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FINAL DE SIGLO L3
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edgard chavez
 
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  FINAL DE SIGLO L3 22/Febrero/2007 - 17:50

El final del siglo

«Estar siempre con una mujer y no tener relaciones sexuales con ella es más

difícil que resucitar a los muertos.»1 Así escribía un cándido aunque frustrado

Bernardo de Clairvaux sobre la amenaza que suponían las mujeres para su

búsqueda de la santidad. En eso sus colegas eclesiásticos del siglo XII lo

secundaban por completo. En tiempos de Inocencio III, la época de las abadesas

poderosas, pastorales, como Hildegarda de Bingen, o incluso de instituciones

mixtas, como la abadía de Robert de Arbrissel para hombres y mujeres en

Fontevrault, eran ya un recuerdo lejano. Los monasterios masculinos que tenían

conventos de hermanas comenzaron a cortar vínculos de afiliación y a retirar su

apoyo. Hacia el año 1200, la Iglesia estaba volviendo la espalda a las mujeres.

En lo sucesivo, ellas ni se acercarían al altar, la escuela, el cónclave o el concilio.

En las últimas etapas de la Edad Media, la Virgen María se utilizó como un

doble de todas las mujeres influyentes desterradas, y su categoría de

semidivinidad fue como un hueso arrojado a los metafísicamente desposeídos.

Para muchas mujeres, no admitidas en la sacristía y encerradas en el claustro,

eso no era suficiente.

Como en muchas otras cosas, el catarismo difería radicalmente del credo

mayoritario en su postura hacia las mujeres. En las tres décadas trascurridas

entre la asamblea de Saint-Félix y el desfile de Inocencio en Roma, la fe dualista

se había difundido sin obstáculos por todo el Languedoc, y un matriarcado

rebelde y decidido se encargó de transmitir el mensaje. Ya no era cierto asunto

heterodoxo y delicado, algo que un comediante debiera falsear con maña ante

una multitud atemorizada. En vez de ello, el catarismo había llegado a las casas,

y sus creencias se habían entremezclado profundamente en el tejido de la vida

1 Esta perla de misoginia se cita en el clásico Western Society and the Church in the Middle Ages (p. 315)

de R. W. Southern. En otras citas seleccionadas Southern hace observaciones sobre el hecho de que la

Iglesia había vuelto la espalda a las mujeres. Una de las más destacadas la escribió un abad

premontresiano: «Nosotros y toda nuestra comunidad de clérigos, reconociendo que la perversidad de las

mujeres es mayor que todas las demás perversidades del mundo, y que no hay cólera como la de las

mujeres, y que el veneno de áspides y dragones es más fácil de curar y menos peligroso para los hombres

que la familiaridad con las mujeres, hemos decretado unánimemente, por la seguridad de nuestra alma no

menos que por la de nuestro cuerpo y nuestros bienes, que bajo ningún concepto acogeremos a más

hermanas que provoquen nuestra perdición, sino que las evitaremos como si fueran animales venenosos.»

42

familiar del Languedoc. Las mujeres perfectas habían trabajado con ahínco.

Las mujeres cataras, a diferencia de sus homólogos masculinos, casi nunca

viajaban para hacer proselitismo. En lugar de ello creaban hogares colectivos

para las hijas, viudas y señoras mayores de la pequeña nobleza local y de los

artesanos. A las chicas se las formaba y educaba en estas casas para que después

salieran al mundo a casarse y tener hijos que inevitablemente abrazarían la fe de

sus madres. Por consiguiente, en cada generación crecía el número de crecientes

así como el número de mujeres que optaban por la austeridad de la vida de los

perfectos, cosa que muchas hacían al acercarse a la edad madura.

Tras haber sobrevivido a la dureza de una serie de partos consecutivos y

cumplido con su deber reproductor, nada impedía a las mujeres del Languedoc

recibir el consolamentum y asumir una posición de honor en la comunidad. El

estatus cuasidivino de un perfecto —la Iglesia no ofrecía a las mujeres nada tan

prestigioso ni muchísimo menos— iba asociado al compromiso de los hogares

cátaros de mostrarse abiertos y rendir buena acogida al mundo en general. No

había clausura, pues se debían llevar a cabo tareas tanto manuales como

espirituales. En vez de inspirar milagros, visiones, pogromos y todos los demás

atavíos de los entusiasmos cristianos populares, los cátaros fueron tremendamente

domésticos. Guando el obispo Fulko de Tolosa, uno de sus más

resueltos enemigos, reprochó a un caballero católico no haber logrado castigar a

los herejes, éste respondió: «No podemos. Nos hemos criado en su seno.2

Tenemos parientes entre ellos y los hemos visto llevar una vida de perfección.»

Pedirle a alguien que persiguiese a su madre era excesivo.

La fe disidente tenía que atraer forzosamente a las asediadas mujeres

medievales. Desde la época de los gnósticos las mujeres no habían tenido tanta

voz en los asuntos del futuro. Los simples crecientes podían gozar de la honrosa

gloria de sus fervorosas hermanas y, aún más importante, consolarse al saber

que no eran ninguna especie de ocurrencia tardía de la mente divina. En

cualquier caso, el Maligno había creado el mundo, así que las contraseñas de su

organización —incluida la ley sexual del más fuerte— estaban ahí para ser

soportadas, no para ser apoyadas. Al igual que los cabalistas, vecinos suyos en

el Languedoc, las mujeres cataras hallaron aliento en la idea de la

metempsicosis, la transmigración de las almas.

No es que los cátaros estuvieran por completo libres de los prejuicios propios

de la época.3 Algunos creyentes interrogados por la Inquisición en el siglo XIV

decían que, según les enseñaban ciertos hombres perfectos, si alguien debía

abandonar este mundo para siempre, su última reencarnación había de ser

como hombre. Desde luego eso suponía un rasgo misógino con respecto a los

2 El caballero católico que hizo esta asiduamente citada confesión al obispo Fulko era Pons-Adhémar de

Roudeille. La anécdota está relacionada con Guillaume de Puylaurens.

3 Pierre Autier, líder del renacer cátaro en la primera década del siglo XIV, enseñaba que, si uno quería

unirse al buen Dios, en la última encarnación debía ser un hombre. La idea de que las mujeres eran

sumideros de pecado y corrupción, cuestión muy presente en el catolicismo medieval, parece haber

surgido en el catarismo en la época de la persecución. Para un análisis juicioso y exhaustivo de las

creencias cataras, véase el excelente Le Vrai Visage du catharisme, de Anne Brenon.

43

primitivos preceptos de los cátaros. También en interrogatorios de la

Inquisición, unas cuantas antiguas crecientes declararon que las habían llamado

«sentinas de tentación corruptora» y culpado de fomentar la procreación, acto

del que resultaba otro prisionero de la materia. Aquí, al menos en su primera

proposición, advertimos la conocida queja del hombre asceta medieval, con

independencia de cuál fuera su fe. Algunos de los cátaros perfectos

seguramente coincidían en eso con san Bernardo de Clairvaux.

Sin embargo, dada la importancia de las mujeres en la difusión de la fe, es

improbable que el hostigamiento femenino fuera en el catarismo resultado de

una postura mayoritaria. El papel de la mujer se potenció más gracias al sistema

de herencia divisible del Languedoc, en virtud del cual la familia se repartía la

herencia de manera equitativa. A diferencia del sistema del norte, en el que

todo era para el hijo mayor y los demás hermanos tenían que valerse por sí

mismos, la fragmentación de las fincas del sur suponía para muchas mujeres un

pequeño margen de independencia del que en otras partes no habrían

disfrutado. Las mujeres, sobre todo las que tenían títulos nobiliarios, fundaron,

administraron y dirigieron hogares cátaros.44 En 1204, Raymond Roger, conde

de Foix, capital montañesa al pie de los Pirineos, dio su elogiosa aprobación

cuando su hermana, Esclarmonde, recibió el consolamentum de Guilhabert de

Castres en una ceremonia celebrada en Fanjeaux, ciudad cercana a Carcasona.

Junto a ella, en un acto al que asistió la mayor parte de la nobleza del

Languedoc, había tres señoras también de alta cuna que comprometían su vida

al logro de la perfección espiritual. Cuando Philippa, esposa de Raymond

Roger, decidió que también quería ser un perfecto, el conde no se opuso.

En los numerosos pueblos fortificados que salpican el paisaje entre Tolosa,

Albi y Carcasona, entre una tercera parte y la mitad de la población recibió la

influencia del catarismo. Una red de mujeres religiosas, fueran abuelas o

nueras, respaldaban el trabajo de los hombres itinerantes. Ante la prescrita

ausencia de iglesias o incluso de capillas, los crecientes se reunían en hogares

dirigidos por mujeres perfectas para escuchar a los hombres cátaros que iban a

visitarlos desde las ciudades. Las anfitrionas perfectas más influyentes —

Blanche de Laurac, Esclarmonde de Foix— habían residido antes en el castillo

de la localidad. Allí, por la noche, los trovadores y los juglares iban a divertir a

las mismas personas a las que los cátaros habían elevado espiritualmente por la

tarde. En los corazones de la nobleza del Languedoc coincidían los perfectos y

4 También aquí debería consultarse el trabajo de la historiadora Anne Brenon, en especial Les Femmes

cathares. El papel de las mujeres en el catarismo, largamente desatendido por los historiadores católicos y

protestantes a la greña sobre las consecuencias doctrinales del dualismo, se considera actualmente uno de

los aspectos sociológicos más notables de la herejía. De las grandes matriarcas cataras, la más notoria fue

sin duda Blanche de Laurac. Cuando quedó viuda, Blanche y su hija más joven, Mabilia, recibieron el

consolamentum y dirigieron un hogar cátaro en Laurac, la ciudad que daba su nombre a la región del

Lauragais. Otra hija, Navarre, dejó a su marido —Esteban, señor de Servián— cuando éste se arrepintió

de su herejía ante Domingo. Navarre se fue a Montségur. Otra de las hijas de Blanche, Esclarmonde,

emparentó con el clan Niort y llegó a ser la madre de la familia más peligrosa de la historia de los cátaros.

La última de las hijas de Blanche fue Geralda de Lavaur, creyente cátara asesinada por los cruzados en

1211. El único hijo de Blanche fue Aimery de Montréal.

44

los trovadores. Desde el amor dualista al vecino al amor de los juglares a la

esposa del vecino, todo en el mismo día, la cultura occitana de piedad y buenos

sentimientos se iba desprendiendo de todos los vestigios de la cristiandad

tradicional. En efecto, «amor» es lo opuesto a «Roma». Las conjeturas eruditas

coinciden en que en el año 1200 había en el Languedoc entre mil y mil

quinientos perfectos. Entre los más eficaces estaban los que un trovador

occitano denominaba elogiosamente bela eretga: los «herejes hermosos».

Ninguna de las excentricidades espirituales del Languedoc habría sido

posible sin el tácito consentimiento —o blandura— de sus señores feudales.

Hacia el año 1200, la causa de la sedición religiosa estaba bien abastecida por el

fracturado feudalismo de la región. Curiosamente, en el sur no existía la fusión

del poder monárquico y eclesiástico que pronto elevaría a la Île-de-France y sus

posesiones a la primera fila de las naciones medievales. En lugar de ello, los

nobles y clérigos del Languedoc se peleaban como verduleras, a menudo sobre

las tasas que les pagaban los mercaderes de las ciudades. En un ambiente tan

anticlerical, podía prosperar una fe alternativa como el catarismo.

En lo alto de la inestable escala de la primacía se hallaba Raimundo VI, conde

de Tolosa. Su madre, Constanza, que en 1165 había asistido a la audición

pública de los cátaros en Lombers, era la hermana del rey de Francia. Parece

que el padre de Raimundo, Raimundo V, fue el último de su linaje en exhibir

apoyo franco de la Iglesia. En 1177, el anciano invitó a un grupo de prelados a

olfatear el catarismo en su capital, Tolosa,5 sólo para que los clérigos quedaran

enseguida desalentados ante la enormidad de la tarea. A un hombre

condenado, un rico mercader, se le obligó a ir en peregrinación a Palestina; a su

regreso, tres años después, fue aclamado como un héroe y se le concedió un

cargo de gran responsabilidad pública. En la casa del conde, el joven Raimundo

sin duda no reparó en ese ultraje a la fe. Con veinte años recién cumplidos ya

había emprendido una precoz carrera que consistía en robarle las amantes a su

padre. Por aquel tiempo, la madre, alegando maltrato conyugal, huyó del

Languedoc para irse a la corte de su hermano en París, y el matrimonio con el

padre de Raimundo quedó anulado.

Hacia el año 1200, Raimundo VI tenía poco más de cuarenta años y había

heredado su título hacía seis. Acababa de enterrar a su cuarta y penúltima

esposa, Juana de Inglaterra, hermana de Ricardo Corazón de León y Juan sin

Tierra. Para gran horror de los ortodoxos, la corte de Raimundo era una mezcla

cosmopolita de cátaros, católicos y judíos, y sus amigos no se caracterizaban por

la piedad. Uno de ellos, un trovador de nombre Peire Vidal,6 una vez se

5 Formaban parte de la fallida embajada el jefe de los cistercienses, Henri de Marcy; un poderoso

cardenal, Pedro de Pavía, y los obispos de Bourges y Bath. Marcy regresó en 1181, al frente de una fuerza

armada, y tomó Lavaur, una población situada entre Albi y Tolosa que tenía fama de hereje. Aunque la

ocupación de Lavaur por Marcy fue efímera, se había establecido un siniestro precedente.

6 Vidal no era de ningún modo el único trovador de la corte de Raimundo. En efecto, el secretario del

conde fue muchos años Peire Cardenal, consumado compositor de sirventés: canciones rimadas que, por

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disfrazó de lobo para cortejar a la mujer más encantadora del Languedoc,

Etiennette de Pennautier, cuyo licencioso apodo era la Loba. Aunque fracasó en

su intento de conseguir los favores de la Loba (no así Raymond Roger, conde de

Foix), Vidal adquirió fama por sus proezas y compuso canciones para instruir

moral e intelectualmente a su noble patrón. No hay pruebas documentales de si

el conde Raimundo cortejó a la Loba.

Cabe presumir que Raimundo tuvo otras compensaciones; sin duda le

asaltaban otras preocupaciones. En teoría, su familia dominaba desde las

montañas de Provenza hasta las tierras bajas del río Garona; en la práctica, la

situación era un revoltijo de vasallajes opuestos, acuerdos para el reparto del

poder y recursos económicos disputados con vehemencia.7 Tras el

desmembramiento en el siglo IX del imperio de Carlomagno, que se había

extendido desde Sajonia hasta Cataluña, las tierras del Languedoc se

repartieron entre innumerables facciones enfrentadas. Las familias nobles de la

región, unas ciento cincuenta en total al final del milenio,8 libraron durante

generaciones sordas escaramuzas territoriales, debido a lo cual el paisaje estaba

lleno de castillos y fortificaciones defensivas. Mediante astutos matrimonios y

asedios triunfantes, la familia de Raimundo, los Saint-Gilíes, había conseguido a

fines de siglo XII la supremacía, si no el dominio, en el Languedoc.

Sin embargo, nunca se convertiría en una familia real putativa del sur.

Cualquier posibilidad que tuviera el clan de Saint-Gilíes de incrementar su

poder en su patria se malograba por su afición a las aventuras en tierras

extrañas. El bisabuelo de Raimundo, el conde Raimundo IV, respondió al

llamamiento de la primera cruzada y, en 1099, dirigió los ejércitos cristianos

hasta Jerusalén.9 Después decidió quedarse en Oriente, se adueñó de un reino

en lo que hoy es el Líbano10 y confió a un hijo bastardo el cuidado de las

posesiones familiares en su país. Siguieron en el Languedoc años de contiendas

intermitentes, durante las cuales las tierras de los Saint-Gilíes fueron presa fácil

lo general, arremetían contra los enemigos del hombre que las encargaba.

7 El efecto de fraccionamiento de las herencias divisibles, que hacía maravillas con las mujeres perfectas

de bajo mantenimiento, era desastroso para sus parientes de la pequeña nobleza, cuyo apoyo necesitaba

Raimundo. En la primera década del siglo XIII, muchos pueblos y ciudades tenían entre treinta y

cincuenta «coseñores feudales» —cincuenta en Lombers, treinta y cinco en Mirepoix (Walter L.

Wakefield, Heresy, Crusade, and Inquisition in Southern Frunce, 1100-1250, p. 52)—, como

consecuencia de divisiones sucesivas, con lo que todos los implicados estaban más o menos arruinados o

peleando entre ellos por unos cuantos y remotos acres de viñedos. Pocos nobles podían contar con una

dotación militar estable. El recurso a los routiers (mercenarios armados) independientes para resolver las

disputas sólo aumentaba la anarquía. Esos routiers, a menudo hijos menores sin tierras procedentes del

vecino reino de Aragón, destacaban por quedarse más tiempo de lo conveniente y hacer estragos entre los

aterrados campesinos.

8 La estimación se refiere al año 975 (Michael Costen, The Cathars and the Albigensian Crusade, p. 5).

9 Raimundo VI escribió al Papa sobre la sagrada matanza perpetrada por sus cruzados al tomar por asalto

las mezquitas y sinagogas de Jerusalén en 1099: «Y si deseáis conocer qué fue del enemigo que allí

encontramos, sabed que en el pórtico de Salomón y en su templo nuestros hombres cabalgaron con la

sangre de los sarracenos que llegaba a las rodillas de los caballos.» Según fuentes cristianas, fueron diez

mil las víctimas; fuentes árabes afirman que la cifra de muertos llegó a cien mil. (Friedrich Heer, The

Medieval World [El mundo medieval (Europa 1100-1350)], p. 135.)

10 En el puerto de Trípoli hay todavía una ciudadela Saint-Gilíes. En el idioma local recibe el nombre de

Qal'at Sinjil.

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de los clanes vecinos, incluidos los de Aquitania al oeste y de Aragón al sur.

Para cuando un Saint-Gilíes legítimo hubo llegado a la edad adulta y se hubo

marchado de Palestina —Alfonso Jordán, así llamado por su bautismo en el río

Jordán—, la familia había dejado escapar la oportunidad de aumentar su poder

y sentar las bases de un futuro reino. En otras partes, a principios del siglo XII,

familias destacadas como los Capetos de Francia habían empezado el largo

proceso de atar corto a sus barones díscolos, además de que los Plantagenet de

Inglaterra y los Hohenstaufen de Alemania rondaban por los aledaños del

poder. Más cerca del Languedoc, las familias que gobernaban Barcelona y

Aragón se habían fusionado para formar un reino fuerte y cohesionado justo al

sur de los Pirineos.

Los Saint-Gilíes pagarían caros los años en que su señor estuvo ausente. A

medida que avanzaba el siglo XII, en el sur se produjeron repetidas disputas

jurisdiccionales cuando los crecientes clanes del norte reclamaron

insistentemente como propias áreas que estaban bajo el débil control de los

Saint-Gilíes. Matrimonios estratégicos evitaron que se produjera ningún

conflicto armado grave —si bien el padre de Raimundo se vio implicado en una

serie de combates defensivos de poca importancia—, de modo que para 1200 los

Saint-Gilíes conservaban territorio en Provenza como vasallos del Sacro Imperio

romano, tierras de Tolosa del rey de Francia y propiedades en Gascuña del rey

de Inglaterra. El rey de Aragón había asumido el control de buena parte de la

costa mediterránea del Languedoc, incluida la importante ciudad de

Montpellier. Dada la rivalidad entre estos señores, la posibilidad de guerra se

cernía amenazante sobre la región. La acción equilibradora que se le pedía a

Raimundo VI era delicadísima, sobre todo porque él, a diferencia de los señores

y monarcas del norte, no poseía una gran fortuna con la que contar sin reservas

como fuente de ingresos o para pagar a caballeros armados.

A Raimundo no le fue mucho mejor como señor feudal de las grandes

familias nobles del país. En las escarpadas estribaciones de los Pirineos, la

independencia testaruda no era la excepción sino la regla. El conde de Foix, el

hombre cuyas hermana y esposa llegaron a ser perfectas y que conquistó el

corazón de la Loba, ejemplificaba el tipo de bellaco cuyos excesos cabía esperar

que Raimundo reprimiera. Siempre que Raymond Roger de Foix mataba a un

sacerdote o asediaba un castillo, como hacía a veces, Raimundo de Tolosa

carecía de autoridad para castigarlo por muchas ganas que tuviera de ello. Los

otros señores de la montaña eran independientes de un modo semejante.

La espina más dolorosa en el bando de Raimundo era la familia Trencavel,

que habitaba en pleno centro del Languedoc, firmemente instalada tras las

almenas de Carcasona. Sus enormes posesiones en torno a la ciudad, que se

extendían hasta Béziers, partían en dos las tierras de los Saint-Gilíes. Para

asegurar su independencia de Tolosa, en 1150 los Trencavel se habían hecho

vasallos —y, por tanto, protegidos— de Aragón. Raimundo, prefiriendo como

de costumbre el dormitorio al campo de batalla, intentó neutralizar la amenaza

de Carcasona tomando a una Trencavel como esposa, Béatrice de Béziers. En

lugar de fundar una nueva dinastía, al final el matrimonio fue anulado y

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Béatrice se convirtió en una casta mujer cátara sagrada. No se sabe si lo hizo por

propia voluntad o si fue repudiada por Raimundo, cuyo encaprichamiento de la

hija del rey de Chipre le llevó a casarse por tercera vez. El resultado fue que el

mosaico de lealtades a los Trecavel y los Saint-Gilíes siguió tan abigarrado como

siempre.

La Iglesia complicó todavía más la situación del Languedoc. El movimiento

monástico cisterciense de Bernardo de Clairvaux —la rama reformista de la

familia benedictina— se había propagado desde su casa fundadora en Citeax,

Borgoña, al sur, atrayendo el talento de hombres como Fulko de Marsella, que

llegaría a ser obispo de Tolosa. Sus fanáticos monjes-agricultores, todavía en ese

período de gracia en que el monacato boyante no significaba tener una barriga

prominente, acumularon miles de hectáreas de propiedades gracias a una

combinación de trabajo duro y legados de tierra de personas que, en lo sucesivo,

pretendían reducir el riesgo encendiendo una vela a Dios y otra al diablo.

Los que hoy visitan Francia se maravillan de la pintoresca omnipresencia de

pueblos por empinadas que sean las laderas, húmedas las marismas o yermos

los páramos, y muy a menudo quedan admirados de las obras de los monjes.

Estos triunfaron sobre el último terreno baldío, convencieron a campesinos

pioneros de que fundaran nuevos pueblos y llegaron a convertirse en una

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pequeña aristocracia tonsurada que administraba vastas fincas. Dada la falta de

una descendencia legítima entre los monjes, en posteriores generaciones esas

propiedades no se subdividirían.

Esta riqueza no pasó inadvertida. Los primeros de la fila para compartir ese

patrimonio eran los compañeros eclesiásticos de los cistercienses, el clero

secular —es decir, sacerdotes que vivían en la sociedad laica en comparación

con el clero regular, monjes que seguían alguna regla comunal establecida—.

Entre el clero secular del Languedoc, había diferencias asombrosas en los

grados de piedad, el conocimiento de la liturgia y la solvencia económica. Los

obispos reñían por dinero con los abades, dejando a veces iglesias parroquiales

vacías durante años con sus tasas e impuestos objeto de mordaces disputas. La

función del obispo era muy mundana... como nunca dejaron de lamentar los

cátaros.

Las discordias entre los clérigos regulares monásticos y los clérigos seculares

palidecían al lado de los males que les infligían los profanos del Languedoc.

Atacar las propiedades de los sacerdotes y a sus personas era una especie de

pasatiempo generalizado. Los movimientos «Paz de Dios», en esencia

juramentos en virtud de los cuales ingobernables nobles juraban no desvalijar a

clérigos indefensos, habían comenzado ya en el siglo X. En el Languedoc, con su

permanente falta de autoridad central, no había fuerza lo bastante poderosa

para asegurar que esos juramentos se cumplieran. Empezaba a despegarse la

cola que mantenía unida la sociedad medieval. Condes, vizcondes y miembros

faltos de medios de la pequeña nobleza casi nunca acudían en ayuda de los

obispos sitiados —que, en todo caso, rara vez eran un dechado de virtudes—.

Los diezmos se desviaban rutinariamente a las arcas de los grandes seculares o

simplemente no se pagaban. En 1178, los Trencavel enviaron a prisión al obispo

de Albi; el año siguiente, añadieron injuria a la ofensa al obtener por la fuerza la

extraordinaria cantidad de treinta mil soles del monasterio de Saint-Pons-de-

Thomières.11 Para el conde Raimundo de Tolosa llegó a ser una especie de

afición hostigar a los abades del monasterio que había cerca de su casa solariega

de Saint-Gilíes, ciudad del delta del Ródano.

A veces los conflictos rayaban en lo macabro. En 1197, los Trencavel

impugnaron la elección de un nuevo abad en el monasterio de alta montaña de

Alet. Su emisario, Bertrand de Saissac, un noble en cuya familia había varios

cátaros perfectos, propuso una ingeniosa solución a la disputa. Desenterró el

cadáver del antiguo abad, lo colocó erguido en una silla y a continuación llamó

a los aterrados monjes para que escucharan con atención los deseos del muerto.

Con este sádico estímulo, no sorprende que ganara fácilmente la nueva elección

un amigo de los Trencavel. Para que el procedimiento fuera legal, se precisaba

el consentimiento de la Iglesia católica, por lo que Bertrand se dirigió al

arzobispo de Narbona, el clérigo más preeminente del Languedoc, y también su

más preeminente tramposo. Un exasperado Inocencio III escribió sobre el

11 El golpe de gracia llegó en la década de 1930, cuando el claustro de Saint-Pons fue trasladado a Toledo,

Ohio.

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eclesiástico de Narbona: «Hombres ciegos, perros sordos que ya no ladran [...]

hombres que hacen cualquier cosa por dinero [...] celosos en la avaricia,

amantes de los obsequios, buscadores de recompensas [...]. El principal

causante de estos males es el arzobispo de Narbona,12 cuyo dios es el dinero,

cuyo corazón está en su tesoro, que sólo se preocupa por el oro.» La petición de

los Trencavel de que confirmara la elección del nuevo abad iba acompañada de

una generosa cantidad, y se concedió la aprobación sin demora. Un cronista

católico señaló en tono pesimista que, cuando se negaban a hacer alguna tarea

en especial desagradable, muchas personas del Languedoc usaban

reflexivamente la expresión: «Preferiría ser sacerdote.»13

Aunque esta clase de anticlericalismo existía en todas partes, en el

Languedoc las peleas no eran episódicas sino endémicas, y se producían en una

sociedad en la que no sólo había nobles y clérigos compitiendo por

recompensas a costa de los campesinos, ya que, al igual que Lombardía en el

norte de Italia y Flandes junto al canal inglés, el Languedoc del año 1200 se

había convertido en un territorio de ciudades, lleno de revoltosos burgueses

que se abrían camino a codazos en lo que antaño se creyó que era un cortejo de

sacerdotes, caballeros y siervos que seguía un orden divino. La frase «Stadtluft

machí frei» (El aire de la ciudad hace libres a los hombres) rigió las ciudades

medievales germanas;14 la precoz experiencia del Languedoc demostró

plenamente su validez. Los principales centros —Montpellier, Béziers,

Narbona, Albi, Carcasona, Tolosa— rebosaban de vitalidad, y muchos

recuperaban el vigor que habían conocido un milenio antes bajo los romanos.

Tolosa, la más importante del grupo, era autónoma tras haber comprado la

libertad al padre de Raimundo y haber elegido cónsules, llamados capitouls,

para legislar en un nuevo ayuntamiento construido en 1189. En cualquier

ciudad en que arraigara un sistema consular aparecía automáticamente la

agresividad. En 1167, el año de la reunión cátara en Saint-Félix, los mercaderes

de Béziers llegaron incluso a asesinar a su vizconde Trencavel. Los capitouls de

Tolosa, quizá reflejando la diplomacia y la disposición de su conde, prefirieron

legislar razonablemente sobre su búsqueda del placer y la riqueza. Un

observador señaló que, según una ley de los capitouls, en la ciudad una persona

casada no podía ser detenida «por adulterio, fornicación o coito en cualquier

almacén o casa que alquilara, poseyera o mantuviera como residencia».15 Por lo

12 La famosa disputa entre Inocencio y el arzobispo Berengar duró más de diez años. El corrupto prelado,

que utilizaba mercenarios para recaudar sus diezmos, pudo mantenerse tanto tiempo en su lucrativo cargo

pese al disgusto papal gracias a sus espléndidas conexiones familiares. Era el hijo ilegítimo de un conde

de Barcelona y el tío bastardo del rey Pedro II de Aragón.

13 Guillaume de Puylaurens cuenta la anécdota en su prólogo a la Chronica. Guillaume, acaso exagerando

la difícil situación de la Iglesia para justificar el posterior llamamiento a la cruzada, dijo a continuación:

«Cuando los clérigos se mostraron en público ocultaron sus pequeñas tonsuras peinándose el largo

cabello de atrás hacia delante» (Zoé Oldenbourg, Massacre at Montségur).

14 La expresión también tenía el significado literal de liberar siervos. Según la costumbre germánica,

cualquier siervo que residiera un año y un día en una ciudad quedaba automáticamente dispensado de sus

anteriores obligaciones feudales (Charles T. Wood, The Questfor Eternity, p. 88).

15 Para valoraciones eruditas del extraordinario clima de libertad en la Tolosa medieval, véase el trabajo

de J. H. Mundy, especialmente su Men and Women at Toulouse in the Age of the Cathars.

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visto, en el Languedoc la mezcla cultural de trovadores y mercaderes estaba

dejando a la Iglesia con un palmo de narices.

Las ciudades también empezaron a tolerar ideas y a admitir personas a las

que normalmente se dejaba fuera de los confines de la comunidad feudal

cristiana. Grupos marginales de la sociedad —y no sólo herejes— comenzaron a

recibir la influencia de las tendencias mayoritarias. Los numerosos judíos del

Languedoc, que habían vivido en la región desde la época de los romanos, se

contaban entre los principales beneficiarios de la cultura de clemencia que

surgió del fuego cruzado entre los nobles, los clérigos y los habitantes de las

ciudades del sur. Una tradición de la Semana Santa llamada «apalear a los

judíos», en virtud de la cual los cristianos de Tolosa golpeaban en una plaza pública

a miembros de la comunidad judía, terminó a mediados del siglo XII, tras

abultados pagos al conde y los capitouls. Los clérigos protestaron, pero se

mantuvo la prohibición. La Iglesia, que había desarrollado una política de

ostracismo de los judíos claramente definida, bramaba aún más fuerte cuando

se permitía a no cristianos tener propiedades y, en algunos casos, ocupar cargos

públicos. En 1203, en Béziers, el magistrado jefe en ausencia del señor Trencavel

—o bayle— era un judío de nombre Simón. En Narbona, donde había una

escuela talmúdica y varias sinagogas, algunos mercaderes judíos poseían viñas

en los campos circundantes y contrataban a campesinos cristianos para trabajar

la tierra, una burla manifiesta de la prohibición de la Iglesia de que los judíos

tuvieran ningún tipo de autoridad sobre los cristianos. Pese a que estos cambios

por lo general se llevaban a cabo mediante sobornos o el pago de impuestos

exorbitantes, indicaban también el nacimiento de una sociedad más libre, o,

cuando menos, con mayor autonomía.

Desde la perspectiva de una Roma recién vigorizada, todo eso adquirió el

aspecto de una endemoniada espiral descendente, una resbaladiza pendiente de

degeneración moral y espiritual. Aunque no era exactamente un Camelot

multicultural, como a veces sugieren sus incondicionales del siglo XXI, el

Languedoc medieval era lo bastante excepcional para considerarlo censurable.

Inocencio II escribía con frecuencia al conde Raimundo, y le imploraba al

vástago de cruzados que actuara. Una carta hervía de furia: «¡Así que piensa,

estúpido, piensa!»; en otra lo llamaba «criatura pestilente e insensata». Sin

embargo, no está claro si Raimundo podía hacer algo, dadas las trabas que

soportaba su poder, la autonomía de las ciudades y la tolerancia espiritual

subversiva que existía entre los católicos, los cátaros y los judíos del Languedoc.

Al final, Raimundo no hizo nada. El conde de Tolosa no perseguiría a su

propia gente. Inocencio y sus consejeros, desorientados y sin un noble aliado en

el Languedoc para reprimir la disidencia, tenían que manejar una revolución

por su cuenta. Cuando amaneció el nuevo siglo, los hombres de la Iglesia se

propusieron convencer al pueblo de Raimundo de que andaba errado. Y se

reunieron con los herejes cara a cara.


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