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HISTORIAS DEL PUEBLO NAHUATL
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JUAN SANCHES
 
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  HISTORIAS DEL PUEBLO NAHUATL 06/Agosto/2008 - 02:31

 

Los  cuatro  soles

 

Leyenda  Náhuatl.

 

Cuando los dioses ya habían creado la tierra, el agua y el fuego, los dioses de la región de los muertos, Mictlán, se pusieron muy contentos por todo lo creado. Sin embargo se dieron cu;enta de que el sol no les había quedado bien pues alumbraba muy poquito y no calentaba. Fue entonces cuando se reunieron en consejo para crear de nuevo al sol.

 


Tezcatlipoca Negro se ofreció para ser el sol y empezó a alumbrar la tierra. Este fue el primer sol o la primera era.

 

Pero Quetzalcóatl al verlo sintió deseos de ser él quien alumbrara al mundo; corrió hasta donde estaba Tezcatlipoca Negro y lo derribó del cielo con un fuerte golpe. Al caer éste al agua Quetzalcóatl se hizo sol. Este fue el segundo sol.

 

Tezcatlipoca Negro, que tenía la habilidad de convertirse en tigre, lo derribó de un zarpazo y seguidamente se comió a unos gigantes que vivían en la tierra. Furioso, Quetzalcóatl soltó los vientos y ciclones. La gente corría asustada, gritaban que si fueran animales tendrían la facilidad de huir a los montes. Y los dioses los convirtieron en monos. Como ya habían inventado dos veces al hombre, estaban muy desanimados.

 

 

De repente Tláloc les manifestó que él sería el sol. Y en seguida alumbró la tierra.
Este fue el tercer sol.

 

Todo parecía marchar bien; más ocurrió que siendo el dios de la llovía, Tláloc hizo que cayera fuego del cielo convirtiendo a los ríos en llamas que brotaban de los volcanes. La gente corría muerta del susto y gritaba por todas partes que ojalá fueran pájaros para alejarse de ese calor. Confundidos por el desorden, los dioses transformaron a las personas en gaviotas, golondrinas, zenzontles y muchas otras aves de diversos colores y tamaños para que se salvaran. Los dioses se preguntaban que hacer y fue cuando Quetzalcóatl propuso a Chalchiutlicue, diosa del agua, para fungir como astro solar. Este fue el cuarto sol.

 


Tampoco dio resultado pues sólo hubo inundaciones y lluvias y los hombres pedían ser peces para salvarse. Así los dioses los convirtieron en peces y en todos los animales que existen en el agua de los mares, lagunas y ríos. Como llovió por días y días, el cielo cayó sobre la tierra. Quetzalcóatl y Tezcatlipoca Negro se convirtieron en árboles para levantarlo.
Los dioses quedaron muy tristes porque habían fallado en su intento de crear al sol y por añadidura, habían acabado con la raza humana.

 

 

 

Lecuciztecatl  y  Nanahuatzin.

 

Leyenda  Náhuatl.

 

 

En la noche de los tiempos, allá por Teotihuacán, los dioses se reunieron para planear el nuevo día. Y preguntaban quien llevaría a cuestas la luz. Entre los allí reunidos se presentó Tecuciztécatl. ¿Y quién más? Como todos se miraban temerosos y se escondían, los dioses se dirigieron a Nanahuatzin, quien tranquilamente aceptó pues amaba a los dioses.

 

Tecuciztécatl y Nanahuatzin comenzaron a preparar sus ofrendas mientras ayunaban como penitencia; a la par, los dioses preparaban el fuego de la "roca divina". Todo lo que Tecuciztécatl ofrendaba era precioso: plumas de quetzal, oro, espinas de jade, copal y sangre de coral obtenida por espinas de obsidiana. Lo que Nanahuatzin ofrecía eran cañas verdes, plantas medicinales, ocote, espinas de maguey y la sangre pura que manaba por su empleo. Cada uno hizo penitencia en los montes que les construyeron los dioses, los que se dicen son hoy conocidos como las pirámides del Sol y de la Luna. Al concluir el periodo de ayuno regaron sus ofrendas en la tierra y a la medianoche se adornaron y vistieron. A Tecuciztécatl le obsequiaron un tocado de plumas de garza y a Nanahuatzin le regalaron un tocado de papel.

 

Así fue que los dioses comenzaron a reunirse alrededor del fuego divino y en medio colocaron a Tecuciztécatl y a Nanahuatzin. Le ordenaron a Tecuciztécatl que se arrojara al fuego. Este obedeció con premura, pero al sentir el ardor del fuego no lo pudo resistir y retrocedió. Lo intentó una, dos, tres, cuatro veces más y no fue capaz de lanzarse a las llamas; en ese momento, le ordenaron a Nanahuatzin que se adentrara en las llamas. Se arrojó decidido; hizo fuerte su corazón, cerró los ojos y no vaciló. Ardía en el fuego divino. Aquella actitud decidida hizo reflexionar a Tecuciztécatl sobre su temor, e impulsado por el arrepentimiento, se lanzó a las llamas...aunque para entonces, ya era tarde. En esos momentos un águila descendió hacia la hoguera y súbitamente un ocelote brincó dentro cuando las llamas casi se apagaban. De esta forma se explican el negro plumaje del águila y las manchas del ocelote.

 

Los dioses aguardaban de un momento a otro la aparición de Nanahuatzin en algún lugar del cielo, ya transformado en sol. Y el sol llegó del oriente pintado de rojo, hiriendo la vista, esplendoroso, proporcionando calor. Tecuciztécatl llegó después, brillando con igual intensidad. Los dioses se preguntaban que hacer con dos soles. Alguno tomó un conejo y con él abofeteó al segundo sol, opacando su brillo y cambiándolo en la Luna.

 


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