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edgard chavez
 
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  LA CONVERSACION 22/Febrero/2007 - 17:51

La conversación

Los cátaros y los católicos discutieron. Sobre aspectos de la doctrina y del

latín, sobre el papel de la Iglesia y el diablo, acerca de la naturaleza y el

significado de la existencia de la humanidad, sobre el principio y el fin del

cosmos. En los primeros años del siglo XIII, el Languedoc llegó a ser una tierra

de fuertes discusiones, una escuela de verano medieval ocupada por oradores

que competían por almas que salvar o demonios que derrotar. Los clérigos

buscaban a los herejes y los desafiaban a debatir. Los señores locales avalaban el

salvoconducto de los participantes y ponían sus grandes vestíbulos y patios de

los castillos, lugares frecuentados generalmente por trovadores y juglares, a

disposición de los religiosos y sus hábitos. Los sacerdotes y los perfectos se

acomodaron bajo el sol ardiente o iluminados por evanescentes luces de

antorchas mientras los laicos llegaban de los campos y las tabernas para

escuchar y aprender.

Los cátaros echaron mano del Nuevo Testamento, que conocían por las

traducciones tanto latina como occitana, y del ejemplo de su propia vida de

pobreza y abnegación. A su leal saber y entender, el catarismo era la verdadera

fe, la que provenía de la sencillez y la santidad de los apóstoles de Jesús. Que

una maldita camarilla romana se hubiera, en cierto modo, apoderado de un

mensaje honrado constituía una prueba, por si hacía falta otra, de la

intervención del Maligno.

Los eclesiásticos, habiendo prohibido cualquier versión vernácula de las

Escrituras cristianas para evitar precisamente esa clase de interpretaciones

desvirtuadas de la verdad revelada, miraron a sus interlocutores como si fueran

literalmente demagogos surgidos del infierno. Los adalides de la ortodoxia se

apoyaban en siglos de exégesis bíblica, en una tradición que se remontaba a la

época de Jerónimo, Ambrosio y Agustín, y en una legitimidad institucional que

era al mismo tiempo la fuente de la cultura europea.

Los debates duraron varios días, atrajeron a miles de espectadores,

estimularon las opiniones del público. «¡Oh caso doloroso! ¡Pensar que entre los

cristianos los ritos de la Iglesia y la fe católica hayan caído en una indiferencia

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tal que se ha dejado entrar a jueces seculares para pronunciar esas blasfemias!»,1

lamentaba un cronista. Los cátaros ya no tenían por qué ocultar sus creencias

heterodoxas como habían hecho dos generaciones antes en Lombers. Sus

amigos de la nobleza —el conde Raimundo VI de Tolosa, el vizconde Raymond

Roger Trencavel, el conde Raymond Roger de Foix, el rey Pedro II de Aragón—

no tenían intención de encender ninguna hoguera.

Ningún bando disimuló su desdén hacia el otro. En 1207, cuando en el

transcurso de una discusión una mujer perfecta se levantó para refutar un

punto de la controversia, un monje le espetó: «Volved a vuestra rueca, señora,

vuestro sitio no está en una reunión como ésta.»2 Los polemistas cátaros,

resentidos por años de calumnias incendiarias en que habían sido acusados de

infanticidio y de practicar el beso obsceno, se referían a la Iglesia como «la

madre de la fornicación y la abominación».3

La fuerza impulsora de este frenesí de insultos era el papa Inocencio III, que

estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para contener la marea de la herejía,

aunque ello significara hablar con aquellos que deberían haber estado

achicharrándose. Raimundo había hecho oídos sordos a sus súplicas y

propuestas: una de las primeras decisiones que tomó como Papa fue perdonar

al conde, excomulgado por su antecesor en 1195 por comportarse mal con el

monasterio de Saint-Gilíes, pese a que el ingrato caudillo del Languedoc siguió

desentendiéndose de la herejía que crecía en su patria. Las posteriores bravatas

del pontífice se encontraron con una indiferencia similar. En 1200, Inocencio

promulgó un decreto que ordenaba la confiscación de bienes, el equivalente

medieval a lo que la justicia moderna hace cuando decomisa la mercancía de los

traficantes de droga. Las propiedades de los herejes serían entregadas a sus

perseguidores, con lo que miembros de familias intachables serían

desheredados. Pero eso no fue todo; Inocencio declaró también que las

posesiones de los católicos que se negaran a perseguir herejes podían asimismo

ser incautadas.

No obstante, en el Languedoc estas medidas radicales venían a ser poco más

que silbar contra el viento.

Al tiempo que aprobaba las discusiones, el Papa intentó discretamente

suscitar el interés de los poderosos en proyectos más ambiciosos. Inocencio

trató una y otra vez de organizar una campaña de castigo contra los cátaros.4

1 El lamento es de Guillaume de Puylaurens. Su crónica es la principal fuente de información sobre los

debates.

2 Sobre si la mujer perfecta a la que iban dirigidas esas groseras palabras era Esclarmonde de Foix, la

opinión de los estudiosos está dividida. Naturalmente, los defensores de los mitos del «país cátaro»

incluidos en el epílogo dan por supuesto que era Esclarmonde. Otros creen que era su prima.

3 En un debate celebrado en 1207, Arnold Hot soltó una retahila impresionante. El san Juan a quien se

refería no era el Evangelista sino Juan de Patmos, el místico que escribió las Revelaciones: «[La] Iglesia

de Roma es la Iglesia del Maligno y sus doctrinas son las de los demonios, es la Babilonia a la que san

Juan llamó la madre de la fornicación y la abominación, ebria de la sangre de santos y mártires [...] ni

Cristo ni los apóstoles establecieron el orden existente de la misa» (citado en Joseph R. Strayer, The

Albigensian Crusades, p. 22).

4 El historiador Michel Roquebert ha refutado con eficacia la idea, largo tiempo defendida por los

apologistas de la ortodoxia, de que el asesinato de Pierre de Castelnau hizo que Inocencio actuara de

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Una serie de cartas papales de 1204, 1205 y 1207 prometían al rey Felipe

Augusto de Francia todo el Languedoc si reclutaba un ejército y entraba en el

país a sangre y fuego. El rey puso reparos, por escrúpulos feudales —en teoría

Raimundo era vasallo suyo— o por su desaforada necesidad de combatir contra

el rey Juan de Inglaterra. Además, no quería que el Papa le dijera lo que tenía

que hacer.

A causa de su aversión a la herejía y a la nobleza del sur, Inocencio reconoció

que en el Languedoc la Iglesia debía reformarse. Su pintoresca calificación del

clero de Narbona —perros mudos que ya no saben ladrar— se extendió a otras

diócesis. En Aviñón, un concilio pidió a los obispos, entre otras cosas, que se

abstuvieran de oír maitines en la cama, de chismorrear en misa y de gastar

enormes cantidades de dinero en lujosos ropajes de caza para ellos y sus

monturas. El obispo de Tolosa, Raymond de Rabastens, había hipotecado

propiedades de la Iglesia para poder contratar mercenarios y llevar a cabo una

larga guerra personal contra sus propios vasallos. La diócesis pronto quedó

arruinada, si bien el obispo insolvente conservó la amistad y el respaldo

afectuosos de aquel inevitable agente irritante: el conde Raimundo. El Papa

sustituyó a Rabastens por Fulko de Marsella, que dedicó su primera época

como obispo a echar a acreedores; se decía que no osaba llevar sus mulas por

agua al pozo público por miedo a que se las embargaran. A la larga, los inútiles

prelados de Carcasona, Albi, Béziers, Narbona y otras ciudades del Languedoc

fueron relevados de sus funciones, pero sólo después de coaccionarlos durante

años.

Para llevar a cabo todos estos discursos, sermones y destituciones, Inocencio

contó mucho con los monjes cistercienses, cuya orden, a lo largo del siglo XII,

había atraído a la Iglesia a hombres de talento excepcional. La decisión de

otorgar la desorganizada diócesis de Tolosa a Fulko de Marsella fue sensata.

Clérigo cisterciense que había sido un rico mercader antes de descubrir su

vocación y meterse en un monasterio, Fulko tenía la habilidad mundana

necesaria para poner orden en el caos económico dejado por Rabastens. Y por si

fuera poco, Fulko había sido también trovador; en su Divina comedia, Dante lo

coloca en la región celestial de Venus. Un hombre con tres especialidades —

espiritual, material y artística— era el más adecuado para encabezar la Iglesia

en la bulliciosa y compleja ciudad del Garona.

Como plenipotenciarios papales, o legados, del conjunto del Languedoc,

Inocencio nombró a tres hombres del sur que en el mundo cisterciense habían

llegado lejos. Arnaud Amaury era el jefe de la orden, el que estaba al cargo de

sus seiscientas abadías y miles de monjes. Los otros dos legados papales, Pierre

de Castelnau y un tal hermano Raoul, procedían del monasterio de Fontfroide,

un lugar primoroso para rezar y meditar que todavía sigue en pie en las

montañas que hay más allá de Narbona. Parece que Pierre, un monje-abogado

sin paciencia para la discrepancia, fue el más despótico de los tres, pues sus

manera prematura. En realidad, Inocencio estuvo intentando organizar una cruzada contra el Languedoc

desde el principio de su pontificado. Véase Michel Roquebert, L'Epopée cathare, vol. 1, pp. 132-133.

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estancias en ciudades y parroquias lejanas le valían de vez en cuando amenazas

de muerte. No es que él y sus colegas esperaran adulaciones. Como clérigos

regulares, los sacerdotes seculares desconfiaban de ellos; como emisarios de

Roma, los cátaros los aborrecían; como dispensadores de excomulgaciones e

interdictos, la nobleza y los ciudadanos los despreciaban.

El trío de cistercienses se puso a trabajar con decisión. A tal fin, siguieron con

sus detalladas excursiones predicadoras para intimidar al pueblo y volverlo al

redil del catolicismo. También obligaban a los ayuntamientos y los señores a

jurar vasallaje a la Iglesia so pena de excomunión inmediata. Los legados

ofrecían y aceptaban invitaciones para discutir con los cátaros. En 1204, en

Carcasona, a petición del rey Pedro de Aragón, Pierre y Raoul se mantuvieron

firmes ante el perfecto Bernard de Simorre mientras un jurado formado por

trece cátaros y trece católicos ejercía de árbitro del proceso. Como cistercienses

preparados para obedecer incondicionalmente, hablaban de la belleza de la

sumisión y de la necesidad de una autoridad absoluta. Como cabe suponer, ése

no era el tipo de razonamiento condenado a recibir aplausos en el Languedoc, y

la discusión terminó sin resultados definitivos. Los legados prosiguieron con su

misión, reprendiendo a obispos negligentes, intimidando a pequeños nobles

para que se unieran contra el conde Raimundo, surcando el territorio con la

esperanza de hacer un milagro evangélico. En Montpellier, durante la

primavera de 1206, los tres cansados monjes llegaron a la conclusión de que

habían fracasado. Pierre de Castelnau había presentado la dimisión un año

antes, pero el Papa la había rechazado. Ahora los tres querían abandonar. El

número de herejes que habían convertido era irrisoriamente pequeño, y la gente

se había sacudido de encima las súplicas y amenazas de los sermones como si

fueran moscas. Y lo que es aún peor, en muchos lugares se habían convertido en

objeto de chirigota.

En Montpellier se les acercaron dos extranjeros, españoles para más señas. La

historia de los cátaros estaba a punto de experimentar un último lance antes de

que soltaran a los perros de la guerra. El más joven de los dos, Domingo de

Guzmán, el futuro santo Domingo, no acabaría con la herejía, pero la Orden de

los Frailes Predicadores, o dominicos, que él mismo fundó diez años después,

sería crucial, y cruel, en la eliminación del catarismo. Eran los domini canes: los

«perros de Dios».

Los santos y los herejes tienen el mismo problema: ciertos biógrafos

tendenciosos han distorsionado tanto su historia que ésta ha acabado

obscurecida por las mentiras. De la espesura de la hagiografía, lo que podemos

discernir sobre Domingo es su clarividente itinerario de piedad y la influencia

que ejerció en sus contemporáneos. Al igual que Inocencio III, era un líder de

gran fe y convicciones inquebrantables. Como brillante estudiante de Castilla,

impresionó a la nobleza local, a la que pertenecía, al ofrecerse a ser vendido

como esclavo para liberar cristianos cautivos en tierra de moros. Diego de

Azevedo, obispo de Osma, se fijó en él, y Domingo lo acompañó en dos

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misiones diplomáticas a Dinamarca antes de dirigirse finalmente a Roma, en el

invierno de 1205-1206, para conocer al Papa. Cuando vio a Domingo, Inocencio,

diez años mayor, reconoció su poder espiritual. Rechazó la solicitud de los

españoles de ir a evangelizar los países bálticos y en vez de ello les ordenó ir al

Languedoc.

En marzo de 1206, según muchos biógrafos del santo, Domingo y Diego

interrumpieron la conmiseración de Arnaud Amaury, Pierre de Castelnau y

Raoul de Fontfroide en Montpellier. Los dos recién llegados tenían varias

sugerencias que hacer. En sus viajes habían atravesado el Languedoc y visto a

los perfectos cátaros en pleno trabajo. Lo que les impresionó, lo que sin duda

estaba en el origen de la popularidad de la herejía entre los laicos, era la

pobreza sincera, piadosa, de los jefes cátaros. Vivían como los apóstoles y, con

grado extremo de sencillez, sus únicas posesiones eran unos cuantos libros

sagrados y la ropa que llevaban puesta. Era previsible que los legados no

pudieran hacer progresos contra ellos. Como príncipes de la Iglesia y enviados

del Papa, los cistercienses viajaban con gran pompa, con un séquito de secuaces,

guardaespaldas, sirvientes y aduladores siempre a su disposición. A los ojos de

los buscadores espirituales del Languedoc, los legados aparecían como

hipócritas consentidos, incapaces de hablarle al alma. Eran tiempos en que se

requería una auténtica indigencia material, no ostentación feudal.

Domingo y Diego habían identificado con acierto el rasgo más atractivo de

sus adversarios: la pobreza apostólica. Los miembros de otra secta cristiana

heterodoxa, los valdenses, iban de un lado a otro como predicadores

paupérrimos y rogaban a otros clérigos que hicieran lo mismo. (Reformistas en

el fondo, en 1184 a los valdenses se les había condenado a la ligera como

herejes, lo que los radicalizó aún más.) Por otro lado, el aliciente de la pobreza

no se limitaba al Languedoc. En 1210, un sucio pordiosero que había estado

atrayendo multitudes en el centro de Italia fue conducido ante Inocencio III, en

el palacio de Letrán, para que éste le interrogara. Tras decirle al hombre que

tomara un baño y pasar después una noche agitada soñando en lo que aquél le

había contado, el Papa dio astutamente su aprobación a Francisco de Asís,

máximo exponente de la no ortodoxia. En el techo de la basílica de Asís, que

honra al conocidísimo santo, Giotto inmortalizó el sueño de Inocencio, lo que

dio pie a la fundación de la otra gran orden de frailes, los franciscanos. La

piedad de los desharrapados casaba a duras penas con las ambiciones del Papa

de una Iglesia revitalizada, pero al parecer nadie podía rechazar al bondadoso

Francisco.

En Montpellier, Domingo y Diego no provocaron sueño alguno, pero fueron

igual de persuasivos. Los grandes cistercienses consintieron, al menos

temporalmente, en prescindir de las prebendas de su cargo. El hereje

Languedoc seguramente miró estupefacto cómo, durante el verano de 1206, los

legados descalzos, guiados por los piadosos españoles, caminaban dando

traspiés, pidiendo limosna y predicando sin descanso. Se celebraron debates en

Servián, Béziers, Carcasona, Pamiers, Fanjeaux, Montréal y Verfeil, lugar este

último donde, a mediados del siglo XII, habían hecho callar al furioso Bernardo

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de Clairvaux. Los perfectos aceptaron el reto, y las conversaciones, que duraron

semanas enteras, fueron interrumpidas por mordaces invectivas y disertaciones

teológicas. Fue un momento singular en la historia de la religión.

Entre los paladines del catarismo se contaban su preeminente predicador,

Guilhabert de Castres; un noble que se hizo perfecto, Benedict de Termes; un

antiguo caballero de la hereje Verfeil, Pons Jordan, y un asceta socarrón llamado

Arnold Hot. Según los cronistas católicos, que constituyen nuestras únicas

fuentes históricas, Diego y Domingo pagaron con la misma moneda. En

Fanjeaux y Montréal, Domingo habló ante multitudes descaradamente hostiles

al catolicismo. La gran dama de la región era una admirada perfecta, Blanche de

Laurac; tres de sus cuatro hijas habían seguido su ejemplo, y su único hijo,

Aimery de Montréal, no se esforzó en ocultar su animadversión por los legados

papales. Posteriores tradiciones dominicas hablan de que, durante una de las

discusiones, Domingo hizo un milagro. Un hereje arrojó tres veces al fuego las

notas del santo, pero no se quemaron. A continuación, los papeles subieron

flotando por el aire hasta chamuscar una viga del techo —que actualmente

adorna la iglesia de Fanjeaux— y volver a planear hacia abajo ante una

asamblea pasmada.5 Los debates no lograron estimular una deserción masiva de

la causa cátara. En esos años Domingo convirtió entre doce y ciento cincuenta

personas, número que varía según el estusiasmo del historiador consultado. Sus

conquistas espirituales más importantes fueron unas jóvenes nobles reducidas a

la miseria que vivían en el hogar de una mujer perfecta. También este logro se

completa con el encendido relato de un milagro. Mientras el español estaba de

pie en la cumbre de una colina de Fanjeaux mirando las excelentes tierras de

labrantío que se extendían hasta la cercana Montréal, tres esferas llameantes

cayeron como rayos desde el cielo y llegaron a la diminuta Prouille, una aldea

de las tierras bajas en la que, según entendió Domingo, debía fundar un

convento para sus muchachas cataras conversas. Con la ayuda de esas grandes

bolas de fuego, el santo había vuelto a señalar con acierto otro elemento de la

fuerza del catarismo: su red de refugios para el excedente de mujeres en el

Languedoc. Según el novelista católico francés Georges Bernanos, Domingo, en

su lecho de muerte de Bolonia, confesó: «Me reprocho haber gozado siempre

menos conversando con las señoras mayores que con las chicas jóvenes».6

La resistencia de Domingo, quizás incluso su vicio secreto, no era compartido

por sus compañeros. A principios de 1207, la exigua cosecha de almas, junto con

los ardores propios de la vida itinerante, forzaron a los legados papales a volver

a su vida anterior. Arnaud viajó a Borgoña para presidir una asamblea general

de la orden cisterciense; Pierre, cuyo carácter arrogante se había convertido en

algo detestable, se marchó a reanudar sus bravatas a la nobleza amenazando

5 Cuando visité Fanjeaux en el verano de 1998, una monja dominica coreana me enseñó amablemente el

convento y me indicó dónde había tenido lugar el milagro. Cuando ya me iba, la religiosa me pidió que

firmara en el libro de visitas. Advertí que el último visitante había sido un español que había firmado

hacía varios meses; había escrito: «Te perdono, Domingo, burro, no supiste lo que hacías.»

6 La confesión de Domingo en su lecho de muerte sobre su preferencia por la compañía de muchachas

jóvenes aparece en Les Predestines, de Georges Bernanos (p. 77).

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con detener a todos los que habían participado en los recientes debates. El

hermano Raoul de Fontfroide, discretamente alentado por Domingo y Diego,

creyó que lo más juicioso sería alejar a Pierre de las discusiones para no irritar a

públicos hostiles de antemano. Ocupó su puesto otro cisterciense obstinado,

aunque menos antipático: Fulko, el obispo de Tolosa.

En el espacio de pocos años, la perseverancia de Domingo por la senda de la

pobreza le había granjeado una fama que competía con la de los perfectos. Los

interminables viajes por tierras de Foix, Tolosa y Albi le llevaron hasta lo más

recóndito del país dualista.7 Según la leyenda, un buen día unos campesinos

herejes lo pararon en mitad de un campo y le preguntaron qué haría si ellos lo

atacaban. He aquí la famosa respuesta de Domingo: «Os suplicaría que no me

matarais de un golpe, sino que me arrancarais miembro a miembro para que se

prolongara mi martirio; me gustaría ser tan sólo un tronco sin miembros, con

los ojos arrancados, y revolearme en mi propia sangre, y así quizás obtendría

una corona de mártir más digna.»8 Lo dejaron en paz.

Fue Pierre de Castelnau quien puso punto final a aquellos años de

conversaciones, aunque no del modo que pretendía. En la primavera de 1207

visitó a los nobles menos importantes del oeste de la Provenza y les ordenó que

persiguieran herejes en vez de utilizar mercenarios en guerras privadas que a

menudo lesionaban los intereses de la Iglesia. En aquella época, los provenzales

estaban sublevados contra su señor titular, Raimundo de Tolosa. Aunque casi

todos juraron obedecer a Pierre en el asunto de los mercenarios, el conde

Raimundo se negó rotundamente: no podía llevar sus asuntos sin tropas

asalariadas, ni tampoco estaba muy dispuesto a perseguir a su gente por sus

creencias religiosas. Pierre lo excomulgó de inmediato al tiempo que rescindía

todas las obligaciones feudales contraídas por sus vasallos. Y ello frente a una

concurrida reunión, vociferando la rúbrica final de su anatema: «El que os

7 Aquellos que sean lo bastante mayores para acordarse de los gorjeos de la monja belga que en 1963

logró un gran éxito con una canción sobre santo Domingo, quizá se sorprendan de saber que uno de los

versos tiene que ver con los cátaros. Coro y estrofas en francés: «Dominique, ñique, ñique I S'en allait

tout simplement I Routier pauvre et chantant I En tous chemins, en tous lieux III ne parle que du bon

Dieu III ne parle que du bon Dieu... A l'epoque oú Jean-sans-Terre I D'Anglaterre était le roi

/Dominique, notre Pére I Combattit les Albigeois.» Ahora en español: «Dominique, ñique, ñique /

simplemente se marchó / Pobre, caminando y cantando por los caminos / sólo habla del Señor / sólo habla

del Señor... / En la época Juan Sin Tierra / de Inglaterra era el rey / Domingo, nuestro padre / con los

albigenses estaba en guerra.»

8 El primer biógrafo de Domingo, un fraile dominico llamado Jordano de Sajonia, hizo hincapié en el

piadoso pacifismo del español. Otros no estaban tan seguros. Etienne de Salagnac, dominico de mediados

del siglo XIII, escribió que, en una ocasión, un exasperado Domingo pronunció un sermón en Prouille:

«Durante varios años os he dirigido palabras de paz. Os he aconsejado; os he implorado con lágrimas.

Pero como dice un conocido refrán en España, “Si no es por las buenas, será por las malas”. Ahora levantaremos

a príncipes y prelados contra vosotros, y ellos, ¡ay!, a su vez reunirán naciones y pueblos enteros,

y muchos moriréis por la espada. Caerán las torres, y las murallas serán reducidas a escombros, y todos

vosotros seréis reducidos a la servidumbre. Así, prevalecerá la fuerza donde la amable persuasión ha

fracasado.» Si Domingo dijo algo tan profético sólo puede ser objeto de conjeturas. Más bien parece la

invención de alguien que recuerda, y tal vez trata de justificar, la cruzada de los albigenses.

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desposea será considerado virtuoso, el que os mate se hará acreedor de una

bendición.» Según el consenso histórico, fue una acción de Pierre

extraordinariamente provocadora que revelaba cierta impaciencia en la

campaña de sermones y debates.

Arrinconado, Raimundo hizo lo que había hecho siempre desde que en 1194

llegó a ser conde: prometer lo que no tenía intención de cumplir. Aceptó ser el

azote de los herejes y echar a los mercenarios de sus tierras. En agosto de 1207

fue perdonado.

Llegó el otoño y nada sucedió. Domingo predicaba en Prouille, Fulko

discutía en Pamiers, Raimundo perdía el tiempo en Saint-Gilíes, Arnaud

consultaba con Pierre e Inocencio escribía de nuevo al rey de Francia.

Finalmente, los clérigos intentaron salir del punto muerto.

Se decidió castigar otra vez a Raimundo. Como señor más poderoso de un

Languedoc donde se había difundido la herejía, se le consideró responsable de

la repugnante mancha que desfiguraba el rostro de la cristiandad. Se volvió a

elaborar una lista de ofensas: había robado propiedades de la Iglesia, agraviado

a obispos, ultrajado a abades, utilizado mercenarios, concedido cargos públicos

a judíos y respaldado a los cátaros. De ello resultó una nueva excomulgación.

Toda Europa estaba invitada a retirarle el respeto, a apoderarse de cualquier

cosa del conde con la bendición del Papa.

Raimundo trató de negociar otra vez. A tal fin, ese invierno invitó a Pierre de

Castelnau a hablar en su castillo de Saint-Gilíes. Según la correspondencia de

Inocencio III, nuestra principal fuente de los episodios que siguen, las

negociaciones acabaron en saco roto, y Raimundo acabó amenazando

físicamente al legado delante de testigos. No cabe duda de que el diplomático

conde ya no aguantaba al entrometido monje; más o menos igual que cuando el

rey Enrique II de Inglaterra había perdido la paciencia con Becket.

El 13 de enero de 1208, se interrumpieron las conversaciones en una

atmósfera de gran acritud. Pierre y su séquito se fueron de Saint-Gilíes con

destino a Roma. A primera hora de la mañana siguiente, frente a Arles, se

dirigieron al embarcadero que cruzaba el Ródano. Mientras esperaban junto a la

orilla ocurrió lo irremediable. Un jinete desconocido se les acercó y hundió su

espada en la espalda de Pierre.

El legado del papa Inocencio III yacía muerto en el suelo. El diálogo había

acabado.


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