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CAPITULO PRIMERO
LA IMAGEN DEL
MAL
(fragmento)
El hombre había estado cabalgando durante dos horas en medio de zonas boscosas, a ratos; otras veces sobre lomas despejadas; cruzaba cañadas; bajaba cuestas pedregosas, con el riesgo de que el mulo se precipitara al vacío. Pero estas barreras no iban a detenerlo: una oportunidad como así no se volvería a presentar, pensaba. Iba en busca de un hombre para matarlo.
Ese mismo día, poco antes de la salida del sol, su madre lo sintió entrando por la puerta del patio, como si viniera huyendo. Ella le subió la mecha a la lámpara y pudo verlo cuando cruzaba hacia el otro cuarto. Tuvo un mal presentimiento, y le preguntó sobre sus razones para entrar de esa manera. El le dijo: “Acabo de matar a José Miguel, el hijo de José Maestre.” Con la noticia, a la mujer se le atravesó un nudo en la garganta.
El se sentó en el borde de la cama, se quitó los zapatos y se acostó.
La mujer, atormentada por los pensamientos, no podía dormir, buscaba la forma de salvar a su hijo. Había pensado en entregarlo ella misma a las autoridades, pero sabía que esto no lo libraría de la muerte: no había en el pueblo fuerza policial capaz de detener al padre del muerto: él tenía su propia ley. Tomando una decisión tajante, le dijo: “Tienes que irte del pueblo hoy mismo, y vuelves cuando José Maestre haya muerto, tal vez alguien nos haga el favor de matarlo pronto; Dios lo quiera así.”
Un par de horas después estaba ella empacándole la ropa en una caja. El regresó en esos momentos con una toalla en el hombro, Se había estado bañando en el río. Su madre le dijo: “Desayuna, para que te vayas.”
“Todavía no me voy; tengo otros planes”, dijo él.
“¿Cuáles?”, preguntó ella. Estaba acomodando unos zapatos negros, de cuero, en la caja.
“Voy en su busca para matarlo. Después me voy.”
Fue por la mañana cuando él vio la oportunidad. Había estado bañándose en el río, y a otros hombres les oyó referirse al hombre asesinado esa madrugada al pie de un árbol, en un solar del pueblo. Esta conversación lo inquietó; y para no intervenir en ella, se retiró hacia la parte alta del río. Media hora después, a eso de las siete de la mañana, al regresar del río hacia su casa, le escuchó decir a unas mujeres que conversaban en la calle: “José Maestre no sabe que mataron a su hijo. Desde ayer está bebiendo, y se desconoce su paradero. La última vez que bebió, hace dos años, duró quince días perdido.” Otra mujer expresó: “Ayer lo vieron por los lados de Las Flores; anda nuevamente con Fidelina.”
El hombre entró en su casa. Vio a su madre acomodándole la ropa en la caja; cruzó algunas palabras con ella. Después levantó una esquina de la colchoneta y sacó el revólver.
Cuando Manuela Romero vio a su hijo guardándose el revólver en la pretina del pantalón le dijo: “¿A cuántas personas ha matado José Maestre?... Nadie lo sabe con exactitud. A unos los ha matado por la espalda; a otros, de frente; en los desafíos, ha salido ganador. En la puerta de su casa, al pie del almendro, asesinó a un policía, dándole un tiro en la cabeza. Muchas personas vieron la acción pues estaban saliendo de la misa de por la mañana; los vieron discutir y cuando José Maestre desenfundó su largo revólver y se lo puso al pie del oído al policía. ¿Quién se atrevió a denunciarlo?, nadie. El dijo que fue en defensa propia, y así se cerró el caso. ¿Tú crees que puedas matarlo, siendo el hombre más criminal que ha dado este pueblo en toda su historia?”
Alberto contestó: “El no se va a dar cuenta cuando yo le ponga el revólver en la cabeza, porque estará dormido debido a la borrachera.” Al terminar de decir esto, salió de la casa y se trepó en el mulo, enrumbando hacia los cerros.
Dos horas después llegaba al caserío Las Flores. Pero no entró de inmediato en el pueblo. Se bajó del mulo y se ocultó detrás de unos árboles en el límite del monte. Amarró al animal y se deslizó por el arroyo, escondiéndose en los barrancos, detrás de las piedras, hasta salir por el patio de la casa donde debía de estar José Maestre. Agachado y con el revólver en la mano llegó al pie de la ventana. Hasta ese momento, no había visto a nadie en ninguna de las calles del pueblo; los hombres estaban en los quehaceres en sus parcelas; vio a unos niños jugando en un solar.
Al asomarse por la ventana vio a José Maestre durmiendo en una hamaca, debajo de la cual había varias botellas de ron vacías. Podía tocarlo si metía la mano. También alcanzó a ver una mujer en la cocina del patio desplumando una gallina. Dándose cuenta de esta oportunidad, metió el revólver por entre los barrotes y disparó cuatro veces contra el cuerpo de la víctima, dos tiros en la cabeza y dos en el pecho. De inmediato se regresó corriendo por donde había llegado.
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