Por Carmen Coiro
Por si hacía falta un hecho que marcara concontundencia la situación de la dinastía Kirchner, la batalla con el campo librada por el Gobierno de Cristina Fernández lo puso blanco sobre negro: fue el punto de inflexión de una era que probablemente pase del dominio absoluto del mundo político a la debilidad, una peligrosa debilidad.En conflicto se suscitó además en el lugarclave de la economía argentina: el campo, porque como si el país nohubiera crecido casi nada en medio siglo, otra vez la economía nacionaldescansa sobre la tierra y sus frutos, tal como ocurrió hasta la décadadel 30.Que el reloj del kirchnerismo atrasa, es una realidad yaincontrastable: atrasa en la generación de dicotomías anacrónicas,atrasa en su sistema autoritario de gobernar, atrasa en la elaboraciónde un verdadero modelo económico que haga crecer al país en base anuevos criterios, más acordes con la marcha del mundo desarrollado.
CristinaFernández también atrasa al reclamar un reconocimiento de género queprácticamente ya no se discute en el mundo civilizado.
Tantas sonlas paradojas y contradicciones, que el kirchnerismo parece estarempeñado en elevar el absurdo a la categoría de racional. Qué cosa mássurrealista podría ser que una mujer que fue consagrada a laPresidencia con el mayoritario voto popular, ahora reproche justamentea quienes la votaron que le estén haciendo la vida imposible por sermujer.
Merker, Bachelet, la propia Thatcher, tantas mujeres laprecedieron ya en el ejercicio de la máxima responsabilidad política deun país, pero jamás apelaron a un recurso tan bajo. Es que laautovictimización parece ser otro de los sellos del atraso de algunosconceptos kirchneristas. Sin ir más lejos, el propio Néstor Kirchnerbasó sus discursos de los cuatro años de su gestión en un constantegrito contra una presunta oposición y rechazo que nunca se verificó.
Es una lógica de poder que si sirvió por los primeros cuatro años, ahora muestra agujeros demasiado peligrosos.Elmatrimonio Kirchner hace gala de una obcecación digna de mejor causa, y tal es su inflexibilidad y escaso reconocimiento de la realidad, que elpunto de inflexión que le marcó el campo pone a la actualadministración en un mojón de alerta que jamás debió haber permitidoque se instalara.
Porque no es a los gritos, a los insultos ni enviando a patoteros como se resuelven los dilemas políticos en el siglo XXI.Enla última semana el país fue testigo de una serie de incongruenciasimpuestas desde el poder que casi parecieron inverosímiles. Después deun discurso virulento y provocador, la presidenta Fernández habló enParque Norte demostrando un esfuerzo supremo por tratar de borrar larealidad.
Recurriendo a una serie de sofismas dignos de seranalizados en escuelas que perfeccionan ese sistema, hasta intentóhacer creer que nunca dijo lo que dijo el martes. Intentó mostrar unnuevo rostro pero no le salió bien, dos días después, porque aunque elcampo suspendió a regañadientes la protesta, un día después volvió aimponerla al advertir que el Gobierno le ofrecía manos vacías.
En elfondo debe desentrañarse a qué responden tantos desaciertos. Cristina,el día inicial del cacerolazo, no quiso irse en helicóptero a Olivos,prefirió el auto. Esa imagen volando desde el techo de la Casa Rosadase hubiera multiplicado en los medios del mundo. Aunque hizo esfuerzospor no parecerse a De la Rúa, fue inevitable la evocación de aquellosdías aciagos.La falta de ofertas del Gobierno en la primera rondade negociaciones fallidas parece responder a varias causas: por unlado, a la necesidad kirchnerista de no dar el brazo a torcer, algo quedebe considerar una verdadera herejía en el altar del poder omnímodoque desea retener. La otra razón, sin duda, son los problemas de "caja"que están afrontando. Se acerca el momento de cumplir con deudasinternacionales y hace falta más dinero para afrontarlas.
ElGobierno quiso presentar al conflicto campo versus gobierno como unadicotomía ideológica, desviando una parte de la contienda, el gobierno,para convertirla artificiosa pero peligrosamente en "pueblo".
Pero no anunció medidas de castigo para los grandes productores que explotana sus trabajadores. Tampoco diferenció entre chacareros yterratenientes; puso a todos en la misma bolsa, con la misma cegueracon que envió al piquetero Luis D'Elía a golpear a gente que expresabaprotesta en la Plaza de Mayo.
El Gobierno es duro con el campo perono lo es con la "patria petrolera", tal vez por que tenga más interesesen ese sector. No puede medir a todos con la misma vara, porque la suyaestá teñida de favoritismos.
El método kirchnerista quedó claro en un conflicto que, a raíz de la crisis en el campo, pasó desapercibido.
Hace unos días, decidió expulsar de la titularidad de la AFIP a AlbertoAbad, uno de los funcionarios más eficientes de esta administración,porque había osado criticar a un subalterno, el titular de la Aduanaultrakirchnerista Etchegoyen.
Para mostrarse equitativo los echó alos dos. Pero la única salida que se concretó en la realidad fue la deAbad. Etchegoyen quedó nombrado como segundo de la Aduana. Es decir,permaneció en el cargo. Todo un símbolo de la manera de manejar elpoder del kirchnerismo.
Ahora prepara un acto masivo de apoyo aCristina Fernández para el martes. En el contexto de esa organización,es difícil imaginar que las negociaciones con el campo vayan a resultarfructíferas. Otra vez recurrirá a la confrontación, recostada en lafuerza de miles de militantes, sindicalistas y piqueteros que trabajande llenar plazas por el "sí" a Cristina.