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´jovenes estre los años 40 y 50
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mario
 
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  a los que soñáis ... 20/Octubre/2008 - 18:22

                  A LOS QUE SOÑÁIS CON VIVIR EN LA CIUDAD.

    Una parte importante de mi infancia la pasé a la orilla de un río y a la falda de una montaña. Yo crecí con una relación muy fuerte con este río, el Arga, y con la montaña. Aprendí mucho de ellos. Mi carácter se ha formado gracias al río y a la montaña. A la rivera de un río suceden cosas cercanas al corazón. En la cumbre el espíritu está más cerca del cielo. Mi hijo y mis dos hijas crecieron en la ciudad y fueron como cualquier chico o chica de cualquier ciudad. No sé decir que fue mejor para ellos, pero siento que la vida de la ciudad no es con toda verdad buena para el alma. Los chicos de hoy están interesados solo en los videos juegos y en pocas cosas más. Cuando yo era chico estaba interesado en el mundo de los alrededores y en lo que con mis manos pudiese hacer.

    Entonces, si los niños de hoy no tienen relación con el ambiente, ¿qué pueden esperar?

   Los niños de hoy para ser alguien tienen que ser muchos. Un servidor recuerda que cuando tenía unos ocho años ya pensaba por mí mismo. Claro que de no haber sido feliz no lo hubiese hecho. A la rivera del río y a la falda de la montaña, junto a mis tíos y primos, me hice un hombre. Yo venía de ciudad y mi inocente sensación era que mis primos estaban faltos de letras porque se habían hecho alguien demasiado pronto y no habían tenido tiempo de ir mucho a la escuela, pero aún así no noté ninguna diferencia con los hijos del médico, los del profesor o los del cabo de la guardia civil.

   También, es mal síntoma el que hoy, en 2008, haya millones de seres humanos que mueran cada año de hambre dentro de las ciudades. También es mal síntoma que, aquí en la ciudad,  la familia ya no signifique nada y hasta las hay que se van de vacaciones dejando el perro atado a un árbol y que cada año haya un millón de perros muertos al ser privados del cariño de los suyos.

   A los que soñáis con vivir en la ciudad os contaré el sueño que a mí se me repite con frecuencia. En el sueño he retornado a mi infancia, a aquella casa de mis tíos Carmen y Javier en la que me crié, situada en un pueblecito perdido entre verdes valles de mi bien querida Navarra llamado Funes. Son momentos de gran sosiego a pesar de que en la ensoñación, con su irrealidad, sobrevuelo el paisaje en que veo de nuevo la casa que preside majestuosa la Plaza de España. Está resguardada en sus flancos por dos edificios que la hacen destacar más si cabe y su fachada, como siempre, escudada por aquel cartel publicitario de “Nitrato de Chile”. Pero lo que servidor recuerda como más hermoso era el huerto. Era sitio húmedo y sombreado en verano. No se veía, pues estaba escondido tras un seto de cañaverales tan altos que tapaban  hasta  los arbustos cercanos. No era  muy grande, pero en primavera se cubría de flores que perfumaban todo el campo y de él se desprendía aquel perfume de frutos maduros y miel de abejas que tantas veces, en los lugares más insospechados, me ha parecido oler. Allí me poso tras mi etéreo vuelo. Las gotas de rocío depositadas sobre la cebada del pequeño bancal le hacen conservar toda su frescura; y el amargo olor de la grama, aplastada ahora por mis pies, sube  en torno a mí según voy avanzando a pequeños pasos por los terrones brillantes y pardos. Cerca de allí, sólo en algunas ocasiones, contemplo como mi tío, ayudado por sus tres jóvenes hijos, Ángel, Juani y Ana Mari, están entregados, como acostumbraban, a mantenerlo muy limpio; un reguero llegaba hasta el pie de cada árbol; y aunque siempre se oye la podadera que constante quitaba las ramas inservibles, en el suelo no se ve ni hierbas ni gajos extraños. Era un placer entrar allí en el mes de abril cuando comienzan las cerezas o a fines de septiembre, cuando las últimas ciruelas, cargadas de azúcar y de olor, estaban a punto de desprenderse del árbol y reunían a su alrededor una nube de abejas embriagadas.

   Recuerdo entonces, por el prodigio de la ensoñación, cómo mi tío se erguía y escuché, una vez más, su voz varonil dirigiéndose a mis primos y a mí, hablando sobre la santidad de los límites en la propiedad de la tierra. Dijo que sólo se puede hablar de una tierra propia cuando sus lindes están bien establecidas. Que era preciso poder perfilarlas a cordel con un surco bien hondo. Afirmó horrorizarse ante los límites confusos, incluso cuando lo eran en ventaja suya; que para él no había labranza posible si no sabía con exactitud  dónde  tenía  que detener el  arado y  hasta dónde debía arrojar la  simiente. Asegura, en  mi sueño, que un solo pellizco de grano echado al azar, que hubiese caído en la tierra del vecino, constituía para él una grave violación; y cuando era el vecino el que le regalaba, por error, un puñado de su semilla, él arrancaba la hierba apenas aparecía, aunque estuviera entre la suya, pues pretendía distinguirlas muy bien. Y así llegó a afirmar, como yo recordaba haberle oído decir, que cada espiga ama su tierra y desprecia la del vecino, que el trigo sólo crece bien en tierra propia: y que por eso íbamos  a  plantar alrededor de toda la propiedad unas grandes estacas procurando que fuesen tan altas que, incluso cuando las cosechas estaban crecidas, sobresalieran de las espigas para proclamar sus derechos sobre aquella tierra que sus ascendientes habían cultivado.

    Luego, en el breve espacio de tiempo que media entre un cerrar y abrir los párpados, me encuentro en el interior de la espaciosa cocina de la casa. Entre los tiznados cacharros suspendidos del techo, veo colgadas las matas de árnica y de parietaria que se están secando y que mi tía conserva, porque como plantas medicinales, a veces hacían falta. Después de coger con un cazo de porcelana desconchada un poco de agua de la gran tinaja de arcilla adosada en un oscuro rincón, y beber la fresca agua aún con el amargo perfume de los bojes que bordeaban el manantial cercano al río, entro en el cuarto donde tan plácidos e infantiles sueños disfruté. El silencio allí es absoluto a excepción de aquella vibración de la carcoma que  sigue taladrando una viga  en el techo  --tan inquietante, en mi recuerdo de infancia--. Abro el armario conteniendo las sábanas de hilo oliendo a salvia  marchita. Sin necesidad ya de ponerme en puntillas, abro la cómoda, cuyos  cajones  expelen un  perfume de jabón seco y luego me echo a dormir sobre la cama con olor a paja fresca de maíz y a vieja madera de olivo.

    El sueño se me repite desde hace muchos años con ligeras variantes (aunque siempre manteniéndose el mismo idílico escenario). La mayoría de las veces es mi tío el que me hablaba como en la primera ocasión sobre la propiedad de la tierra, pero en otras es mi tía (mamáCarmen) la que añade además: «”La inquietud y pesadumbre que el trabajo de la tierra causa son firmes y de una inteligencia progresiva, pues satisfacen la necesidad de creatividad, de solemne lentitud y de inacabable restitución que sólo el crecimiento del trigo, la labranza de los campos, el verdeo de las viñas  y la trilla de la simiente, ofrecen al hombre y a la mujer que lucha con la grandeza y las esclavitudes del campo" .»

    Ahora con el paso de los años sé que entiendo lo que estas visiones quieren decir. Porque ésta comprensión harán dar un giro a mi existencia si evito en un solo joven que la suma de sus días, al final, den  blanco sobre blanco. Hacer que su meta sea también ésa utopía: lograr para sus hijos la rivera de un río a la falda de una montaña.

                                             Mario L.D.

 

 


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