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EL PUEBLO OLVIDADO
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magda
 
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  EL PUEBLO OLVIDADO 14/Julio/2009 - 09:41

                                                EL PUEBLO OLVIDADO

 

 

      Me fijé en el pueblo cuando vi el grupo de chopos que, como un oasis en el árido paisaje, hundían sus raíces en el riachuelo. Todavía la carretera general lo partía en dos. A la derecha, las casa de los más ricos. Estaba el valle, los trigales, los campos bien cuidados. A la izquierda, la montaña cerraba el paso y allí sólo se podía tener algún pequeño huerto y llevar a pastar las vacas ajenas o cuidar algún montón de cabras. Nuestra casa estaba en ese lado izquierdo, adentrándose un kilómetro y medio entre los rastrojos del campo que nadie cuidaba.

      El pueblo, había cambiado. Ahora, en la esquina, cuando ya se dejaban atrás las casas, alguien había tenido la ocurrencia de poner una gasolinera. Antes, en el mismo sitio,  había una tienda de comestibles y lo que, entonces,  se llamaba "Posada".

      Mientras llenaba de gasolina el depósito de mi coche, mi mente comenzó a girar y girar, recordando los tiempos pasados.

      Mi madre murió cuando yo tenía doce años y mi hermana Piedad, cinco. Los otros tres chicos andaban entre la edad suya y la mía. Nunca supe de qué se murió mi madre, creo que ni siquiera aquel  médico cansado que venía del otro pueblo metido entre montañas, lo supo. El caso es que se murió y nos dejó solos con mi abuela y mi padre.

      Mi abuela era una mujer pusilánime, triste, silenciosa, que trabajaba continua pero lentamente como si todo lo hiciera por inercia. Le daban un empujoncito y funcionaba hasta que el impulso se agotaba. La primera vez que mi padre me llevó por la fuerza a su jergón, lloré hasta cansarme, la segunda, le odié y juré matarle. Era un hombre rudo, violento, inculto y autoritario hasta el extremo de probar más de una vez en nuestras espaldas, los latigazos de su correa.

 

 

     Un coche se puso tras de mi en el puesto de la gasolina y conduje mi auto hasta un rincón. Necesitaba descansar y fui al Bar del Hotel a tomar un café. Allí, sentada en una mesa junto al ventanal desde el que se divisaban las montañas, continué evocando mi vida tan lejana ya.

 

      

     Todo empezó el día en que cumplía catorce años. Yo era una niña deslavazada, poco desarrollada. Mi abuela decía que parecía el tronco de un árbol y aquel día, como era domingo,  estrené vestido. Blanco con unos cuadritos muy pequeños de color azul y como ya comenzaba a ser una jovencita, mi abuela que era quien cosía los vestidos, creyó conveniente quitar la lazada que en un principio le había puesto en la cintura para cambiarlo por un cinturón que se abrochaba con dos botones. También le quitó el vuelo a la falda y le hizo un pliegue delante y otro detrás. Cuando me miré en el espejo del armario, vi una chica fea. No tenía cuerpo de niña ni de mujer, las piernas huesudas dejaban ver unos calcetines blancos recién estrenados que cubrían unos pies grandes embutidos en unos zapatos marrones atados con cordones del mismo color. Me compadecí de mi misma y me deshice las trenzas para sujetar el pelo suelto con unas horquillas por encima de las orejas.

      Le dije a mi abuela que me iba a misa  cuando oí a mi padre cortar leña en el patio que estaba fuera de la casa. Entonces decidí hacerlo.

      Mi padre había techado con uralita un pequeño rincón en la parte posterior de la casa donde guardaba herramientas, azadas,  hoces y guadañas que procuraba estuvieran bien afiladas y entre ellas unos barriles de insecticida para mantener con vida los pocos perales que nos daban buenas peras de agua y vendíamos los jueves en el mercadillo. Allí, a la sombra, conservaba también un garrafón de vino que entre faena y faena, acostumbraba a beber. No estaba muy segura de lo que hacía pero el odio era demasiado profundo y sólo deseaba que aquel hombre que me había engendrado, desapareciera de mi vida. A puñados eché al insecticida en el vino, me lavé bien las manos y me marché a la ermita del pueblo que estaba algo retirada de la carretera, a mano derecha, donde vivían los ricos.

      No me acuerdo si era alguna fiesta, ha pasado demasiado tiempo y yo estaba bastante alterada, sólo recuerdo que la misa fue larga, con cantos desafinados de la gente que abarrotaba la pequeña iglesia y mareantes aspersiones del incensario alrededor del altar. Su perfume y el olor de las velas estuvo a punto de desmayarme. Cuando salí, me fui hacia el campo a pasear yo sola, tenía miedo de volver a casa y había decidido escapar en el coche de línea que me llevaba a la ciudad. Sin titubeos, daba vuelta a mis pasos para dirigirme al pueblo y entonces lo vi. Mi padre estaba allí, en medio del campo, mirándome fijamente. El terror me paralizó, había venido a por mí, había descubierto el veneno del vino, quería violarme otra vez. No podía pensar con coherencia, un cúmulo de imágenes se sucedían unas a otras en mi mente, empujándose para tener cada una de ellas la primacía. Me habían descubierto y tenía que huir. Eché a correr entre las hierbas y los matojos para llegar a la carretera, no sabía donde iría, sólo pensaba en la huida. La Guardia Civil vendría a por mí, me llevarían a la cárcel, al reformatorio... No sabía qué hacer. Y volví a pensar en el coche de línea, debía huir... huir. Miré hacia atrás y no pude ver a mi padre, ya no me perseguía. Pensé que habría vuelto a casa a la espera de mi vuelta, por lo tanto debía  hacerlo con rapidez. Necesitaba dinero para marcharme. Seguí corriendo y me dirigí a la casa, tenía que llegar antes que él. En la caja de hierro escondida en la alacena, quedaban algunos billetes, mi abuela los guardaba allí. Al llegar oí gritos, llantos de mis hermanos y entré asustada. Las voces llegaban del cobertizo donde estaban los aperos y el garrafón de vino. ¡Lo habían descubierto! Mi hermana Piedad entró en la casa con la cara desencajada, sólo supo decir: "¡Padre...!". Me acerqué al cobertizo. Mi abuela lloraba a gritos llevándose las manos a la cabeza, mis tres hermanos, con la boca abierta, observaban la figura de mi padre. Una hoz, desprendida de la pared donde estaba colgada, le había segado el cuello. El cuerpo sin vida, se encontraba medio volcado en el suelo  junto a los paquetes de insecticida. El garrafón de vino intacto.

 

-¿Cuándo ha sucedido? - pregunté, extrañada. Yo acababa de ver a mi padre en el campo de la parte contraria, no hacía más de cinco o diez minutos, no tenía tiempo de haber vuelto y ocurrir el accidente.

 

-No lo sé...- respondió mi abuela entre sollozos -pero ha debido de ser poco después de que fueras a misa. Mira... la sangre empieza a coagularse... Se le ha debido caer la hoz encima.

 

-Hay que avisar a la Guardia Civil-dije. Y sin más cogí el garrafón de vino y regué con él los perales del huerto. Luego, en la fuente, lo lavé y lo puse otra vez en su sitio. Mi abuela continuaba llorando y mis hermanos se sentaron en el suelo como si estuvieran contemplando una obra de teatro, ni ellos ni yo llorábamos.

 

-Rafael, vete al cuartelillo y explica lo que ha pasado- le dije al mayor de ellos.

 

      Mi hermano, se ausentó y yo me quedé pensando. ¿Por qué había visto a mi padre en el campo al salir de misa? Nunca pude darle a este suceso una explicación racional, sólo sé que lo vi, probablemente en el momento de su muerte. La vida se había tomado la venganza dejando mi conciencia tranquila.

      Con el tiempo todo se vendió y nos fuimos a la ciudad, de allí cada uno buscó su camino. Mi abuela murió pronto, a mis hermanos  y a mí nos acogieron en los orfanatos sociales hasta nuestra mayoría de edad y eso nos sirvió para formarnos intelectualmente de alguna manera. Yo no me he casado nunca, trabajé, estudié y ahora soy una empresaria reconocida.

 

      El café se había quedado frío, pagué la consumición y fui a por el coche. Mi hermana Piedad  me esperaba en el convento, la habían nombrado Madre Superiora.

      Cuando avancé por la carretera aceleré el coche, no quería recordar nada de lo que había sucedido en aquel pueblo olvidado.

 

 


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