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El conflicto se extiende
Las victorias de Simón de Montfort coincidieron con una ofensiva
diplomática de Raimundo de Tolosa. Desde agosto de 1209, cuando en
Carcasona presentó a su hijo de doce años a Simón y a los grandes señores de
Francia, la fortuna de Raimundo había menguado. No hacía falta ser un gran
estratega para ver que la cruzada, tan pronto hubiera terminado con el territorio
de los Trencavel, podía descargar su violenta piedad sobre el resto del
Languedoc. Pese a la estudiada penitencia de Raimundo en junio y su presencia
pasiva en el campamento de los cruzados en Béziers y Carcasona en julio y
agosto de 1209, no tardaría mucho en volver a recibir señales de hostilidad
eclesiástica.
En septiembre lo excomulgaron otra vez. La acusación —no haber cumplido
las promesas que había hecho en su humillación pública en Saint-Gilíes— era en
parte cierta aunque rayaba en lo vengativo, dado el poco tiempo transcurrido
entre la promesa y su incumplimiento. Arnaud Amaury rompió la baraja al
excomulgar al gobierno municipal de Tolosa y colocar a la ciudad bajo
interdicto, es decir, en un estado de limbo espiritual durante el cual no se
podían realizar legítimamente oficios católicos, ni siquiera bautizos o entierros.
Se la acusaba de amparar a herejes, lo que los habitantes de Tolosa negaban hipócritamente.
Al atacar a una fuerza poderosa como eran los cónsules de una ciudad
próspera e independiente, el legado papal demostraba que, en el Languedoc, los
éxitos militares de la cruzada habían envalentonado a la Iglesia. El conde y sus
cónsules, alarmados por el cariz que tomaban los acontecimientos, decidieron
plantear su caso directamente ante el Papa.
Por miedo a ser desautorizado, Arnaud suplicó a los excomulgados que se
quedaran en el Languedoc y negociaran con él. Los tolosanos hicieron caso
omiso de sus ruegos y, a finales de 1209, partieron para Roma.1 Seguramente
Inocencio III esperó tranquilo a los agraviados occitanos. Ningún papa de la
Historia había sido tan poderoso como Inocencio en el undécimo año de su
1 Antes de ir a Roma a quejarse al Papa, Raimundo había ido a París a quejarse al rey. Felipe Augusto
escuchó amablemente pero no hizo nada para ayudar al acosado conde.
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pontificado. Gobernaba la turbulenta Roma con incontestable autoridad. Había
consolidado sus posesiones, puesto de rodillas a reinos lejanos, llegado a ser el
legislador de Europa y limpiado las filas del clero de holgazanes indeseables.
Hacía mucho tiempo que su hermano Ricardo había acabado de construir la
torre de los Conti, la fortaleza de ladrillo que dominaba la ciudad como prueba
del poder de la familia. Inocencio y su familia sólo tardaron unos años en
obligar a los grandes clanes de la ciudad a obedecer; los Frangipani, los
Colonna y otros de ese jaez habían sido sobornados o superados tácticamente y
forzados a aguantar su pontificado en absoluto silencio. El denominado
Patrimonio de Pedro, la ancha franja de la Italia central codiciada por los
emperadores germanos, estaba de nuevo firmemente en manos del papado, y
sus fértiles campos y sus ciudades comerciales pagaban cada año elevados
tributos a Inocencio. Nadie prestó mucha atención a los papas indigentes del
siglo XII; ahora, cuando Inocencio se levantaba para hablar, toda Europa se
ponía derecha. Habían caído estruendosos anatemas sobre monarcas de
Francia, Alemania y Gran Bretaña, e intratables disputas entre seglares se
remitían regularmente al Papa por su papel de máximo arbitro. Se había
desarrollado una celosa burocracia dedicada a elaborar derecho canónico, pues
el propósito de Roma no era otro que codificar, y por tanto controlar, los
asuntos de un continente. Inocencio había sacado provecho incluso de la deshonrosa
cuarta cruzada. El saqueo de Constantinopla provocó que en el palacio
episcopal de Bizancio se instalara un patriarca latino. Por primera vez en siglos,
toda la cristiandad doblaba la rodilla ante Roma.
No obstante, aún quedaban, como decía Inocencio, «zorros en la viña del
Señor»,2 y la viña que corría más peligro pertenecía a los hombres que habían
ido a verlo. Parece que las reuniones entre Inocencio y los hombres de Tolosa
fueron cordiales, quizás incluso afectuosas. Según el cronista más contrario a la
causa occitana, Pierre de Vaux de Cernay, el Papa arengó una y otra vez al
conde Raimundo durante su estancia de un mes en Roma. Otra fuente
contemporánea, Guillermo de Tudela, transmitió una versión totalmente
distinta de las discusiones y especificó los obsequios ofrecidos por el Papa a
Raimundo como prueba de los buenos sentimientos: un anillo de oro, una capa
regia y un elegante palafrén. Dadas las posteriores instrucciones de Inocencio a
sus legados, es razonable conjeturar que el Papa sintiera cierta afinidad por
Raimundo, pese a las invectivas que salpicaban las cartas del pontífice dirigidas
al conde antes de la cruzada. Raimundo era un estadista de edad avanzada,
representante de una antigua familia que tenía lazos de sangre con Inglaterra,
Francia, Aragón y otros principados más pequeños. Como noble, Inocencio
quizá se pensó dos veces lo de desposeer de sus bienes a un personaje de tal
calibre. Aplastar a los Trencavel era una cosa; librarse de los importantes Saint-
Gilíes, otra muy distinta. Como abogado, el Papa seguramente era muy
consciente de que el desarrollo del derecho canónico a veces se inmiscuía en la
2 Inocencio no era el único clérigo que utilizaba esta imagen. En la Edad Media se trataba de una metáfora
muy habitual para referirse a las herejías; se hacía eco de un pasaje del Cantar de los Cantares (2,15).
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costumbre feudal. La presencia de los cónsules al lado de Raimundo
demostraba que, en lo sucesivo, los tribunales eclesiásticos deberían tener en
cuenta costumbres ciudadanas emergentes. No obstante, como Sumo Pontífice,
Inocencio sabía que ni los sentimientos de clase ni los escrúpulos legales debían
prevalecer sobre las cuestiones de fe. A su juicio, Raimundo era un protector de
los herejes y siempre lo había sido.
A raíz de la prolongada visita de la embajada occitana, Inocencio levantó el
interdicto bajo el que se hallaba Tolosa. En enero de 1210 escribió a sus legados
dándoles instrucciones. El conde no recuperaría el estado de gracia del que
había disfrutado tras su flagelación en Saint-Gilíes, pero no se expulsaría a
nadie de la comunidad cristiana. En primavera, se convocaría en el Languedoc
un tribunal eclesiástico especial para darle a Raimundo la oportunidad de
explicarse. Si en esa ocasión podía demostrar la falsedad de las acusaciones de
asesinato de Pierre de Castelnau y el incumplimiento de las promesas hechas
durante su penitencia en Saint-Gilíes, lo dejarían tranquilo. Se anularía la
excomunión, y recibiría toda la ayuda posible para expulsar a los herejes de sus
tierras. Si, por el contrario, el conde se negaba a exculparse, o no lo conseguía,
su caso se remitiría directamente al Papa. En asuntos de tal gravedad, sólo
Inocencio podía dictaminar.
Mientras en Roma Raimundo presentaba sus alegaciones, Tolosa estaba
alborotada, y su fama de ciudad de tolerancia e individualismo inteligente,
hecha añicos por la elocuencia y la agitación del hombre de la mitra. Fulko, el
mercader que fue trovador, después monje y, por fin, obispo, ya no necesitaba
que sus mulas marcharan en silencio al pasar frente a las casas de sus
acreedores. Todas las deudas de su diócesis estaban liquidadas y los primeros
éxitos de la cruzada lo empujaron a la acción.
Para Fulko, había llegado el momento de poner fin a lo que según él era la
escandalosa aceptación de judíos y herejes en su ciudad. , En cuanto sus
hermanos pecadores ardieron en Béziers, el obispo supo que los tejedores de
hábito negro andarían públicamente por las calles de Tolosa, difundiendo su
pernicioso dualismo. En una crónica se hablaba de caballeros que desmontaban
frente a hombres cátaros sagrados para realizar el melioramentum, el intercambio
ritual de saludos y bendiciones entre creyentes y perfectos, sin el menor recato.
Y lo que era aún peor, a ojos de Fulko, los católicos de Tolosa daban por buenas
esas ceremonias, como si las detestables costumbres de sus conciudadanos
fueran tan normales como hacer el signo de la cruz.
Fulko emprendió una campaña de sermones para infundir en los fieles el
miedo al fuego del infierno. El antiguo trovador confeccionaba sus homilías con
habilidad y sumo cuidado y, como consecuencia de ello, casi perdió su
audiencia. El obispo fulminaba la maldad de la usura y del cobro de intereses
en los préstamos, que a los cristianos de la primitiva sociedad medieval les
estaba prohibido. No obstante, al esgrimir el espectro de los intereses, a
menudo un preludio de la persecución de judíos en los circuitos
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evangelizadores medievales, no consiguió impresionar a los sofisticados
tolosanos. En la ciudad, los préstamos comerciales habían llegado a ser algo
corriente, y la venta de acciones —como se hizo para obtener capital a fin de
reconstruir las hilanderías del Garona dañadas por las inundaciones— se había
reinventado en la Tolosa de la época. Los judíos, excluidos de muchas profesiones
salvo la del préstamo de dinero, eran considerados conciudadanos
respetables, al igual que sus rivales cristianos en el negocio de la banca, algunos
de ellos crecientes cátaros.
El habitualmente astuto Fulko, que también se había dedicado a los negocios,
quizás infravaloró el atractivo de la herejía para los comerciantes de Tolosa. A
los primeros capitalistas les interesaba el catarismo —no el catolicismo—
porque su enfoque del todo o nada sobre el mundo material permitía a los
crecientes hacer lo que quisieran con su dinero. El obispo, luciendo sus sedas,
censuraba el dinero; los perfectos, con sus sencillos hábitos, admitían su
necesidad. La posición de la Iglesia —que llamaba pecaminoso al dinero
mientras practicaba una voraz recaudación de impuestos— era difícil de
sostener, incluso para alguien con las dotes oratorias de Fulko. En sus sermones
de réplica, los cátaros remachaban su ventaja. Para los perfectos, las palabras de
Fulko sobre la virtud y sobre el vicio de las cosas enlodazadas en lo material
eran otro ejemplo más de las argucias que la Iglesia hacía pasar por enseñanzas
morales. Si hubiera que hacer algunas discutibles distinciones, podría
considerarse que, de hecho, el comercio con dinero era una ocupación más
respetable que los trueques de cosechas o ganado. El dinero y los intereses eran
abstracciones, y, por ello, estaban menos contaminados por la tangible maldad
de lo material.
El obispo optó entonces por el argumento de la fuerza. La ciudad medieval
de Fulko no era un monolito de cónsules anticlericales y esforzados artesanos.
Existían fuertes rivalidades entre distritos, gremios e incluso familias;
inevitablemente, algunos se habían quedado atrás, arruinados, exprimidos por
los banqueros y mercaderes. En el barrio que había cerca de la catedral de SaintÉtienne,
la fuerza del patronato episcopal podía organizarse y sacar partido de
las diabluras de Dios.
Desde su púlpito, Fulko avivó los ataques contra los aprovechados, los ateos,
los que no poseían tierras y los usureros, llamando esa vez a tomar represalias.
Entre las filas de los descontentos, formó una milicia religiosa denominada
Hermandad Blanca. Sus integrantes lucían una gran cruz blanca que adornaba
llamativamente su hábito negro, y marchaban en procesión con antorchas en la
mano por las calles de sus enemigos. Fuertemente armados, lanzaban ataques
nocturnos contra las casas de judíos y cátaros destacados. Los incendios
provocados se volvieron algo respetable, casi sacramental.
En defensa propia, los acosados adversarios del obispo reaccionaron
fundando la Hermandad Negra. Su cometido consistía en hacer frente a los de
las melopeas y asegurarse de que no hacían ningún daño. Como ocurriría en las
ciudades del Renacimiento italiano dos siglos después, la Tolosa de 1210 sufría
el tormento de los enfrentamientos entre bandas, en los que las peleas y las
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emboscadas dejaban docenas de muertos o heridos. Los Negros y los Blancos
aterrorizaron a un pueblo acostumbrado a la paz ciudadana. El obispo Fulko,
escandalizado por la amistad cotidiana entre credos diferentes, había logrado su
objetivo.
Aunque Fulko consiguió que en su ciudad hubiera un desorden atroz,
Raimundo y sus cónsules, a su regreso, sabían que la peor amenaza para Tolosa
venía de fuera. No es que los devotos gamberros de la Hermandad Blanca no
lograran ser un serio fastidio, o el obispo un monumental parásito. De hecho,
las relaciones entre el obispo y el conde no podían ser más ásperas. Fulko
trataba a Raimundo como a un pescado apestoso; en una ocasión le exigió que
se diera un paseo fuera de las murallas para poder ordenar a sacerdotes en olor
de santidad incontaminada por la excesiva proximidad del excomulgado. Ante
los aliados de Raimundo se agitaba una y otra vez la amenaza de un nuevo
interdicto.
No obstante, por fastidiosos que fueran Fulko y sus Blancos, su campaña de
alborotos era un pálido reflejo de las fuerzas más tenebrosas que había fuera del
Languedoc. Si Tolosa quería conservar su independencia, debía llegar a un
acuerdo con el ejército de Simón de Montfort lo más rápidamente posible, antes
de que el indeseable francés acabara de revolver entre los restos de los dominios
de los Trencavel. Para evitar que Tolosa y sus posesiones fueran los siguientes
de la lista, Raimundo tenía que reunir argumentos y aliados que reforzaran su
campaña de rehabilitación. El ablandamiento de Inocencio, que había sido la
finalidad de su viaje a Roma, estaba teniendo el efecto deseado: los legados
estaban organizando, bien que de forma lenta, un consejo que oyera la defensa
del conde contra las acusaciones que habían provocado su excomunión.
Durante la primavera y los inicios del verano de 1210, la misma época en que
Simón estaba mutilando en Bram y construyendo la Malvoisine en Minerve,
Raimundo recorrió todo el Languedoc, resolviendo disputas con monasterios
locales, derribando castillos ofensivos o pagando compensaciones. Su propósito
era cumplir todas las promesas hechas en su humillación pública.
En julio de 1210, tres meses después del plazo fijado por el Papa, se convocó
el cónclave especial en Saint-Gilíes, la misma ciudad del Ródano donde un año
antes Raimundo había permitido que Milo lo azotara. Habían muerto todos los
habitantes de Béziers, al igual que el sobrino de Raimundo, el vizconde
Trencavel de Carcasona. Tampoco estaba Milo, fallecido de improviso en la
primavera de 1210. Tolosa, la capital de Raimundo, estaba al borde de la guerra
civil, y Simón acababa de quemar a los cátaros en Minerve. Sólo los más
importantes nobles del sur, Raymond Roger de Foix y Pedro de Aragón,
apoyaron al conde en su esfuerzo por mantener alejada de su territorio la plaga
de la cruzada.
Raimundo iba a defenderse de la acusación de asesinato de Pierre de
Castelnau. Los clérigos del sur, aunque despreciaban a Raimundo, debían
escuchar lo que tenía que decir. Las instrucciones de Inocencio eran muy
explícitas.
No obstante, el Papa infravaloró la animosidad que la jerarquía católica del
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Languedoc abrigaba contra Raimundo. Arnaud Amaury todavía encabezaba la
ofensiva contra Tolosa, pero ahora estaba hábilmente secundado por un tal
Tedisio, sustituto de Milo. Ante las intrigas que habían precedido a la reunión,
Pierre de Vaux de Cernay, el más procatólico de los cronistas presentes en el
consejo, admitió con franqueza: «[Tesidio] deseaba fervorosamente encontrar
algún mecanismo legal en virtud del cual pudiera evitarse que el conde
demostrara su inocencia. Pues se dio perfecta cuenta de que, si se daba al conde
autoridad para exculparse —objetivo que podía lograr mediante fraude o
alegaciones falsas—, se echaría a perder todo el trabajo de la Iglesia en el
territorio.»
En el cónclave, Arnaud Amaury solicitó hablar ante Raimundo. Su alegato
fue sencillo: cuando los clérigos se habían reunido en Aviñón el anterior mes de
septiembre, el conde Raimundo no había cumplido las condiciones de su
penitencia, por lo que había sido excomulgado. Estas promesas aún no se
habían cumplido, en especial las relacionadas con la recaudación ilegal de
impuestos en tierras de la Iglesia. Por tanto, Raimundo había sido, y todavía
era, un perjuro. Si no se podía confiar en él en tales cuestiones sin importancia,
tanto menos se le debía escuchar en asuntos mucho más serios. En sus tierras
prosperaba la herejía cátara, que él también había jurado eliminar. No había
alegato posible si el acusado carecía ya del menor atisbo de credibilidad. Había
mentido una vez; no se le debía permitir que mintiera de nuevo.
Los obispos y abades reunidos, preparados de antemano para esa trampa del
perjurio, admitieron que la palabra de un noble que juraba en falso no tenía
valor. No dejarían hablar a Raimundo de Tolosa. Incluso los cronistas que lo
detestaban observaron las lágrimas que llenaron los ojos del conde cuando se
anunció la decisión.3 El conde había sido amordazado mediante un tecnicismo
que ni siquiera el puntilloso Papa había previsto.
Las instrucciones de Inocencio habían dado al consejo el poder de absolver a
Raimundo pero no de condenarlo. Si no le permitían hablar, era imposible la
absolución. En Saint-Gilíes, las cabezas tonsuradas votaron que se prolongara
indefinidamente la excomunión decretada en 1209. Con ello no tomaban
ninguna iniciativa que pudiera interpretarse como desobediencia al Papa;
estaban tan sólo manteniendo el statu quo. El argumento del perjurio era una
táctica ingeniosa, un hito, se podría decir, en los anales jurídicos. Inocencio
estuvo de acuerdo con la decisión, aunque quizá no estuviera convencido de su
justicia. En una carta dirigida poco después al rey Felipe Augusto de Francia,
reconoció que «sabemos que el conde aún no ha justificado sus acciones, pero
no podemos asegurar que esta omisión sea culpa suya».
Raimundo dedicó los seis meses siguientes a intentar que los prelados
cambiaran de opinión. Una disparatada serie de conferencias y cónclaves
animaron las principales ciudades del Languedoc mientras Raimundo llamaba
a puertas que no se abrían porque estaba excomulgado. Sus promesas de
3 Pierre de Vaux de Cernay se refiere a las lágrimas de Raimundo, que atribuye de inmediato a «la rabia y
la felonía» más que «al arrepentimiento y la devoción».
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mayores concesiones a la Iglesia eran automáticamente nulas a menos que
fueran acompañadas de un juramento; sin embargo, no podía jurar nada hasta
que la excomunión fuera levantada. Y el conde no podía solicitar una audiencia
ya que, como perjuro que era, no podía hablar.
En la segunda mitad de 1210 el tiempo apremiaba, pues la sucesión
ininterrumpida de victorias de Simón de Montfort acercaba cada vez más a éste
a territorio de los Saint-Gilíes. A la victoria en Minerve siguió la toma de
Termes, un castillo situado en una cumbre de Corbiéres que se creía inaccesible
salvo para las cabras monteses. Mientras Simón y su cuadro de entrecanos
caballeros y cruzados de Alemania y Flandes trepaban por la empinada cuesta,
un sacerdote parisino especialista en asedios llamado Guillaume dirigió los
lanzamientos de las catapultas, y la siempre fiel Alice de Montmorency, esposa
de Simón, encabezó refuerzos que se abrieron paso por los peligrosos
desfiladeros hasta la vulnerable posición de su esposo. Al cabo de cuatro meses,
Termes se rindió y su señor fue enviado a las mazmorras de Carcasona.
Termes y una serie de ejecuciones en la horca y la hoguera provocaron otra
oleada de capitulaciones. Incluso Pierre Roger de Cabaret renunció a su desafío
al anunciar a su prisionero, Bouchard de Marly, que le entregaría sus tierras,
castillos y títulos a cambio de que el nuevo vizconde de Carcasona lo tratara
con clemencia. Bouchard quedó en libertad, y la base rebelde de la montaña
Negra dejó de funcionar. Con el nuevo año, los Trencavel habían perdido la
gran mayoría de sus posesiones.
El rey Pedro de Aragón intentó impedir que la guerra sepultara al resto del
Languedoc.4 En enero de 1211, hizo una generosa oferta a la Iglesia: Pedro
reconocía a Simón de Montfort como vasallo suyo, concediendo por tanto una
garantía jurada de aprobación al nuevo vizconde entre los nobles de ambos
lados de los Pirineos. El lazo de vasallaje, un complejo vínculo de subordinación
para el vasallo y de obligaciones para el señor feudal, era por encima de todo un
contrato que establecía legitimidad. Al reconocer a Simón, Pedro estaba
condenando al hijo pequeño del último Raymond Roger Trencavel a la
marginalidad feudal y, al mismo tiempo, aceptando el derecho de la Iglesia a
deponer a sus vasallos sin su permiso. Era una concesión importante por la que
Pedro trató de obtener algo a cambio: la restitución a su cuñado, Raimundo VI,
de su lugar legítimo como señor más importante del Languedoc. Pedro podría
muy bien haber añadido que Raimundo de Saint-Gilíes, conde de Tolosa,
4 Pedro hizo lo imposible por afianzar la paz y, en el proceso, ambos bandos mantuvieron un equilibrio
precario. Ofreció a su hijo en matrimonio a la hija de Simón. La guerra rompería esos esponsales. Al
mismo tiempo, casó a su hermana con el hijo de Raimundo. Dado que Raimundo VI ya estaba casado con
otra hermana de Pedro, él (Raimundo) y su hijo pasaron a ser cuñados, relación ante la cual se enarcaron
unas cuantas cejas. En el asunto de los Trencavel, Pedro se comportó de manera tan razonable como cabía
esperar. A cambio de que Simón accediera a pagar una pensión a Agnes de Montpellier —viuda de
Raymond Roger de Trencavel— Pedro reconocía su legitimidad. A continuación, Agnes y su pequeño
Raimundo se trasladaron a Aragón, donde vivieron con la familia real. Tras alcanzar la edad adulta, el
hijo desheredado cruzaría por dos veces los Pirineos y trataría de reclamar Carcasona.
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Quercy y Agen, duque de Narbona, marqués de Provenza, vizconde de
Gévaudan, no era un simple siervo al que se pudiera pisotear.
Arnaud Amaury prometió poner fin a la farsa del ostracismo de Raimundo
en un consejo que se celebraría en Montpellier el mes siguiente. El 4 de febrero
de 1211, se dijo a Pedro y Raimundo que aguardaran en el frío exterior de un
templo mientras los legados dictaban a un escribano la propuesta de la Iglesia.
Dados los antecedentes de Arnaud como negociador implacable, los dos
hombres que permanecían de pie en el frío viento de febrero seguramente se
temían un documento severo.
Arnaud no decepcionó.5 Un miembro letrado de su séquito leyó el
documento a Raimundo. El legado ordenaba al conde que renunciara al uso de
mercenarios, pagara a los clérigos lo debido, no recaudara impuestos ilegales,
dejara de contratar a judíos, y entregara a los cruzados todos los herejes de su
territorio en el plazo de un año. Las novedades estaban en la segunda parte:
había que demoler todos los castillos y fortalezas del Languedoc, se prohibía a
Raimundo y sus súbditos comer carne más de dos veces a la semana, en lo
sucesivo todos debían vestir sólo bastos hábitos obscuros, se obligaba a los
nobles a abandonar el campo y vivir «como villanos», y todos sus bienes,
propiedades y posesiones terrenales se ponían a disposición de los cruzados.
Además, se ordenaba a Raimundo que fuera a Palestina y que permaneciera allí
hasta que la Iglesia le permitiera regresar.
Eso no era una rama de olivo, sino un garrote. Raimundo bufaba en silencio;
a continuación, según un cronista, le hizo un gesto a Pedro. «Venid aquí, mi
señor —dijo con una sonrisa—. Escuchad este documento y las extrañas
órdenes que los legados dicen que debo obedecer.» Se lo leyeron al rey, y
cuando éste terminó de escuchar, dijo en voz baja: «Dios del cielo
Todopoderoso, ¡esto hay que cambiarlo!»
La Iglesia pedía nada menos que toda la nobleza del Languedoc
desapareciese y dejara vía libre para que otros ocuparan su sitio. Raimundo se
marchó al galope sin siquiera dignarse dar una respuesta; jamás volvería a
considerar la posibilidad de participar en una cruzada. Por este y otros actos de
descarada impiedad fue solemnemente excomulgado de nuevo, y todos sus
territorios quedaron bajo interdicto. Inocencio decidió confirmar la sentencia.
Por fin la guerra santa se acercaba a tierras de Tolosa cuando en abril de 1211
Simón de Montfort detuvo sus cruzados en la ciudad de Lavaur. Entre ellos se
hallaban Enguerrand de Coucy, acaudalado noble de Picardía,6 y Pierre de
5 La ultrajante oferta de Arnaud sólo aparece en la Canso, lo que llevó a muchos historiadores a poner en
tela de juicio la realidad de la propuesta. Uno de los escépticos más influyentes es Joseph R. Strayer,
quien, en The Albigensian Crusades, llama a Guillermo de Tudela «escritor no del todo fiable» (p. 78).
No obstante, en el mismo pasaje Strayer admite que el tenor general de las demandas es razonable.
6 Entre los grandes señores de la cruzada de 1211 se contaban Robert de Courtenay (primo hermano de
Raimundo VI de Tolosa), Juhel de Mayenne, Pierre de Nemours y Enguerrand de Coucy. El último
debería sonarles a los que han leído A Distant Mirror, de Barbara Tuchman, un relato de la familia Coucy
en el «calamitoso siglo XIV». El Enguerrand de Lavaur es un antepasado del héroe de Tuchman del
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Nemours, el obispo de París. Pierre había ido al Languedoc para unirse a su
hermano Guillaume, el sacerdote del cabildo de la catedral de París cuya
habilidad en los asedios había ayudado a someter Termes. Muchos
historiadores creen que Domingo, gran amigo de Simón de Montfort, también
estaba presente en Lavaur. Para completar la pompa de los cruzados, varios
centenares de hombres de la Hermandad Blanca ocuparon sus posiciones en la
ladera opuesta a la ciudad para cantar sus himnos bajo la dirección del obispo
Fulko de Tolosa.7
El asedio a Lavaur duró más de lo previsto, porque Simón carecía de fuerzas
suficientes para asfixiar la ciudad, ya que sus refuerzos habían sido aniquilados
por el conde Raymond Roger de Foix. En un ataque por sorpresa, Raymond
Roger y sus radicales caballeros montañeses se abalanzaron sobre una columna
de cruzados que habían hecho un largo camino desde Alemania para
incorporarse al ejército de Simón. A menos de un día de Lavaur, sufrieron una
emboscada en Montgey, una colina cercana a Saint-Félix de Lauragais,8 el
pueblo en el que los cátaros se habían reunido en 1167. Los caballeros
pirenaicos se precipitaron contra los miles de desventurados infantes y mataron
a todos los que pudieron antes de que los cruzados de Lavaur acudieran a
salvarlos. Cuando llegó Simón, Raymond Roger y sus hombres ya habían
alzado el vuelo. El cabecilla de la cruzada sólo encontró grupos de campesinos
de los pueblos próximos, que, cuchillos y garrotes en mano, estaban rematando
la faena empezada por el conde de Foix.
Al mes siguiente llegó la respuesta de Simón. El 3 de mayo de 1211, el padre
Guillaume y sus zapadores abrieron brecha en las murallas de Lavaur, y los
cruzados tomaron la ciudad por asalto. Los ochenta caballeros occitanos que
habían dirigido la defensa de la plaza fueron colgados, en una notoria burla de
las leyes de la guerra. Por lo general, a los nobles apresados se los encarcelaba o
eran devueltos a sus familias a cambio de un rescate; al matarlos, los cruzados
estaban poniendo de manifiesto que los dirigentes legítimos del Languedoc
mismo nombre. Fue nuestro Enguerrand quien, en 1225, comenzó la construcción del gran castillo de
Coucy-le-Cháteau-Auffrique, que aparece de forma tan destacada en el relato de Tuchman. Los alemanes
volaron la fortaleza de Coucy —el castillo medieval más espléndido de Francia— en su retirada
estratégica del Noyon Salient en 1917, uno de los actos de vandalismo más devastadores y gratuitos de la
Gran Guerra.
7 El número de pecadores y soldados de Fulko crece según las fuentes consultadas, desde unos centenares
hasta cinco mil. Lo que sí es cierto es que esos hombres eran agitadores de la ortodoxia. Debido a la
costumbre, he optado por seguir el ejemplo de Joseph Strayer y siempre me he referido al obispo como
Fulko. En algunos relatos aparece como Foulquet cuando era trovador y Foulque o Foulques en su
posterior encarnación como obispo.
8 El asesinato en masa de Montgey conmocionó profundamente a los cronistas y clérigos de toda Europa.
En primer lugar, era la primera matanza masiva de peregrinos en los veinte años de cruzada. Además, la
acción de mutilarlos y rematar a los heridos se dejó en manos de campesinos y villanos, lo que constituía
una transgresión casi intolerable del orden social. Puestos a buscar excusas, esto podría justificar la
crueldad de Simón de Montfort con Geralda y los ochenta caballeros de Lavaur, que violaba todas las
costumbres habituales con los nacidos de noble cuna. Cerca de la actual Montgey, en un calvario del
pueblo de Auvezines, junto a la carretera, hay una placa en recuerdo de la columna de peregrinos
armados. Ahí tenemos una incongruencia puntual: debe de ser la única placa en Francia que lamenta la
muerte de los integrantes de un ejército alemán invasor.
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eran tan enemigos como los herejes. El líder de los derrotados defensores era
Aimery de Montréal, el señor que había sido anfitrión de los debates entre
cátaros y católicos y que, en 1210, había jurado lealtad a Simón de Montfort.9
Pagó un alto precio por traicionar a los del norte; se decía que el peso del
cadáver grande y sin vida de Aimery había partido la viga transversal del
cadalso.
Aimery había faltado a su palabra dada a Simón para ir en ayuda de su
hermana, Geralda, la señora del castillo de Lavaur. Su madre era Blanche de
Laurac, gran señora del catarismo, cuyos otros tres hijos habían llegado a ser
perfectos. Aunque ni Aimery ni Geralda habían recibido el consolamentum, se
sabía que ambos eran crecientes. Geralda, viuda, adquirió cierta fama por su
generosidad con los indigentes; según las crónicas, era la mujer noble más
querida del Languedoc. Tras colgar a su hermano, Simón de Montfort arrojó a
Geralda a un pozo y después la apedreó hasta la muerte. Incluso para los
criterios de la época, la acción fue espantosa.
Con todo, ese día de mayo de 1211, el destino de Geralda, Aimery y sus
caballeros sólo era un preludio. La fama de la señora por su hospitalidad, en
especial tras el atroz verano de Béziers, se había difundido por todo el sur:
Simón de Montfort y Arnaud Amaury hallaron en Lavaur cuatrocientos
perfectos. Mientras la Hermandad Blanca de Fulko cantaba un tedeum, se hizo
marchar a los cátaros hasta la orilla del río y allí fueron quemados vivos, en la
mayor hoguera de la Edad Media.
9 El pueblo de Montréal no guarda relación alguna con la gran ciudad que hay junto al río San Lorenzo.
Primero guarnición romana, la suave elevación se convirtió en pueblo en el siglo IX y debe su nombre a
una degeneración del latín Mons Regalis (montaña real) o Mons Revelatus (montaña pelada). Se dice que
el nombre de su hermana cátara, Fanjeaux, deriva de Fanum Jovis (templo de Júpiter). La narración en
que el voluminoso cadáver de Aimery derriba el cadalso tiene su origen en la Hystoria de Vaux de
Cernay. La altura media de los guerreros de la Francia del siglo XIII no llegaba al metro sesenta. En
cuanto a Geralda, un cronista católico posterior afirmó que ella y Aimery tuvieron varios hijos nacidos de
sus incestuosas relaciones, una difamación bastante corriente de la que eran objeto los herejes.
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