Jorge Lemoine y Bosshardt

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Jorge Lemoine y Bosshardt
Gaviotas que salpican mi escalofrío
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Jorge Lemoine y Bosshardt
 
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  Al señor Administrador 12/Abril/2008 - 19:50

Mis libros que envié quedaron cortados. No sé qué hacer. Archivos tampoco se me permiten por el tamaño. Ayuda por favor. Gracias y disculpe.

 

Jorge

Jorge Lemoine y Bosshardt
 
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  El nombre divino del amor 12/Abril/2008 - 19:46

El nombre divino del amor

 

 

A María Mónica Collazo

 

 

 

 

 

Me desperté con un pedazo de sueño entre las manos

y no supe qué hacer con él

Busqué entonces un pedazo de vigilia,

para vestir el pedazo de sueño,

pero éste ya no estaba.

Tengo ahora un pedazo de vigilia entre las manos

y no sé qué hacer con él.

A menos que encuentre otras manos

que puedan entrar con él al sueño

 

ROBERTO JUARROZ

 

 

 

 

VIAJE POR EL REZO

 

Si tuviera

podríamos cambiar de religión

meternos en un barril lleno de aceite

aprender el lenguaje de las flores

saber cómo se llora en marte.

No sé cómo se fundan

las cosas importantes como ésa.

Y hay tantas otras cosas más

que ignoro

No sé cómo se evita emborracharse

cómo sueñan el amor los sacerdotes

por qué se suicidan

los insectos.

(Ahora me doy cuenta

de que la naturaleza no estaba

preparada para los

inexpugnables faroles)

No tengo religión

pero quisiera cambiar de algo

de verdad podríamos hacerlo

¿Quién inventa las cosas importantes

Quién anda instituyendo los profetas

Quién decidió las alas del gusano?

¿y el instinto de beso en los sonidos?

No es que quiera

cambiarme las desconocidas raíces

Es que contigo podría hacer un viaje

por el polen, arrojarme a un cielo

subalterno por la boca de un sapo

enamorado. Remontarme por el aire

con mis párpados por únicas alas.

Derrotar todos los dogmas de la

arquitectura universal.

Podríamos invitar a un ateo

imaginario a fusilarnos con burbujas

de sonido hasta dejarnos huecos

como una llama.

O hacer un viaje por el rezo. Para

eso sería necesario que nos escondiéramos

en un molino apretando los dientes

para no gritar cuando la piedra nos

enreda con la harina. Nuestras

manos juntas serán el mismo grano

después tal vez nos harían pan

lingote cereal, ladrillo, altar

del hambre y con forma de

luna un poco amapolada

en alguna suburbana iglesia

nos repartirían. Tal vez nos

tocará esa vieja, la que reza

casi con afán. Descenderemos

por su esófago (sabremos

casi algo de los hormigueros)

y veremos el corazón de la fe

el pabilo que sostiene historias

el pedestal de tantas guerras.

Después, un poco como los feligreses

saldremos del recinto sagrado

y nos dirigiremos a los andenes

suburbiales empujados por

la corriente de la derrota.

Allí habrá un túnel mucho

más oscuro.

La salida será lo más difícil.

Creo que prefiero no cambiar de

religión, quedarme con mis palomas

y mis trasnoches de páginas.

 

 

 

 

ALFARERO SIDERAL

 

Quisiera cada gesto innumerable de las

moscas

cada mínimo amor de este planeta

cada polen de arroz

cada hormiguero

cada lluvia que se enguanta por la tierra

cada rayo de luna en el océano

cada faro derretido bajo el agua

la hondura total de las insondables cuevas

cada beso fugaz de cada boca

cada constelación de saliva que destella

cada arruga dactilar

en las piedras colosales de las cordilleras

cada rayo cayendo cada brasa

cada escama de ceniza cada huella

el número total del desarrollo

la molienda de las olas, cada ala

cada cosa en fin para ponerla

desnuda e infinita como harina

en tu cuerpo y tu alma y en tus piernas

en tu memoria hasta el éxtasis que huye

y se agazapa

a cada gramo cada instante de tu vida

para que sepas el completo abecedario

de planetas de sal y de rugidos

de gemidos de galope y de colmena

con que junto a tu nombre catarata

construyo el del amor como alfarero

sideral en esta pieza.

 

 

 

 

ILUMINACIÓN VACÍA

 

Desmantelando naranjas

demoliendo pianos

triturando caracoles

como a fetos de flautas

voy y vengo entre pies

e iluminación vacía

besando la íntima piel de algún espejo

con reflejos de lenguajes diferentes

De esta peregrinación por el aire

de esta torre de saliva

se pueden decir tantas cosas

tiene tantos nombres la soledad

 

Y el tuyo, el más atroz

 

 

 

 

CUANDO EMPRENDO LA TINTA

 

Nunca tengo palabras en la mano

cuando emprendo la tinta.

Es como agitar un árbol

para que caigan los frutos

agazapados en mi saliva

Y siempre cae tu nombre

que maduro a gritos

con la savia en pie.

 

 

 

 

YO NO QUIERO MORIR ESTA LOCURA

 

Ésta no será una depuesta golondrina

una rendida hora de resurrección originaria

yo no quiero morir esta locura

no quiero callarme estos otros silencios

ni descalzarme estas distancias

que mojan mis pies de otras partidas

No. quiero quedarme contigo

hasta ti traje mis últimos zapatos

y mi descanso definitivo.

 

 

 

 

ESTE ÉXODO DE PALABRAS TE BUSCA

 

Con cercenadas pupilas

y voz degollada

con el aliento encallado

en desertados lenguajes

este éxodo de palabras te busca

Y recorre este desértico silencio

como una caravana de flores y suspiros

que se hunde en un horizonte imaginario.

 

 

 

 

SIEMPRE HE ESTADO CONTIGO

 

En este sitio donde el tiempo es otro

uno cualquiera

algunas imaginarias piedras

y extraviadas voces

y jardines de fatigadas cabelleras

y extenuadas ventanas atrapándome

En este sitio de ayer y de mañana

donde hoy somos apenas una sospecha

donde nos adivina el aire

y nos corta las manos

la humedad de la madera

en este escenario

que es el mismo de siempre

uno de tantos

siempre he estado contigo, amor

ahora que te conozco

 

 

 

 

UN GESTO DE LA PIEL O DEL ALIENTO

 

Porque escribo más que nunca

y mis manos son copiosamente

sé que te amo

y por tantas otras cosas

que mi boca dice a veces. (y otras callo)

qué duda cabe de que el amor

es a veces, también un gesto de la piel

o del aliento.

pero no es sólo el hambre repartido

ni ciertos plenilunios dolorosos

ni cierta luminosidad de flores

es nuestra medida

de repente todas las raíces de la memoria

congregadas en la imagen amada

qué duda cabe de que te amo?!

 

 

 

 

EL PAÍS HUNDIDO DE TUS OJOS

 

Me miro constantemente a los espejos

ahora que estoy solo

para tener quizás algo de tus ojos

algo tuyo, algo parecido a tus recuerdos

Pero cuando te pienso

no es mi rostro

ni mi cuerpo turbio y silencioso

el que encuentro.

Sin embargo sé

que cada veta de mi piel

cada hoja de mi pelo sin pájaros

será el país hundido de tus ojos

cueva enterrada de despojos

y a veces el vacío y el silencio de tus manos.

 

 

 

 

NECESITO VERTE AUNQUE SEA EN ESTA PÁGINA

 

No tengo paciencia para quedarme dormido

los sueños revolotean asustados sin posarse

mejor prendo la luz, enciendo mi garganta

necesito verte aunque sea en esta página.

 

 

 

 

SÉ QUE HAY UN RÍO COMO UN PUMA DERRETIDO

 

Yo no conozco esta tierra

he visto su retrato verde en los mapas

sé que hay un río como un puma derretido

que se echa constantemente en el mar.

He visto de pasada algunas casas

algunas esbeltas palmeras, unos faros

unas calles que son siempre las mismas

Tanta gente que no es extranjera

se diría que la memoria

les creció aquí como los frutos

de una planta cualquiera

Ya no me asustan las ciudades como ésta

No me importa dónde tienen la mirada

no tengo miedo de sus policías

y hasta me dan un poco de ternura

sus escuelas y sus hospitales.

yo no conozco esta ciudad de nadies

Pero hay otra que tampoco conocía

donde andaban retrasados mis recuerdos

esperando que yo los recogiera.

Amor, yo te encontré en una ciudad

ya no le tengo miedo a estas ciudades

y me parece que no voy a volver a decir

ni la palabra nunca ni la palabra nadie.

 

 

 

 

MI LLAGA DE CAMINOS

 

Rindo la poesía, depongo mi costra

de horizontes, mi llaga de caminos

aprendo tu nombre y descubro

que siempre he tenido boca.

 

 

 

 

MI CORAZÓN HIZO AGUA

 

Para contarte esta historia hijo mío

tendría que esperar que te cuelgue

la mirada

que llevaras algunos olvidos

algunas puertas cerradas en el alma

 

No puedo imaginarme tu cabeza

tu mano que tendría algo de mapa

tu estatura tu voz un poco llena

de las cosas que llevaras clavadas.

 

Elegiríamos un árbol una piedra

sería tal vez una mañana

nos sentaríamos como dos cosas viejas

dejando que el silencio nos hablara.

 

Tiraríamos pedradas sin destino

hablaríamos de las nubes o del viento

—esas nubes sí las imagino—

yo olvidaría hablarte de estos versos.

 

¿Cómo decirte que llevamos algo roto

que el amor a veces se disipa

que se secan las manos y los ojos

que todo lo invade la ceniza?

 

Cómo habría de explicarte cada noche

cada foto cada muerte de memoria

explicarte que me fui sin donde

a cambiarme de zapatos y de historia

 

Cómo explicarte que mi corazón hizo agua

que le entró la noche hasta el hastío

Tiraría tal vez otras pedradas

Miraría a los ojos al vacío.

 

Y después te lo diría todo

de una sola llave de una sola agua

te abriría mi corazón de lodo

y te daría a beber todas mis lámparas.

 

Te diría su nombre de casi catarata

te contaría sus ojos de panales

y usaría palabras no estrenadas

para contarte su alma de trigales.

 

Yo no sé dónde está ese árbol protegiendo

el primer día de nuestras raíces

el momento de mirarnos a un espejo

sin buscar ni frases ni matices.

 

Ese día tal vez un poco ronco

te pediría inaugurar ciertos olvidos:

Cambiar el nombre obligatorio

del padre por el de un amigo.

 

Ahora ya zarpo de esta historia

para no anticiparme a mi memoria

y a mis pasos, antes del camino.

 

 

 

 

LA CINTURA DEL SILENCIO

 

Mi garganta aprieta

 

La cintura del silencio

como una espada rota

como un perro muerto

Ya no puedo esconderme

del asedio del espejo

debo poner sobre la mesa

los antes y los lejos

 

 

 

 

QUE EL AMOR NO APRENDA A TENER ASCO

 

Voy a escribir un verso con la palabra caca

el amor me lo indulta con una flor mojada

Pero para darte mi vida hecha poema

debo poner en él también las cosas muertas

Es la única manera de guardarnos

de que el amor no aprenda a tener asco

He escrito un verso con una palabra muerta

he dejado al silencio detrás de la puerta

Y ya no necesito escribir otras palabras macabras

una sola nos basta como una lámpara

Podemos ya indemnes caminar entre los pastos

inmunes al silencio con florecidos pasos.

Y echar este verso a la basura

con el aliento limpio de gaviota y altura.

 

 

 

 

ESTATUA DE MUJER

 

Tú, toda fulgor

cuerpo de totales melodías

mirada de canción

olor de fruta improvisada

estatua del amor,

yo con los ojos en voz alta

un poco de carbón

como un barco que te atraca,

sonreímos los dos.

 

 

 

 

LA HEBRA DE RELÁMPAGO

 

Me estaba peinando ante el espejo

y como un pez, sospechado entre la sumersión

y la espesura, una cana brilló su hebra de

relámpago.

Empecé a deletrear mechones hasta tenerla

firmemente entre mi pulgar y mi índice.

Cuando ya estaba por dar el tirón suicida,

me detuve. Decidí no cambiar de nombre,

no empezar una careta minuciosa. Decidí

no ser otra persona.

 

 

 

 

ALTA MAR DE PÁGINAS

 

I

 

travesía, a verso traviesa

a recuerdo traviesa

 

II

 

A noche traviesa

como un oscuro jinete

A verso traviesa

como un ciego demente

Alta mar de páginas

marejada en las sienes

pleniluna tu cara

y tu distancia llueve.

 

 

 

 

EL RITO DE AMARTE QUE ME ARRASTRA

 

A veces me despierta una amapola

a veces me horada una campana

a veces me lava la cara una ventana

y otras veces me encierra entre sus páginas la aurora

 

Yo no tengo la conducta preparada

de los ríos de estiradas cicatrices

A veces soy (voy) la nieve que se derrite

y otras veces me quedo hecho montaña

 

A veces me ilumina una naranja

o me convence con rincones la tiniebla

y ando buscándome entre la niebla

hasta que una flauta inesperada me apuñala

 

Pero de todas mis conductas planetarias

de mi espesa diversidad de selva

hay una constante y siempre nueva

el rito de amarte que me arrastra

 

por flores y por piedras y palabras

por los mismos nombres de la tierra

y en cada cosa se renueva

como mil tardes diferentes en el agua.

 

 

 

 

EL RINCÓN MÁS LÚGUBRE DEL MIEDO

 

Esta noche es toda de pupila

es mi mínima estatura que rebota

contra el parche celeste que me azota

me desangra me pisa y me destila

El silencio me acorrala y me vigila

y el vacío con desenfrenada bota

me pisa la garganta rota

y me arroja a una lágrima y me exilia

 

Al rincón más lúgubre del miedo.

Mis ojos se caen derretidos

mis manos se evaporan y me traicionan

y la tiniebla me escarba con candente dedo

el silencio me clava un implacable alarido

Y todo se va. Sólo las ratas se demoran.

 

 

 

 

EL AMOR ES IGUAL A SU SOSPECHA

 

Antes estaba hecho de peligros

veía con bastón como un murciélago

y andaba con actitud cavernosa

ensuciando con mi sonido la mañana.

No sé cómo pero de repente

habías estado siempre en algún sitio

Y llegaste y sin preguntarme un solo pájaro

Jorge Lemoine y Bosshardt
 
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  Te acorralaré hasta matarte 12/Abril/2008 - 19:43

Te acorralaré hasta matarte

 

 

A René Villar

 

 

 

 

 

(CUENTOS)

 

 

 

 

Tenemos que aspirar a vivir en estado poético y evitar que la prosa sumerja para siempre nuestras vidas.

 

CARLOS NORONHA

 

 

 

 

CACHO UNO

 

Viaje al fondo del mar

 

 

 

¿CUÁNTO FALTABA?

 

Entonces me preguntó que cuánto faltaba y yo le dije que dos años y me dijo que bueno, que gracias porque era feo quedarse con esa ansiedad indefinida de no saber cuándo. Entonces no volvimos a hablar, y yo no vine a escribir esto para verlo después.

Hoy es después y atravesé un largo olvido y ahora estoy ante mi precaución de hace... ¿cuánto tiempo hace? ¿Cuánto faltaba? ¿Para esto? ¿Para esto faltaba?

¿Cuánto faltaba para qué?

 

 

 

 

EL MEJOR VERSO DEL MUNDO

 

Libro: "Cuentos absurdos o de por qué todos ustedes son idiotas".

 

Cuento del mejor verso del mundo o de por qué la felicidad es estar convencido de uno mismo y no tener la más mínima idea.

 

Yo no tenía la menor sospecha que me habría de enterar después, al desatarse la lluvia, que había estado nublado. Que había estado todo el día por llover. Como que me enterara de que podría haberme muerto, por ejemplo, porque un hecho de mi costumbre ya no contase con las mismas circunstancias, y al llegar yo la casualidad lo volviera a las características que eran mi normalidad. Supongamos una canilla de agua que tiene electricidad por un cable de la azotea roto en una tormenta producida después que yo me fui y que al llegar yo a lavarme, para sorpresa de los que podrían estar viendo esta película, no me electrocuto por un fortuito corte de luz.

Enterarme de eso sería medir la ineficacia de la vida, como, y al fin y al cabo esto es lo que importa, enterarme con la lluvia que estuvo nublado el cielo.

Es decir, y me asalta la duda de siempre y esa insaciable condición de preguntar cosas y la maniática irrespondibilidad que les obliga el tiempo. La única certeza de las cosas es que han sido.

Enterarme de que no me he muerto no tiene sentido. Es lógico que no me haya muerto.

Pero esto es trágico, y no por lo de la muerte, sino porque tal vez nadie sabe que se ha muerto y, peor aún, la duda de eso que tengo ahora deberá esperar hasta morirme, y si no sé que he muerto, menos sabré que no resolví mi duda. Y qué atroz morirse con la duda. ¡Pero qué duda si no estoy enterrado! El embrollo de siempre. Meterme en un pasillo redondo, que vuelve sobre sí mismo, y de repente perder de vista la puerta. Tengo la manía de empezar a escribir cosas que no sé hacia dónde van.

Es como ponerme un par de skis. Siempre, cada vez, por primera vez. Y echarme pendiente abajo.

Lo catastrófico es que, por lo menos en el caso de los skiadores neófitos, la solución está en un árbol al que, a pesar de los huesos rotos, se le puede agradecer en nombre del "si no, no sé qué hubiera pasado".

Pero ponerme una lapicera y un escribir, y una nieve que no sé con qué nombrar, es otra cosa.

No sé... la locura no nos avisa ni tiende la mano con árboles.

Es decir, el que va al sicoanalista tres veces por semana, es seguro que no está loco.

El caso es que, en este mismo momento, skiando pendiente abajo de la tinta y la vigilia, hablo de skiar.

Es como me pasó una vez, pero exactamente lo contrario, que escribí entre paréntesis que lo escrito entre paréntesis no tenía sentido. Lamentablemente yo lo había puesto para indicar que no había agravio en cierta anterior frase puesta entre paréntesis.

No perdí un amigo. No había entendido mi sutileza.

Aquí digo es decir, como la gente que se siente inteligente. (Es decir como yo.) Es decir, era como el niño al que obligan a pedir disculpas y que en cuanto lo sueltan se retracta y reitera el insulto: "¡No te pido perdón una mierda, gordo chancho!" O cualquier ejemplo de su infancia, señor, vamos, no se haga el bueno, y menos el maduro. Que no hay snobismo más barato que aparentar ser no-snob.

Bueno, el asunto, para que se entienda (brutos de mierda, ya llevo una página explicándoles), es que yo decía: "(Lo que está entre paréntesis no es cierto.)" Por lo tanto, y no me vengan con que se habían dado cuenta de la jugada, les dije en las narices "Brutos de mierda". Bueno, así le hice a mi amigo.

Jódanse por comprar este libro.

¿Quién les mandó creer al camelero del Jaron cuando les decía que era "Buenísimo!"?

Qué gracioso. El Jaron lo decía porque yo, que no lo había previsto (otra vez el túnel circular), lo nombraba antes de que él hiciera el comentario.

Jaron... sos un boludo por no existir.

Mejor les explico esto otro, B. de M., que es más fácil: dije "jódanse por comprar el libro". Pero lo escribí. (Antes de que fuera un libro.) Como si yo esperara que ustedes fueran tan pelotudos por comprar un libro en el que les decía, aún antes de que el libro existiera, que eran unos pelotudos por comprarlo.

Yo los preví. Ustedes a mí no. Porque eso es lo que hago: cagarme de risa de ustedes.

 

Ah!,

¡el verso!... El mejor del mundo... Era...

 

La lluvia tirita sobre el techo su

cabellera de cristal.

 

Me di cuenta cuando empezó a llover.

Ya nadie podía convencerme

de que llover no fuera eso: tirita sobre el techo su cabellera de cristal. Como el tri-tri de Lugones. Los que no sepan qué es el tri-tri de Lugones, no habrán tenido el tupé de ofenderse por lo de brutos de mierda, ¿no?

Ah!: Lo de que la felicidad es estar conforme con uno mismo pero no tener la más mínima idea. Es una linda frase. Cómoda para ustedes que no la entienden pero que se ponen siempre palabras en la boca que les quedan como un clavel en el ojo del culo.

¿Qué? ¿No entienden mi conformidad? Después de haberlos cagado, la única conformidad posible es la mía.

Ahora, díganme, ¿quién carajo me puede cagar de ustedes?

 

CÉSAR BRUTO

 

(En el medio de la firma y el final, un dibujito tipo Mafalda skiando con soltura.)

 

Otras veces puede pasar que en la primera prueba nos enteremos de que éramos grandes skiadores.

 

Contratapa del cuento:

(Dibujito de un skiador que se cagó de un porrazo.)

 

Fin del libro:

Éste es un libro de cuentos que se traman cuentos y se subtitulan cuentos y cuentan cuentitos donde se cuentan cuentitos... Etc.

=

(Igual:) = 100 dividido 3 = 33,333333... etc.

 

Es como ir al cine donde dan una película en que se va al cine y dan una película en que se va al cine (acá la tinta va empalideciendo gradualmente).

 

Ah! O si no, como eso del tarrito de Royal (*), en que hay una vieja con una escoba y un gato. La vieja y la escoba me importan tres carajos, pero la vieja tiene un tarrititito de Royal donde habrá otra vieja que seguirá sin importarme tres carajos, y así hasta que el boludo que pinta los tarritos de Royal se dé cuenta de que en su puta vida va a terminar de pintar uno, porque pintar uno adentro del otro es como avanzar siempre la mitad, y es no llegar nunca. (La proporción entre un tarro y el pintado dentro, tal vez no es de 1 a ½.)

 

—Dibujito:

Un tipo grita los tengo, tengo todos los tarritititititititi...: (aquí la letra va achicándose gradualmente).

 

[Esto es un dibujito de un tarrito de Royal que tiene un dibujito de un tarrito con tarrititito con 100 dividido 3 = ..., etc. Va justo aquí.]—

 

(*) Esto es para vos Graciela, Chela, Gache, Chelita, que te ponés claveles en el culo y te quedan como el ojete, y yo ya no me los pongo ni siquiera hombres (no me decoro las palabras con nada, ¡O SEA!), como ese amigo tuyo tan puto.

Además que ahora soy famoso.

Por lo menos te rompí las pelotas hasta el final del libro y ahora estoy en tu biblioteca.

 

(Dibujo de un tacho de basura. Va justo aquí): ¡Boluda! ¡Tirándome a la basura!

No podés evitarlo.

 

 

 

_________________

Ahora que me conocen:

¡Compren mi libro de versos cuando aparezca!

Los desafío a que me entiendan.

No importa,

la posteridad me dará la razón.

 

De más está decir que no hago la salvedad de que los nombres, sitios y hechos que aquí aparecen no tienen que ver con la realidad y que cualquier semejanza es pura casualidad, porque sé que no me van a creer.

 

 

 

 

EL MEJOR CUENTO

 

Había escrito mi mejor

|

cuento

|

en el cuento una situación similar

aviso, sugerencia intuitiva

|

terminé de leer y al rato me di

cuenta de que el propio cuento podría

pasarme

etc.

 

Estuve grabando todo el tiempo, recité

y cuando terminé, estaba desenchufado.

 

 

 

 

EL RELOJ

 

Estoy delante de este cuento que todavía es duda. Silvia también está tratando de escribir. Debajo del afán de descubrir la posibilidad de un nombre, un hombre, un lugar y un hecho, nos azuza un afán de encontrar primero que el otro de los dos, el cuento que buscamos. Yo no tengo idea de cómo será o es. Por eso tengo miedo de pasar de largo, sin reconocerlo, cuando lo tenga ante los ojos. Silvia ha tachado algo. Mis hermanas se cagan de risa de no sé qué cosa y yo no encuentro el hilo de no sé qué cuestión. ¡Carajo! Voy a sacar la leche del fuego para tomar el remedio. Estoy ronco; claro, en la caligrafía no se nota.

El reloj late con la parsimonia de los | tacho | no sé con la parsimonia de los qué, tacho parsimonia | El reloj late con la | no sé con la qué late ese reloj de mierda | Con la qué de los no sé qué.

Esto no sirve como cuento. El reloj no late un carajo. Son las 8 y 10 y hace 10 que estoy con ese reloj de las 8 y 10.

Silvia ya lleva media página. Tomo el remedio. La mierda, la leche estaba muy caliente y dije mierda. Además, la pastilla es tan amarga.

Estaba predestinado mi fracaso como cuentista. Aunque, pensándolo bien, mi personaje tal vez está llamando desde la nada para ser, y yo bruto que no sé escribirlo.

¿Quién será?

Éste es un cuento sobre un cuento que no es. Por eso éste es un cuento que no es. Y no les cuento nada. ¡Qué carajo!

 

 

 

_________________

Lo que Silvia "a" tachado es la A sin H.

 

 

 

 

DE LA BALA DE MI FUSILAMIENTO

 

Mi silencio hace un ruido infernal.

Sobre todo cuando intento abrirme para descubrir ese incierto grito que tal vez me falta un testigo para existir.

Entonces lo vislumbro entre el muraje portentoso de mis huesos desperezando los goznes de su obesa flotación. Como el vacío. Es el silencio mismo. Vibrando como la nada tiene un verbo distinto de existir. Y no la numeral intransigencia del concepto. Viene de huecos remotos que hago en la carne del silencio primero. Es decir.

Es como estar en sombras completamente (nadie se salva del terror que infunde la idea de no abrirse nunca más, descubrir que era la primera imbatible imagen inimaginable, de estar ciego).

Entonces como en latidos, como grillos sin cambiar de color, o de incolor, es decir sin número, pero vivo, vibran como luciérnagas. Desaparecen. Lucharé todo el intiempo, hasta que retengo una, es decir me detengo. Me acorto hasta la inexistencia del instante y la luz fugaz tiene un tiempo infinito. Es como un hueco en el silencio primero. Allí me instalo. Es el silencio segundo. Como el número 2 (cualquier número del infinito). Es un lugar en un pasillo donde moverme no tiene realidad de cambio. Es decir, es un túnel en el instante. La eternidad.

Es decir, allí puedo decir aquí. Pero si me traslado más allá sigue siendo aquí, es decir allí y no he cambiado de lugar y sí. Es decir, ya rompí mi primera sujeción, el tiempo.

De la bala de mi fusilamiento. Tal vez en esta eternidad que se parece a tantas seguía escuchando el ruido que aún no había cambiado de instante.

Tanta es la urgencia o la obediencia de entenderlo todo que la humanidad, mi rígido montón de cosas que soy hombre comprende. En ese silencio inconmensurable que puedo abrir entre cualquiera de dos sitios del ruido de la explosión de los fusiles, tal vez eso es el alma, encuentro el insignificado absoluto, tal vez la nada y huyo a un verbo distinto por una puerta que me parece reconocer.

 

 

 

 

YO NO LOS HABÍA VISTO NUNCA

 

Yo no los había visto nunca, se me acercaron afables, ahora comprendo y digo afables, con un gesto que significaba eso, luego supe que era un gesto. (Ahora ya hace tiempo que he aprendido a saber qué significan.) Nunca me pregunté mi propio significado.

Entonces me tocaron, se atarearon con sus manos sobre mi piel repitiendo mecánicamente gestos iguales. Yo no sabía sentir, pero después del primero empecé a reconocer que había sido el primero y me hice amigo de los signos; fue mi primera idea del orden y supe que cuando las cosas son empiezan por ser primeras.

Y estuvimos siglos asumiéndonos empujados por tanta soledad. Entonces solíamos durante larguísimos inviernos dedicarnos a ser con la manera de uno solo de tantos gestos que después aprendimos o inventamos. Generalmente coincidíamos en la sensación interna y hacíamos muecas parecidas para remedar alguna cosa. Entonces ya fue la memoria y mecánicamente anudamos un signo a otro y nos empezamos a volver torpes y a esconder entre dos algún signo que no queríamos dejar ver. Ahora lo comprendo: ellos habrían dicho somos los amigos. Y también aprendieron el tiempo porque yo o cualquier cosa les pusimos antes el antes y después el después, y aprendimos cuándo.

Aunque yo digo un siglo de espera y en verdad dejé pasar creo muchos años o muchos días en que no sabía pensar después y no sabía contar. Entonces ya teníamos un signo cada uno como identificados, asimilados a nuestro propio significado.

Ahora comprendo, por eso dije eso de las cosas, y pienso que es necesario lo primero de algo opuesto para saber que algo termina y a veces como las otras veces (las que siguen) dan idea de la primera es menester que algo deje de ser o pasar para que uno sepa que pasaba. (Entonces todavía pensaba que ser era pasar, aunque no sabía que lo que era podría llegar a pasar.)

Comprendí que tantas aprensiones habían sido el temor de lo otro y cuando aprendí a durar y contar, aunque un siglo podía ser más o menos que un día, empecé a tener el miedo de cuanto temía todavía y la ansiedad de cuanto faltaba.

Ahora comprendo, ellos habían dicho somos los amigos, y antes de ellos yo no sabía que yo solo, y ahora después de ellos ya sabía que yo solo, por eso de las veces de las cosas, y ahora sí me sentía solo, y no le puse signo a eso porque no tenía a quién hacerle la mueca.

 

Si ellos miraban desde afuera, tal vez yo no sabría nunca cuándo porque cada vez que quería sorprenderlos tal vez se escondían. Porque a lo mejor ellos no son ni visibles ni audibles y son otras cosas, y tal vez me están induciendo sus lenguajes en sentidos que ellos ignoran que yo no tengo, porque creen que simplemente no les entiendo.

 

Entonces me di cuenta que había sido antes y después de la segunda tuve la idea del primero, alguien que sabía afuera mío me estaba tocando, enseñándome la piel que había sido mi duda, ese temor de tantas cosas, como un lejano, remoto pero inicial hábito de que yo me acomodara de alguna manera a cada toque distinto. Ahora pienso y tengo miedo de que no hubiera sido así, como si pudiera estar equivocado o debiera empezar de nuevo y ya no fuera tanta la suerte de reconocer una cosa en la otra. Porque en verdad yo no tenía más que los signos que me hacía en la piel (ahora sé y digo la piel), pero no sabía a qué se parecía, no sabía (ahora sé qué es eso de comparar) con qué debía compararlo, porque soy... y todavía no lo entiendo del todo a eso de que soy ciego. Siempre les pregunto cómo son ellos que no son ciegos, pero no entiendo lo que me dicen porque me vuelve a faltar el punto de comparación. En realidad no sé si alguna vez podré entender eso de que soy ciego.

 

 

 

 

LAS HABITACIONES DEL INSOMNIO

 

Por fin sonó el teléfono. Un escalofrío me llenó de arena. Cuánto puede asombrarme lo que termina con una espera.

Qué ajena sentí la inquietud o no del que llamaba.

¿Qué era el otro lado de un teléfono?

Y tres veces la chicharra. Un ritmo interior separó mucho la cuarta. Sentí la eternidad, la última campanada. Y ya no sonó la chicharra. ¿Era ésa la consigna que estaba esperando? ¿Uno que se dio cuenta que equivocó el número al tercer timbrazo, o Graciela que se volvía al rincón de su café para ordenar el mientras de mi colectivo? Pensé en que dudaría ella también de haberse equivocado. Hay timbres parecidos. ¿Y si no había sido mi número, y yo aquí, otra vez con el corazón estirado equivocando rumbos en qué sé yo qué venas, con el saco en la mano como un idiota?

Había sido ella. ¿Quién si no a esa hora, y por qué equivocarse justo con mi casa y por qué tres timbrazos? Salí, con el saco en la mano todavía.

Tuve miedo de contar más ritmos en el ascensor, como si se me pasara el momento de evitar el infinito en un cuadrado tan verde con una fecha rayada a moneda y un lugar sin espejo, que necesité en ese momento. Siete pisos. Fácilmente un segundo pudo ser más largo que un día. Tantos segundos en ese día corto que también pudieron ser más largos que un día.

¿Y si Graciela estaba llamando, sin saber de poder ser dudada con un equivocado a las 12 y tres timbres iguales?

Creo que los locos empiezan perdiendo el ritmo. Las habitaciones del insomnio tienen paredes móviles que están acercándose constantemente y nunca llegan.

La calle se me aplastó contra la piel distraída. Me recortó los contornos con esa exactitud con que el frío limita los miembros que pudieron parecer infinitos.

La noche caminaba a mi costado. Ahora el ritmo era mío. Aunque había otros. Aunque hubiera otros.

Estaba parada afuera soportando el edificio que se le apoyaba en la espalda. La quería con esa sensación a gusto rojo y salada.

Adentro de la confitería, qué me importaban las gentes que no existían, no esperaban teléfonos ni la querían con sensaciones ni la veían soportando edificios.

 

 

Yo no manejaba las luces de las ventanas prendidas. Las recogía así, mías en un primer u octavo piso, la noche era así, y ninguna tuvo las luces en el mismo orden, o yo no lo vi.

Graciela compartía la noche a mi costado. Era dulce verla sufrir. Sí, sufría. Pobrecita, me comía su imagen como acurrucando un cachorro con frío.

Era múltiple, tenía raíces clavadas por adentro, y no entendía nunca que me gustaba besarla entre las piernas o chuparle los pies o morderle el pelo.

 

 

El saloncito era cuadrado, color crema, con guardas, cuadros, sillones, revistas y una mesa debajo de las revistas. La imagen era más Graciela. Yo miré cosa por cosa y la imagen siguió siendo más Graciela. Luego desaparecieron las guardas, las revistas, el color crema, la llave de la luz o el lugar del enchufe. Nunca me voy a acordar, era un lugar, una sala de espera, amontonadas un montón de cosas para ser sala de espera. La imagen era Graciela. Espera. Graciela. Me miré los zapatos. Todavía a veces me miro los zapatos, sin buscar nada.

No conté cuántas baldosas miraba ni miré el dibujo. Ya no llevé la cuenta de ritmos. Todo era un mazacote espeso de cuadros y enchufes y silencio entre Graciela y Graciela.

Otra vez el doctor. Corregí la primera imagen. Era más pelado que cuando entré y otras cosas más. Era ése y mi imagen que pierde facciones en seguida era igual pero toda distinta.

Salimos en el ascensor viejo, repetía por dentro tres días el antibiótico, no se esfuerce y ya sabe...

Otra vez los sótanos y las cosas.

Eso debería ser el mundo interior, digo yo.

No había pensado que ya no me preocupaba de los tres timbrazos del teléfono.

El tapado de ella era rojo, siempre me sorprendían las cosas, eran un poquito diferente a lo que yo las había aprendido. Esos botones también y siempre me doy cuenta.

Ahí terminaba el papel, no me disgustó del todo.

 

 

 

 

EL ESCUDO

 

Y le puse los anteojos (pensé que una sola de mis cosas puede ser más yo que cualquiera que no se me parezca en nada). Tenían un poco de esa esperada sorpresa de las cosas que son por primera vez. Ya al ratito, cuando tuve tiempo para hacer la imagen y poder recordarlo o retenerlo a ojos cerrados, sentí la costumbre de verlo con mis anteojos.

Entonces le di mi camisa (ellos me habían visto de lejos) y mi corbata, no iban a sospechar, después de todo de cerca y más claramente, era igual la misma que ellos no habrían detallado desde lejos. Y después el saco y se peinó como yo (se despeinó con cierto orden similar al de mi desorden).

Y marchó con su pantalón parecido que al fin de cuenta qué más daba.

Cuando no se está seguro de nada una sola cosa diferente comparte el anonimato de la lejanía; eran colores casi parecidos.

Otra vez pensé: "Una similitud total pero al fin diferente es más equívoca que un evidente cambio donde algo se conserva".

Y allí iba y ellos podían dudar que él era yo porque aunque no me conocían podían pensar que esa ropa era simplemente parecida a la del "tipo".

Pero es que era la misma, pero ellos delante de sus propias narices podían dudarlo porque nunca tuvieron la certeza, no tenían punto de vista de comparación.

Entonces pensé que si él se daba cuenta llegaría a tener miedo porque él no era yo pero nadie sabía que yo era y quién podía sospechar que alguien no es alguien si no sabe quién es ninguno de los dos.

Pero igual, él podía tener miedo, porque en verdad no era yo, y si tenía miedo iba a fallar, todo se iba a ir a la mierda. Y era la primera vez que íbamos a fracasar.

Después de todo, no había razón para que fuera él yo en vez de ser yo mismo yo, entonces corrí, y lo alcancé a tiempo y se quedó mirándome cómo yo era él como yo era yo, con mis anteojos y mi pelo que siempre había sido mío y mi saco y mi corbata, y ellos me vieron llegar y me miraron con los ojos que ponen los que uno no sabe qué están pensando, y sentí que comparaban con sus imágenes y que ponían a prueba mi saco y mi pelo y que acercaban al muchacho de ayer, de la escena que habían recordado, y le miraban los botones y los pelos de la barba y la trama del género, pero había un solo elemento y ellos lo sabían, porque en realidad lo único cierto era mi presencia con todos sus comos a la vista, pero la imagen de sus memorias no tenía certeza y yo lo sabía y uno me miraba y me creí descubierto, y recordé que de lejos, cuando yo había sido otro, no había tenido tanto miedo, y pensé que la segunda vez ya era necesario parecerme a mí y no al que debí parecerme la primera vez, entonces me di cuenta que tenía la mano derecha atareada con el botón de abajo del saco, y que me atoraba para pensar, y pensé que si me mataban yo nunca podría solucionar mi descuido, y que estaba a la deriva de cualquier cosa que yo no contase, entonces corrí, giré y corrí y me subí al auto y no me importó la cara de él, que no entendía, y abrí la guantera y saqué el 32 y tiré cinco veces y entonces los vi, sobre la otra esquina, cuatro o cinco, porque los montones nunca tienen número, y comprendí que cuatro o cinco camisas y cuatro o cinco pantalones pueden ser azules o no ser y ser, porque yo no los analizo, pero que el escudo de la chomba sí es en cualquier parte ese mismo escudo, y vi que se reían, sentí que me había confundido, como tuve miedo que ellos se hubieran confundido, ellos que no habían sido ellos, que