EL CALAMAR GIGANTE

Si te gusta el pop-rock en castellano, EL CALAMAR GIGANTE es tu grupo. Es un cuarteto madrileño, que avanzan poco a poco dentro de este mundo...

EL CALAMAR GIGANTE
Fui
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Fui
 
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  Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Fui 11/Junio/2007 - 09:04

es repito, caballeros, que su encuesta es inútil. Enciérrenme para siempre, si quieren; ejecútenme, si necesitan una víctima para propiciar la ilusión que ustedes llaman justicia; pero yo no puedo decir más de lo que ya he dicho. Todo lo que puedo recordar se lo he contado a ustedes con absoluta sinceridad. No he ocultado ni desfigurado nada, y si algo continúa siendo vago, se debe únicamente a la oscura nube que ha invadido mi cerebro... A esa nube, y a la confusa naturaleza de los horrores que cayeron sobre mí.

   
       

 

Vuelvo a decir que ignoro lo que ha sido de Harley Warren, aunque creo –casi espero– que ha encontrado la paz y el olvido definitivos, si es que existen en alguna parte. Es cierto que durante cinco años he sido su amigo más íntimo, y que compartí parcialmente sus terribles investigaciones en lo desconocido. No niego, aunque mi memoria no es todo lo precisa que sería de desear, que ese testigo suyo puede habernos visto juntos como él dice en el camino de Gainsville, andando hacia Big Cypress Swamp, a las once y media de aquella horrible noche. Y no tengo inconveniente en añadir que llevábamos linternas eléctricas, azadas y un rollo de alambre con diversos instrumentos; ya que esos objetos representaron un papel en la única escena que ha quedado grabada de un modo indeleble en mi trastornada memoria. Pero de lo que siguió, y del motivo de que me encontraran solo y aturdido a orillas del pantano a la mañana siguiente, insisto en que sólo sé lo que les he contado una y otra vez. Dicen ustedes que no hay nada en el pantano o cerca de él que pudiera constituir el marco de aquel espantoso episodio. Repito que no sé nada, aparte de lo que vi. Pudo ser una alucinación o una pesadilla –y espero fervientemente que lo fueran–, pero eso es todo lo que recuerdo de lo ocurrido en aquellas terribles horas, después de que nos alejamos de la vista de los hombres. Y el motivo de que Harley Warren no haya regresado sólo pueden explicarlo él, o su espectro... o algo desconocido que no puedo describir.

Como he dicho antes, las fantásticas investigaciones de Harley Warren no me eran desconocidas, y hasta cierto punto las compartía. De su gran colección de libros raros y extraños sobre temas prohibidos he leído todos los que están escritos en los idiomas que domino; muy pocos, comparados con los escritos en idiomas que no entiendo. La mayoría, creo, son obras en lengua arábiga; y el libro inspirado por el espíritu del mal –el libro que Warren se llevó en su bolsillo al otro mundo– que provocó los acontecimientos, estaba escrito en unos caracteres que nunca había visto. Warren no quiso decirme nunca lo que contenía aquel libro. En cuanto a la naturaleza de nuestras investigaciones..., ¿tengo que repetir que no gozo ya de una plena comprensión? Y encuentro misericordioso que sea así, ya que eran unas investigaciones terribles, que yo compartía más por renuente fascinación que por verdadera inclinación. Warren siempre me había dominado, y a veces le temía. Recuerdo cómo me estremecí ante la expresión de su rostro la noche anterior al espantoso acontecimiento, mientras hablaba ininterrumpidamente de su teoría, de que ciertos cadáveres no se corrompen nunca sino que permanecen enteros en sus tumbas durante un millar de años. Pero ahora no le temo, ya que sospecho que ha conocido horrores más allá de mis posibilidades de comprensión. Ahora temo por él. Repito que no tenia la menor idea de nuestro objetivo de aquella noche. Desde luego, tenía mucho que ver con el libro que Warren llevaba –aquel libro antiguo en caracteres indescifrables que le había llegado de la India un mes antes–, pero juro que ignoraba lo que esperábamos descubrir. Su testigo dice que nos vio a las once y media en el camino de Gainsville, en dirección al pantano de Big Cyprcss. Probablemente es cierto, aunque yo no lo recuerdo claramente. En mi cerebro sólo quedó grabada una escena, y debió producirse mucho después de medianoche, ya que una pálida luna en cuarto menguante estaba muy alta en el cielo, velada por gasas semitransparentes. El lugar era un antiguo cementerio; tan antiguo, que temblé ante las múltiples evidencias de años inmemoriales. Se encontraba en una profunda y húmeda hondonada, cubierta de musgo y de maleza, y llena de un vago hedor que mi fantasía asoció absurdamente con piedras en descomposición. Por todas partes veíanse señales de descuido y decrepitud, y parecía acosarme la idea de que Warren y yo éramos los primeros seres vivientes que invadíamos un silencio letal de siglos. Por encima del borde de la hondonada la luna menguante atisbaba a través de los fétidos vapores que parecían brotar de ignotas catacumbas, y a sus débiles y oscilantes rayos pude distinguir una repulsiva formación de antiquísimos mausoleos, panteones y tumbas; todos en estado ruinoso, cubiertos de musgo y con manchas de humedad, y parcialmente ocultos por una lujuriante vegetación.

Mi primera impresión vívida de mi propia presencia en aquella terrible necrópolis se refiere al acto de detenerme con Warren ante una determinada tumba y de desprendernos de la carga que al parecer habíamos llevado. Observé entonces que yo había traído una linterna eléctrica y dos azadas, en tanto que mi compañero habia cargado con una linterna similar y una instalación telefónica portátil. No pronunciamos una sola palabra, ya que ambos parecíamos conocer el lugar y la tarea que nos estaba encomendada; y sin demora empuñamos las azadas y empezamos a limpiar de hierba y de maleza la arcaica sepultura. Después de dejar al descubierto toda la superficie, que consistía en tres inmensas losas de granito, retrocedimos unos pasos para contem plar el fúnebre escenario; y Warren pareció efectuar unos cálculos mentales. Luego se acercó de nuevo al sepulcro y, utilizando su azada como una palanca, trató de levantar la losa más próxima a unas piedras ruinosas que en su día pudieron haber sido un monumento funerario. No lo consiguió, y me hizo una seña para que acudiera en su ayuda. Finalmente, nuestros esfuerzos combinados aflojaron la losa, la cual levantamos y apartamos a un lado.

Quedó al descubierto una negra abertura, por la que brotó un efluvio de gases miasmáticos tan nauseabundos que Warren y yo retrocedimos precipitadamente. Sin embargo, al cabo de unos instantes nos acercamos de nuevo a la fosa y encontramos las emanaciones menos insoportables. Nuestras linternas iluminaron un tramo de peldaños de piedra empapados en algún detestable licor de la entraña de la tierra, y bordeados de húmedas paredes con costras de salitre. Entonces, por primera vez que yo recuerde durante aquella noche, Warren me habló con su melíflua voz de tenor; una voz singularmente inalterada por nuestro pavoroso entorno.

–Lamento tener que pedirte que te quedes en la superficie –dijo–, pero sería un crimen permitir que alguien con unos nervios tan frágiles como los tuyos bajara ahí. No puedes imaginar, ni siquiera por lo que has leído y por lo que yo te he contado, las cosas que tendré que ver y hacer. Es una tarea infernal, Carter, y dudo que cualquier hombre que no tenga una sensibilidad revestida de acero pudiera llevarla a cabo y regresar vivo y cuerdo. No quiero ofenderte y el cielo sabe lo mucho que me alegraría llevarte conmigo; pero la responsabilidad es mía, y no puedo arrastrar a un manojo de nervios como tú a una muerte o una locura probables. Te repito que no puedes imaginar siquiera de qué se trata... Pero te prometo mantenerte informado por teléfono de cada uno de mis movimientos. Como puedes ver, he traído alambre suficiente para llegar al centro de la tierra y regresar.

Todavía puedo oír, en mi recuerdo, aquellas palabras pronunciadas fríamente; y puedo recordar también mis protestas. Parecía desesperadamente ansioso por acompañar a mi amigo a aquellas profundidades sepulcrales, pero él se mostró inflexible. En un momento determinado amenazó con abandonar la expedición si no me daba por vencido; una amenaza eficaz, dado que sólo él tenía la clave del asunto. Tras haber obtenido mi asentimiento, dado de muy mala gana, Warren cogió el rollo de alambre y justó los instrumentos. Finalmente, me entregó uno de los auriculares, estrechó mi mano, se cargó al hombro el rollo de alambre y desapareció en el interior de aquel indescriptible osario.

Fui a sentarme sobre una vieja y descolorida lápida, cerca de la negra abertura que se había tragado a mi amigo. Durante un par de minutos pude ver el resplandor de su linterna y oir el crujido del alambre mientras lo desenrollaba detrás de él; pero el resplandor desapareció bruscamente, como tapado por una revuelta de la escalera, y el sonido se apagó con la misma rapidez. Yo estaba solo, pero unido a las desconocidas profundidades por aquel mágico alambre cuyo verde revestimiento aislante brillaba bajo los pálidos rayos de la luna menguante.

Consultaba continuamente mi reloj a la luz de mi linterna, y estaba pendiente del auricular con febril ansiedad; pero durante más de un cuarto de hora no oí absolutamente nada. Luego percibí un leve chasquido, y llamé a mi amigo con voz tensa. A pesar de mis aprensiones, no estaba preparado para las palabras que me llegaron desde aquella pavorosa bóveda, con un acento de alarma que resultaba mucho más estremecedor por cuanto que procedía del imperturbable Harley Warren. El, que se había separado de mí con tanta tranquilidad momentos antes, llamaba ahora desde abajo con un tembloroso susurro más impresionante que el más desaforado de los gritos:

–¡Dios! ¡Si pudieras ver lo que estoy viendo!

No pude contestar. Me había quedado sin voz, y sólo pude esperar. Warren habló de nuevo:

–¡Carter, es terrible... monstruoso... increíble!

Esta vez la voz no me falló, y vertí en el micrófono un chorro de excitadas preguntas. Aterrado, repetía sin cesar:

–Warren, ¿qué es? ¿Qué es?

De nuevo me llegó la voz de mi amigo, ronca de temor, ahora visiblemente teñida de desesperación:

–¡No puedo decírtelo, Carter! ¡Es demasiado monstruoso! No me atrevo a decírtelo... ningún hombre podría saberlo y continuar viviendo... ¡Dios mío! ¡Nunca había soñado en nada semejante!

Silencio de nuevo, interrumpido solamente por mis ocasionales y ahora estremecidas preguntas. Luego, la voz de Warren con un trémulo de desesperada consternación:

–¡Carter! ¡Por el amor de Dios, vuelve a colocar la losa y márchate si puedes! ¡Aprisa! ¡Déjalo todo y márchate... es tu única oportunidad! ¡Haz lo que te digo y no me pidas explicaciones!

Le oí, pero sólo fui capaz de repetir mis frenéticas preguntas. A mi alrededor había tumbas, oscuridad y sombras; debajo de mí, alguna amenaza más allá del alcance de la imaginación humana. Pero mi amigo estaba expuesto a un peligro mucho mayor que el mío, y a través de mi propio terror experimenté un vago resentimiento al pensar que me creía capaz de abandonarle en semejantes circunstancias. Se oyeron más chasquidos, y tras una breve pausa un lamentable grito de Warren:

–¡Dale esquinazo! ¡Por el amor de Dios, coloca de nuevo la losa y dale esquinazo, Carter! La jerga infantil de mi compañero, reveladora de que se encontraba bajo la influencia de una profunda emoción, actuó sobre mí como un poderoso revulsivo.

Formé y grité una decisión:

–¡Warren, resiste! ¡Voy a bajar!

Pero, ante aquel ofrecimiento, el tono de mi amigo se convirtió en un alarido de absoluta desesperación:

–¡No! ¡No pueden comprenderlo! Es demasiado tarde... y la culpa ha sido mía. Coloca de nuevo la losa y corre... es lo único que puedes hacer ahora por mí.

El tono cambió de nuevo, esta vez adquiriendo una mayor suavidad, como de resignación sin esperanza. Sin embargo, seguía siendo tenso debido a la ansiedad que Warren experi mentaba por mi suerte.

–¡Date prisa! ¡Corre, antes de que sea demasiado tarde!

No traté de contradecirle; intenté sobreponerme a la extraña parálisis que se había apoderado de mí y cumplir mi promesa de acudir en su ayuda. Pero su siguiente susurro me sorprendió todavía inerte en las cadenas de un indescriptible horror.

–¡Carter, apresúrate! Todo es inútil... tienes que huir... es mejor uno que dos... la losa... Una pausa, más chasquidos, luego la débil voz de Warren:

–Todo va a terminar... no lo hagas más difícil... cubre esos malditos peldaños y ponte a salvo... no pierdas más tiempo... hasta nunca, Carter... no volveremos a vernos.

El susurro de Warren se hinchó hasta convertirse en un grito; un grito que paulatinamente se hinchó a su vez y se hizo un alarido que contenía todo el horror de los siglos...

–¡Malditos sean los seres infernales! ¡Hay legiones de ellos! ¡Dios mío! ¡Huye! ¡Huye! ¡HUYE!

Después, silencio. Ignoro durante cuantos interminables eones permanecí sentado, estupefacto; susurrando, murmurando, llamando, gritándole a aquel teléfono. Una y otra vez a través de aquellos eones susurré, murmuré, llamé y grité:

–¡Warren! ¡Warren! ¡Contesta! ¿Estás ahi?

Y entonces llegó hasta mí el horror culminante: el horror indecible, impensable, increíble. Ya he dicho que parecieron transcurrir eones después de que Warren lanzó su última desesperada advertencia, y que sólo mis propios gritos rompieron el pavoroso silencio. Pero al cabo de unos instantes se oyó un chasquido en el receptor y tensé el oido para escuchar. Grité de nuevo: «Warren, ¿estás ahí?», y en respuesta oí lo que envió la oscura nube sobre mi cerebro. No intentaré describir aquella voz, caballeros, puesto que las primeras palabras me arrancaron la consciencia y crearon un vacío mental que se extiende hasta el momento en que desperté en el hospital. ¿Qué podría decir? ¿Que la voz era hueca, profunda, gelatinosa, remota, sobrenatural. inhumana, incorpórea? Aquello fue el final de mi experiencia, y es el final de mi historia. Lo oí, y no se nada más... La oí mientras permanecía petrificado en aquel cementerio desconocido en la hondonada, entre las lápidas carcomidas y las tumbas en ruinas, la exuberante vegetación y los vapores miasmáticos... La oí surgiendo de las abismáticas profundidades de aquel maldito sepulcro abierto, mientras contemplaba unas sombras amorfas y necrófagas danzando bajo una pálida luna menguante.

Y esto fue lo que dijo:

«¡Imbécil! ¡Warren está MUERTO!»

 

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  Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Fui 21/Mayo/2007 - 07:33

Hola Fui... en primer lugar, gracais por todos los post que estás poniendo... y sentimos haber tardado en contestar! Hemos estado mirando lo que ponías de los vídeos... y no he sido capaz... hace tiempo también quise (DC) poner alguno, y no pude, me temo que este foro está demasiado limitado en esas cosas, aunque me comprometo a seguir investigando. Si consigo algo, te avisaré.

Sigue escribiendo, las historias que pones son interesantes, todas con su moraleja, gracias.

Un abrazo fuerte,

EL CALAMAR GIGANTE

www.elcalamargigante.tk

Fui
 
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  Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Fui 16/Mayo/2007 - 13:12

http://www.youtube.com/watch?v=YU8Q0SMDhQs
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  Re: Re: Re: Re: Re: Re: Fui 10/Mayo/2007 - 16:59

 http://www.youtube.com/watch?v=WwiYpV_-s0U

Quiero poner el video diréctamente aquí. ¿Cómo hago eso? Yo lo he visto en otros foros.

Fui
 
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  Re: Re: Re: Re: Re: Re: Fui 10/Mayo/2007 - 16:40

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Auro's POV
 
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  Re: Re: Re: Re: Re: Fui 10/Mayo/2007 - 01:28

Fue entonces que apareció el zorro:

 - Buen día - dijo el zorro.

 - Buen día – respondió cortésmente el principito, que se dio vuelta pero no vio a nadie.

 

- Estoy aquí – dijo la voz –, bajo el manzano...

 - Quién eres ? – dijo el principito. – Eres muy bonito...

 - Soy un zorro – dijo el zorro.

 - Ven a jugar conmigo – le propuso el principito. – Estoy tan triste...

 - No puedo jugar contigo – dijo el zorro. – No estoy domesticado.

 - Ah! perdón – dijo el principito.

 Pero, después de reflexionar, agregó:

 - Qué significa "domesticar" ?

 - No eres de aquí – dijo el zorro –, qué buscas ?

 - Busco a los hombres – dijo el principito. – Qué significa "domesticar" ?

 - Los hombres – dijo el zorro – tienen fusiles y cazan. Es bien molesto ! También crían gallinas. Es su único interés. Buscas gallinas ?

 - No – dijo el principito. – Busco amigos. Qué significa "domesticar" ?

 - Es algo demasiado olvidado – dijo el zorro. – Significa "crear lazos..."

 - Crear lazos ?

 - Claro – dijo el zorro. – Todavía no eres para mí más que un niño parecido a otros cien mil niños. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro parecido a otros cien mil zorros. Pero, si me domesticas, tendremos necesidad uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo. Yo seré para ti único en el mundo...

 - Comienzo a entender - dijo el principito. – Hay una flor... creo que me ha domesticado...

 - Es posible – dijo el zorro. – En la Tierra se ven todo tipo de cosas...

 - Oh! no es en la Tierra – dijo el principito.

 El zorro pareció muy intrigado:

 - En otro planeta ?

 - Sí.

 - Hay cazadores en aquel planeta ?

 - No.

 - Eso es interesante ! Y gallinas ?

 - No.

 - Nada es perfecto – suspiró el zorro.

 Pero el zorro volvió a su idea:

 - Mi vida es monótona. Yo cazo gallinas, los hombres me cazan. Todas las gallinas se parecen, y todos los hombres se parecen. Me aburro, pues, un poco. Pero, si me domesticas, mi vida resultará como iluminada. Conoceré un ruido de pasos que será diferente de todos los demás. Los otros pasos me hacen volver bajo tierra. Los tuyos me llamarán fuera de la madriguera, como una música. Y además, mira ! Ves, allá lejos, los campos de trigo ? Yo no como pan. El trigo para mí es inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada. Y eso es triste ! Pero tú tienes cabellos color de oro. Entonces será maravilloso cuando me hayas domesticado ! El trigo, que es dorado, me hará recordarte. Y me agradará el ruido del viento en el trigo...

 El zorro se calló y miró largamente al principito:

 - Por favor... domestícame ! – dijo.

 - Me parece bien – respondió el principito -, pero no tengo mucho tiempo. Tengo que encontrar amigos y conocer muchas cosas.

 - Sólo se conoce lo que uno domestica – dijo el zorro. – Los hombres ya no tienen más tiempo de conocer nada. Compran cosas ya hechas a los comerciantes. Pero como no existen comerciantes de amigos, los hombres no tienen más amigos. Si quieres un amigo, domestícame !

 - Qué hay que hacer ? – dijo el principito.

 - Hay que ser muy paciente – respondió el zorro. – Te sentarás al principio más bien lejos de mí, así, en la hierba. Yo te miraré de reojo y no dirás nada. El lenguaje es fuente de malentendidos. Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca...

 Al día siguiente el principito regresó.

 - Hubiese sido mejor regresar a la misma hora – dijo el zorro. – Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, ya desde las tres comenzaré a estar feliz. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. Al llegar las cuatro, me agitaré y me inquietaré; descubriré el precio de la felicidad ! Pero si vienes en cualquier momento, nunca sabré a qué hora preparar mi corazón... Es bueno que haya ritos.

 - Qué es un rito ? – dijo el principito.

 - Es algo también demasiado olvidado – dijo el zorro. – Es lo que hace que un día sea diferente de los otros días, una hora de las otras horas. Mis cazadores, por ejemplo, tienen un rito. El jueves bailan con las jóvenes del pueblo. Entonces el jueves es un día maravilloso ! Me voy a pasear hasta la viña. Si los cazadores bailaran en cualquier momento, todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones.

 Así el principito domesticó al zorro. Y cuando se aproximó la hora de la partida:

 - Ah! - dijo el zorro... - Voy a llorar.

 - Es tu culpa – dijo el principito -, yo no te deseaba ningún mal pero tú quisiste que te domesticara.

 - Claro – dijo el zorro.

 - Pero vas a llorar ! – dijo el principito.

 - Claro – dijo el zorro.

 - Entonces no ganas nada !

 - Sí gano –dijo el zorro – a causa del color del trigo.

 Luego agregó:

 - Ve y visita nuevamente a las rosas. Comprenderás que la tuya es única en el mundo. Y cuando regreses a decirme adiós, te regalaré un secreto.

 El principito fue a ver nuevamente a las rosas:

 - Ustedes no son de ningún modo parecidas a mi rosa, ustedes no son nada aún – les dijo. – Nadie las ha domesticado y ustedes no han domesticado a nadie. Ustedes son como era mi zorro. No era más que un zorro parecido a cien mil otros. Pero me hice amigo de él, y ahora es único en el mundo.

 Y las rosas estaban muy incómodas.

 - Ustedes son bellas, pero están vacías – agregó. – No se puede morir por ustedes. Seguramente, cualquiera que pase creería que mi rosa se les parece. Pero ella sola es más importante que todas ustedes, puesto que es ella a quien he regado. Puesto que es ella a quien abrigué bajo el globo. Puesto que es ella a quien protegí con la pantalla. Puesto que es ella la rosa cuyas orugas maté (salvo las dos o tres para las mariposas). Puesto que es ella a quien escuché quejarse, o alabarse, o incluso a veces callarse. Puesto que es mi rosa.

 Y volvió con el zorro:

 - Adiós – dijo...

 - Adiós – dijo el zorro. – Aquí está mi secreto. Es muy simple: sólo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.

 - Lo esencial es invisible a los ojos – repitió el principito a fin de recordarlo.

 - Es el tiempo que has perdido en tu rosa lo que hace a tu rosa tan importante.

 - Es el tiempo que he perdido en mi rosa... – dijo el principito a fin de recordarlo.

 - Los hombres han olvidado esta verdad – dijo el zorro. – Pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa...

 - Soy responsable de mi rosa... - repitió el principito a fin de recordarlo.

Editado por: Auro's POV (10/Mayo/2007 - 01:32)
Fui
 
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  Re: Re: Re: Re: Fui 09/Mayo/2007 - 15:58

 

UNA MERIENDA DE LOCOS


abían puesto la mesa debajo de un árbol, delante de la casa, y la Liebre de Marzo y el Sombrerero estaban tomando el té. Sentado entre ellos había un Lirón, que dormía profundamente, y los otros dos lo hacían servir de almohada, apoyando los codos sobre él, y hablando por encima de su cabeza. «Muy incómodo para el Lirón», pensó Alicia. «Pero como está dormido, supongo que no le importa.»

 

La mesa era muy grande, pero los tres se apretujaban muy juntos en uno de los extremos.

--¡No hay sitio! --se pusieron a gritar, cuando vieron que se acercaba Alicia.

--¡Hay un montón de sitio! --protestó Alicia indignada, y se sentó en un gran sillón a un extremo de la mesa.

--Toma un poco de vino --la animó la Liebre de Marzo.

Alicia miró por toda la mesa, pero allí sólo había té.

--No veo ni rastro de vino --observó.

--Claro. No lo hay --dijo la Liebre de Marzo.

--En tal caso, no es muy correcto por su parte andar ofreciéndolo --dijo Alicia enfadada.

--Tampoco es muy correcto por tu parte sentarte con nosotros sin haber sido invitada --dijo la Liebre de Marzo.

--No sabía que la mesa era suya --dijo Alicia--. Está puesta para muchas más de tres personas.

--Necesitas un buen corte de pelo --dijo el Sombrerero.

Había estado observando a Alicia con mucha curiosidad, y estas eran sus primeras palabras.

--Debería aprender usted a no hacer observaciones tan personales --dijo Alicia con acritud--. Es de muy mala educación.

Al oír esto, el Sombrerero abrió unos ojos como naranjas, pero lo único que dijo fue:

--¿En qué se parece un cuervo a un escritorio?

«¡Vaya, parece que nos vamos a divertir!», pensó Alicia. «Me encanta que hayan empezado a jugar a las adivinanzas.» Y añadió en voz alta:

--Creo que sé la solución.

--¿Quieres decir que crees que puedes encontrar la solución? --preguntó la Liebre de Marzo.

--Exactamente --contestó Alicia.

--Entonces debes decir lo que piensas --siguió la Liebre de Marzo.

--Ya lo hago --se apresuró a replicar Alicia-. O al menos... al menos pienso lo que digo... Viene a ser lo mismo, ¿no?

--¿Lo mismo? ¡De ninguna manera! --dijo el Sombrerero-. ¡En tal caso, sería lo mismo decir «veo lo que como» que «como lo que veo»!

--¡Y sería lo mismo decir --añadió la Liebre de Marzo- «me gusta lo que tengo» que «tengo lo que me gusta»!

--¡Y sería lo mismo decir --añadió el Lirón, que parecía hablar en medio de sus sueños- «respiro cuando duermo» que «duermo cuando respiro»!

--Es lo mismo en tu caso --dijo el Sombrerero.

Y aquí la conversación se interrumpió, y el pequeño grupo se mantuvo en silencio unos instantes, mientras Alicia intentaba recordar todo lo que sabía de cuervos y de escritorios, que no era demasiado.

El Sombrerero fue el primero en romper el silencio.

--¿Qué día del mes es hoy? --preguntó, dirigiéndose a Alicia.

Se había sacado el reloj del bolsillo, y lo miraba con ansiedad, propinándole violentas sacudidas y llevándoselo una y otra vez al oído.

Alicia reflexionó unos instantes.

--Es dia cuatro dijo por fin.

--¡Dos días de error! --se lamentó el Sombrerero, y, dirigiéndose amargamente a la Liebre de Marzo, añadio--: ¡Ya te dije que la mantequilla no le sentaria bien a la maquinaria!

--Era mantequilla de la mejor --replicó la Liebre muy compungida.

--Sí, pero se habrán metido también algunas migajas --gruñó el Sombrerero--. No debiste utilizar el cuchillo del pan.

La Liebre de Marzo cogió el reloj y lo miró con aire melancólico: después lo sumergió en su taza de té, y lo miró de nuevo. Pero no se le ocurrió nada mejor que decir y repitió su primera observación:

--Era mantequilla de la mejor, sabes.

Alicia había estado mirando por encima del hombro de la Liebre con bastante curiosidad.

--¡Qué reloj más raro! --exclamó--. ¡Señala el día del mes, y no señala la hora que es!

--¿Y por qué habría de hacerlo? --rezongó el Sombrerero--. ¿Señala tu reloj el año en que estamos?

--Claro que no --reconoció Alicia con prontitud--. Pero esto es porque está tanto tiempo dentro del mismo año.

--Que es precisamente lo que le pasa al mio --dijo el Sombrerero.

Alicia quedó completamente desconcertada. Las palabras del Sombrerero no parecían tener el menor sentido.

--No acabo de comprender --dijo, tan amablemente como pudo.

--El Lirón se ha vuelto a dormir -dijo el Sombrerero, y le echó un poco de té caliente en el hocico.

El Lirón sacudió la cabeza con impaciencia, y dijo, sin abrir los ojos:

--Claro que sí, claro que sí. Es justamente lo que yo iba a decir.

--¿Has encontrado la solución a la adivinanza? --preguntó el Sombrerero, dirigiéndose de nuevo a Alicia.

--No. Me doy por vencida. ¿Cuál es la solución?

--No tengo la menor idea -dijo el Sombrerero.

--Ni yo --dijo la Liebre de Marzo.

Alicia suspiró fastidiada.

--Creo que ustedes podrían encontrar mejor manera de matar el tiempo

--dijo-- que ir proponiendo adivinanzas sin solución.

--Si conocieras al Tiempo tan bien como lo conozco yo --dijo el Sombrerero--, no hablarías de matarlo. ¡El Tiempo es todo un personaje!

--No sé lo que usted quiere decir --protestó Alicia.

--¡Claro que no lo sabes! --dijo el Sombrerero, arrugando la nariz en un gesto de desprecio--. ¡Estoy seguro de que ni siquiera has hablado nunca con el Tiempo!

--Creo que no --respondió Alicia con cautela--. Pero en la clase de música tengo que marcar el tiempo con palmadas.

--¡Ah, eso lo explica todo! --dijo el Sombrerero--. El Tiempo no tolera que le den palmadas. En cambio, si estuvieras en buenas relaciones con él, haría todo lo que tú quisieras con el reloj. Por ejemplo, supón que son las nueve de la mañana, justo la hora de empezar las clases, pues no tendrías más que susurrarle al Tiempo tu deseo y el Tiempo en un abrir y cerrar de ojos haría girar las agujas de tu reloj. ¡La una y media! ¡Hora de comer!

(«¡Cómo me gustaría que lo fuera ahora!», se dijo la Liebre de Marzo para sí en un susurro.)

--Sería estupendo, desde luego --admitió Alicia, pensativa--. Pero entonces todavía no tendría hambre, ¿no le parece?

--Quizá no tuvieras hambre al principio --dijo el Sombrerero--. Pero es que podrías hacer que siguiera siendo la una y media todo el rato que tú quisieras.

--¿Es esto lo que ustedes hacen con el Tiempo? --preguntó Alicia.

El Sombrerero movió la cabeza con pesar.

--¡Yo no! --contestó--. Nos peleamos el pasado marzo, justo antes de que ésta se volviera loca, sabes (y señaló con la cucharilla hacia la Liebre de Marzo).

--¿Ah, si?-- preguntó Alicia interesada.

--Si. Sucedió durante el gran concierto que ofreció la Reina de Corazones, y en el que me tocó cantar a mí.

--¿Y que cantaste?-- preguntó Alicia.

--Pues canté:

"Brilla, brilla, ratita alada,
            ¿En que estás tan atareada"?

--Porque esa canción la conocerás, ¿no?

--Quizá me suene de algo, pero no estoy segura-- dijo Alicia.

--Tiene más estrofas --siguió el Sombrerero--. Por ejemplo:

"Por sobre el Universo vas volando,
            con una bandeja de teteras llevando.
            Brilla, brilla..."

Al Ilegar a este punto, el Lirón se estremeció y empezó a canturrear en sueños: «brilla, brilla, brilla, brilla... », y estuvo así tanto rato que tuvieron que darle un buen pellizco para que se callara.

--Bueno --siguió contando su historia el Sombrerero--. Lo cierto es que apenas había terminado yo la primera estrofa, cuando la Reina se puso a gritar: «¡Vaya forma estúpida de matar el tiempo! ¡Que le corten la cabeza!»

--¡Qué barbaridad! ¡Vaya fiera! --exclamó Alicia.

--Y desde entonces --añadió el Sombrerero con una voz tristísima--, el Tiempo cree que quise matarlo y no quiere hacer nada por mí. Ahora son siempre las seis de la tarde.

Alicia comprendió de repente todo lo que allí ocurria.

--¿Es ésta ia razón de que haya tantos servicios de té encima de la mesa? --preguntó.

--Sí, ésta es la razón --dijo el Sombrerero con un suspiro--. Siempre es la hora del té, y no tenemos tiempo de lavar la vajilla entre té y té.

--¿Y lo que hacen es ir dando la vuelta? a la mesa, verdad? --preguntó Alicia.

--Exactamente --admitió el Sombrerero--, a medida que vamos ensuciando las tazas.

--Pero, ¿qué pasa cuando llegan de nuevo al principio de la mesa? --se atrevió a preguntar Alicia.

--¿Y si cambiáramos de conversación? --los interrumpió la Liebre de Marzo con un bostezo--. Estoy harta de todo este asunto. Propongo que esta señorita nos cuente un cuento.

--Mucho me temo que no sé ninguno --se apresuró a decir Alicia, muy alarmada ante esta proposición.

--¡Pues que lo haga el Lirón! --exclamaron el Sombrerero y la Liebre de Marzo--. ¡Despierta, Lirón!

Y empezaron a darle pellizcos uno por cada lado.

El Lirón abrió lentamente los ojos.

--No estaba dormido --aseguró con voz ronca y débil--. He estado escuchando todo lo que decíais, amigos.

--¡Cuéntanos un cuento! --dijo la Liebre de Marzo.

--¡Sí, por favor! --imploró Alicia.

--Y date prisa --añadió el Sombrerero--. No vayas a dormirte otra vez antes de terminar.

--Había una vez tres hermanitas empezó apresuradamente el Lirón--, y se llamaban Elsie, Lacie y Tilie, y vivían en el fondo de un pozo...

--¿Y de qué se alimentaban? --preguntó Alicia, que siempre se interesaba mucho por todo lo que fuera comer y beber.

--Se alimentaban de melaza --contestó el Lirón, después de reflexionar unos segundos.

--No pueden haberse alimentado de melaza, sabe --observó Alicia con amabilidad--. Se habrían puesto enfermísimas.

--Y así fue --dijo el Lirón--. Se pusieron de lo más enfermísimas.

Alicia hizo un esfuerzo por imaginar lo que sería vivir de una forma tan extraordinaria, pero no lo veía ni pizca claro, de modo que siguió preguntando:

--Pero, ¿por qué vivían en el fondo de un pozo?

--Toma un poco más de té --ofreció solícita la Liebre de Marzo.

--Hasta ahora no he tomado nada --protestó Alicia en tono ofendido--, de modo que no puedo tomar más.

--Quieres decir que no puedes tomar menos --puntualizó el Sombrerero--. Es mucho más fácil tomar más que nada.

--Nadie le pedía su opinión --dijo Alicia.

--¿Quién está haciendo ahora observaciones personales? --preguntó el Sombrerero en tono triunfal.

Alicia no supo qué contestar a esto. Así pues, optó por servirse un poco de té y pan con mantequilla. Y después, se volvió hacia el Lirón y le repitió la misma pregunta: --¿Por qué vivían en el fondo de un pozo?

El Lirón se pusa a cavilar de nuevo durante uno o dos minutos, y entonces dijo:

--Era un pozo de melaza.

--¡No existe tal cosa!

Alicia había hablado con energía, pero el Sombrerero y la Liebre de Marzo la hicieron callar con sus «¡Chst! ¡Chst!», mientras el Lirón rezongaba indignado:

--Si no sabes comportarte con educación, mejor será que termines tú el cuento.

--No, por favor, ¡continúe! --dijo Alicia en tono humilde--. No volveré a interrumpirle. Puede que en efecto exista uno de estos pozos.

--¡Claro que existe uno! -exclamó el Lirón indignado. Pero, sin embargo, estuvo dispuesto a seguir con el cuento--. Asi pues, nuestras tres hermanitas... estaban aprendiendo a dibujar, sacando...

--¿Qué sacaban? --preguntó Alicia, que ya había olvidado su promesa.

--Melaza --contestó el Lirón, sin tomarse esta vez tiempo para reflexionar.

--Quiero una taza limpia --les interrumpió el Sombrerero--. Corrámonos todos un sitio.

Se cambió de silla mientras hablaba, y el Lirón le siguió: la Liebre de Marzo pasó a ocupar el sitio del Lirón, y Alicia ocupó a regañadientes el asiento de la Liebre de Marzo. El Sombrerero era el único que salía ganando con el cambio, y Alicia estaba bastante peor que antes, porque la Liebre de Marzo acababa de derramar la leche dentro de su plato.

Alicia no quería ofender otra vez al Lirón, de modo que empezó a hablar con mucha prudencia:

--Pero es que no lo entiendo. ¿De donde sacaban la melaza?

--Uno puede sacar agua de un pozo de agua --dijo el Sombrerero--, ¿por qué no va a poder sacar melaza de un pozo de melaza? ¡No seas estúpida!

--Pero es que ellas estaban dentro, bien adentro --le dijo Alicia al Lirón, no queriéndose dar por enterada de las últimas palabras del Sombrerero.

--Claro que lo estaban --dijo el Lirón--. Estaban de lo más requetebién.

Alicia quedó tan confundida al ver que el Lirón había entendido algo distinto a lo que ella quería decir, que no volvió a interrumpirle durante un ratito.

--Nuestras tres hermanitas estaban aprendiendo, pues, a dibujar --siguió el Lirón, bostezando y frotándose los ojos, porque le estaba entrando un sueño terrible--, y dibujaban todo tipo de cosas... todo lo que empieza con la letra M...

--¿Por qué con la M? --preguntó Alicia.

--¿Y por qué no? --preguntó la Liebre de Marzo.

Alicia guardó silencio.

Para entonces, el Lirón había cerrado los ojos y empezaba a cabecear. Pero, con los pellizcos del Sombrerero, se despertó de nuevo, soltó un gritito y siguió la narración: --... lo que empieza con la letra M, como matarratas, mundo, memoria y mucho... muy, en fín todas esas cosas. Mucho, digo, porque ya sabes, como cuando se dice "un mucho más que un menos". ¿Habéis visto alguna vez el dibujo de un «mucho»?

--Ahora que usted me lo pregunta --dijo Alicia, que se sentía terriblemente confusa--, debo reconocer que yo no pienso...

--¡Pues si no piensas, cállate! --la interrumpió el Sombrerero.

Esta última grosería era más de lo que Alicia podía soportar: se levantó muy disgustada y se alejó de allí. El Lirón cayó dormido en el acto, y ninguno de los otros dio la menor muestra de haber advertido su marcha, aunque Alicia miró una o dos veces hacia atrás, casi esperando que la llamaran. La última vez que los vio estaban intentando meter al Lirón dentro de la tetera.

--¡Por nada del mundo volveré a poner los pies en ese lugar! --se dijo Alicia, mientras se adentraba en el bosque--. ¡Es la merienda más estúpida a la que he asistido en toda mi vida!

Mientras decía estas palabras, descubrió que uno de los árboles tenía una puerta en el tronco.

--¡Qué extraño! --pensó--. Pero todo es extraño hoy. Creo que lo mejor será que entre en seguida.

Y entró en el árbol.

Una vez más se encontró en el gran vestíbulo, muy cerca de la mesita de cristal. «Esta vez haré las cosas mucho mejor», se dijo a sí misma. Y empezó por coger la llavecita de oro y abrir la puerta que daba al jardín. Entonces se puso a mordisquear cuidadosamente la seta (se había guardado un pedazo en el bolsillo), hasta que midió poco más de un palmo. Entonces se adentró por el estrecho pasadizo. Y entonces... entonces estuvo por fin en el maravilloso jardín, entre las flores multicolores y las frescas fuentes.

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  Re: Re: Re: Fui 08/Mayo/2007 - 18:07

Cómo puedo ver
cuando se ha apagado la luz,
Cómo puedo oír
cuando hablas tan silenciosamente,
Más que suficiente
nunca es demasiado,
Alargas tu mano...
estoy tan lejos del alcance

Haz en mí
como tu corazón tendría que hacer en tí,
Las miradas en mi cabeza
no pueden transmitir el mensaje,
La espada en mi mano
puede cortar la madera
La paz en mi corazón
puede evocar el estado de ánimo

Qué haré
cuando de pie me sonrían
Mirar al suelo
y estar oh tan tranquilo
oh tan tranquilo

Cómo sabré
cuando empezar a cantar mi canción
Qué haré
si todos ellos se equivocan
qué haré...

deep purpple tal vez?


Fui
 
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  Re: Re: Fui 08/Mayo/2007 - 17:05

How can I see
When the light is gone out
How can I hear
When you speak so silently
More than enough
Is never too much
Hold out a hand
I'm so out of touch

Do unto me
As your heart would have you do
Looks on my head
Cannot get the message through
Sword in my hand
Can cut through the wood
Peace in my heart
Can summon the mood

What shall I do
When they stand smiling at me
Look at the floor
And be oh so cool
Oh so cool

How shall I know
When to start singing my song
What shall I do
If they all go wrong
What shall I do

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  Re: Fui 08/Mayo/2007 - 00:05

Todos pueden morir, las personas, algunos actos, incluso el cuerpo de este fabuloso escritor. Pero hay algo que nunca muere y nunca lo hará: Los gritos que de cuando en cuando resonarán en las esquinas....

 Muy bueno... hacía mucho que no leía este texto...

JaVI P.
 
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  Re: Fui 07/Mayo/2007 - 20:48

Hola a todos calamares

Debo ser de otro planeta, peron no entiendo nada de los ultimos mensajes de este foro.

Aupa Geta! El Pérez vuelve al Coliseum

Fui
 
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  Fui 07/Mayo/2007 - 15:47

Un hombre vendía gritos y palabras, y le iba bien, aunque encontraba mucha gente que discutía los precios y solicitaba descuentos. El hombre accedía casi siempre, y así pudo vender muchos gritos de vendedores callejeros, algunos suspiros que le compraban señoras rentistas, y palabras para consignas, esloganes, membretes y falsas ocurrencias.

Por fin el hombre supo que habia llegado la hora y pidió audiencia al tiranuelo del pais, que se parecía a todos sus colegas y lo recibió rodeado de generales, secretarios y tazas de café.

-Vengo a venderle sus últimas palabras -dijo el hombre-. Son muy importantes porque a usted nunca le van a salir bien en el momento, y en cambio le conviene decirlas en el duro trance para configurar facilmente un destino histórico retrospectivo. -Traducí lo que dice- mando el tiranuelo a su interprete. -Habla en argentino, Excelencia. -¿En argentino? ¿Y por qué no entiendo nada? -Usted ha entendido muy bien -dijo el hombre-. Repito que vengo a venderle sus últimas palabras.

El tiranuelo se puso en pie como es de práctica en estas circunstancias, y reprimiendo un temblor, mandó que arrestaran al hombre y lo metieran en los calabozos especiales que siempre existen en esos ambientes gubernativos. -Es lástima- dijo el hombre mientras se lo llevaban-. En realidad usted querrá decir sus últimas palabras cuando llegue el momento, y necesitará decirlas para configurar fácilmente un destino histórico retrospectivo. Lo que yo iba a venderle es lo que usted querrá decir, de modo que no hay engaño. Pero como no acepta el negocio, como no va a aprender por adelantado esas palabras, cuando llegue el momento en que quieran brotas por primera vez y naturalmente, usted no podra decirlas. -¿Por qué no podré decirlas, si son las que he de querer decir? -pregunto el tiranuelo ya frente a otra taza de café. -Porque el miedo no lo dejará -dijo tristemente el hombre-. Como estará con una soga al cuello, en camisa y temblando de frio, los dientes se le entrechocaran y no podrá articular palabra. El verdugo y los asistentes, entre los cuales habrá alguno de estos señores, esperarán por decoro un par de minutos, pero cuando de su boca brote solamente un gemido entrecortado por hipos y súplicas de perdón (porque eso si lo articulará sin esfuerzo) se impacientarán y lo ahorcarán.

Muy indignados, los asistentes y en especial los generales, rodearon al tiranuelo para pedirle que hiciera fusilar inmediatamente al hombre. Pero el tiranuelo, que estaba-pálido-como-la-muerte, los echó a empellones y se encerró con el hombre, para comprar sus últimas palabras.

Entretanto, los generales y secretarios, humilladísimos por el trato recibido, prepararon un levantamiento y a la mañana siguiente prendieron al tiranuelo mientras comía uvas en su glorieta preferida. Para que no pudiera decir sus últimas palabras lo mataron en el acto pegandole un tiro. Después se pusieron a buscar al hombre, que había desaparecido de la casa de gobierno, y no tardaron en encontrarlo, pues se paseaba por el mercado vendiendo pregones a los saltimbanquis. Metiéndolo en un coche celular, lo llevaron a la fortaleza, y lo torturaron para que revelase cuales hubieran podido ser las últimas palabras del tiranuelo. Como no pudieron arrancarle la confesión, lo mataron a puntapiés.

Los vendedores callejeros que le habían comprado gritos siguieron gritándolos en las esquinas, y uno de esos gritos sirvió más adelante como santo y seña de la contrarrevolución que acabó con los generales y los secretarios. Algunos, antes de morir, pensaron confusamente que todo aquello había sido una torpe cadena de confusiones y que las palabras y los gritos eran cosa que en rigor pueden venderse pero no comprarse, aunque parezca absurdo.

Y se fueron pudriendo todos, el tiranuelo, el hombre y los generales y secretarios, pero los gritos resonaban de cuando en cuando en las esquinas.


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