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Creo que es de rigor que recordemos la anécdota que elevó a Jonathan Smith, pues ése es el nombre que sus amantísimos padres le dieron, a los altares.
Cierto dia, uno de nosotros, un estudiante ejemplar, un joven atractivo cuyo nombre omitiremos ahora se dirigió al baño con objeto de llenar su botella de agua.
Cual seria su sorpresa al abrir la puerta y encontrarse, mientras ojeaba a un libro, al bueno de Jonathan poniendo un huevo sin inmutarse ni un ápice ante la presencia del visitante.
Es, por tanto, una anécdota benigna.
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