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Cuando veo mi sombra, sospecho que ella
Tan disuelta y bella,
observa mi forma.
Tal vez en esta suerte de visión espejada, no menos exacta y dudosa al espejo ella que es mía, no sin brutal perplejo, descubre el tamaño de la forma, el color y su cara. Ella es tan mía como lo soy yo de ella, yo observo mi ausencia en la oscura mancha que siempre atrapada al rigor de las luces me sigue pisando mis propias pisadas, camina mis pasos y se extiende sobre otra superficie, en plano bidimensional. No es menos el goce que goza ella cuando a las estrella me acuesto en la arena, pues no desaparece entre mi espalda y la arena, sino que se adentra y sombra y hombre surgen y la dualidad se disgrega. El mundo de las sombras es otra fantasía, mi mundo investiga sobre origen y dimensiones, el suyo tan simple como perfecto descubre que su oscura existencia es tan solo consecuencia del brillo y las luces. Y no es su cruz, sino su alegría, pues de mi depende que siga con vida, y no sea una mancha ennegrecida que no mancha nada porque esa mancha se escapa donde escapa mi cuerpo. En su bidimensional y en su mundo bicolor se entreteje una historia tan rica y amarga, tan real y utópica, tan feliz y desdichada como la mía propia. Ambos dejamos el mismo recuerdo para nuestros iguales. Pues ella ha besado los labios de la sombra de las mujeres que yo he besado. Tan solo con ello y con todo ello demuestro que mi sombra guarda otro recuerdo muy similar al mío y sería idéntico si ella no careciese de colores, si no careciese de otra dimensión… si acaso tuviese mi sombra esto último que expongo seguramente la sombra sería yo.
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