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anatheoresis
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Nikos Stavridis
 
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  Re: Re: anatheoresis 28/Agosto/2009 - 18:20

El atardecer había puesto sombras en la habitación y un hombre tendido en un diván, refugiado en la oscuridad y silencio de la penumbra, iba relatando con voz apagada, casi somnolienta, vivencias que estallaban en su mundo interior.
- Veo a mi madre, sí, la veo. Está muy agitada.
Y el hombre del diván, como sacudido por una fuerza invisible, ladeó súbitamente la cabeza en un gesto inequívoco de huida. Y el temor, un suave temor, hizo castañear sus dientes.
- Es de noche y está en la cama con mi padre.
Y como sorprendido:
-¡Tiene la tripa muy hinchada mi madre!
Luego, tras unos instantes de indecisión:
- Él quiere subir encima de ella.
Y el gesto de huida volvió a su cuerpo:
- Pero a ella eso no le gusta.
Y volvió el tremor de dientes también:
- Además, tiene miedo. No quiere que me hagan daño.
Y el hombre que escuchaba, que en silencio estaba recibiendo las confidencias inéditas para ambos en el silencio y penumbra de la tarde:
- ¿No quiere que te hagan daño a ti?
- Sí. Yo estoy dentro de mi madre. Y también tengo miedo.
- Y ahora, ¿qué ocurre?
- Discuten. ¡Gritan! ¡No quiero oírlo! ¡No quiero!
Y ese no quiero era el grito de su madre y el suyo propio también.
Era un no quiero compartido. Madre y bebé no nato vivían un mismo sentimiento de asco e irritación.
- Mi madre está sentada en la cama. Mi padre se viste y se va.
Hubo un largo silencio. Un largo silencio de palabras, pero el cuerpo hablaba: oscilaba agitado y el rostro mostraba la tensión de una huida sin salida, de un terrible cansancio anímico.
- Mi madre ahora se levanta. Tiene ganas de vomitar y va corriendo, corre
Y súbitamente, un grito y silencio. Un largo silencio que rompió el hombre que escuchaba en la penumbra:
-¿Qué ha ocurrido? Mira a tu madre.
Y una voz tenue, triste, dolorida
- Se ha caído.
-¿Ha tropezado?
- Bueno... Es como si hubiese un obstáculo, pero no ha tropezado. Le han fallado las piernas. Es como si no hubiera suelo, nada donde apoyarse. Ahora está en el suelo, como sin vida.
- Vuelve a la caída. Tu madre se levanta de la cama, corre y tú no lo visualizas desde fuera, lo vivencias, estás dentro de ella, lo sientes.
El grito ahora fue agónico y el hombre del diván se sujetó el vientre, lo protegió y, doblándose por los riñones, encogió las piernas. Y surgió el asombro:
- Yo tampoco tengo piernas... ¡No las siento!
Y tras el asombro, un largo sollozo dolorido:
- ¡Los riñones...!

EL NACIMIENTO
Una semana después. Nueva penumbra de atardecer y nuevo recorrido por el laberinto de una biografía olvidada. Olvidada pero actuante, que sigue hablando en nuestra forma de ser, en nuestra forma de ver la realidad. Que se hace terriblemente presente también en nuestra mente o en nuestro cuerpo mediante eso que llamamos enfermedades y que es sólo el intento de mostrar y expulsar los sufrimientos que un día -un día de aquellos lejanos días en que no podíamos comprender- enterramos vivos en la sacramental de nuestra mente.
Y el hombre del diván:
- El médico le dice a mi madre que tengo que nacer ya. Que estoy tardando mucho. Dice que no me muevo.
Y siguió narrando que eso estaba ocurriendo de noche. Que habían llevado muy deprisa a su madre a un lugar con hombres que llevaban batas blancas
-¿Y tú?
El hombre del diván volvió la percepción hacia sí mismo y se sintió flotando en un espacio de luz.
- Es muy bonito. Me siento bien.
Desde la caída de su madre, en el séptimo mes de gestación, el paciente vivía el estado en suspensión -es de suponer que endorfínico- de quien ha retirado la percepción de su propio cuerpo. De eso que los de fuera llamamos un gran desmayo y que quienes lo viven lo expresan como una experiencia próxima a la muerte.
- Sí, hay un cuerpo abajo, pero es horrible... Está como seco, muerto
- En ese caso, mira hacia arriba, hacia la luz. ¿Quieres ir hacia allí?
- Hay como sombras, son cabezas oscuras. No me gustan... Quiero seguir así.
No fue fácil lograr que la percepción del bebé no nato que era ahora el hombre del diván entrara en su cuerpo muerto. En realidad, él no volvió a estar en sí mismo- no volvió de su forma de desmayo fetal- hasta después de nacer, pero ahora, en el diván:
- No me gustan las piernas. Están delgadas. ¡No quiero entrar ahí!
Fue una pugna larga. Pero al fin la percepción del bebé no nato volvió a su cuerpo y el hombre del diván volvió a ser consciente de su propio cuerpo; y el hombre que ahora era el niño que un día fue inició un terrible temblor.
- Tengo frío. Esto está muy frío. Está muerto...
El hombre que escuchaba le cubrió con una manta, pero el frío no le llegaba al hombre del diván desde fuera. Era el frío de una muerte clínica, algo bastante habitual en el proceso de gestación y de nacimiento. Era el frío, en definitiva, del sentimiento de muerte.
Y el hombre del diván siguió visualizando, sólo en parte vivenciando:
- Ahora pinchan a mi madre.
Y la inyección que adormeció a su madre le adormeció a él. Y su piernas, tan frágiles, tan dañadas, dañadas también por una gran inmovilización en el conducto del nacimiento, volvieron a desaparecer:
- No las siento. ¡ No siento las piernas!
Y alarmado, convulso en el diván:
- ¡Con la inyección no las siento!
En el diván -o sea, en la realidad- el nacimiento fue conflictivo. Sumamente doloroso. Pero el hombre que escuchaba logró al fin que el hombre del diván naciera y que naciera teniendo conciencia de sí mismo.
- Estoy muy débil.
Las lágrimas resbalaban por su rostro. Su tristeza era profunda. Era la tristeza del bebé que se sabe enfermo.
- Tengo las piernas muy delgadas. No tienen fuerza. Y ahora entra un médico, me mira las piernas y dice que parezco un niño de Biafra.
Duras palabras que serían en el futuro la expresión del estigma que el hombre del diván habría de alimentar año tras año desde que nació.

LA SILLA DE RUEDAS
Una nueva tarde, una nueva penumbra. Y con la penumbra externa del atardecer e interna de un estado especial de consciencia, el hombre del diván volvió a su pasado. Ahora, a su infancia. Y el hombre que escuchaba y que con sus silencios y breves palabras transitaba también por la doble penumbra del hombre del diván, hizo la pregunta:
-¿Qué sientes cuando estás sentado en la silla de ruedas de tu tío?
El hombre del diván estaba vivenciando -o sea, había extraído de sus años de infancia- la existencia de un tío, hermano de su madre, que ejercía una función de poder casi patriarcal sobre su hermana. Y el trono desde el que blandía su cetro era una silla de ruedas. Una silla en la que permanecía inmovilizado a pesar de que no había ninguna razón fisiológica -eso decía la Medicina- que justificara su incapacidad para andar.
Y la respuesta del hombre del diván fue concreta:
- Me siento muy bien. Esa silla me da calor. Me siento seguro. Hay seguridad en casa cuando estoy sentado en ella.
Y tras una pausa, con signos gratificantes en su rostro:
- Noto que así no me caigo. Y mi madre me mira más. Está más pendiente de mí. Todo está mejor.
-¿Y tu padre? Tu padre se va de casa, lo sabes. ¿Por qué no te levantas y lo retienes?
- Mira, mi padre ahora me está curando una herida que tengo en el pie. Me gusta. Cuando no tengo el pie mal, mi padre no me cuida. Es mejor estar en la silla.

ANATHEÓRESIS
No es dificil comprender que el hombre que escuchaba era yo, quien esto firma, y que el hombre del diván, al que llamaré Juan, había acudido a mí para someterse a una terapia de Anatheóresis.
Juan, de 42 años, llegó a mí sujetándose a unas muletas, con un cuerpo de piernas delgadas que buscaban ya la silla de ruedas.
Me dijo que su deterioro físico, eso de no encontrar un suelo en el que apoyar sus piernas, se había iniciado hacía unos 20 años, si bien ya de niño mostraba una extraña tendencia a dañar sus piernas.
En cuanto a la Medicina convencional, se había declarado impotente para sanarlo. Le habían diagnosticado distrofia en las piernas pero no encontraban causa patológica alguna que la provocara. De ahí que Juan buscara solución en mi terapia, aunque no esperaba resolver su problema de distrofia sino sólo consuelo al terrible sufrimiento causado por su profundo y persistente sentimiento de soledad.
Sin embargo, la verdad es que bastaron unas pocas sesiones de Anatheóresis para que ese angustioso sentimiento de desamparo desapareciera. Y dado que esa soledad y la distrofia de su cuerpo tenían una misma razón de ser -siempre es así, la mente y el cuerpo nunca van disociados- la terapia prosiguió buscando las motivaciones emocionales que justificaban su búsqueda de la seguridad en una silla de ruedas

LA ENTREVISTA
Lógicamente, el paciente nada recordaba de su vida intrauterina y nacimiento. Y poco había oído en torno a esos periodos de su vida en conversaciones de sus padres. Pero sí recordaba que su padre se había ido de casa para siempre cuando él tenía 9 años. Y tenía claro -era su verdad sentida- que se había ido porque su madre, dominada por su hermano, no aceptó irse con él a Argentina buscando una mejor vida.
Y me informó también de un sueño recurrente en el que se encontraba en una habitación que se iba estrechando hasta que se hacía casi imposible salir de ella. Y que era habitual en él sentirse angustiado cuando leía algo referido a una persona que recorría un túnel angosto.
Se hacía claro, por tanto, que, como casi siempre suele ocurrir, la raíz de sus daños estaba en el claustro materno, durante su gestación y en el nacimiento, en ese túnel vaginal angosto en el que debió sentirse inmovilizado, con la angustiada soledad de que nadie le ayudaba.

LA TERAPIA
No voy a cansar al lector con el relato de las 17 sesiones que lograron eliminar el sentimiento de soledad de Juan, así como encontrar la causa y, al encontrarla, poner fin a las caídas del paciente. Y, al final, también hacer posible una recuperación de la movilidad corporal.
Pero debo decir que para comprender la mejoría del paciente basta con las ráfagas que de la terapia Anatheóresis he transcrito al principio de este artículo. Con eso... y con alguna aclaración de la técnica anatheorética.
Ante todo, es necesario explicar que los pacientes tratados con esta técnica son sometidos a un estado de relajación profunda en el que el paciente no pierde la consciencia, como sí ocurre cuando son llevados a un estado de hipnosis profunda. Es simplemente una relajación en el que se lleva al cerebro de los pacientes a funcionar en ritmos theta, ritmos más lentos y profundos aún que los ritmos alfa, ya de por sí propios de una relajación suave. Pues bien, resulta que en ese estado de ritmos theta, y en especial cuando se le lleva al paciente exactamente a los cuatro ciclos por segundo, éste puede no sólo puede revivir -incluso con los sentimientos originales- cualquier experiencia desde el momento mismo de la concepción, sea traumática o gratificante, sino hasta vivenciar qué le ocurre a su madre cuando estando él en el interior del útero, se siente dañado por algo que ocurre fuera, que le ocurre a su madre, porque él, inmerso en su mundo subjetivo, lo siente como si le ocurriera a sí mismo.
De ahí que la caída de su madre fuera su caída y que el sufrimiento que el feto sintió ante esa caída le llevara a retirar la percepción de su cuerpo. Y, finalmente, que en la luz gratificante de las endorfinas -esa morfina de producción endógena que satura el agua amniótica- el feto prefiriera no solo mantenerse en ella sino también volver a ella, ya adulto, cada vez que se sentía agredido.
Ahora bien, es básico explicar que lo que "daña" no es tanto el hecho ocurrido -la caída de la madre en este caso-, sino el sentimiento, la emoción, que el hecho comporta. Por eso el paciente empezó a caer, -"a perder el suelo"- y a buscar las muletas para protegerse de esas caídas a los 17 años, cuando ante la existencia de problemas económicos en su casa se encontró abocado a unas obligaciones excesivas que le desbordaban y que sentía no era capaz de superar. Y así, mimetizando la irritación y el subsiguiente desánimo -cansancio anímico - que sintió su madre el día de la caída, el también empezó a caer.

LAS MÁS PROFUNDAS RAÍCES DE LA ENFERMEDAD
He de confesar, en cualquier caso, que aun habiendo encontrado ese problema durante la regresión, e incluso aun habiéndolo comprendido el paciente -comprender es disolver, borrar-, la recuperación del paciente era lenta. Y que sólo nos deshicimos de ese lastre el día en que descubrí la motivación emocional básica, la que alimentaba la persistencia y agravación progresiva de la distrofia de las piernas del paciente.
Y esa motivación emocional que le llevaba hacía una inevitable y definitiva silla de ruedas no era sino ese tío que tanto dominio ejerció en la vida de su madre. Un tío que había sido rico y había tenido poder gracias a su cargo en una empresa importante. El tío triunfador. El modelo. Alguien muy distinto a ese padre del paciente, a ese marido de la madre del paciente, que no sabía ni podía resolver los problemas económicos de su casa. Pero ocurrió un día que ese tío, cuando el padre ya se había ido para siempre de casa, perdió ese cargo importante que era el pedestal de su prominencia. Y ese día el tío cuyo ascendiente se basaba tan sólo en su cargo, no en su valía personal, inició un declive de autoridad que resolvió... sentándose en una silla de ruedas. Y no era un truco consciente, qué duda cabe. Era la forma inconsciente en que podía recuperar su autoridad. Aunque fuera, esta vez, por lástima. Y fue por eso por lo que la Medicina tampoco encontró en él -como no lo había encontrado en su sobrino- causa alguna patológica que justificara su incapacidad para movilizar las piernas.
Naturalmente, Juan, que solía somatizar sus problemas en las piernas -recordémoslo, desde la caída de la madre- buscó también la silla de ruedas para no tener que afrontar las dificultades -para él insolubles- que nos depara la vida. Y, de forma especial. para dotarse de una forma de vencer su sentimiento de soledad mediante el poder que otorga provocar lástima: "Ahora mi madre está más pendiente de mí". Y más todavía: para procurarse la capacidad de tener a su padre con él, aun cuando sólo fuera en forma de compensación regresiva. Recordemos: "Cuando no tengo el pie mal, mi padre no me cuida".
Tales son, amigo lector, LAS RAÍCES DE LA ENFERMEDAD. Y esas son las que tenemos que resolver sin compensarlas con "trucos" del inconsciente. Porque eso -RESOLVER- es lo que hace Anatheóresis.

Joaquín Grau
Nikos Stavridis
 
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  Re: anatheoresis 28/Agosto/2009 - 18:08

¿Qué es?

Anatheóresis es una psicoterapia perceptiva basada en postulados científicos y con resultados ampliamente comprobados. Esta terapia fue creada hace más de treinta años por Joaquín Grau y su teoría y práctica están expuestas en su Tratado Teórico-Práctico de Anatheóresis.

La técnica terapéutica anatheorética tiene sus fundamentos en las distintas frecuencias de los ritmos cerebrales -con sus distintas formas de percibir- que se van sucediendo en el proceso de maduración neural, desde el momento en que somos concebidos hasta los siete a doce años, edad en la que poseemos ya maduro el ritmo cerebral beta, ritmo que nos dota de la capacidad reflexiva que nos permite discernir. Momento éste en el que, por haberse completado el crecimiento perceptivo, es ya posible la sincronización en fase de los ritmos emocionales del hemisferio cerebral derecho con el ritmo razonador del hemisferio cerebral izquierdo. Una sincronización que es el objetivo perseguido por la terapia Anatheóresis toda vez que esa sincronización supone una armonización terapéutica liberadora de posibles patologías.

Por evocar imágenes intrauterinas, del nacimiento y de la niñez del paciente -e incluso por algunos de los términos utilizados en la descripción de esta terapia- Anatheóresis puede ser considerada una terapia regresiva, pero nada más lejos de la realidad toda vez que, entre otros muchos aspectos de su práctica terapéutica, Anatheóresis en todo momento se basa en postulados científicos comprobados, de ahí que no recurra regresivamente a creencias -como la existencia de vidas anteriores- que pueden o no ser ciertas, pero que no son demostrables.

Por otro lado, a diferencia también de cualquier otra técnica regresiva, la verbalización anatheorética terapeuta-paciente obliga al terapeuta a ajustarse a las peculiaridades de la lingüística subjetiva y simbólica del mundo perceptivo que corresponde al ritmo cerebral theta, que es el que caracteriza la actividad neural del nonato. Asimismo, Anatheóresis no utiliza la hipnosis profunda, ya desechada por el propio Freud, quien consideró que condicionaba al paciente, sino una relajación anatheorética cuyas siglas son IERA y que lleva a un estado perceptivo especial en el que el paciente no pierde la conciencia. Por el contrario, se mantiene perfectamente lúcido, siendo en todo momento dueño de sus actos.

Es de destacar que el estado IERA, aun siendo una simple relajación, supone, no obstante, una inmersión a un nivel de conciencia -concretamente a 4 hertzios de frecuencia cerebral- que lleva al enfermo -mediante el ya mencionado diálogo anatheorético- a que vivencie (vea y sienta) las escenas nucleares -imágenes siempre ciertas- que son causa de su enfermedad. Siendo de destacar que Anatheóresis, con su formulación perceptiva, entiende que nuestra biografía oculta de acontecimientos traumáticos y gratificantes ocurridos, según la percepción del ritmo beta, en tiempos anteriores, siguen siendo, en nuestro cerebro emocional, acontecimientos que se mantienen presentes condicionando nuestras vidas.

¿Qué cura?

Aun cuando Anatheóresis es una psicoterapia -no utiliza fármacos- su eficacia va más allá de los llamados trastornos psicológicos. Anatheóresis entiende que la enfermedad no es su sintomatología, y que, en definitiva, Anatheóresis no cura enfermedades, sino que cura a enfermos. De ahí que cada paciente es una biografía que debe considerarse de acuerdo con su contenido singular.
Por lo demás, no se trata de una terapia larga. Las sesiones, de un mínimo de hora y media, son preferentemente semanales y pocas veces la terapia se dilata más allá de veinte sesiones.
De los resultados positivos de Anatheóresis basta decir que su práctica es generalizada, así como altamente valorada.
alberto
 
Mensajes: 1
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  anatheoresis 27/Agosto/2009 - 14:00

hola soy chico de 33 años.me gustaria consultar si alguien conoce la terapia anatheoresis y que resultados tiene. si alguien la ha hecho me gustaria saber si le ha ido bien.gracias.

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