SANTISTEBAN-RQR. CULTURAL

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Todo tiene un precio, incluso tu vida
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Moro, Tomás
 
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  Todo tiene un precio, incluso tu vida 17/Mayo/2006 - 19:07

Avalanzados sobre el paciente, el enfermero y la doctora, con sus ojos color café, le dijo al paciente

-Levante su mano izquierda si siente algo de dolor y paro.

Éste, el paciente, mientras estaba allí tumbado. Indefenso, pensó, porqué la izquierda.

La doctora seguía con su trabajo. Saturar un gran corte en la mejilla que sangraba sin cesar.

El enfermero obedecía fielmente las órdenes de su superior,

-Tijeras

-Tijeras, respondía el enfermero, con el ánimo de un loro cansino.

-Bisturí

-Bisturí. La voz se parecía cada vez más a la de un dócil subalterno, que hacía o daría cualquier cosa qeu su superior -ama o dueña- le pidiese.

-Pinzas.

-Pinzas.

-Brocha.

-Brocha. Diría de forma autómata. Sin preguntarse para qué quiere la brocha.

-Papel Higiénico.

-Papel Higiénico. Se dirigía al water o retrete -en castellano- a por él.

El automatismo forma parte del subalterno. Él o la superior manda y los subalternos obedecen, sin rechistar. Jamás cuestionarán una orden. Ni pensarán. Ni se esforzarán en buscar alternativas. Son técnicos y están hechos (creados dirían desde una optica más autómata o creyente, según se mire) para obedecer. Es un subordinado, nacido para obedecer. Para ser inferior. Para formar parte de ese nutrido número que a veces denominan Pueblo, otras Plebe, otras Masa, otras Lacayos, otras Compañeros. El aotómata siempre verá, en cualquiera de las formas que haya usado su superior para definirlo, la voz dulce del Amo, Superior, Señor, Líder o cualquier otra definición. Desde su posición de inferioridad, actuará justo como lo hace su jefe con él, ante cualquiera que él sepa que no está cercano al automatismo y/o dogmatismo que ejercen los jefes para con el Pueblo o cualquier otra definición de las utilizadas más arriba. Siempre marcarán la zona de los que Mandan, de los que ordenan, como perro que marca el territorio.

Estaba tan absorto en sus pensanmientos, éste dúctil hombre, que casi se le olvidaba el papel higiénico. La última petición expresa de su superior.

Por mi parte la anestesia no me permitía hablar, aunque de poco hubiese servido una voz discordante y única entre el lacayo y su ama. Pero mi cara debería ser de un horror espantoso, al ver como el obediente plebeyo especializado, sin rechistar, iba a por ese rollo, y pensé

-¿Tan mal está el Sistema Sanitario Público?. La respuesta era obvia, estabamos en el año 2040. El petróleo excaseaba. Y tenemos un sistema sanitario deficitario. Por lo que no me extrañarían que me cosiesen con hilos de mi propia deshilachada camisa, tras el accidente sufrido, en lo que llaman la economía sumergida. Única forma de encontrar trabajo, aún sin contribuir a la sanidad de ahí su déficit. Todos esos pensamientos se agolpaban en mi cabeza, cuando de pronto....

-Una gota de sudor frío recorrió mi cuerpo. Quería Gritar. De hecho gritaba en mi subconsciente. Pero esos gritos no valen. Aunque a nadie la cabe la menor duda de que es la manera más silenciosa de Gritar.

La doctora me miró. Las gotas de sudor me delataron. Entonces, en un gesto que le honra, esa doctora bajó de su alto pedestal y adoleciendose de un plebeyo como yo, me dedicó unas palabras tranquilizadoras.

-No tema, está en buenas manos, me dijo, para esbozar después una sonrisa de esas de película. Sus dientes blanqueaban. Seguro que tanto como sus manos cuando en alguna manifestación las enseñó para decir que las tenía limpias de sangre y pedía paz.

Le quería decir, pero me era imposible.

-Doctora, no dudo de su profesionalidad. Más que nada para no ganarme la antipatía de la señora, estaba en sus manos, mejor tratarla cordialmente. Pero, le diría

-Lo que sí dudo, señora mía, es que el papel higiénico, lo sea tanto como para emplearlo en una herida.

Quería gritarle de forma desesperada,

-¿Cuántos euros tengo que dar para ser tratado dignamente?. Aunque pensándolo bien, eso, ¿de qué serviría?, mis recursos mometarios son muy limitados.

No recuerdo nada más. Justo en ese momento, cuando la agonía se apoderaba de mi cuerpo. Cuando resignado, si poder hacer nada, no podía hablar, no podía pagar y esto último era vital, nunca mejor dicho. Por lo que pensé desde la resignación, la suerte está hechada.

En ese preciso momento. Abrí los ojos, casi salido de las órbitas, intuí. Me incorporé dando un salto. Y en un esfuerzo casi inutil, grité

-¡¡Estoy despiertoooooooooo!!. La utopía es posible. El Moro, Tomás ¡¡viveeeeeeeeeeee!!.

El sudor frío se convirtió en risa histérica y pensé, desde que crucé el estrecho tengo pesadillas como esta.


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