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César Espino Barros
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Qué es la democracia electrónica
La teledemocracia (también llamada democracia electrónica, ciberdemocracia, tecnopolítica, política vía satélite o "insta-polling") consiste en la posibilidad de los ciudadanos de sufragar permanentemente las grandes decisiones políticas. La idea acerca de esta modalidad participativa comenzó a ser motivo de discusión en los años 60, "cuando los investigadores empezaron a descubrir el potencial cívico de la nueva tecnología electrónica" (Gil Galindo). Sin embargo, cobra mayor relevancia y se convierte en una "fiebre" cuando las tecnologías comienzan a proliferar incorporándose en el ámbito cotidiano de las personas y, especialmente, cuando los cambios culturales empiezan a promover un individualismo no atado a lo colectivo, vuelto además al ámbito de lo privado y propenso a desarrollar desde el hogar actividades que antes realizaba fuera de él (alquiler de películas, compra de productos, contratación de servicios, etc.)
La característica de la tecnología que alienta a la ciberdemocracia es la interactividad, pues otras tecnologías de la comunicación, como la televisión -ámbito privilegiado de la comunicación política-, son vistas como un elemento distanciador más en la relación entre gobernantes y gobernados. Esta particularidad, además, diferenciaría un consumo pasivo -el de la TV, fundamentalmente- de uno activo -Internet-. Asimismo, algunos de sus defensores llaman la atención sobre una suerte de "transparencia" y horizontalidad de la red que no es tal en otros medios.
Para no incurrir en una generalización sin matices señalaremos que esta perspectiva adquiere distinto significado si se considera a las tecnologías como un complemento para la deliberación en el marco de la democracia representativa o si se suponen como reemplazo de la instancia de representación para dar lugar a una democracia directa. En el primer caso, la orientación es hacia una participación a nivel local sobre cuestiones caras a los habitantes de una comunidad. Se asegura de esta manera la posibilidad de acceso a la tecnología (mediante la organización de centros en escuelas o entidades barriales) y el conocimiento (o la posibilidad de conocimiento a futuro) de los actores intervinientes así como de los representantes políticos, de manera de augurar mayor fiabilidad a la información circulante. Si bien la modalidad se comienza a hacer presente en la red desde los años 80, el uso de Internet a estos efectos no es el que presenta un mayor porcentaje. Aún así, no son desdeñables estas experiencias, en las cuales la metodología principal parece ser la intervención a través de opiniones sobre distintos tópicos y la agrupación con otros ciudadanos en virtud de sus propios intereses o la opinión sobre proyectos que se encuentran en el congreso, las legislaturas o los concejos municipales.
En el segundo caso la participación mediante Internet utiliza como un "a priori" la intención y la capacidad de los individuos de involucrarse en las cuestiones públicas desde su ámbito privado. Así, por ejemplo, Newt Gingrich (representante de la nueva derecha americana) afirma que mediante la apertura de un servidor llamado THOMAS (The House Open Multimedia Access System), que llevará a Internet toda la actividad del Congreso, "será más difícil hacer pasar proyectos de ley que beneficien solamente los intereses particulares" y que la difusión de "informaciones en tiempo real dará a toda la gente, y no sólo a los lobbystas bien pagos, el acceso a las mismas fuentes".(N. Gingrich citado en Almeida Santos, 2000). Asistimos aquí a la opción por un modelo de funcionamiento democrático suplantador en parte o en su totalidad, en la versión más extrema, del instituto de la representación y, aunque este reemplazo nos remita en principio a una cuestión "procedimental", involucra aspectos más profundos. La democracia electrónica sería, en esta segunda versión, una solución posible a los problemas de la escasa participación, el acceso a la información, la toma de decisiones políticas guiadas por intereses mezquinos de los representantes, la compatibilización entre una cultura individualista que repliega a los individuos en sus hogares y la posibilidad de estar involucrado en las cuestiones públicas sin necesidad de abandonar la comodidad del hogar, la superación del "ciudadano niño" que requiere que otros tomen decisiones por él, entre otros aspectos. Un ejemplo de este punto de vista se encuentra en el partido español Democracia Directa Activa.
1.1. Puntos vulnerables de la ciberdemocracia
La mejor referencia respecto de los beneficios de estas tecnologías son algunas de las experiencias cuyas páginas vale la pena visitar (Democraciawb, Cybervote, Agora, Democraciadirecta.com, Cibercomunidaes.net). Sin embargo, existen algunos puntos que deberíamos pensar para no incurrir en una defensa superficial, no razonada, del incremento del directismo.
En primer lugar, el mayor acceso a la información no implica, necesariamente, que la democracia se refuerce: más información no se traduce necesariamente en mayor y mejor democracia, aunque aquella -como lo señalan la mayoría de los teóricos de la democracia, Dahl, Sartori, Bobbio- aparezca como una condición indispensable del funcionamiento de esta forma de gobierno. "Overnewsed" but "underinformed", señalan algunos. Hoy la información -especialmente la información en internet- compite con un cúmulo de comunicaciones fáciles, relajadas, cómodas, que no requieren el esfuerzo señalado por Ignacio Ramonet con su frase: "informarse fatiga". Daniel Bougnoux pone esta situación en otras palabras: "Preferimos en general el espectáculo, aunque sea horrible..., de una guerra a un curso de historia-geografía o de economía: un pequeño sudanés esquelético espanta -pero molesta menos, sin embargo, que explicar el intercambio desigual y el interés de las grandes potencias. La imagen zoom sobre los efectos sin demorarse en el travelling o en la panorámica sobre las causas, que quedan fuera del campo". Y agrega: "...se puede dudar de que nos sumerjamos en 'las infos' a la vuelta del trabajo para aumentar nuestros conocimientos o nuestra conciencia crítica...Nadie ignora las informaciones, pero nadie está obligado a comprenderlas. 'Conmoverse instantáneamente por todo, para no ocuparse durablemente de nada' (Amin Maalouf): la masa en nosotros y fuera de nosotros...se comprueba afectada, excitada, pero en el fondo poco involucrada". Consumimos informaciones en dosis "homeopáticas". La disponibilidad de la información no es directamente proporcional a la disponibilidad de los individuos para involucrarse en las cuestiones que aquélla trata.
En segundo lugar, la participación política electrónica podría empobrecer la calidad de la democracia si se reduce al voto electrónico. La deliberación constituye una dimensión clave de la democracia. Ésta última se funda en una constatación de incertidumbre y por tanto en la existencia de una pluralidad de respuestas posibles a los diversos problemas de la sociedad, pluralidad que se manifiesta en los procesos deliberativos, respecto de los cuales los medios han demostrado poca utilidad hasta el momento. Esto es, precisamente, lo que diferencia al campo de lo político de la gestión, la cual supone la existencia de una solución única que optimice las restricciones (Fitoussi y Rosanvallon, 1997). La idea del voto electrónico parece acercarse más bien a esta última. Asimismo, dosis crecientes de participación directa tampoco implican un mejora en la calidad de la democracia o llevan a suponer la toma de mejores decisiones. G. Sartori señala que: "...los referendos están aumentando y se convocan cada vez más a menudo, e incluso el gobierno de los sondeos acaba siendo, de hecho, una acción directa, un directismo, una presión desde abajo que interfiere profundamente en el problem solving, en la solución de los problemas. Esta representará una mayor democracia. Pero para serlo realmente, a cada incremento de demo-poder debería corresponderle un incremento de demo-saber". La democracia como gobierno de opinión, señala además el politólogo italiano, está amenazada si esta opinión es cada vez más heterodirigida, idea que desmiente la relación más participación/mejor calidad de la democracia.
Tercero, la democracia no implica sólo intercambio de opiniones sino también decisiones. La participación del ciudadano sobre un sinnúmero de cuestiones demandaría un tiempo importante de su vida. Es un argumento bastante simple, pero cabe tenerlo en cuenta si su contracara resulta en el ofrecimiento de dos opciones (si o no) frente a un problema, con lo cual las cuestiones públicas se presentarían en forma simplificada y maniquea. La sociedad es compleja, los problemas también lo son y las soluciones presentan, por ello, idénticas características. La versión maniquea de la realidad ya es un tópico en la crítica a la televisión y no hay nada particular en Internet que haga pensar que esta misma dificultad no se presente.
Existen, en cuarto lugar, objeciones en cuanto a la fiabilidad de la información y la posibilidad de vigilancia de nuestras preferencias y esto no constituye un tema menor. Existen factores aún no controlables en la red, como los virus (piénsese por ejemplo, en el virus I love you), que podrían "torcer" una voluntad tan claramente expresada como aquella que deviene de cada uno en forma individual. Los problemas de seguridad no se relacionan sólo con virus; en el último tiempo asistimos a la versión electrónica de las "cadenas" de correspondencia que tienen por objetivo la apropiación de direcciones de correo electrónicas para armar listas de correo que luego son vendidas. Una alternativa a este problemmos considerado al principio de este texto la cuestión de la desigualdad como el argumento más generalizado, cabe una reflexión sobre este punto. Al respecto, Almeida Santos se pregunta si la participación electrónica no representa un aggiornamento del viejo elitismo iluminista conjuntamente con un populismo, que se expresa en el pregón de la participación directa extendida para todos, a la vez que se trata de un acceso que implica más saber y más medios que la participación política tradicional, y por tanto, más exclusión. Esto especialmente si la participación virtual se presenta "como se pretende, no sólo como medio de expresión electiva, sino también bajo la forma de ejercicio continuo de control y de participación" en los procesos de decisión. Asimismo, nos alerta sobre la transformación de los ideales políticos en un constante refrendar proyectos concretos. Estaríamos frente a un "permanente testeo de la opinión pública como método privilegiado de instrucción de los procesos de decisión. O sea, la democracia como un inmenso hipermercado de consenso electrónico: simple espacio de distribución de bienes políticos de consumo rápido, producidos no se sabe bien dónde, mas seguramente a precios de saldo y accesibles a todos." (Almeida Santos, 2000)
2. La cultura posmoderna, ausencia de mediación y participación directa
La idea de la participación directa encuentra en la crisis de la modernidad y el surgimiento de la cultura posmoderna su base de desarrollo, especialmente por la ruptura que ésta implica con los proyectos colectivos y por el crecimiento de un individualismo que implica, además, el incremento de la dimensión de responsabilidad de cada uno.
Frente a la crisis de la modernidad, José Joaquín Brunner señala tres posiciones que mencionamos a muy grandes rasgos.
La primera es la neoconservadora: asentada fundamentalmente en las afirmaciones de Daniel Bell respecto de la existencia de tensiones y contradicciones entre los tres ámbitos principales de la sociedad -economía, política y cultura-, siendo ésta última la que habría difundido "una exaltación hedonista del yo, junto con un rechazo total de los valores burgueses". La erosión de los pilares de sostén de la sociedad norteamericana (la ética protestante y el temperamento puritano) se habría producido por el mismo desarrollo del mercado capitalista (especialmente la institución del crédito y el consumo masivo, con el consiguiente debilitamiento de la cultura de la austeridad y el ahorro y la ponderación del esfuerzo personal). En esta perspectiva, la salida posible está en un "back to basics".
La segunda se apoya en la crítica del postmodernismo: caracteriza a la postmodernidad como "deconstrucción" y rechaza la "tiranía de las totalidades" . Este 'deshacerserse' expresa el rechazo del sujeto y la razón totalizante conjuntamente con la atención por los fragmentos, el fin de los grandes relatos y el surgimiento de racionalidades locales. En esta vertiente, el proyecto de la modernidad ha llegado a su fin.
La tercera sostiene que el proyecto de la modernidad no ha acabado y apunta a un rescate y una reforma de la propia modernidad, su proyecto y su práctica.
Pongamos nuestra atención en la segunda vertiente, la cual parece funcionar como el contexto ideal para promover la ausencia de mediaciones. Frente a la crisis de la modernidad, el primer momento posmoderno fue vivido como emancipación de los rígidos moldes de la modernidad. "La versión celebratoria resulta comprensible: tras varios siglos de disciplinamiento y de metodicidad, se arribaba por fin a un nuevo talante, que permitía todo aquello que antes se había cercenado" (Follari, 1998).
Una de las manifestaciones de esta versión celebratoria fue el festejo del declive de la historia unitaria y progresiva, la pérdida de fundamentos absolutos, la ligazón a un proyecto colectivo, la definición de un sentido único de la existencia del hombre y, fundamentalmente, el fin de los grandes relatos. En el plano de lo político, podemos enmarcar dentro de tal crisis a las categorías de nación y clase. La Nación -y específicamente, la idea de identidad nacional- como elemento de cohesión que genera identidad colectiva y sentido de pertenencia, comenzó a hacer visible sus propias contradicciones internas: la primera, respecto de la posibilidad de que la complejidad social pudiera ser reducida a una sola voluntad colectiva; la segunda, en cuanto a que la representatividad política, siendo un aspecto parcial de la totalidad social, pudiera representar a la sociedad en su conjunto, como un todo unificado. Por otra parte, la referencia al concepto de Clase, remitía directamente a los actores contenidos en la tradicional distinción dominantes-dominados. Todo conflicto o toda contradicción responderían a una sola lógica: la inherente a la lucha de clases. Hoy, ningún grupo social parece portador de intereses generales; no existe apelación a principios globales de legitimidad; el recurso a la historia se ha debilitado, en tanto ya no creemos en la sucesión de una sola forma histórica sino en la pluralidad de vías de desarrollo. Este quiebre de la idea de identidad nacional y de la oposición entre una clase dominante y otra dominada, reflejaría -en cierto modo- la existencia de vastos sectores sociales hasta el momento no contenidos o negados en estas categorías y una reducción de los conflictos a universos opuestos diametralmente. Desde esta perspectiva, la crisis de lo político no se refiere, como superficialmente a veces se expresa, al plano de la administración de la cosa pública, sino fundamentalmente al plano de la definición de una identidad social compartida por el conjunto.
Desde la posición "proposmoderna", estas rupturas fueron vistas con agrado. Sin embargo, las promesas inciales de la posmodernidad fueron trayendo consecuencias paradójicas: "en nombre de la mayor tolerancia, se producía un vacío de normatividad, dejando espacio compensatorio a fanatismos racistas...; el dibujo de jóvenes sin ideales duros se parecía demasiado al de aquellos sin ideales a secas;...del abandono del fanatismo ideológico/político se pasó al abandono de toda preocupación por lo colectivo..." (Follari, 1998). Los referentes perdidos no encontraron reemplazo y la fragmentación inicial se convirtió en una fatal descomposición y desintegración de la sociedad. El festejo posmoderno fue llegando a su fin.
El estado de la situación al cual hoy asistimos no es mera crisis de las organizaciones sino un fenómeno más profundo de "desinstitucionalización", en el sentido fuerte de pérdida de pautas supraindividuales de regulación de la vida social sin que exista para éstas un reemplazo. Y esto repercute fuertemente en los sujetos sociales.
3. Del individuo hedonista al individuo negativo
La cuestión del individualismo no resulta menor si consideramos que toda propuesta de recomposición o transformación de la democracia que tenemos (incluso, la alternativa que propone el impulso de la democracia electrónica) deberá considerar al sujeto de su praxis. Y la situación actual de tal sujeto no es tan simple.
El proceso de individualización de la sociedad moderna registra diversos momentos. Si el individuo moderno reclamaba por sus propios derechos, lo hacía siempre en el marco de reglas colectivas. La cultura posmoderna, en cambio, inaugura un perfil inédito de los individuos en sus relaciones con él mismo, con su cuerpo, con el "otro", con el mundo y el tiempo. Es un individualismo propio de un capitalismo permisivo y hedonista, avalado por la sociedad de consumo. Se trata de un individualismo "puro", desprovisto de los clásicos valores sociales y morales. (Lipovetsky, 1992).
Sobre esta base del individuo hedonista de la era posmoderna en los 60, la ideología neoliberal (que encuentra un buen sustento en la cultura posmoderna) suma otra variante de impulso al proceso: el individuo conquistador, que domina en los años 80. Éste se encuentra guiado por el modelo empresarial y está destinado a triunfar en el mercado, bajo la creencia de que cada uno, según su capacidad, puede competir con igualdad de oportunidades, e incluso que el éxito de algunos podría "derramar" prosperidad sobre otros (evocando una vieja fórmula liberal). Montado sobre la crisis de la política, funciona bajo el lema: "de lo que la política no se encarga, lo económico se ocupa". Las características del individualismo hedonista sumadas a las de un individualismo guiado por el modelo empresarial resultan en el estado individual "ideal" para rechazar los relevos colectivos y hacerse cargo de la propia existencia en todos los aspectos de la vida, incluso en cuanto a la definición de las decisiones políticas que lo afectarán.
Pero hacia fines de la década, se empiezan a hacer notar las consecuencias de este modelo: el culto de la performance no genera empleo, más bien genera excluidos de la cultura del éxito. (A. Ehrenberg) Y así como el festejo de la posmodernidad llega a su fin, pues "al final de la deconstrucción todo queda deconstruido", sin alternativa futura ni reemplazo, también la celebración de este individuo hedonista/conquistador culmina.
La autonomía propulsada por el modelo empresarial se incrementa en un sentido negativo con la crisis de lo político y la incertidumbre generada por las consecuencias nefastas de la ruptura de toda referencia colectiva y lazo de solidaridad. Este se expresa en la figura del individualismo negativo. En él encarnan las transformaciones en las relaciones individual/colectivo. Durante un largo tiempo la referencia a lo colectivo fue un medio fundamental para la satisfacción de las necesidades individuales. Hoy el porvenir parece cada vez menos ligado a un destino común, es incierto. La pertenencia a un grupo ya no está allí para dar sentido y se producen trastornos identitarios en espacios que antes eran referentes protectores (la familia, el trabajo, etc.). En términos de Ehrenberg: "el número de mecanismos sociales que favorecían automatismos de comportamiento o de actitudes ha disminuido ampliamente en provecho de normas que incitan a la decisión personal...".
Al contrario de lo que parece a simple vista, el individualismo negativo no es el sucesor del individualismo conquistador. Por el contrario, ambos aspectos del individualismo son "dos elementos indisociables en la afirmación de sí mismo" (Fitoussi y Rosanvallon, 1997). Vale la pena una cita clarificadora: "La libertad ya no debe solamente conquistarse. Paradójicamente, se convierte en un pesado imperativo. 'Sea autónomo', 'sea responsable': en lo sucesivo, estos llamamientos son órdenes y terminan por hundirnos en lo que los psicólogos llamaron un double bind, una forma de vínculo contradictorio con las personas y las cosas. Al mismo tiempo, la individualización-emancipación se acompaña con una individualización-fragilización. Todo se hace más indeterminado y cada uno debe organizar su vida de manera más precaria y solitaria." (Fitoussi y Rosanvallon, 1997).
Sobre esta base resulta sumamente difícil pensar en la construcción de una democracia directa. El aumento de la "norma de autonomía" repliega al individuo en su propia vida por obligación, no por elección. El individuo ideal de la democracia electrónica confronta con el individuo negativo de esta nueva fase de la posmodernidad. El individuo interesado, con acceso a la tecnología, informado, dedicado a la deliberación se contrapone con otro en el que las cuestiones más fundamentales de su vida han quedado a su cargo y que por más que busca, no encuentra en sus pares puntos de referencia.
Conclusión
"Para afrontar positivamente el porvenir, en primer lugar hay que descifrar mejor el mundo que nos rodea", dicen Fitoussi y Rosanvallon. La complejidad de la sociedad en las últimas décadas nos enfrente al fenómeno de su opacidad. Surgen allí algunas preguntas: ¿cómo representará la política a quien no puede conocer?, ¿cómo contribuirá a dar forma a la sociedad si no puede captarla con claridad?, ¿cómo proponer alternativas basadas en la participación de los ciudadanos si no es posible dar cuenta de los obstáculos que impone la incertidumbre y la vulnerabilidad en que se encuentra la mayor parte de la población?
La reflexión sobre las nuevas denominaciones dadas a la democracia, lo que ellas implican y el sujeto social de la praxis política que construyen no resulta vana. Si coincidimos en la posibilidad de un nuevo formato representativo deberíamos mirar más allá de los medios. En Argentina, por ejemplo, existe un extenso tejido asociativo que consta de aproximadamente cincuenta mil ONGs en funcionamiento, que actúan como sustitución provisoria de las instituciones tradicionales actualmente en crisis.
El análisis de la relación entre medios de comunicación y democracia no puede tomar sólo los aspectos ligados a los primeros sin hacer una evaluación crítica de aquellos que van de la mano con lo segundo. Esto implica considerar desde una perspectiva de conjunto, además de la influencia de los medios de comunicación, otros factores como la corrupción, la impunidad, la falta de justicia, la situación declinante de vastos sectores sociales (la formación de nuevos pobres y la profundización de la pobreza), las políticas de ajuste neoliberales en América Latina, la formación de élites políticas cada vez más separadas de los gobernados, el incumplimiento de las promesas de los programas propuestos por los partidos en las elecciones, entre otros. Así, podremos salir de la idea remanida de la pobreza de la democracia por la influencia mediática. La construcción de la democracia que queremos no viene dada sólo por quienes actúan en el ejercicio de la política o por la participación de los ciudadanos, sino también por la elaboración categorías de análisis que expresen con la mayor claridad posible nuestra situación actual
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Tiene futuro la democracia?
En una conferencia dictada en Turín, Giovanni Sartori señaló que la democracia directa: el poder al pueblo, es contraproducente mientras no aumente "el saber del pueblo". Hoy, dijo, los gobiernos se erigen sobre encuestas que nos hacen creer, erróneamente, que existe una "opinión pública". Aquí, un extracto de su charla y una entrevista al pensador italiano.
GIOVANNI SARTORI Esta disertación deriva, tanto en su título como en su inspiración, de la colección de escritos de Bobbio: El futuro de la democracia, de 1984, y en la segunda edición, de 1991. Mi título es por lo tanto una paráfrasis que convierte el título de Bobbio en una interrogación. Las fechas son importantes. En 1984, el muro de Berlín todavía seguía en pie, mientras que en 1991 la caída del comunismo resultaba inevitable y dentro del orden de las cosas. Es así como en la Introducción de 1991, Bobbio podía ostentar un optimismo inusual. Refiriéndose al libro de Jacques Revel Cómo terminan las democracias (de 1983) Bobbio comentó: "Esta vez, los profetas del infortunio se habían equivocado, incluso quien (justamente Revel) había descrito minuciosamente la implacable maquinaria para la eliminación de la democracia que es el mundo moderno". También yo, en 1990, escribí que "la democracia ya no tiene enemigo; ya no es enfrentada (en el mundo moderno) por legitimidades alternativas. Pero ganar la guerra no es ganar la paz. También el juego democrático puede ser mal jugado. ¿Sabrá la democracia resistir a la democracia?" Como se ve, yo era muy cauto. Pero a su modo también lo era Bobbio. Escribió: "Que quede claro: yo no hago ninguna apuesta sobre el futuro."
Ahora ¿tiene un futuro la democracia? Yo respondo: depende de nuestro cerebro. Como escribió Charles Lindblom, "La condición humana es cerebro pequeño, problemas grandes". Y es evidente, me parece, que nuestro cerebro es cada vez más pequeño, cada vez más limitado, mientras que los problemas se han vuelto cada vez más gigantescos. La fuerza de las ideas alcanzó su apogeo, su punto culminante, con la Ilustración, precisamente con el Siglo de las Luces. Yo todavía creo en él (al igual que Bobbio), y por ende es acertado que digan de mí que soy un residuo de la Ilustración. Pero quedamos pocos. Porque las ideas hace tiempo que están bajo sospecha. En parte, fueron sustituidas por las ideologías (ideas fosilizadas, repetidas mecánicamente sin ser pensadas por nadie), y en última instancia porque fueron debilitadas y devastadas por un crescendo ensordecedor de inculturas. Quiero precisar que por ideas no debemos entender cualquier cosa que nos pasa por la mente. Las ideuchas nunca escasean. Al contrario, todos ideuchamos cada vez más. Pero siguen faltando las ideas que son un producto terminado de la razón, el fruto del pensar razonando. En suma, faltan siempre las ideas auténticas, serias; ideas que enriquecen el saber. Lo cual explica por qué la teoría de la democracia no anda demasiado bien, como veremos.
Pero por el momento detengámonos en la práctica de la democracia, y a través de ella en la democracia que se ejerce votando y que así realiza, y se realiza, como un "gobierno de opinión" (es la famosa definición de Albert Dicey). Es exacto decir opinión, ése es el vocablo justo. Opinión es doxa, no es episteme, no es saber. Las opiniones son, por así decirlo, "ideas ligeras" que no deben ser probadas: las tomamos por buenas por como son. Cuentan que un juez del tribunal revolucionario de París, al negarle a Antoine Lavoisier (el fundador de la química moderna) un pedido para prorrogar la ejecución capital, le respondió: La république n'a pas besoin de savants (la república no precisa sabios). Ese juez se equivocaba. La república necesita sabios; pero la democracia electoral, el demos (en griego, pueblo) votante, no. Y por lo tanto el gobierno de opinión requiere solamente —como su fundamento— la existencia de una opinión pública, de un público que tenga opiniones. La noción está bien definida.
Ya dije que una opinión no requiere prueba. Agrego que las opiniones son convicciones débiles y variables. Si se convierten en convicciones profundas y profundamente arraigadas, entonces hay que llamarlas creencias (y el problema cambia). Y esta precisión ya basta para desbaratar la objeción de que la democracia es imposible porque el pueblo "no sabe". Esta es una objeción fuerte contra la democracia directa, contra un demos llamado a gobernar y a gobernarse por sí mismo. Pero no es una objeción contra una democracia representativa en la cual el demos no decide las cuestiones propiamente dichas sino que decide, con el voto, quién las decidirá. Lo cual significa que a la democracia representativa le basta, para funcionar, con que el público tenga opiniones suyas, opiniones propias; nada más, pero tampoco nada menos.
¿Nos conformamos con muy poco? A primera vista, pero en un segundo análisis nos damos cuenta de que ya es difícil llegar a ese poco. La opinión pública no es solamente un opinar colocado en el público, debe también ser, para alimentar y sostener la democracia, una opinión del público, un opinar autónomo, endógeno, que de alguna manera el demos se forma por sí solo. Además, cuando hablamos, en la teoría de la democracia, de opinión pública entendemos una opinión que se ocupa de la cosa pública, temas de naturaleza pública: el interés general, el bien común. Una opinión pública que se interesa por el fútbol, la belleza de las mujeres, o la música rock, a los fines de la democracia es irrelevante.
Nadie nace obviamente con opiniones innatas. Y esta constatación abre el discurso sobre cómo es formada y llega a formarse una opinión pública. Es un discurso largo y complejo que aquí debo pasar por alto. Diré solamente que mientras en el pasado una multiplicidad de factores y de procesos conseguía crear una opinión pública bastante autónoma, con el advenimiento del bombardeo de los medios masivos y precisamente de la televisión, la opinión pública ha pasado a ser cada vez más videodirigida y por ende hétero-dirigida (dirigida por otro). Y con la opinión hétero-dirigida desaparece la opinión del público; queda sólo la opinión en el público; en cuyo caso, adelante con la democracia como gobierno de opinión. Pero procedamos con calma.
Cuando Bobbio y yo —yo en aquel lejanísimo 1957— comenzamos a escribir sobre la democracia, la televisión no existía, o mejor dicho, no resultaba todavía un factor determinante. Mi primer escrito que atribuía un carácter central a la televisión llevaba por título "Video-poder" y salió en 1989. No fui muy rápido (como decía Hegel: el búho de Minerva emprende el vuelo recién al atardecer), pero otros estudiosos fueron, y siguen siendo, más lentos que yo. Y sin embargo, estamos viviendo un cambio de la genética humana radical: estamos pasando —me he acostumbrado a decir— del homo sapiens producido por la cultura escrita basada en palabras, a un homo videns en el cual la palabra es destronada por la imagen.
Si, destronada. Es verdad que las palabras denotativas, las palabras concretas (casa, mesa, fideos) evocan también imágenes, pero todo nuestro saber se funda en palabras abstractas que evocan conceptos, cosas concebidas (concipere) que no tienen ningún equivalente visible, que no son traducibles a imágenes. Por ejemplo, en toda esta clase probablemente la única palabra concreta que usé es Bobbio. Los nombres propios son, obviamente, denotativos. Pero democracia, demos, poder, constitución, libertad, Estado, soberanía, legitimidad, derecho, son palabras abstractas que remiten a un pensar por conceptos que comprendo sin ver, sin verlos. Por lo tanto, todo el saber del homo sapiens se desarrolla en la esfera de un mundus intelligibilis (de conceptos, de concepciones mentales) que no es de ninguna manera el mundus sensibilis, el mundo percibido por nuestros sentidos. El punto entonces es el siguiente: que el impacto creciente del telever, del videovivir, invierte el avance de lo sensible a lo inteligible. La televisión produce imágenes y borra los conceptos y así atrofia nuestra capacidad de abstracción, y con ella el concebir y toda nuestra capacidad de comprender. En el homo videns el lenguaje conceptual (abstracto) es sustituido por un lenguaje perceptivo (concreto) que es infinitamente más pobre. El homo sapiens comprende sin ver, el homo videns ve sin comprender. Por otra parte, y peor todavía, lo visible nos aprisiona en lo visible. Para el hombre que ya ni siquiera lee los diarios, para el hombre lisa y llanamente vidente, lo no visto no existe. Y esta amputación es realmente colosal.
¿Estoy divagando? Probablemente me interesa hablar del video-poder porque las nuevas generaciones, las generaciones de video-niños, no se dan cuenta de este salto atrás. Yo me doy cuenta porque lo viví (gracias a mi avanzada edad). Pero quien no se da cuenta no sabe cuánto perdió y está perdiendo, respecto de las generaciones pre-televisivas. Es posible que a los video-niños, esta pérdida, este vacío, no les importe. Es más, probablemente sea así. Pero yo siento igualmente el deber de dar testimonio y hablar de esta caída del homo sapiens. En el planteo de Bobbio, ¿la videocracia que interfiere sobre la democracia, qué sería? Sería, obviamente, un "obstáculo imprevisto"; imprevisto y perturbador.
Sea como fuere, no creo haber divagado en esta disertación. La democracia, decía, es inter alia una ideocracia. Y si las ideas, la capacidad de concebir ideas, se empobrecen, al mismo tiempo también la democracia lo sufre. En cuanto a la opinión pública, es evidente que la videocracia fabrica una opinión producida por imágenes —por sus imágenes— en la cual ya casi no hay ningún nexo entre opiniones e ideas. La televisión en apariencia refuerza, pero en realidad vacía la democracia como gobierno de opinión. La televisión se exhibe como portavoz de una opinión pública que en realidad es el eco de retorno de la propia voz.
Técnicamente, y por ende constitucionalmente hablando, las nuestras son democracias indirectas, democracias representativas, basadas en elecciones. Pero en la práctica, tenemos cada vez más frecuentemente un gobierno de opinión basado en las encuestas, y por ende un gobierno de las encuestas que introduce un fuerte elemento de "directismo" en el gobierno representativo. ¿Cómo debemos interpretar este directismo? ¿Cómo un progreso de la democracia? La respuesta depende, obviamente, de la consistencia de ese opinar. Hasta ahora, señalé que era cada vez más hétero-directo. Pero, aun así, ¿existe o no? ¿Ese opinar tiene un contenido o no?
Los encuestadores se limitan a preguntar a su encuestado "¿Qué piensa de esto?" sin verificar antes si sabe algo sobre eso. Sin embargo, el núcleo del problema está aquí. Está claro que el encuestador comercial no tiene ningún interés en verificar cuál es la consistencia de las opiniones a las que hace referencia. Pero los estudiosos deben verificarlo y por lo tanto deben establecer cuál es el estado y el grado de "no saber" de los grandes públicos. Que es, desgraciadamente, colosal y creciente. La gran mayoría de los encuestados no sabe nada, o casi nada, sobre los problemas acerca de los cuales da respuestas. Sus opiniones son, en sustancia, ciegas. ¿Y entonces? Entonces, la cosa no es así. Entonces debemos seguir, nos guste o no, en la tan despreciada democracia representativa. Porque todo "directismo", y a través de él, todo incremento de demo-poder es tal solamente si es sostenido por incrementos de demo-saber, por un demos mejor informado. En cambio, nos ensordecen con peroratas que recomiendan "democracias inmediatas" (más inmediatas) que ignoran magistralmente el hecho que precede al problema, y por ende el grado de demo-saber (o no saber). Que es como decir que los directistas reparten habilitaciones para conducir sin verificar si sus habilitados saben conducir.
(c) Giovanni Sartori y Clarín
Traducción de Cristina Sardoy.
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9 de Octubre de 2006 · (
Jorge Marsá
El término “participación” se ha convertido en talismán hace ya tiempo en el ámbito político. Lo utilizan hoy tanto los políticos como sus críticos. En Lanzarote, se redactan reglamentos de participación ciudadana y se apela a ella como el mejor remedio para nuestros males. Cuanto más directa la democracia, mejor. Y como acabo de leer, aunque con retraso, el Homo videns. La sociedad teledirigida de Giovanni Sartori, me parece interesante extractar uno de sus capítulos dedicado a esta cuestión. A partir de aquí, todo responsabilidad de Sartori:
El pueblo soberano es titular del poder. ¿De qué modo y en qué grado puede ejercitarlo? Para responder debemos volver a la opinión pública y a la cuestión de lo que sabe o no sabe. De todos modos sabemos –lo palpamos todos los días– que la mayor parte del público no sabe casi nada de los problemas públicos. Cada vez que llega el caso, descubrimos que la base de la información de la población es de una pobreza alarmante, de una pobreza que nunca termina de sorprendernos.
Se podría pensar que siempre ha sido más o menos así y que, a pesar de ello, nuestras democracias han funcionado. Es cierto. Pero el edificio que ha resistido la prueba es el edificio de la democracia representativa. En ésta, la ciudadanía ejercita su poder eligiendo a quien ha de gobernarla. En tal caso, el pueblo no decide propiamente las cuestiones, cuál será la solución al asunto que hay que resolver, sino que se limita a elegir quién las decidirá. El problema es que la democracia representativa ya no nos satisface, y por ello reclamamos “más democracia”, lo que quiere decir, en concreto, dosis creciente de directismo, de democracia directa.
Pero para serlo realmente, a cada incremento del poder del pueblo debería corresponderle un incremento del saber del pueblo. De otro modo, la democracia se convierte en un sistema de gobierno en el que son los más incompetentes los que deciden. Es decir, un sistema de gobierno suicida.
A diferencia de los progresistas del momento, los progresistas del pasado nunca han fingido que no entendían que todo progreso de la democracia –de auténtico poder del pueblo– dependía de un pueblo “participativo” interesado e informado sobre política. Por eso, desde hace un siglo, nos estamos preguntando cuál es la causa del alto grado de desinterés y de ignorancia del ciudadano medio. Es una pregunta crucial, porque si no hay diagnóstico no hay terapia.
Cuando se libraba la batalla de la ampliación del sufragio, a la objeción de que la mayoría no sabía votar y, por tanto, no era capaz de utilizar este instrumento, se respondía que para aprender a votar era necesario votar. Y a la objeción de que este conocimiento, este aprendizaje, no progresaba, se replicaba que los factores de este bloqueo eran la pobreza y el analfabetismo; de lo cual no se podía dudar. Por otra parte, nos encontramos ante el hecho de que la reducción de la pobreza y el fuerte incremento de la alfabetización no han mejorado gran cosa la situación.
Cuando hablamos de personas “políticamente educadas” debemos distinguir entre quien está informado de política y quien es cognitivamente competente para resolver los problemas de la política. A esta distinción le corresponden grandes variaciones entre las dos poblaciones en cuestión. Es comprensible que los porcentajes dependan de cuánta información y qué cognición se consideren respectivamente suficientes y adecuadas. Pero, en Occidente, las personas políticamente informadas e interesadas giran entre el 10 y el 25 por ciento del universo, mientras que los competentes alcanzan niveles del 2 ó 3 por ciento.
Obviamente, lo esencial no es conocer exactamente cuántos son los ciudadanos informados que siguen los acontecimientos políticos, con respecto a los competentes que conocen el modo de resolverlos (o que saben que no lo saben); lo importante es que cada maximización de democracia, cada crecimiento de directismo requiere que el número de personas informadas se incremente y que, al mismo tiempo, aumente su competencia, conocimiento y entendimiento. Si tomamos esta dirección, entonces el resultado es un demos potenciado, capaz de actuar más y mejor que antes. Pero si, por el contrario, esta dirección se invierte, entonces nos acercamos a un demos debilitado. Que es exactamente lo que está ocurriendo.
Entretanto, es toda la educación la que está decayendo y la que se ha deteriorado por el 68 y por la torpe pedagogía en auge. En segundo lugar y, específicamente, la televisión empobrece drásticamente la información y la formación del ciudadano. Por último, y sobre todo, el mundo en imágenes que nos ofrece el vídeo-ver desactiva nuestra capacidad de abstracción y, con ella, nuestra capacidad de comprender los problemas y afrontarlos racionalmente. En estas condiciones, el que apela y promueve un demos que se autogobierne es un estafador sin escrúpulos, o un simple irresponsable, un increíble inconsciente.
Y, sin embargo, es así. Estamos acosados por pregoneros que nos aconsejan a bombo y platillo nuevos mecanismos de consenso y de intervención directa de los ciudadanos en las decisiones de gobierno, pero que callan como momias ante las premisas del discurso, es decir, sobre lo que los ciudadanos saben o no saben de las cuestiones sobre las cuales deberían decidir. No tienen la más mínima sospecha de que éste sea el verdadero problema. Los “directistas” distribuyen permisos de conducir sin preguntarse si las personas saben conducir.
Fernando Marcet
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9:49 am · 9 Octubre 2006
Como férreo defensor de la democracia directa, pero de una democracia directa realista y práctica, me veo impelido a hacer uso del derecho a réplica que me asiste.
Primero decir que del libro de Sartori, que he leído, me gusta especialmente la percepción del Homo-videns, una clase de homo que vendría a sustituir al sapiens de toda la vida, y cuya principal característica vendría a ser, como apunta Jorge, su nula capacidad de abstracción debido al predominio de la imagen en todos los ámbitos de nuestra vida.
Somos lenguaje. Otros dirían que al principio fue el verbo, aunque lo dirían sin demasiada consciencia, pues eso es lo que suele pasar cuando se convierte un texto cualquiera en oración o mantra, que pierde su significado y se convierte él mismo en significante.
En “El mundo feliz”, de Huxley, el partido tipo gran hermano que ostentaba el poder absoluto tenía una secreta ambición. Ir quitando palabras al diccionario hasta que este no tuviera más que unas cuantas entradas básicas e imprescindibles. Eran plenamente conscientes de que si conseguían eliminar el lenguaje de las personas estas dejarían de poder reflexionar sobre las cuestiones, dejarían de preocuparse y se mostrarían mucho más sumisos. Es el lenguaje lo que nos permite reflexionar y pensar. Sin lenguaje simplemente viviríamos el momento, moviéndonos instintivamente únicamente guiados por nuestros cinco sentidos. Tal vez seríamos más felices, desde determinado punto de vista, pero ya no seríamos lo que somos, y desde luego no seríamos homo-sapiens.
Esto es exactamente lo que está sucediendo. Aunque no haya ningún partido tipo gran hermano que nos esté obligando a ello, lo cierto es que la pérdida de vocabulario entre las jóvenes generaciones no se puede negar. Más o menos en la época de Cervantes, cuando no existía la televisión y la transmisión oral era la principal forma de comunicación, la lengua castellana alcanzó su plenitud. En ningún otro momento, ni anterior ni posterior, existieron tantas palabras, tantos vocablos para conceptualizar hasta los matices más insospechados.
Esa inmensa riqueza se ha ido perdiendo, a pesar de los vanos esfuerzos académicos. Sobretodo en los últimos tiempos. Las palabras se han ido quedando por el camino, y cada vez recurrimos más a las mismas coletillas para comunicarnos en multitud de situaciones. Quien sabe, es posible que llegue el día en que todos hablemos los unos con los otros usando un simple “qué fuerte”, cual ladrido o sonido gutural propiamente humano.
Ahora bien. Dice Sartori, y parece defender también Jorge, que en una situación como esta no se puede tener la inconsciencia de introducir democracia directa ninguna. Antes habría que esperar a que hubiera una cantidad suficiente de ciudadanos capaces de reflexionar e interesarse por las cuestiones a votar. No es que yo piense que es una crítica desacertada, al contrario, lo que pasa es que Sartori, como la mayoría de personas que se muestran contrarias a la democracia directa, simplifica el término de una forma exagerada.
Los que defendemos una democracia directa realista y viable no queremos que todos los ciudadanos voten cosntantemente por todo, como los críticos suelen mantener. Lo único que deseamos es introducir dos sencillos mecanismos, como son la Iniciativa Legislativa Popular y el Referéndum Vinculante. I + R. Tampoco pedimos acabar con la democracia representativa, más al contrario, pretendemos enriquecerla, pues pensamos que por sí sola no es suficiente para atender todas las necesidades y problemática de una colectividad grande.
También creemos que la única forma de revertir este proceso de analfabetización al que estamos abocados por el predominio de la imagen, es “obligar” a la ciudadanía a reflexionar sobre las cuestiones, pues es precisamente en la discusión y en el contraste de ideas cuando surge la necesidad de utilizar las palabras. Es decir, las palabras habrán de abarcar un campo de realidad más amplio según nos veamos necesitados a sumergirnos en esa realidad. Pero bueno, este es un aspecto más polémico de la democracia directa, pues se adentra demasiado en ámbitos educativos e incluso morales. Lo importante de la democracia directa no es que nos haga a todos mejores personas o que nos convierta en cervantes andantes, sino que realmente ayudaría a descongestionar la democracia representativa desde un punto de vista puramente práctico
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