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Capítulo 9: Magia Interior
Se acercaba el segundo fin de semana en Hogsmeade. La semana anterior, Harry se había divertido viendo la cara de fascinación de Dudley cuando le enseñaron el pueblo. Hagrid había vuelto a mandarles trabajo de biblioteca, esta vez sobre las mantícoras. Podría decirse que desde que Elisa accedió a la amistad de Harry, casi lo había ignorado, aunque lo saludaba y a veces lo sonreía. Lee estaba recuperado de su incidente y no parecía importarle lo que se publicó en el Profeta acerca de Elisa, al contrario que la gran mayoría del colegio. Sólo los profesores y unos pocos alumnos la trataban de forma corriente. Era viernes por la tarde y Harry preguntó a Hermione si había llegado la carta.
- No, aún no. Pero no debe tardar.
- ¿Carta de quién? –preguntó Ron.
A Hermione se le escapó una sonrisita estúpida y Harry miró a la joven con apuro. Sabía que su amigo se iba a molestar, aunque él no quisiese admitirlo.
- ... De Viktor.
- Oh, vaya. ¿Y qué le escribiste a tu amado? –dijo con voz que se notaba a leguas que era de ofensa- ¿“Querido Vicky, mi amor, te echo de menos y quiero un hijo tuyo”?
- Oh, Ron, eres estúpido. Le escribí para que me dijera lo que es un Legens.
- Pues si eso querías, Percy nos lo podría haber dicho en un santiamén, ¿no crees?
- Tu hermano no guarda en secreto ni los datos oficiales de su trabajo. ¿Cómo va a respetar un secreto ajeno?
- Sí, claro... pero se lo pediste a Vicky.
- ¿Tienes alguna idea mejor? –Hermione se cruzó de brazos claramente enojada- Vamos, te escucho, porque no te he visto ayudarme mucho...
La joven Black entró en la habitación. Se les quedó mirándolos.
- Eh... Hola –dijo Hermione nerviosa.
- No os preocupéis, no os molestaré –ella cruzó la sala en dirección a los dormitorios.
Poco después vieron una lechuza marrón, la de Elisa, sobrevolar la torre y alejarse sobre el lago.
- Desde que apareció esa noticia en el Profeta, Elisa está muy apagada, ¿no creéis? –comentó Ron.
- ¿Cómo no estarlo? La acusan de mortífaga.
- Es que no es algo fácil –respondió Harry- Yo en segundo año y en cuarto también me sentí así. Y este año... hay gente que me evita. Creo que algunos aún creen que yo maté a Cedric...
- ¿Cómo dices eso? –Hermione estaba escandalizada.
- La mitad de los Hufflepuff y los Ravenclaw no me hablan. Me refiero a los de nuestro curso. Antes por lo menos se paraban a saludar. Ahora creo que se lo piensan dos veces antes de cruzar por mi lado.
- No tienes pruebas, Harry.
- ¿Por qué otra cosa se van a comportar así?
- Bueno, este año tenemos los T.I.M.O.s y...
- Sabes que eso no es excusa.
Neville y Dudley llegaron algo pálidos.
- ¡Primo! He visto una cosa increíble.
Entonces el otro chico esbozó una sonrisa.
- Teníais que haber visto a Elisa.
- ¡Quiero aprender a hacer orejas de burro!
- ¿¡QUÉ!? –exclamaron los tres amigos a coro.
- Elisa transformó las orejas de los jugadores del equipo de Slytherin –explicó Neville.
- Espero que Malfoy las luzca bien grandes –la voz de Ron sonaba ilusionada.
- A Malfoy no le pasó nada –respondió Neville.
- ¿Te refieres al chico rubio? –Dudley aún no conocía a mucha gente.
- ¿Qué no le hizo nada? –Ron parecía decepcionado.
- Los Slytherin se metieron con ella. Fue curioso lo que hizo, levantó la varita y ni siquiera pronunció una palabra, y todos comenzaron a mirarse las orejas que se les habían quedado, oscuras y peludas...
Dudley y Neville se rieron con ganas. Ron seguía enfrascado en su estado de shock, porque Malfoy no tenía orejas de burro, y mientras Hermione lo miraba con pena.
Elisa bajó y Ron se le tiró moviéndola por los hombros.
- ¡Dime que Malfoy tiene orejas de burro! ¡DIMELO! Necesito reírme...
Ella parpadeó y quien se rió fue ella.
- Por favor, Ron. No necesitas ver a Draco para reírte, no creo que estés tan necesitado. Mira lo que tengo.
Le mostró una foto, de Snape con el pelo limpio. Supieron que Colin tenía una cámara que funcionaba sin flash, y había encantado el carrete para que Snape no corriese fuera de la imagen y no se pudiese ver.
Ron extendió las manos con emoción contenida y sostuvo la foto en sus palmas como si fuese algo valioso y delicado. Se le escaparon las lágrimas de ilusión y echó a correr hacia arriba, para guardar la foto bajo llave. Al bajar, se sentó de nuevo y se quedó mirando a sus amigos, que estaban anonadados.
- ¿Qué? No creo que lo que ocurrió con Snape pueda volver a repetirse, ya se habrá prevenido.
- No lo creo –dijo Elisa, con una sonrisa pícara- ... Ya estamos tramando otras...
Dudley se acercó como con vergüenza a la joven.
- ¿Me enseñas a hacer lo de las orejas?
Todos se rieron, y Elisa se sentó a su lado para enseñarle los movimientos. Harry la miró con sorpresa, mientras observaba e intentaba memorizar los giros de muñeca para después practicarlos. Nunca la había visto tan sociable, parecía una hermana mayor enseñando al menor, y le pareció que lo que veía normalmente de ella era pura coraza, y que realmente era así, como en ese momento, amable y paciente. Dudley apuntaba en un papel.
- No deberías enseñar eso, Elisa –Hermione hablaba con su tono autoritario propio de prefectos.
- Bah, anímate. Ya te lo enseño después, no te preocupes –la chica le sacó la lengua, y Ron se rió.
- No me imagino a Hermione poniéndole a alguien las orejas así –decía Ron.
- Pues ten cuidado, porque si no te acuerdas, en tercer curso le pegó un bofetón a Malfoy...
- ¡Ah! Sí. Hermione, déjame decirte que aún se acuerda de eso –Elisa sonreía- Creo que se moriría de terror si te acercas y le das otro bofetón...
La prefecta la miró con los ojos como platos.
- ¡Era una broma!
- Eh... sí, ya lo sabía.
El resto de la noche transcurrió tranquila, apenas los Gryffindor se acercaban a Elisa, por lo que se fueron a dormir pronto para ir a Hogsmeade al día siguiente temprano.
Por la mañana se encontraron para desayunar. Elisa parecía animada. Los gemelos discutían el número de bombas fétidas que querían comprar mientras Lee Jordan revisaba su lista de cosas a conseguir. Neville y Dudley hablaban con la joven Black, al parecer, de Las Tres Escobas.
Tomaron los carruajes y en breve llegaron al pueblo. Las chicas dieron una vuelta por las tiendas de ropa, los chicos a Zonko y Honeydukes. Al contrario que Parvati, Lavender y las demás, Hermione no paró en las tiendas de cosméticos y similares, sino que se detuvo a mirar los libros de un escaparate.
- Vamos, Hermione, ¿no tienes suficientes con los de la biblioteca?
- Eso, vayamos a Honeydukes, quiero comprar Grageas de Todos los Sabores.
- Y yo plumas de azúcar y Meigas Fritas. Y pica-pica, caramelos...
- Detente, goloso, y no lo gastes todo de una vez –comentó Hermione.
- Ni que fuera un ansioso...
Tras abastecerse de golosinas pasaron a tomar una cerveza de mantequilla. Neville y Dudley conversaban en una mesa cercana a la chimenea, se habían hecho buenos amigos. Hacía frío afuera por lo que la temperatura en el local era muy agradable. Harry se preguntó por dónde andaría Elisa. Los gemelos y Lee llegaron poco después y tampoco estaba con ellos, y Parkinson y los otros de Slytherin estaban sentados al fondo. El que faltaba era Malfoy.
Estaban eligiendo lo que pedirían de almuerzo cuando Neville y Dudley se acercaron.
- ¿Venís a comer con nosotros?
- Claro, sentaos –dijo Ron.
- No digo aquí. Vamos al Cabeza de Cerdo –explicó Neville.
- ¿Y eso por qué?
Ellos sólo sonrieron.
- Yo me apunto –dijo Harry, levantándose. Sus amigos se animaron también y se dirigieron al Cabeza de Cerdo. Era un bar de aspecto sucio y vetusto. El techo estaba hecho de madera y era antiguo. Las paredes necesitaban una mano de pintura y los muebles pedían a gritos un plumero. En la pared del fondo había un trofeo de caza. Era la cabeza de un venado y estaba disecada. La cornamenta de éste era espectacular, aunque también estaba muy sucio. Tomaron asiento y se les acercó una camarera a coger nota.
Dudley y Neville se echaron a reír al ver la cara de los demás por la camarera, que era ni más ni menos que Elisa.
- ¿Qué haces aquí? – se le escapó a Harry.
- Trabajo aquí. ¿Venís a comer?
- ¿¡QUE TRABAJAS AQUÍ!? –exclamaron los tres al unísono.
- Yo quiero pescado con patatas –dijo Dudley.
- Yo sopa de tomate y ensalada –dijo Hermione, tras mirar la lista.
- Yo lo mismo que el otro día –pidió Neville.
- Pues yo... –comenzó Ron- No sé qué pedir... ¿Quién cocina?
Elisa se rió.
- Tranquilo, cocino yo y no voy a envenenarte.
- Pues no sé qué pedir. Lo que quieras.
- De acuerdo, te sorprenderé.
- Yo tomaré lo mismo que Ron –respondió Harry.
- Vale, marchando un par de platos de bazofia –se marchó riéndose mientras los otros la miraban un poco atemorizados.
- Cocina de maravilla –Neville estaba entusiasmado- Me daba miedo entrar en este sitio pero cuando descubrimos que Elisa trabajaba aquí...
- ¿Por qué no nos lo dijisteis?
- Ella nos lo dijo. Además, queríamos ver vuestras caras cuando la vieseis.
De repente alguien entró en el local. Era Draco Malfoy. Harry pensó que seguramente estaba allí para incordiar, y que Elisa no le hablase porque sólo le prestaría atención a él. Se sentó en la barra y la joven lo saludó calurosamente. Se pusieron a hablar y de vez en cuando, la joven entraba en lo que se suponía la cocina y volvía un instante después.
Al cabo de un rato, Elisa se acercó con cinco platos levitando.
La comida fue muy buena. Harry se sorprendió de la cocina de la joven. Alrededor de una hora después salió del trabajo y estuvo dando vueltas con ellos. Harry disfrutó más que ningún otro, Elisa le hablaba y se sentía feliz.
Todo empeoró varios días después. Ron, Hermione y Harry hablaban sobre cuánto tiempo tardaría Krum en contestar, y justo esa tarde, la lechuza volvió con la contestación. Se sentían muy nerviosos y la estaban comenzando a abrir cuando Elisa entró en la sala corriendo. Los tres amigos se sobresaltaron.
- ¿Ocurre algo? –preguntó Ron, viendo la cara de la chica.
- No lo hagáis, por favor –suplicó ella.
- ¿Que no hagamos el qué? –preguntó Hermione.
- No leáis la carta, os lo ruego.
- Si no lo hacemos, ¿nos dirás lo que es un Legens? –la prefecta parecía estar dispuesta a recibir esa información fuese como fuese.
Elisa los miró con sus extraños ojos humedecidos y negó lentamente con la cabeza.
- Si no nos lo dices, lo vamos a saber. ¿Cuál es el motivo de tu afán por esconderlo?
- Porque... es personal, ¿vale?
Permanecieron en silencio. Hermione sujetaba fuertemente la carta. Elisa no perdía de vista las manos de la joven. Finalmente, su respiración comenzó a ser entrecortada y se marchó corriendo. Harry se sintió culpable y notó una punzada de pánico. ¿Y si lo que decía no era nada bueno? Eso explicaría los intentos de la chica por esconder su secreto. Intentó decirle a Hermione que no lo leyera, pero cuando se dio cuenta, estaban leyendo el saludo.
Querida Hermione:
Tu carta me ha intrigado realmente. Creí que había libros suficientes en Hogwarts como para escribir un trabajo con la extensión suficiente como para empapelar un campo de Quidditch.
En fin, te envío todo lo que pude encontrar. Espero que te sirva.
Besos,
Viktor
Aparte de esta nota, había varios papeles que miraron inmediatamente después.
Legens: palabra procedente del latín. Define a personas nacidas con el don de leer las mentes. Estas personas se caracterizan por el color de sus ojos. Si son puros, es decir, que ninguno de sus progenitores posee el don, la persona posee los ojos de color blanco, gris plata, dorado pálido o colores entre azul y verde pero imposibles, como azul eléctrico o verde amarillento.
Sólo tienen este color de ojos, lo más probable, además de ser Legens puro, significa que sus padres son personas no mágicas. Si por el contrario, el Legens que nace de magos, el color de sus ojos se mezclará, e irá desapareciendo en las siguientes generaciones.
El poder de estas personas se ve influido por su pureza. Si pertenece a una larga familia de Legens, no tendrá nada que hacer frente un Legens de familia muggle, pues el poder es mucho más débil, o casi nulo.
El número de Legens ha decaído, debido a que en los últimos siglos la mayor parte de los magos oscuros más poderosos han sido Legens o gente que los utilizaba para conseguir sus planes. Sólo un 2% de la población mundial afirma ser Legens, pero las autoridades estiman que es un 3,5%, porque la gente tiene miedo a declararlo. Esto es porque cada vez que se sabe de la existencia de un Legens, se vigila de cerca para garantizar la seguridad de los demás.
También poseen una gran fragilidad en la salud. El cuerpo tiene defensas pero no puede ayudarse con medicamentos para curarse. Cualquier poción les afecta seriamente, una cantidad mínima puede llegar a matarles. La medicina que ingieran nublará el cerebro del Legens y éste no podrá rendir de forma normal, por lo que el Legens sufrirá asfixia, pérdida total de control del aparato locomotor y parada cardiaca.
La carta terminaba ahí. Hermione estaba horrorizada y a Ron casi no se le oía respirar. Harry no podía quitarse de la mente la imagen de Elisa cuando tomó aquella poción de los gemelos.
- ¡Nos ha espiado! –exclamó la prefecta tapándose el rostro, ahora rojo como un tomate- Ha estado sabiendo lo que hablábamos de ella, y lo que pensamos...
El cabello de Ron casi no hacía diferencia con su rostro, y echó a correr al dormitorio.
- Harry, seguro que se lo cuenta todo a Malfoy...
En ese momento, sintió una oleada de rabia hacia Hermione. No sabía por qué, y tampoco entendía por qué estaba tan seguro de que no lo había hecho.
- Ella no se lo ha contado a nadie.
Del enfado salió por la puerta de la Sala Común, haciendo que
la Señora Gorda
gritase por los malos modales.
Buscó a Elisa por todos los pasillos, tampoco estaba en la biblioteca. Preguntó a Neville, a los gemelos, a Lee, e incluso estuvo tentado de preguntar a Malfoy, pero finalmente se detuvo a descansar en la ventana de la lechucería. Desde allí vislumbró una sombra encaramada a un árbol, cerca del lago. Quizá era ella. Se apresuró en bajar y casi jadeando, llegó a donde estaba.
- Te estaba buscando.
- Me di cuenta –respondió Elisa de mala gana.
- Que sepas que... que quiero seguir siendo tu amigo, aunque ya sé lo que eres.
- Eso no me ayuda.
- ¿Por qué te pones así? Te habrás dado cuenta de que si descubría tu secreto no te iba a dar de lado.
- A mi no me importa lo que pienses tú, lo que no quiero es que la gente se entere o tendré a todo el ministerio sobre mí.
- Una vez dijiste que no te importaba ser diferente.
- Lo dije. Pero no dije que me importase que me espiasen continuamente... tengo bastante contigo –esto último sonó hiriente.
- ¿Entonces por qué no querías que supiésemos que eras un Legens?
- Mira, te lo voy a decir sólo una vez. A los Legens los vigilan las veinticuatro horas, aurores de élite del Ministerio, por si un señor oscuro amenaza, o son ellos mismos los que quieren el poder.
- ¿Y qué ocurre si pasa algo así?
- Los matan. Por eso prefiero que no se sepa, ¿entiendes? No me dejaré matar por un estúpido auror.
Harry se calló. Mientras tanto, miraba los extraños ojos verdes de la chica, que seguía subida al árbol. Ella volvió a dirigir la mirada al muchacho, atravesándolo con la mirada.
- Eh... Elisa... –se sentía nervioso cuando esos ojos se clavaban en él- ¿Eres Legens por herencia?
Ella torció el rostro, con un ligero gesto de repugnancia.
- Sí.
- Sirius no es el Legens, ¿no? ¿Fue tu madre?
- ¿Te importa si dejas de preguntar? Y sí, no es Sirius.
Harry quiso preguntarle también si su color de ojos se debía a la razón de que era Legens, pero no se atrevió. Además, un enorme búho de color gris plateado aterrizó en el brazo de Elisa, y ella le dijo al animal unas palabras que Harry no entendió.
Diciembre había comenzado frío y nublado, y amenazando una fuerte tormenta. Hacía un frío de mil demonios, pero en la Sala Común, Elisa se paseaba con una camiseta fina que le llegaba por los codos, dejando descubiertos gran parte de los hombros, y haciendo tiritar a todos con sólo verla así. Ella se reía y los llamaba frioleros.
Aquel día bajaron a las clases envueltos en sus capas, guantes y bufandas. Tras el desayuno, Elisa y Malfoy salieron juntos hacia las clases, Pociones. Estar allí era insoportable, el aula de Pociones era la más fría de todas, y Harry juraba que las llamas de su caldero se habían congelado.
La clase de Cuidado de Criaturas Mágicas también era temida, pues tenían que salir a los terrenos, y no paraban de tiritar. Pero cuando llegaron, encontraron allí a la profesora Grubbly-Plank, en lugar de a Hagrid. Harry fue a preguntarle a Elisa que si sabía por qué, pero estaba ocupada hablando con Malfoy, y se negó a que ella pusiese mala cara, como siempre que la interrumpía. No le gustaba que la molestasen.
La profesora les habló de las Salamandras, hadas del fuego, que solían tomar forma de una especie de lagartija, y que vivían todo el tiempo en que durase la hoguera en la que nacían. Por eso había que tener encendida la llama y echar leña de vez en cuando. Aunque los alumnos habían estudiado las Salamandras hace tiempo, ninguno se quejó y se dedicó a calentarse las manos en el fuego.
Al terminar la clase, los tres amigos se acercaron a Elisa. Vieron que Malfoy se marchaba.
- Elisa, ¿sabes por qué no ha venido Hagrid? –preguntó Harry, estallando de curiosidad.
- Hagrid no está porque ha ido a buscar a los gigantes- contestó Elisa, con la mirada fija en el vacío, cuando la profesora Grubbly-Plank pasó junto a ellos, antes de que Hermione pudiera decir nada.
- ¡¡¡Vaya!!!- exclamaron los tres amigos, con los ojos desorbitados. Aún no se acostumbraban a que ella leyera la mente, aunque a veces resultaba útil.
- Cuando llegue la época de exámenes me dices las preguntas, ¿vale? –sonó Ron divertido, pero tuvo que callar inmediatamente porque Hermione lo miró con ojos asesinos.
Ella no dijo nada, ni siquiera reaccionó.
- ¿Estás bien? –musitó la prefecta. Elisa no pareció escuchar nada.
En un instante, echaron a correr tras la joven, que había salido disparada hacia el colegio. Tuvieron que subir varios pisos para caer en la cuenta de que Elisa se dirigía al despacho de Dumbledore. Por desgracia, se toparon con Snape.
- ¿Adónde van? ¿No deberían estar camino a la próxima clase?
- Voy a hablar con el profesor Dumbledore –contestó Elisa, con determinación.
- ¿Ah, sí? ¿Y sabes la contraseña? –dijo Snape, saboreando las palabras, y viendo la cara que ponían los tres amigos.
- Ahora sí –respondió ella, con una mueca burlesca.
El profesor de pociones no había recordado que ella leía la mente, y se marchó muy enfurecido.
- Vosotros os quedáis aquí –la voz de Elisa sonó baja pero clara.
- Pero...
- No tenéis nada que ver. Id a clase.
Los tres obedecieron a regañadientes, pero se pudo escuchar a la chica frente la gárgola decir la contraseña: “Galletas de coco”
No volvieron a verla hasta el atardecer, cuando subió a dejar los libros y volvió a irse, esta vez con Malfoy. Ron y Hermione, mientras tanto, estuvieron riendo de la cara de Harry, que miraba receloso a los dos estudiantes.
- Harry, pareces un novio celoso –rió Ron.
- Sí... sólo falta que se agarre de los pelos, vaya a donde Elisa y le monte una escenita –dijo Hermione entre carcajadas, y apretándose el vientre con las manos, que le dolía de tanto reír.
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