EN ESTE 2009 CUMPLE TUS SUEÑOS TE DESEA COMUNIDAD CIBERDOLAR DE ROBERTO LORENZHER.TEMAS DE ARTE,CULTURA,CIENCIA,TECNOLOGIA,NEGOCIOS Y DINERO. DEPRIMIDA, DEPRIMIDO, DEPRESIÓN? SOLO TE HACE FALTA UN AMIGO. ENCUÉNTRALO EN:http://join.zenzuu.com/ciberdolar

FELIZ 2009 Y LO MEJOR POR SIEMPRE.

COMUNIDAD CIBERDOLAR
BIBLIOTECA DIGITAL... LIBROS LIBROS Y MAS LIBROS DIGITALES
* E-mail:
* Password:
Registrarse Presentación Miembros Imágenes
¿Has olvidado tu Password?

Lista de mensajes
Autor Mensaje
ciberdolar
 
Mensajes: 387
Registrado: Marzo/2006
Estado: Off-line
Grupo: Administrador del foro
 
 
  EL FLAUTISTA DE HAMELIN ANÓNIMO 25/Mayo/2008 - 20:38

 

ANÓNIMO


EL FLAUTISTA DE HAMELIN
ANÓNIMO


Había una vez...
...Una pequeña ciudad al norte de Alemania, llamada Hamelin.   Su paisaje era placentero y su belleza era exaltada por las riberas de un río ancho y profundo que surcaba por allí. Y sus habitantes se enorgullecían de vivir en un lugar tan apacible y pintoresco.

Pero... un día, la ciudad se vio atacada por una terrible plaga: ¡Hamelin estaba lleno de ratas!

Había tantas y tantas que se atrevían a desafiar a los perros, perseguían a los gatos, sus enemigos de toda la vida; se subían a las cunas para morder a los niños allí dormidos y hasta robaban enteros los quesos de las despensas para luego comérselos, sin dejar una miguita. ¡Ah!, y además... Metían los hocicos en todas las comidas, husmeaban en los cucharones de los guisos que estaban preparando los cocineros, roían las ropas domingueras de la gente, practicaban agujeros en los costales de harina y en los barriles de sardinas saladas,  y hasta pretendían trepas por las anchas faldas de las charlatanas mujeres reunidas en la plaza, ahogando las voces de las pobres asustadas con sus agudos y desafinados chillidos.

¡La vida en Hamelin se estaba tornando insoportable!

...Pero llegó un día en que el pueblo se hartó de esta situación. Y todos, en masa,  fueron a congregarse frente al Ayuntamiento.

¡Qué exaltados estaban todos!

No hubo manera de calmar los ánimos de los allí reunidos.

-¡Abajo el alcalde! - gritaban unos. 

-¡Ese hombre es un pelele! - decían otros.

-¡Que  los del Ayuntamiento nos den una solución! - exigían los de más allá.

 Con las mujeres la cosa era peor.

- Pero, ¿qué se creen? - vociferaban -. ¡Busquen el modo de librarnos de la plaga de las ratas! ¡O  hallan el remedio de terminar con esta situación o los arrastraremos por las calles! ¡Así lo haremos, como hay Dios!

Al oír tales amenazas, el alcalde y los concejales quedaron consternados y temblando de miedo.

¿Qué hacer?

Una larga hora estuvieron sentados en el salón de la alcaldía discurriendo en la forma de lograr atacar a las ratas. Se sentían tan preocupados, que no encontraban ideas para lograr una buena solución contra la plaga.

Por fin, el alcalde se puso de pie para exclamar:

-¡Lo que yo daría por una buena ratonera!

Apenas se hubo extinguido el eco de la última palabra, cuando todos los reunidos oyeron algo inesperado. En la puerta del Concejo Municipal sonaba un ligero repiqueteo.

-¡Dios nos ampare! - gritó el alcalde, lleno de pánico -. Parece que se oye el roer de una rata. ¿Me habrán oído?

Los ediles no respondieron, pero el repiqueteo siguió oyéndose.

-¡Pase adelante el que llama! - vociferó el alcalde, con voz temblorosa y dominando su terror.

Y entonces entró en la sala el más extraño personaje que se puedan imaginar.

Llevaba una rara capa que le cubría del cuello a los pies y que estaba formada por recuadros negros, rojos y amarillos. Su portador era un hombre alto, delgado y con agudos ojos azules, pequeños como cabezas de alfiler. El pelo le caía lacio y era de un amarillo claro, en contraste con la piel del rostro que aparecía tostada, ennegrecida por las inclemencias del tiempo. Su cara era lisa, sin bigotes ni barbas; sus labios se contraían en una sonrisa que dirigía a unos y otros, como si se hallara entre grandes amigos.

Alcalde y concejales le contemplaron boquiabiertos, pasmados ante su alta figura y cautivados, a la vez, por su estrambótico atractivo.

El desconocido avanzó con gran simpatía y dijo:

- Perdonen, señores, que me haya atrevido a interrumpir su importante reunión, pero es que he venido a ayudarlos. Yo soy capaz, mediante un encanto secreto que poseo, de atraer hacia mi persona a todos los seres que viven bajo el sol. Lo mismo da si se arrastran sobre el suelo que si nadan en el agua, que si vuelan por el aire o corran sobre la tierra. Todos ellos me siguen, como ustedes no pueden imaginárselo. Principalmente, uso de mi poder mágico con los animales que más daño hacen en los pueblos, ya sean topos o sapos, víboras o lagartijas. Las gentes me conocen como el Flautista Mágico.

En tanto lo escuchaban, el alcalde y los concejales se dieron cuenta que en torno al cuello lucía una corbata roja con rayas amarillas, de la que pendía una flauta. También observaron que los dedos del extraño visitante se movían inquietos, al compás de sus palabras, como si sintieran impaciencia por alcanzar y tañer el instrumento que colgaba sobre sus raras vestiduras.

El flautista continuó hablando así: - Tengan en cuenta, sin embargo, que soy hombre pobre. Por eso cobro por mi trabajo. El año pasado libré a los habitantes de una aldea inglesa, de una monstruosa invasión de murciélagos, y a una ciudad asiática le saqué una plaga de mosquitos que los mantenía a todos enloquecidos por las picaduras. Ahora bien,  si los libro de la preocupación que los molesta, ¿me darían un millar de florines?

-¿Un millar de florines? ¡Cincuenta millares!- respondieron a una el asombrado alcalde y el concejo entero.

Poco después bajaba el flautista por la calle principal de Hamelin. Llevaba una fina sonrisa en sus labios, pues estaba seguro del gran poder que dormía en el alma de su mágico instrumento.

De pronto se paró. Tomó la flauta y se puso a soplarla, al mismo tiempo que guiñaba sus ojos de color azul verdoso. Chispeaban como cuando se espolvorea sal sobre una llama.

Arrancó tres vivísimas notas de la flauta.

Al momento se oyó un rumor. Pareció a todas las gentes de Hamelin como si lo hubiese producido todo un ejército que despertase a un tiempo. Luego el murmullo se transformó en ruido y, finalmente, éste creció hasta convertirse en algo estruendoso.

¿Y saben lo que pasaba? Pues que de todas las casas empezaron a salir ratas. Salían a torrentes. Lo mismo las ratas grandes que los ratones chiquitos; igual los roedores flacuchos que los gordinflones. Padres, madres, tías y primos ratoniles, con sus tiesas colas y sus punzantes bigotes. Familias enteras de tales bichos se lanzaron en pos del flautista, sin reparar en charcos ni hoyos.

Y el flautista seguía tocando sin cesar, mientras recorría calle tras calle. Y en pos iba todo el ejército ratonil danzando sin poder contenerse. Y así bailando, bailando llegaron las ratas al río, en donde fueron cayendo todas, ahogándose por completo.

Sólo una rata logró escapar. Era una rata muy fuerte que nadó contra la corriente y pudo llegar a la otra orilla. Corriendo sin parar fue a llevar la triste nueva de lo sucedido a su país natal, Ratilandia.

Una vez allí contó lo que había sucedido.

- Igual les hubiera sucedido a todas ustedes. En cuanto llegaron a mis oídos las primeras notas de aquella flauta no pude resistir el deseo de seguir su música. Era como si ofreciesen todas las golosinas que encandilan a una rata. Imaginaba tener al alcance todos los mejores bocados; me parecía una voz que me invitaba a comer a dos carrillos, a roer cuanto quería, a pasarme noche y día en eterno banquete, y que me incitaba dulcemente, diciéndome: "¡Anda, atrévete!" Cuando recuperé la noción de la realidad estaba en el río y a punto de ahogarme como las demás. ¡Gracias a mi fortaleza me he salvado!

Esto asustó mucho a las ratas que se apresuraron a esconderse en sus agujeros. Y, desde luego, no volvieron más a Hamelin.

¡Había que ver a las gentes de Hamelin!

Cuando comprobaron que se habían librado de la plaga que tanto les había molestado, echaron al vuelo las campanas de todas las iglesias, hasta el punto de hacer retemblar los campanarios.

El alcalde, que ya no temía que le arrastraran, parecía un jefe dando órdenes a los vecinos:

-¡Vamos! ¡Busquen palos y ramas! ¡Hurguen en los nidos de las ratas y cierren luego las entradas! ¡Llamen a carpinteros y albañiles y procuren entre todos que no quede el menor rastro de las ratas!

Así estaba hablando el alcalde, muy ufano y satisfecho. Hasta que, de pronto, al volver la cabeza, se encontró cara a cara con el flautista mágico, cuya arrogante y extraña figura se destacaba en la plaza-mercado de Hamelin.

El flautista interrumpió sus órdenes al decirle:

- Creo, señor alcalde, que ha llegado el momento de darme mis mil florines.

¡Mil florines! ¡Qué se pensaba! ¡Mil florines!

El alcalde miró hoscamente al tipo extravagante que se los pedía. Y lo mismo hicieron sus compañeros de corporación, que le habían estado rodeando mientras mandoteaba.

¿Quién pensaba en pagar a semejante vagabundo de la capa coloreada?

-¿Mil florines... ?- dijo el alcalde -. ¿Por qué?

- Por haber ahogado las ratas - respondió el flautista.

-¿Que tú has ahogado las ratas? - exclamó con fingido asombro la primera autoridad de Hamelin, haciendo un guiño a sus concejales -. Ten muy en cuenta que nosotros trabajamos siempre a la orilla del río, y allí hemos visto, con nuestros propios ojos, cómo se ahogaba aquella plaga. Y, según creo, lo que está bien muerto no vuelve a la vida. No vamos a regatearte un trago de vino para celebrar lo ocurrido y también te daremos algún dinero para rellenar tu bolsa. Pero eso de los mil florines, como te puedes figurar, lo dijimos en broma. Además, con la plaga hemos sufrido muchas pérdidas... ¡Mil florines! ¡Vamos, vamos...! Toma cincuenta.

El flautista, a medida que iba escuchando las palabras del alcalde, iba poniendo un rostro muy serio. No le gustaba que lo engañaran con palabras más o menos melosas y menos con que se cambiase el sentido de las cosas.

-¡No diga más tonterías, alcalde! – exclamó -. No me gusta discutir. Hizo un pacto conmigo, ¡cúmplalo!

-¿Yo? ¿Yo, un pacto contigo? - dijo el alcalde, fingiendo sorpresa y actuando sin ningún remordimiento pese a que había engañado y estafado al flautista.

Sus compañeros de corporación declararon también que tal cosa no era cierta.

El flautista advirtió muy serio:

-¡Cuidado! No sigan excitando mi cólera porque darán lugar a que toque mi flauta de modo muy diferente.

 Tales palabras enfurecieron al alcalde.

-¿Cómo se entiende? – bramó -. ¿Piensas que voy a tolerar tus amenazas? ¿Que voy a consentir en ser tratado peor que un cocinero? ¿Te olvidas que soy el alcalde de Hamelin? ¿Qué te has creído?

El hombre quería ocultar su falta de formalidad a fuerza de gritos, como siempre ocurre con los que obran de este modo.

Así que siguió vociferando:

-¡A mí no me insulta ningún vago como tú, aunque tenga una flauta mágica y unos ropajes como los que tú luces!

-¡Se arrepentirán!

-¿Aun sigues amenazando, pícaro vagabundo?- aulló el alcalde, mostrando el puño a su interlocutor -. ¡Haz lo que te parezca, y sopla la flauta hasta que revientes!

El flautista dio media vuelta y se marchó de la plaza.

Empezó a andar por una calle abajo y entonces se llevó a los labios la larga y bruñida caña de su instrumento, del que sacó tres notas. Tres notas tan dulces, tan melodiosas, como jamás músico alguno, ni el más hábil, había conseguido hacer sonar. Eran arrebatadoras, encandilaban al que las oía.

Se despertó un murmullo en Hamelin. Un susurro que pronto pareció un alboroto y que era producido por alegres grupos que se precipitaban hacia el flautista, atropellándose en su apresuramiento.

       Numerosos piececitos corrían batiendo el suelo, menudos zuecos repiqueteaban sobre las losas, muchas manitas palmoteaban y el bullicio iba en aumento. Y como pollos en un gran gallinero, cuando ven llegar al que les trae su ración de cebada, así salieron corriendo de casas y palacios, todos los niños, todos los muchachos y las jovencitas que los habitaban, con sus rosadas mejillas y sus rizos de oro, sus chispeantes ojitos y sus dientecitos semejantes a perlas. Iban tropezando y saltando, corriendo gozosamente tras del maravilloso músico, al que acompañaban con su vocerío y sus carcajadas.

El alcalde enmudeció de asombro y los concejales también.

Quedaron inmóviles como tarugos, sin saber qué hacer ante lo que estaban viendo. Es más, se sentían incapaces de dar un solo paso ni de lanzar el menor grito que impidiese aquella escapatoria de los niños.

No se les ocurrió otra cosa que seguir con la mirada, es decir, contemplar con muda estupidez, la gozosa multitud que se iba en pos del flautista.

Sin embargo, el alcalde salió de su pasmo y lo mismo les pasó a los concejales cuando vieron que el mágico músico se internaba por la calle Alta camino del río.

¡Precisamente por la calle donde vivían sus propios hijos e hijas!

Por fortuna, el flautista no parecía querer ahogar a los niños. En vez de ir hacia el río, se encaminó hacia el sur, dirigiendo sus pasos hacia la alta montaña, que se alzaba próxima. Tras él siguió, cada vez más presurosa, la menuda tropa.

Semejante ruta hizo que la esperanza levantara los oprimidos pechos de los padres.

-¡Nunca podrá cruzar esa intrincada cumbre! - se dijeron las personas mayores -. Además, el cansancio le hará soltar la flauta y nuestros hijos dejarán de seguirlo.

Mas he aquí que, apenas empezó el flautista a subir la falda de la montaña, las tierras se agrietaron y se abrió un ancho y maravilloso portalón. Pareció como si alguna potente y misteriosa mano hubiese excavado repentinamente una enorme gruta.

Por allí penetró el flautista, seguido de la turba de chiquillos. Y así que el último de ellos hubo entrado, la fantástica puerta desapareció en un abrir y cerrar de ojos, quedando la montaña igual que como estaba.

Sólo quedó fuera uno de los niños. Era cojo y no pudo acompañar a los otros en sus bailes y corridas.

A él acudieron el alcalde, los concejales y los vecinos, cuando se les pasó el susto ante lo ocurrido.

Y lo hallaron triste y cariacontecido.

Como le reprocharon que no se sintiera contento por haberse salvado de la suerte de sus compañeros, replicó:

-¿Contento? ¡Al contrario! Me he perdido todas las cosas bonitas con que ahora se estarán recreando. También a mí me las prometió el flautista con su música, si le seguía; pero no pude.

-¿Y qué les prometía? - preguntó su padre, curioso.

- Dijo que nos llevaría a todos a una tierra feliz, cerca de esta ciudad donde abundan los manantiales cristalinos y se multiplican los árboles frutales, donde las flores se colorean con matices más bellos, y todo es extraño y nunca visto. Allí los gorriones brillan con colores más hermosos que los de nuestros pavos reales; los perros corren más que los gamos de por aquí. Y las abejas no tienen aguijón, por lo que no hay miedo que nos hieran al arrebatarles la miel. Hasta los caballos son extraordinarios: nacen con alas de águila.

- Entonces, si tanto te cautivaba, ¿por qué no lo seguiste?

- No pude, por mi pierna enferma- se dolió el niño -. Cesó la música y me quedé inmóvil. Cuando me di cuenta que esto me pasaba, vi que los demás habían desaparecido por la colina, dejándome solo contra mi deseo.

¡Pobre ciudad de Hamelin! ¡Cara pagaba su avaricia!

El alcalde mandó gentes a todas partes con orden de ofrecer al flautista plata y oro con qué rellenar sus bolsillos, a cambio de que volviese trayendo los niños.

Cuando se convencieron de que perdían el tiempo y de que el flautista y los niños habían partido para siempre, ¡cuánto dolor experimentaron las gentes! ¡Cuántas lamentaciones y lágrimas! ¡Y todo por no cumplir con el pacto establecido!

Para que todos recordasen lo sucedido, el lugar donde vieron desaparecer a los niños lo titularon Calle del Flautista Mágico. Además, el alcalde ordenó que todo aquel que se atreviese a tocar en Hamelin una flauta o un tamboril, perdiera su ocupación para siempre. Prohibió, también, a cualquier hostería o mesón que en tal calle se instalase, profanar con fiestas o algazaras la solemnidad del sitio.

Luego fue grabada la historia en una columna y la pintaron también en el gran ventanal de la iglesia para que todo el mundo la conociese y recordasen cómo se habían perdido aquellos niños de Hamelin.

 

Editado por: CIBERDOLAR (25/Mayo/2008 - 20:41)
ciberdolar
 
Mensajes: 387
Registrado: Marzo/2006
Estado: Off-line
Grupo: Administrador del foro
 
 
  EL PRINCIPITO PARTE 2 25/Mayo/2008 - 18:57

Capítulo 15

El sexto planeta era diez veces más grande. Estaba habitado por un anciano que escribía grandes libros.

-¡Anda, un explorador! -exclamó cuando divisó al principito.

Este se sentó sobre la mesa y reposó un poco. ¡Había viajado ya

tanto!

-¿De dónde vienes tú? -le preguntó el anciano.

-¿Qué libro es ese tan grande? -preguntó a su vez el principito-.

¿Qué hace usted aquí?

-Soy geógrafo -dijo el anciano.

-¿Y qué es un geógrafo?

-Es un sabio que sabe donde están los mares, los ríos, las

ciudades, las montañas y los desiertos.

-Eso es muy interesante -dijo el principito-. ¡Y es un verdadero oficio!

Dirigió una mirada a su alrededor sobre el planeta del geógrafo; nunca había visto un planeta tan majestuoso.

-Es muy hermoso su planeta. ¿Hay océanos aquí?

-No puedo saberlo -dijo el geógrafo.

-¡Ah! (El principito se sintió decepcionado). ¿Y montañas?

-No puedo saberlo -repitió el geógrafo.

-¿Y ciudades, ríos y desiertos?

-Tampoco puedo saberlo.

-¡Pero usted es geógrafo!

-Exactamente -dijo el geógrafo-, pero no soy explorador, ni tengo exploradores que me informen. El geógrafo no

puede estar de acá para allá contando las ciudades, los ríos, las montañas, los océanos y los desiertos; es

demasiado importante para deambnlar por ahí. Se queda en su despacho y allí recibe a los exploradores. Les

interroga y toma nota de sus informes. Si los informes de alguno de ellos le parecen interesantes, manda hacer

una investigación sobre la moralidad del explorador.

-¿Para qué?

-Un explorador que mintiera sería una catástrofe para los libros de geografía. Y también lo sería un explorador

que bebiera demasiado.

-¿Por qué? -preguntó el principito.

-Porque los borrachos ven doble y el geógrafo pondría dos montañas donde sólo habría una.

-Conozco a alguien -dijo el principito-, que sería un mal explorador.

-Es posible. Cuando se está convencído de que la moralidad del explorador es buena, se hace una

investigación sobre su descubrimiento.

-¿ Se va a ver?

-No, eso sería demasiado complicado. Se exige al explorador que suministre pruebas. Por ejemplo, si se trata

del descubrimiento de una gran montaña, se le pide que traiga grandes piedras.

Súbitamente el geógrafo se sintió emocionado:

-Pero... ¡tú vienes de muy lejos! ¡Tú eres un explorador! Vas a describirme tu planeta.

Y el geógrafo abriendo su regístro afiló su lápiz. Los relatos de los exploradores se escriben primero con lápiz.

Se espera que el explorador presente sus pruebas para pasarlos a tinta.

-¿Y bien? -interrogó el geógrafo.

-¡Oh! Mi tierra -dijo el principito- no es interesante, todo es muy pequeño. Tengo tres volcanes, dos en actividad

y uno extinguido; pero nunca se sabe...

-No, nunca se sabe -dijo el geógrafo.

-Tengo también una flor.

-De las flores no tomamos nota.

-¿Por qué? ¡Son lo más bonito!

-Porque las flores son efímeras.

-¿Qué significa "efímera"?

-Las geografías -dijo el geógrafo- son los libros más preciados e interesantes; nunca pasan de moda. Es muy

raro que una montaña cambie de sitio o que un océano quede sin agua. Los geógrafos escribimos sobre cosas

eternas.

-Pero los volcanes extinguidos pueden despertarse -interrumpió el principito-. ¿Qué significa "efímera"?

-Que los volcanes estén o no en actividad es igual para nosotros. Lo interesante es la montaña que nunca

cambia.

-Pero, ¿qué significa "efímera"? -repitió el principito que en su vida había renunciado a una pregunta una vez

formulada.

-Significa que está amenazado de próxima desaparición.

-¿Mi flor está amenazada de desaparecer próximamente?

-Indudablemente.

"Mi flor as efímera -se dijo el principito- y no tiene más que cuatro espinas para defenderse contra el mundo. ¡Y

la he dejado allá sola en mi casa!" Por primera vez se arrepintió de haber dejado su planeta, pero bien pronto

recobró su valor.

-¿Qué me aconseja usted que visite ahora? -preguntó.

-La Tierra -le contestó el geógrafo-. Tiene muy buena reputación...

Y el principito partió pensando en su flor.

Capítulo anterior

Capítulo Siguente

Capítulo 16

El séptimo planeta fue, por consiguiente, la Tierra.

¡La Tierra no es un planeta cualquiera! Se cuentan en él ciento once reyes (sin olvidar, naturalmente, los reyes

negros) , siete mil geógrafos, novecientos mil hombres de negocios, siete millones y medio de borrachos,

trescientos once millones de vanidosos, es decir, alrededor de dos mil millones de personas mayores.

Para darles una idea de las dimensiones de la Tierra yo les diría que antes de la invención de la electricidad

había que mantener sobre el conjunto de los seis continentes un verdadero ejército de cuatrocientos sesenta y

dos mil quinientos once faroleros.

Vistos desde lejos, hacían un espléndido efecto. Los movimientos de este ejército estaban regulados como los

de un ballet de ópera. Primero venía el turno de los faroleros de Nueva Zelandia y de Australia. Encendían sus

faroles y se iban a dormir. Después tocaba el turno en la danza a los faroleros de China y Siberia, que a su vez

se perdían entre bastidores. Luego seguían los faroleros de Rusia y la India, después los de Africa y Europa y

finalmente, los de América del Sur y América del Norte. Nunca se equivocaban en su orden de entrada en

escena. Era grandioso.

Solamente el farolero del único farol del polo norte y su colega del único farol del polo sur, llevaban una vida de

ociosidad y descanso. No trabajaban más que dos veces al año.

Capítulo anterior

Capítulo siguente

Capítulo 17

Cuando se quiere ser ingenioso, sucede que se miente un poco. No he sido muy honesto al hablar de los

faroleros y corro el riesgo de dar una falsa idea de nuestro planeta a los que no lo conocen. Los hombres

ocupan muy poco lugar sobre la Tierra. Si los dos mil millones de habitantes que la pueblan se pusieran de pie y

un poco apretados, como en un mitin, cabrían fácilmente en una plaza de veinte millas de largo por veinte de

ancho. La humanidad podría amontonarse sobre el más pequeño islote del Pacífico.

Las personas mayores no les creerán, seguramente, pues siempre se imaginan que ocupan mucho sitio. Se

creen importantes como los baobabs. Les dirán, pues, que hagan el cálculo; eso les gustará ya que adoran las

cifras. Pero no es necesario que pierdan el tiempo inútïlmente, puesto que tienen confianza en mí.

El principito, una vez que llegó a la Tierra, quedó sorprendido de no ver a nadie. Tenía miedo de haberse

equivocado de planeta, cuando un anillo de color de luna se revolvió en la arena.

-¡Buenas noches! -dijo el principito.

-¡Buenas noches! -dijo la serpiente.

-¿Sobre qué planeta he caído? -preguntó el principito.

-Sobre la Tierra, en Africa -respondió la serpiente.

-¡Ah! ¿Y no hay nadie sobre la Tierra?

-Esto es el desierto. En los desiertos no hay nadie. La Tierra es muy grande -dijo la serpiente.

El principito se sentó en una piedra y elevó los ojos al cielo.

-Yo me pregunto -dijo- si las estrellas están encendidas para que cada cual pueda un día encontrar la suya. Mira

mi planeta; está precisamente encima de nosotros... Pero... ¡qué lejos está!

-Es muy bella -dijo la serpiente-. ¿Y qué vienes tú a hacer aquí?

-Tengo problemas con una flor -dijo el principito.

-¡Ah!

Y se callaron.

-¿Dónde están los hombres? -prosiguió por fin el principito. Se está un poco solo en el desierto...

-También se está solo donde los hombres -afirmó la serpiente.

El principito la miró largo rato y le dijo: -Eres un bicho raro, delgado como un dedo...

-Pero soy más poderoso que el dedo de un rey -le interrumpió la serpiente.

El principito sonrió:

-No me pareces muy poderoso... ni siquiera tienes patas... ni tan siquiera

puedes viajar...

-Puedo llevarte más lejos que un navío -dijo la serpiente.

Se enroscó alrededor del tobillo del principito como un brazalete de oro.

-Al que yo toco, le hago volver a la tierra de donde salió. Pero tú eres puro

y vienes de una estrella...

El principito no respondió.

-Me das lástima, tan débil sobre esta tierra de granito. Si algún día echas mucho de menos tu planeta, puedo

ayudarte. Puedo...

-¡Oh! -dijo el principito-. Te he comprendido. Pero ¿por qué hablas con enigmas?

-Yo los resuelvo todos -dijo la serpiente.

Y se callaron.

Capítulo anterior

Capítulo siguente

Capítulo 18

El principito atravesó el desierto en el que sólo encontró una flor de tres pétalos, una flor de nada.

-¡Buenos días! -dijo el principito.

-¡Buenos días! -dijo la flor.

-¿Dónde están los hombres? -preguntó cortésmente el principito.

La flor, un día, había visto pasar una caravana.

-¿Los hombres? No existen más que seis o siete, me parece.

Los he visto hace ya años y nunca se sabe dónde

encontrarlos. El viento los pasea. Les faltan las raíces. Esto

les molesta.

-Adiós -dijo el principito.

-Adiós -dijo la flor.

Capítulo anterior

Capítulo siguente

Capítulo 19

El principito escaló hasta la cima de una alta montaña. Las únicas montañas que él había conocido eran los tres

volcanes que le llegaban a la rodilla. El volcán extinguido lo utilizaba como taburete. "Desde una montaña tan

alta como ésta, se había dicho, podré ver todo el planeta y a todos los hombres..." Pero no alcanzó a ver más

que algunas puntas de rocas.

-¡Buenos días! -exclamó el principito al acaso.

-¡Buenos días! ¡Buenos días! ¡Buenos días! -respondió el eco

-¿Quién eres tú? -preguntó el principito.

-¿Quién eres tú?... ¿Quién eres tú?... ¿Quién eres tú?... -contestó el

eco.

-Sed mis amigos, estoy solo -dijo el principito.

-Estoy solo... estoy solo... estoy solo... -repitió el eco.

"¡Qué planeta más raro! -pensó entonces el principito-, es seco,

puntiagudo y salado. Y los hombres carecen de imaginación; no hacen

más que repetir lo que se les dice... En mi tierra tenía una flor: hablaba

siempre la primera... "

Capítulo anterior

Capítulo siguente

Capítulo 20

Pero sucedió que el principito, habiendo atravesado arenas, rocas y nieves, descubrió finalmente un camino. Y

los caminos llevan siempre a la morada de los hombres.

-¡Buenos días! -dijo.

Era un jardín cuajado de rosas.

-¡Buenos días! -dijeran las rosas.

El principito las miró. ¡Todas se parecían tanto a su flor!

-¿Quiénes son ustedes? -les preguntó estupefacto.

-Somos las rosas -respondieron éstas.

-¡Ah! -exclamó el principito.

Y se sintió muy desgraciado. Su flor le había dicho que era la única de su especie en todo el universo. ¡Y ahora

t.enía ante sus ojos más de cinco mil .todas semejantes, en un solo jardín!

Si ella viese todo esto, se decía el principito, se sentiría vejada, tosería muchísimo y simularía morir para

escapar al ridículo. Y yo tendría que fingirle cuidados, pues sería capaz de dejarse morir verdaderamente para

humillarme a mí también... "

Y luego continuó diciéndose: "Me creía rico con una flor única

y resulta que no tengo más que una rosa ordinaria. Eso y mis

tres volcanes que apenas me llegan a la rodilla y uno de Ios

cuales acaso esté extinguido para siempre. Realmente no soy

un gran príncipe... " Y echándose sobre la hierba, el principito

lloró.

Capítulo anterior

Capítulo siguente

Capítulo 21

Entonces apareció el zorro:

-¡Buenos días! -dijo el zorro.

-¡Buenos días! -respondió cortésmente el principito que se

volvió pero no vío nada.

-Estoy aquí, bajo el manzano -díjo la voz.

-¿Quién eres tú? -preguntó el principito-. ¡Qué bonito eres!

-Soy un zorro -dijo el zorro.

-Ven a jugar conmigo -le propuso el principito-, ¡estoy tan triste!

-No puedo jugar contigo -dijo el zorro-, no estoy domesticado.

-¡Ah, perdón! -dijo el principito.

Pero después de una breve reflexión, añadió:

-¿Qué significa "domesticar"?

-Tú no eres de aquí -dijo el zorro- ¿qué buscas?

-Busco a los hombres -le respondió el principito-. ¿Qué significa "domesticar"?

-Los hombres -dijo el zorro- tienen escopetas y cazan. ¡Es muy molesto! Pero también crían gallinas. Es lo único

que les interesa. ¿Tú buscas gallinas?

-No -díjo el principito-. Busco amigos. ¿Qué significa "domesticar"? -volvió a preguntar el principito.

-Es una cosa ya olvidada -dijo el zorro-, significa "crear vínculos... "

-¿Crear vínculos?

-Efectivamente, verás -dijo el zorro-. Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil

muchachitos y no te necesito para nada. Tampoco tú tienes necesidad de mí y no soy para ti más que un zorro

entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si tú me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del

otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo...

-Comienzo a comprender -dijo el principito-. Hay una flor... creo que ella me ha domesticado...

-Es posible -concedió el zorro-, en la Tierra se ven todo tipo de cosas.

-¡Oh, no es en la Tierra! -exclamó el principito.

El zorro pareció intrigado:

-¿En otro planeta?

-Sí.

-¿Hay cazadores en ese planeta?

-No.

-¡Qué interesante! ¿Y gallinas?

-No.

-Nada es perfecto -suspiró el zorro.

Y después volviendo a su idea:

-Mi vida es muy monótona. Cazo gallinas y los hombres me cazan a mí. Todas las gallinas se parecen y todos

los hombres son iguales; por consiguiente me aburro un poco. Si tú me domesticas, mi vida estará llena de sól.

Conoceré el rumor de unos pasos diferentes a todos los demás. Los otros pasos me hacen esconder bajo la

tierra; los tuyos me llamarán fuera de la madriguera como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves allá abajo los

campos de trigo? Yo no como pan y por lo tanto el trigo es para mí algo inútil. Los campos de trigo no me

recuerdan nada y eso me pone triste. ¡Pero tú tienes los cabellos dorados y será algo maravilloso cuando me

domestiques! El trigo, que es dorado también, será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo.

El zorro se calló y miró un buen rato al principito:

-Por favor... domestícame -le dijo.

-Bien quisiera -le respondió el principito pero no tengo mucho tiempo. He de buscar amigos y conocer muchas

cosas.

-Sólo se conocen bien las cosas que se domestican -dijo el zorro-. Los hombres ya no fienen tiempo de conocer

nada. Lo compran todo hecho en las tiendas. Y como no hay tiendas donde vendan amigos, Ios hombres no

tienen ya amigos. ¡Si quieres un amigo, domestícame!

-¿Qué debo hacer? -preguntó el príncipito.

-Debes tener mucha paciencia -respondió el zorro-. Te sentarás al principio ún poco lejos de mí, así, en el suelo;

yo te miraré con el rabillo del ojo y tú no me dirás nada. El lenguaje es fuente de malos entendidos. Pero cada

día podrás sentarte un poco más cerca...

El principito volvió al día siguiente.

-Hubiera sido mejor -dijo el zorro- que vinieras a la misma hora. Si

vienes, por ejempló, a las cuatro de la tarde; desde las tres yo

empezaría a ser dichoso. Cuanto más avance la hora, más feliz

me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto, descubriré

así lo que vale la feliçidad. Pero si tú vienes a cualquier hora,

nunça sabré cuándo preparar mi corazón... Los ritos son

necesarios.

-¿Qué es un rito? -inquirió el principito.

-Es también algo demasiado olvidado -dijo el zorro-. Es lo que

hace que un día no se parezca a otro día y que una hora sea

diferente a otra.

Entre los cazadores, por ejemplo, hay un rito. Los jueves bailan con las muchachas del pueblo. Los jueves

entonces son días maravillosos en los que puedo ir de paseo hasta la viña. Si los cazadores no bailaran en día

fijo, todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones.

De esta manera el principito domesticó al zorro. Y cuando se fue acercando eI día de la partida:

-¡Ah! -dijo el zorro-, lloraré.

-Tuya es la culpa -le dijo el principito-, yo no quería hacerte daño, pero tú has querido que te domestique...

-Ciertamente -dijo el zorro.

- Y vas a llorar!, -dijo él principito.

-¡Seguro!

-No ganas nada.

-Gano -dijo el zoro- he ganado a causa del color del trigo.

Y luego añadió:

-Vete a ver las rosas; comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás a decirme adiós y yo te regalaré

un secreto.

El principito se fue a ver las rosas a las que dijo:

-No son nada, ni en nada se parecen a mi rosa. Nadie las ha domesticado ni ustedes han domesticado a nadie.

Son como el zorro era antes, que en nada se diferenciaba de otros cien mil zorros. Pero yo le hice mi amigo y

ahora es único en el mundo.

Las rosas se sentían molestas oyendo al principito, que continuó diciéndoles:

-Son muy bellas, pero están vacías y nadie daría la vida por ustedes. Cualquiera que las vea podrá creer

indudablemente que mí rosa es igual que cualquiera de ustedes. Pero ella se sabe más importante que todas,

porque yo la he regado, porque ha sido a ella a la que abrigué con el fanal, porque yo le maté los gusanos (salvo

dos o tres que se hicieron mariposas ) y es a ella a la que yo he oído quejarse, alabarse y algunas veces hasta

callarse. Porque es mi rosa, en fin.

Y volvió con el zorro.

-Adiós -le dijo.

-Adiós -dijo el zorro-. He aquí mi secreto, que no puede ser más simple : sólo con el corazón se puede ver bien;

lo esencial es invisible para los ojos.

-Lo esencial es invisible para los ojos -repitió el principito para acordarse.

-Lo que hace más importante a tu rosa, es el tiempo que tú has perdido con ella.

-Es el tiempo que yo he perdido con ella... -repitió el principito para recordarlo.

-Los hombres han olvidado esta verdad -dijo el zorro-, pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre

de lo que has domesticado. Tú eres responsable de tu rosa...

-Yo soy responsable de mi rosa... -repitió el principito a fin de recordarlo

Capítulo anterior

Capítulo siguente

 

Capítulo 22

-¡Buenos días! -dijo el principito.

-¡Buenos días! -respondió el guardavías.

-¿Qué haces aquí? -le preguntó el principito.

-Formo con los viajeros paquetes de mil y despacho los trenes que los llevan, ya a la derecha, ya a la izquierda.

Y un tren rápido iluminado, rugiendo como el trueno, hizo temblar la caseta del guardavías.

-Tienen mucha prisa -dijo el principito-. ¿Qué buscan?

-Ni siquiera el conductor de la locomotora lo sabe -dijo el guardavías.

Un segundo rápido iluminado rugió en sentido inverso.

-¿Ya vuelve? -preguntó el principito.

-No son los mismos -contestó el guardvías-. Es un cambio.

-¿No se sentían contentos donde estaban?

-Nunca se siente uno contento donde está -respondió el guardavías.

Y rugió el trueno de un tercer rápido iluminado.

-¿Van persiguiendo a los primeros viajeros? -preguntó el principito.

-No persiguen absolutamente nada -le dijo el guardavías-; duermen o bostezan allí dentro. Unicamente los niños

aplastan su nariz contra los vidrios.

-Unicamente los niños saben lo que buscan -dijo el principito. Pierden el tiempo con una muñeca de trapo que

viene a ser lo más importante para ellos y si se la quitan, lloran...

-¡Qué suerte tienen! -dijo el guardavías.

Capítulo anterior

Capítulo siguente

Capítulo 23

-¡Buenos días! -dijo el principito.

-¡Buenos días! -respondió el comerciante.

Era un comerciante de píldoras perfeccionadas que quitan la sed. Se toma una por semana y ya no se sienten

ganas de beber.

-¿Por qué vendes eso? -preguntó el principito.

-Porque con esto se economiza mucho tiempo. Según el cálculo hecho por los expertos, se ahorran cincuenta y

tres minutos por semana.

-¿Y qué se hace con esos cincuenta y tres minutos?

-Lo que cada uno quiere... "

"Si yo dispusiera de cincuenta y tres minutos -pensó el principito- caminaría suavemente hacia una fuente..."

Capítulo anterior

Capítulo siguente

Capítulo 24

Era el octavo día de mi avería en el desierto y había escuchado la historia del comerciante bebiendo la última

gota de mi provisión de agua.

-¡Ah -le dije al principito-, son muy bonitos tus cuentos, pero yo no he reparado mi avión, no tengo nada para

beber y sería muy feliz si pudiera irme muy tranquilo en busca de una fuente!

-Mi amigo el zorro..., me dijo...

-No se trata ahora del zorro, muchachito...

-¿Por qué?

-Porque nos vamos a morir de sed...

No comprendió mi razonamiento y replicó:

-Es bueno haber tenido un amigo, aún si vamos a morir. Yo estoy muy contento de haber tenido un amigo zorro.

"Es incapaz de medir el peligro -me dije - Nunca tiene hambre ni sed y un poco de sol le basta..."

El principito me miró y respondió a mi pensamiento:

-Tengo sed también... vamos a buscar un pozo...

Tuve un gesto de cansancio; es absurdo buscar un pozo, al azar, en la inmensidad del desierto. Sin embargo,

nos pusimos en marcha.

Después de dos horas de caminar en silencio, cayó la noche y las estrellas comenzaron a brillar. Yo las veía

como en sueño, pues a causa de la sed tenía un poco de fiebre. Las palabras del principito danzaban en mi

mente.

-¿Tienes sed, tú también? -le pregunté. Pero no respondió a mi pregunta, diciéndome simplemente:

-El agua puede ser buena también para el corazón...

No comprendí sus palabras, pero me callé; sabía muy bien que no había que interrogarlo.

El principito estaba cansado y se sentó; yo me senté a su lado y después de un silencio me dijo:

-Las estrellas son hermosas, por una flor que no se ve...

Respondí "seguramente" y miré sin hablar los pliegues que la arena formaba bajo la luna.

-El desierto es bello -añadió el principito.

Era verdad; siempre me ha gustado el desierto. Puede uno sentarse en una duna, nada se ve, nada se oye y sin

embargo, algo resplandece en el silencio...

-Lo que más embellece al desierto -dijo el principito- es el pozo que oculta en algún sitio...

Me quedé sorprendido al comprender súbitamente ese misterioso resplandor de la arena. Cuando yo era niño

vivía en una casa antigua en la que, según la leyenda, había un tesoro escondido. Sin duda que nadie supo

jamás descubrirlo y quizás nadie lo buscó, pero parecía toda encantada por ese tesoro. Mi casa ocultaba un

secreto en el fondo de su corazón...

-Sí -le dije al principito- ya se trate de la casa, de las estrellas o del desierto, lo que les embellece es invisible.

-Me gusta -dijo el principito- que estés de acuerdo con mi zorro.

Como el principito se dormía, lo tomé en mis brazos y me puse nuevamente en camino. Me sentía emocionado

llevando aquel frágil tesoro, y me parecía que nada más frágil había sobre la Tierra. Miraba a la luz de la luna

aquella frente pálida, aquellos ojos cerrados, los cabellos agitados por el viento y me decía : "lo que veo es sólo

la corteza; lo más importante es invisible... "

Como sus labios entreabiertos esbozaron una sonrisa, me dije: "Lo que más me emociona de este principito

dormido es su fidelidad a una flor, es la imagen de la rosa que resplandece en él como la llama de una lámpara,

incluso cuando duerme... " Y lo sentí más frágil aún. Pensaba que a las lámparas hay que protegerlas: una

racha de viento puede apagarlas...

Continué caminando y al rayar el alba descubrí el pozo.

Capítulo anterior

Capítulo siguente

 

Capítulo 25

-Los hombres -dijo el principito- se meten en los rápidos pero no saben dónde van ni lo que quieren. . . Entonces

se agitan y dan vueltas...

Y añadió:

-¡No vale la pena!...

El pozo que habíamos encontrado no se parecía en nada a los pozos saharianos. Estos pozos son simples

agujeros que se abren en la arena. El que teníamos ante nosotros parecía el pozo de un pueblo; pero por allí no

había ningún pueblo y me parecía estar soñando.

-¡Es extraño! -le dije al principito-. Todo está a punto: la roldana, el balde y la cuerda...

Se rió y tocó la cuerda; hizo mover la roldana. Y la roldana gimió como una vieja veleta cuando el viento ha

dormido mucho.

-¿Oyes? -dijo el principito-. Hemos despertado al pozo y canta.

No quería que el principito hiciera el menor esfuerzo y le dije:

-Déjame a mí, es demasiado pesado para ti.

Lentamente subí el cubo hasta el brocal donde lo dejé bien seguro.

En mis oídos sonaba aún el canto de la roldana y veía temblar al sol

en el agua agitada.

-Tengo sed de esta agua -dijo el principito-, dame de beber...

¡Comprendí entonces lo que él había buscado!

Levanté el balde hasta sus labios y el principito bebió con los ojos cerrados. Todo era bello como una fiesta.

Aquella agua era algo más que un alimento. Había nacido del caminar bajo las estrellas, del canto de la roldana,

del esfuerzo de mis brazos. Era como un regalo para el corazón. Cuando yo era niño, las luces del árbol de

Navidad, la música de la misa de medianoche, la dulzura de las sonrisas, daban su resplandor a mi regalo de

Navidad.

-Los hombres de tu tierra -dijo el principito- cultivan cinco mil rosas en un jardín y no encuentran lo que buscan.

-No lo encuentran nunca -le respondí. -Y sin embargo, lo que buscan podrían encontrarlo en una sola rosa o en

un poco de agua...

-Sin duda, respondí. Y el principito añadió:

-Pero los ojos son ciegos. Hay que buscar con el corazón.

Yo había bebido y me encontraba bien. La arena, al alba, era color de miel, del que gozaba hasta sentirme

dichoso. ¿Por qué había de sentirme triste?

-Es necesario que cumplas tu promesa -dijo dulcemente el principito que nuevamente se había sentado junto a

mi.

-¿Qué promesa?

-Ya sabes... el bozal para mi cordero... soy responsable de mi flor.

Saqué del bolsillo mis esbozos de dibujo. El principito los miró y dijo riendo:

-Tus baobabs parecen repollos...

-¡Oh! ¡Y yo que estaba tan orgulloso de mis baobabs!

-Tu zorro tíene orejas que parecen cuernos; son demasiado largas.

Y volvió a reír.

-Eres injusto, muchachito; yo no sabía dibujar más que boas cerradas y boas abiertas.

-¡Oh, todo se arreglará! -dijo el principito-. Los niños entienden.

Bosquejé, pues, un bozal y se lo alargué con el corazón oprimido:

-Tú tienes proyectos que yo ignoro...

Pero no me respondió.

-¿Sabes? -me dijo-. Mañana hace un año de mi caída en la Tierra...

Y después de un silencio, añadió:

-Caí muy cerca de aquí...

El principito se sonrojó y nuevamente, sin comprender por qué, experimenté una extraña tristeza.

Sin embargo, se me ocurrió preguntar:

-Entonces no te encontré por azar hace ocho días, cuando paseabas por estos lugares, a mil millas de distancia

del lugar habitado más próximo. ¿Es que volvías al punto de tu caída?

El principito enrojeció nuevamente.

Y añadí vacilante.

-¿Quizás por el aniversario?

El principito se ruborizó una vez más. Aunque nunca respondía a las preguntas, su rubor signifícaba una

respuesta afirmativa.

-¡Ah! -le dije- tengo miedo.

Pero él me respondió:

-Tú debes trabajar ahora; vuelve, pues, junto a tu máquina, que yo te espero aquí. Vuelve mañana por la tarde.

Pero yo no estaba tranquilo y me acordaba del zorro. Si se deja uno domesticar, se expone a llorar un poco...

Capítulo anterior

Capítulo siguente

Capítulo 26

A1 lado del pozo había una ruina de un viejo muro de piedras.

Cuando volví de mi trabajo al día siguiente por la tarde, vi desde

lejos al principito sentado en lo alto con las piernas colgando. Lo

oí que hablaba.

-¿No te acuerdas? ¡No es aquí con exactitud!

Alguien le respondió sín duda, porque él replicó:

-¡Sí, sí; es el día, pero no es este el lugar!

Proseguí mi marcha hacia el muro, pero no veía ni oía a nadie. Y

sin embargo, el principito replicó de nuevo.

-¡Claro! Ya verás dónde comienza mi huella en la arena. No

tienes más que esperarme, que allí estaré yo esta noche.

¿

Yo estaba a veinte metros y continuaba sin distinguir nada.

El principito, después de un silencio, dijo aún:

Tienes un buen veneno? ¿Estás segura de no hacerme sufrir mucho?

Me detuve con el corazón oprimido, siempre sin comprender.

-¡Ahora vete -dijo el principito-, quiero volver a bajarme!

Dirigí la mirada hacia el pie del muro e instintivamente di un brinco. Una serpiente de esas amarillas que matan a

una persona en menos de treínta segundos, se erguía en dirección al principito. Echando mano al bolsillo para

sacar mi revólver, apreté el paso, pero, al ruido que hice, la serpiente se dejó deslizar suavemente por la arena

como un surtidor que muere, y, sin apresurarse demasiado, se escurrió entre las piedras con un lígero ruido

metálico.

Llegué junto al muro a tiempo de recibir en mis brazos a mi principito, que estaba blanco como la nieve.

-¿Pero qué historia es ésta? ¿De charla también con las serpientes?

Le quité su eterna bufanda de oro, le humedecí las sienes y le di de beber, sin atreverme a hacerle pregunta

alguna. Me miró gravemente rodeándome el cuello con sus brazos. Sentí latir su corazón, como el de un pajarillo

que muere a tiros de carabina.

-Me alegra -dijo el principito- que hayas encontrado lo que faltaba a tu máquina. Así podrás volver a tu tierra...

-¿Cómo lo sabes?

Precisamente venía a comunicarle que, a pesar de que no lo esperaba, había logrado terminar mi trabajo.

No respondió a mi pregunta, sino que añadió:

-También yo vuelvo hoy a mi planeta...

Luego, con melancolía:

-Es mucho más lejos... y más difícil...

Me daba cuenta de que algo extraordinario pasaba en aquellos momentos. Estreché al principito entre mis

brazos como sí fuera un niño pequeño, y no obstante, me pareció que descendía en picada hacia un abismo sin

que fuera posible hacer nada para retenerlo.

Su mirada, seria, estaba perdída en la lejanía.

Tengo tu cordero y la caja para el cordero. Y tengo tambíén el bozal.

Y sonreía melancólicamente.

Esperé un buen rato. Sentía que volvía a entrar en calor poco a

poco:

-Has tenido miedo, muchachito...

Lo había tenido, sin duda, pero sonrió con dulzura:

-Esta noche voy a tener más miedo...

Me quedé de nuevo helado por un sentimiento de algo irreparable. Comprendí que no podía soportar la idea de

no volver a oír nunca más su risa. Era para mí como una fuente en el desierto.

-Muchachito, quiero oír otra vez tu risa...

Pero él me dijo:

-Esta noche hará un año. Mi estrella se encontrará precisamente encima del lugar donde caí el año pasado...

-¿No es cierto -le interrumpí- que toda esta historia de serpientes, de citas y de estrellas es tan sólo una

pesadilla?

Pero el principito no respondió a mi pregunta y dijo:

-Lo más importante nunca se ve...

-Indudablemente...

-Es lo mismo que la flor. Si te gusta una flor que habita en una estrella, es muy dulce mirar al cielo por la noche.

Todas las estrellas han florecido.

-Es indudable...

-Es como el agua. La que me diste a beber, gracias a la roldana y la cuerda, era como una música ¿te

acuerdas? ¡Qué buena era!

-Sí, cierto...

-Por la noche mirarás las estrellas; mi casa es demasiado pequeña para que yo pueda señalarte dónde se

encuentra. Así es mejor; mi estrella será para ti una cualquiera de ellas. Te gustará entonces mirar todas las

estrellas. Todas ellas serán tus amigas. Y además, te haré un regalo...

Y rió una vez más.

-¡Ah, muchachito, muchachito, cómo me gusta oír tu risa!

-Mi regalo será ése precisamente, será como el agua...

-¿Qué quieres decir?

La gente tiene estrellas que no son las mismas. Para los que viajan, las estrellas son guías; para otros sólo son

pequeñas lucecítas. Para los sabios las estrellas son problemas. Para mi hombre de negocios, eran oro. Pero

todas esas estrellas se callan. Tú tendrás estrellas como nadie ha tenido...

-¿Qué quieres decir? -Cuando por las noches mires al cielo, al pensar que en una de aquellas estrellas estoy yo

riendo, será para ti como si todas las estrellas riesen. ¡Tú sólo tendrás estrellas que saben reír!

Y rió nuevamente.

-Cuando te hayas consolado (siempre se consuela uno) estarás contento de haberme conocido. Serás mi amigo

y tendrás ganas de reír conmigo. Algunas veces abrirás tu ventana sólo por placer y tus amigos quedarán

asombrados de verte reír mirando al cielo. Tú les explicarás: "Las estrellas me hacen reír siempre". Ellos te

creerán loco. Y yo te habré jugado una mala pasada...

Y se rió otra vez.

-Será como si en vez de estrellas, te hubiese dado multitud de cascabelitos que saben reír...

Una vez más dejó oír su risa y luego se puso serio.

-Esta noche ¿sabes? no vengas...

-No te dejaré.

-Pareceré enfermo... Parecerá un poco que me muero... es así. ¡No vale la pena que vengas a ver eso...!

-No te dejaré.

Pero estaba preocupado.

-Te digo esto por la serpiente; no debe morderte. Las serpientes son malas. A veces muerden por gusto...

-He dicho que no te dejaré.

Pero algo lo tranquilizó.

-Bien es verdad que no tienen veneno para la segunda mordedura...

Aquella noche no lo vi ponerse en camino. Cuando le alcancé marchaba

con paso rápido y decidido y me dijo solamente:

-¡Ah, estás ahí!

Me cogió de la mano y todavía se atormentó:

-Has hecho mal. Tendrás pena. Parecerá que estoy muerto, pero no es

verdad.

Yo me callaba.

-¿Comprendes? Es demasiado lejos y no puedo llevar este cuerpo que

pesa demasiado.

-Seguí callado.

-Será como una corteza vieja que se abandona. TIo son nada tristes las viejas cortezas...

Yo me callaba. El principito perdió un poco de ánimo. Pero hizo un esfuerzo y dijo:

Será agradable ¿sabes? Yo miraré también las estrellas. Todas serán pozos con roldana herrumbrosa. Todas

las estrellas me darán de beber.

Yo me callaba.

-¡Será tan divertido! Tú tendrás quinientos millones de cascabeles y yo quinientos millones de fuentes...

El principito se calló también; estaba llorando.

-Es allí; déjame ir solo.

Se sentó porque tenía miedo. Dijo aún:

-¿Sabes?... mi flor... soy responsable... ¡y ella es tan débil y tan inocente! Sólo tiene cuatro espinas para

defenderse contra todo el mundo...

Me senté, ya no podía mantenerme en pie.

-Ahí está... eso es todo...

Vacíló todavía un instante, luego se levantó y dio un paso. Yo no

pude moverme.

Un relámpago amarillo centelleó en su tobillo. Quedó un instante

inmóvil, sin exhalar un grito. Luego cayó lentamente camo cae un

árbol, sin hacer el menor ruido a causa de la arena.

Capítulo anterior

Capítulo siguente

 

Capítulo 27

Ahora hace ya seis años de esto. Jamás he contado esta historia y los compañeros que me vuelven a ver se

alegran de encontrarme vivo. Estaba triste, pero yo les decía: "Es el cansancio".

AI correr del tiempo me he consolado un poco, pero no completamente. Sé que ha vuelto a su planeta, pues al

amanecer no encontré su cuerpo, que no era en realidad tan pesado... Y me gusta por la noche escuchar a las

estrellas, que suenan como quinientos millones de cascabeles...

Pero sucede algo extraordinario. AI bozal que dibujé para el principito se me olvidó añadirle la correa de cuero;

no habrá podido atárselo al cordero. Entonces me pregunto:

"¿Qué habrá sucedido en su planeta? Quízás el cordero se ha comido la flor..."

A veces me digo: "¡Seguro que no! El príncipito cubre la flor con su fanal todas las noches y vigila a su cordero".

Entonces me siento dichoso y todas las estrellas ríen dulcemente.

Pero otras veces pienso: "Alguna que otra vez se distrae uno y eso basta. Si una noche ha olvidado poner el

fanal o el cordero ha salido sin hacer ruido, durante la noche...". Y entonces los cascabeles se convierten en

lágrimas...

Y ahí está el gran misterio. Para ustedes que quieren al principito, lo mismo que para mí, nada en el universo

habrá cambiado si en cualquier parte, quien sabe dónde, un cordero desconocido se ha comido o no se ha

comido una rosa...

Pero miren al cielo y pregúntense: el cordero ¿se ha comido la flor? Y veréis cómo todo cambia...

¡Ninguna persona mayor comprenderá jamás que esto sea verdaderamente importante!

Este es para mí el paisaje más hermoso y el más triste del mundo.

Es el mismo paisaje de la página anterior que he dibujado una vez

más para que lo vean bien. Fue aquí donde el principito apareció

sobre la Tierra, desapareciendo luego.

Exaxnínenlo atentamente para que sepan reconocerlo, si algún

día, viajando por Africa cruzan el desierto. Si por casualidad pasan

por allí, no se apresuren, se los ruego, y deténganse un poco,

precisamente bajo la estrella. Si un niño llega hasta ustedes, si

este niño ríe y tiene cabellos de oro y nunca responde a sus

preguntas, adivinarán en seguida quién es. ¡Sean amables con él!

Y comuníquenme rápidamente que ha regresado. ¡No me dejen

tan triste!

FIN

ciberdolar
 
Mensajes: 387
Registrado: Marzo/2006
Estado: Off-line
Grupo: Administrador del foro
 
 
  EL PRINCIPITO 25/Mayo/2008 - 18:45

Antoine De Saint Exupéry Antoine de Saint-Exupéry, el autor de El Principito, fue un aviador y literato francés

que sólo vivió 44 años. Nació en Lyon, en 1900 y falleció en 1944. En realidad, nunca se supo que ocurrió con

él. Saint-Exupéry desapareció para siempre en una misión de reconocimiento, cuando sobrevolaba la Francia

ocupada por los nazis, durante la Segunda Guerra Mundial.

Entre sus novelas sobresalen Vuelo Nocturno y El Correo del Sur. Pero su obra más famosa y por la que ha

trascendido es el principito, un cuento largo en formato de libro.

En el prncipito se encuentran algunos valores humanos como: solidaridad, bondad, entereza, tenacidad,

compañerismo, entusiasmo por el conocimiento, y aquellos principios que enriquecen el espíritu y que traen paz infinita al alma.

Capítulo 1

Cuando yo tenía seis años vi en un libro sobre la selva virgen que se

titulaba "Historias vividas", una magnífica lámina. Representaba una

serpiente boa que se tragaba a una fiera. Esta es la copia del dibujo.

En el libro se afirmaba: "La serpiente boa se traga su presa entera,

sin masticarla. Luego ya no puede moverse y duerme durante los

seis meses que dura su digestión".

Reflexioné mucho en ese momento sobre las aventuras de la jungla

y a mi vez logré trazar con un lápiz de colores mi primer dibujo. Mi

dibujo número 1 era de esta manera:

Enseñé mi obra de arte a las personas mayores y les pregunté si mi

dibujo les daba miedo.

-¿por qué habría de asustar un sombrero? - me respondieron.

Mi dibujo no representaba un sombrero. Representaba una serpiente

boa que digiere un elefante. Dibujé entonces el interior de la

serpiente boa a fin de que las personas mayores pudieran

comprender. Siempre estas personas tienen necesidad de

explicaciones. Mi dibujo número 2 era así:

Las personas mayores me aconsejaron abandonar el dibujo de serpientes boas, ya fueran abiertas o cerradas, y

poner más interés en la geografía, la historia, el cálculo y la gramática. De esta manera a la edad de seis años

abandoné una magnífica carrera de pintor. Había quedado desilusionado por el fracaso de mis dibujos número 1

y número 2. Las personas mayores nunca pueden comprender algo por sí solas y es muy aburrido para los niños

tener que darles una y otra vez explicaciones.

Tuve, pues, que elegir otro oficio y aprendía pilotear aviones. He volado un poco por todo el mundo y la

geografía, en efecto, me ha servido de mucho; al primer vistazo podía distinguir perfectamente la China de

Arizona. Esto es muy útil, sobre todo si se pierde uno durante la noche.A lo largo de mi vida he tenido multitud de

contactos con multitud de gente seria. Viví mucho con personas mayores y las he conocido muy de cerca; pero

esto no ha mejorado demasiado mi opinión sobre ellas.

Cuando me he encontrado con alguien que me parecía un poco lúcido, lo he sometido a la experiencia de mi

dibujo número 1 que he conservado siempre. Quería saber si verdaderamente era un ser comprensivo. E

invariablemente me contestaban siempre: "Es un sombrero". Me abstenía de hablarles de la serpiente boa, de la

selva virgen y de las estrellas. Poniéndome a su altura, les hablaba del bridge, del golf, de política y de corbatas.

Y mi interlocutor se quedaba muy contento de conocer a un hombre tan razonable.

 

Capítulo 2

Viví así, solo, nadie con quien poder hablar verdaderamente, hasta cuando

hace seis años tuve una avería en el desierto de Sahara. Algo se había

estropeado en el motor. Como no llevaba conmigo ni mecánico ni pasajero

alguno, me dispuse a realizar, yo solo, una reparación difícil. Era para mí una

cuestión de vida o muerte, pues apenas tenía agua de beber para ocho días.

La primera noche me dormí sobre la arena, a unas mil millas de distancia del

lugar habitado más próximo. Estaba más aislado que un náufrago en una

balsa en medio del océano. Imagínense, pues, mi sorpresa cuando al

amanecer me despertó una extraña vocecita que decía:

- ¡Por favor... píntame un cordero!

-¿Eh?

-¡Píntame un cordero!

Me puse en pie de un salto como herido por el rayo.

Me froté los ojos. Miré a mi alrededor. Vi a un

extraordinario muchachito que me miraba gravemente.

Ahí tienen el mejor retrato que más tarde logré hacer

de él, aunque mi dibujo, ciertamente es menos

encantador que el modelo. Pero no es mía la culpa.

Las personas mayores me desanimaron de mi carrera

de pintor a la edad de seis años y no había aprendido

a dibujar otra cosa que boas cerradas y boas abiertas.

Miré, pues, aquella aparición con los ojos redondos de

admiración. No hay que olvidar que me encontraba a

unas mil millas de distancia del lugar habitado más

próximo. Y ahora bien, el muchachito no me parecía ni

perdido, ni muerto de cansancio, de hambre, de sed o

de miedo. No tenía en absoluto la apariencia de un

niño perdido en el desierto, a mil millas de distancia

del lugar habitado más próximo. Cuando logré, por fin,

articular palabra, le dije:

- Pero… ¿qué haces tú por aquí?

Y él respondió entonces, suavemente, como algo muy

importante:

-¡Por favor… píntame un cordero!

Cuando el misterio es demasiado impresionante, es

imposible desobedecer. Por absurdo que aquello me

pareciera, a mil millas de distancia de todo lugar

habitado y en peligro de muerte, saqué de mi bolsillo

una hoja de papel y una pluma fuente. Recordé que yo

había estudiado especialmente geografía, historia,

cálculo y gramática y le dije al muchachito (ya un poco

malhumorado), que no sabía dibujar.

- No importa - me respondió-, píntame un cordero!

Como nunca había dibujado un cordero, rehíce para él

uno de los dos únicos dibujos que yo era capaz de

realizar: el de la serpiente boa cerrada. Y quedé

estupefacto cuando oí decir al hombrecito:

- ¡No, no! Yo no quiero un elefante en una serpiente. La

serpiente es muy peligrosa y el elefante ocupa mucho

sitio. En mi tierra es todo muy pequeño. Necesito un

cordero. Píntame un cordero.

Dibujé un cordero. Lo miró atentamente y dijo:

-

¡No! Este está ya muy enfermo. Haz otro.

Volví a dibujar.

Capítulo 3

Me costó mucho tiempo comprender de dónde venía. El principito, que me hacía muchas preguntas, jamás

parecía oír las mías. Fueron palabras pronunciadas al azar, las que poco a poco me revelaron todo. Así,

cuando distinguió por vez primera mi avión (no dibujaré mi avión, por tratarse de un dibujo demasiado

complicado para mí) me preguntó:

-¿Qué cosa es esa? -Eso no es una cosa. Eso vuela. Es un avión, mi avión.

Me sentía orgulloso al decirle que volaba. El entonces gritó:

-¡Cómo! ¿Has caído del cielo? -Sí -le dije modestamente. -¡Ah, que curioso!

Y el principito lanzó una graciosa carcajada que me irritó mucho. Me gusta que mis desgracias se tomen en

serio. Y añadió:

-Entonces ¿tú también vienes del cielo? ¿De qué planeta eres tú?

Divisé una luz en el misterio de su presencia y le pregunté bruscamente:

-¿Tu vienes, pues, de otro planeta?

Pero no me respondió; movía lentamente la cabeza mirando detenidamente mi avión.

-Es cierto, que, encima de eso, no puedes venir de muy lejos…

Y se hundió en un ensueño durante largo tiempo. Luego sacando de su bolsillo mi cordero se abismó en la

contemplación de su tesoro.

Imagínense cómo me intrigó esta semiconfidencia sobre los otros planetas. Me esforcé, pues, en saber algo

más:

-¿De dónde vienes, muchachito? ¿Dónde está "tu casa"? ¿Dónde quieres llevarte mi cordero?

Después de meditar silenciosamente me respondió:

-Lo bueno de la caja que me has dado es que por la noche le servirá de casa. -Sin duda. Y si eres bueno te

daré también una cuerda y una estaca para atarlo durante el día.

Esta proposición pareció chocar al principito.

-¿Atarlo? ¡Qué idea más rara! -Si no lo atas, se irá quién sabe dónde y se perderá…

Mi amigo soltó una nueva carcajada.

-¿Y dónde quieres que vaya? -No sé, a cualquier parte. Derecho camino adelante…

Entonces el principito señaló con gravedad:

-¡No importa, es tan pequeña mi tierra!

Y agregó, quizás, con un poco de melancolía:

-Derecho, camino adelante… no se puede ir muy lejos.

Capítulo 4

De esta manera supe una segunda cosa muy importante: su planeta de origen era

apenas más grande que una casa.

Esto no podía asombrarme mucho. Sabía muy bien que aparte de los grandes

planetas como la Tierra, Júpiter, Marte, Venus, a los cuales se les ha dado nombre,

existen otros centenares de ellos tan pequeños a veces, que es difícil distinguirlos

aun con la ayuda del telescopio. Cuando un astrónomo descubre uno de estos

planetas, le da por nombre un número. Le llama, por ejemplo, "el asteroide 3251".

Tengo poderosas razones para creer que el planeta del cual venía el principito era el

asteroide B 612. Este asteroide ha sido visto sólo una vez con el telescopio en 1909,

por un astrónomo turco.

Este astrónomo hizo una gran demostración de su descubrimiento en un congreso

Internacional de Astronomía. Pero nadie le creyó a causa de su manera de vestir.

Las personas mayores son así. Felizmente para la reputación del asteroide B 612,

un dictador turco impuso a su pueblo, bajo pena de muerte, el vestido a la europea.

Entonces el astrónomo volvió a dar cuenta de su descubrimiento en 1920 y como

lucía un traje muy elegante, todo el mundo aceptó su demostración.

Si les he contado de todos estos detalles sobre el asteroide B 612 y hasta les he

confiado su número, es por consideración a las personas mayores. A los mayores

les gustan las cifras. Cuando se les habla de un nuevo amigo, jamás preguntan

sobre lo esencial del mismo. Nunca se les ocurre preguntar: "¿Qué tono tiene su

voz? ¿Qué juegos prefiere? ¿Le gusta coleccionar mariposas?" Pero en cambio

preguntan: "¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana

su padre?" Solamente con estos detalles creen conocerle. Si les decimos a las

personas mayores: "He visto una casa preciosa de ladrillo rosa, con geranios en las

ventanas y palomas en el tejado", jamás llegarán a imaginarse cómo es esa casa.

Es preciso decirles: "He visto una casa que vale cien mil pesos". Entonces exclaman

entusiasmados: "¡Oh, qué preciosa es!"

De tal manera, si les decimos: "La prueba de que el principito ha existido está en que era un muchachito

encantador, que reía y quería un cordero. Querer un cordero es prueba de que se existe", las personas mayores

se encogerán de hombros y nos dirán que somos unos niños. Pero si les decimos: "el planeta de donde venía el

principito era el asteroide B 612", quedarán convencidas y no se preocuparán de hacer más preguntas. Son así.

No hay por qué guardarles rencor. Los niños deben ser muy indulgentes con las personas mayores.

Pero nosotros, que sabemos comprender la vida, nos burlamos tranquilamente de los números. A mí me habría

gustado más comenzar esta historia a la manera de los cuentos de hadas. Me habría gustado decir:

"Era una vez un principito que habitaba un planeta apenas más grande que él y que tenía necesidad de un

amigo…" Para aquellos que comprenden la vida, esto hubiera parecido más real.

Porque no me gusta que mi libro sea tomado a la ligera. Siento tanta pena al contar estos recuerdos.

Hace ya seis años que mi amigo se fue con su cordero. Y si intento describirlo aquí es sólo con el fin de no

olvidarlo. Es muy triste olvidar a un amigo. No todos han tenido un amigo. Y yo puedo llegar a ser como las

personas mayores, que sólo se interesan por las cifras. Para evitar esto he comprado una caja de lápices de

colores. ¡Es muy duro, a mi edad, ponerse a aprender a dibujar, cuando en toda la vida no se ha hecho otra

tentativa que la de una boa abierta y una boa cerrada a la edad de seis años! Ciertamente que yo trataré de

hacer retratos lo más parecido posibles, pero no estoy muy seguro de lograrlo. Uno saldrá bien y otro no tiene

parecido alguno. En las proporciones me equivoco también un poco. Aquí el principito es demasiado grande y

allá es demasiado pequeño. Dudo también sobre el color de su traje. Titubeo sobre esto y lo otro y unas veces

sale bien y otras mal. Es posible, en fin, que me equivoque sobre ciertos detalles muy importantes. Pero habrá

que perdonármelo ya que mi amigo no me daba nunca muchas explicaciones. Me creía semejante a sí mismo y

yo, desgraciadamente, no sé ver un cordero a través de una caja. Es posible que yo sea un poco como las

personas mayores. He debido envejecer.

Capítulo anterior

Capítulo siguente

Capítulo 5

Cada día yo aprendía algo nuevo sobre el planeta, sobre la partida y sobre

el viaje. Esto venía suavemente al azar de las reflexiones. De esta manera

tuve conocimiento al tercer día , del drama de los baobabs.

Fue también gracias al cordero y como preocupado por una profunda duda,

cuando el principito me preguntó:

-¿Es verdad que los corderos se comen los arbustos?

-Sí, es cierto.

-¡Ah, qué contesto estoy!

No comprendí por qué era tan importante para él que los corderos se comieran los arbustos. Pero el principito

añadió:

-Entonces se comen también los Baobabs.

Le hice comprender al principito que los baobabs no son arbustos, sino árboles tan grandes como iglesias y que

incluso si llevase consigo todo un rebaño de elefantes, el rebaño no lograría acabar con un solo baobab.

Esta idea del rebaño de elefantes hizo reír al principito.

-Habría que poner los elefantes unos sobre otros…

Y luego añadió juiciosamente:

-Los baobabs, antes de crecer, son muy pequeñitos.

-Es cierto. Pero ¿por qué quieres que tus corderos coman los baobabs?

Me contestó: "¡Bueno! ¡Vamos!" como si hablara de una evidencia. Me

fue necesario un gran esfuerzo de inteligencia para comprender por mí

mismo este problema.

En efecto, en el planeta del principito había, como en todos los planetas, hierbas buenas y hierbas malas. Por

consiguiente, de buenas semillas salían buenas hierbas y de las semillas malas, hierbas malas.

Pero las semillas son invisibles; duermen en el secreto de la tierra, hasta que un buen día una de ellas tiene la

fantasía de despertarse. Entonces se alarga extendiendo hacia el sol, primero tímidamente, una encantadora

ramita inofensiva. Si se trata de una ramita de rábano o de rosal, se la puede dejar que crezca como quiera.

Pero si se trata de una mala hierba, es preciso arrancarla inmediatamente en cuanto uno ha sabido reconocerla.

En el planeta del principito había semillas terribles… como las semillas del baobab. El suelo del planeta está

infestado de ellas. Si un baobab no se arranca a tiempo, no hay manera de desembarazarse de él más tarde;

cubre todo el planeta y lo perfora con sus raíces. Y si el planeta es demasiado pequeño y los baobabs son

numerosos, lo hacen estallar.

"Es una cuestión de disciplina, me decía más tarde el principito. Cuando por la mañana uno termina de

arreglarse, hay que hacer cuidadosamente la limpieza del planeta. Hay que dedicarse regularmente a arrancar

los baobabs, cuando se les distingue de los rosales, a los cuales se parecen mucho cuando son pequeñitos. Es

un trabajo muy fastidioso pero muy fácil".

Y un día me aconsejó que me dedicara a realizar un hermoso dibujo, que hiciera comprender a los niños de la

tierra estas ideas. "Si alguna vez viajan, me decía, esto podrá servirles mucho. A veces no hay inconveniente en

dejar para más tarde el trabajo que se ha de hacer; pero tratándose de baobabs, el retraso es siempre una

catástrofe. Yo he conocido un planeta, habitado por un perezoso que descuidó tres arbustos…"

Siguiendo las indicaciones del principito, dibujé dicho planeta. Aunque no me

gusta el papel de moralista, el peligro de los baobabs es tan desconocido y los

peligros que puede correr quien llegue a perderse en un asteroide son tan

grandes, que no vacilo en hacer una excepción y exclamar: "¡Niños, atención a

los baobabs!" Y sólo con el fin de advertir a mis amigos de estos peligros a que se

exponen desde hace ya tiempo sin saberlo, es por lo que trabajé y puse tanto

empeño en realizar este dibujo. La lección que con él podía dar, valía la pena. Es

muy posible que alguien me pregunte por qué no hay en este libro otros dibujos

tan grandiosos como el dibujo de los baobabs. La respuesta es muy sencilla: he

tratado de hacerlos, pero no lo he logrado. Cuando dibujé los baobabs estaba

animado por un sentimiento de urgencia.

Capítulo anterior

Capítulo siguente

Capítulo 6

¡Ah, principito, cómo he ido comprendiendo lentamente tu vida

melancólica! Durante mucho tiempo tu única distracción fue la

suavidad de las puestas de sol. Este nuevo detalle lo supe al

cuarto día, cuando me dijiste:

-Me gustan mucho las puestas de sol; vamos a ver una puesta

de sol…

-Tendremos que esperar…

-¿Esperar qué?

-Que el sol se ponga.

Pareciste muy sorprendido primero, y después te reíste de ti mismo. Y me dijiste:

-Siempre me creo que estoy en mi tierra.

En efecto, como todo el mundo sabe, cuando es mediodía en Estados Unidos, en Francia se está poniendo el

sol. Sería suficiente poder trasladarse a Francia en un minuto para asistir a la puesta del sol, pero

desgraciadamente Francia está demasiado lejos. En cambio, sobre tu pequeño planeta te bastaba arrastrar la

silla algunos pasos para presenciar el crepúsculo cada vez que lo deseabas…

-¡Un día vi ponerse el sol cuarenta y tres veces!

Y un poco más tarde añadiste:

-¿Sabes? Cuando uno está verdaderamente triste le gusta ver las puestas de sol.

-El día que la viste cuarenta y tres veces estabas muy triste ¿verdad?

Pero el principito no respondió.

Capítulo anterior

Capítulo siguente

Capítulo 7

Al quinto día y también en relación con el cordero, me fue revelado este otro secreto de la vida del principito. Me

preguntó bruscamente y sin preámbulo, como resultado de un problema largamente meditado en silencio:

-Si un cordero se come los arbustos, se comerá también las flores ¿no?

-Un cordero se come todo lo que encuentra.

-¿Y también las flores que tienen espinas?

-Sí; también las flores que tienen espinas.

-Entonces, ¿para qué le sirven las espinas?

Confieso que no lo sabía. Estaba yo muy ocupado tratando de destornillar un perno demasiado apretado del

motor; la avería comenzaba a parecerme cosa grave y la circunstancia de que se estuviera agotando mi

provisión de agua, me hacía temer lo peor.

-¿Para qué sirven las espinas?

El principito no permitía nunca que se dejara sin respuesta una pregunta formulada por él. Irritado por la

resistencia que me oponía el perno, le respondí lo primero que se me ocurrió:

-Las espinas no sirven para nada; son pura maldad de las flores.

-¡Oh!

Y después de un silencio, me dijo con una especie de rencor:

-¡No te creo! Las flores son débiles. Son ingenuas. Se defienden como pueden. Se creen terribles con sus

espinas…

No le respondí nada; en aquel momento me estaba diciendo a mí mismo: "Si este perno me resiste un poco

más, lo haré saltar de un martillazo". El principito me interrumpió de nuevo mis pensamientos:

-¿Tú crees que las flores…?

-

No, no creo nada! Te he respondido cualquier cosa para que te calles. Tengo que ocuparme de cosas serias.

Me miró estupefacto.

-¡De cosas serias!

Me miraba con mi martillo en la mano, los dedos llenos de grasa e inclinado sobre algo que le parecía muy feo.

-¡Hablas como las personas mayores!

Me avergonzó un poco. Pero él, implacable, añadió:

-¡Lo confundes todo…todo lo mezclas…!

Estaba verdaderamente irritado; sacudía la cabeza, agitando al viento sus cabellos dorados.

-Conozco un planeta donde vive un señor muy colorado, que nunca ha olido una flor, ni ha mirado una estrella y

que jamás ha querido a nadie. En toda su vida no ha hecho más que sumas. Y todo el día se lo pasa repitiendo

como tú: "¡Yo soy un hombre serio, yo soy un hombre serio!"… Al parecer esto le llema de orgullo. Pero eso no

es un hombre, ¡es un hongo!

-¿Un qué?

-Un hongo.

El principito estaba pálido de cólera.

-Hace millones de años que las flores tiene espinas y hace también millones de años que los corderos, a pesar

de las espinas, se comen las flores. ¿Es que no es cosa seria averiguar por qué las flores pierden el tiempo

fabricando unas espinas que no les sirven para nada? ¿Es que no es importante la guerra de los corderos y las

flores? ¿No es esto más serio e importante que las sumas de un señor gordo y colorado? Y si yo sé de una flor

única en el mundo y que no existe en ninguna parte más que en mi planeta; si yo sé que un buen día un

corderillo puede aniquilarla sin darse cuenta de ello, ¿es que esto no es importante?

El principito enrojeció y después continuó:

-Si alguien ama a una flor de la que sólo existe un ejemplar en millones y

millones de estrellas, basta que las mire para ser dichoso. Puede decir

satisfecho: "Mi flor está allí, en alguna parte…" ¡Pero si el cordero se la

come, para él es como si de pronto todas las estrellas se apagaran! ¡Y esto

no es importante!

No pudo decir más y estalló bruscamente en sollozos.

La noche había caído. Yo había soltado las herramientas y ya no

importaban nada el martillo, el perno, la sed y la muerte. ¡Había en una

estrella, en un planeta, el mío, la Tierra, un principito a quien consolar! Lo

tomé en mis brazos y lo mecí diciéndole: "la flor que tú quieres no corre

peligro… te dibujaré un bozal para tu cordero y una armadura para la

flor…te…". No sabía qué decirle, cómo consolarle y hacer que tuviera

nuevamente confianza en mí; me sentía torpe. ¡Es tan misterioso el país de

las lágrimas!

Capítulo anterior

Capítulo siguente

Capítulo 8

Aprendí bien pronto a conocer mejor esta flor. Siempre había habido en el

planeta del principito flores muy simples adornadas con una sola fila de

pétalos que apenas ocupaban sitio y a nadie molestaban. Aparecían entre la

hierba una mañana y por la tarde se extinguían. Pero aquella había germinado

un día de una semilla llegada de quién sabe dónde, y el principito había

vigilado cuidadosamente desde el primer día aquella ramita tan diferente de

las que él conocía. Podía ser una nueva especie de Baobab. Pero el arbusto

cesó pronto de crecer y comenzó a echar su flor. El principito observó el

crecimiento de un enorme capullo y tenía le convencimiento de que habría de

salir de allí una aparición milagrosa; pero la flor no acababa de preparar su

belleza al abrigo de su envoltura verde.

Elegía con cuidado sus colores, se vestía lentamente y se ajustaba uno a uno sus pétalos. No quería salir ya

ajada como las amapolas; quería aparecer en todo el esplendor de su belleza. ¡Ah, era muy coqueta aquella

flor! Su misteriosa preparación duraba días y días. Hasta que una mañana, precisamente al salir el sol se

mostró espléndida.

La flor, que había trabajado con tanta precisión, dijo bostezando:

-¡Ah, perdóname… apenas acabo de despertarme… estoy toda despeinada…!

El principito no pudo contener su admiración:

-¡Qué hermosa eres!

-¿Verdad? -respondió dulcemente la flor-. He nacido al mismo tiempo que el sol. El principito adivinó

exactamente que ella no era muy modesta ciertamente, pero ¡era tan conmovedora!

-Me parece que ya es hora de desayunar - añadió la flor -; si tuvieras la bondad de pensar un poco en mí...

Y el principito, muy confuso, habiendo ido a buscar una regadera la roció abundantemente con agua fresca.

Y así, ella lo había atormentado con su vanidad un poco sombría. Un día, por

ejemplo, hablando de sus cuatro espinas, dijo al principito:

-¡Ya pueden venir los tigres, con sus garras!

-No hay tigres en mi planeta -observó el principito- y, además, los tigres no

comen hierba.

-Yo nos soy una hierba -respondió dulcemente la flor.

-Perdóname...

-No temo a los tigres, pero tengo miedo a las corrientes de aire. ¿No tendrás

un biombo?

"Miedo a las corrientes de aire no es una suerte para una planta -pensó el

principito-. Esta flor es demasiado complicada…"

-Por la noche me cubrirás con un fanal… hace mucho frío en tu tierra. No se está muy a gusto; allá de donde yo

vengo…

La flor se interrumpió; había llegado allí en forma de semilla y no era posible que conociera otros mundos.

Humillada por haberse dejado sorprender inventando un mentira tan ingenua, tosió dos o tres veces para

atraerse la simpatía del principito.

-¿Y el biombo?

-Iba a buscarlo, pero como no dejabas de hablarme…

Insistió en su tos para darle al menos remordimientos.

De esta manera el principito, a pesar de la buena voluntad de su amor, había

llegado a dudar de ella. Había tomado en serio palabras sin importancia y se

sentía desgraciado.

"Yo no debía hacerle caso -me confesó un día el principito- nunca hay que

hacer caso a las flores, basta con mirarlas y olerlas. Mi flor embalsamaba el

planeta, pero yo no sabía gozar con eso… Aquella historia de garra y tigres

que tanto me molestó, hubiera debido enternecerme".

Y me contó todavía:

"¡No supe comprender nada entonces! Debí juzgarla por sus actos y no por

sus palabras. ¡La flor perfumaba e iluminaba mi vida y jamás debí huir de allí!

¡No supe adivinar la ternura que ocultaban sus pobres astucias! ¡Son tan

contradictorias las flores! Pero yo era demasiado joven para saber amarla".

Capítulo anterior

Capítulo siguente

Capítulo 9

Creo que el principito aprovechó la migración de una bandada de pájaros silvestres para su evasión. La mañana

de la partida, puso en orden el planeta. Deshollinó cuidadosamente sus volcanes en actividad, de los cuales

poseía dos, que le eran muy útiles para calentar el desayuno todas las mañanas. Tenía, además, un volcán

extinguido. Deshollinó también el volcán extinguido, pues, como él decía, nunca se sabe lo que puede ocurrir. Si

los volcanes están bien deshollinados, arden sus erupciones, lenta y regularmente. Las erupciones volcánicas

son como el fuego de nuestras chimeneas. Es evidente que en nuestra Tierra no hay posibilidad de deshollinar

los volcanes; los hombres somos demasiado pequeños. Por eso nos dan tantos disgustos.

El principito arrancó también con un poco de melancolía los últimos

brotes de baobabs. Creía que no iba a volver nunca. Pero todos

aquellos trabajos le parecieron aquella mañana extremadamente

dulces. Y cuando regó por última vez la flor y se dispuso a ponerla al

abrigo del fanal, sintió ganas de llorar.

-Adiós -le dijo a la flor. Esta no respondió.

-Adiós -repitió el principito.

La flor tosió, pero no porque estuviera resfriada.

-He sido una tonta -le dijo al fin la flor-. Perdóname. Procura ser feliz.

Se sorprendió por la ausencia de reproches y quedó desconcertado,

con el fanal en el aire, no comprendiendo esta tranquila

mansedumbre.

-Sí, yo te quiero -le dijo la flor-, ha sido culpa mía que tú no lo sepas; pero eso no tiene importancia.

Y tú has sido tan tonto como yo. Trata de ser feliz. . . Y suelta de una vez ese fanal; ya no lo quiero.

-Pero el viento...

-No estoy tan resfriada como para... El aire fresco de la noche me hará bien. Soy una flor.

-Y los animales...

-Será necesario que soporte dos o tres orugas, si quiero conocer las mariposas; creo que son muy hermosas. Si

no ¿quién vendrá a visitarme? Tú estarás muy lejos. En cuanto a las fieras, no las temo: yo tengo mis garras.

Y le mostraba ingenuamente sus cuatro espinas. Luego añadió:

-Y no prolongues más tu despedida. Puesto que has decidido partir, vete de una vez.

La flor no quería que la viese llorar : era tan orgullosa..

Capítulo anterior

Capítulo siguente

Capítulo 10

Se encontraba en la región de los asteroides 325, 326, 327, 328, 329 y 330. Para ocuparse en algo e instruirse

al mismo tiempo decidió visitarlos.

El primero estaba habitado por un rey. El rey, vestido de púrpura y armiño, estaba sentado sobre un trono muy

sencillo y, sin embargo, majestuoso.

-¡Ah, -exclamó el rey al divisar al principito-, aquí tenemos un súbdito!

El principito se preguntó:

"¿Cómo es posible que me reconozca si nunca me ha visto?"

Ignoraba que para los reyes el mundo está muy simplificado. Todos los hombres son súbditos.

-Aproxímate para que te vea mejor -le dijo el rey, que estaba orgulloso de ser por fin el rey de alguien. El

principito buscó donde sentarse, pero el planeta estaba ocupado totalmente por el magnífico manto de armiño.

Se quedó, pues, de pie, pero como estaba cansado, bostezó.

-La etiqueta no permite bostezar en presencia del rey -le dijo el monarca-. Te lo prohíbo.

-No he podido evitarlo -respondió el principito muy confuso-, he hecho un viaje muy largo y apenas he dormido...

-Entonces -le dijo el rey- te ordeno que bosteces. Hace años que no veo bostezar a nadie. Los bostezos son

para mí algo curioso. ¡Vamos, bosteza otra vez, te lo ordeno!

-Me da vergüenza... ya no tengo ganas... -dijo el principito enrojeciendo.

-¡Hum, hum! -respondió el rey-. ¡Bueno! Te ordeno tan pronto que bosteces y que no bosteces...

Tartamudeaba un poco y parecía vejado, pues el rey daba gran importancia a que su autoridad fuese respetada.

Era un monarca absoluto, pero como era muy bueno, daba siempre órdenes razonables.

Si yo ordenara -decía frecuentemente-, si yo ordenara a un general que se

transformara en ave marina y el general no me obedeciese, la culpa no sería

del general, sino mía".

-¿Puedo sentarme? -preguntó tímidamente el principito.

-Te ordeno sentarte -le respondió el rey-, recogiendo majestuosamente un

faldón de su manto de armiño.

El principito estaba sorprendido. Aquel planeta era tan pequeño que no se

explicaba sobre quién podría reinar aquel rey.

-Señor -le dijo-, perdóneme si le pregunto...

-Te ordeno que me preguntes -se apresuró a decir el rey.

-Señor. . . ¿sobre qué ejerce su poder?

-Sobre todo -contestó el rey con gran ingenuidad.

-¿Sobre todo?

El rey, con un gesto sencillo, señaló su planeta, los otros planetas y las estrellas.

-¿Sobre todo eso? -volvió a preguntar el principito.

-Sobre todo eso. . . -respondió el rey.

No era sólo un monarca absoluto, era, además, un monarca universal.

-¿Y las estrellas le obedecen?

-¡Naturalmente! -le dijo el rey-. Y obedecen en seguida, pues yo no tolero la indisciplina.

Un poder semejante dejó maravillado al principito. Si él disfrutara de un poder de tal naturaleza, hubiese podido

asistir en el mismo día, no a cuarenta y tres, sino a setenta y dos, a cien, o incluso a doscientas puestas de sol,

sin tener necesidad de arrastrar su silla. Y como se sentía un poco triste al recordar su pequeño planeta

abandonado, se atrevió a solicitar una gracia al rey:

-Me gustaría ver una puesta de sol... Deme ese gusto... Ordénele al sol que se ponga...

-Si yo le diera a un general la orden de volar de flor en flor como una mariposa, o de escribir una tragedia, o de

transformarse en ave marina y el general no ejecutase la orden recibida ¿de quién sería la culpa, mía o de él?

-La culpa sería de usted -le dijo el principito con firmeza.

-Exactamente. Sólo hay que pedir a cada uno, lo que cada uno puede dar -continuó el rey. La autoridad se

apoya antes que nada en la razón. Si ordenas a tu pueblo que se tire al mar, el pueblo hará la revolución. Yo

tengo derecho a exigir obediencia, porque mis órdenes son razonables.

-¿Entonces mi puesta de sol? -recordó el principito, que jamás olvidaba su pregunta una vez que la había

formulado.

-Tendrás tu puesta de sol. La exigiré. Pero, según me dicta mi ciencia gobernante, esperaré que las condiciones

sean favorables.

-¿Y cuándo será eso?

-¡Ejem, ejem! -le respondió el rey, consultando previamente un enorme calendario-, ¡ejem, ejem! será hacia...

hacia... será hacia las siete cuarenta. Ya verás cómo se me obedece.

El principito bostezó. Lamentaba su puesta de sol frustrada y además se estaba aburriendo ya un poco.

-Ya no tengo nada que hacer aquí -le dijo al rey-. Me voy.

-No partas -le respondió el rey que se sentía muy orgulloso de tener un súbdito-, no te vayas y te hago ministro.

-¿Ministro de qué?

-¡De... de justicia!

-¡Pero si aquí no hay nadie a quien juzgar!

-Eso no se sabe -le dijo el rey-. Nunca he recorrido todo mi reino. Estoy muy viejo y el caminar me cansa. Y

como no hay sitio para una carroza...

-¡Oh! Pero yo ya he visto. . . -dijo el principito que se inclinó para echar una ojeada al otro lado del planeta-. Allá

abajo no hay nadie tampoco. .

-Te juzgarás a ti mismo -le respondió el rey-. Es lo más difícil. Es mucho más difícil juzgarse a sí mismo, que

juzgar a los otros. Si consigues juzgarte rectamente es que eres un verdadero sabio.

-Yo puedo juzgarme a mí mismo en cualquier parte y no tengo necesidad de vivir aquí.

-¡Ejem, ejem! Creo -dijo el rey- que en alguna parte del planeta vive una rata vieja; yo la oigo por la noche. Tu

podrás juzgar a esta rata vieja. La condenarás a muerte de vez en cuando. Su vida dependería de tu justicia y la

indultarás en cada juicio para conservarla, ya que no hay más que una.

-A mí no me gusta condenar a muerte a nadie -dijo el principito-. Creo que me voy a marchar.

-No -dijo el rey.

Pero el principito, que habiendo terminado ya sus preparativos no quiso disgustar al viejo monarca, dijo:

-Si Vuestra Majestad deseara ser obedecido puntualmente, podría dar una orden razonable. Podría ordenarme,

por ejemplo, partir antes de un minuto. Me parece que las condiciones son favorables...

Como el rey no respondiera nada, el principito vaciló primero y con un suspiro emprendió la marcha.

-¡Te nombro mi embajador! -se apresuró a gritar el rey. Tenía un aspecto de gran autoridad.

"Las personas mayores son muy extrañas", se decía el principito para sí mismo durante el viaje.

Capítulo anterior

Capítulo siguente

Capítulo 11

El segundo planeta estaba habitado por un vanidoso:

-¡Ah! ¡Ah! ¡Un admirador viene a visitarme! -Gritó el vanidoso al divisar a lo

lejos al principito.

Para los vanidosos todos los demás hombres son admiradores.

-¡Buenos días! -dijo el principito-. ¡Qué sombrero tan raro tiene!

-Es para saludar a los que me aclaman -respondió el vanidoso.

Desgraciadamente nunca pasa nadie por aquí.

-¿Ah, sí? -preguntó sin comprender el principito.

-Golpea tus manos una contra otra -le aconsejó el vanidoso.

El principito aplaudió y el vanidoso le saludó modestamente levantando el

sombrero.

"Esto parece más divertido que la visita al rey", se dijo para sí el principito, que

continuó aplaudiendo mientras el vanidoso volvía a saludarle quitándose el

sombrero.

A los cinco minutos el principito se cansó con la monotonía de aquel juego.

-¿Qué hay que hacer para que el sombrero se caiga? -preguntó el principito.

Pero el vanidoso no le oyó. Los vanidosos sólo oyen las alabanzas.

-¿Tú me admiras mucho, verdad? -preguntó el vanidoso al principito.

-¿Qué significa admirar?

-Admirar significa reconocer que yo soy el hombre más bello, el mejor vestido, el más rico y el más ïnteligente

del planeta.

-¡Si tú estás solo en tu planeta!

-¡Hazme ese favor, admírame de todas maneras!

-¡Bueno! Te admiro -dijo el principito encogiéndose de hombros-, pero ¿para qué te sirve?

Y el principito se marchó.

"Decididamente, las personas mayores son muy extrañas", se decía para sí el principito durante su viaje.

Capítulo anterior

Capítulo siguente

Capítulo 12

El planeta siguiente estaba habitado por un bebedor. Fue una

visita muy corta, pues hundió al principito en una gran melancolía.

-¿Qué haces ahí? -preguntó al bebedor que estaba sentado en

silencio ante un sinnúmero de botellas vacías y otras tantas

botellas llenas.

-¡Bebo! -respondió el bebedor con tono lúgubre.

-¿Por qué bebes? -volvió a preguntar el principito.

-Para olvidar.

-¿Para olvidar qué? -inquirió el principito ya compadecido.

-Para olvidar que siento vergüenza -confesó el bebedor bajando la cabeza.

-¿Vergüenza de qué? -se informó el principito deseoso de ayudarle.

-¡Vergüenza de beber! -concluyó el bebedor, que se encerró nueva y definitivamente en el silencio.

Y el principito, perplejo, se marchó.

"No hay la menor duda de que las personas mayores son muy extrañas", seguía diciéndose para sí el principito

durante su viaje.

Capítulo anterior

Capítulo siguente

Capitulo 13

El cuarto planeta estaba ocupado por un hombre de negocios. Este

hombre estaba tan abstraído que ni siquiera levantó la cabeza a la

llegada del principito.

-¡Buenos días! -le dijo éste-. Su cigarro se ha apagado.-

Tres y dos cinco. Cinco y siete doce. Doce y tres quince. ¡Buenos

días! Quince y siete veintidós. Veintidós y seis veintiocho. No tengo

tiempo de encenderlo. Veintiocho y tres treinta y uno. ¡Uf! Esto suma

quinientos un millones seiscientos veintidós mil setecientos treinta y

uno.

--¿Quinientos millones de qué?

-¿Eh? ¿Estás ahí todavía? Quinientos millones de... ya no sé... ¡He trabajado tanto! ¡Yo soy un hombre serio y

no me entretengo en tonterías! Dos y cinco siete...

¿Quinientos millones de qué? -volvió a preguntar el principito, que nunca en su vida había renunciado a una

pregunta una vez que la había formulado.

El hombre de negocios levantó la cabeza:

-Desde hace cincuenta y cuatro años que habito este planeta, sólo me han molestado tres veces. La primera,

hace veintidós años, fue por un abejorro que había caído aquí de Dios sabe dónde. Hacía un ruido insoportable

y me hizo cometer cuatro errores en una suma. La segunda vez por una crisis de reumatismo, hace once años.

Yo no hago ningún ejercicio, pues no tengo tiempo de callejear. Soy un hombre serio. Y la tercera vez... ¡la

tercera vez es ésta! Decía, pues, quinientos un millones...

-¿Millones de qué?

El hombre de negocios comprendió que no tenía ninguna esperanza de que lo dejaran en paz.

-Millones de esas pequeñas cosas que algunas veces se ven en el cielo.

-¿Moscas?

-¡No, cositas que brillan!

-¿Abejas?

-No. Unas cositas doradas que hacen desvariar a los holgazanes. ¡Yo soy un hombre serio y no tengo tiempo de

desvariar!

-¡Ah! ¿Estrellas?

-Eso es. Estrellas.

-¿Y qué haces tú con quinientos millones de estrellas?

-Quinientos un millones seiscientos veintidós mil setecientos treinta y uno. Yo soy un hombre serio y exacto.

-¿Y qué haces con esas estrellas? -¿Que qué hago con ellas?

-Sí.

-Nada. Las poseo.

-¿Que las estrellas son tuyas?

-Sí.

-Yo he visto un rey que...

-Los reyes no poseen nada... Reinan. Es muy diferente.

-¿Y de qué te sirve poseer las estrellas?

-Me sirve para ser rico.

-¿Y de qué te sirve ser rico?

-Me sirve para comprar más estrellas si alguien las descubre.

"Este, se dijo a sí mismo el principito, razona poco más o menos como mi borracho".

No obstante le siguió preguntando :

-¿Y cómo es posible poseer estrellas?

-¿De quién son las estrellas? -contestó punzante el hombre de negocios.

-No sé. . . De nadie.

-Entonces son mías, puesto que he sido el primero a quien se le ha ocurrido la idea.

-¿Y eso basta?

-Naturalmente. Si te encuentras un diamante que nadie reclama, el diamante es tuyo. Si encontraras una isla

que a nadie pertenece, la isla es tuya. Si eres el primero en tener una idea y la haces patentar, nadie puede

aprovecharla: es tuya. Las estrellas son mías, puesto que nadie, antes que yo, ha pensado en poseerlas.

-Eso es verdad -dijo el principito- ¿y qué haces con ellas?

-Las administro. Las cuento y las recuento una y otra vez -contestó el hombre de negocios-. Es algo difícil. ¡Pero

yo soy un hombre serio!

El principito no quedó del todo satisfecho.

-Si yo tengo una bufanda, puedo ponérmela al cuello y llevármela. Si soy dueño de una flor, puedo cortarla y

llevármela también. ¡Pero tú no puedes llevarte las estrellas!

-Pero puedo colocarlas en un banco.

-¿Qué quiere decir eso?

-Quiere decir que escribo en un papel el número de estrellas que tengo y guardo bajo llave en un cajón ese

papel.

-¿Y eso es todo?

-¡Es suficiente!

"Es divertido", pensó el principito. "Es incluso bastante poético. Pero no es muy serio".

El principito tenía sobre las cosas serias ideas muy diferentes de las ideas de las personas mayores.

-Yo -dijo aún- tengo una flor a la que riego todos los días; poseo tres volcanes a los que deshollino todas las

semanas, pues también me ocupo del que está extinguido; nunca se sabe lo que puede ocurrir. Es útil, pues,

para mis volcanes y para mi flor que yo las posea. Pero tú, tú no eres nada útil para las estrellas...

El hombre de negocios abrió la boca, pero no encontró respuesta.

El principito abandonó aquel planeta.

"Las personas mayores, decididamente, son extraordinarias", se decía a sí mismo con sencillez durante el viaje.

Capítulo anterior

Capítulo siguente

Capítulo 14

El quinto planeta era muy curioso. Era el más pequeño de todos, pues apenas cabían en él un farol y el farolero

que lo habitaba. El principito no lograba explicarse para qué servirían allí, en el cielo, en un planeta sin casas y

sin población un farol y un farolero. Sin embargo, se dijo a sí mismo:

"Este hombre, quizás, es absurdo. Sin embargo, es menos absurdo que el rey, el vanidoso, el hombre de

negocios y el bebedor. Su trabajo, al menos, tiene sentido. Cuando enciende su farol, es igual que si hiciera

nacer una estrella más o una flor y cuando lo apaga hace dormir a la flor o a la estrella. Es una ocupación muy

bonita y por ser bonita es verdaderamente útil".

Cuando llegó al planeta saludó respetuosamente al farolero:

-¡Buenos días! ¿Por qué acabas de apagar tu farol?

-Es la consigna -respondió el farolero-. ¡Buenos días!

-¿Y qué es la consigna?

-Apagar mi farol. ¡Buenas noches! Y encendió el farol.

-¿Y por qué acabas de volver a encenderlo?

-Es la consigna.

-No lo comprendo -dijo el principito.

-No hay nada que comprender -dijo el farolero-. La consigna es la

consigna. ¡Buenos días!

Y apagó su farol.

Luego se enjugó la frente con un pañuelo de cuadros rojos.

-Mi trabajo es algo terrible. En otros tiempos era razonable; apagaba el farol por la mañana y lo encendía por la

tarde. Tenía el resto del día para reposar y el resto de la noche para dormir.

-¿Y luego cambiaron la consigna?

-Ese es el drama, que la consigna no ha cambiado -dijo el farolero-. El planeta gira cada vez más de prisa de

año en año y la consigna sigue siendo la misma.

-¿Y entonces? -dijo el principito.

-Como el planeta da ahora una vuelta completa cada minuto, yo no tengo un segundo de reposo. Enciendo y

apago una vez por minuto.

-¡Eso es raro! ¡Los días sólo duran en tu tierra un minuto!

-Esto no tiene nada de divertido -dijo el farolero-. Hace ya un mes que tú y yo estamos hablando.

-¿Un mes?

-Sí, treinta minutos. ¡Treinta días! ¡Buenas noches!

Y volvió a encender su farol.

El principito lo miró y le gustó este farolero que tan fielmente cumplía la consigna. Recordó las puestas de sol

que en otro tiempo iba a buscar arrastrando su silla. Quiso ayudarle a su amigo.

-¿Sabes? Yo conozco un medio para que descanses cuando quieras...

-Yo quiero descansar siempre -dijo el farolero.

Se puede ser a la vez fiel y perezoso.

El principito prosiguió:

-Tu planeta es tan pequeño que puedes darle la vuelta en tres zancadas. No tienes que hacer más que caminar

muy lentamente para quedar siempre al sol. Cuando quieras descansar, caminarás... y el día durará tanto

tiempo cuanto quieras.

-Con eso no adelanto gran cosa -dijo el farolero-, lo que a mí me gusta en la vida es dormir.

-No es una suerte -dijo el principito.

-No, no es una suerte -replicó el farolero-. ¡Buenos días!

Y apagó su farol.

Mientras el principito proseguía su viaje, se iba diciendo para sí: "Este sería despreciado por los otros, por el

rey, por el vanidoso, por el bebedor, por el hombre de negocios. Y, sin embargo, es el único que no me parece

ridículo, quizás porque se ocupa de otra cosa y no de sí mismo . Lanzó un suspiro de pena y continuó

diciéndose:

"Es el único de quien pude haberme hecho amigo. Pero su planeta es demasiado pequeño y no hay lugar para

dos... "

Lo que el principito no se atrevía a confesarse, era que la causa por la cual lamentaba no quedarse en este

bendito planeta se debía a las mil cuatrocientas cuarenta puestas de sol que podría disfrutar cada veinticuatro horas.

Editado por: CIBERDOLAR (25/Mayo/2008 - 19:00)
ciberdolar
 
Mensajes: 387
Registrado: Marzo/2006
Estado: Off-line
Grupo: Administrador del foro
 
 
  BIBLIOTECA DIGITAL... LIBROS LIBROS Y MAS LIBROS DIGITALES 17/Mayo/2008 - 02:23

BIBLIOTECA DIGITAL... LIBROS LIBROS Y MAS LIBROS DIGITALES

 


Usuarios activos
5 usuarios activos: 0 miembros y 5 huespedes en el foro.
 Reglas de mensaje
no puedes escribir nuevos temas
no puedes responder a los temas
no puedes adjuntar archivos
no puedes editar tus mensajes
Contactar con el Administrador del foro.

La utilización del servicio vendrá condicionada por la previa aceptación de las Condiciones Generales de Uso del Servicio.



Foro gratis creado en ForosWebGratis.com. Crea tu propio foro aquí.

NO TE DEPRIMAS... ENCUENTRA UNA AMIGA PARA ESTA NOCHE EN:

AGRADECEMOS TU PARTICIPACION... REGRESA PRONTO