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De turistas, routards y andariegos.
Hay muchas formas de acercarse al “viaje”; tantas, quizá, como modos hay de viajar. Tomemos tres a modo de esbozo, de entre las múltiples maneras de moverse.
En primer lugar, por ser la más evidente, la más fauve, -la que usurpa el jugo léxico de la voz “viaje”, en vecindad con “vacaciones”, “noche de hotel” u “oferta” - : el turismo. El sujeto de esta visión es el que prefiere la función nominal y en lugar de viajar, hace un Viaje, un Tour. El turista de hotel caro y abultada sansonite, de piscina y autocar; el que cumple al punto las exigencias de una mirada costumbrista: cámara destellante, talante gregario, mirar homogéneo. Parece que este viajero cuyo prototipo es el Phileas Fogg de Verne, entiende el viaje como paréntesis, como apéndice a la vida, una terapia que pasa por la indiferencia, por un blando entusiasmo, por la admiración estridente. Es el viaje de los Lugares, el coleccionismo de topónimos, de estatuas y postales. El turista lleva su pueblo o su ciudad consigo y la regurgita junto a una iglesia del s.XV, en las raíces de una ceiba centenaria o sobre un fono azul marino. Suele dejar tras de sí las latas abiertas, los calcetines sucios y los caminos trillados.
Junto a esta convive una visión más dúctil, menos almidonada: la del viaje en ruta. Su portavoz es el “trotamuindos”. Se conoce por su breve edad y su mochila de nylon; esa giba ineludible donde guarda sus armas blandas: mapas, guías subrayadas, ropa del tiempo, planes para los próximos días. Aunque cambia hoteles por hostales, piscinas por arqueología, comparte con el anterior cierto gregarismo no reconocido. Los hostales de routards, los bares de pantalla titilante o las playas de turbio amanecer son sus puntos de reunión. Allí se encuentra con otros viajeros y se entrecruzan, cambian sus nombres y sus rutas, herborizan planos y estaciones, caminos llanos. Allí fundan su clan heterogéneo, su morada apacible y accidental. Ágoras a menudo pintorescas, pero siempre consuetudinarias. El viajero anda por caminos menos holgados que el turista y con la cuenta de ahorros más tibia, pero comparte con él la seguridad de un tótem, el Viaje, la tácita complicidad entre extranjeros y el cómodo cojín de un billete de vuelta. Entre ambos, ni más allá ni más acá, a veces compartiendo espacios con las dos, a veces con ninguna, hay otra visión del viaje, otro viajar. No es fácil nombrar a sus elementos, pues pasan fácilmente de “peregrinos” a “vagabundos”, de “trashumantes” a “proscritos”. Sus mapas no caben en un rectángulo, no hay ropa que ciña su heterogenia. A veces los delata una incierta luz en el andar, una sobria alegría. Su equipaje suele ser impredecible desde fuera. Del ámbar por pulir y el papel de lija, a la guitarra o la flauta mágica, o a la madera y la lima. De la cuartilla emborronada al mapa celeste. Les precede un halo de silencio amigo, de franca calidez, un silbo modulado. Suelen cambiar la rueda por la bota o la sandalia. Siguen a menudo la cinta blanca de la carretera, a modo de camino de baldosas amarillas o de redentora línea de fuga. Habitan los lugares sin nombre: arcén, esquina vaga, motel, arena desolada. Prefieren el aura o la sombra al marco y el museo. En el camino, en movimiento, se mezclan con el licor de los lugares, sienten el temblor de una lengua ajena en la garganta, dejan su piel, dejan noches en vela, fraguan sus olvidos. Se debaten entre el azar y la causalidad. Entre sus rasgos hay cierta libertad y ligereza de espíritu, una inquietante trama en sus errancias, una atenta predisposición a encontrarse al otro lado del espejo. Llevan consigo el olor de la tierra que pisan, la huella del sol al que se exponen. Llevan signos que ofrecer, signos que apropiarse, imágenes por inventar y por quemar. Comparten una fe sin púlpito, una muy precisa suerte de suerte. Remedan un hilo de luz ignorada, un nombre que no puede nombrarse, un latido más hondo.
CRISTIAN TUBAU.
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