Política Argentina

Apuntes políticos

Política Argentina
Cacerolas vs. caja
* E-mail:
* Password:
Registrarse Presentación Miembros Imágenes
¿Has olvidado tu Password?

Lista de mensajes
Autor Mensaje
Jacques Dupont
 
Mensajes: 17
Registrado: Septiembre/2007
Estado: Off-line
Grupo: Administrador del foro
 
 
  No hay peor sordo 04/Abril/2008 - 14:14

 
Desde que reemplazó a su esposo en el despachoprincipal de la Casa Rosada, Cristina de Kirchner había transitado casiimperceptiblemente por las veredas del poder. La dama parecía tomarsesu tiempo para asumir a pleno las responsabilidades presidenciales:descansaba en la intervención de su cónyuge en cuestiones deimportancia, se encargaba personalmente de asuntos sin aristascontroversiales (el plan para utilizar válvulas electricas de bajoconsumo, por caso), pasaba poco tiempo en Balcarce 50, fuera porque serefugiaba en la residencia de Olivos o porque la entretenían lasvacaciones, los viajes y las temporadas en El Calafate.
Cristina Fernández de Kirchner
Cristina Fernández de Kirchner
Al iniciarse marzo, cuando tuvo que inaugurar las sesiones del Congreso, se comentó en esta columna: "La señora volvió a sacar buena nota en la bolilla de oratoria. Las pruebas de presidencialidad, con todo, incluyen otros temas que ella aún no afronta. Dicen que en marzo ocurrirán definiciones. Marzo –un mes de exámenes- recién empieza".

En efecto, antes de que concluyera el mes la señora debió atravesar pruebas de mayor dificultad. Una medida recaudatoria lanzada por el Poder Ejecutivo (el incremento del porcentaje de retención a las exportaciones de soja y el establecimiento de un mecanismo de virtual congelamiento de precios) desató la vigorosa respuesta de la familia agropecuaria, que se lanzó al paro de actividades y se congregó en asambleas espontáneas a la vera de las rutas de centenares de pueblos de todo el país.

La conmovedora movilización del campo no fue contemplada con sensibilidad por la presidente Kirchner, que se encerró en una respuesta dura, lanzó a sus funcionarios a maltratar verbalmente a los hombres y mujeres del sector rural y alentó la respuesta paraestatal del sindicato de Hugo Moyano, primero, y de los piqueteros de Luis D'Elía más tarde.

El divorcio entre el gobierno y las clases medias urbanas ya se había manifestado en los comicios de octubre; ahora la separación se ensanchaba en respuesta a una injusticia evidente: ¿quién podía admitir que la señora de Kirchner llamara oligarcas a esos campesinos que vivaqueaban junto a las rutas, a esos trabajadores rurales que podían ser vistos y oídos por TV?
Aunque su cónyuge siguiera moviendo hilos desde sus oficinas de Puerto Madero, el paro agrario le otorgaba finalmente protagonismo a la investidura presidencial: los ojos del país y las lentes de las cámaras de tevé se centraron en la señora de Kirchner cuando el martes 25 ocupó el atril de la Casa Rosada. En todas las asambleas agrarias dispersas en el territorio se habilitaron altavoces para escuchar su palabra. La gran mayoría del país tenía la esperanza de escuchar un mensaje destinado a serenar los espíritus y abrir una puerta al diálogo constructivo. Pero eso no ocurrió. Para referirse a los hombres y mujeres de campo que la estaban escuchando (y que, a su vez, eran observados en las ciudades a través de los televisores) la señora empleó un lenguaje más impiadoso que el que Margaret Thatcher había usado en los 80 para embestir contra los mineros de Cardiff. Y lo acompañó con un tono arrogante. Aunque proclamó en ese discurso que ella se sentía "presidente de todos los argentinos", forma y contenido revelaban que no hablaba por todos ni para todos, sino por y para una facción.

La simpatía por la causa del campo se volvió activa en muchas ciudades, donde volvieron a sonar las cacerolas del año 2001. El divorcio entre el gobierno y las clases medias urbanas ya se había manifestado en los comicios de octubre; ahora la separación se ensanchaba en respuesta a una injusticia evidente: ¿quién podía admitir que la señora de Kirchner llamara oligarcas a esos campesinos que vivaqueaban junto a las rutas, a esos trabajadores rurales que podían ser vistos y oídos por TV?

No faltaba demasiado para que el divorcio del gobierno con la opinión pública de las ciudades se ampliara aún más: sólo tenían que entrar en acción Luis D'Elía y sus brigadas de piqueteros, lanzadas a la violencia en la Plaza de Mayo y rápidamente apañadas desde la Casa Rosada. Esos pasos se consumaron entre el 25 y el 27 de marzo.

Redistribución de la renta


El reclamo del campo, que empezó como respuesta al incremento de las retenciones, excede, en rigor, ese punto. La señora de Kirchner tiene razón cuando considera que el paro apunta contra "el modelo económico" kirchnerista. La presidenta trata de embellecer la naturaleza del golpe impositivo contra el campo alegando que se trata de una medida "para redistribuir el ingreso". Un asalto callejero también es una forma de redistribuir ingresos, pero no la más recomendable para la convivencia civilizada.

El modelo que sostiene la presidente podría ser bautizado "modelo confiscatorio centralista de matriz parasitaria", pues su lógica reside en succionar recursos de los sectores productivos más competitivos de todos los distritos para acumularlos en la caja central y utilizarlos desde allí en la imposición y financiamiento de obediencia política, en la distribución caprichosa y descontrolada de subsidios y en la implantación de un "capitalismo de amigos". Ese es el tipo de redistribución que el "modelo oficial" promueve.

En su desarrollo, las asambleas agrarias fueron bosquejando los rasgos de su propio programa de redistribución: un programa de redistribución del ingreso de base territorial.

Muchas provincias argentinas exhiben un ingreso per capita análogo al de países del Africa subsahariana. Santiago del Estero, una de las provincias más activas en el paro agrario, tiene un PBI por persona de menos de 1.800 dólares, equiparable a la República Popular del Congo. Chaco, Formosa, Jujuy, Tucumán, Corrientes o Misiones, con algo más de 2.000 dólares por persona, se encuentran al nivel de Swazilandia o Cabo Verde. El ingreso medio argentino es de unos 5.000 dólares per capita; por encima de la media se ubican la mayoría de las provincias del Sur (en particular las que gozan de renta petrolera) y la Capital Federal.

A su vez, al interior de las provincias se producen también cuadros de fuertes disparidades entre zonas y municipios, porque en general dentro de cada una de ellas impera un centralismo análogo al que el Estado Nacional les impone a los distritos. En esta columna citábamos una semana atrás a un productor de 9 de Julio, provincia de Buenos Aiures: "Estas retenciones sacan de este pueblo 270 millones de dólares que se van para el Gobierno Nacional, mientras que el total del presupuesto de todo el Gobierno local de 9 de Julio son 12 millones de dólares"

La pelea de los productores rurales contra el régimen de retenciones genera para provincias y municipios la oportunidad de reclamar como derecho lo que se les da (o, más bien: se les mezquina) como limosna. Y ofrece al país la oportunidad de perfeccionar y equilibrar su sistema institucional, vinculando impuestos y gastos a la representación y al control social y jurisdiccional.

Un estudio reciente de la Fundación Mediterránea corrobora que "la transferencia de ingresos que se realiza desde el interior hacia el gobierno central es extremadamente significativa" y apunta casos como el de Chaco o el de Santiago del Estero "que son provincias que muestran desfavorables indicadores en materia de desarrollo económico y humano, y sin embargo son de las regiones que más derechos de exportación generan por cada uno de los habitantes que cada una tiene". Santiago transfiere a la caja central por ese concepto 435 dólares por habitante, Chaco, 351 dólares; Entre Ríos, 630; La Pampa, 670; Santa Fé, 675; Córdoba, 765.

La revuelta agraria recupera la bandera histórica del federalismo en las condiciones de la época. Embrionariamente, al oponerse con vigor a la exacción centralista y reclamar que los impuestos que hoy vuelan al Tesoro presidencial queden en los municipios y en las provincias, genera las bases del reflorecimiento del interior, la revitalización de los pueblos, la descentralización de las inversiones, las obras, las oportunidades de trabajo y el bienestar. Si bien se mira, ese es el envión indispensable para la revolución demográfica que la Argentina necesita, para resolver creativamente el hacinamiento y la miseria de las megalópolis, ocupar e integrar equilibradamente todo su inmenso territorio y sostener esa gran tarea con los réditos de su trabajo y su competitividad internacional.

Así, el movimiento del campo encierra embrionariamente un verdadero programa de redistribución del ingreso y un modelo de crecimiento e integración, frente al modelo oficial, confiscatorio centralista de matriz parasitaria.


Diálogo y sordera


Después del discurso del martes 25 (que la siempre ponderada intelectual progresista Beatriz Sarlo caracterizó como "provocación") y después de las acciones de los mazorqueros de Luis D'Elía, el gobierno palpó su creciente aislamiento.

Lo notó, en principio, en las filas próximas, donde hasta hace poco reinaba la obediencia debida y, de pronto, empezaban a producirse desalineamientos: intendentes y concejales oficialistas que se pronunciaban a favor de las reivindicaciones campesinas; senadores hasta ayer íntimos del poder como el Carlos Reutemann o el cordobés Urquía, hacían lo propio y recogían en el Congreso murmullos de solidaridad que preanuncian futuras desobediencias. La Iglesia, gobernadores, grandes agrupamientos empresarios reclamaban una actitud sensata, un llamado al diálogo "sin condicionamientos previos". El gobernador bonaerense, Daniel Scioli, tan pronto regresó de una gira oficial por Brasil puso manos a la obra para construir puentes de convergencia.

La señora tuvo su segunda oportunidad el jueves 27. Eligió un escenario faccioso para hablar del tema. Tan ladeado, que a sus espaldas, en el palco de personalidades, se encontraba D'Elía, de quien, cual si de asesor literario se tratara, tomó en préstamo varias expresiones, no precisamente bien temperadas. La señora de Kirchner reconoció esa noche, en Parque Norte, que le cuesta gobernar, que se le hace difícil. Se lo atribuyó a cuestiones de género, pero es posible que haya errado en el diagnóstico. Agredió a los caceroleros porteños, insinuando con poco disimulo que se trataba de "defensores de Videla", nada menos. Sin embargo, es muy posible que muchos de ellos –como en el caso de los campesinos de las rutas- hayan sido votantes de ella o de su marido. En cualquier caso, se trataba de miles de ciudadanos –muchas mujeres, muchos jóvenes, desmintiendo quizás la idea de que la juventud se desinteresan de la cosa pública- que estaban reclamando en plazas del país un cambio de actitud; no pedían un golpe de estado: reclamaban diálogo, concordia, convergencia.

La señora pareció necesitar el extenso excipiente de casi una hora de agravios y juicios agresivos, para poder vocalizar al fin de su arenga una invitación a los ruralistas. No la invitación al diálogo sin requisitos previos que le pedían amplios sectores de la sociedad, sino una invitación a condición de que el campo levantara el paro.

Pese a la desconfianza sembrada por tantas hostilidades, pese a la presión que llegaba desde las banquinas, las cuatro organizaciones mayores del agro levantaron el paro, aunque mantuvieron (no fue una decisión, fue la aceptación de un hecho incontrastable) el estado de asamblea. Y el viernes 28 se hicieron presentes en la Casa de Gobierno.

La invitante sólo pasó para saludar, dejó en la reunión a sus delegados (el jefe de gabinete, su pupilo, el joven Martín Lousteau, y su adversario, el secretario de Comercio Guillermo Moreno) y se fue, reservándose el derecho de veto.

En la reunión quedó la impresión de que los representantes oficiales sólo habían convocado a una reunión de entretenimiento: no tenían ofertas para hacer, pero tenían mandato para rechazar. El campo no reclamó el fin de las retenciones, ni siquiera la anulación de los aumentos: sólo pidió la suspensión temporaria de esos incrementos; retrotraer la situación al minuto antes de la explosión del conflicto y darse un período para reencauzar el tema. Es decir: el procedimiento habitual en los casos de conciliación. La presidenta no quiso ni oir hablar de una suspensión: ni por tres meses, ni por un mes, ni por un día. Lógica consecuencia: el campo retomó el paro.

La última semana albergó la amenaza del ministro de seguridad (no cumplida, probablemente imposible de cumplir) de "despejar las rutas" con la Gendarmería o la Prefectura. Ahora se rumorea que el ex presidente Kirchner analiza la posibilidad de que se decrete el estado de sitio. ¿Se dedicará el kirchnerismo a la práctica del bumerán?

En la misma semana en que el gobierno malgastaba dos oportunidades de encauzar el conflicto con el campo (es decir con el sector de la economía nacional que más invierte, más aporta y que da más trabajo) en algunos puntos del conurbano bonaerense y en suburbios de ciudades del interior se producían algunos saqueos y amagos de saqueo. No es imposible que se trate de destellos de otro aspecto de la realidad que el gobierno no atina a enfocar adecuadamente: la inflación creciente, particularmente la de la canasta alimentaria, la que más afecta a los sectores socialmente más vulnerables.

Ni la inflación se detiene con las brigadas de inspectores o las estadísticas inventadas de Moreno ni las causas sociales se defienden con los métodos de D'Elía o las movilizaciones camioneras de Moyano.

El país necesita sensatez, redistrubución territorial del ingreso, paz, instituciones. Necesita gobernabilidad, un estado capaz de mantener el monopolio institucional de la fuerza, no uno que cobije violencia paraestatal. Hay que aprender en serio de la historia.

No agreguen acción directa, que de eso ya hay de sobra.
Leon Stofenmacher
 
Mensajes: 8
Registrado: Marzo/2008
Estado: Off-line
Grupo: Nuevo usuario
 
 
  Cacerolas vs. caja 31/Marzo/2008 - 22:56

Por Carmen Coiro

Por si hacía falta un hecho que marcara concontundencia la situación de la dinastía Kirchner, la batalla con el campo librada por el Gobierno de Cristina Fernández lo puso blanco sobre negro: fue el punto de inflexión de una era que probablemente pase del dominio absoluto del mundo político a la debilidad, una peligrosa debilidad.

En conflicto se suscitó además en el lugarclave de la economía argentina: el campo, porque como si el país nohubiera crecido casi nada en medio siglo, otra vez la economía nacionaldescansa sobre la tierra y sus frutos, tal como ocurrió hasta la décadadel 30.
Que el reloj del kirchnerismo atrasa, es una realidad yaincontrastable: atrasa en la generación de dicotomías anacrónicas,atrasa en su sistema autoritario de gobernar, atrasa en la elaboraciónde un verdadero modelo económico que haga crecer al país en base anuevos criterios, más acordes con la marcha del mundo desarrollado.

CristinaFernández también atrasa al reclamar un reconocimiento de género queprácticamente ya no se discute en el mundo civilizado.


Tantas sonlas paradojas y contradicciones, que el kirchnerismo parece estarempeñado en elevar el absurdo a la categoría de racional. Qué cosa mássurrealista podría ser que una mujer que fue consagrada a laPresidencia con el mayoritario voto popular, ahora reproche justamentea quienes la votaron que le estén haciendo la vida imposible por sermujer.

Merker, Bachelet, la propia Thatcher, tantas mujeres laprecedieron ya en el ejercicio de la máxima responsabilidad política deun país, pero jamás apelaron a un recurso tan bajo. Es que laautovictimización parece ser otro de los sellos del atraso de algunosconceptos kirchneristas. Sin ir más lejos, el propio Néstor Kirchnerbasó sus discursos de los cuatro años de su gestión en un constantegrito contra una presunta oposición y rechazo que nunca se verificó.

Es una lógica de poder que si sirvió por los primeros cuatro años, ahora muestra agujeros demasiado peligrosos.
Elmatrimonio Kirchner hace gala de una obcecación digna de mejor causa, y tal es su inflexibilidad y escaso reconocimiento de la realidad, que elpunto de inflexión que le marcó el campo pone a la actualadministración en un mojón de alerta que jamás debió haber permitidoque se instalara.

Porque no es a los gritos, a los insultos ni enviando a patoteros como se resuelven los dilemas políticos en el siglo XXI.
Enla última semana el país fue testigo de una serie de incongruenciasimpuestas desde el poder que casi parecieron inverosímiles. Después deun discurso virulento y provocador, la presidenta Fernández habló enParque Norte demostrando un esfuerzo supremo por tratar de borrar larealidad.

Recurriendo a una serie de sofismas dignos de seranalizados en escuelas que perfeccionan ese sistema, hasta intentóhacer creer que nunca dijo lo que dijo el martes. Intentó mostrar unnuevo rostro pero no le salió bien, dos días después, porque aunque elcampo suspendió a regañadientes la protesta, un día después volvió aimponerla al advertir que el Gobierno le ofrecía manos vacías.

En elfondo debe desentrañarse a qué responden tantos desaciertos. Cristina,el día inicial del cacerolazo, no quiso irse en helicóptero a Olivos,prefirió el auto. Esa imagen volando desde el techo de la Casa Rosadase hubiera multiplicado en los medios del mundo. Aunque hizo esfuerzospor no parecerse a De la Rúa, fue inevitable la evocación de aquellosdías aciagos.
La falta de ofertas del Gobierno en la primera rondade negociaciones fallidas parece responder a varias causas: por unlado, a la necesidad kirchnerista de no dar el brazo a torcer, algo quedebe considerar una verdadera herejía en el altar del poder omnímodoque desea retener. La otra razón, sin duda, son los problemas de "caja"que están afrontando. Se acerca el momento de cumplir con deudasinternacionales y hace falta más dinero para afrontarlas.

ElGobierno quiso presentar al conflicto campo versus gobierno como unadicotomía ideológica, desviando una parte de la contienda, el gobierno,para convertirla artificiosa pero peligrosamente en "pueblo".

Pero no anunció medidas de castigo para los grandes productores que explotana sus trabajadores. Tampoco diferenció entre chacareros yterratenientes; puso a todos en la misma bolsa, con la misma cegueracon que envió al piquetero Luis D'Elía a golpear a gente que expresabaprotesta en la Plaza de Mayo.

El Gobierno es duro con el campo perono lo es con la "patria petrolera", tal vez por que tenga más interesesen ese sector. No puede medir a todos con la misma vara, porque la suyaestá teñida de favoritismos.

El método kirchnerista quedó claro en un conflicto que, a raíz de la crisis en el campo, pasó desapercibido.

Hace unos días, decidió expulsar de la titularidad de la AFIP a AlbertoAbad, uno de los funcionarios más eficientes de esta administración,porque había osado criticar a un subalterno, el titular de la Aduanaultrakirchnerista Etchegoyen.

Para mostrarse equitativo los echó alos dos. Pero la única salida que se concretó en la realidad fue la deAbad. Etchegoyen quedó nombrado como segundo de la Aduana. Es decir,permaneció en el cargo. Todo un símbolo de la manera de manejar elpoder del kirchnerismo.

Ahora prepara un acto masivo de apoyo aCristina Fernández para el martes. En el contexto de esa organización,es difícil imaginar que las negociaciones con el campo vayan a resultarfructíferas. Otra vez recurrirá a la confrontación, recostada en lafuerza de miles de militantes, sindicalistas y piqueteros que trabajande llenar plazas por el "sí" a Cristina.


Usuarios activos
3 usuarios activos: 0 miembros y 3 huespedes en el foro.
 Reglas de mensaje
puedes escribir nuevos temas
puedes responder a los temas
puedes adjuntar archivos
no puedes editar tus mensajes
Contactar con el Administrador del foro.

La utilización del servicio vendrá condicionada por la previa aceptación de las Condiciones Generales de Uso del Servicio.



Foro gratis creado en ForosWebGratis.com. Crea tu propio foro aquí.