alcance geográfico del catarismo, fue idea de un caballero
cruzado según el cual los herejes creían que nadie podía pecar de cintura para
abajo.6 Hoy sabemos que los cátaros se referían a sí mismos, muy
discretamente, como «buenos cristianos».
No obstante, hubo quien prestó oídos a los rumores de que les gustaban los
gatos y quemaban a los niños pequeños, así como a relatos más precisos sobre el
desarrollo de un credo cristiano alternativo. El poder de la Europa feudal cayó
sobre el Languedoc con furia virtuosa. En muchos aspectos, el odio suscitado
por los herejes enmascaraba una antipatía más profunda que oponía la
exaltación espiritual del siglo XII a la cultura de elaboración de leyes y
codificación propia del siglo XIII.7 Así pues, en un sentido más amplio, las
guerras cataras se produjeron porque la civilización occidental se hallaba en
una encrucijada: de manera sugerente, el historiador R. I. Moore ha considerado
que los años cercanos a 1200 constituyeron un momento decisivo que dio lugar
a «la formación de una sociedad perseguidora».8 Se tardaría siglos en reparar el
5 Aunque las infamias sobre los herejes se tomaron prestadas de calumnias que abundaban en la época
clásica (a veces difundidas por alarmistas paganos sobre las nuevas sectas de la cristiandad), creían en
ellas muchos que debían haber sido más prudentes. En 1233, el papa Gregorio IX, el patrocinador de la
Inquisición, promulgó una bula papal, Vox in Roma, que repetía hasta la saciedad viejas historias sobre
orgías felinas. En los años ochenta del siglo XII, una calumnia muy habitual corrió a cargo de Walter
Map, un diácono de Oxford que escribió lo siguiente sobre los herejes: «En la primera parte de la noche
[...] cada familia se sienta aguardando en silencio en su sinagoga, y entonces desciende por una cuerda
que cuelga en el centro un gato negro de tamaño extraordinario. Al verlo, apagan las luces y no cantan ni
repiten himnos de manera clara sino que los canturrean con los dientes apretados, y se dirigen al lugar
donde han visto a su maestro, yendo a tientas hacia él, y cuando lo encuentran lo besan. Cuanto más
apasionados son los sentimientos, más abajo apuntan; algunos llegan hasta los pies, pero la mayoría se
detiene en la cola y las partes pudendas. A continuación, como si este asqueroso contacto desatara sus
apetitos, cada uno agarra a su vecino y se harta de él con todas sus fuerzas» (Jeffrey Richards, Sex,
Dissidence, and Damnation, pp. 60-61).
6 Tenemos que agradecer a Pierre de Vaux de Cernay esta excitante invención sobre los cátaros.
7 Es habitual comparar la curiosidad del siglo XII con la reacción del XIII. En un estudio de 1948 sobre la
dinastía de los Plantagenet de Inglaterra, John Harvey resumió con elegancia el consenso histórico: «El
[siglo] XIII iba a ser testigo del primer remache de las cenefas forjadas por la escolástica en las mentes de
los eruditos, así como la infructuosa sustitución de la autoridad por el empirismo. Por otro lado, en las
artes manuales como la arquitectura, la escultura o la pintura, fueron realizados grandes progresos por
artesanos laicos que estaban suficientemente informados del mundo culto de las escuelas para ser capaces
de llevar a cabo un empirismo vivo por su propia cuenta. En algunas otras esferas, en especial las de las
leyes y la administración, se avanzó en la dirección de la unidad mediante un proceso de codificación y el
temple de las primeras fórmulas de tanteo en normas de vida establecidas» (J. Harvey, The Plantegenets
[Londres, B.T. Batsford, 1948], p. 50).
8 En The Formation of a Persecuting Society, Moore sostiene que el aparato perseguidor era una
consecuencia natural, pero no inevitable, del estado naciente. En su opinión, los años 1180-1190 son un
momento crucial en el desarrollo de instituciones opresoras. Su libro, publicado en 1987, todavía sigue
provocando controversia.
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daño causado por ciertas decisiones. Con menos grandiosidad, puede
contemplarse el destino de los cátaros como la historia de una disidencia no
preparada para hacer frente a la fuerza de sus adversarios. El Languedoc de los
cátaros estaba demasiado debilitado por la tolerancia para resistir las resueltas
certidumbres de sus vecinos.
Este relato del drama cátaro, destinado a no especialistas, se basa en las
diligentes investigaciones llevadas a cabo por historiadores académicos en la
segunda mitad del siglo XX. Las principales fuentes varían en función de la
acción que se esté revelando. En cuanto al ascenso de los herejes desde los años
cincuenta del siglo XII en adelante, el archivo documental es desigual, y los
documentos que existen —sobre todo cartas y las actas de los concilios de la
Iglesia— fueron escritos por sus enemigos. Si en aquella época los cátaros
tenían un corpus escrito, lo destruyeron los inquisidores dominicos encargados
de extirpar la herejía cien años después. Ironías de la vida, tuvo que ser un fraile
dominico del siglo XX, Antoine Dondaine, el que disipara las brumas de calumnias
y conjeturas que rodearon el catarismo primitivo removiendo en
archivos para poner al descubierto catecismos y tratados heréticos antes
desconocidos para los historiadores.9
En cuanto a los años del ocaso de la herejía, los dominicos volvieron a
desempeñar un papel esencial para nuestro conocimiento. Pese a lo mucho que
destruyeron en general del catarismo, los frailes medievales resultaron ser
magníficos conservadores de ese declive al poner por escrito las actas de sus
investigaciones. En los últimos años se ha podido disponer de transcripciones
de los interrogatorios de la Inquisición, de palabras pronunciadas por
campesinos y burgueses desaparecidos hace siglos, que constituyen una ayuda
valiosísima para los estudiosos de aquel período. Sólo hemos de remitirnos a
Montaillou: The Promised Land of Error, la obra clásica de Emmanuel Le Roy
Ladurie sobre uno de los últimos reductos del catarismo, para verificar el valor
de los archivos de la Inquisición en la reconstrucción del pasado.
No obstante, el núcleo de la historia tiene lugar entre el ascenso y la caída de
los cátaros, en el trascendental momento del conflicto abierto que se inició con
el saqueo de Béziers en 1209 y acabó en la rendición de Montségur en 1244. Por
fortuna, hubo cuatro cronistas contemporáneos10 —de los cuales sólo uno estaba
en el bando del Languedoc— que presenciaron y registraron los triunfos y los
cambios imprevistos de ese agitado período, así como varios comentaristas
9 El año clave para comprender el catarismo fue 1939, cuando Dondaine descubrió varios documentos
importantes en archivos de Florencia y Praga: un catecismo cátaro en latín; un tratado filosófico del siglo
XIII, El Libro de los dos principios, escrito por Juan de Lugio, y una descripción excepcionalmente
imparcial que refutaba el catarismo, Contra Manicheos, escrita por Durand de Huesca, pensador valdense
que se había convertido a la ortodoxia durante un debate con Domingo en 1207. Antes de estos descubrimientos,
la teología cátara se había armado únicamente a partir de lo que sus adversarios habían escrito
sobre la herejía y de dos manuscritos occitanos incompletos hallados en Lyon y Dublín. Naturalmente, los
enemigos del catarismo habían descrito la fe como un montón de supersticiones. De esos documentos
resultó evidente, sobre todo en el caso de Juan de Lugio (un escolástico cátaro), que la herejía encajaba de
lleno en la tradición del racionalismo aristotélico. Tras siglos de ser considerados una quinta columna de
un resurgimiento maniqueo, los cátaros podían ser estudiados por lo que eran: cristianos medievales.
10 Para identificar estas fuentes, véase Manejo y fuentes principales, más arriba.
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medievales posteriores que con gran acierto consideraron que la narración
despertaba un interés enorme. En conjunto, las fuentes —los manuscritos que
nos han legado cronistas, comentaristas, inquisidores, clérigos y señores—
ofrecen un cuadro detallado y complejo de una época en que abundaban las
gentes de fuertes convicciones y gran valentía. La Iglesia y sus aliados contaban,
entre otros, con Lotario dei Conti di Segni, el carismático magnate romano
elegido Papa con el nombre de Inocencio III; Domingo de Guzmán, santo
Domingo descalzo, que clamó en el desierto cátaro; Simón de Montfort, un
guerrero devoto que pretendió construir un imperio; el obispo Fulko de Tolosa,
trovador convertido en perseguidor, y Arnaud Amaury, el legado papal que
carecía del menor escrúpulo. En el otro campo tenemos al conde Raimundo VI
de Tolosa, el principal libertino, diplomático y noble del Languedoc; Raymond
Roger de Foix, señor de la montaña consagrado a horrorosas venganzas;
Guilhabert de Castres, destacado fugitivo cátaro que escapó tanto de los
cruzados como de los inquisidores; Pierre Autier, rico notario que se volvió
cabecilla de los herejes, y Guillaume Bélibaste, hombre sagrado asesino cuya
muerte en la hoguera en 1321 marcó la desaparición de la fe.
Los misioneros cátaros recorrieron los caminos del Languedoc rural dos
siglos enteros antes de la época de Juana de Arco; tres antes de Martín Lutero;
cuatro antes del Mayflower. La inmensa distancia entre ellos y nosotros sería
incluso más desalentadora si no fuera por la verdad que encierra el axioma
enunciado por un discípulo de David Hume: «El pasado no existe salvo como
sucesión de estados mentales presentes.» Por tanto, el epílogo de este trabajo
examinará la exuberante singularidad del catarismo en nuestra propia época,
que ha visto cómo los cátaros salían de las sombras de un mundo recóndito y
entraban en el ingobernable mercado de la memoria europea. En efecto, los
cátaros han recibido el apoyo, con distintos grados de seriedad, de vegetarianos,
nacionalistas, feministas, buscadores de tesoros, seguidores de la
New Age, libertarios, anticlericales y pacifistas. Sus antiguos escondites —
castillos en ruinas al pie de los Pirineos— ya forman parte de las rutas turísticas.
Entre sus admiradores menos recomendables se incluyeron los nazis y, más
recientemente, los integrantes de la Orden del Templo Solar que se
autoinmolaron. En una reciente novela francesa aparecen neocátaros que luchan
contra las fuerzas del imperialismo norteamericano.11 En algunas zonas, los
cátaros inspiran la misma mezcla de admiración y respeto misterioso que rodea
a los pueblos indígenas del Nuevo Mundo. Los herejes de Montségur se han
conver
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