|
Amigo Bruno:
La vocación del servicio a la Patria y a nuestros ciudadanos ha sido la principal causa por la que decidimos convertirnos en militares.
Han pasado muchos años y quizá resulte algo grotesco lo que te comento, pero, dime sinceramente, ¿quién de nosotros no ha sentido un inmenso orgullo al vestir el uniforme, lucir las cadeteras o adornarnos con esa elegante gorra de plato?.
¿Quién no se ha emocionado cuando, en posición de firmes, ha escuchado los acordes del himno nacional, o ha sentido ese extraño placer al oír el estrépito ordenado de nuestro pelotón cuadrándose a nuestra voz?.
En aquellos años, éramos jóvenes, dispuestos. No sabíamos de Leyes de Función Militar, ni de trienios ni años de servicios. Nuestra carrera estaba en manos de nuestros Jefes, en los que confiábamos plenamente, por que así nos lo habían enseñado.
Ellos se encargarían de velar por nuestros intereses, por que en ello iba el concepto de lealtad mutua. Nos alimentábamos de aquella vocación, de aquella ilusión, de aquella “íntima satisfacción del deber cumplido”.
Pero dicen que quien se alimenta de ilusión corre el riesgo de morirse de hambre. Y eso está pasando, amigo Bruno, que al suboficial se le alimenta con su propia vocación, y se le pretende recompensar por su sacrificio y el de sus familias con su “íntima satisfacción del deber cumplido”. Y se le remunera con su propio amor al servicio…
Y mientras desde sus coches oficiales y pabellones de cargo, esos jefes en los que hemos confiado plenamente, preparan sus discursos para que sigamos manteniendo esa capacidad de sacrificio ante tiempos difíciles. Pero al mismo tiempo se reúnen para arreglar “lo suyo”. Para indemnizar “lo suyo”.
La peligrosidad y la penosidad son circunstancias apenas tenidas en cuenta, a la vez que reiteradamente se recompensa las labores de responsabilidad, casualmente “su” responsabilidad, normalmente ligadas al empleo.
Y ahora, ante la posibilidad de ver mermadas sus aspiraciones personales, vuelven a la carga. “Esto hay que indemnizarlo”, dicen.
Y aquél joven sargento, orgulloso, ilusionado, leal y confiado se está haciendo viejo. Y ve que quién maneja las riendas del cotarro solo mira para sí mismo. Su propia carrera.
Y éste, ahora ya, viejo sargento mira a su alrededor, comprueba que la sociedad está evolucionando, que sus hijos tienen el mismo derecho a jugar con los mismos juguetes el de sus jefes. Y su esposa, el mismo derecho a estrenar vestido y lucirlo cuando la ocasión lo requiera, como las esposas de sus jefes.
Porque nosotros fuimos los primeros en jurar derramar hasta la última gota de nuestra sangre, y nuestra entera disponibilidad ha pasado el examen de los muchos trienios que acumulamos. Pero esa total disponibilidad no es sinónimo de gratuidad. Porque si quien lo decide no lo piensa así para sí mismo, ¿por qué lo ha de ser para sus subordinados?
Y aquí todos vamos en el mismo barco, ¿Porqué entonces a unos se les paga con “íntima satisfacción del deber cumplido” y a otros con mayores complementos? ¿Porqué ante vicisitudes propias de la profesión militar unos han de apelar al sacrificio y otros, en cambio, a indemnizaciones económicas?
Veo a muchos de nuestros compañeros salir del Ejército por la puerta lateral de la desilusión y la decepción. Defraudados, pasan a retiro acompañados de informes médicos que no hacen más que avalar sus estados de ánimo. Y los que se van no son recién llegados, no. También fueron jóvenes sargentos, y en tiempos quizá más difíciles que éstos. Pero se les acabó la ilusión de la que se alimentaban.
Mientras, desde algunos despachos se habla de picaresca o algo parecido, al mismo tiempo que se marca un número de teléfono para preguntar: “Señora Subsecretaria, ¿Cómo va lo mío?”.
Bruno, amigo, me despido con ese viva que cientos de veces hemos lanzado juntos al aire, ¡Viva España! Y ¡Viva el Ejército (que debiera ser)!
|