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FINAL DE LA CRUZADA
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edgard chavez
 
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  FINAL DE LA CRUZADA 23/Febrero/2007 - 13:02

Final de la cruzada

Poco después de la muerte del rey Felipe Augusto, el cardenal Romano di

San Angelo fue nombrado legado papal de Francia y del Languedoc. Romano,

vástago de la familia patricia de los Frangipani, de Roma, era un gran

diplomático resuelto a terminar con el asunto de los albigenses de una manera

satisfactoria. Para la Iglesia, durante generaciones eso significó tener las manos

libres para reprimir el catarismo, respaldado plenamente por los señores laicos

del Languedoc. Tras la expulsión de los Montfort de la región, lograr ese

objetivo era mucho más complicado.

En el Languedoc, Romano tenía que vérselas con Raimundo VII, que quería

conservar el botín de sus conquistas y ser reconocido por la Iglesia y la corona

de Francia como el gobernante legítimo de sus dominios ancestrales. Sin

embargo, con independencia de la habilidad con que el joven conde maniobrara

para alcanzar un acuerdo negociado, el legado papal demoró la llegada de la

paz hasta que él pudiera dictar las condiciones. En 1224 y 1225, Raimundo VII,

respaldado por un achacoso Arnaud Amaury, repitió un conjunto de

propuestas que, según ambos hombres, conllevarían un alivio muy necesario a

un Languedoc cansado de la guerra. Raimundo prometió hacer generosos

pagos a los Montfort como indemnización, jurar vasallaje a los Capetos de

Francia y expulsar a los cátaros de sus tierras. Durante esos años, en una serie

de cónclaves que recordaban la farsa de Saint-Gilíes, donde se había prohibido

hablar a Raimundo VI, Romano neutralizó las propuestas de Raimundo VII

mediante trabas procesales. En 1226, el cardenal abandonó todo fingimiento y

excomulgó al joven conde, con lo que preparó el terreno para una nueva

cruzada.

Mientras durante esos años obstaculizaba las iniciativas de paz en el sur,

Romano participó en conversaciones en París con el propósito de lograr que la

poderosa Francia concentrase su atención en el Languedoc. El nuevo monarca,

Luis VIII, había estado dos veces en el sur como príncipe heredero;

seguramente se había dado cuenta de que el cataclismo de la cruzada había

provocado un vacío de poder que tarde o temprano podía despertar la codicia

de dos rivales de Francia en el suroeste: Inglaterra y Aragón. De momento, por

134

fortuna para los franceses, ningún poder amenazaba con entrometerse en

acciones beligerantes en el sur.

El reino inglés, recuperado del desastroso período del rey Juan, estaba en

plena revuelta de barones. (En efecto, en 1216 Luis había aceptado fugazmente

la corona de Inglaterra a solicitud de los nobles, hasta que el Papa intervino y lo

excomulgó.1 A los ingleses poseedores de feudos en Aquitania se les ordenó

que, en el caso de una nueva guerra en el Languedoc, permanecieran neutrales.

Al sur de los Pirineos, los comerciantes de Barcelona habían aprovechado la

muerte de Pedro en Muret para volver su atención hacia el mar. Durante todo el

siglo XIII, el reino de Aragón concentraría su empuje en la conquista de las islas

Baleares, en poder de los musulmanes, como parte de un esfuerzo mayor y a la

larga fructífero para establecer un imperio marítimo que compitiera con los de

Genova y Venecia. El Languedoc estaba alejándose del horizonte de España

justo cuando Amaury de Montfort lo estaba entregando a Francia.

Estas consideraciones políticas y dinásticas habrían tenido gran importancia

en la residencia real del Louvre en favor de una decisión de marchar al sur. No

obstante, la primera familia de Francia quería no sólo tierras sino también

dinero. Los archivos documentales transmiten la idea de un indecoroso

chalaneo, pues tanto Romano como Luis maniobraron para lograr ventajas en

su empresa conjunta. Al final, Romano prometió dar a los Capetos una décima

parte de todos los ingresos de la Iglesia francesa durante cinco años para pagar

el coste de aplastar el Languedoc. Y el cardenal cumplió lo convenido...

abriendo las arcas de ricos arzobispados como los de Chartres, Reims, Ruán,

Sens y Amiens. Fue una estratagema arriesgada, y de trascendentales

consecuencias; más adelante, los monarcas franceses considerarían que la

Iglesia era el cuerno de la abundancia y la tratarían como tal.

La cruzada real inició su andadura en la primavera de 1226, con la caballería

de cotas de malla de la Francia medieval bajando por el valle del Ródano con su

estrépito de metal, en esa ocasión bajo la bandera de la flor de lis del rey Luis

VIII. El ejército superaba a sus antecesores en número y respecto a la

organización y la unidad de mando. Debido a ello, la gran fuerza conquistó más

por intimidación que en el campo de batalla... si bien a veces falló esa capacidad

de atemorizar. En la ciudad amurallada de Aviñón, la cruzada del rey Luis hizo

una parada imprevista cuando los asustados prohombres de la ciudad cerraron

de golpe los puentes levadizos al divisar el gigantesco ejército francés. En un

principio habían prometido a los franceses vía libre a través de la ciudad y que

podrían utilizar su puente de piedra para cruzar el Ródano —el mismo de la

canción infantil Sur le pont d'Avignon, on y danse...—, pero tan pronto apareció la

enorme hueste, no quisieron saber nada. Bien protegidos por sus fortificaciones

y abastecidos por su flota fluvial, los aviñonenses mantuvieron bloqueado al

exasperado rey francés durante tres largos meses. Atascados en los llanos

1 A la muerte del rey Juan de Inglaterra en 1216, su sucesor, el futuro Enrique II, sólo tenía nueve años.

Los siempre díscolos señores de Gran Bretaña vieron la oportunidad de derrocar a los Plantagenet

invitando a Luis a aceptar el trono.

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pantanosos del norte de la ciudad cuando el calor y las moscas se hicieron

insoportables, el ejército sufrió numerosas bajas a causa de la disentería. Luis reparó

en que sus hombres morían en medio de sus propios excrementos. Cuando

por fin Aviñón capituló, habían perecido más de tres mil y decenas de miles

más habían quedado debilitados por la dura prueba. Un señor que moriría a

causa del brote de disentería era el ya anciano Bouchard de Marly, el leal amigo

de Simón de Montfort.

Con todo, la ciudad se había rendido. La caída de la —según se creía—

inexpugnable Aviñón impresionó a la coalición de nobles del Languedoc, que

estaba bajo las órdenes de Raimundo VII; al igual que un grupo de predicadores

enviados como avanzadilla por el cardenal Romano, el obispo Fulko y Pedro

Amiel, el sucesor de Arnaud Amaury como arzobispo de Narbona. La misión

de esos predicadores era hacer hincapié en las lecciones del pasado reciente al

recordar hechos tan luctuosos como los de Béziers y Marmande. Para los

habitantes de una tierra herida y debilitada como el Languedoc, la idea de

nuevas tribulaciones sólo podía infundir terror. Los propagandistas del miedo

también subrayaban que la cruzada era distinta de las otras que habían invadido

el sur. Sus recursos eran tan ilimitados como la riqueza de la Iglesia; y

su jefe no era un simple noble o monje, sino el propio rey de Francia. El

historiador Michel Roquebert ha sostenido de manera convincente que la

monarquía francesa, aunque durante el siglo XII había sido sólo un señor feudal

formal de buena parte del Languedoc, ocupaba un lugar de primacía en la

imaginación colectiva de los occitanos.2 El rey de Francia, único entre los

monarcas, representaba la legitimidad sagrada del orden feudal: incluso los

burgueses independientes de Tolosa fechaban sus documentos de acuerdo con

los años del reinado francés. Por supuesto, los cátaros eran inmunes a esa forma

de pensar, pero sus compatriotas seguramente se sentirían amedrentados ante

la idea de que el rey de Francia fuera a castigarlos. Luis había estado antes en el

Languedoc sólo como príncipe heredero; ahora era la persona del monarca, el

depositario de un poder casi sacramental. Desafiarlo a él y a su ejército sería

algo abominable y condenado al fracaso.

Enfrentados a esa intimidación física y mental, muchos del sur alzaron la

bandera blanca. Cuando Luis puso sitio a Aviñón, las otrora orgullosas

ciudades del Languedoc le enviaron delegaciones para jurar fidelidad y pedir

un trato benévolo. Como cabe suponer, Béziers era la primera de la lista,

seguida de Nímes, Albi, Saint-Gilíes, Marsella, Beaucaire, Narbona, Termes y

Arles. En Carcasona, los ciudadanos echaron de la ciudad a Raymond Trencavel

y mandaron embajadores a capitular ante el rey. Cuando los franceses cruzaron

en tropel las fronteras del Languedoc, Luis recibió serviles cartas de obediencia

de muchos nobles locales. «Hemos tenido conocimiento de que nuestro señor

cardenal ha decretado que toda la tierra del conde de Tolosa ha de anexionarse

a vuestras posesiones —decía una carta—. Nos alegramos desde el fondo de

2 Roquebert presenta argumentos en favor de un pánico colectivo en el capítulo 22, «Le Printemps de la

grande peur», del volumen 3 de su L'Epopée cathare.

136

nuestro corazón... y estamos impacientes por estar bajo la sombra de vuestras

alas y de vuestro juicioso dominio.» El autor de esa misiva era Bernard-Otto de

Niort, noble que había sido educado por su abuela perfecta, Blanche de Laurac;

además, su tío Aimery y su tía Geralda habían sido brutalmente asesinados en

Lavaur. Si hombres como él corrían como conejos en busca de protección, en el

Languedoc ya no había nada que hacer.

Raimundo VII y los tolosanos resistieron a la oleada de pánico, al igual que el

conde Roger Bernard de Foix. En otoño, mientras el ejército francés marchaba

de las ciudades a los castillos aceptando capitulaciones, los hombres de Foix y

Tolosa hostigaron y emboscaron a los del norte en rápidas acciones guerrilleras.

Algunos de los señores franceses más independientes regresaron a casa con sus

hombres. Aunque los cruzados reales habían puesto de rodillas a buena parte

del Languedoc mediante la intimidación, el ejército no se había recuperado del

calamitoso verano de Aviñón. El rey Luis, enfermo debido a la mugre y la

suciedad que acompañaron al asedio, de pronto se sintió febril y débil. Sus

allegados, al advertir que su estado empeoraba, intentaron llevarlo a toda prisa

a casa, a las comodidades de Francia. En Montpensier, pueblo situado en la

montañosa región de Auvernia, la cabalgata se detuvo; el monarca estaba demasiado

enfermo para poder seguir. Luis se fue a la cama y, según un piadoso

cronista, rechazó los servicios de una muchacha virgen que se había deslizado

entre sus sábanas para despertar su virilidad regia. En todo caso, era demasiado

tarde; Luis VIII murió en Montpensier el 8 de noviembre de 1226. Contaba

treinta y nueve años. Y, lo que era más importante, su hijo mayor sólo doce.

Francia no tenía rey.

La última defunción podría haber cambiado las tornas en favor del

Languedoc si el poder de París no se hubiera mantenido firme. La abrasadora

zona central de España, de la que había salido el enemigo más santo de los

cátaros, Domingo, proporcionaría ahora otro adversario ortodoxo y devoto:

Blanca de Castilla. Viuda del rey y regente por ser menor de edad su hijo

heredero, Blanca aportó a la causa de la conquista una apasionada piedad de la

que habían carecido sus parientes Capetos. Para ella, exterminar a los herejes

era tan importante como ampliar los dominios de Francia.

El cardenal Romano, el legado papal, se convirtió en su principal consejero

para asuntos de estado. En Roma, el Papa bendijo esa doble función; en París,

según las malas lenguas, Romano y Blanca compartían algo más que oraciones.3

Fuera cual fuese su verdadera relación, el cardenal y la reina coincidieron en

que la cruzada real contra el Languedoc no necesitaba ningún rey. Pese a las

protestas de ricos obispos franceses, Romano mantuvo el flujo de dinero

mientras Blanca ordenaba que su ejército se quedara en el sur hasta que fuera

aplastada toda resistencia. Cuando los grandes señores del norte se negaron a

3 Al parecer, el persistente rumor fue difundido por estudiantes irreverentes del barrio Latino. Los

escolásticos de la Ribera Izquierda tomaban a mal el poder de Romano en el Louvre y la Cité. Fue el

cronista inglés Matthew Paris quien dio a conocer el rumor (Krystel Maurin, Les Esclarmondes..., p. 88).

En cualquier caso, Blanca, como madre de once años, quizá creció recelosa de las consecuencias de la

compañía masculina íntima.

137

ponerse bajo el mando de una mujer, Blanca reclutó otro ejército para combatirlos

en cuanto pudo mantener una fuerza en el Languedoc. Con el aliento del

nuevo Papa, Gregorio IX, un sobrino de Inocencio III, la formidable dama

regente continuó la cruzada.4

De hecho, era una cruzada sólo de nombre. Durante dos años, las tropas

francesas llevaron a cabo una repugnante guerra de desgaste contra las fuerzas

de Tolosa y Foix. Se libraron batallas no decisivas, unos y otros cometieron

atrocidades —en respuesta a una feroz represalia francesa en una ciudad, los

occitanos cortaron las manos de los defensores franceses de otra—, y las

fortalezas cambiaban de manos. Hacia 1228, el círculo de destrucción se había

reducido hasta cerrar el área que bordeaba Tolosa. Aunque no era lo bastante

grande para poner sitio a la exhausta ciudad, el ejército francés, bajo la

inteligente dirección de Humbert de Beaujeau, no podía ser expulsado del

Languedoc. Protegidos tras las murallas de Carcasona, la ciudad fortaleza que

habían tenido buen cuidado en guarnecer, al final los del norte dieron con la

táctica que extinguiría la última llama de la resistencia.

En 1228, la cruzada real convirtió sistemáticamente la fértil extensión de los

tolosanos en un desierto. Los franceses no pretendían entrar en combate; de

hecho, lo rehuían. En vez de ello, hicieron la guerra en el campo. Simón de

Montfort sólo había quemado cosechas; el ejército francés, financiado por la

Iglesia y bendecido por la reina, destrozó huertos y olivares, arrancó viñas,

envenenó pozos, provocó incendios y arrasó pueblos. Aplaudidos por un

vengativo Fulko, los hombres del norte actuaron prado por prado, feudo por

feudo, valle por valle, con un vandalismo deliberado y minucioso, como si de

las hordas de un Atila medieval se tratara. La tierra y sus habitantes, extenuados

tras dos décadas de sangría salvaje, ya no podían más. Al fin, aislado y

cercado, invicto aunque incapaz de detener el avance del violento monstruo, el

conde Raimundo pidió la paz.

Un manojo de esquejes de abedul zumbó a través del silencio y cayó con un

crujido sobre la carne blanca. Las afiladas ramas golpearon una y otra vez.

Veinte años antes, el conde Raimundo VI de Tolosa había subido tambaleante la

escalera de la iglesia de Saint-Gilíes, coincidiendo su penitencia pública con el

inicio de la cruzada de los albigenses. Ahora, el 12 de abril de 1229, le tocaba a

su hijo Raimundo VII recibir el mismo tratamiento humillante, en esta ocasión

para señalar el final de la cruzada. Igual que la otra vez, un legado papal era el

encargado de descargar la leña menuda en la mortificada carne del noble. Como

la otra vez, una multitud en busca de emociones fuertes colmaba las galerías, las

ventanas y los tejados para ver al eminente personaje. Y, lo mismo que la otra

4 Casi es seguro que Ugolino dei Conti di Segni era sobrino de Lotario. Se discute más sobre su fecha de

nacimiento. En el pasado, los historiadores se han basado en informaciones proporcionadas por el cronista

Matthew Paris, que afirmaba que Gregorio, al morir en 1241, estaba cerca de cumplir cien años.

Actualmente se cree más probable que el sobrino de Inocencio fuera diez años más joven que su tío, lo

que colocaría su año de nacimiento en torno a 1170.

138

vez, el penitente prometió ayudar a acabar con la fe cátara. Para los condes de

Tolosa, la deshonra pública había llegado a ser una tradición familiar.

Pese a ello, la ceremonia no fue un duplicado exacto de la flagelación de

Saint-Gilíes. En esta ocasión, los mirones cuchicheaban en francés, no en

occitano, pues el solemne espectáculo tuvo lugar en el centro de París, en la Îlede-

la-Cité. Aquel jueves anterior a la Semana Santa, Raimundo y Romano

interpretaron su siniestro dúo ante la fachada de la nueva catedral de la ciudad:

Notre Dame. Elevándose muy por encima la colmena de viviendas con

entramado de madera y reflejada en las grises aguas del Sena, la elegante

estructura de piedra, con sus estatuas y bóvedas pintadas de todos los colores

del arco iris, surgía como un espectacular símbolo de exuberancia medieval. A

diferencia de la tierra de los cátaros, Francia estaba iniciando su período de esplendor.

Los dos hombres entraron en la atestada iglesia, pasaron frente a los nobles

del norte y recorrieron la nave hacia el elevado altar. «Fue una gran pena —

escribió un cronista—, ver a un príncipe de tal nobleza, que había defendido su

tierra durante largo tiempo contra fuerzas numerosas y poderosas, arrastrado

de aquel modo al altar, descalzo, cubierto sólo con camisa y calzones.»5

Raimundo había accedido a sufrir ese día degradante para lograr una paz

duradera. Sus antaño enormes dominios quedaron reducidos a un principado

incompleto, sin acceso al mar, que abarcaba Tolosa y unas cuantas ciudades de

poca importancia al norte y al oeste. La corona francesa tomó lo que había

pertenecido a la familia Trencavel, así como las posesiones de Raimundo en la

ribera occidental del Ródano.

Un triunfante tedeum resonó en la bóveda de piedras de la catedral mientras

se ordenaba a los canónigos poner voz a su alegría. Habían pasado casi veinte

años desde que uno de ellos, Guillaume, cargaba catapultas y ajustaba petrarias

para mayor gloria de Dios y su siervo Simón de Montfort.

Desde su sitio de honor, Blanca de Castilla contemplaba el instructivo cuadro

del conde y el cardenal frente a ella. No había hecho el trabajo de los hombres

sino el de Cristo. A su lado, aquel memorable Jueves Santo, estaba Luis, su hijo

mayor. Tan pronto fuera adulto, el muchacho, como rey Luis IX, llegaría a ser el

monarca más devoto de Europa, alcanzando finalmente la santidad por su

muerte en la cruzada cerca de Túnez. Perseguidor de los paganos y los herejes,

los musulmanes y los judíos, san Luis heredó la extravagante fe ibérica de su

madre. En la isla de Notre Dame erigió la obra maestra gótica de la Sainte

Chapelle, un primoroso relicario de piedra para los tesoros que había comprado

a taimados comerciantes: un frasco con leche de la Virgen, la corona de espinas,

y docenas de otros timos caros vendidos al crédulo rey cruzado. Al ver el

espectáculo de la humillación de Raimundo VII, el futuro santo de doce años

seguramente le tomó gusto al ardor piadoso.

5 El comentario se debe a Guillaume de Puylaurens, que en otro tiempo estuvo al servicio de Raimundo

VIL De las tres principales crónicas sobre los cátaros, la suya es la única que abarca estos años.

139

La Catedral de Sainte-Cécile, en Albi, un

voluminoso edificio, levantado entre 1282 y

1392, que jamás permitirá que los habitantes

de la ciudad olviden su relación con los

cátaros.

Bernardo de Clairvaux, el clérigo más

importante de la época

(Museo Condé, Chantilly/Giraudon).

Lotario dei Conti di Segni,

elegido Papa en 1198 con el

nombre de Inocencio III

(Fresco del siglo XIII del

Museo de los Agustinos,

Tolosa/Expediente artístico,

Nueva York).

140

Sello de Raimundo VII de Tolosa

(Archivos Nacionales, París)

Sello de Raymond Roger Trencavel

(Ayuntamiento, Béziers)

Santo Domingo, cuya orden sería crucial en la eliminación

del catarismo

(Museo de San Marcos, Florencia/Expediente Artístico,

Nueva Cork).

La matanza de Béziers

(de la Canso o La

Chanson de la

Crosaide)

(Biblioteca Nacional,

París)

141

Tras Béziers le llegó el turno a Carcasota,

cuyo sitio comenzó en el verano de 1209

(Jean Pierre Pétermann).

Sello del Rey Pedro II de Aragón

Simón de Montfort, perfecta combinación de ambición y

capacidad, fue el héroe de los cruzados que derrotaron a

los cátaros en Carcasota (de una vidriera de la Catedral de

Chartres). (Colección Mansell/Time, Inc.)

142

Re

(R

Re

gu

(B

producción del Siglo XIX de una catapulta medieval

oger Viollet, París)

presentación el obispo Fulko de Tolosa

iando a Dante y Beatriz en el Paraíso

iblioteca Británica)

El án (de

la C

Cr

(Bi s).

cuarto Concilio de Letr

anso o La Chanson de la

oisade)

blioteca Nacional, Parí

143

Dibujo de un bajorrelieve del siglo XII de la iglesia de Saint-Nazaire, Carcasona,

que muesta una escena del asedio de Tolosa y al parecer representa la muerte de

Simón de Montfort (Colección Mansell/Time, Inc.)

Los trovadores compusieron

mordaces sirventés sobre los

señores de la guerra y sus

báculos. En la imagen un

trovador del siglo XIII

(Biblioteca Nacional, París)

Sello de Raimundo VII de Tolosa,

que intentó sin éxito ser reconocido

como el gobernante legítimo de sus

dominios ancestrales

(Archivos Nacionales, París)

144

Blanca de Castilla y Luis

IX de Francia

(Biblioteca Pierpont

Morgan/Expediente

Artístico, Nueva cork).

Flagelación de Raimundo VII

de Tolosa, en París

(Biblioteca Nacional, París)

El papa Gregorio IX nombrando a los dominicos que

dirigirán la Inquisición

(Biblioteca Marciana, Venecia)

145

Inquisidores representados en Los

hombres del Santo Oficio, de

Jean-Paul Laurens

(Museo de Bellas Artes, Moulins)

Dibujo del siglo XIII que representa la

muerte de un cátaro

(Archivos Nacionales, París)

Página de un archivo de la Inquisición

(Instituto de Investigación e

Historia de los Textos, París).

146

Bernard Délicieux,

representado por

Jean-Paul Laurens

(Museo de los Agustinos,

Tolosa/Expediente artístico,

Nueva Cork)

El obispo e inquisidor Jacques Fournier,

que se convirtió en el papa Benedicto XII

(Roger-Viollet, París).

Montségur: tras sus murallas

estuvo en otro tiempo el

pueblo de los perfectos

(Jean Pierre Péterman)

147

Para recibir la bendición del cardenal, Raimundo se hincó de rodillas. La

postura era apropiada, pues el conde, a fin de arrancar la paz de la Iglesia y la

corona, había accedido a severas exigencias. No sólo se dividieron sus tierras

por la mitad, sino que su tesoro iba a ser gravemente esquilmado. Se obligó a su

única hija, de nueve años, a contraer matrimonio con uno de los muchos

hermanos del monarca, y cuando murió sin descendencia cuarenta y dos años

después, el condado de Tolosa pasó automáticamente a formar parte de

Francia.6 Romano y Blanca también se aseguraron de que Raimundo

subvencionara la persecución de herejes. Más adelante, aquel mismo año, se

fundaría en Tolosa una universidad,7 a cuyos cuatro doctores en teología

pagaría el conde para formar a futuras generaciones de clérigos occitanos en las

complejidades de la fe ortodoxa. En lo sucesivo, un grupo de eruditos buscaría

y destruiría los restos del catarismo.

Cuando Raimundo, alto y apuesto a sus treinta y un años, salió por la puerta

de Notre Dame era otra vez un señor cristiano legítimo con buenas relaciones

tanto con París como con Roma. Sus enemigos creían que había sido afortunado

de que se le concediera siquiera una renta miserable. Gracias a la habitual

maraña de lazos de sangre en la nobleza, Raimundo de Tolosa y Blanca de

Castilla tenían una abuela en común: Leonor de Aquitania, la gran reina del

siglo XII de Francia e Inglaterra.8 Si no hubiera sido por este vínculo

sentimental, tal vez Blanca no le hubiera dado al conde ni una hectárea de

tierra.

Los lazos de parentesco llegaban sólo hasta aquí. Inmediatamente después

6 Quizá la cláusula más asombrosa del tratado afectaba al futuro del Languedoc. Jeanne, hija de

Raimundo, fue obligada a casarse con Alphonse de Poitiers, hermano de Luis. A la muerte de Raimundo

iban a heredar... aunque Raimundo hubiera tenido otros hijos. A continuación, la sucesión pasaría a los

Capetos. Raimundo murió en 1249, tras haber dedicado los últimos veinte años de su vida a intentar hallar

un modo de procrear un heredero masculino legítimo... quien, en cualquier caso, habría tenido que luchar

para ver reconocidos sus derechos de nacimiento. Entonces el conde Alphonse gobernó Tolosa in

absentia. Él y Jeanne murieron en 1271, con tres días de diferencia, sin haber tenido hijos, y el

Languedoc quedó definitivamente anexionado al dominio real.

7 La Universidad de Tolosa, fundada en 1229, todavía funciona muy bien. La ciudad cuenta con unos cien

mil estudiantes de enseñanza superior.

8 La justamente célebre Leonor determinó la política y la cultura dinásticas de la Europa del siglo XII.

Nieta del primer trovador, Guillaume de Poitiers (Guilhelm de Poitou), recibió como dote el inmenso

ducado de Aquitania. Su primer marido fue el rey Luis de Francia. Le dio dos hijas, lo acompaño en la

desastroza segunda cruzada predicada por Bernardo de Clairvaux, y después, tras regresar a Francia logró

que su matrimonio quedara anulado por razones de consanguinidad. Ese ardid de librarse del cónyugue no

querido era una costumbre habitual entre los nobles: Leonor fue la iniciadora de esta práctica entre las

mujeres. A continuación se casó con el conde Enrique de Anjou, once años más joven que ella, que llegó

a ser el rey Enrique II de Inglaterra. Le dio numerosos hijos, defendió celosamente su independencia y

por fin abandonó Inglaterra para presidir una luminosa corte de eruditos y trovadores en Anjou. Su vida

ha inspirado un torrente de arte y de saber. En Medieval Lives, de Norman F. Cantor, una serie de viñetas

imaginadas con personajes emblemáticos de la Edad Media, el capítulo dedicado a Leonor, «The Glory of

It All» pone de manifiesto su importancia de una manera entretenida. Su relación con el drama cátaro es

bastante clara: su hija Juana de Inglaterra se casó con Raimundo VI y engendró a Raimundo VII; otra

hija, Leonor, se casó con Alfonso VIII de Castilla (que combatió en las Navas de Tolosa) y concibió a

Blanca de Castilla. Así, Raimundo y Blanca eran primos hermanos. Sus hijos respectivos, Jeanne de

Tolosa y Alphonse de Poitiers, se casaron según los términos del tratado.

148

de que la multitud se hubiera dispersado en la Île-de-la-Cité, Raimundo y los de

su entorno fueron llevados a través del río a la ribera derecha y conducidos a la

tenebrosa fortaleza de piedra del Louvre medieval. Y allí se les retuvo como

rehenes durante seis semanas, mientras los ejércitos del norte derribaban las

fortificaciones de Tolosa, reducían a escombros docenas de castillos, instalaban

un senescal real en Carcasona y efectuaban los demás cambios recogidos en el

draconiano acuerdo. Quizá la ceremonia de Notre Dame tuvo algo de déja vu,

pero en el Languedoc nada volvería a ser como antes.


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