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Este film, una increíble mezcla de fantasía y terror se considera uno de los clásicos de la ciencia ficción de todos los tiempos. Conociendo el argumento del film, resulta ridículo etiquetar esta película de este género ya que de alguna manera es un presagio de lo que pasaría años después. De algún modo, esta película tiene pues una cierta áurea premonitoria, no solo por las computadoras que se encuentran en el despacho del señor Fredersen, sino porque nos muestra una sociedad futurista e industrializada, tal y como la conocemos hoy en día.
Es un film de concepción estética muy imaginativa, tanto de planos como de decorados. Gracias a éstos últimos y a una iluminación cuidadísima, el espectador puede perfectamente comprender esa ciudad tan peculiar que presenta el cineasta. A la vez, también ilumina lo necesario, lo que quiere que se vea, dando un toque dramático y pesimista a los planos. Gracias al sonido refuerza el efecto trágico, contrastando silencio y ruido en una misma secuencia. Mediante estas técnicas, Fritz Lang pretende provocarnos incomodidad, nerviosismo, tensión y miedo ante la tragedia. Porqué al fin y al cabo, el director quiere mostrarnos su visión acerca del futuro: un futuro negativo donde la imposición de la mecanización supone la perdición.
En el film vemos como los avances tecnológicos podrían acabar desembocando en la creación de un robot que acabaría suplantando los trabajadores, idea nada descabellada por parte del directos ya que en los últimos años cientos de trabajadores se han encontrado en la calle con la llegada de la robótica en las fábricas.
Pero no solo esto, el robot acabaría siendo un invento que se va de las manos del hombre (situación recurrente en películas de terror como Frankestein, Dr. Jekyl y M. Hide..) que provocaría situaciones caóticas.
Se plantea incluso la superioridad de la máquina frente al hombre de tal manera que le acabaría destruyendo. Este miedo ha sido compartido posteriormente por distintos filósofos tales como Marx.
Así pues en esta película vemos presentada la tecnología como un instrumento para deshumanizar y controlar a las masas, y la causa de la destrucción del individual.
Pero a mi parecer la calidad del film, hasta ahora indudable, pierde su fuerza al llegar al final.
Un desenlace desolador, desconcertante inverosímil que nada tiene que ver con la trama de la película o con lo que se supone que quiere llegar a comunicar.
Después de habernos presentado la fatalidad de la industrialización acaba con un final sumiso. Con la frase, “No puede haber entendimiento entre las manos y el cerebro si el corazón no actúa como mediador” encuentra el remedio a un problema sumamente delicado. El director no se cuestiona sobre la división de clases o la sumisión de los trabajadores (que trabajan 10 h diarias) ni pretende cambiarlo, sino que se opta por continuar con el sistema de la estratificación social introduciendo únicamente un elemento nuevo: el mediador.
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