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Era 1988 y fui a Isar la primera semana de febrero. Andaba el personal entregado a la matanza del cerdo y el trasiego del vino, supongo que al amparo de una luna en cuarto menguante, claro está, y aquellos días no se especulaba sobre otra cosa que no fuera el sesudo pronóstico de quien entonces era el pastor de Hornillos acerca de la gran nevada que iba a caer el 9 de febrero.
Pues según tengo entendido, el mentado pastor, hombre curtido y rudo donde los haya, allá por los santos inocentes había observado con detenimiento que a la puesta de sol se formaba cierta neblina de inequívocas connotaciones: a los cuarenta días de semejante manifestación, nevada al canto. Y va y señala como fecha cierta el nueve de febrero. Y que será de las que hacen época. Y tanto es su entusiasmo y tanta su fe que inicia una serie de interminables apuestas a base de cafés completos.
El augurio no se habría tenido en cuenta, quizá, de no ser porque la primavera anterior, cuando todos los labriegos de Castilla pedían al cielo llorase sobre sus campos, el sujeto en cuestión pronosticó con un mes de antelación que para determinada fecha lloverían aguas. Se callaron las campanas, se guardaron hisopos y pendones, cesaron procesiones y rogativas. Cumplido el plazo, el día señalado amaneció lindo, tirando a veraniego, pero con la tarde cayeron un montón de gotas que por lo insólito del evento causaron admirable impresión en todo el valle. Y luego pasó lo que pasó, o quizá no pasó nada: vamos a decir a los de la tele que te contraten para el telediario, que a saber para qué quieren tanto meteosat ni tanta gaita.
No nevó entonces pero a mi me parece que la gente si se lo creyó. O no.
Alegría, que ya es primavera.
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