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Te acorralaré hasta matarte
A René Villar
(CUENTOS)
Tenemos que aspirar a vivir en estado poético y evitar que la prosa sumerja para siempre nuestras vidas.
CARLOS NORONHA
CACHO UNO
Viaje al fondo del mar
¿CUÁNTO FALTABA?
Entonces me preguntó que cuánto faltaba y yo le dije que dos años y me dijo que bueno, que gracias porque era feo quedarse con esa ansiedad indefinida de no saber cuándo. Entonces no volvimos a hablar, y yo no vine a escribir esto para verlo después.
Hoy es después y atravesé un largo olvido y ahora estoy ante mi precaución de hace... ¿cuánto tiempo hace? ¿Cuánto faltaba? ¿Para esto? ¿Para esto faltaba?
¿Cuánto faltaba para qué?
EL MEJOR VERSO DEL MUNDO
Libro: "Cuentos absurdos o de por qué todos ustedes son idiotas".
Cuento del mejor verso del mundo o de por qué la felicidad es estar convencido de uno mismo y no tener la más mínima idea.
Yo no tenía la menor sospecha que me habría de enterar después, al desatarse la lluvia, que había estado nublado. Que había estado todo el día por llover. Como que me enterara de que podría haberme muerto, por ejemplo, porque un hecho de mi costumbre ya no contase con las mismas circunstancias, y al llegar yo la casualidad lo volviera a las características que eran mi normalidad. Supongamos una canilla de agua que tiene electricidad por un cable de la azotea roto en una tormenta producida después que yo me fui y que al llegar yo a lavarme, para sorpresa de los que podrían estar viendo esta película, no me electrocuto por un fortuito corte de luz.
Enterarme de eso sería medir la ineficacia de la vida, como, y al fin y al cabo esto es lo que importa, enterarme con la lluvia que estuvo nublado el cielo.
Es decir, y me asalta la duda de siempre y esa insaciable condición de preguntar cosas y la maniática irrespondibilidad que les obliga el tiempo. La única certeza de las cosas es que han sido.
Enterarme de que no me he muerto no tiene sentido. Es lógico que no me haya muerto.
Pero esto es trágico, y no por lo de la muerte, sino porque tal vez nadie sabe que se ha muerto y, peor aún, la duda de eso que tengo ahora deberá esperar hasta morirme, y si no sé que he muerto, menos sabré que no resolví mi duda. Y qué atroz morirse con la duda. ¡Pero qué duda si no estoy enterrado! El embrollo de siempre. Meterme en un pasillo redondo, que vuelve sobre sí mismo, y de repente perder de vista la puerta. Tengo la manía de empezar a escribir cosas que no sé hacia dónde van.
Es como ponerme un par de skis. Siempre, cada vez, por primera vez. Y echarme pendiente abajo.
Lo catastrófico es que, por lo menos en el caso de los skiadores neófitos, la solución está en un árbol al que, a pesar de los huesos rotos, se le puede agradecer en nombre del "si no, no sé qué hubiera pasado".
Pero ponerme una lapicera y un escribir, y una nieve que no sé con qué nombrar, es otra cosa.
No sé... la locura no nos avisa ni tiende la mano con árboles.
Es decir, el que va al sicoanalista tres veces por semana, es seguro que no está loco.
El caso es que, en este mismo momento, skiando pendiente abajo de la tinta y la vigilia, hablo de skiar.
Es como me pasó una vez, pero exactamente lo contrario, que escribí entre paréntesis que lo escrito entre paréntesis no tenía sentido. Lamentablemente yo lo había puesto para indicar que no había agravio en cierta anterior frase puesta entre paréntesis.
No perdí un amigo. No había entendido mi sutileza.
Aquí digo es decir, como la gente que se siente inteligente. (Es decir como yo.) Es decir, era como el niño al que obligan a pedir disculpas y que en cuanto lo sueltan se retracta y reitera el insulto: "¡No te pido perdón una mierda, gordo chancho!" O cualquier ejemplo de su infancia, señor, vamos, no se haga el bueno, y menos el maduro. Que no hay snobismo más barato que aparentar ser no-snob.
Bueno, el asunto, para que se entienda (brutos de mierda, ya llevo una página explicándoles), es que yo decía: "(Lo que está entre paréntesis no es cierto.)" Por lo tanto, y no me vengan con que se habían dado cuenta de la jugada, les dije en las narices "Brutos de mierda". Bueno, así le hice a mi amigo.
Jódanse por comprar este libro.
¿Quién les mandó creer al camelero del Jaron cuando les decía que era "Buenísimo!"?
Qué gracioso. El Jaron lo decía porque yo, que no lo había previsto (otra vez el túnel circular), lo nombraba antes de que él hiciera el comentario.
Jaron... sos un boludo por no existir.
Mejor les explico esto otro, B. de M., que es más fácil: dije "jódanse por comprar el libro". Pero lo escribí. (Antes de que fuera un libro.) Como si yo esperara que ustedes fueran tan pelotudos por comprar un libro en el que les decía, aún antes de que el libro existiera, que eran unos pelotudos por comprarlo.
Yo los preví. Ustedes a mí no. Porque eso es lo que hago: cagarme de risa de ustedes.
Ah!,
¡el verso!... El mejor del mundo... Era...
La lluvia tirita sobre el techo su
cabellera de cristal.
Me di cuenta cuando empezó a llover.
Ya nadie podía convencerme
de que llover no fuera eso: tirita sobre el techo su cabellera de cristal. Como el tri-tri de Lugones. Los que no sepan qué es el tri-tri de Lugones, no habrán tenido el tupé de ofenderse por lo de brutos de mierda, ¿no?
Ah!: Lo de que la felicidad es estar conforme con uno mismo pero no tener la más mínima idea. Es una linda frase. Cómoda para ustedes que no la entienden pero que se ponen siempre palabras en la boca que les quedan como un clavel en el ojo del culo.
¿Qué? ¿No entienden mi conformidad? Después de haberlos cagado, la única conformidad posible es la mía.
Ahora, díganme, ¿quién carajo me puede cagar de ustedes?
CÉSAR BRUTO
(En el medio de la firma y el final, un dibujito tipo Mafalda skiando con soltura.)
Otras veces puede pasar que en la primera prueba nos enteremos de que éramos grandes skiadores.
Contratapa del cuento:
(Dibujito de un skiador que se cagó de un porrazo.)
Fin del libro:
Éste es un libro de cuentos que se traman cuentos y se subtitulan cuentos y cuentan cuentitos donde se cuentan cuentitos... Etc.
=
(Igual:) = 100 dividido 3 = 33,333333... etc.
Es como ir al cine donde dan una película en que se va al cine y dan una película en que se va al cine (acá la tinta va empalideciendo gradualmente).
Ah! O si no, como eso del tarrito de Royal (*), en que hay una vieja con una escoba y un gato. La vieja y la escoba me importan tres carajos, pero la vieja tiene un tarrititito de Royal donde habrá otra vieja que seguirá sin importarme tres carajos, y así hasta que el boludo que pinta los tarritos de Royal se dé cuenta de que en su puta vida va a terminar de pintar uno, porque pintar uno adentro del otro es como avanzar siempre la mitad, y es no llegar nunca. (La proporción entre un tarro y el pintado dentro, tal vez no es de 1 a ½.)
—Dibujito:
Un tipo grita los tengo, tengo todos los tarritititititititi...: (aquí la letra va achicándose gradualmente).
[Esto es un dibujito de un tarrito de Royal que tiene un dibujito de un tarrito con tarrititito con 100 dividido 3 = ..., etc. Va justo aquí.]—
(*) Esto es para vos Graciela, Chela, Gache, Chelita, que te ponés claveles en el culo y te quedan como el ojete, y yo ya no me los pongo ni siquiera hombres (no me decoro las palabras con nada, ¡O SEA!), como ese amigo tuyo tan puto.
Además que ahora soy famoso.
Por lo menos te rompí las pelotas hasta el final del libro y ahora estoy en tu biblioteca.
(Dibujo de un tacho de basura. Va justo aquí): ¡Boluda! ¡Tirándome a la basura!
No podés evitarlo.
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Ahora que me conocen:
¡Compren mi libro de versos cuando aparezca!
Los desafío a que me entiendan.
No importa,
la posteridad me dará la razón.
De más está decir que no hago la salvedad de que los nombres, sitios y hechos que aquí aparecen no tienen que ver con la realidad y que cualquier semejanza es pura casualidad, porque sé que no me van a creer.
EL MEJOR CUENTO
Había escrito mi mejor
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cuento
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en el cuento una situación similar
aviso, sugerencia intuitiva
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terminé de leer y al rato me di
cuenta de que el propio cuento podría
pasarme
etc.
Estuve grabando todo el tiempo, recité
y cuando terminé, estaba desenchufado.
EL RELOJ
Estoy delante de este cuento que todavía es duda. Silvia también está tratando de escribir. Debajo del afán de descubrir la posibilidad de un nombre, un hombre, un lugar y un hecho, nos azuza un afán de encontrar primero que el otro de los dos, el cuento que buscamos. Yo no tengo idea de cómo será o es. Por eso tengo miedo de pasar de largo, sin reconocerlo, cuando lo tenga ante los ojos. Silvia ha tachado algo. Mis hermanas se cagan de risa de no sé qué cosa y yo no encuentro el hilo de no sé qué cuestión. ¡Carajo! Voy a sacar la leche del fuego para tomar el remedio. Estoy ronco; claro, en la caligrafía no se nota.
El reloj late con la parsimonia de los | tacho | no sé con la parsimonia de los qué, tacho parsimonia | El reloj late con la | no sé con la qué late ese reloj de mierda | Con la qué de los no sé qué.
Esto no sirve como cuento. El reloj no late un carajo. Son las 8 y 10 y hace 10 que estoy con ese reloj de las 8 y 10.
Silvia ya lleva media página. Tomo el remedio. La mierda, la leche estaba muy caliente y dije mierda. Además, la pastilla es tan amarga.
Estaba predestinado mi fracaso como cuentista. Aunque, pensándolo bien, mi personaje tal vez está llamando desde la nada para ser, y yo bruto que no sé escribirlo.
¿Quién será?
Éste es un cuento sobre un cuento que no es. Por eso éste es un cuento que no es. Y no les cuento nada. ¡Qué carajo!
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Lo que Silvia "a" tachado es la A sin H.
DE LA BALA DE MI FUSILAMIENTO
Mi silencio hace un ruido infernal.
Sobre todo cuando intento abrirme para descubrir ese incierto grito que tal vez me falta un testigo para existir.
Entonces lo vislumbro entre el muraje portentoso de mis huesos desperezando los goznes de su obesa flotación. Como el vacío. Es el silencio mismo. Vibrando como la nada tiene un verbo distinto de existir. Y no la numeral intransigencia del concepto. Viene de huecos remotos que hago en la carne del silencio primero. Es decir.
Es como estar en sombras completamente (nadie se salva del terror que infunde la idea de no abrirse nunca más, descubrir que era la primera imbatible imagen inimaginable, de estar ciego).
Entonces como en latidos, como grillos sin cambiar de color, o de incolor, es decir sin número, pero vivo, vibran como luciérnagas. Desaparecen. Lucharé todo el intiempo, hasta que retengo una, es decir me detengo. Me acorto hasta la inexistencia del instante y la luz fugaz tiene un tiempo infinito. Es como un hueco en el silencio primero. Allí me instalo. Es el silencio segundo. Como el número 2 (cualquier número del infinito). Es un lugar en un pasillo donde moverme no tiene realidad de cambio. Es decir, es un túnel en el instante. La eternidad.
Es decir, allí puedo decir aquí. Pero si me traslado más allá sigue siendo aquí, es decir allí y no he cambiado de lugar y sí. Es decir, ya rompí mi primera sujeción, el tiempo.
De la bala de mi fusilamiento. Tal vez en esta eternidad que se parece a tantas seguía escuchando el ruido que aún no había cambiado de instante.
Tanta es la urgencia o la obediencia de entenderlo todo que la humanidad, mi rígido montón de cosas que soy hombre comprende. En ese silencio inconmensurable que puedo abrir entre cualquiera de dos sitios del ruido de la explosión de los fusiles, tal vez eso es el alma, encuentro el insignificado absoluto, tal vez la nada y huyo a un verbo distinto por una puerta que me parece reconocer.
YO NO LOS HABÍA VISTO NUNCA
Yo no los había visto nunca, se me acercaron afables, ahora comprendo y digo afables, con un gesto que significaba eso, luego supe que era un gesto. (Ahora ya hace tiempo que he aprendido a saber qué significan.) Nunca me pregunté mi propio significado.
Entonces me tocaron, se atarearon con sus manos sobre mi piel repitiendo mecánicamente gestos iguales. Yo no sabía sentir, pero después del primero empecé a reconocer que había sido el primero y me hice amigo de los signos; fue mi primera idea del orden y supe que cuando las cosas son empiezan por ser primeras.
Y estuvimos siglos asumiéndonos empujados por tanta soledad. Entonces solíamos durante larguísimos inviernos dedicarnos a ser con la manera de uno solo de tantos gestos que después aprendimos o inventamos. Generalmente coincidíamos en la sensación interna y hacíamos muecas parecidas para remedar alguna cosa. Entonces ya fue la memoria y mecánicamente anudamos un signo a otro y nos empezamos a volver torpes y a esconder entre dos algún signo que no queríamos dejar ver. Ahora lo comprendo: ellos habrían dicho somos los amigos. Y también aprendieron el tiempo porque yo o cualquier cosa les pusimos antes el antes y después el después, y aprendimos cuándo.
Aunque yo digo un siglo de espera y en verdad dejé pasar creo muchos años o muchos días en que no sabía pensar después y no sabía contar. Entonces ya teníamos un signo cada uno como identificados, asimilados a nuestro propio significado.
Ahora comprendo, por eso dije eso de las cosas, y pienso que es necesario lo primero de algo opuesto para saber que algo termina y a veces como las otras veces (las que siguen) dan idea de la primera es menester que algo deje de ser o pasar para que uno sepa que pasaba. (Entonces todavía pensaba que ser era pasar, aunque no sabía que lo que era podría llegar a pasar.)
Comprendí que tantas aprensiones habían sido el temor de lo otro y cuando aprendí a durar y contar, aunque un siglo podía ser más o menos que un día, empecé a tener el miedo de cuanto temía todavía y la ansiedad de cuanto faltaba.
Ahora comprendo, ellos habían dicho somos los amigos, y antes de ellos yo no sabía que yo solo, y ahora después de ellos ya sabía que yo solo, por eso de las veces de las cosas, y ahora sí me sentía solo, y no le puse signo a eso porque no tenía a quién hacerle la mueca.
Si ellos miraban desde afuera, tal vez yo no sabría nunca cuándo porque cada vez que quería sorprenderlos tal vez se escondían. Porque a lo mejor ellos no son ni visibles ni audibles y son otras cosas, y tal vez me están induciendo sus lenguajes en sentidos que ellos ignoran que yo no tengo, porque creen que simplemente no les entiendo.
Entonces me di cuenta que había sido antes y después de la segunda tuve la idea del primero, alguien que sabía afuera mío me estaba tocando, enseñándome la piel que había sido mi duda, ese temor de tantas cosas, como un lejano, remoto pero inicial hábito de que yo me acomodara de alguna manera a cada toque distinto. Ahora pienso y tengo miedo de que no hubiera sido así, como si pudiera estar equivocado o debiera empezar de nuevo y ya no fuera tanta la suerte de reconocer una cosa en la otra. Porque en verdad yo no tenía más que los signos que me hacía en la piel (ahora sé y digo la piel), pero no sabía a qué se parecía, no sabía (ahora sé qué es eso de comparar) con qué debía compararlo, porque soy... y todavía no lo entiendo del todo a eso de que soy ciego. Siempre les pregunto cómo son ellos que no son ciegos, pero no entiendo lo que me dicen porque me vuelve a faltar el punto de comparación. En realidad no sé si alguna vez podré entender eso de que soy ciego.
LAS HABITACIONES DEL INSOMNIO
Por fin sonó el teléfono. Un escalofrío me llenó de arena. Cuánto puede asombrarme lo que termina con una espera.
Qué ajena sentí la inquietud o no del que llamaba.
¿Qué era el otro lado de un teléfono?
Y tres veces la chicharra. Un ritmo interior separó mucho la cuarta. Sentí la eternidad, la última campanada. Y ya no sonó la chicharra. ¿Era ésa la consigna que estaba esperando? ¿Uno que se dio cuenta que equivocó el número al tercer timbrazo, o Graciela que se volvía al rincón de su café para ordenar el mientras de mi colectivo? Pensé en que dudaría ella también de haberse equivocado. Hay timbres parecidos. ¿Y si no había sido mi número, y yo aquí, otra vez con el corazón estirado equivocando rumbos en qué sé yo qué venas, con el saco en la mano como un idiota?
Había sido ella. ¿Quién si no a esa hora, y por qué equivocarse justo con mi casa y por qué tres timbrazos? Salí, con el saco en la mano todavía.
Tuve miedo de contar más ritmos en el ascensor, como si se me pasara el momento de evitar el infinito en un cuadrado tan verde con una fecha rayada a moneda y un lugar sin espejo, que necesité en ese momento. Siete pisos. Fácilmente un segundo pudo ser más largo que un día. Tantos segundos en ese día corto que también pudieron ser más largos que un día.
¿Y si Graciela estaba llamando, sin saber de poder ser dudada con un equivocado a las 12 y tres timbres iguales?
Creo que los locos empiezan perdiendo el ritmo. Las habitaciones del insomnio tienen paredes móviles que están acercándose constantemente y nunca llegan.
La calle se me aplastó contra la piel distraída. Me recortó los contornos con esa exactitud con que el frío limita los miembros que pudieron parecer infinitos.
La noche caminaba a mi costado. Ahora el ritmo era mío. Aunque había otros. Aunque hubiera otros.
Estaba parada afuera soportando el edificio que se le apoyaba en la espalda. La quería con esa sensación a gusto rojo y salada.
Adentro de la confitería, qué me importaban las gentes que no existían, no esperaban teléfonos ni la querían con sensaciones ni la veían soportando edificios.
Yo no manejaba las luces de las ventanas prendidas. Las recogía así, mías en un primer u octavo piso, la noche era así, y ninguna tuvo las luces en el mismo orden, o yo no lo vi.
Graciela compartía la noche a mi costado. Era dulce verla sufrir. Sí, sufría. Pobrecita, me comía su imagen como acurrucando un cachorro con frío.
Era múltiple, tenía raíces clavadas por adentro, y no entendía nunca que me gustaba besarla entre las piernas o chuparle los pies o morderle el pelo.
El saloncito era cuadrado, color crema, con guardas, cuadros, sillones, revistas y una mesa debajo de las revistas. La imagen era más Graciela. Yo miré cosa por cosa y la imagen siguió siendo más Graciela. Luego desaparecieron las guardas, las revistas, el color crema, la llave de la luz o el lugar del enchufe. Nunca me voy a acordar, era un lugar, una sala de espera, amontonadas un montón de cosas para ser sala de espera. La imagen era Graciela. Espera. Graciela. Me miré los zapatos. Todavía a veces me miro los zapatos, sin buscar nada.
No conté cuántas baldosas miraba ni miré el dibujo. Ya no llevé la cuenta de ritmos. Todo era un mazacote espeso de cuadros y enchufes y silencio entre Graciela y Graciela.
Otra vez el doctor. Corregí la primera imagen. Era más pelado que cuando entré y otras cosas más. Era ése y mi imagen que pierde facciones en seguida era igual pero toda distinta.
Salimos en el ascensor viejo, repetía por dentro tres días el antibiótico, no se esfuerce y ya sabe...
Otra vez los sótanos y las cosas.
Eso debería ser el mundo interior, digo yo.
No había pensado que ya no me preocupaba de los tres timbrazos del teléfono.
El tapado de ella era rojo, siempre me sorprendían las cosas, eran un poquito diferente a lo que yo las había aprendido. Esos botones también y siempre me doy cuenta.
Ahí terminaba el papel, no me disgustó del todo.
EL ESCUDO
Y le puse los anteojos (pensé que una sola de mis cosas puede ser más yo que cualquiera que no se me parezca en nada). Tenían un poco de esa esperada sorpresa de las cosas que son por primera vez. Ya al ratito, cuando tuve tiempo para hacer la imagen y poder recordarlo o retenerlo a ojos cerrados, sentí la costumbre de verlo con mis anteojos.
Entonces le di mi camisa (ellos me habían visto de lejos) y mi corbata, no iban a sospechar, después de todo de cerca y más claramente, era igual la misma que ellos no habrían detallado desde lejos. Y después el saco y se peinó como yo (se despeinó con cierto orden similar al de mi desorden).
Y marchó con su pantalón parecido que al fin de cuenta qué más daba.
Cuando no se está seguro de nada una sola cosa diferente comparte el anonimato de la lejanía; eran colores casi parecidos.
Otra vez pensé: "Una similitud total pero al fin diferente es más equívoca que un evidente cambio donde algo se conserva".
Y allí iba y ellos podían dudar que él era yo porque aunque no me conocían podían pensar que esa ropa era simplemente parecida a la del "tipo".
Pero es que era la misma, pero ellos delante de sus propias narices podían dudarlo porque nunca tuvieron la certeza, no tenían punto de vista de comparación.
Entonces pensé que si él se daba cuenta llegaría a tener miedo porque él no era yo pero nadie sabía que yo era y quién podía sospechar que alguien no es alguien si no sabe quién es ninguno de los dos.
Pero igual, él podía tener miedo, porque en verdad no era yo, y si tenía miedo iba a fallar, todo se iba a ir a la mierda. Y era la primera vez que íbamos a fracasar.
Después de todo, no había razón para que fuera él yo en vez de ser yo mismo yo, entonces corrí, y lo alcancé a tiempo y se quedó mirándome cómo yo era él como yo era yo, con mis anteojos y mi pelo que siempre había sido mío y mi saco y mi corbata, y ellos me vieron llegar y me miraron con los ojos que ponen los que uno no sabe qué están pensando, y sentí que comparaban con sus imágenes y que ponían a prueba mi saco y mi pelo y que acercaban al muchacho de ayer, de la escena que habían recordado, y le miraban los botones y los pelos de la barba y la trama del género, pero había un solo elemento y ellos lo sabían, porque en realidad lo único cierto era mi presencia con todos sus comos a la vista, pero la imagen de sus memorias no tenía certeza y yo lo sabía y uno me miraba y me creí descubierto, y recordé que de lejos, cuando yo había sido otro, no había tenido tanto miedo, y pensé que la segunda vez ya era necesario parecerme a mí y no al que debí parecerme la primera vez, entonces me di cuenta que tenía la mano derecha atareada con el botón de abajo del saco, y que me atoraba para pensar, y pensé que si me mataban yo nunca podría solucionar mi descuido, y que estaba a la deriva de cualquier cosa que yo no contase, entonces corrí, giré y corrí y me subí al auto y no me importó la cara de él, que no entendía, y abrí la guantera y saqué el 32 y tiré cinco veces y entonces los vi, sobre la otra esquina, cuatro o cinco, porque los montones nunca tienen número, y comprendí que cuatro o cinco camisas y cuatro o cinco pantalones pueden ser azules o no ser y ser, porque yo no los analizo, pero que el escudo de la chomba sí es en cualquier parte ese mismo escudo, y vi que se reían, sentí que me había confundido, como tuve miedo que ellos se hubieran confundido, ellos que no habían sido ellos, que todavía estaban quietos, demorados sobre la sorpresa de ser una tarde cualquiera un poco de su asesinato, y entonces vi que eran cuatro porque había uno al medio que era distinto y ellos se reían y me lo mostraban, y yo me sentí él, sentí que nos parecíamos más que nunca, como un espejo al revés, porque estaban muertos ellos, pero también él, ya, se estaba cayendo con el tiro en la espalda, y me quedé solo, el auto tenía todavía la radio prendida y la puerta que aquel cagón había dejado abierta y yo corrí durante un largo cansancio y cuando llegué a casa me miré en un espejo, me toqué la cara, los anteojos, el pelo que era siempre distinto y siempre igual, como el mar, como esas cosas que uno no tiene la certeza fija de cómo han sido, porque siempre es un difuso más o menos, y cuando uno las ve se conforma con pensar: como siempre, igual que como ellos podían confundirme, igual que como ellos no me habían visto bien y después me veían bien y no sabían hacia antes si era o no era así, igual como yo no los había visto bien y no había sabido que también ellos podían no ser ellos, y no sabía cómo habían sido y pensé que como eran, y por eso estaban tirados allí, con su para siempre todavía con su sorpresa infinita, ellos que al fin de cuentas no habían sabido nada. Entonces sentí que se amontonaban, que mil caras podían no importar, porque todas a la vez, y que alguien gritaba es éste y vi al del escudo que sabía calcular mejor el miedo que yo o que no pensaba que alguien podía darse cuenta que era él, que él era él, y lo vi al cagón que sí tenía miedo, que todavía tenía el miedo de haber sido, y se amontonaron y quedaron atrás del rastro que dejaba la sirena como habían quedado ellos fijos, quedados, atrás.
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Nos cambiamos la ropa y él sería yo, pero igual tuvo la vergüenza de tener que ser yo y avergonzarse porque la gente no pregunta el nombre aunque sean ridículos.
Ella, la gente, cuando se llama con un pronombre asume la importancia épica de los que han muerto o de los que no están cuando se los espera.
MUERTO PARA SIEMPRE
La luna nos seguía como un barrilete y a veces
entre las hojas se volvía de diario.
El día que murió el abuelo.
La luna me seguía como un perro redondo.
Si esto fuera una novela, supongo, no pasaría nada especial. Pero yo no soy una novela, y eso de pasar por cosas simples me vuelve maduro, me duele y me vuelve trascendente para mi rectilíneo argumento.
Tener y ya no, dos maneras distintas de una misma cosa, y eso es tal vez mi importancia, estar y no, o mejor dicho haber empezado la tristeza, inaugurar ritos lúgubres y extraños sabores.
El día que murió el abuelo muchas cosas no se movieron más. Era el primer día de un siempre que nadie advirtió ni quiso romper ni nada.
Nadie lograba penetrar la infinitud del nunca más allá de los augurios. Algo ya estaba decidido.
Es cierto que si lo que desaparece no hubo asumido el absoluto sentido del todo en sus días (como pasa con todo), no resulta tan extraño que la gente se acomode en las nuevas costumbres, que vaya aboliendo tristezas, lacrando círculos de historia resuelta y recogida ya y que después de delimitar la extensión final de las vidas de los muertos no perduren adoptando una actitud de nunca que ya no nombra nada.
El día que se murió el abuelo terminaron cosas, siguieron cosas y empezaron cosas. Pero el abuelo se había muerto para siempre, un día solo siempre, prolongado o arrastrado.
Solía presentarse cierto sabor de presagio, desafiando la lógica. A veces podía.
ALGÚN IDIOTA QUE SEA COMO YO
Me miraba a mí mismo como comprobando esa coraza de hombría que me había crecido, tal vez encallecida la mirada y el falso andar indiferente.
Gesticulaba sabiendo que yo estaba fuera mirándome, y buscaba el gesto de la rotunda espontaneidad que tiene la personalidad del héroe que me hace pensar cualquier novela.
(Siempre he pensado que las novelas no son ni malas ni buenas, sino en tanto descubran un afán de ser que la auténtica personalidad nuestra no logra.
¿Quién no se entusiasma con un Corín, o con una de Pistoleros o Guerra o una de A. Christie?
Todos se identifican con un módulo de exagerado virtuosismo que el autor, como un primer lector, como uno de nosotros mismos, piensa en voz alta; luego, los que no tienen suficiente imaginación como para soñar sin barandas, apoyan su inseguridad o su ceguera en una novela que les ayuda a crearse en el ideal. Los que no tienen imaginación, ésos ni siquiera ven normales a los héroes y no leen, y dicen que son imposibles y se ríen. ¿Acaso los grandes no lo son por hacer cosas grandes, y los protagonistas de historias no son grandes, y nuestros muñecos de sueño no son héroes?)
Yo seguía tratando de verme héroe, grande, fuerte, hombre.
Tal vez para perder el miedo y sentirme seguro.
No, nadie me persigue ni me puede encontrar; tal vez pudiera sentirme tranquilo en caso de saber que nunca hasta el último día hallaría un agresor, pero ¿y la seguridad?, ¿y esta cara de estúpido, que a lo mejor es hermosa, pero yo me la siento de imbécil y creo que los justos y hombres que me miran se van a reír primero y a enojar después?
¿Acaso yo no soy un hombre para algún idiota que sea como yo? Si dos ladrones llegan con aire de dueños a robar un coche, ¿no es cierto que uno, por una fracción de tiempo, se verá desarmado sin saber al otro un ladrón y huirá creyéndolo el dueño; o tal vez huyen los dos?
Por más cara de fuerte que ponga, me sé un alfeñique y eso basta para ser vulnerable.
Acaso es lógico pensar que el posible billete falsificado que ronda las cajas es el que me dieron de vuelto, y es razonable por eso no ir a comer por miedo de que sea cierto; y si lo pienso así, ¿por qué no protesto o reviso el vuelto cuando me lo dan?
Si he de pensar ridiculeces y casualidades, ¿por qué no me sale un sueño de lotería o de Raquel Welch a los 20 o de presidencia de la Nación?
Los ojos son imparciales, el cerebro es imparcial. Tengo un físico privilegiado pero me da miedo la pileta y el juicio de los que me miran. Empezando, ¿alguien me mira; si me miran, alguien de los que me miran me juzga?
Tal vez no sea miedo, pero es ese equivocado afán de suficiencia que no es más que un complejo de inferioridad.
Hay gordos que lo más panchos (tal vez sea una ficticia tranquilidad) se sientan sin evitar los rollos, no se ocupan de atragantar los músculos con mis poses ridículas que ya por habituales me parecen normales.
LA PASIÓN DE LA CALLE GÜEMES
Creo que tenía razón.
Perdóneme.
Ya no la molesto más.
Me voy...
¿Sabe qué voy a hacer al entrar en la pieza?
Voy a inaugurar otra soledad.
Porque ahora voy a empezar a estar solo de nuevo.
Aunque lo estuve siempre, porque iba a seguirlo estando a pesar de todo...
"¿Por qué te quedás callada?" (Marcos.)
¿Por qué lloras?
Todo el mundo sufre.
Fijate...
Mi mujer va a tener otro chico.
¿Y la guita?
Yo me pelo el lomo.
"Sí, claro... todo el mundo sufre. Pero a mí..." (Marcela.)
Me clavaron una mentira.
Y yo ayudé... pero a nadie... claro.
Y ahora...
¿Quién le lleva el apunte a mi soledad de verdad?
Ese hijo de puta tenía razón.
Cuando uno está un poco menos solo se siente más desamparado.
Y un chico de un año. Vos no sabés qué sola te pone cuando podés helarte en mil piezas.
Recorriendo horas viejas. Que no le vas a encontrar un padre y no le vas a adivinar el verdadero.
Después de todo, es cierto.
Dudar entre dos es lo mismo que no saber nada.
¿Ya estás?
Sí... Bueno...
¿Ya te vas?
Y... sí, ¿sabés? La casa, los chicos...
Tomá.
No. Dejá, dejá.
Después de todo, no soy de piedra y me entretuviste un rato el silencio.
Tomá.
No...
Bueno, está bien... Gracias.
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