Y hay veces que dejo la colilla del cigarro en vertical para ver como se va consumiendo y a la vez veo como se va consumiendo mi vida.Ya llevaba muchos minutos dando vueltas a mi cama. Las sábanas se mezclaban con las mantas, la funda estaba fuera de lugar y el calor me había hecho empujar fuera del colchón sábanas y mantas. Sólo quedaba mi almohada y yo. Abrí mis ojos y me encontré abrazándola. La solté y miré el techo de mi cuarto. Tenía una sonrisa en los labios, signo del día anterior. Miré el despertador; las once y cuarto.Descalzo, me dirigí al balcón para abrir la persiana, para intentar expulsar todo el calor que en una mañana de Verano podía asimilar el cuarto. La persiana hizo su ruido típico mientras se enrollaba e iban entrando los rayos del sol en la habitación, aterrizando en mis pies, piernas, hasta ser un foco en todo mi cuerpo. Miré a ambos lados del balcón y sonreí porque todo era...Joder, si qué hacía calor esa tarde de Junio por las calles de Málaga, y como todas las calurosas tardes, tras mi mate, salí a dar un paseo por el parque, bajo las copas de esos árboles, buscando sombra y algo que diera un toque especial a mi vida que podíamos calificar de cotidiana, o algo así, aunque la vida cada vez es más frenética, todo va más rápido, a una velocidad que convierte los días en horas, las horas en cortos minutos y las noches... En pequeños sueños y malgastando lo poco que a veces podemos malgastar. Y así, caminado, me senté en un banco verde y dejaba ir mi cabeza, mi imaginación con cada persona que pasaba. Veía a la gente como posibles personajes de un libro que aún no he escrito y pro lo tanto, tampoco he terminado. Dicen que para ser una persona feliz hay que haber escrito un libro, plantado un árbol y tenido descendencia. No sé quien habrá dicho eso. Quizás un ecologista, amante de la literatura fácil y asustado por el envejecimiento actual de la población mundial. Yo le doy otra calada a mi cigarro para acortar mutuamente nuestras vidas. Otra cosa, he de decir que no fumo, solo de vez en cuando, para buscar... Ni yo lo sé. El caso es que me gusta eso de sentarme y que una bella mujer con un olor a perfume que te envuelve y recuerdas a Miller cuando describe la vida parisina... Pues eso, centrándome en esa mujer “milleriana”, se acerca y pide fuego. Yo la miro, como dice un amigo, la escaneo e incluso la valoro. Sé que es un gesto algo machista e incluso materialista pero me siento bien dándole rienda suelta a mi imaginación cuando me ponen barreras. Pues nada, que tras su segundo “Perdona, ¿tienes fuego?” ya le hago más caso y decido ofrecerle el mechero. Dudo entre encenderlo yo o pasárselo a ella para poder seguir mirándola más de cerca. Me decido por darle yo el fuego. Quizás pilla la indirecta. Mientras ella chupa el fuego de mi mechero, yo le clavo la mirada a través de sus gafas de sol ovaladas y oscuras. Las califico de un poco grandes pero seguro que es el modelo que mejor le venía a ella. Se ve una tía con pasta. Observo sus dedos largos y sus uñas crecidas. Vaya, realmente atractiva. Creo que es un personaje digno de conocer. Quizás sea la chispa de un nievo libro. Decido aguantar su perfume caro y envolvente, sus excesos de eses y sus caprichos de niña, que supongo tendrá. Ahora que pienso, tengo muchos prejuicios que debería enterrar con la pala de la experiencia.La conversación se hizo muy interesante. Ella era, lo que yo llamo, una artista. El nombre es lo de menos. La llamaré La Pianista. Este vicio es muy común en mí y denota cariño. Tengo compañeras con los nombres más “suyos”. Desde Jardín a Princesita pasando por Mi Ángel Preferido. Esta Luna, Joplin y un largo etc... Pero a ésta le pegaba pianista. Pues tras un comienzo de conversación, ella comenzó a contarme su vida sin yo haberle preguntado nada. Era de la Sociedad Protectora de Animales e incluso me enseñó un carnet con una foto bastante mala. El día que se la hizo no tuvo que ser muy bueno para ella. Tenía una cara de pocos amigos. ya ves, y yo mientras la miraba, sólo sabía pensar en como llevármela a mi casa. Del carnet paso a una historia sobre un perro atropellado que tuvo “ella misma”, palabras en la que puso un poco más de intencionalidad, a la mismísima asociación. AL final tuvieron que sacrificar al perro porque tenía la pata engangrenada. Y tras esto, sonreía. Como si buscase algo de complicidad en mí. Y yo estaba dispuesto a darle toda la complicidad del mundo porque, para ser sincero, no hacía ni el más mínimo caso a lo que me estaba diciendo. Me perdía entre el baile de sus labios, como su lengua los humedecía y como agrandaba los ojos cada vez que una de mis respuestas le sorprendía. Esto era muy frecuente porque como no le hacía mucho caso, pues me perdía continuamente. También me habló de algo de un camping. Creo que dijo que se había tirado durante toda su infancia visitando campamentos pero claro, no puedo aclarar qué más dijo. Y para más inri, cuando se quitó las gafas, ya no sólo me perdía en el baile labial sino también en sus ojos. No es que fueran unos impresionantes ojos verdes traicioneros, azules mentirosos o negros azabaches. A decir verdad, ni me acuerdo del color exactamente. Podría decir que eran marrones pero cada vez a los abría era como si te absorbiese dentro.
Tras unas horas, se ofreció a invitarme a tomar unas cervezas. eso me venía bien porque no tenía nada de plata y tampoco compañía. Mi gente se había ido ese fin de semana a una reunión sectaria de un grupo universitario o algo así. Después me contaron que les hicieron pagar unas 300 pesetas por cada vaso de plástico y que les despertaron tirándoles agua. Pero eso no viene a cuento, solo decir que estaba solo y que cualquier compañía valía, y si era como la de La Pianista, que además de bella, tenía una buena conversación porque, ya tomando las cervezas en el Boquerón de Plata, me centré más en ella, en su conversación. No sé mucho de música pero ella parecía que llevaba un ritmo al hablar, los iba cambiando según la intención. Como si fuera la banda sonora del momento. Ralentizaba su habla bajando su volumen y yo me acercaba cauteloso cuando de repente, aceleraba su narración, vocalizando tan rápido que debía prestar más atención a lo que iba memorizando. Allí no sé cuantas cervezas nos tomamos. Con esto doy a entender que no tengo muy buena memoria y es verdad. Nos tiramos otras horas allí e incluso al ambiente se hizo más agradable llegando a respirarse un ambiente de intimidad con ciertas indirectas que ella dejaba caer sobre la mesa, sobre los tubos de cerveza, sobre la salsa brava de las patatas; sobre mi ansiedad. Y tras esto, me invitó a cenar a su casa. Yo no tenía hambre y creo q ella, bueno, aseguro que ella tampoco, así que no había que ser muy perspicaz para captar la gran indirecta. Nos acercamos hasta su coche color oro olímpico, según decía ella. Nos montamos y salimos dirección al futuro.
La pianista aparcó su coche frente a su casa. Conducía a gran velocidad, con la ventana abierta y la música puesta a todo volumen. Sus largos dedos cogían con firmeza el volante aunque sus ojos de vez en cuando se perdían mirando al copiloto, sorprendiéndose pero siempre manteniendo el control.
Subimos a su casa y decidió cocinar ravioles con roqueford. Tras unos minutos nos sentamos a al mesa, con una música clásica de fondo que yo no conocía. Ella me dijo el nombre del autor pero no lo recuerdo.
--¿Te importa que me siente a comer sin camisa? –Dijo ella desnudándose y dejando a la luz su sujetador blanco que escondía unos senos, delicia de todo hombre.
--A mi me da igual si te pones la camisa o no, mientras la comida esté buena
Allí estaba ella, comiendo los últimos restos de raviollis con la salsa especial de roqueford, mojando el pan en la salsa y manchándose los dedos, tras lo cual se los chupaba.
Yo allí, observando con la lata de cerveza en la mano sin más ganas de comer comida, sólo pensaba en ella y en sus movimientos. Comenzó desde el momento en que ella se quitó su camisa blanca y dejó a la vista sus senos escondidos tras su sujetador iluminado todo bajo una leve luz. Entonces la lucha entre el deseo y el comportamiento comenzó.
Tras llevar unos minutos de conversación con la pianista, tras desearla y perfilar con la vista las líneas de su sujetador, comenzar a desearlas, me perdí imaginando los labios de ella sobre los míos, desnuda completamente, llevando los ritmos de su pasión como si de música se tratase. Imaginar el baile de sus caderas, mis manos acariciando su espalda arqueada, la única prenda sobre esa piel desnuda. Un cinturón con mis manos, imaginaba el despegarse de sus labios articulando mi nombre, con esa luz jugando a hacer sombras.
Entonces me lancé...
Desnuda, con una lámpara de esquina, desenfrenadamente la pianista tocaba su instrumento, lloraba con las notas y por sentirse observada en plena desnudez, seguía golpeando con más fuerzas las teclas blancas y negras, con más ímpetu, mientras sus lágrimas caían como diamantes líquidos sobre su piano de cola color vino tinto donde momentos antes habían estado haciendo el amor.
Yo, desde el suelo, desnudo sobre la alfombra azul marina, la miraba sorprendido, como si su música me envolviese por completo y me vistiese, y poco a poco comencé a llorar junto a ella, junto a su oscuridad musical que me hacía partícipe de su melodía. De repente me hallé gateando hacia ella mientras la música subía de tono y la habitación se inundada de su explosión creadora. Notas envolvían todo lo real, lo palpable. Se mezclaban entre las sillas, las mesas, los cuadros y lámparas apagadas. Cabalgaban en los tenues rayos de luz que desprendían la única bombilla encendida, surgían de sus uñas duras y finas, de sus ojos cerrados con sus párpados de largas pestañas negras y los humedecía de agua salada que recorrían su cara de mar, que daban sal a sus labios, los cuales quería volver a besar... Y me acerqué a su desnudo pie y lo toqué, lo acaricié como el que acaricia la piel de una diosa, y ella, junto a un grito agónico vocalizando un “No”, me dio una patada en la cara, justamente en la nariz, y siguió con su música mientras sangraba gotas musicales y sentía el goteo de la herida sobre la palma de mi mano derecha.
En esos momentos golpeaba con todas sus fuerzas las teclas, con los puños cerrados y al mismo tiempo gritaba “¡¡No!!” como buscando la salvación de algo... Cerró de un golpe la tapadera de las teclas que hizo un ruido escandaloso, se apoyó en él con sus codos y se tapó la cara con sus dos manos de dedos largos de pianista.
Entonces cesó el llanto, descubrió su cara y abrió los ojos mirándome con tristeza y humildad, como el castigado por algo de lo que no tiene culpa, el culpable que tras años se descubre que es inocente pero de todas formas tuvo que cargar con la cruz de la condena. Giró su asiento y me miró fijamente.
-- Perdóname. --
Y tras esto, desnuda ante mí, caminó con pasos firmes, acercándose en la oscuridad de la habitación donde ya las notas habían muerto. Se sentó a mi lado en la alfombra azul marino, me acarició el pecho, jugando con los rizos de mi vello, mientras seguía con su mirada el recorrer de su dedo. Alzó la vista hacia mi rostro y comenzó a besarme entre lágrimas y susurros. Ya no se podía diferenciar la luz de la lámpara de los rayos de Sol que entraban por las ventanas para aterrizar en dos cuerpos desnudos que dormían abrazados. La música del amor.
Está amaneciendo, es mi otro yo. Las gaviotas piden agua bajo un cielo de nubes grises y tenues rayos de sol que se aventuran en la oscuridad de la mañana. Paz, tranquilidad, estado de silencio envolvente que romperemos de muchas maneras; unas tiernas y otras completamente absurdas y desordenadas, pero nuestro fin es darnos a conocer, sea como sea. Cientos, miles de pequeñas aves están dando los buenos días al rey Sol, a su llegada. Tú no estás conmigo. Dentro de poco el cielo se poblará de seres alados, volando por deseo, como yo hago de vez en cuando.
YA pasaron dos coches matando el silencio, un gato se relame en la calle, y el primer transeúnte se deja ver. Llegó la mañana, se fue el silencio tierno que hace unos momentos me envolvía, los últimos instantes de una noche que huye poco a poco, sin que nos demos la más mínima cuenta de ello. Llego el día, la luz, Sol, ruido, coches, desorden, gentes, humo, más ruido, más gente y tráfico. Motores de coches, claxon; una y otra vez.
La prisa, el fin del descanso. Campanadas al aire, fantasmas vivos con las sombras del día, tiempos de actividad cotidiana. El amor murió ya. Ahora indiferencia. Bostezos, brazos abiertos y el son de las persianas pidiendo luz para millones de lugares, de habitaciones, de piezas habitadas por seres diurnos que saludan con desgana a un nuevo día de rutina. Nada nuevo.
Me estiro. Tensó mi cuerpo para sentir mis músculos, para sentirme vivo. Me estiro con la absurda idea de ser de goma, de ser elástico, y en mis hombros parecen salir alas mas sólo son los músculos despertándose. No alas. No tú. No esperanzas. Rutina. Folios blancos, folios escritos.
Las primeras voces humanas vibran en el día entre explosiones de gasolina, portazos y risas de sueño. Alguna que otra cafetera nos avisará que se está rebosando con su silbido característico y su olor a café que impregna la cocina de muchos hogares.
Miras al reloj, miras al día y deseas una pausa pero hoy, como ayer, como mañana, no hay lugar para los perdedores y tienes que aceptarlo, vivir.
Comienza la caza.
En el infierno también soltamos este humo.
Los demonios danzan como locos alrededor de la hoguera como locos con una campana de alegría.
Y por qué danzan...
El demonio con sus cuernos dibuja en las paredes de carbón del infierno más quemado y con su rabo lleva el ritmo del baile porque todo lo mueve él.
Las llamas queman los pies de los inferiores que se mueven como bufones de la risa.
Este humo llena los pulmones y seca la garganta del infierno.
Rojo, negro y calor porque todo es una puta rutina aquí ABAJO.
Siento indiferencia.
Pasotismo.
Falta de apego.
Y siento ganas de desaparecer, de vomitar cada vez que pienso en ello, cada vez que tengo la sensación, la más mínima sospecha de que puede existir y esposarme con la mentira, y huyo. Sé que la huida no me va a llevar a ninguna parte pero huyo, corro, intento desaparecer y dejar a un lado mi sombra. Cartasis. Caída. Descenso. Tiemblo porque rechazo y camino con pasos de camaleón. Nosotros somos el avance, el comienzo, la primera línea. Camaleón, ocultándome en colores claros, colores vivos como la manzana o el ladrillo de la pared. Y oteo, diviso desde las esquinas los lugares lejanos, cercanos y del más allá. Olfateo ante la indiferencia del viento traicionero que también te ata para luego enfriarte con ilusiones llenas de imágenes fantasmagóricas... Tock, tock. Y la puerta se abre. La ventana chirría. Todo está oxidado con un pequeño baño de sal. Cae el hierro firme y fuerte. Hacemos una ilusión, una composición de algo superior. Nock, nock. Otra forma de llamar a la puerta.. Lentamente mueve sus brazos como para aplaudir un momento más de emoción, breve y no buena. No, no, no. Unas cadenas de obligaciones varias se ciñen sobre las alas de todo el que busca. Más lenta al búsqueda, con más ternura... Suena la flauta que crea un ambiente medieval entre espigas de trigo, como las farolas de la calle. Un apego indiferente y nubes blancas con forma de objetos de usar y tirar, como todos porque nadie es imprescindible.
Un baile, unas campanas de funeral por una nueva boda. Piano.
Unas notas repetidas acompañan a lo más normal.
Magos de la noche, con vuestros polvos eternos os hacéis dueños de la existencia con violines de coro, con luces azules y miedos engendrados por algo llamado historia. Miedo, aceptación y sorpresa ante los inventos de alguien que no puede hacer otra cosas mas que aceptar la majestuosidad de unas notas exquisitas de supremacía.
Está ahí. Aparece y todos de rodillas, cabeza abajo y mirando al suelo, las manos alargadas como para tocar su aureola y poder seguir viviendo... ¡ojalá me mire a mí! Es como si el aire se moviese para usurpar el nuestro y dárselo. Quiero mirar pero no puedo. La alegría y la sonrisa me la muestra con sus pasos. Veo sus pies y no puedo seguir más arriba. No sé si alguien se dignará a mirar por encima.
Todos.
Me enseñan a no hacer lo que deseo pero no hay algo más fuerte que el hecho de rechazar lo que me enseñaron. Unas palabras a lo chino que no entiendo. ¿Por qué le estamos cantando? Miré y me quedé aceptando lo normal, natural y efectivo. Una luz sale de la pared. Todo acaba con un violín de madera que me muestra la realidad que no quiero ver.
La canción de la cuna, de los padres, de nuestra familia que me asusta por momentos.
Estaba DIOS sentado en su sillón de rey, en su sillón de jefe, con miles deángeles contándole chistes y de pequeños querubines abanicándole con las alasque llevaban pegadas en al cabeza.
Estaba DIOS incómodamente sentado, nervioso, y no sabía la causa. Moviéndose y removiéndose en los cojines de su real sillón de jefe, mascando el chicle del aburrimiento y haciendo malabarismo con su cetro divino de poder, con su cetro de oro – vaticano, sin saber que hacer con él, y como no podía venderlo ni comerlo, jugaba.
Estaba DIOS, aburridamente sentado con posturas incómodas y variantes, nervioso sin saber la causa, cosa que lo enfadaba más, moviéndose y removiéndose en los cojines, más que aplastados y acalorados por él, en su aburrido e incómodo sillón tranquilo de jefe, de rey con cetro más que adornado de cosas tan valiosas y que no podían usarse, tan valiosas como tus ojos, como tu mirada, como cuando mis ojos te miran y te roban un beso, porque me he convertido en el ladrón de tu...
Estaba allí, DIOS, solo y más que rodeado de bellos ángeles aburridos, que elogiaban su magnificencia, y querubines, que aireaban su aburrida y angustiada existencia, en ese sillón real, incómodo, grande y lujoso, que imponía el nerviosismo de no saber la causa y el enfado, el enfado de la impotencia al no saber el motivo de que algo no funcionaba, moviéndose y removiéndose en sus, más que usados, cojines del aburrimiento. Resoplando y cambiando a las posturas que mas denotaban incomodidad y agobio, habiéndosele caído más de una vez el cetro de mando, porque el destino hace que caiga todo; cayó mi castillo, cayó mi mansión, y cayó mi casa, y ahora vivo en una pequeña choza con sólo tres cubiletes: Amistad, esperanza y amor... Tantas veces se le cayó el cetro, y al no saber con que matar su aburrimiento, le pegó una patada a éste y tiró todos los cojines, no dejó uno donde sentarse, no dejó cojín en sillón real. Se los tiró a los ángeles, a los querubines y, alguno que otro, lo rompió y esparció las plumas por su alrededor, soplando a las más cercanas y escupiendo a las lejanas, escupiendo con enfado. Se puso de pie y se arrancó las telas blancas hechas con lino divino y, haciendo una divina bola, se la tiró con maldad al último ángel que lo miraba. A éste nadie le besó con la mirada. Pegó un grito, se tragó unas plumas, que por casualidad se colaron en su boca divina, las escupió casi ahogándose, y tosiendo, se tranquilizó. Cuando recuperó el habla, se subió al sillón de jefe divino y real, se subió de un saltó con los pies juntos y casi se cae de boca, soltó tres bocanadas de aire, respiro profundamente echando el aire por la nariz, buscó a alguien para gritarle, y al verse solo, pegó los brazos al cuerpo con los puños cerrados, abrió su divina boca por donde asomaba una pluma blanca, una pequeña pluma blanca de un cojín más que usado, cerró los ojos, y al abrirlo, pareció recobrar la compostura; pareció hacerlo. Tosió, se sentó con el codo apoyado en el brazo del sillón real, agarró sus cabellos divinos, cerró los ojos y, de repente, en medio de toda su divina compostura, gritó, gritó agónicamente, grito un alarido desgarrador que le rajó su divina garganta, un grito que escuchó todo ángel en el cielo, y tras esto, susurró para sí mismo:
— No aguanto la idea de vivir sin ti —
Bajó la cabeza, tosió, se bajó del sillón y se fue del cielo.
Hola Amor:
Estoy cansado de esperarte y de vivir sin conocerte. Vivo porque es costumbre y muero cada día. Siento como mi corazón se ahoga en un llanto silencioso y seco. En las horas tardías, mientras el Sol se esconde tras las montañas, intento escuchar como sus rayos las acarician, como los rayos calientan ese amor inmortal, y cierro los ojos para imaginar que ese calor que por instante tuesta mi piel, son tus manos. Espero abrir los ojos y verte, no sentir que el rayo cálido desaparece y llega el frío, pero siempre se repite.. Busco y no encuentro, como es común en mi rutina. Aparece, grítame porque mañana podría ser tarde.
En los momentos de nostalgia muero una y otra vez, y sueño mientras padezco la muerte, sueño mientras padezco la resurrección, sueño en el intermedio... Sueño. Quizás es el único momento en el que mis alas me inyectan la suficiente vida como para sonreír.
Te busco en los recuerdos, en mis letras, en lo escrito, en lo no escrito, en la gente desconocida y en la que camina por mi cabeza. Simple y complicadamente, te busco. Me gustaría poder escribir que te he encontrado, que te he besado, querido, amado y deseado.
Estoy cansado del día, de la tarde, de la noche y de todo momento intermedio. De mirar mi esquela de errores, de tomar una nueva batalla mientras mi experiencia ya prepara las tropas para una retirada pacífica, cabalgar bajo días grises con tristes formas de algodones empujados por las manos del viento que les da forma, muchas formas distintas en las que busco tu sonrisa, tu cara y tu figura. Pero sólo eso, busco.
Mis lentos pasos son como el retumbar del tambor del condenado a la soledad, a la abstinencia de tu compañía, tus caricias y dulce conversación. Del baile de tus labios al hablarme, del abrir y cerrar de tus párpados que me hacen señales que me hipnotizan, el movimiento de tu pelo y las comisuras de tus labios cuando me sonríes. ¡Qué medicina para mi enfermedad!
Te deseo como Quijote deseó a su Dulcinea, como un loco porque no te conozco, y sonrío cuando pienso y viajo. Ahora triste, ahora alegre. Altibajos de sentimientos pero así es la vida de un loco quijotesco, con ojeras de fijar mi mirada en imágenes fantasmagóricas, mi Dulcinea.
Te deseo, anhelo y busco en mis sueños, y consciente, en ellos, te agarro para arrastrarte hasta mí y despertarme contigo, con el ángel robado al cielo, pero mis manos se abren solas, vacías, y mis ojos tristes y húmedos. Y mi cama es inmensa como el océano, fría y deshecha. Mi solitaria cama oceánica, porque no tengo fuerzas para atraerte. Sólo fue un sueño. Me despierto abrazando la almohada.
Estoy cansado de otear desde mi balcón, mirar y fijarme en toda persona que pasea o anda perdida como yo en mi búsqueda. Si supiera cual es tu buzón, dejaría un mensaje, 1001 rosas y un suspiro. Me siento tu sultán, rico de poemas que regalarte y momentos tiernos para poner a tus pies. Me siento tu mendigo; pobre, ausente de ti, mi manjar preferido y único, y degusto todo menos tú. Mañana está muy lejano. Ven.
Mi vida, poco a poco, con ritmo lento, aburrido, que sería motivo de un romántico suicidio a lo más pasional, se vuelve una escena fija, hecha e inmutable... Y a la vez que ando, encuentro motivos para asesinarme, para rendir mi búsqueda por ti, al cansancio de la rutina, a la condena de la soledad...
No tengo un nombre con el que llamarte, con el que poder gritar el inicio de mi cruzada, mandar a los cuatro vientos los emisarios de mi corazón desesperado a recorrer el camino a través de huracanes y mareas, a través del desconocimientos; Mi Santo Grial.
Azul es el color que me rodea continuamente mientras miro al oeste, al este o al sur. Es un sentimiento envolvente, relajador, tranquilizador que me hace sentirme fuera del momento, del lugar, fuera de todo. La música se mueve con las olas del azul, del infinito mar y del cielo eterno. Azul, como tus ojos cuando los miro, espejo donde me pierdo como cuando observo el firmamento, cuando diviso el horizonte, el más allá, la línea que separa el lugar donde estoy y donde quiero ir. Con golpes fuertes de ansias voy sumiéndome en tu azul, en tu mundo de vaivenes, de movimientos acompasados de placer y perdición. La esencia se mezcla con la realidad, con el sueño de una noche bajo un techo de estrellas, sábanas verdes y columnas inacabadas de madera viva.
Hay una nueva flor en la montaña.
Sabía a madera. Veinte del nueve del noventa y tantos. Finales de siglo. Un alma en pena, solitaria, en su morada festejaba cosas sin sentido. Un alma en pena intentaba profundizar en su muerte a través del alcohol. ¡Oh Baco!, Tú con uvas me harías feliz, me harías ver la soledad con más fantasmas y risas, con más lujuria y compañía. El caso es que ni tengo la lujuria cerca ni la compañía; sólo Mateus algo vacío, aunque parece que nunca se acaba, un par de Scaldis me desafían con su 12% y ya está muriendo el Chivas que luce como trofeo solitario sobre la TV, la que esnifo. Huele a frambuesa. Será por la infusión que no tomé. Los hielos alcohólicos nadan en el tubo fantasmal del alma atada al mundo por su pasión escondida. Sabe que su cuerpo se resiente por tanta droga, por tanto alcohol pero no tiene otra cosa que hacer. Mira a la enfermedad llamada alcoholismo, la mira cara a cara, “Por esta noche compartiremos placer. Yo beberé de ti y me sentiré menos solo. Cuando despierte, ayúdame a cruzar el velo, guíame por la tempestad que afronté en vida y afrontaré en muerte, guíame a casa de Baudelaire para fumar opio de las tierras oscuras, para buscar vino en las tabernas y divertirme con el sexo de las musas vendibles.” El alma en pena sueña con la muerte y con la compañía que se le niega. Paria de la sociedad.
El asesino mira la botella, mira el cuello de la misma por donde la toma para tragar el veneno. ”Si tuviera unas píldoras todo sería más sencillo.” Su otra parte, la psique, teme como la sombra se apodera de algo suyo, se apodera de los grilletes de la vida y piensa en romperlos, en infravalolarlos mas no se lo va a impedir porque sólo quiere la muerte. La sombra coge el cuello de la botella y la vacía. Ya no hay doce años. La angustia se duplica, la catarsis atacó hace ya un tiempo y el alma cedió el timón a su sombra mientras llora lágrimas seca porque se le prohibió llorar ya como mortal. Ahí está, en su morada, en ese balcón donde besó a sus amadas, ahí vuelve siempre que lo necesita porque desde él también mira, con una esperanza muerta, a que vengan los citados. La cadena de plata con la llave de su diario que regaló a la primera Ana a cambio de un anillo de plata que siempre lleva en su meñique, ese libro inacabado que a través de sueños relató a muchos de sus amigos, incluso a él mismo. Recuerda como aceptó compartir antes que vaciar su vida, vaciarla más de lo que estaba en estos momentos... Ya no había vida. Sentía como poco a poco se iba separando, sería genial morir borracho habiendo escrito algo más que genial, no quería aparecer en el hospital, por lo menos no vivo...
Sombra, esa creación ya le acompañó durante su vida porque él siempre fue alma, alma en pena. La Soledad definió su sino. Siempre hubo una sombra para destrozar sus sueños, siempre hubo una en su existencia, en sus noches con sombra, en sus amigos, en sus esquinas, en sus poesías, en su vivir, en su mal vivir, en su sucia existencia cual cerdo que todos odian y tachan pero que también todos desean su pata, comer de ella.
Bellas mujeres le llegaban a su cabeza borracha bajo influjos del veneno. Ya estaba muriendo. Bellas mujeres y aún le esperaba mucho más alcohol; mucho más. Ya veía almas y espíritus a su alrededor. Miraba desde el balcón. Comenzó a llover y en la puerta vio a Eva, a su Eva de pelos rizados, blanca de piel, ojos verdes y sonrisa. Ella lo guiaría, lo libraría de la legión de los señores de la muerte. Ya no tenía sentido vivir, no tenía sentido envenenarse con alcohol y, como mucho más, un beso de despedida de RJ, la chica que hacía collares y pulseras infieles, pero a él le haría un llavero para colgar su corazón.
Acompáñame, por favor.
Iba bajando el color amarillento del tubo pero aún se sentía vivo. Buscó mas pastillas. Aún quedaba vino y cerveza con la sonrisa del 12%. En la pared se dibujaba un Nihil. En su corazón se dibujaba la soledad. Quería seguir subiendo. Esta vez no vomitaría lo que se había tragado como siempre ocurría. Por lo menos lo intentaría. Circuitos. Nunca fue bueno apostando y por eso siempre se llevaba sorpresas.
Un trago fuerte, con ansia, y el Chivas había muerto. Completamente muerto como él estaría el próximo día. Por mucho que llamasen al telefonillo del piso, él sería ya un espíritu. Ese Chivas que trajo para compartir con sus amigos. Sólo 30 minutos. La próxima vez se lo pediría a SS.MM.RR.MM de las sombras. Tenía que elegir entre vino rosado o 12%. Al límite. La TV da mensajes al medio muerto o medio vivo.
Hay cristales en el aire que le impiden respirar. Ya empieza a ver el manto, la diferencia, y su dulce Eva está sentada en la cama, llorando. ¿Pueden las almas llorar? Él lloró por ella hace aproximadamente ocho años. Pensó que Dios se había equivocado. Ahora estaba seguro que se había equivocado. Dios es un egoísta.
Ella lloraba y lo miraba. Él la veía traslúcida. Se levantó de la cama dando tumbos, miró a aquel telefonillo blanco. La sombra se había ido. Rogó porque sonara, sería el timbre de la compañía, el fin de esa pelea de boxeo entre su sombra y él. Se movió hacia sus teléfonos. Ninguno había sonado, tampoco llamadas perdidas. RJ no había llamado. Ellos tampoco.
Recordó su jadear, su suspirar, sus palabras al oído. En dos días, ella no había existido. Había un hielo semiderretido en el tubo y un poco de agua. El tubo sudaba, gotas por todas partes del mismo. Ella también sudaba, ella también sabía sudar.
Abrió los ojos. Estaba tirado en la cocina. Solo. Solo con letra mayúscula, con un abrelatas en la derecha y una cerveza en la repisa. Se levantó y no miró el reloj. No merecía la pena. Le dolía el costado pero ese veneno, ese veneno con un 12% estaba esperándole. Había comprado suficientes para sus amigos. Ahora se las bebería el solo. Era el camino a su final.
Sabía fuerte, muy fuerte. No mentía en su graduación; 12%, como no mentía ella al no prometerle nada. Nunca le había traicionado porque nunca le había prometido más que compartir, ser su amante. El vino era para cenas románticas. Esta vez el amor sería para él solo.
La Scaldis reposaba sobre un cenicero, como reposaba el tabaco, las colillas, las cenizas, como podía reposar su cuerpo sobre una cama cuando estuviese frío. Por fin sería inmaterial; fundirse con ella. 1769; 12% de Scaldis.
Sabía a aceituna. Se volvió a sentar en el sofá. TV OFF. El techo blanco, paredes blancas, cuadros sin sentido por las paredes blancas y sentimientos de alcohol en las venas, en el cuerpo, en la vista. Sólo una pregunta en su cabeza; ¿Por qué solo?
Sus labios bajo un chorro de agua, de agua del río de Caronte, tragando burbujas del más allá, tragando esa transparencia del elemento líquido mezclado con otro que te mareaba, y viendo a Eva. Él dentro del pequeño cuarto de baño, bebiendo agua ante una incesante sed, profeta de su muerte, y ella, traslúcida, apoyada en el quicio de la puerta. Veía agua por el suelo. Caronte paseaba con su balsa y su guadaña. Partiría dentro de poco tiempo.
Una 12% vacía. Otra besando sus labios mientras la angustia aumentaba con el líquido y el tormento llegó; vio como las puertas se abrían y se cerraban, escuchó el telefonillo, lo escuchó cuatro veces pero siempre que iba a responder, estaba solo, vacío. El telefonillo era un plástico vacío. Un paso y sentía como si se cayera, veía todo mas viejo, más roto, más podrido. Otro paso, y todo era igual. La muerte quería jugar con él aunque hubiese más que pagado el pasaje. Se dio contra el quicio de la puerta y cayó al suelo. Se tocó la cabeza con las manos y sintió un gran dolor en ella y en su interior. Vio su cuerpo en el suelo y después, como si se hubiera caído en una trampa, se despertaba y estaba dentro del cuerpo, con los ojos al lado del puto sofá, con la nariz en el frío suelo de color marrón anaranjado y casi rota, y sus pies llegando a la puerta de la cocina. Le llegó olor a espaguetis y escuchó un grupo de gente comiendo. Alucinaciones.
A cuatro patas, como un perro, respiraba hondo, iba a intentar ponerse de pie y comenzó por clavar las uñas en el sofá y tirar. Su cuerpo respondió aunque sintió como si se moviese más rápido él que su físico. Su aliento sabía a aceitunas, a 12%. Aún quedaba el vino y seguía vivo.
Cayó de cabeza al suelo y se tumbo en el mismo. Había sangre de la nariz. ¡Qué demonios! ¡De algo había que morir! ¡Qué mejor que galopar en los caballos del alcohol para cruzar las líneas de la vida y la muerte, para montar en la balsa de Caronte con dos monedas en los ojos, con una tempestad de sufrimientos a los cuales él sumaría los suyos¡ Un juego de distancias curvas donde estaría más solo porque menos gente lo vería, atravesar el manto, la diferencia, y andar por esas calles oscuras y podridas, por esas calles antiguas y corruptas con una botella en la mano y una lágrima negra, perpetua en la mejilla, un reloj de bolsillo con un segundero y sin ninguna manilla para los minutos ni para las horas, un segundero ruidoso que va marcha atrás como si de una cita se tratase, y un par de alas; una blanca y otra gris, con unas cadenas que rozaran el suelo y su ruido fuera como un llanto. La comisura de sus labios será una sonrisa forzada, y sus ojos negros azabache causa de atravesar la tempestad para buscar sufrimientos y ayudar.
Doy tumbos con mi Mateus Rose; de pared a sofá, de sofá a sofá, y me siento sin soltarle el cuello verde con su etiqueta Sugrade. Vino de Portugal. Ella no vino y yo lo bebí. Nunca había besado con tanto deseo unos labios de cristal verde con saliva de vino, de vid. Mi mayor fantasma sentado enfrente de mí, llorando. Mi corazón se relentiza debido a las pastillas para dormir que tomé mezcladas con las de la alegría. Un suicidio romántico en toda regla. Cuando mi amigo venga y me busque, me encontrará muerto, soñando. Yo lo veré. Él a mí no. No tengo nada que perder, sólo que ella, Eva, me lo pida. Me pida que me quede aquí. La vi cuando me miré en el espejo; la vi, cerré los ojos y comencé a besar su imagen fría al tacto de mis labios. Ella se materializó. Me vi besando al espejo.
Otro beso al cristal verde. Cómo me gusta el Mateus Rose. Ahora la busco. Sólo escucho su llanto. Quizás sea yo su pasión pero ya es muy tarde, ya hice una mezcla des patillas en mi mesa para el suicidio. Mi estado de ánimo varía como una veleta en una tempestad. Recuerdo ese amigo que hizo lo mismo en su isla, donde ahora trabaja, y se salvó de la muerte porque telefoneó a su amada. Yo no tengo a quien telefonear, ya lo hice y sigo solo.
24% de Scaldis bebido y más de la mitad de Mateus Rose.
Suelto mi reloj cerca de la infusión de frambuesa. Mi reloj fue un regalo muy especial al que le tengo mucho aprecio. Solté mi reloj y quedó algo parecido en mi muñeca, menos perfilado pero existente. Un segundero iba marcha atrás como mi vida, como mi amor, como mi existencia. Mis emes son como gusanos que se arrastran ante el destino.
Bésame otra vez, mis verdes labios de cristal, dime que me deseas, no me pidas amor, sólo pídeme que mi ondulante pluma vuelve a hablar sobre ti. Hay dos puertas por las que espero verte, espero presenciarte por cualquiera de las dos puertas porque siempre te quise como vivir y ahora te busco en mi no-vida. Siento como mi cuerpo se diferencia de la realidad. Me cuesta mucho mover mis brazos, mi físico, pero te veo mejor, mi dulce Eva. Quizás hoy sueñe contigo.
Me pesa mi brazo con pluma. Ojalá sea el tuyo que me pide acompañarte a la cama de sombras pero aún sigo jodidamente vivo, como uno más de estos mortales aunque te deseo como un poeta maldito que hizo círculos en tus pelos radiactivos, tus rizados pelos pelirrojos que te caían de tu pelirroja cabellera. Eva.
Cojo un puñado de pastillas y me la meto en la boca. Mis labios rozan tu cristal verde y cierro los ojos, cierro y sueño que te beso como pocas veces hice. Muy pocas pero más te deseo. Entre abro mis ojos; a través del cristal verde veo tu imagen de ángel, tu camisón blanco de seda ondeando por el viento que te rodea, ese viento que existe sólo a tu alrededor, y unos grilletes en tus muñecas de los que salen pequeñas nubes de humo blanco de vez en cuando. Tu pelo rizado es más rojo y resalta en el fondo blanco de tu halo, y unos tatuajes negros recorren toda tu blanca piel; por todas partes. Tu camisón se seda me hace poder imaginar a la perfección tu silueta, tu figura aunque de vez en cuando la veo borrosa, más borrosa que nunca. Y de repente, clara, como la luz de Sol en un fondo muerto. Tus labios rojos me sonríen llorando.
Trago y abro la puerta de la muerte. El suicidarse es compañero del alcohol, de la soledad, de la falta de compañeros. Nadie se ha suicidado acompañado. Ya miré las pastillas redondas; alermizol(sólo seis), Clarityne(más de seis) y alguna que otra aspirina. Vuelco el neceser, busco más drogas; Strepsil, colgate, Durex, cepillo de diente, etc... No hay más que me sirva.
Mis párpados se cierran como tus besos se cierran sobre los míos. Me besan y tus dientes sombríos me los muerden. Siento un placer más que especial, más que terrenal. Cierro los ojos y suspiro. Me veo junto a ti, nos veo juntos y riéndonos en un lugar oscuro, sombrío, en el cual eres el objetivo de mis deseos tras tanto tiempo.
Me levanto tras un sueño que diría duró unos días, de más de tres días. Me siento renacido y veo algo en el suelo de mi cuarto. Te veo a ti, mi dulce Eva, al lado mía, en la puerta de mi cuarto piso; 4ºA. Solitario. Me gustaría ver a mi amigo llegar a las 9:15 al piso y putearme por quedarme dormido. Pobre, yo que lo esperé ciego hasta las 5 a.m.. Vaya noche. ¿Y ese CandleTown?
Ella me despertó y me dijo que nos ocultásemos. Yo escuchaba gritos, ladrido de perros. Me asomé al balcón y los vi corretear por las calles, esas calles oscuras, sombrías, donde el sol no brillaba. Vi gente pasear sin percatarse de nada. Todo estaba más viejo, más sucio, más oscuro... Era el nacimiento a la muerte, mientras Eva, mi guía, había desaparecido. El reloj marcaba las 12:00 de la mañana y sonaba el telefonillo. Antes de poder acercarme, la puerta del piso se abrió. Yo corrí despavoridamente para esconderme, no quería asustar a nadie. Allí estaba mi cuerpo, tirado, con los ojos abiertos. Muerto. De repente me meto en el balcón, un balcón tan extraño como que la luz del Sol no llegaba, todo eran tinieblas, todo era más triste; y mucho más al no poder ver a Eva... Escuché un grito y otro más llamando, pidiendo venir a alguien... Me habían descubierto muerto. Tengo que salir corriendo de aquí.
De todo un poco... Escritos de ayer, hoy y mañana. Pensamientos con el corazón roto o entero, pero sobre todo con el "son" de los recuerdos. No olvidemos que recordar significa volver a pasar por el corazón (re - cordare).
Un Cajón Desastre como una moto de polvo de cariño.