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El final del siglo
«Estar siempre con una mujer y no tener relaciones sexuales con ella es más
difícil que resucitar a los muertos.»1 Así escribía un cándido aunque frustrado
Bernardo de Clairvaux sobre la amenaza que suponían las mujeres para su
búsqueda de la santidad. En eso sus colegas eclesiásticos del siglo XII lo
secundaban por completo. En tiempos de Inocencio III, la época de las abadesas
poderosas, pastorales, como Hildegarda de Bingen, o incluso de instituciones
mixtas, como la abadía de Robert de Arbrissel para hombres y mujeres en
Fontevrault, eran ya un recuerdo lejano. Los monasterios masculinos que tenían
conventos de hermanas comenzaron a cortar vínculos de afiliación y a retirar su
apoyo. Hacia el año 1200, la Iglesia estaba volviendo la espalda a las mujeres.
En lo sucesivo, ellas ni se acercarían al altar, la escuela, el cónclave o el concilio.
En las últimas etapas de la Edad Media, la Virgen María se utilizó como un
doble de todas las mujeres influyentes desterradas, y su categoría de
semidivinidad fue como un hueso arrojado a los metafísicamente desposeídos.
Para muchas mujeres, no admitidas en la sacristía y encerradas en el claustro,
eso no era suficiente.
Como en muchas otras cosas, el catarismo difería radicalmente del credo
mayoritario en su postura hacia las mujeres. En las tres décadas trascurridas
entre la asamblea de Saint-Félix y el desfile de Inocencio en Roma, la fe dualista
se había difundido sin obstáculos por todo el Languedoc, y un matriarcado
rebelde y decidido se encargó de transmitir el mensaje. Ya no era cierto asunto
heterodoxo y delicado, algo que un comediante debiera falsear con maña ante
una multitud atemorizada. En vez de ello, el catarismo había llegado a las casas,
y sus creencias se habían entremezclado profundamente en el tejido de la vida
1 Esta perla de misoginia se cita en el clásico Western Society and the Church in the Middle Ages (p. 315)
de R. W. Southern. En otras citas seleccionadas Southern hace observaciones sobre el hecho de que la
Iglesia había vuelto la espalda a las mujeres. Una de las más destacadas la escribió un abad
premontresiano: «Nosotros y toda nuestra comunidad de clérigos, reconociendo que la perversidad de las
mujeres es mayor que todas las demás perversidades del mundo, y que no hay cólera como la de las
mujeres, y que el veneno de áspides y dragones es más fácil de curar y menos peligroso para los hombres
que la familiaridad con las mujeres, hemos decretado unánimemente, por la seguridad de nuestra alma no
menos que por la de nuestro cuerpo y nuestros bienes, que bajo ningún concepto acogeremos a más
hermanas que provoquen nuestra perdición, sino que las evitaremos como si fueran animales venenosos.»
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familiar del Languedoc. Las mujeres perfectas habían trabajado con ahínco.
Las mujeres cataras, a diferencia de sus homólogos masculinos, casi nunca
viajaban para hacer proselitismo. En lugar de ello creaban hogares colectivos
para las hijas, viudas y señoras mayores de la pequeña nobleza local y de los
artesanos. A las chicas se las formaba y educaba en estas casas para que después
salieran al mundo a casarse y tener hijos que inevitablemente abrazarían la fe de
sus madres. Por consiguiente, en cada generación crecía el número de crecientes
así como el número de mujeres que optaban por la austeridad de la vida de los
perfectos, cosa que muchas hacían al acercarse a la edad madura.
Tras haber sobrevivido a la dureza de una serie de partos consecutivos y
cumplido con su deber reproductor, nada impedía a las mujeres del Languedoc
recibir el consolamentum y asumir una posición de honor en la comunidad. El
estatus cuasidivino de un perfecto —la Iglesia no ofrecía a las mujeres nada tan
prestigioso ni muchísimo menos— iba asociado al compromiso de los hogares
cátaros de mostrarse abiertos y rendir buena acogida al mundo en general. No
había clausura, pues se debían llevar a cabo tareas tanto manuales como
espirituales. En vez de inspirar milagros, visiones, pogromos y todos los demás
atavíos de los entusiasmos cristianos populares, los cátaros fueron tremendamente
domésticos. Guando el obispo Fulko de Tolosa, uno de sus más
resueltos enemigos, reprochó a un caballero católico no haber logrado castigar a
los herejes, éste respondió: «No podemos. Nos hemos criado en su seno.2
Tenemos parientes entre ellos y los hemos visto llevar una vida de perfección.»
Pedirle a alguien que persiguiese a su madre era excesivo.
La fe disidente tenía que atraer forzosamente a las asediadas mujeres
medievales. Desde la época de los gnósticos las mujeres no habían tenido tanta
voz en los asuntos del futuro. Los simples crecientes podían gozar de la honrosa
gloria de sus fervorosas hermanas y, aún más importante, consolarse al saber
que no eran ninguna especie de ocurrencia tardía de la mente divina. En
cualquier caso, el Maligno había creado el mundo, así que las contraseñas de su
organización —incluida la ley sexual del más fuerte— estaban ahí para ser
soportadas, no para ser apoyadas. Al igual que los cabalistas, vecinos suyos en
el Languedoc, las mujeres cataras hallaron aliento en la idea de la
metempsicosis, la transmigración de las almas.
No es que los cátaros estuvieran por completo libres de los prejuicios propios
de la época.3 Algunos creyentes interrogados por la Inquisición en el siglo XIV
decían que, según les enseñaban ciertos hombres perfectos, si alguien debía
abandonar este mundo para siempre, su última reencarnación había de ser
como hombre. Desde luego eso suponía un rasgo misógino con respecto a los
2 El caballero católico que hizo esta asiduamente citada confesión al obispo Fulko era Pons-Adhémar de
Roudeille. La anécdota está relacionada con Guillaume de Puylaurens.
3 Pierre Autier, líder del renacer cátaro en la primera década del siglo XIV, enseñaba que, si uno quería
unirse al buen Dios, en la última encarnación debía ser un hombre. La idea de que las mujeres eran
sumideros de pecado y corrupción, cuestión muy presente en el catolicismo medieval, parece haber
surgido en el catarismo en la época de la persecución. Para un análisis juicioso y exhaustivo de las
creencias cataras, véase el excelente Le Vrai Visage du catharisme, de Anne Brenon.
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primitivos preceptos de los cátaros. También en interrogatorios de la
Inquisición, unas cuantas antiguas crecientes declararon que las habían llamado
«sentinas de tentación corruptora» y culpado de fomentar la procreación, acto
del que resultaba otro prisionero de la materia. Aquí, al menos en su primera
proposición, advertimos la conocida queja del hombre asceta medieval, con
independencia de cuál fuera su fe. Algunos de los cátaros perfectos
seguramente coincidían en eso con san Bernardo de Clairvaux.
Sin embargo, dada la importancia de las mujeres en la difusión de la fe, es
improbable que el hostigamiento femenino fuera en el catarismo resultado de
una postura mayoritaria. El papel de la mujer se potenció más gracias al sistema
de herencia divisible del Languedoc, en virtud del cual la familia se repartía la
herencia de manera equitativa. A diferencia del sistema del norte, en el que
todo era para el hijo mayor y los demás hermanos tenían que valerse por sí
mismos, la fragmentación de las fincas del sur suponía para muchas mujeres un
pequeño margen de independencia del que en otras partes no habrían
disfrutado. Las mujeres, sobre todo las que tenían títulos nobiliarios, fundaron,
administraron y dirigieron hogares cátaros.44 En 1204, Raymond Roger, conde
de Foix, capital montañesa al pie de los Pirineos, dio su elogiosa aprobación
cuando su hermana, Esclarmonde, recibió el consolamentum de Guilhabert de
Castres en una ceremonia celebrada en Fanjeaux, ciudad cercana a Carcasona.
Junto a ella, en un acto al que asistió la mayor parte de la nobleza del
Languedoc, había tres señoras también de alta cuna que comprometían su vida
al logro de la perfección espiritual. Cuando Philippa, esposa de Raymond
Roger, decidió que también quería ser un perfecto, el conde no se opuso.
En los numerosos pueblos fortificados que salpican el paisaje entre Tolosa,
Albi y Carcasona, entre una tercera parte y la mitad de la población recibió la
influencia del catarismo. Una red de mujeres religiosas, fueran abuelas o
nueras, respaldaban el trabajo de los hombres itinerantes. Ante la prescrita
ausencia de iglesias o incluso de capillas, los crecientes se reunían en hogares
dirigidos por mujeres perfectas para escuchar a los hombres cátaros que iban a
visitarlos desde las ciudades. Las anfitrionas perfectas más influyentes —
Blanche de Laurac, Esclarmonde de Foix— habían residido antes en el castillo
de la localidad. Allí, por la noche, los trovadores y los juglares iban a divertir a
las mismas personas a las que los cátaros habían elevado espiritualmente por la
tarde. En los corazones de la nobleza del Languedoc coincidían los perfectos y
4 También aquí debería consultarse el trabajo de la historiadora Anne Brenon, en especial Les Femmes
cathares. El papel de las mujeres en el catarismo, largamente desatendido por los historiadores católicos y
protestantes a la greña sobre las consecuencias doctrinales del dualismo, se considera actualmente uno de
los aspectos sociológicos más notables de la herejía. De las grandes matriarcas cataras, la más notoria fue
sin duda Blanche de Laurac. Cuando quedó viuda, Blanche y su hija más joven, Mabilia, recibieron el
consolamentum y dirigieron un hogar cátaro en Laurac, la ciudad que daba su nombre a la región del
Lauragais. Otra hija, Navarre, dejó a su marido —Esteban, señor de Servián— cuando éste se arrepintió
de su herejía ante Domingo. Navarre se fue a Montségur. Otra de las hijas de Blanche, Esclarmonde,
emparentó con el clan Niort y llegó a ser la madre de la familia más peligrosa de la historia de los cátaros.
La última de las hijas de Blanche fue Geralda de Lavaur, creyente cátara asesinada por los cruzados en
1211. El único hijo de Blanche fue Aimery de Montréal.
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los trovadores. Desde el amor dualista al vecino al amor de los juglares a la
esposa del vecino, todo en el mismo día, la cultura occitana de piedad y buenos
sentimientos se iba desprendiendo de todos los vestigios de la cristiandad
tradicional. En efecto, «amor» es lo opuesto a «Roma». Las conjeturas eruditas
coinciden en que en el año 1200 había en el Languedoc entre mil y mil
quinientos perfectos. Entre los más eficaces estaban los que un trovador
occitano denominaba elogiosamente bela eretga: los «herejes hermosos».
Ninguna de las excentricidades espirituales del Languedoc habría sido
posible sin el tácito consentimiento —o blandura— de sus señores feudales.
Hacia el año 1200, la causa de la sedición religiosa estaba bien abastecida por el
fracturado feudalismo de la región. Curiosamente, en el sur no existía la fusión
del poder monárquico y eclesiástico que pronto elevaría a la Île-de-France y sus
posesiones a la primera fila de las naciones medievales. En lugar de ello, los
nobles y clérigos del Languedoc se peleaban como verduleras, a menudo sobre
las tasas que les pagaban los mercaderes de las ciudades. En un ambiente tan
anticlerical, podía prosperar una fe alternativa como el catarismo.
En lo alto de la inestable escala de la primacía se hallaba Raimundo VI, conde
de Tolosa. Su madre, Constanza, que en 1165 había asistido a la audición
pública de los cátaros en Lombers, era la hermana del rey de Francia. Parece
que el padre de Raimundo, Raimundo V, fue el último de su linaje en exhibir
apoyo franco de la Iglesia. En 1177, el anciano invitó a un grupo de prelados a
olfatear el catarismo en su capital, Tolosa,5 sólo para que los clérigos quedaran
enseguida desalentados ante la enormidad de la tarea. A un hombre
condenado, un rico mercader, se le obligó a ir en peregrinación a Palestina; a su
regreso, tres años después, fue aclamado como un héroe y se le concedió un
cargo de gran responsabilidad pública. En la casa del conde, el joven Raimundo
sin duda no reparó en ese ultraje a la fe. Con veinte años recién cumplidos ya
había emprendido una precoz carrera que consistía en robarle las amantes a su
padre. Por aquel tiempo, la madre, alegando maltrato conyugal, huyó del
Languedoc para irse a la corte de su hermano en París, y el matrimonio con el
padre de Raimundo quedó anulado.
Hacia el año 1200, Raimundo VI tenía poco más de cuarenta años y había
heredado su título hacía seis. Acababa de enterrar a su cuarta y penúltima
esposa, Juana de Inglaterra, hermana de Ricardo Corazón de León y Juan sin
Tierra. Para gran horror de los ortodoxos, la corte de Raimundo era una mezcla
cosmopolita de cátaros, católicos y judíos, y sus amigos no se caracterizaban por
la piedad. Uno de ellos, un trovador de nombre Peire Vidal,6 una vez se
5 Formaban parte de la fallida embajada el jefe de los cistercienses, Henri de Marcy; un poderoso
cardenal, Pedro de Pavía, y los obispos de Bourges y Bath. Marcy regresó en 1181, al frente de una fuerza
armada, y tomó Lavaur, una población situada entre Albi y Tolosa que tenía fama de hereje. Aunque la
ocupación de Lavaur por Marcy fue efímera, se había establecido un siniestro precedente.
6 Vidal no era de ningún modo el único trovador de la corte de Raimundo. En efecto, el secretario del
conde fue muchos años Peire Cardenal, consumado compositor de sirventés: canciones rimadas que, por
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disfrazó de lobo para cortejar a la mujer más encantadora del Languedoc,
Etiennette de Pennautier, cuyo licencioso apodo era la Loba. Aunque fracasó en
su intento de conseguir los favores de la Loba (no así Raymond Roger, conde de
Foix), Vidal adquirió fama por sus proezas y compuso canciones para instruir
moral e intelectualmente a su noble patrón. No hay pruebas documentales de si
el conde Raimundo cortejó a la Loba.
Cabe presumir que Raimundo tuvo otras compensaciones; sin duda le
asaltaban otras preocupaciones. En teoría, su familia dominaba desde las
montañas de Provenza hasta las tierras bajas del río Garona; en la práctica, la
situación era un revoltijo de vasallajes opuestos, acuerdos para el reparto del
poder y recursos económicos disputados con vehemencia.7 Tras el
desmembramiento en el siglo IX del imperio de Carlomagno, que se había
extendido desde Sajonia hasta Cataluña, las tierras del Languedoc se
repartieron entre innumerables facciones enfrentadas. Las familias nobles de la
región, unas ciento cincuenta en total al final del milenio,8 libraron durante
generaciones sordas escaramuzas territoriales, debido a lo cual el paisaje estaba
lleno de castillos y fortificaciones defensivas. Mediante astutos matrimonios y
asedios triunfantes, la familia de Raimundo, los Saint-Gilíes, había conseguido a
fines de siglo XII la supremacía, si no el dominio, en el Languedoc.
Sin embargo, nunca se convertiría en una familia real putativa del sur.
Cualquier posibilidad que tuviera el clan de Saint-Gilíes de incrementar su
poder en su patria se malograba por su afición a las aventuras en tierras
extrañas. El bisabuelo de Raimundo, el conde Raimundo IV, respondió al
llamamiento de la primera cruzada y, en 1099, dirigió los ejércitos cristianos
hasta Jerusalén.9 Después decidió quedarse en Oriente, se adueñó de un reino
en lo que hoy es el Líbano10 y confió a un hijo bastardo el cuidado de las
posesiones familiares en su país. Siguieron en el Languedoc años de contiendas
intermitentes, durante las cuales las tierras de los Saint-Gilíes fueron presa fácil
lo general, arremetían contra los enemigos del hombre que las encargaba.
7 El efecto de fraccionamiento de las herencias divisibles, que hacía maravillas con las mujeres perfectas
de bajo mantenimiento, era desastroso para sus parientes de la pequeña nobleza, cuyo apoyo necesitaba
Raimundo. En la primera década del siglo XIII, muchos pueblos y ciudades tenían entre treinta y
cincuenta «coseñores feudales» —cincuenta en Lombers, treinta y cinco en Mirepoix (Walter L.
Wakefield, Heresy, Crusade, and Inquisition in Southern Frunce, 1100-1250, p. 52)—, como
consecuencia de divisiones sucesivas, con lo que todos los implicados estaban más o menos arruinados o
peleando entre ellos por unos cuantos y remotos acres de viñedos. Pocos nobles podían contar con una
dotación militar estable. El recurso a los routiers (mercenarios armados) independientes para resolver las
disputas sólo aumentaba la anarquía. Esos routiers, a menudo hijos menores sin tierras procedentes del
vecino reino de Aragón, destacaban por quedarse más tiempo de lo conveniente y hacer estragos entre los
aterrados campesinos.
8 La estimación se refiere al año 975 (Michael Costen, The Cathars and the Albigensian Crusade, p. 5).
9 Raimundo VI escribió al Papa sobre la sagrada matanza perpetrada por sus cruzados al tomar por asalto
las mezquitas y sinagogas de Jerusalén en 1099: «Y si deseáis conocer qué fue del enemigo que allí
encontramos, sabed que en el pórtico de Salomón y en su templo nuestros hombres cabalgaron con la
sangre de los sarracenos que llegaba a las rodillas de los caballos.» Según fuentes cristianas, fueron diez
mil las víctimas; fuentes árabes afirman que la cifra de muertos llegó a cien mil. (Friedrich Heer, The
Medieval World [El mundo medieval (Europa 1100-1350)], p. 135.)
10 En el puerto de Trípoli hay todavía una ciudadela Saint-Gilíes. En el idioma local recibe el nombre de
Qal'at Sinjil.
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de los clanes vecinos, incluidos los de Aquitania al oeste y de Aragón al sur.
Para cuando un Saint-Gilíes legítimo hubo llegado a la edad adulta y se hubo
marchado de Palestina —Alfonso Jordán, así llamado por su bautismo en el río
Jordán—, la familia había dejado escapar la oportunidad de aumentar su poder
y sentar las bases de un futuro reino. En otras partes, a principios del siglo XII,
familias destacadas como los Capetos de Francia habían empezado el largo
proceso de atar corto a sus barones díscolos, además de que los Plantagenet de
Inglaterra y los Hohenstaufen de Alemania rondaban por los aledaños del
poder. Más cerca del Languedoc, las familias que gobernaban Barcelona y
Aragón se habían fusionado para formar un reino fuerte y cohesionado justo al
sur de los Pirineos.
Los Saint-Gilíes pagarían caros los años en que su señor estuvo ausente. A
medida que avanzaba el siglo XII, en el sur se produjeron repetidas disputas
jurisdiccionales cuando los crecientes clanes del norte reclamaron
insistentemente como propias áreas que estaban bajo el débil control de los
Saint-Gilíes. Matrimonios estratégicos evitaron que se produjera ningún
conflicto armado grave —si bien el padre de Raimundo se vio implicado en una
serie de combates defensivos de poca importancia—, de modo que para 1200 los
Saint-Gilíes conservaban territorio en Provenza como vasallos del Sacro Imperio
romano, tierras de Tolosa del rey de Francia y propiedades en Gascuña del rey
de Inglaterra. El rey de Aragón había asumido el control de buena parte de la
costa mediterránea del Languedoc, incluida la importante ciudad de
Montpellier. Dada la rivalidad entre estos señores, la posibilidad de guerra se
cernía amenazante sobre la región. La acción equilibradora que se le pedía a
Raimundo VI era delicadísima, sobre todo porque él, a diferencia de los señores
y monarcas del norte, no poseía una gran fortuna con la que contar sin reservas
como fuente de ingresos o para pagar a caballeros armados.
A Raimundo no le fue mucho mejor como señor feudal de las grandes
familias nobles del país. En las escarpadas estribaciones de los Pirineos, la
independencia testaruda no era la excepción sino la regla. El conde de Foix, el
hombre cuyas hermana y esposa llegaron a ser perfectas y que conquistó el
corazón de la Loba, ejemplificaba el tipo de bellaco cuyos excesos cabía esperar
que Raimundo reprimiera. Siempre que Raymond Roger de Foix mataba a un
sacerdote o asediaba un castillo, como hacía a veces, Raimundo de Tolosa
carecía de autoridad para castigarlo por muchas ganas que tuviera de ello. Los
otros señores de la montaña eran independientes de un modo semejante.
La espina más dolorosa en el bando de Raimundo era la familia Trencavel,
que habitaba en pleno centro del Languedoc, firmemente instalada tras las
almenas de Carcasona. Sus enormes posesiones en torno a la ciudad, que se
extendían hasta Béziers, partían en dos las tierras de los Saint-Gilíes. Para
asegurar su independencia de Tolosa, en 1150 los Trencavel se habían hecho
vasallos —y, por tanto, protegidos— de Aragón. Raimundo, prefiriendo como
de costumbre el dormitorio al campo de batalla, intentó neutralizar la amenaza
de Carcasona tomando a una Trencavel como esposa, Béatrice de Béziers. En
lugar de fundar una nueva dinastía, al final el matrimonio fue anulado y
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Béatrice se convirtió en una casta mujer cátara sagrada. No se sabe si lo hizo por
propia voluntad o si fue repudiada por Raimundo, cuyo encaprichamiento de la
hija del rey de Chipre le llevó a casarse por tercera vez. El resultado fue que el
mosaico de lealtades a los Trecavel y los Saint-Gilíes siguió tan abigarrado como
siempre.
La Iglesia complicó todavía más la situación del Languedoc. El movimiento
monástico cisterciense de Bernardo de Clairvaux —la rama reformista de la
familia benedictina— se había propagado desde su casa fundadora en Citeax,
Borgoña, al sur, atrayendo el talento de hombres como Fulko de Marsella, que
llegaría a ser obispo de Tolosa. Sus fanáticos monjes-agricultores, todavía en ese
período de gracia en que el monacato boyante no significaba tener una barriga
prominente, acumularon miles de hectáreas de propiedades gracias a una
combinación de trabajo duro y legados de tierra de personas que, en lo sucesivo,
pretendían reducir el riesgo encendiendo una vela a Dios y otra al diablo.
Los que hoy visitan Francia se maravillan de la pintoresca omnipresencia de
pueblos por empinadas que sean las laderas, húmedas las marismas o yermos
los páramos, y muy a menudo quedan admirados de las obras de los monjes.
Estos triunfaron sobre el último terreno baldío, convencieron a campesinos
pioneros de que fundaran nuevos pueblos y llegaron a convertirse en una
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pequeña aristocracia tonsurada que administraba vastas fincas. Dada la falta de
una descendencia legítima entre los monjes, en posteriores generaciones esas
propiedades no se subdividirían.
Esta riqueza no pasó inadvertida. Los primeros de la fila para compartir ese
patrimonio eran los compañeros eclesiásticos de los cistercienses, el clero
secular —es decir, sacerdotes que vivían en la sociedad laica en comparación
con el clero regular, monjes que seguían alguna regla comunal establecida—.
Entre el clero secular del Languedoc, había diferencias asombrosas en los
grados de piedad, el conocimiento de la liturgia y la solvencia económica. Los
obispos reñían por dinero con los abades, dejando a veces iglesias parroquiales
vacías durante años con sus tasas e impuestos objeto de mordaces disputas. La
función del obispo era muy mundana... como nunca dejaron de lamentar los
cátaros.
Las discordias entre los clérigos regulares monásticos y los clérigos seculares
palidecían al lado de los males que les infligían los profanos del Languedoc.
Atacar las propiedades de los sacerdotes y a sus personas era una especie de
pasatiempo generalizado. Los movimientos «Paz de Dios», en esencia
juramentos en virtud de los cuales ingobernables nobles juraban no desvalijar a
clérigos indefensos, habían comenzado ya en el siglo X. En el Languedoc, con su
permanente falta de autoridad central, no había fuerza lo bastante poderosa
para asegurar que esos juramentos se cumplieran. Empezaba a despegarse la
cola que mantenía unida la sociedad medieval. Condes, vizcondes y miembros
faltos de medios de la pequeña nobleza casi nunca acudían en ayuda de los
obispos sitiados —que, en todo caso, rara vez eran un dechado de virtudes—.
Los diezmos se desviaban rutinariamente a las arcas de los grandes seculares o
simplemente no se pagaban. En 1178, los Trencavel enviaron a prisión al obispo
de Albi; el año siguiente, añadieron injuria a la ofensa al obtener por la fuerza la
extraordinaria cantidad de treinta mil soles del monasterio de Saint-Pons-de-
Thomières.11 Para el conde Raimundo de Tolosa llegó a ser una especie de
afición hostigar a los abades del monasterio que había cerca de su casa solariega
de Saint-Gilíes, ciudad del delta del Ródano.
A veces los conflictos rayaban en lo macabro. En 1197, los Trencavel
impugnaron la elección de un nuevo abad en el monasterio de alta montaña de
Alet. Su emisario, Bertrand de Saissac, un noble en cuya familia había varios
cátaros perfectos, propuso una ingeniosa solución a la disputa. Desenterró el
cadáver del antiguo abad, lo colocó erguido en una silla y a continuación llamó
a los aterrados monjes para que escucharan con atención los deseos del muerto.
Con este sádico estímulo, no sorprende que ganara fácilmente la nueva elección
un amigo de los Trencavel. Para que el procedimiento fuera legal, se precisaba
el consentimiento de la Iglesia católica, por lo que Bertrand se dirigió al
arzobispo de Narbona, el clérigo más preeminente del Languedoc, y también su
más preeminente tramposo. Un exasperado Inocencio III escribió sobre el
11 El golpe de gracia llegó en la década de 1930, cuando el claustro de Saint-Pons fue trasladado a Toledo,
Ohio.
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eclesiástico de Narbona: «Hombres ciegos, perros sordos que ya no ladran [...]
hombres que hacen cualquier cosa por dinero [...] celosos en la avaricia,
amantes de los obsequios, buscadores de recompensas [...]. El principal
causante de estos males es el arzobispo de Narbona,12 cuyo dios es el dinero,
cuyo corazón está en su tesoro, que sólo se preocupa por el oro.» La petición de
los Trencavel de que confirmara la elección del nuevo abad iba acompañada de
una generosa cantidad, y se concedió la aprobación sin demora. Un cronista
católico señaló en tono pesimista que, cuando se negaban a hacer alguna tarea
en especial desagradable, muchas personas del Languedoc usaban
reflexivamente la expresión: «Preferiría ser sacerdote.»13
Aunque esta clase de anticlericalismo existía en todas partes, en el
Languedoc las peleas no eran episódicas sino endémicas, y se producían en una
sociedad en la que no sólo había nobles y clérigos compitiendo por
recompensas a costa de los campesinos, ya que, al igual que Lombardía en el
norte de Italia y Flandes junto al canal inglés, el Languedoc del año 1200 se
había convertido en un territorio de ciudades, lleno de revoltosos burgueses
que se abrían camino a codazos en lo que antaño se creyó que era un cortejo de
sacerdotes, caballeros y siervos que seguía un orden divino. La frase «Stadtluft
machí frei» (El aire de la ciudad hace libres a los hombres) rigió las ciudades
medievales germanas;14 la precoz experiencia del Languedoc demostró
plenamente su validez. Los principales centros —Montpellier, Béziers,
Narbona, Albi, Carcasona, Tolosa— rebosaban de vitalidad, y muchos
recuperaban el vigor que habían conocido un milenio antes bajo los romanos.
Tolosa, la más importante del grupo, era autónoma tras haber comprado la
libertad al padre de Raimundo y haber elegido cónsules, llamados capitouls,
para legislar en un nuevo ayuntamiento construido en 1189. En cualquier
ciudad en que arraigara un sistema consular aparecía automáticamente la
agresividad. En 1167, el año de la reunión cátara en Saint-Félix, los mercaderes
de Béziers llegaron incluso a asesinar a su vizconde Trencavel. Los capitouls de
Tolosa, quizá reflejando la diplomacia y la disposición de su conde, prefirieron
legislar razonablemente sobre su búsqueda del placer y la riqueza. Un
observador señaló que, según una ley de los capitouls, en la ciudad una persona
casada no podía ser detenida «por adulterio, fornicación o coito en cualquier
almacén o casa que alquilara, poseyera o mantuviera como residencia».15 Por lo
12 La famosa disputa entre Inocencio y el arzobispo Berengar duró más de diez años. El corrupto prelado,
que utilizaba mercenarios para recaudar sus diezmos, pudo mantenerse tanto tiempo en su lucrativo cargo
pese al disgusto papal gracias a sus espléndidas conexiones familiares. Era el hijo ilegítimo de un conde
de Barcelona y el tío bastardo del rey Pedro II de Aragón.
13 Guillaume de Puylaurens cuenta la anécdota en su prólogo a la Chronica. Guillaume, acaso exagerando
la difícil situación de la Iglesia para justificar el posterior llamamiento a la cruzada, dijo a continuación:
«Cuando los clérigos se mostraron en público ocultaron sus pequeñas tonsuras peinándose el largo
cabello de atrás hacia delante» (Zoé Oldenbourg, Massacre at Montségur).
14 La expresión también tenía el significado literal de liberar siervos. Según la costumbre germánica,
cualquier siervo que residiera un año y un día en una ciudad quedaba automáticamente dispensado de sus
anteriores obligaciones feudales (Charles T. Wood, The Questfor Eternity, p. 88).
15 Para valoraciones eruditas del extraordinario clima de libertad en la Tolosa medieval, véase el trabajo
de J. H. Mundy, especialmente su Men and Women at Toulouse in the Age of the Cathars.
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visto, en el Languedoc la mezcla cultural de trovadores y mercaderes estaba
dejando a la Iglesia con un palmo de narices.
Las ciudades también empezaron a tolerar ideas y a admitir personas a las
que normalmente se dejaba fuera de los confines de la comunidad feudal
cristiana. Grupos marginales de la sociedad —y no sólo herejes— comenzaron a
recibir la influencia de las tendencias mayoritarias. Los numerosos judíos del
Languedoc, que habían vivido en la región desde la época de los romanos, se
contaban entre los principales beneficiarios de la cultura de clemencia que
surgió del fuego cruzado entre los nobles, los clérigos y los habitantes de las
ciudades del sur. Una tradición de la Semana Santa llamada «apalear a los
judíos», en virtud de la cual los cristianos de Tolosa golpeaban en una plaza pública
a miembros de la comunidad judía, terminó a mediados del siglo XII, tras
abultados pagos al conde y los capitouls. Los clérigos protestaron, pero se
mantuvo la prohibición. La Iglesia, que había desarrollado una política de
ostracismo de los judíos claramente definida, bramaba aún más fuerte cuando
se permitía a no cristianos tener propiedades y, en algunos casos, ocupar cargos
públicos. En 1203, en Béziers, el magistrado jefe en ausencia del señor Trencavel
—o bayle— era un judío de nombre Simón. En Narbona, donde había una
escuela talmúdica y varias sinagogas, algunos mercaderes judíos poseían viñas
en los campos circundantes y contrataban a campesinos cristianos para trabajar
la tierra, una burla manifiesta de la prohibición de la Iglesia de que los judíos
tuvieran ningún tipo de autoridad sobre los cristianos. Pese a que estos cambios
por lo general se llevaban a cabo mediante sobornos o el pago de impuestos
exorbitantes, indicaban también el nacimiento de una sociedad más libre, o,
cuando menos, con mayor autonomía.
Desde la perspectiva de una Roma recién vigorizada, todo eso adquirió el
aspecto de una endemoniada espiral descendente, una resbaladiza pendiente de
degeneración moral y espiritual. Aunque no era exactamente un Camelot
multicultural, como a veces sugieren sus incondicionales del siglo XXI, el
Languedoc medieval era lo bastante excepcional para considerarlo censurable.
Inocencio II escribía con frecuencia al conde Raimundo, y le imploraba al
vástago de cruzados que actuara. Una carta hervía de furia: «¡Así que piensa,
estúpido, piensa!»; en otra lo llamaba «criatura pestilente e insensata». Sin
embargo, no está claro si Raimundo podía hacer algo, dadas las trabas que
soportaba su poder, la autonomía de las ciudades y la tolerancia espiritual
subversiva que existía entre los católicos, los cátaros y los judíos del Languedoc.
Al final, Raimundo no hizo nada. El conde de Tolosa no perseguiría a su
propia gente. Inocencio y sus consejeros, desorientados y sin un noble aliado en
el Languedoc para reprimir la disidencia, tenían que manejar una revolución
por su cuenta. Cuando amaneció el nuevo siglo, los hombres de la Iglesia se
propusieron convencer al pueblo de Raimundo de que andaba errado. Y se
reunieron con los herejes cara a cara.
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