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He aquí al Ganador:
Asael - El Requiem.
Del diario del Doctor D. Alfonso Corrales de Quintana Collado del Lobo. A 2 de Noviembre de 1865:
Diez años ha de aquella noche y aún recuerdo el ululante sonido del viento y el gimoteo tibio y desconsolado que agonizaba bajo la luna, elevándose sobre el silencio mortal y tembloroso de esa noche de octubre. Terminaba el Otoño y llegaba la estación de las sombras, noche maldita de temores y perjurios, los juramentos rotos se alzaban contra quienes los incumplían, palabras vanas expiraban en la oscuridad porque los muertos caminaban nuevamente bajo el respaldo tenebroso de las lágrimas ausentes.
Recorría los linderos que rodean la vieja parroquia de San Nicolás, volvía tarde de visitar al último paciente y preferí dejar que el cochero volviese a casa para volver a caballo a la seguridad del hogar, era mejor así con el fin de evitar que ese hombre supersticioso y más fanático de la superchería que de cualquier creencia turbase mi calma con sus cuentos de viejas sobre animas que caminan entre los vivos y el canto de los niños del coro de la parroquia, abandonada y medio derruida tras las desamortizaciones. El caballo se mostraba nervioso y su nerviosismo contagiaba mi propia mente cuando el monótono tañer de las campanas anunciaba la víspera de difuntos y a la par, acompasado por un órgano inexistente, un canto extraño se elevaba con el triste cantar fúnebre y la agonizante voz de todo lo que es olvidado por el tiempo, lentamente fui reconociendo las estrofas solemnes y tristes de un réquiem que se elevaba sobre las campanas y el vendaval, decenas o quizás cientos de voces de niños entonaban aquella canción que sonaba distante y a la vez cercana como si sonase dentro de mi cabeza. Azucé mi caballo con presteza, y a galope tendido me aleje de aquel desolado lugar donde se alza el viejo templo y aún así escuchaba en mi mente el canto de los niños, las voces invadían los recovecos de mi alma y cada sombra de mi despacho se tornaba en la aterradora silueta que vestida de un blanco puro entonaba con armoniosa voz la funesta melodía que destrozaba mi cordura y provocaba mi desasosiego, las voces se hacían mas fuertes y caí tumbado sobre el diván donde ahora me encuentro y allí espere la llegada del alba con la vista clavada en los pequeños destellos de luz que me observaban con mirada perdida, se que miraban hacía donde yo estaba pero no era a mi a quien miraban, y así se prolongo mi suplicio hasta la salida del sol.
Han pasado diez años desde que el réquiem entrase en mi cabeza y hace cinco años murió mi única hija, Leonor, mi casa se ha vuelto lóbrega y vacía y solo el espectro de mi esposa, muerta en vida, que pasea por las alcobas de la pequeña parece no escucharlo. Yo ya les oigo con claridad, acaba de caer el sol, escucho como la tímida voz de Leonor dirige el canto, esta vez el réquiem es más triste porque ya han adivinado que no volveré a escucharles.
Este libro fue encontrado en las ruinas del pueblo Collado del Lobo, actualmente abandonado, también encontramos varios casquillos de bala que pueden datar de mediados del Siglo XIX (en concreto 4). Según hemos podido saber tras investigar lo sucedido, El Doctor Alfonso Corrales de Quintana fue hallado muerto junto a su esposa en el año 1865 y según el sumario de la investigación oficial se suicido tras asesinar a su esposa sin motivo alguno aparente.
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