FIESTA EN LA OSCURIDAD
Arrodillado ante tu cuerpo.
¡Oh tú!, verdad hecha de flores,
apacible paisaje de reyes y criados dando caza
sobre el jarrón vacío del recuerdo a ciervos encantados
bajo un ciclo de nubes en jauría y sin paz.
Y así la imagen del séquito encendiéndose
en el fondo del ojo del animal que ha muerto.
Brillan las armaduras de los guerreros que regresan;
se oyen en su mirada los cascos del caballo que cruza
y el frío del relincho.
Rocío de la noche, sueño que me ha olvidado,
eres, imaginada por mi lengua,
nacida en el inmenso nublo de la memoria.
Álzase en el concierto de los aires y en la luz hecha música.
Inventada apareces,
¡oh tú!, espejo de las sombras, oscuridad de invierno,
pájaro de las corrientes dibujado en el agua.
Hace tiempo matáronme.
La imagen de la muerte reposa hoy en tus ojos.
Sueña el laúd en la alfombra de la noche, olvidado.
Beso tu corta edad; subo la falda aquella de la infancia,
llora el deseo crecido en la niñez.
Allá sobre el más hondo dolor de haber vivido, yo te amo.
Mientras, la luna entre los árboles quema su sueño en libertad.
Como un nido el deseo se sostiene
en la cumbre de un desnudo dichoso.
Otros días anduve entre las sábanas de la prostitución,
donde se acepta nuestro beso como negocio,
no como naufragio.
Y cae la tarde, y en los ojos del ciervo las estrellas se olvidan.
Cuántos cuerpos que me despreciaron,
desde el tuyo me aman.
¡Oh!, cuántos rostros y pechos y desnudos nacen de ti,
silenciosa y oculta, fiesta en la oscuridad,
flor que ha crecido sin juventud,
y yace sobre la tumba de su arena, como un dios inventado.
Sobre el jardín cae la lluvia incendiándose.
Tras el disfraz de su linaje monta el rey
en las hembras de los labriegos.
Cruzan las águilas baldías del corazón, la cumbre de la sangre.
Rara es la complacencia de esta orgía
donde la servidumbre asciende,
humillada entre risas de licor medieval;
movidos por los hilos del alcohol,
amenazados por la navaja del destino, bufones de este reino,
donde tan sólo somos los residuos de una hoguera apagada.
Mira nuestros desnudos, ese reflejo de oro de nuestra pobreza,
ardiendo en la mirada de cristal,
tendido en los profundos bosques de los ojos del ciervo que,
hace años, mataron.
Tu cuerpo es residencia y es hogar de otros cuerpos.
Sobre tu espalda crecen los milagros,
vienen a beber de mi sed otras espaldas.
¡Oh! mira, ésa de hombros tranquilos,
llena de soledad y de humildad,
o esa que respira en asombro, derribada y gentil;
o aquella de vuelo moreno como el del halcón;
o esa otra de ahí , amiga de la noche,
que no tiene nombre, sino precio;
o la que se arrodilla cuando ama,
esa que nace del olvido y ya tiembla de amor.
En tu cuello indefenso aún vive toda la adolescencia
y la inocencia de aquellos días.
Cárcel y hospital es la luz para los sentidos.
La claridad destiñe a la materia;
envilece el sonido de las palabras, quema las sombras,
desvanece el recinto de los sueños y el lecho donde amaban.
En qué perdido paraíso,
sobre qué antiguas nubes rezan por ti mis ángeles.
Qué negras alas llevan mi cerebro a tu cuerpo.
En los altares de la carne cumplen el dolor y la vida.
Apaga tú esa noche, esa que en la mentira crece,
que fermenta en la nieve del desdén y el olvido.
Bajo las cumbres de la tarde bajo esa luz que,
por un momento,
da color de azafrán a la senda y al monte,
la libertad nos mira con sus ojos vacíos.
Parece que no fuera a cerrarlos jamás.
De "Fiesta en la oscuridad" 1976
Diego Jesús Jiménez