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A NUESTROS HIJOS
Hoy día por la mañana y antes de salir con dirección al trabajo, me sentí amenazada, amenazada emocionalmente; pues estuve al borde de la desesperación, se me escapo Quila de la casa y por detrás de el salio él, el mas pequeño, paroliento, el impetuoso Pitágoras, que llego a la casa una mañana de lluvia como sabiendo que ahí lo acogeríamos.
Para cualquiera y en cualquier otro escenario hubiese sido un espectáculo, estaban alegres, recorrían la calle de una esquina a la otra, con esa libertad que dentro de cuatro paredes nunca podrán hacerlo, ellos eran felices, yo moría de desesperación, era un temor casi traumático, Job caminaba detrás de ellos tratando de detenerlos, pero era inevitable no podíamos detener su frenesí. Ramoncito detrás de la reja sólo miraba el panorama.
De pronto por una de las esquinas mis ojos divisaron un auto rojo, más allá un taxi, mi corazón estaba convulsionando, estaba paralizada, solo le grite a Job.
¡Tómalo por favor!, ¡Tómalo por favor!
Una voz de ruego, una frase implorando que termine todo.
Pues no quería terminar llorando la perdida de otro ser, no deseaba que ocurra una vez más.
Fue egoísta de nuestra parte querer detenerlos, pero si no lo hacíamos, ellos se irían de nuestro lado, o algo peor, algo malo les podía suceder.
Que terrible estar en un instante fuera de si, viendo el peligro cerca, amenazando a dos seres tan queridos, dos seres que se han ganado todo el espacio del mundo, de la casa, de nuestras vidas, de nuestra historia.
Los autos pasaron y si mayor complicación, ellos se encontraban en la acera de enfrente, olfateando lo que a ellos les pueda llamar la atención y sin peligro latente a la vista.
Job pudo alcanzar y tomar a Pitágoras en brazos, Quila lo seguía detrás con la lengua colgando y lleno de saliva, yo le mostré mi mano con un trozo de pan que al verlo apuro el paso entrando por fin a la casa.
Job dirigió su mirada hacia mí, sus ojos me culpaban, pero no importaba, ellos estaban bien, estaban seguros de nuevo en casa y a lado de nosotros para seguir disfrutando de sus ladridos, sus pichis, sus lengüetazos, mordidas, y todo aquel acto de amor y agradecimiento hacia sus padres, pues ellos son nuestros hijos.
Animalitos que dejaron de serlo, perros que sólo es la definición de su raza, hijos que se convirtieron para nosotros:
Ramoncito, Kimsa, Quila y Pitágoras.
Silvia Esquivel
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