Crepusculo: Un Amor Peligroso

Aqui leeran mi WN Crepusculo con Dulce y Ucker

Crepusculo: Un Amor Peligroso
Libro Abierto -Parte Cinco-
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carlos
 
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  Libro Abierto -Parte Cinco- 13/Septiembre/2008 - 21:48

—No —dije, sonrojada——, yo lo hago.

Me lucí un poquito. Ya había hecho esta práctica y sabía qué tenía que buscar. Debería resultarme sencillo. Coloqué la primera diapositiva bajo el microscopio y ajusté rápidamente el campo de visión del objetivo a 40X. Examiné la capa durante unos segundos.

—Profase —afirmé con aplomo.

— ¿Te importa si lo miro? —me preguntó cuando empezaba a quitar la diapositiva. Me tomó la mano para detenerme mientras formulaba la pregunta.

Tenía los dedos fríos como témpanos, como si los hubiera metido en un ventisquero antes de la clase, pero no retiré la mano con brusquedad por ese motivo. Cuando me tocó, la mano me ardió igual que si entre nosotros pasara una corriente eléctrica.

—Lo siento —musitó y retiró la mano de inmediato, pero alcanzó el microscopio. Lo miré atolondrada mientras examinaba la diapositiva en menos tiempo aún del que yo había necesitado.

—Profase —asintió, y lo escribió con esmero en el primer espacio de nuestra hoja de trabajo. Sustituyó con velocidad la primera diapositiva por la segunda y le echó un vistazo por encima.

—Anafase —murmuró, y lo anotó mientras hablaba.

Procuré que mi voz sonara indiferente.

— ¿Puedo?

Esbozó una sonrisa burlona y empujó el microscopio hacia mí.

Miré por la lente con avidez, pero me llevé un chasco. ¡Maldición! Había acertado.

— ¿Me pasas la diapositiva número tres? —extendí la mano sin mirarle.

Me la entregó, esta vez con cuidado para no rozarme la piel. Le dirigí la mirada más fugaz posible al decir:

—Interfase.

Le pasé el microscopio antes de que me lo pudiera pedir. Echó un vistazo y luego lo apuntó. Lo hubiera escrito mientras él miraba por el microscopio, pero me acobardó su caligrafía clara y elegante. No quise estropear la hoja con mis torpes garabatos.

Acabamos antes que todos los demás. Vi cómo Diego y su compañera comparaban dos diapositivas una y otra vez y cómo otra pareja abría un libro debajo de la mesa.

Pero eso me dejaba sin otra cosa que hacer, excepto intentar no mirar a Christopher... sin éxito. Lo hice de reojo. De nuevo me estaba observando con ese punto de frustración en la mirada. De repente identifiqué cuál era la sutil diferencia de su rostro.

— ¿Acabas de ponerte lentillas? —le solté sin pensarlo.

Mi inesperada pregunta lo dejó perplejo.

—No.

—Vaya —musité—. Te veo los ojos distintos.

Se encogió de hombros y desvió la mirada.

De hecho, estaba segura de que habían cambiado. Recordaba vividamente el intenso color negro de sus ojos la última vez que me miró colérico. Un negro que destacaba sobre la tez pálida y el pelo cobrizo. Hoy tenían un color totalmente distinto, eran de ocre extraño, más oscuro que un caramelo, pero con un matiz dorado. No entendía cómo podían haber cambiado tanto a no ser que, por algún motivo, me mintiera respecto a las lentillas. O tal vez Forks me estaba volviendo loca en el sentido literal de la palabra.

Observé que volvía a apretar los puños al bajar la vista. En aquel momento el profesor Banner llegó a nuestra mesa para ver por qué no estábamos trabajando y echó un vistazo a nuestra hoja, ya rellena. Entonces miró con más detenimiento las respuestas.

—En fin, Christopher, ¿no crees que deberías dejar que Dulce Maria también mirase por el microscopio?

—Dulce —le corrigió él automáticamente—. En realidad, ella identificó tres de las cinco diapositivas.

El señor Banner me miró ahora con una expresión escéptica.

— ¿Has hecho antes esta práctica de laboratorio? —preguntó.

Sonreí con timidez.

—Con la raíz de una cebolla, no.

— ¿Con una blástula de pescado blanco?

—Sí.

El señor Banner asintió con la cabeza.

— ¿Estabas en un curso avanzado en Phoenix?

—Sí.

—Bueno —dijo después de una pausa—. Supongo que es bueno que ambos seáis compañeros de laboratorio.

Murmuró algo más mientras se alejaba. Una vez que se fue, comencé a garabatear de nuevo en mi cuaderno.

—Es una lástima, lo de la nieve, ¿no? —preguntó Christopher.

Me pareció que se esforzaba por conversar un poco conmigo. La paranoia volvió a apoderarse de mí. Era como si hubiera escuchado mi conversación con Lujan durante el almuerzo e intentara demostrar que me equivocaba.

—En realidad, no —le contesté con sinceridad en lugar de fingir que era tan normal como el resto. Seguía intentando desembarazarme de aquella estúpida sensación de sospecha, y no lograba concentrarme.

—A ti no te gusta el frío.

No era una pregunta.

—Tampoco la humedad —le respondí.

—Para ti, debe de ser difícil vivir en Forks —concluyó.

—Ni te lo imaginas —murmuré con desaliento.

Por algún motivo que no pude alcanzar, parecía fascinado con lo que acababa de decir. Su rostro me turbaba de tal modo que intenté no mirarle más de lo que exigía la buena educación.

—En tal caso, ¿por qué viniste aquí?

Nadie me había preguntado eso, no de forma tan directa e imperiosa como él.

—Es... complicado.

—Creo que voy a poder seguirte —me instó.

Hice una larga pausa y entonces cometí el error de mirar esos relucientes ojos oscuros que me confundían y le respondí sin pensar.


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