|
Final de la cruzada
Poco después de la muerte del rey Felipe Augusto, el cardenal Romano di
San Angelo fue nombrado legado papal de Francia y del Languedoc. Romano,
vástago de la familia patricia de los Frangipani, de Roma, era un gran
diplomático resuelto a terminar con el asunto de los albigenses de una manera
satisfactoria. Para la Iglesia, durante generaciones eso significó tener las manos
libres para reprimir el catarismo, respaldado plenamente por los señores laicos
del Languedoc. Tras la expulsión de los Montfort de la región, lograr ese
objetivo era mucho más complicado.
En el Languedoc, Romano tenía que vérselas con Raimundo VII, que quería
conservar el botín de sus conquistas y ser reconocido por la Iglesia y la corona
de Francia como el gobernante legítimo de sus dominios ancestrales. Sin
embargo, con independencia de la habilidad con que el joven conde maniobrara
para alcanzar un acuerdo negociado, el legado papal demoró la llegada de la
paz hasta que él pudiera dictar las condiciones. En 1224 y 1225, Raimundo VII,
respaldado por un achacoso Arnaud Amaury, repitió un conjunto de
propuestas que, según ambos hombres, conllevarían un alivio muy necesario a
un Languedoc cansado de la guerra. Raimundo prometió hacer generosos
pagos a los Montfort como indemnización, jurar vasallaje a los Capetos de
Francia y expulsar a los cátaros de sus tierras. Durante esos años, en una serie
de cónclaves que recordaban la farsa de Saint-Gilíes, donde se había prohibido
hablar a Raimundo VI, Romano neutralizó las propuestas de Raimundo VII
mediante trabas procesales. En 1226, el cardenal abandonó todo fingimiento y
excomulgó al joven conde, con lo que preparó el terreno para una nueva
cruzada.
Mientras durante esos años obstaculizaba las iniciativas de paz en el sur,
Romano participó en conversaciones en París con el propósito de lograr que la
poderosa Francia concentrase su atención en el Languedoc. El nuevo monarca,
Luis VIII, había estado dos veces en el sur como príncipe heredero;
seguramente se había dado cuenta de que el cataclismo de la cruzada había
provocado un vacío de poder que tarde o temprano podía despertar la codicia
de dos rivales de Francia en el suroeste: Inglaterra y Aragón. De momento, por
134
fortuna para los franceses, ningún poder amenazaba con entrometerse en
acciones beligerantes en el sur.
El reino inglés, recuperado del desastroso período del rey Juan, estaba en
plena revuelta de barones. (En efecto, en 1216 Luis había aceptado fugazmente
la corona de Inglaterra a solicitud de los nobles, hasta que el Papa intervino y lo
excomulgó.1 A los ingleses poseedores de feudos en Aquitania se les ordenó
que, en el caso de una nueva guerra en el Languedoc, permanecieran neutrales.
Al sur de los Pirineos, los comerciantes de Barcelona habían aprovechado la
muerte de Pedro en Muret para volver su atención hacia el mar. Durante todo el
siglo XIII, el reino de Aragón concentraría su empuje en la conquista de las islas
Baleares, en poder de los musulmanes, como parte de un esfuerzo mayor y a la
larga fructífero para establecer un imperio marítimo que compitiera con los de
Genova y Venecia. El Languedoc estaba alejándose del horizonte de España
justo cuando Amaury de Montfort lo estaba entregando a Francia.
Estas consideraciones políticas y dinásticas habrían tenido gran importancia
en la residencia real del Louvre en favor de una decisión de marchar al sur. No
obstante, la primera familia de Francia quería no sólo tierras sino también
dinero. Los archivos documentales transmiten la idea de un indecoroso
chalaneo, pues tanto Romano como Luis maniobraron para lograr ventajas en
su empresa conjunta. Al final, Romano prometió dar a los Capetos una décima
parte de todos los ingresos de la Iglesia francesa durante cinco años para pagar
el coste de aplastar el Languedoc. Y el cardenal cumplió lo convenido...
abriendo las arcas de ricos arzobispados como los de Chartres, Reims, Ruán,
Sens y Amiens. Fue una estratagema arriesgada, y de trascendentales
consecuencias; más adelante, los monarcas franceses considerarían que la
Iglesia era el cuerno de la abundancia y la tratarían como tal.
La cruzada real inició su andadura en la primavera de 1226, con la caballería
de cotas de malla de la Francia medieval bajando por el valle del Ródano con su
estrépito de metal, en esa ocasión bajo la bandera de la flor de lis del rey Luis
VIII. El ejército superaba a sus antecesores en número y respecto a la
organización y la unidad de mando. Debido a ello, la gran fuerza conquistó más
por intimidación que en el campo de batalla... si bien a veces falló esa capacidad
de atemorizar. En la ciudad amurallada de Aviñón, la cruzada del rey Luis hizo
una parada imprevista cuando los asustados prohombres de la ciudad cerraron
de golpe los puentes levadizos al divisar el gigantesco ejército francés. En un
principio habían prometido a los franceses vía libre a través de la ciudad y que
podrían utilizar su puente de piedra para cruzar el Ródano —el mismo de la
canción infantil Sur le pont d'Avignon, on y danse...—, pero tan pronto apareció la
enorme hueste, no quisieron saber nada. Bien protegidos por sus fortificaciones
y abastecidos por su flota fluvial, los aviñonenses mantuvieron bloqueado al
exasperado rey francés durante tres largos meses. Atascados en los llanos
1 A la muerte del rey Juan de Inglaterra en 1216, su sucesor, el futuro Enrique II, sólo tenía nueve años.
Los siempre díscolos señores de Gran Bretaña vieron la oportunidad de derrocar a los Plantagenet
invitando a Luis a aceptar el trono.
135
pantanosos del norte de la ciudad cuando el calor y las moscas se hicieron
insoportables, el ejército sufrió numerosas bajas a causa de la disentería. Luis reparó
en que sus hombres morían en medio de sus propios excrementos. Cuando
por fin Aviñón capituló, habían perecido más de tres mil y decenas de miles
más habían quedado debilitados por la dura prueba. Un señor que moriría a
causa del brote de disentería era el ya anciano Bouchard de Marly, el leal amigo
de Simón de Montfort.
Con todo, la ciudad se había rendido. La caída de la —según se creía—
inexpugnable Aviñón impresionó a la coalición de nobles del Languedoc, que
estaba bajo las órdenes de Raimundo VII; al igual que un grupo de predicadores
enviados como avanzadilla por el cardenal Romano, el obispo Fulko y Pedro
Amiel, el sucesor de Arnaud Amaury como arzobispo de Narbona. La misión
de esos predicadores era hacer hincapié en las lecciones del pasado reciente al
recordar hechos tan luctuosos como los de Béziers y Marmande. Para los
habitantes de una tierra herida y debilitada como el Languedoc, la idea de
nuevas tribulaciones sólo podía infundir terror. Los propagandistas del miedo
también subrayaban que la cruzada era distinta de las otras que habían invadido
el sur. Sus recursos eran tan ilimitados como la riqueza de la Iglesia; y
su jefe no era un simple noble o monje, sino el propio rey de Francia. El
historiador Michel Roquebert ha sostenido de manera convincente que la
monarquía francesa, aunque durante el siglo XII había sido sólo un señor feudal
formal de buena parte del Languedoc, ocupaba un lugar de primacía en la
imaginación colectiva de los occitanos.2 El rey de Francia, único entre los
monarcas, representaba la legitimidad sagrada del orden feudal: incluso los
burgueses independientes de Tolosa fechaban sus documentos de acuerdo con
los años del reinado francés. Por supuesto, los cátaros eran inmunes a esa forma
de pensar, pero sus compatriotas seguramente se sentirían amedrentados ante
la idea de que el rey de Francia fuera a castigarlos. Luis había estado antes en el
Languedoc sólo como príncipe heredero; ahora era la persona del monarca, el
depositario de un poder casi sacramental. Desafiarlo a él y a su ejército sería
algo abominable y condenado al fracaso.
Enfrentados a esa intimidación física y mental, muchos del sur alzaron la
bandera blanca. Cuando Luis puso sitio a Aviñón, las otrora orgullosas
ciudades del Languedoc le enviaron delegaciones para jurar fidelidad y pedir
un trato benévolo. Como cabe suponer, Béziers era la primera de la lista,
seguida de Nímes, Albi, Saint-Gilíes, Marsella, Beaucaire, Narbona, Termes y
Arles. En Carcasona, los ciudadanos echaron de la ciudad a Raymond Trencavel
y mandaron embajadores a capitular ante el rey. Cuando los franceses cruzaron
en tropel las fronteras del Languedoc, Luis recibió serviles cartas de obediencia
de muchos nobles locales. «Hemos tenido conocimiento de que nuestro señor
cardenal ha decretado que toda la tierra del conde de Tolosa ha de anexionarse
a vuestras posesiones —decía una carta—. Nos alegramos desde el fondo de
2 Roquebert presenta argumentos en favor de un pánico colectivo en el capítulo 22, «Le Printemps de la
grande peur», del volumen 3 de su L'Epopée cathare.
136
nuestro corazón... y estamos impacientes por estar bajo la sombra de vuestras
alas y de vuestro juicioso dominio.» El autor de esa misiva era Bernard-Otto de
Niort, noble que había sido educado por su abuela perfecta, Blanche de Laurac;
además, su tío Aimery y su tía Geralda habían sido brutalmente asesinados en
Lavaur. Si hombres como él corrían como conejos en busca de protección, en el
Languedoc ya no había nada que hacer.
Raimundo VII y los tolosanos resistieron a la oleada de pánico, al igual que el
conde Roger Bernard de Foix. En otoño, mientras el ejército francés marchaba
de las ciudades a los castillos aceptando capitulaciones, los hombres de Foix y
Tolosa hostigaron y emboscaron a los del norte en rápidas acciones guerrilleras.
Algunos de los señores franceses más independientes regresaron a casa con sus
hombres. Aunque los cruzados reales habían puesto de rodillas a buena parte
del Languedoc mediante la intimidación, el ejército no se había recuperado del
calamitoso verano de Aviñón. El rey Luis, enfermo debido a la mugre y la
suciedad que acompañaron al asedio, de pronto se sintió febril y débil. Sus
allegados, al advertir que su estado empeoraba, intentaron llevarlo a toda prisa
a casa, a las comodidades de Francia. En Montpensier, pueblo situado en la
montañosa región de Auvernia, la cabalgata se detuvo; el monarca estaba demasiado
enfermo para poder seguir. Luis se fue a la cama y, según un piadoso
cronista, rechazó los servicios de una muchacha virgen que se había deslizado
entre sus sábanas para despertar su virilidad regia. En todo caso, era demasiado
tarde; Luis VIII murió en Montpensier el 8 de noviembre de 1226. Contaba
treinta y nueve años. Y, lo que era más importante, su hijo mayor sólo doce.
Francia no tenía rey.
La última defunción podría haber cambiado las tornas en favor del
Languedoc si el poder de París no se hubiera mantenido firme. La abrasadora
zona central de España, de la que había salido el enemigo más santo de los
cátaros, Domingo, proporcionaría ahora otro adversario ortodoxo y devoto:
Blanca de Castilla. Viuda del rey y regente por ser menor de edad su hijo
heredero, Blanca aportó a la causa de la conquista una apasionada piedad de la
que habían carecido sus parientes Capetos. Para ella, exterminar a los herejes
era tan importante como ampliar los dominios de Francia.
El cardenal Romano, el legado papal, se convirtió en su principal consejero
para asuntos de estado. En Roma, el Papa bendijo esa doble función; en París,
según las malas lenguas, Romano y Blanca compartían algo más que oraciones.3
Fuera cual fuese su verdadera relación, el cardenal y la reina coincidieron en
que la cruzada real contra el Languedoc no necesitaba ningún rey. Pese a las
protestas de ricos obispos franceses, Romano mantuvo el flujo de dinero
mientras Blanca ordenaba que su ejército se quedara en el sur hasta que fuera
aplastada toda resistencia. Cuando los grandes señores del norte se negaron a
3 Al parecer, el persistente rumor fue difundido por estudiantes irreverentes del barrio Latino. Los
escolásticos de la Ribera Izquierda tomaban a mal el poder de Romano en el Louvre y la Cité. Fue el
cronista inglés Matthew Paris quien dio a conocer el rumor (Krystel Maurin, Les Esclarmondes..., p. 88).
En cualquier caso, Blanca, como madre de once años, quizá creció recelosa de las consecuencias de la
compañía masculina íntima.
137
ponerse bajo el mando de una mujer, Blanca reclutó otro ejército para combatirlos
en cuanto pudo mantener una fuerza en el Languedoc. Con el aliento del
nuevo Papa, Gregorio IX, un sobrino de Inocencio III, la formidable dama
regente continuó la cruzada.4
De hecho, era una cruzada sólo de nombre. Durante dos años, las tropas
francesas llevaron a cabo una repugnante guerra de desgaste contra las fuerzas
de Tolosa y Foix. Se libraron batallas no decisivas, unos y otros cometieron
atrocidades —en respuesta a una feroz represalia francesa en una ciudad, los
occitanos cortaron las manos de los defensores franceses de otra—, y las
fortalezas cambiaban de manos. Hacia 1228, el círculo de destrucción se había
reducido hasta cerrar el área que bordeaba Tolosa. Aunque no era lo bastante
grande para poner sitio a la exhausta ciudad, el ejército francés, bajo la
inteligente dirección de Humbert de Beaujeau, no podía ser expulsado del
Languedoc. Protegidos tras las murallas de Carcasona, la ciudad fortaleza que
habían tenido buen cuidado en guarnecer, al final los del norte dieron con la
táctica que extinguiría la última llama de la resistencia.
En 1228, la cruzada real convirtió sistemáticamente la fértil extensión de los
tolosanos en un desierto. Los franceses no pretendían entrar en combate; de
hecho, lo rehuían. En vez de ello, hicieron la guerra en el campo. Simón de
Montfort sólo había quemado cosechas; el ejército francés, financiado por la
Iglesia y bendecido por la reina, destrozó huertos y olivares, arrancó viñas,
envenenó pozos, provocó incendios y arrasó pueblos. Aplaudidos por un
vengativo Fulko, los hombres del norte actuaron prado por prado, feudo por
feudo, valle por valle, con un vandalismo deliberado y minucioso, como si de
las hordas de un Atila medieval se tratara. La tierra y sus habitantes, extenuados
tras dos décadas de sangría salvaje, ya no podían más. Al fin, aislado y
cercado, invicto aunque incapaz de detener el avance del violento monstruo, el
conde Raimundo pidió la paz.
Un manojo de esquejes de abedul zumbó a través del silencio y cayó con un
crujido sobre la carne blanca. Las afiladas ramas golpearon una y otra vez.
Veinte años antes, el conde Raimundo VI de Tolosa había subido tambaleante la
escalera de la iglesia de Saint-Gilíes, coincidiendo su penitencia pública con el
inicio de la cruzada de los albigenses. Ahora, el 12 de abril de 1229, le tocaba a
su hijo Raimundo VII recibir el mismo tratamiento humillante, en esta ocasión
para señalar el final de la cruzada. Igual que la otra vez, un legado papal era el
encargado de descargar la leña menuda en la mortificada carne del noble. Como
la otra vez, una multitud en busca de emociones fuertes colmaba las galerías, las
ventanas y los tejados para ver al eminente personaje. Y, lo mismo que la otra
4 Casi es seguro que Ugolino dei Conti di Segni era sobrino de Lotario. Se discute más sobre su fecha de
nacimiento. En el pasado, los historiadores se han basado en informaciones proporcionadas por el cronista
Matthew Paris, que afirmaba que Gregorio, al morir en 1241, estaba cerca de cumplir cien años.
Actualmente se cree más probable que el sobrino de Inocencio fuera diez años más joven que su tío, lo
que colocaría su año de nacimiento en torno a 1170.
138
vez, el penitente prometió ayudar a acabar con la fe cátara. Para los condes de
Tolosa, la deshonra pública había llegado a ser una tradición familiar.
Pese a ello, la ceremonia no fue un duplicado exacto de la flagelación de
Saint-Gilíes. En esta ocasión, los mirones cuchicheaban en francés, no en
occitano, pues el solemne espectáculo tuvo lugar en el centro de París, en la Îlede-
la-Cité. Aquel jueves anterior a la Semana Santa, Raimundo y Romano
interpretaron su siniestro dúo ante la fachada de la nueva catedral de la ciudad:
Notre Dame. Elevándose muy por encima la colmena de viviendas con
entramado de madera y reflejada en las grises aguas del Sena, la elegante
estructura de piedra, con sus estatuas y bóvedas pintadas de todos los colores
del arco iris, surgía como un espectacular símbolo de exuberancia medieval. A
diferencia de la tierra de los cátaros, Francia estaba iniciando su período de esplendor.
Los dos hombres entraron en la atestada iglesia, pasaron frente a los nobles
del norte y recorrieron la nave hacia el elevado altar. «Fue una gran pena —
escribió un cronista—, ver a un príncipe de tal nobleza, que había defendido su
tierra durante largo tiempo contra fuerzas numerosas y poderosas, arrastrado
de aquel modo al altar, descalzo, cubierto sólo con camisa y calzones.»5
Raimundo había accedido a sufrir ese día degradante para lograr una paz
duradera. Sus antaño enormes dominios quedaron reducidos a un principado
incompleto, sin acceso al mar, que abarcaba Tolosa y unas cuantas ciudades de
poca importancia al norte y al oeste. La corona francesa tomó lo que había
pertenecido a la familia Trencavel, así como las posesiones de Raimundo en la
ribera occidental del Ródano.
Un triunfante tedeum resonó en la bóveda de piedras de la catedral mientras
se ordenaba a los canónigos poner voz a su alegría. Habían pasado casi veinte
años desde que uno de ellos, Guillaume, cargaba catapultas y ajustaba petrarias
para mayor gloria de Dios y su siervo Simón de Montfort.
Desde su sitio de honor, Blanca de Castilla contemplaba el instructivo cuadro
del conde y el cardenal frente a ella. No había hecho el trabajo de los hombres
sino el de Cristo. A su lado, aquel memorable Jueves Santo, estaba Luis, su hijo
mayor. Tan pronto fuera adulto, el muchacho, como rey Luis IX, llegaría a ser el
monarca más devoto de Europa, alcanzando finalmente la santidad por su
muerte en la cruzada cerca de Túnez. Perseguidor de los paganos y los herejes,
los musulmanes y los judíos, san Luis heredó la extravagante fe ibérica de su
madre. En la isla de Notre Dame erigió la obra maestra gótica de la Sainte
Chapelle, un primoroso relicario de piedra para los tesoros que había comprado
a taimados comerciantes: un frasco con leche de la Virgen, la corona de espinas,
y docenas de otros timos caros vendidos al crédulo rey cruzado. Al ver el
espectáculo de la humillación de Raimundo VII, el futuro santo de doce años
seguramente le tomó gusto al ardor piadoso.
5 El comentario se debe a Guillaume de Puylaurens, que en otro tiempo estuvo al servicio de Raimundo
VIL De las tres principales crónicas sobre los cátaros, la suya es la única que abarca estos años.
139
La Catedral de Sainte-Cécile, en Albi, un
voluminoso edificio, levantado entre 1282 y
1392, que jamás permitirá que los habitantes
de la ciudad olviden su relación con los
cátaros.
Bernardo de Clairvaux, el clérigo más
importante de la época
(Museo Condé, Chantilly/Giraudon).
Lotario dei Conti di Segni,
elegido Papa en 1198 con el
nombre de Inocencio III
(Fresco del siglo XIII del
Museo de los Agustinos,
Tolosa/Expediente artístico,
Nueva York).
140
Sello de Raimundo VII de Tolosa
(Archivos Nacionales, París)
Sello de Raymond Roger Trencavel
(Ayuntamiento, Béziers)
Santo Domingo, cuya orden sería crucial en la eliminación
del catarismo
(Museo de San Marcos, Florencia/Expediente Artístico,
Nueva Cork).
La matanza de Béziers
(de la Canso o La
Chanson de la
Crosaide)
(Biblioteca Nacional,
París)
141
Tras Béziers le llegó el turno a Carcasota,
cuyo sitio comenzó en el verano de 1209
(Jean Pierre Pétermann).
Sello del Rey Pedro II de Aragón
Simón de Montfort, perfecta combinación de ambición y
capacidad, fue el héroe de los cruzados que derrotaron a
los cátaros en Carcasota (de una vidriera de la Catedral de
Chartres). (Colección Mansell/Time, Inc.)
142
Re
(R
Re
gu
(B
producción del Siglo XIX de una catapulta medieval
oger Viollet, París)
presentación el obispo Fulko de Tolosa
iando a Dante y Beatriz en el Paraíso
iblioteca Británica)
El án (de
la C
Cr
(Bi s).
cuarto Concilio de Letr
anso o La Chanson de la
oisade)
blioteca Nacional, Parí
143
Dibujo de un bajorrelieve del siglo XII de la iglesia de Saint-Nazaire, Carcasona,
que muesta una escena del asedio de Tolosa y al parecer representa la muerte de
Simón de Montfort (Colección Mansell/Time, Inc.)
Los trovadores compusieron
mordaces sirventés sobre los
señores de la guerra y sus
báculos. En la imagen un
trovador del siglo XIII
(Biblioteca Nacional, París)
Sello de Raimundo VII de Tolosa,
que intentó sin éxito ser reconocido
como el gobernante legítimo de sus
dominios ancestrales
(Archivos Nacionales, París)
144
Blanca de Castilla y Luis
IX de Francia
(Biblioteca Pierpont
Morgan/Expediente
Artístico, Nueva cork).
Flagelación de Raimundo VII
de Tolosa, en París
(Biblioteca Nacional, París)
El papa Gregorio IX nombrando a los dominicos que
dirigirán la Inquisición
(Biblioteca Marciana, Venecia)
145
Inquisidores representados en Los
hombres del Santo Oficio, de
Jean-Paul Laurens
(Museo de Bellas Artes, Moulins)
Dibujo del siglo XIII que representa la
muerte de un cátaro
(Archivos Nacionales, París)
Página de un archivo de la Inquisición
(Instituto de Investigación e
Historia de los Textos, París).
146
Bernard Délicieux,
representado por
Jean-Paul Laurens
(Museo de los Agustinos,
Tolosa/Expediente artístico,
Nueva Cork)
El obispo e inquisidor Jacques Fournier,
que se convirtió en el papa Benedicto XII
(Roger-Viollet, París).
Montségur: tras sus murallas
estuvo en otro tiempo el
pueblo de los perfectos
(Jean Pierre Péterman)
147
Para recibir la bendición del cardenal, Raimundo se hincó de rodillas. La
postura era apropiada, pues el conde, a fin de arrancar la paz de la Iglesia y la
corona, había accedido a severas exigencias. No sólo se dividieron sus tierras
por la mitad, sino que su tesoro iba a ser gravemente esquilmado. Se obligó a su
única hija, de nueve años, a contraer matrimonio con uno de los muchos
hermanos del monarca, y cuando murió sin descendencia cuarenta y dos años
después, el condado de Tolosa pasó automáticamente a formar parte de
Francia.6 Romano y Blanca también se aseguraron de que Raimundo
subvencionara la persecución de herejes. Más adelante, aquel mismo año, se
fundaría en Tolosa una universidad,7 a cuyos cuatro doctores en teología
pagaría el conde para formar a futuras generaciones de clérigos occitanos en las
complejidades de la fe ortodoxa. En lo sucesivo, un grupo de eruditos buscaría
y destruiría los restos del catarismo.
Cuando Raimundo, alto y apuesto a sus treinta y un años, salió por la puerta
de Notre Dame era otra vez un señor cristiano legítimo con buenas relaciones
tanto con París como con Roma. Sus enemigos creían que había sido afortunado
de que se le concediera siquiera una renta miserable. Gracias a la habitual
maraña de lazos de sangre en la nobleza, Raimundo de Tolosa y Blanca de
Castilla tenían una abuela en común: Leonor de Aquitania, la gran reina del
siglo XII de Francia e Inglaterra.8 Si no hubiera sido por este vínculo
sentimental, tal vez Blanca no le hubiera dado al conde ni una hectárea de
tierra.
Los lazos de parentesco llegaban sólo hasta aquí. Inmediatamente después
6 Quizá la cláusula más asombrosa del tratado afectaba al futuro del Languedoc. Jeanne, hija de
Raimundo, fue obligada a casarse con Alphonse de Poitiers, hermano de Luis. A la muerte de Raimundo
iban a heredar... aunque Raimundo hubiera tenido otros hijos. A continuación, la sucesión pasaría a los
Capetos. Raimundo murió en 1249, tras haber dedicado los últimos veinte años de su vida a intentar hallar
un modo de procrear un heredero masculino legítimo... quien, en cualquier caso, habría tenido que luchar
para ver reconocidos sus derechos de nacimiento. Entonces el conde Alphonse gobernó Tolosa in
absentia. Él y Jeanne murieron en 1271, con tres días de diferencia, sin haber tenido hijos, y el
Languedoc quedó definitivamente anexionado al dominio real.
7 La Universidad de Tolosa, fundada en 1229, todavía funciona muy bien. La ciudad cuenta con unos cien
mil estudiantes de enseñanza superior.
8 La justamente célebre Leonor determinó la política y la cultura dinásticas de la Europa del siglo XII.
Nieta del primer trovador, Guillaume de Poitiers (Guilhelm de Poitou), recibió como dote el inmenso
ducado de Aquitania. Su primer marido fue el rey Luis de Francia. Le dio dos hijas, lo acompaño en la
desastroza segunda cruzada predicada por Bernardo de Clairvaux, y después, tras regresar a Francia logró
que su matrimonio quedara anulado por razones de consanguinidad. Ese ardid de librarse del cónyugue no
querido era una costumbre habitual entre los nobles: Leonor fue la iniciadora de esta práctica entre las
mujeres. A continuación se casó con el conde Enrique de Anjou, once años más joven que ella, que llegó
a ser el rey Enrique II de Inglaterra. Le dio numerosos hijos, defendió celosamente su independencia y
por fin abandonó Inglaterra para presidir una luminosa corte de eruditos y trovadores en Anjou. Su vida
ha inspirado un torrente de arte y de saber. En Medieval Lives, de Norman F. Cantor, una serie de viñetas
imaginadas con personajes emblemáticos de la Edad Media, el capítulo dedicado a Leonor, «The Glory of
It All» pone de manifiesto su importancia de una manera entretenida. Su relación con el drama cátaro es
bastante clara: su hija Juana de Inglaterra se casó con Raimundo VI y engendró a Raimundo VII; otra
hija, Leonor, se casó con Alfonso VIII de Castilla (que combatió en las Navas de Tolosa) y concibió a
Blanca de Castilla. Así, Raimundo y Blanca eran primos hermanos. Sus hijos respectivos, Jeanne de
Tolosa y Alphonse de Poitiers, se casaron según los términos del tratado.
148
de que la multitud se hubiera dispersado en la Île-de-la-Cité, Raimundo y los de
su entorno fueron llevados a través del río a la ribera derecha y conducidos a la
tenebrosa fortaleza de piedra del Louvre medieval. Y allí se les retuvo como
rehenes durante seis semanas, mientras los ejércitos del norte derribaban las
fortificaciones de Tolosa, reducían a escombros docenas de castillos, instalaban
un senescal real en Carcasona y efectuaban los demás cambios recogidos en el
draconiano acuerdo. Quizá la ceremonia de Notre Dame tuvo algo de déja vu,
pero en el Languedoc nada volvería a ser como antes.
|