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Carcasona
Acercarse a Carcasona por primera vez es como soñar despierto. Los
torreones y baluartes de la ciudad vieja se alzan en una elevación engañosa en
el valle del río Aude, de modo que la almenada ciudadela aparece de pronto,
flotando en un segundo plano, como un visitante llegado del túnel del tiempo.
Los bloques de piedra marrón amarillento de las murallas se tornan de color
castaño rojizo, y por fin malvas con el último sol de la tarde. A la vista de las
restauradas almenas de los Trencavel, los combatientes ya largo tiempo
desaparecidos cabalgan en la periferia de la conciencia, y su clamorosa pelea es
un suave murmullo que lleva el viento. Pues en el verano de 1209, tras Béziers
le llegó el turno a Carcasona.
Como cualquier atrocidad que merezca tal nombre, los hechos de Béziers
propagaron el miedo por todas partes. Después de la festividad de santa María
Magdalena, el ejército de los cruzados pasó tres días acampado contra el viento
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que soplaba desde el escenario de su triunfo. Los notables locales aparecieron
uno tras otro para rendir homenaje a los nuevos árbitros de la legitimidad. La
mayoría de esos señores de inferior categoría llegaban de las tierras bajas que
había entre Béziers y Carcasona, por las que debería marchar el ejército si quería
atacar la capital de los Trencavel. Era el temor lo que determinaba esas capitulaciones,
que más adelante resultarían tan cambiantes como la hierba que pisaban
los cruzados.
En Carcasona, ante las casi inverosímiles noticias procedentes de Béziers,
Raymond Roger abandonó toda esperanza de que aquel conflicto pudiera
resolverse como cualquier otro. En una época en que la población se contaba
por decenas de miles, no por millones como en la actualidad, el exterminio
premeditado de veinte mil personas constituía en el Languedoc una sacudida
tan directa y brutal como la amputación de un miembro. El vizconde tomó
medidas drásticas para hacer que el país fuera inhóspito para los cruzados. En
varios kilómetros alrededor de Carcasona, ordenó destruir todos los molinos de
viento, quemar todas las cosechas y sacrificar todos los animales o llevarlos al
abrigo de las gruesas murallas de la ciudad, primero levantadas por los
romanos y después reforzadas por los visigodos.
En el castillo de Raymond Roger, construido por su bisabuelo y todavía en
pie como masa impasible de piedra labrada que domina la ciudad medieval, el
vizconde dio la bienvenida a los señores locales que habían prestado oídos a su
petición de ayuda. Aquellos hombres, a diferencia de los nobles de las tierras
bajas expuestos a un ataque inminente, llegaron de las accidentadas tierras altas
que había a ambos lados del valle del Aude; al norte, la montaña Negra y el
Minervois, escarpadas alturas cruzadas por saltos de agua y cubiertas de
espesos bosques; al sur, Corbiéres, montañas peladas cortadas por súbitos
barrancos y vigiladas por imponentes castillos. En los primeros años de la
cruzada de los albigenses, esos vasallos de tierra adentro serían los más
resueltos defensores del catarismo.
Los del norte llegaron el primero de agosto. Recelando de las flechas y saetas
de los ballesteros de Carcasona, los nobles cruzados ordenaron que se
instalaran las tiendas y los pabellones fuera del alcance de los proyectiles.
Según un cronista, un impulsivo Raymond Roger instó a realizar un inmediato
ataque por sorpresa. «¡A los caballos, mis señores! —gritó el vizconde—.
Cabalgaremos hacia allí, cuatrocientos de nosotros con los mejores y más
veloces caballos, y antes de que se ponga el sol los habremos derrotado.»1
Las cabezas más serenas prevalecieron sobre aquella absurda baladronada,
pues los defensores eran irremediablemente inferiores en número. La llamada
más convincente a la prudencia corrió a cargo de Pierre Roger de Cabaret, señor
de un feudo de minas de oro en la montaña Negra.2 Béziers había demostrado
que una salida mal preparada podía acabar en fracaso (los biterrois habían sido
1 Guillermo de Tudela, autor de esta sección de la Canso, transcribe estas palabras textuales. A menos que
se indique en el texto, las citas son de la Canso.
2 Actualmente Cabaret se llama Lastours, por las ruinas de las cuatro torres de castillos que salpican su
ladera.
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«más estúpidos que las ballenas», dijo despectivamente un cronista),3 y los
cruzados que había frente a Carcasona no eran un ejército sitiador cansado o
descontento, fácil de sorprender o derrotar. En cualquier caso, el campamento
de los cruzados estaba demasiado lejos para asaltarlo por sorpresa. El señor de
Cabaret supuso acertadamente que los llegados del norte primero atacarían los
dos suburbios fortificados de Carcasona que había fuera de las murallas. Abogó
por salir a toda prisa de la capital de los Trencavel tan pronto fueran atacados
los dos barrios; los cruzados estarían más cerca, y más apurados, y la sorpresa
sería mayúscula.
El día siguiente, 2 de agosto, era domingo, y ambos bandos aguardaban con
devota impaciencia. En la madrugada del lunes, los del norte atacaron; eligieron
Bourg, el más débil de los dos suburbios. Arietes, monjes que cantaban
melopeas, soldados que trepaban por las escaleras, caballeros que cargaban
montados en sus caballos de guerra... la fantasmagoría medieval empezó a
funcionar con toda su brutalidad. Al cabo de dos horas, los ensangrentados
defensores de Bourg se dispersaron atemorizados mientras las endebles
murallas permitían el paso de la multitud. Desde lo alto de las sólidas almenas
de piedra de Carcasona, los arqueros y ballesteros lanzaban flechas una y otra
vez a los cruzados, pero era imposible detener la oleada de guerreros. Ni
Raymond Roger ni Pierre Roger salieron hacia Bourg para contraatacar.
Curiosamente, ninguno de los tres cronistas que constituyen nuestras fuentes
de ese combate dan razón alguna del abandono del plan.
Ese día no hubo carnicería. En lugar de ello, los hombres de la cruzada
pasaron frente a las casas en llamas y bajaron las cuestas que conducían al río
Aude... y a sus valiosos pozos. Los habitantes de Bourg tuvieron tiempo de
llegar a duras penas a las barbacanas de Carcasona y protegerse tras sus
fortificaciones. Su presencia supondría una presión añadida sobre los recursos
de la superpoblada ciudad. Los cruzados se habían apoderado del acceso a la
capital de los Trencavel por el norte y, lo que era más importante, de su
abastecimiento de agua. El combate de Bourg había terminado en una victoria
táctica muy reñida, en la que un noble norteño de segunda fila se había
distinguido por su valentía. Simón de Montfort, hasta entonces un personaje
respetable aunque algo desharrapado al lado de sus elegantes superiores,
destacó en el sitio de Carcasona. Los cruzados planearon atacar el segundo suburbio,
Castellar, al sur de la ciudad.
Al día siguiente, la revelación del destino de Simón sufrió un retraso por la
inesperada llegada de cien jinetes provistos de armadura. Los cruzados, que
estaban a la mesa «comiendo carne asada», como señaló atentamente Guillermo
de Tudela, se levantaron para saludar con efusión a los recién llegados.
Banderines rojo y oro ondeaban en las puntas de sus lanzas, lo que identificaba
a los guerreros espléndidamente engalanados como nobles de Aragón y
3 La expresión es de Guillermo de Tudela. En una nota al pie, la traductora Shirley señala irónicamente:
«La balena, ballena, es la palabra que rima; no hay ninguna razón para suponer que las ballenas
medievales fueran un prototipo de la estupidez» (p. 20).
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Cataluña. Su líder, el rey Pedro, hombre enérgico de treinta y tantos años, buscó
de inmediato la tienda de su cuñado, el conde Raimundo de Tolosa. (La quinta
esposa de Raimundo, Leonor, era hermana de Pedro.) Cabe suponer que Raimundo
no había combatido ni en Béziers ni en Carcasona, dada la ausencia de
menciones a su intervención en esas acciones militares. Lo más probable es que
el conde simplemente se hubiera quedado sin hacer nada, observando cómo sus
pares del norte se comportaban igual que una turba de indeseables
mercenarios. En su tienda, instalada en una frondosa colina a cierta distancia
del campamento principal, él y otros nobles del Languedoc que iban en la
cruzada le contaron al rey Pedro lo que habían visto en Béziers.
Después Pedro se reunió con los jefes de la cruzada. Arnaud Amaury, que
había iniciado su ascenso al poder como abad en Cataluña, sabía que el joven
rey gozaba de alta estima en Roma. Tras acceder al trono, el monarca había
cedido su reino a la Santa Sede, debido a lo cual se convirtió en vasallo directo
de Inocencio III, quien, en su ofensiva por llenar las arcas de la Iglesia e
imponer respeto al pontificado, acogió de buen grado la obediencia espiritual y
material de un gran príncipe. Las credenciales ortodoxas del rey eran
impecables. Aunque no hiciera cumplir las leyes contra la herejía que había
aprobado para su reino, su beligerancia contra la mayoría musulmana de la
península Ibérica había hecho que en el palacio de Letrán su nombre fuera bienaventurado.
No se podía ignorar a Pedro el Católico.
Pedro tenía una queja legítima. El vizconde Raymond Roger de Carcasona
era su vasallo y, por tanto, formaba parte de su familia feudal. Cierto que el
propio señor feudal de Pedro, Inocencio, había organizado el ataque sobre
Trencavel, pero no por ello los aragoneses dejaban de estar indignados por esa
violación de su jurisdicción. Según la costumbre feudal, un gran señor siempre
tenía voz sobre el destino de sus vasallos. Pedro hizo saber que quería ver al
sitiado Raymond Roger Trencavel, su joven protegido.
La herida dignidad del español subrayó los recelos de los nobles del norte
obligados ante el rey Felipe Augusto de Francia, quienes seguramente se
preguntaban quién tenía autoridad para amenazar a un señor como Raymond
Roger y desposeerle de su patrimonio. Desde el pontificado de Gregorio VII, en
el siglo XI, los sucesivos papas habían mantenido que la Iglesia podía deponer a
cualquier noble desafecto, lo que había sentado mal a los hombres de la espada.
Inocencio, el hombre más capaz que había lucido la tiara en dos siglos, había
emprendido aquella cruzada en parte para dotar de cierta firmeza a la postura
teocrática del papado. El hecho de que la expedición de castigo tardara tanto
tiempo en poderse organizar demostró la reticencia de gobernantes laicos, en
especial la de Felipe Augusto, a ceder terreno alguno en la incierta esfera de la
soberanía. En el fondo, los nobles más importantes de la cruzada se
compadecían de los Trencavel y los Saint-Gilíes, aunque quizá los desconcertó
la tolerancia de ambos clanes con la herejía. Pedro hizo saber que incluso el más
ortodoxo de los monarcas estaba dispuesto a mostrar su indignación ante las
ambiciones de Roma.
Pedro cambió su destrier, o caballo de guerra, por el elegante palafrén que sus
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mozos habían llevado consigo. Acompañado sólo por tres hombres y, tal como
narró Guillermo de Tudela, «sin armas ni escudos», espoleó la montura por la
cuesta que conducía a la ciudad amurallada. El puente levadizo descendió
chirriando, y el rastrillo se elevó entre grandes vítores. Cuando Pedro estuvo
allí cinco años antes para presidir la discusión entre cátaros y católicos,
Carcasona era una ciudad próspera y pacífica. Al entrar ahora, seguramente
quedó sobrecogido por el hedor; se calculaba que más de cuarenta mil personas
se habían refugiado tras las murallas.
Cuando Raymond Roger intentó dar la bienvenida a su señor como salvador
suyo, Pedro enseguida lo puso en su sitio. Un cronista contó el discurso del rey
de Aragón a su vasallo en un admirable pasaje que resumía la difícil situación
del más joven. Raymond Roger se había quejado de los horrores causados por
los cruzados, y Pedro respondió:
En nombre de Jesús, señor, no podéis culparme por ello, pues os lo dije, os
ordené que expulsarais a estos herejes, ya que hay muchos en la ciudad que
respaldan esta insensata creencia... Vizconde, estoy muy triste por vos,
porque sólo unos cuantos estúpidos y su desatino os han llevado a tal peligro
y aflicción. Todo lo que puedo sugerir es un acuerdo, si podemos llegar a él,
con los señores franceses, pues estoy seguro, y Dios lo sabe, de que ninguna
batalla con lanzas y escudos os da esperanza alguna, ya que son muy
superiores en número. Dudo mucho de que podáis resistir hasta el final.
Confiáis en la fuerza de vuestra ciudad, pero está atestada de gente,
incluidos muchas mujeres y niños; en el caso contrario, sí, creo que es posible
abrigar alguna esperanza. Realmente lo siento mucho por vos, estoy
profundamente afligido; por el afecto que os tengo y en razón de nuestra
vieja amistad, haré todo lo que pueda por ayudaros salvo cometer gran
deshonor.4
Abatido, Raymond Roger pidió al rey que intercediera en nombre de los
sitiados. Acto seguido, el monarca de Aragón y Cataluña regresó al
campamento de los cruzados convencido de que prevalecería la prudente voz
del arreglo. No obstante, las negociaciones pronto llegaron a un callejón sin
salida. Al final, Arnaud Amaury consintió de mala gana en permitir que
Raymond Roger, con once compañeros de su elección, abandonara Carcasona
con todo lo que pudiera llevarse; lo que le pasaría a la ciudad y a los miles que
en ella había lo decidirían los cruzados. Pedro, indignado por la degradante
oferta, señaló que «volarían los burros» antes de que el vizconde aceptara un
trato como aquél. Cuando al día siguiente Pedro presentó las condiciones a Raymond
Roger, éste casi echó a su superior de su presencia. Declaró que preferiría
ser desollado vivo antes que doblegarse ante aquella despreciable traición a su
pueblo. Acto seguido, Pedro abandonó Carcasona y regresó a Aragón, apenado
por su vasallo y enojado con el legado del Papa.
4 También aquí Guillermo de Tudela transcribe las palabras textuales en la Canso.
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El 7 de agosto, los cruzados trataron de asaltar Castellar, el suburbio situado
al sur de Carcasona. Al alba, cargaron a gritos a través de su foso seco, pero en
esa ocasión la lluvia de piedras y flechas lanzada por los defensores dejó
montones de atacantes retorciéndose de dolor en el suelo, retrocediendo a
rastras en busca de la protección de los árboles. Un caballero que sangraba del
muslo estaba solo en el fondo del foso, impotente y al descubierto. Un cruzado
retrocedió a toda prisa, al alcance de los proyectiles enemigos, y se deslizó por
la pendiente para rescatarlo. Una vez allí, lo incorporó y lo arrastró hasta hallar
protección mientras flechas y piedras levantaban el polvo a su alrededor.
Ambos bandos presenciaron aquel excepcional acto de valentía, pero de
momento sólo los cruzados sabían el nombre de su héroe: Simón de Montfort.
Al ver que Castellar estaba siendo mejor defendida que Bourg, los señores
del norte ordenaron que entraran en juego sus artefactos de asedio. Era ése un
grupo de nobles muy ricos, de modo que el número y el tamaño de aquellas
temibles armas debía de ser considerable. Primero estaban las petrarias,
pequeñas catapultas cuyo mecanismo se basaba en el momento de torsión y que
arrojaban el equivalente medieval de la metralla. Esas nubes de piedras y
guijarros pasaban a gran velocidad sobre las murallas y mutilaban y mataban a
los desgraciados que eran sorprendidos al descubierto. Después estaban las
catapultas, cuya «cuchara», en un extremo del largo mango, era lo bastante
grande para contener pedruscos grandes y teas llameantes que se estrellaban
contra las galerías de madera que había en lo alto de las murallas. Por último,
en menor número, estaban los compactos obuses de la guerra de asedios, que se
conocían desde la antigüedad: las balistas.
Los gritos y gruñidos de los artilleros alternaban con el ruido de los
proyectiles en el aire. Como ya era habitual en la cruzada de los albigenses, los
monjes y los obispos cantaban himnos para recordar a los combatientes el
objetivo sobrenatural que había tras la reyerta. Un equipo de peones empezó a
construir un paso elevado provisional sobre el foso, utilizando piedras, troncos
y cualquier cosa que tuvieran a mano. Los carpinteros, alejados del combate,
daban los últimos toques a una chatte (gata), un refugio móvil cubierto por una
plataforma de tablas bajo la cual cabían de pie entre veinte y treinta hombres.
Harían rodar la gata sobre el rudimentario paso elevado hasta llegar a las fortificaciones;
los hombres del artilugio móvil, zapadores experimentados, harían
túneles bajo los cimientos de las murallas. Para evitar que los defensores
hicieran arder la gata mientras cruzaba tierra de nadie, se descuartizaban y
desollaban bestias de carga y caballos innecesarios y se cubrían las tablas con
sus húmedas y sangrientas pieles. Los sitiadores quizá no habrían empleado
esta táctica ante las superiores fortificaciones de la propia Carcasona, pero las
murallas de Castellar no eran tan imponentes.
Según el cronista Pierre de Vaux de Cernay, el plan funcionó, aunque sólo en
parte. Cuando el enorme y ensangrentado ingenio empezó a rodar, las
catapultas de los cruzados castigaron a los defensores con una implacable lluvia
de piedras. Desde las estrechas aberturas de las murallas de Castellar, arqueros
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y ballesteros apuntaron a la retumbante gata a medida que se acercaba. Flechas,
saetas y teas llameantes brillaron en el aire. Las que caían sobre la
superestructura del refugio móvil se apagaban en las húmedas pieles. El
artilugio llegó a la muralla. Los hombres de su interior, empapados de la sangre
que había goteado de su protección animal, empuñaron picos y palas y se
pusieron a trabajar. Pronto estarían cavando para salvar la vida. Un
lanzamiento afortunado prendió fuego a la gata adosada a la muralla.
Cuando el artefacto empezó a arder, los zapadores tallaron frenéticamente
un hueco protector en el muro para que los hombres apostados en las almenas
no pudieran apuntarles. Antes de que el refugio de madera quedara destruido,
los expertos en asedios habían asegurado su posición y estaban listos para una
larga noche de trabajo. Ahora los defensores tenían que oír impotentes cómo los
zapadores excavaban una galería por debajo de las fortificaciones. En Castellar
se asistiría a la representación completa del clásico argumento del sabotaje en la
guerra medieval.
Desde debajo de las murallas, en la obscuridad, los zapadores escarbaron en
el cascajo poco compacto y sacaron tierra hasta llegar a la primera hilera de
piedras duras, que apuntalaron con vigas y riostras. Al final un largo tramo de
la muralla estaba precariamente sostenido sobre un profundo túnel por un
sistema de puntales de madera que crujían bajo el peso. A continuación,
empaparon los improvisados soportes con aceite de oliva, sebo, grasa de cerdo
y otras sustancias inflamables. Y después llenaron el túnel de paja, ramas y
ramitas que llevaron a través del foso amparados por la obscuridad.
En la madrugada del 8 de agosto, se dio la señal y la leña ardió. Salieron del
agujero grandes nubes de humo negro. Dentro de la galería, las llamas que
surgían de la paja y las ramas lamieron los soportes y las riostras de madera
hasta que también ardieron. Al quemarse éstas, se debilitaron, se
resquebrajaron y se vinieron abajo. Las pesadas piedras de encima se
desplomaron. Se había abierto brecha en la muralla.
Los cruzados pasaron de inmediato por encima de los escombros y entraron
en Castellar. Se libró un combate atroz en el que sucumbieron la mayoría de los
defensores del suburbio. Los señores de la cruzada, satisfechos con el resultado,
se trasladaron a sus tiendas. Raymond Roger y sus hombres, aprovechando su
oportunidad, salieron de Carcasona a la carga para contraatacar y desalojar del
suburbio a los cruzados. La mayoría de los norteños que habían quedado de
guarnición en Castellar fueron hechos pedazos. Esa salvaje matanza, la
venganza de Béziers, se apaciguó sólo cuando centenares de caballeros llegaron
cabalgando desde el campamento después de que los gritos de los moribundos
alteraran su vigilia. Los de Carcasona no iban a resistir el choque contra fuerzas
superiores en número. De modo que se abrieron camino retrocediendo a la
seguridad de su ciudad; y una puerta se cerró rápidamente tras ellos.
Carcasona era segura, pero el asedio había comenzado en toda regla. Uno y
otro bando se tomaron un respiro. A los cruzados les había costado cara la toma
de Castellar, pero sufrirían más los defensores. El desastre de la semana
anterior —la caída de Bourg y sus insustituibles fuentes de agua potable— no se
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podía remediar. Las cisternas de Carcasona estaban sucias, y a medida que
agosto avanzaba, el tórrido calor hizo su espantoso trabajo. Los más pequeños
empezaron a morir; después los niños, seguidos de los viejos y los más débiles.
Se propagaron enfermedades; los animales yacían tendidos, agónicos. Pronto
hubo carroña pudriéndose en las calles. Una capa de moscas cubría la ciudad; la
tierra rebosaba de gusanos. No había agua que beber. «Jamás en toda su
existencia habían sufrido tanto», escribió el cronista que aportó esos detalles.
A mediados de agosto, un jinete se acercó a las murallas de Carcasona y se
identificó como pariente de Raymond Roger. Quería parlamentar con el
vizconde. Aunque las crónicas no revelan el nombre de este emisario de los
cruzados, parece ser que su declaración de parentesco fue admitida. Raymond
Roger, acompañado de docenas de hombres de armas, salió a caballo a oír lo
que el hombre quería decirle.
El cruzado habló con tono amable. «¡Os deseo [...] prosperidad a vos y a
vuestro pueblo! —dijo, según Guillermo de Tudela—. Desde luego os aconsejo
que resistáis si creéis que pronto llegará el auxilio. Pero debéis ser muy
consciente de que ello no sucederá.» Tras hacer hincapié en el aislamiento de los
Trencavel, el anónimo noble amenazó a Carcasona con la misma suerte que
había corrido Béziers. Había llegado la hora de negociar la rendición. Si accedía
a reunirse con los señores del norte, se garantizaba al vizconde un
salvoconducto para ir y volver del campamento de los cruzados.
Tranquilizado por las palabras de su pariente, Raymond Roger Trencavel se
alejó solo de la ciudad y, observado por sus enemigos, cabalgó hacia las tiendas
de los grandes nobles del norte. El vizconde fue conducido al pabellón del
conde de Nevers, Hervé de Doncy. Jamás volvería a ser un hombre libre.
La discreción de los cronistas favorables a la cruzada, que constituyen las
fuentes de aquel memorable verano de 1209, ha ocultado lo que sucedió
exactamente dentro de la tienda.5 Lo que puede conjeturarse es que los nobles
acudieron a dar la bienvenida a aquel joven con el respeto debido a un enemigo
valeroso. Sin duda Arnaud Amaury estaba presente, dispuesto a neutralizar el
menor sentimiento caballeroso que pudiera entorpecer su plan de librarse del
vizconde. Este resultó ser la única razón de aquel asedio. Aunque, como
muchos historiadores suponen, todos los líderes cátaros estaban refugiados en
Carcasona, el jefe de la cruzada consideró más importante eliminar al vizconde
que perseguir a los herejes, lo que era, en teoría, el objetivo declarado de la
cruzada.
A las gentes de Carcasona se les dijo que podían marcharse en libertad. De
hecho, debían irse. Su vizconde ya no les podía ayudar. Católicos, cátaros y
5 Aunque todas las fuentes se deslizan con sospechosa velocidad sobre el incidente, están en desacuerdo
sobre lo que se ofreció exactamente a Raymond Roger. En la Chronica, Guillaume de Puylaurens dice
que fue el joven Trencavel quien se rajó y accedió a que lo retuvieran como rehén. Pierre de Vaux de
Cernay, que no hace mención alguna al fracasado intento de mediación del rey Pedro, da a entender que
la cruzada siempre quiso mantener al vizconde cautivo indefinidamente. Parece que en la Canso falta un
pasaje sobre ese momento crucial. Para un análisis completo del incidente, véase el volumen 1 de
L'Epopée cathare (pp. 275-278).
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judíos, uno a uno por un estrecho postigo; los habitantes de Carcasona
abandonaron su ciudad y sus bienes. Si intentaban salir con algo más que la
camisa —joyas, dinero, trajes—, se les confiscaría. «No se les permitió llevarse
consigo ni siquiera el valor de un botón», según consta en una crónica. Miles de
personas descalzas, apenas vestidas, vagaron por los campos de rastrojos
quemados, sin sustento y con la dignidad quebrantada. Se dispersaron en todas
direcciones, al azar, por las colinas y siguiendo el curso de los ríos, cada uno en
pos de un destino desconocido y del que no hay constancia. Habría que repoblar
Carcasona.
Raymond Roger fue conducido encadenado a su ciudad vacía y obligado a
bajar las escaleras de piedra de lo que había sido su castillo hasta dos días antes.
Lo ataron al muro de su propia mazmorra. Sea cual fuere el acuerdo al que
llegara en el campamento de los cruzados para salvar a su gente, es sumamente
dudoso que aceptara ese destino para él. Tres meses después, el otrora sano
Trencavel, fue hallado muerto en su celda. Su sucesor habló de disentería y de
los misteriosos designios de la divina providencia; pero, en el sombrío
Languedoc, muchos sospecharon juego sucio.
El sucesor era Simón de Montfort. Un agradecido Arnaud le había concedido
las tierras de los Trencavel. A los nobles más importantes de la cruzada primero
se les ofrecieron las grandes posesiones, pero todos rechazaron la tentadora
recompensa, por principios feudales y, sin duda, por miedo a la reacción de su
atento monarca de París. Sin embargo, Simón tenía tan pocas tierras en el norte
que su ganancia inesperada no supondría ninguna amenaza para nadie en el
reino de Francia, aparte de que sus dotes de guerrero habían quedado
sobradamente demostradas. Era una perfecta combinación de ambición y
capacidad. El 15 de agosto de 1209, fue nombrado vizconde de Béziers y
Carcasona y de todas las posesiones que quedaban en medio. Era la festividad
de la otra María, la madre de Jesús.
El gran ejército hizo las maletas y se dispuso a volver a casa; los cruzados
habían concluido la cuarentena y se habían asegurado su sórdido lugar en la
historia. Simón había arrancado un compromiso de los señores del norte en
virtud del cual regresarían si los necesitaba. El conde Raimundo hizo venir a su
hijo de doce años de Tolosa y lo presentó cordialmente a Simón y a la nobleza
reunida en Carcasona. Dado que uno de los más grandes nobles del Languedoc
había sido desposeído de sus bienes de manera ignominiosa, es lógico suponer
que Raimundo estaba presentando a su hijo a aquellos norteños para hacer
valer la legitimidad de su familia. Según una crónica, el muchacho recibió la
aprobación de los presentes.
La mayoría de los cruzados abandonaron el Languedoc y se dirigieron a
Francia. Simón se instaló con cuarenta caballeros incondicionales y sus varios
cientos de soldados armados en la ciudadela de Carcasona. Casi todos eran
nobles de segunda fila de Picardía y de Île-de-France que iban en busca de
aventuras y riquezas. Había incluso un irlandés, Hugh de Lacy, un descontento
del linaje de los normandos expulsado del condado de Meath. Simón prometió
feudos a aquellos hombres si se quedaban y sometían las tierras que habían
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usurpado. Necesitaría su ayuda, pues más allá de las murallas de Carcasona el
nuevo vizconde estaba rodeado de gente que lo odiaba.
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